José Carreño Carlón
Crónica
29 de Junio de 2006
Al cerrase ayer las campañas, los lectores de los dos más influyentes diarios de Estados Unidos —y del mundo globalizado—: The Wall Street Journal y The New York Times, integraron dos versiones complementarias del candidato del PRD, Andrés Manuel López Obrador, quien, tardía y sinuosamente, trató en las últimas horas de enviar mensajes de apaciguamiento tras una campaña de seis años de agresiones a sus enemigos identificados como “los de arriba”.
En el NYT, Enrique Krauze planteó que una presidencia de Amlo conduciría a una forma de izquierdismo latinoamericano hasta ahora desconocido: el populismo mesiánico, con lo cual la primera víctima sería la frágil democracia mexicana.
Mientras el WSJ, en su primera plana, completaba esa imagen mesiánica con una particularidad pavorosa que parece describir a Amlo como un Mesías Armado, no a la manera de la figura del Profeta Armado con la que Isaac Deutcher describió a León Trotsky al mando del Ejército Rojo, sino en la versión lumpen de un poder basado en la fuerza de jefes de pandillas urbanas, como la del “Rey de los bloqueos” (o de los retenes) como se anuncia el espléndido reportaje de John Lyons en el Journal: “King of Roadblocks”.
“Obras para desbloquear un camino en la carrera presidencial”, sigue el “balazo” que enmarca el título del texto: “‘El Grandote’ de México moviliza su ejército de manifestantes en apoyo de López Obrador”.
“En la arena sin controles ni reglas de la política de la ciudad de México, el peso completo es El Grandote”, empieza el reportaje sobre Alejandro López Villanueva, acusado de matar a un juez, y cabeza de una organización de 34 mil familias de militantes invasores que le deben a El Grandote sus casas —y con frecuencia sus empleos— y que se han convertido en sus soldados políticos.
Con sus cuarenta años y su pelo rizado hasta los hombros —continúa el reportaje— El Grandote López Villanueva puede despachar 10 mil manifestantes en dos horas para bloquear cruces de calles y carreteras y “en estos días” —registra el reportero—“ha puesto sus tropas a disposición del candidato presidencial izquierdista Andrés Manuel López Obrador.
¿Cuántos de estos “grandotes” le aseguraron ayer a Amlo un lleno del Zócalo y cuántos dirigirán las operaciones de intimidación en las casillas de la capital, y las protestas en el caso de una derrota de Amlo?
De que el fenómeno Amlo es una regresión en el desarrollo político del país da cuenta el párrafo de Lyons que plantea que los caciques urbanos —los líderes callejeros al estilo de López Villanueva— habían sido una correa de trasmisión de la política mexicana, pero se sugería que su influencia supuestamente se iba a desvanecer en la medida en que maduraba la democracia del país.
Con buen sentido del humor, vuelve Enrique Krauze con su artículo en el NYT para establecer que Amlo tiene modelos más altos a emular que a Hugo Chávez de Venezuela, Evo Morales de Bolivia o Luiz Inácio Lula da Silva de Brasil, que le atribuye la crítica.
Los grandotes de Amlo
Y probablemente para estos días de reflexión Krauze recuerda que en una entrevista de principios de año, el entrevistador (López Dóriga) le preguntó sobre su religión. “Soy católico, fundamentalmente cristiano”, le respondió. “La vida y la obra de Jesús me llenan de pasión. Él, también, fue perseguido en su tiempo, espiado por los poderosos de su era y fue crucificado”.
El entrevistador estaba sorprendido y le preguntó si hablaba de un paralelismo, en el que se funda buena parte de la metáfora del Mesías Tropical o de Mesías Mexicano al que se ha referido tanto Krauze como el mexicanólogo norteamericano George Grayson.
Pero cerradas anoche las campañas, y con datos del seguimiento —que se continúan haciendo sobre la intención de voto— que parecerían indicar un repunte final de Calderón que lo perfila al triunfo en las urnas del domingo, emerge como primer peligro del fin de semana la figura del Mesías, que no admitirá ninguna decisión terrenal de los votantes en su contra. Y del Mesías armado, con decenas de “Grandotes” dispuestos a imponer la voluntad mesiánica sobre la voluntad ciudadana.
Entre los escenarios probables, parece evidente que, con este tipo de agentes en acción, la ciudad de México vivirá momentos de alta tensión desde las primeras horas de la tarde en que los actores interesados conozcan los resultados de las encuestas de salidas, que serán bastante aproximadas, las que se hagan con seriedad, al resultado final.
Una derrota de Amlo —que éste quiera revertir con la movilización de sus clientelas y fanáticos— hará más peligrosa que de costumbre a la ciudad de México en los días que sigan a la elección. Y un eventual triunfo de Amlo podría hacer insoportable la vida en todos el país en los siguientes, incalculables años.
jose.carreno@uia.mx
29 de junio de 2006
Ni AMLO ni el fascismo
Ricardo Alemán
El Universal- Itinerario Político
29 de junio de 2006
En 88-89, la izquierda partidista pareció encontrar el rumbo en la lucha político-electoral
Buena parte de la generación de mexicanos nacidos en la segunda mitad de los años 50 del siglo pasado -que hoy somos cincuentones- nos educamos en la cultura popular; en las calles polvorientas y los mercados insalubres, por donde pasaban, de boca en boca, las ideas de la izquierda. La escuela pública reforzó, en muchos de esa generación, la convicción de la izquierda, hasta llevar a algunos a un paso, sólo un paso, de la aventura guerrillera.
Muchos seguimos de cerca la evolución partidista de esa izquierda dogmática, desde el PC, pasando por el PSUM, el PMT, además de otras formaciones. Entre 1988 y 1989, luego de encuentros fallidos de esa izquierda, y de un desprendimiento del PRI nacionalista y revolucionario, la izquierda partidista pareció encontrar el rumbo en la lucha político electoral. Nació entonces el PRD, la representación partidista de la izquierda que no sin intentos de aplastamiento -precisamente del gobierno de Salinas-, se convirtió en alternativa electoral.
Pero en su corta vida -de 1989 a 2006-, y desde su nacimiento, esa izquierda partidista que se comprometió con el espíritu democrático -al grado de incluirlo como parte de sus siglas- convirtió su rica herencia en lastre que lanzó por la borda, hasta convertirse en una grotesca y desfigurada copia del PRI. El PRD de 2006, eso que nos pretenden vender a los electores como la izquierda, enfrentó durante años una crisis ideológica y de identidad, hasta que, en la actual contienda presidencial, se confirmó como la restauración del PRI. O si se quiere, el triunfo colonizador del PRI. Y eso se explica si entendemos que la izquierda mexicana era una minoría que, sin el aliento y el alimento priísta, no habría llegado a donde hoy se encuentra.
Por eso algunos, acaso unos cuantos, de quienes nos educamos en la izquierda de los principios, la congruencia y la identidad ideológica, hoy no podemos votar por el PRD convertido en la restauración del PRI, y menos por sus candidatos a casi todos los puestos de elección popular, empezando por AMLO, que no son más que una impostura de izquierda.
Por congruencia no podemos votar por López Obrador, un político y candidato que nada tiene de izquierda, que traicionó principios, doctrina y espíritu fundacional del PRD, que secuestró al partido con los métodos más antidemocráticos, que lo convirtió en la nueva sucursal del PRI de Salinas y de Zedillo, que impuso desde su poder absoluto, como jefe de Gobierno y de facción, a la dirigencia del partido y a sus candidatos a casi todos los puestos de elección popular, que encumbró a Manuel Camacho, Marcelo Ebrard y Socorro Díaz, entre otros, de los responsables del fraude patriótico de 1988 y la persecución del PRD; que impuso a los Leonel Cota, José Guadarrama, Javier Berganza y muchos otros cuestionables ex priístas, y que gustoso recibió en su campaña a lo más corrupto del sindicalismo corporativo del PRI.
Por vergüenza no podemos votar por AMLO, quien se hizo candidato al GDF mediante artes ilegales y mentirosas, que como jefe de Gobierno se alió a los corruptos Bejarano, Ímaz y Ponce -a los que negó para salvar el pellejo-, quien usó su cargo y el dinero público para convertirse en candidato presidencial, quien jefatura al primer gobierno de izquierda que tiene presos políticos -en el caso Ahumada-, quien se negó a la transparencia de su gestión, se burló y desdeñó a los capitalinos que marcharon contra su ineficacia y a favor de la seguridad, escondió las auditorías de los segundos pisos y desvió millonarias sumas de dinero público de esas obras, para favorecer a los constructores amigos.
Por memoria no podemos votar por AMLO, porque recordamos a quienes dieron la vida por el ideal del naciente PRD -que cayeron en el gobierno de Salinas, del que eran operadores Camacho, Ebrard y Díaz-; porque a diario nos enseña su autoritarismo y desprecio por la democracia y la vida institucional; que cultiva la incondicionalidad absoluta, hasta la abyección; que elogia y eleva a los cortesanos y convierte en enemigos a quienes piensan distinto, que persigue a quienes lo critican y premia a los que lo ensalzan.
Por conciencia no podemos votar por AMLO, por el PRD y por la mayoría de sus candidatos, porque son responsables de la destrucción del más importante proyecto partidista de la izquierda mexicana, porque llevaron la corrupción y las peores prácticas del PRI a ese partido, porque presionaron con las nefastas "cargadas" a escritores, periodistas e intelectuales, porque en su delirio del poder olvidaron las ideas, la discusión, la crítica y la autocrítica -valores esenciales de la izquierda-, para refugiarse en el fanatismo, la popularidad y el mesianismo. No podemos votar por quien en lugar de una elección democrática pretende una imposición monárquica.
Por esas y otras razones -fundamentalmente de principios-, mi voto no será por Andrés Manuel López Obrador, ni por el PRD y menos por sus candidatos a otros puestos. Pero también por congruencia, mi voto no será para el PAN, porque nunca votaré por la derecha. El voto para el PRI siempre ha estado descartado. Mi voto es secreto.
aleman2@prodigy.net.mx
El Universal- Itinerario Político
29 de junio de 2006
En 88-89, la izquierda partidista pareció encontrar el rumbo en la lucha político-electoral
Buena parte de la generación de mexicanos nacidos en la segunda mitad de los años 50 del siglo pasado -que hoy somos cincuentones- nos educamos en la cultura popular; en las calles polvorientas y los mercados insalubres, por donde pasaban, de boca en boca, las ideas de la izquierda. La escuela pública reforzó, en muchos de esa generación, la convicción de la izquierda, hasta llevar a algunos a un paso, sólo un paso, de la aventura guerrillera.
Muchos seguimos de cerca la evolución partidista de esa izquierda dogmática, desde el PC, pasando por el PSUM, el PMT, además de otras formaciones. Entre 1988 y 1989, luego de encuentros fallidos de esa izquierda, y de un desprendimiento del PRI nacionalista y revolucionario, la izquierda partidista pareció encontrar el rumbo en la lucha político electoral. Nació entonces el PRD, la representación partidista de la izquierda que no sin intentos de aplastamiento -precisamente del gobierno de Salinas-, se convirtió en alternativa electoral.
Pero en su corta vida -de 1989 a 2006-, y desde su nacimiento, esa izquierda partidista que se comprometió con el espíritu democrático -al grado de incluirlo como parte de sus siglas- convirtió su rica herencia en lastre que lanzó por la borda, hasta convertirse en una grotesca y desfigurada copia del PRI. El PRD de 2006, eso que nos pretenden vender a los electores como la izquierda, enfrentó durante años una crisis ideológica y de identidad, hasta que, en la actual contienda presidencial, se confirmó como la restauración del PRI. O si se quiere, el triunfo colonizador del PRI. Y eso se explica si entendemos que la izquierda mexicana era una minoría que, sin el aliento y el alimento priísta, no habría llegado a donde hoy se encuentra.
Por eso algunos, acaso unos cuantos, de quienes nos educamos en la izquierda de los principios, la congruencia y la identidad ideológica, hoy no podemos votar por el PRD convertido en la restauración del PRI, y menos por sus candidatos a casi todos los puestos de elección popular, empezando por AMLO, que no son más que una impostura de izquierda.
Por congruencia no podemos votar por López Obrador, un político y candidato que nada tiene de izquierda, que traicionó principios, doctrina y espíritu fundacional del PRD, que secuestró al partido con los métodos más antidemocráticos, que lo convirtió en la nueva sucursal del PRI de Salinas y de Zedillo, que impuso desde su poder absoluto, como jefe de Gobierno y de facción, a la dirigencia del partido y a sus candidatos a casi todos los puestos de elección popular, que encumbró a Manuel Camacho, Marcelo Ebrard y Socorro Díaz, entre otros, de los responsables del fraude patriótico de 1988 y la persecución del PRD; que impuso a los Leonel Cota, José Guadarrama, Javier Berganza y muchos otros cuestionables ex priístas, y que gustoso recibió en su campaña a lo más corrupto del sindicalismo corporativo del PRI.
Por vergüenza no podemos votar por AMLO, quien se hizo candidato al GDF mediante artes ilegales y mentirosas, que como jefe de Gobierno se alió a los corruptos Bejarano, Ímaz y Ponce -a los que negó para salvar el pellejo-, quien usó su cargo y el dinero público para convertirse en candidato presidencial, quien jefatura al primer gobierno de izquierda que tiene presos políticos -en el caso Ahumada-, quien se negó a la transparencia de su gestión, se burló y desdeñó a los capitalinos que marcharon contra su ineficacia y a favor de la seguridad, escondió las auditorías de los segundos pisos y desvió millonarias sumas de dinero público de esas obras, para favorecer a los constructores amigos.
Por memoria no podemos votar por AMLO, porque recordamos a quienes dieron la vida por el ideal del naciente PRD -que cayeron en el gobierno de Salinas, del que eran operadores Camacho, Ebrard y Díaz-; porque a diario nos enseña su autoritarismo y desprecio por la democracia y la vida institucional; que cultiva la incondicionalidad absoluta, hasta la abyección; que elogia y eleva a los cortesanos y convierte en enemigos a quienes piensan distinto, que persigue a quienes lo critican y premia a los que lo ensalzan.
Por conciencia no podemos votar por AMLO, por el PRD y por la mayoría de sus candidatos, porque son responsables de la destrucción del más importante proyecto partidista de la izquierda mexicana, porque llevaron la corrupción y las peores prácticas del PRI a ese partido, porque presionaron con las nefastas "cargadas" a escritores, periodistas e intelectuales, porque en su delirio del poder olvidaron las ideas, la discusión, la crítica y la autocrítica -valores esenciales de la izquierda-, para refugiarse en el fanatismo, la popularidad y el mesianismo. No podemos votar por quien en lugar de una elección democrática pretende una imposición monárquica.
Por esas y otras razones -fundamentalmente de principios-, mi voto no será por Andrés Manuel López Obrador, ni por el PRD y menos por sus candidatos a otros puestos. Pero también por congruencia, mi voto no será para el PAN, porque nunca votaré por la derecha. El voto para el PRI siempre ha estado descartado. Mi voto es secreto.
aleman2@prodigy.net.mx
Tiempo de reflexión
Editorial de EL UNIVERSAL
29 de junio de 2006
Terminadas anoche las campañas electorales, a los ciudadanos nos resta el tiempo de una reflexión serena, rigurosa, para decidir, en estos tres días, qué haremos con nuestro voto el próximo domingo 2 de julio.
A salvo de la estridencia de los enfrentamientos verbales y de las ofertas inverosímiles, el reto que nos queda es resolver cómo vamos a contribuir a la construcción del país ideal que imaginamos, ya sin presiones y con el solo apremio de nuestra conciencia.
El domingo elegiremos al Presidente de la República, pero también a los 628 representantes que integran la Cámara de Diputados y el Senado de la República, además de las elecciones locales que se darán en varias entidades.
Es decir, el gobierno federal va a ser renovado para que nadie permanezca indefinidamente en el cargo y para dar oportunidad a otros mexicanos, con nuevas ideas y frescas energías. Ese es uno de los sentidos del cambio democrático.
A la hora de votar estaremos solos con el resultado de nuestro razonamiento, con nuestras convicciones y, sobre todo, con nuestra responsabilidad. Vamos a depositar nuestros votos, los que son una apuesta por el futuro inmediato en lo que al mandato se refiere, porque la marcha del país es tarea conjunta.
Cerca y lejos hay naciones que, estando igual que nosotros, o arrastrando pesados lastres, pudieron en pocos decenios revertir su destino con decisiones acertadas, trabajo, educación y apertura. La articulación con el desarrollo mundial es ahora imprescindible para avanzar.
Más allá de las personalidades de los contendientes, lo que importa es percibir qué tan aptos son para gobernar eficiente y honradamente, por encima de los intereses de partidos, grupos y sectores; qué tanto son hombres de Estado.
La notable disparidad del progreso de México es insostenible, pero hay posibilidades de justicia social sin desgarramientos ni retrocesos.
El cambio que necesitamos es hacia la modernización, hacia la justicia, hacia la seguridad, hacia el abatimiento de la pobreza, de la desigualdad y hacia el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Un cambio que mire hacia adentro, pero que no olvide que formamos parte de un mundo ahora globalizado.
A la hora de votar, pensemos quién puede bosquejar para nosotros rutas adecuadas, y qué Congreso se requiere para equilibrar los poderes, que no enfrentarlos.
Los mexicanos habremos de considerar qué tipo de presidente necesita el país durante los próximos seis años; qué tipo de Congreso y si ambos estarán dispuestos a asumir la responsabilidad que les estaremos otorgando. Asimismo ocurre en los estados -como en el DF- que llevarán a cabo comicios para resolver su futuro.
Todas las elecciones son importantes. Las del domingo sobresalen porque, además de ser una oportunidad de consolidar nuestro sistema democrático en circunstancias diferentes, representan efectivamente el momento de elegir en democracia: es decir, está a prueba asimismo nuestra voluntad por consolidarla.
El voto es nuestro recurso para participar democráticamente. Con éste, que es el capital más importante con el que contamos los ciudadanos, habremos de construir el nuevo tiempo mexicano.
29 de junio de 2006
Terminadas anoche las campañas electorales, a los ciudadanos nos resta el tiempo de una reflexión serena, rigurosa, para decidir, en estos tres días, qué haremos con nuestro voto el próximo domingo 2 de julio.
A salvo de la estridencia de los enfrentamientos verbales y de las ofertas inverosímiles, el reto que nos queda es resolver cómo vamos a contribuir a la construcción del país ideal que imaginamos, ya sin presiones y con el solo apremio de nuestra conciencia.
El domingo elegiremos al Presidente de la República, pero también a los 628 representantes que integran la Cámara de Diputados y el Senado de la República, además de las elecciones locales que se darán en varias entidades.
Es decir, el gobierno federal va a ser renovado para que nadie permanezca indefinidamente en el cargo y para dar oportunidad a otros mexicanos, con nuevas ideas y frescas energías. Ese es uno de los sentidos del cambio democrático.
A la hora de votar estaremos solos con el resultado de nuestro razonamiento, con nuestras convicciones y, sobre todo, con nuestra responsabilidad. Vamos a depositar nuestros votos, los que son una apuesta por el futuro inmediato en lo que al mandato se refiere, porque la marcha del país es tarea conjunta.
Cerca y lejos hay naciones que, estando igual que nosotros, o arrastrando pesados lastres, pudieron en pocos decenios revertir su destino con decisiones acertadas, trabajo, educación y apertura. La articulación con el desarrollo mundial es ahora imprescindible para avanzar.
Más allá de las personalidades de los contendientes, lo que importa es percibir qué tan aptos son para gobernar eficiente y honradamente, por encima de los intereses de partidos, grupos y sectores; qué tanto son hombres de Estado.
La notable disparidad del progreso de México es insostenible, pero hay posibilidades de justicia social sin desgarramientos ni retrocesos.
El cambio que necesitamos es hacia la modernización, hacia la justicia, hacia la seguridad, hacia el abatimiento de la pobreza, de la desigualdad y hacia el fortalecimiento de las instituciones democráticas. Un cambio que mire hacia adentro, pero que no olvide que formamos parte de un mundo ahora globalizado.
A la hora de votar, pensemos quién puede bosquejar para nosotros rutas adecuadas, y qué Congreso se requiere para equilibrar los poderes, que no enfrentarlos.
Los mexicanos habremos de considerar qué tipo de presidente necesita el país durante los próximos seis años; qué tipo de Congreso y si ambos estarán dispuestos a asumir la responsabilidad que les estaremos otorgando. Asimismo ocurre en los estados -como en el DF- que llevarán a cabo comicios para resolver su futuro.
Todas las elecciones son importantes. Las del domingo sobresalen porque, además de ser una oportunidad de consolidar nuestro sistema democrático en circunstancias diferentes, representan efectivamente el momento de elegir en democracia: es decir, está a prueba asimismo nuestra voluntad por consolidarla.
El voto es nuestro recurso para participar democráticamente. Con éste, que es el capital más importante con el que contamos los ciudadanos, habremos de construir el nuevo tiempo mexicano.
Bringing Mexico Closer to God
Enrique Krauze
The New York Times
June 28, 2006
SHOULD Andrés Manuel López Obrador, the front-runner in Mexico's presidential race, emerge victorious on Sunday, it could usher in a form of Latin American leftism as yet unseen: messianic populism. Mexico's fragile democracy could become its first casualty.
Outside of Mexico, people ask which Latin American leader Mr. López Obrador most resembles: Hugo Chávez of Venezuela, Evo Morales of Bolivia or Luiz Inácio Lula da Silva of Brazil. The truth is that he's not like any of them. He does not have the military stamp of Comandante Chávez or the indigenist roots of Mr. Morales. Nor is he a born compromiser like Mr. Lula who, as some Brazilians say, seems to "know the value of 10 percent." Mr. López Obrador is different: he always strives for 100 percent. And he has higher models to emulate.
Earlier this year an interviewer asked him what religion he followed. "I'm Catholic, fundamentally Christian," Mr. López Obrador responded. "The life and work of Jesus fill me with passion. He, too, was persecuted in his time, spied on by the powerful of his era, and he was crucified."
The interviewer was surprised (there is an unwritten rule that Jesus is never mentioned in Mexican politics) and asked him whether he intended some parallelism. "Not at all," he said. "I say it because sometimes it is forgotten."
Many thought his comment was a cynical appeal to win the hearts of the religious Mexican people. Others, including myself, believe, however, that his words were a sincere reflection of the way he sees himself: "I am calling together a movement of consciousness, a spiritual movement," he told a reporter in 2004. "Many people see me, humble people, what they tell me is that they are praying for me .... I am very democratic and very mystic."
Millions of poor Mexicans, particularly in the center and south of the country, see in him what he sees in himself: a bestower of manna who will provide the poor with cash handouts and all the services of a great welfare state. His oratory increasingly blends the theological with the revolutionary: he has repeated that he will "purify national life," inaugurating a new era of "historic transcendence" in which "those on top," "those with money," will no longer oppress "those on the bottom." Believe him: he's a man of his word.
Mr. López Obrador should be strongly commended for placing the fight against poverty at the center of his social platform. But his numbers don't add up. He has said repeatedly, for example, that he will finance his proposal with the more than $9 billion a year to be shaved from the budget by cutting salaries or firing top members of the bureaucracy. However, if the salaries of the 4,000 top officials of the executive branch were cut in half, it would yield scarcely 4 percent of that sum.
Mr. López Obrador has also talked of revising Nafta's agricultural provisions and subsidizing exporters with cheap fuel (a practice prohibited by Nafta). He has declared that he will "allow" private investment, but not national or foreign interest in strategic areas that urgently require it, like oil and gas.
His platform is full of unrealizable initiatives: a microcredit program (a very promising project) but for a whopping eight million people (consider that the successful Grameen Bank of Bangladesh has taken on fewer than six million borrowers since 1976); bullet trains from Mexico City to the northern border (which would not only be expensive, but also face competition from low-cost airlines).
But more troubling than his economics is his political messianism, which could undermine our democracy. As the Mexican writer Gabriel Zaid pointed out last week in the newspaper Reforma, Mr. López Obrador, a former member of the Institutional Revolutionary Party, which ruled Mexico from 1929 to 2000, wants to return to the political structure of the old days. When the P.R.I. held power, the president controlled the country's legislature, judiciary, natural resources, state-run businesses, electoral system, monetary policy and federal budget and could place limits of freedom of expression.
But there would be a disturbing novelty to the process as revived by Mr. López Obrador: his presidency wouldn't be institutional and bureaucratic like the old regime, but instead bound to his personal charisma. One of his most insistent proposals is to amend the Constitution to allow for referendums and plebiscites, so that halfway through his prospective term (in 2009) "the people" would decide whether he goes or stays.
Knowing that he would take the microphone daily to report on his government's progress — as he has said he will — it's easy to imagine the result of such a plebiscite. And after that, who is to stop him from altering the law of the land and being re-elected indefinitely, or remaining the power behind all powers, if "the people" demand it? Redemption won't be achieved in the constitutionally allotted six years. A messiah needs time.
With the uncharismatic P.R.I. candidate, Roberto Madrazo, running third in the polls, Mr. López Obrador's main obstacle for Sunday is Felipe Calderón of the center-right National Action Party. Where Mr. López Obrador is strong, Mr. Calderón is weak: he has failed to convey real concern for Mexico's poor.
But in economic matters he seems more coherent: a young lawyer who studied at Harvard's Kennedy School of Government, Mr. Calderón seeks to reform the remains of the old corporate structures and the country's traditional inward-looking mentality.
His idea is for Mexico to carve out a competitive niche for itself in a globalized world (as has been done, at different times, by other backward Catholic countries like Chile, Ireland and Spain) and thus generate productive jobs and growth. Mr. Calderón has let it be known that if he wins, he'll call for a coalition government with the P.R.I. and even Mr. López Obrador's Party of the Democratic Revolution.
It is not impossible that Mr. Calderón could win — some recent polls have the race too close to call. But even if he does, he'll face great obstacles. While Mr. López Obrador has said publicly that he would acknowledge the official results no matter what, he always hedges such claims with a "but" — such as making it conditional on the voting being without irregularities.
As the race has tightened, he has taken to criticizing the federal electoral institute and has told the crowds that he suspects "intentions of fraud." This raises fears that he will acknowledge defeat only if Mr. Calderón wins by a significant margin, say, greater than 5 percent.
If Mr. López Obrador were to dispute a Calderón victory in the streets and at the tribunal, the P.R.I. would be likely to join him. If the tribunal cannot name a winner to take the oath on Dec. 1, the day President Vicente Fox Quesada must step down, the national legislature has to name an interim president who would have to call a new election. Mexicans would live in a state of political volatility and our electoral institutions would be discredited.
This would be a serious setback for democracy. But would it be worse than a López Obrador victory? "Mexico has yet to console itself for never having been a monarchy," the Nobel Prize-winning poet Octavio Paz told me in his last years, with great sadness. Maybe his words will prove prophetic. In the long run Mexico will find no consolation in a monarchy cloaking itself in the trappings of democracy and harboring messianic ambitions.
Enrique Krauze is the editor of the magazine Letras Libres and the author of "Mexico: Biography of Power." This article was translated by Natasha Wimmer from the Spanish.
The New York Times
June 28, 2006
SHOULD Andrés Manuel López Obrador, the front-runner in Mexico's presidential race, emerge victorious on Sunday, it could usher in a form of Latin American leftism as yet unseen: messianic populism. Mexico's fragile democracy could become its first casualty.
Outside of Mexico, people ask which Latin American leader Mr. López Obrador most resembles: Hugo Chávez of Venezuela, Evo Morales of Bolivia or Luiz Inácio Lula da Silva of Brazil. The truth is that he's not like any of them. He does not have the military stamp of Comandante Chávez or the indigenist roots of Mr. Morales. Nor is he a born compromiser like Mr. Lula who, as some Brazilians say, seems to "know the value of 10 percent." Mr. López Obrador is different: he always strives for 100 percent. And he has higher models to emulate.
Earlier this year an interviewer asked him what religion he followed. "I'm Catholic, fundamentally Christian," Mr. López Obrador responded. "The life and work of Jesus fill me with passion. He, too, was persecuted in his time, spied on by the powerful of his era, and he was crucified."
The interviewer was surprised (there is an unwritten rule that Jesus is never mentioned in Mexican politics) and asked him whether he intended some parallelism. "Not at all," he said. "I say it because sometimes it is forgotten."
Many thought his comment was a cynical appeal to win the hearts of the religious Mexican people. Others, including myself, believe, however, that his words were a sincere reflection of the way he sees himself: "I am calling together a movement of consciousness, a spiritual movement," he told a reporter in 2004. "Many people see me, humble people, what they tell me is that they are praying for me .... I am very democratic and very mystic."
Millions of poor Mexicans, particularly in the center and south of the country, see in him what he sees in himself: a bestower of manna who will provide the poor with cash handouts and all the services of a great welfare state. His oratory increasingly blends the theological with the revolutionary: he has repeated that he will "purify national life," inaugurating a new era of "historic transcendence" in which "those on top," "those with money," will no longer oppress "those on the bottom." Believe him: he's a man of his word.
Mr. López Obrador should be strongly commended for placing the fight against poverty at the center of his social platform. But his numbers don't add up. He has said repeatedly, for example, that he will finance his proposal with the more than $9 billion a year to be shaved from the budget by cutting salaries or firing top members of the bureaucracy. However, if the salaries of the 4,000 top officials of the executive branch were cut in half, it would yield scarcely 4 percent of that sum.
Mr. López Obrador has also talked of revising Nafta's agricultural provisions and subsidizing exporters with cheap fuel (a practice prohibited by Nafta). He has declared that he will "allow" private investment, but not national or foreign interest in strategic areas that urgently require it, like oil and gas.
His platform is full of unrealizable initiatives: a microcredit program (a very promising project) but for a whopping eight million people (consider that the successful Grameen Bank of Bangladesh has taken on fewer than six million borrowers since 1976); bullet trains from Mexico City to the northern border (which would not only be expensive, but also face competition from low-cost airlines).
But more troubling than his economics is his political messianism, which could undermine our democracy. As the Mexican writer Gabriel Zaid pointed out last week in the newspaper Reforma, Mr. López Obrador, a former member of the Institutional Revolutionary Party, which ruled Mexico from 1929 to 2000, wants to return to the political structure of the old days. When the P.R.I. held power, the president controlled the country's legislature, judiciary, natural resources, state-run businesses, electoral system, monetary policy and federal budget and could place limits of freedom of expression.
But there would be a disturbing novelty to the process as revived by Mr. López Obrador: his presidency wouldn't be institutional and bureaucratic like the old regime, but instead bound to his personal charisma. One of his most insistent proposals is to amend the Constitution to allow for referendums and plebiscites, so that halfway through his prospective term (in 2009) "the people" would decide whether he goes or stays.
Knowing that he would take the microphone daily to report on his government's progress — as he has said he will — it's easy to imagine the result of such a plebiscite. And after that, who is to stop him from altering the law of the land and being re-elected indefinitely, or remaining the power behind all powers, if "the people" demand it? Redemption won't be achieved in the constitutionally allotted six years. A messiah needs time.
With the uncharismatic P.R.I. candidate, Roberto Madrazo, running third in the polls, Mr. López Obrador's main obstacle for Sunday is Felipe Calderón of the center-right National Action Party. Where Mr. López Obrador is strong, Mr. Calderón is weak: he has failed to convey real concern for Mexico's poor.
But in economic matters he seems more coherent: a young lawyer who studied at Harvard's Kennedy School of Government, Mr. Calderón seeks to reform the remains of the old corporate structures and the country's traditional inward-looking mentality.
His idea is for Mexico to carve out a competitive niche for itself in a globalized world (as has been done, at different times, by other backward Catholic countries like Chile, Ireland and Spain) and thus generate productive jobs and growth. Mr. Calderón has let it be known that if he wins, he'll call for a coalition government with the P.R.I. and even Mr. López Obrador's Party of the Democratic Revolution.
It is not impossible that Mr. Calderón could win — some recent polls have the race too close to call. But even if he does, he'll face great obstacles. While Mr. López Obrador has said publicly that he would acknowledge the official results no matter what, he always hedges such claims with a "but" — such as making it conditional on the voting being without irregularities.
As the race has tightened, he has taken to criticizing the federal electoral institute and has told the crowds that he suspects "intentions of fraud." This raises fears that he will acknowledge defeat only if Mr. Calderón wins by a significant margin, say, greater than 5 percent.
If Mr. López Obrador were to dispute a Calderón victory in the streets and at the tribunal, the P.R.I. would be likely to join him. If the tribunal cannot name a winner to take the oath on Dec. 1, the day President Vicente Fox Quesada must step down, the national legislature has to name an interim president who would have to call a new election. Mexicans would live in a state of political volatility and our electoral institutions would be discredited.
This would be a serious setback for democracy. But would it be worse than a López Obrador victory? "Mexico has yet to console itself for never having been a monarchy," the Nobel Prize-winning poet Octavio Paz told me in his last years, with great sadness. Maybe his words will prove prophetic. In the long run Mexico will find no consolation in a monarchy cloaking itself in the trappings of democracy and harboring messianic ambitions.
Enrique Krauze is the editor of the magazine Letras Libres and the author of "Mexico: Biography of Power." This article was translated by Natasha Wimmer from the Spanish.
Calderón, con el mayor número de propuestas aprobadas
Lupa Ciudadana
28.Jun.2006
24 de 34 propuestas de Felipe Calderón fueron aprobadas por los especialistas de Lupa Ciudadana (Notimex).
En estos seis meses de campaña, Lupa Ciudadana recogió y transcribió 1,475 discursos y entrevistas (512 de AMLO; 51 de RMP; y 443 de FCH). De las miles de promesas que prodigaron los candidatos, Lupa Ciudadana eligió 102 propuestas -34 por candidato- que fueron calificadas por 130 especialistas. El candidato que más evaluciones aprobó fue Felipe Calderón, con 27 sobre 34 (porcentaje de aprobación: 79.41%), seguido por Andrés Manuel López Obrador, con 14 sobre 34 (PA: 43.75%) y de Roberto Madrazo, con 10 sobre 34 (PA: 29.41%).
28.Jun.2006
24 de 34 propuestas de Felipe Calderón fueron aprobadas por los especialistas de Lupa Ciudadana (Notimex).
En estos seis meses de campaña, Lupa Ciudadana recogió y transcribió 1,475 discursos y entrevistas (512 de AMLO; 51 de RMP; y 443 de FCH). De las miles de promesas que prodigaron los candidatos, Lupa Ciudadana eligió 102 propuestas -34 por candidato- que fueron calificadas por 130 especialistas. El candidato que más evaluciones aprobó fue Felipe Calderón, con 27 sobre 34 (porcentaje de aprobación: 79.41%), seguido por Andrés Manuel López Obrador, con 14 sobre 34 (PA: 43.75%) y de Roberto Madrazo, con 10 sobre 34 (PA: 29.41%).
28 de junio de 2006
Calderón o las verdades compartidas
Jorge Fernández Menéndez
Excélsior - Razones
28-06-06
Si hubiera una sola razón para diferenciar a Felipe Calderón de López Obrador o de Madrazo sería la forma en que llegó a la candidatura presidencial. Mientras Andrés Manuel utilizó el GDF con ese objetivo y no permitió que creciera una sola voz disonante en su partido respecto de ella, incluso deshaciéndose de quienes en buena medida lo llevaron al poder, como Cuauhtémoc Cárdenas (con quien se negó incluso a debatir, ya no sólo sobre la candidatura, sino incluso sobre la propuesta programática); mientras Roberto desoyó todas las voces y se empeñó en obtener la candidatura, aunque todos los estudios de opinión coincidían en que para el PRI era preferible un candidato con otro perfil, con menos negativos; en el caso de Felipe Calderón, éste ganó la candidatura contra los deseos del presidente Fox, de la superestructura del PAN y rompiendo los moldes que se habían establecido en el propio foxismo, que oscilaban entre una sucesión tradicional, orientada a postular a Santiago Creel o una alternativa que nunca cuajó en torno de Marta Sahagún de Fox. Calderón decidió, cuando advirtió la primera reacción presidencial en su contra, renunciar al gabinete, abandonar el gobierno para competir sin ataduras e ir, como él mismo lo ha dicho, al "lado oscuro de la luna", de donde regresó para quedarse con la candidatura presidencial y colocar al PAN en una pelea que apenas hace un año tenía perdida y que hoy puede ganar.
Conozco a Felipe Calderón desde hace años, desde 1989, cuando comenzó a colaborar con el periódico unomásuno, donde yo entonces trabajaba. Desde entonces, hasta ahora, Calderón ha mantenido una constante, que también lo diferencia de sus dos principales contendientes: es un hombre que escucha, que aprende de sus errores, que sabe cambiar, que cuando se equivoca rectifica y lo hace abiertamente y que además tiene principios. No se necesita estar de acuerdo en todo, ni siquiera en mucho con Calderón, para poder estar de acuerdo con lo esencial y en torno de ello trabajar en otros consensos, otros acuerdos. Es, además, pese a la publicidad tramposa de la que han sido objeto él y su familia, un político honesto, con una formación sólida y que, sobre todo después de que terminó su periodo como presidente del PAN (recordemos que podría haberse reelegido en esa posición, pero prefirió dejarla precisamente para que llegara un dirigente con mayores afinidades con el equipo del entonces precandidato Vicente Fox) y se fue a estudiar a Harvard, que ha crecido, ha madurado, comprende mucho mejor que sus contendientes la perspectiva de México en la globalidad.
México no puede tener un presidente que simplemente no sabe, porque no le interesa saberlo, cómo funciona el mundo real, que no le ha interesado jamás salir de nuestras fronteras, que no conoce los desafíos y posibilidades de la globalidad porque nunca se ha asomado a ella. Peor aún, que cree tener todas las respuestas mirando un pasado que, paradójicamente, conoce sólo a través de la historia oficial.
Es verdad que Calderón no ha cambiado tanto como algunos quisiéramos: a veces termina siendo un hombre producto demasiado evidente de una historia familiar panista; a veces le cuesta mostrar plenamente el talante, la ideología liberal que lo caracteriza a él y a su equipo más cercano de colaboradores, comenzando con su esposa Margarita Zavala. Se podrá argumentar que en última instancia ello es relativo: Calderón se opone a despenalizar el aborto, tiene sus dudas respecto a la píldora del día siguiente o sobre la unión civil de personas de un mismo sexo (temas en los que coincide, paradójicamente, con Madrazo y López Obrador), pero la diferencia es que asume esos temas como convicciones personales, no como objetivos de Estado y por lo tanto nunca ha luchado por imponerlos a los demás por encima de sus propias convicciones. Es un hombre creyente, religioso, pero formado en una visión laica de la política. Es la diferencia entre un liberal y un autoritario.
Como buen liberal, cree en la apertura; cree en la empresa privada; ubica al sector público, no como el motor de la economía, sino como el facilitador de las actividades de los particulares, y a la política social como un empuje para las oportunidades de la gente, no como una dádiva asistencialista que los mantendrá en la pobreza; cree más en el ciudadano que en el Estado, más en las libertades que en el control social desde el poder. La suya es una visión de cara al futuro porque sabe que no tiene, ni él ni nadie, todas las respuestas. Cuando Madrazo califica como traidores a todos los que lo han abandonado porque no están de acuerdo con su candidatura, cuando López Obrador lanza su campaña a una confrontación de clases donde los pobres, sólo por serlo, son "buenos", y todos los demás son "delincuentes de cuello blanco" y habla de un pacto nacional, pero enfatiza que gobernará sólo con los suyos, Calderón ha insistido en que si gana las elecciones conformará un gobierno de unidad e incluso de coalición con las otras fuerzas políticas para lograr tener un proyecto legislativo con bases comunes. Y eso sólo se puede proponer cuando se sabe que la verdad está en los grises y México es demasiado plural para optar entre blancos y negros. En nuestro país ya hemos tenido demasiados mandatarios convencidos de que sólo ellos tienen la verdad y por eso están decididos a "salvarnos", aunque para ello tengan que excluir a la sociedad y a sus adversarios del propio proyecto de "salvación". Eso es lo que, en última instancia, estará en disputa el domingo: un gobierno quizá bien intencionado pero de y para unos pocos (¿quién puede argumentar que tiene la mayoría si gana con poco más de diez millones de votos en un país con 73 millones de electores?), marcado por la confrontación social, o un gobierno abierto a los demás grupos políticos y de poder que tengan una visión común para garantizar una verdadera mayoría y un tránsito pacífico hacia el futuro. Los primeros creen tener la verdad absoluta; los segundos aceptan que hay muchas verdades para compartir.
www.nuevoexcelsior.com.mx
www.mexicoconfidencial.com
Excélsior - Razones
28-06-06
Si hubiera una sola razón para diferenciar a Felipe Calderón de López Obrador o de Madrazo sería la forma en que llegó a la candidatura presidencial. Mientras Andrés Manuel utilizó el GDF con ese objetivo y no permitió que creciera una sola voz disonante en su partido respecto de ella, incluso deshaciéndose de quienes en buena medida lo llevaron al poder, como Cuauhtémoc Cárdenas (con quien se negó incluso a debatir, ya no sólo sobre la candidatura, sino incluso sobre la propuesta programática); mientras Roberto desoyó todas las voces y se empeñó en obtener la candidatura, aunque todos los estudios de opinión coincidían en que para el PRI era preferible un candidato con otro perfil, con menos negativos; en el caso de Felipe Calderón, éste ganó la candidatura contra los deseos del presidente Fox, de la superestructura del PAN y rompiendo los moldes que se habían establecido en el propio foxismo, que oscilaban entre una sucesión tradicional, orientada a postular a Santiago Creel o una alternativa que nunca cuajó en torno de Marta Sahagún de Fox. Calderón decidió, cuando advirtió la primera reacción presidencial en su contra, renunciar al gabinete, abandonar el gobierno para competir sin ataduras e ir, como él mismo lo ha dicho, al "lado oscuro de la luna", de donde regresó para quedarse con la candidatura presidencial y colocar al PAN en una pelea que apenas hace un año tenía perdida y que hoy puede ganar.
Conozco a Felipe Calderón desde hace años, desde 1989, cuando comenzó a colaborar con el periódico unomásuno, donde yo entonces trabajaba. Desde entonces, hasta ahora, Calderón ha mantenido una constante, que también lo diferencia de sus dos principales contendientes: es un hombre que escucha, que aprende de sus errores, que sabe cambiar, que cuando se equivoca rectifica y lo hace abiertamente y que además tiene principios. No se necesita estar de acuerdo en todo, ni siquiera en mucho con Calderón, para poder estar de acuerdo con lo esencial y en torno de ello trabajar en otros consensos, otros acuerdos. Es, además, pese a la publicidad tramposa de la que han sido objeto él y su familia, un político honesto, con una formación sólida y que, sobre todo después de que terminó su periodo como presidente del PAN (recordemos que podría haberse reelegido en esa posición, pero prefirió dejarla precisamente para que llegara un dirigente con mayores afinidades con el equipo del entonces precandidato Vicente Fox) y se fue a estudiar a Harvard, que ha crecido, ha madurado, comprende mucho mejor que sus contendientes la perspectiva de México en la globalidad.
México no puede tener un presidente que simplemente no sabe, porque no le interesa saberlo, cómo funciona el mundo real, que no le ha interesado jamás salir de nuestras fronteras, que no conoce los desafíos y posibilidades de la globalidad porque nunca se ha asomado a ella. Peor aún, que cree tener todas las respuestas mirando un pasado que, paradójicamente, conoce sólo a través de la historia oficial.
Es verdad que Calderón no ha cambiado tanto como algunos quisiéramos: a veces termina siendo un hombre producto demasiado evidente de una historia familiar panista; a veces le cuesta mostrar plenamente el talante, la ideología liberal que lo caracteriza a él y a su equipo más cercano de colaboradores, comenzando con su esposa Margarita Zavala. Se podrá argumentar que en última instancia ello es relativo: Calderón se opone a despenalizar el aborto, tiene sus dudas respecto a la píldora del día siguiente o sobre la unión civil de personas de un mismo sexo (temas en los que coincide, paradójicamente, con Madrazo y López Obrador), pero la diferencia es que asume esos temas como convicciones personales, no como objetivos de Estado y por lo tanto nunca ha luchado por imponerlos a los demás por encima de sus propias convicciones. Es un hombre creyente, religioso, pero formado en una visión laica de la política. Es la diferencia entre un liberal y un autoritario.
Como buen liberal, cree en la apertura; cree en la empresa privada; ubica al sector público, no como el motor de la economía, sino como el facilitador de las actividades de los particulares, y a la política social como un empuje para las oportunidades de la gente, no como una dádiva asistencialista que los mantendrá en la pobreza; cree más en el ciudadano que en el Estado, más en las libertades que en el control social desde el poder. La suya es una visión de cara al futuro porque sabe que no tiene, ni él ni nadie, todas las respuestas. Cuando Madrazo califica como traidores a todos los que lo han abandonado porque no están de acuerdo con su candidatura, cuando López Obrador lanza su campaña a una confrontación de clases donde los pobres, sólo por serlo, son "buenos", y todos los demás son "delincuentes de cuello blanco" y habla de un pacto nacional, pero enfatiza que gobernará sólo con los suyos, Calderón ha insistido en que si gana las elecciones conformará un gobierno de unidad e incluso de coalición con las otras fuerzas políticas para lograr tener un proyecto legislativo con bases comunes. Y eso sólo se puede proponer cuando se sabe que la verdad está en los grises y México es demasiado plural para optar entre blancos y negros. En nuestro país ya hemos tenido demasiados mandatarios convencidos de que sólo ellos tienen la verdad y por eso están decididos a "salvarnos", aunque para ello tengan que excluir a la sociedad y a sus adversarios del propio proyecto de "salvación". Eso es lo que, en última instancia, estará en disputa el domingo: un gobierno quizá bien intencionado pero de y para unos pocos (¿quién puede argumentar que tiene la mayoría si gana con poco más de diez millones de votos en un país con 73 millones de electores?), marcado por la confrontación social, o un gobierno abierto a los demás grupos políticos y de poder que tengan una visión común para garantizar una verdadera mayoría y un tránsito pacífico hacia el futuro. Los primeros creen tener la verdad absoluta; los segundos aceptan que hay muchas verdades para compartir.
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Conciencia y crítica
Ricardo Alemán
El Universal - Itinerario Político
28 de junio de 2006
Entre los saldos negativos del reciclado del PRI bajo las siglas del PRD, se percibe un peligroso retroceso en libertades recién conquistadas
Durante el proceso electoral de 1988 -arranque de la entonces naciente apertura en los medios-, cuando los periodistas críticos orientaban sus cuestionamientos hacia los abusos del gobierno de De la Madrid por imponer, al costo que fuera, el triunfo de su candidato Carlos Salinas, eran vistos como profesionales que contribuían a la anhelada democratización mexicana.
Lo mismo ocurrió cuando se intensificó la crítica periodística por las maniobras extralegales utilizadas para arrebatarle el triunfo electoral, en ese 1988, al candidato Cuauhtémoc Cárdenas -maniobra que operaron personajes como Manuel Camacho, Marcelo Ebrard, Socorro Díaz y muchos otros que hoy forman el primer círculo de AMLO-; cuando se criticó la alianza del PAN para legitimar al gobierno de Salinas, y hasta cuando se criticó la forma irregular en que Fox se apoderó del PAN y de la candidatura presidencial por ese partido. También se reconoció la crítica al candidato y luego presidente Vicente Fox, porque ofrecía fantasías ideales. Entonces criticar al PRI y al PAN era, en un extremo delirante, lo más cercano al patriotismo.
Pero cuando la libertad de expresión ya es una realidad en México, y cuando la democracia electoral garantiza elecciones creíbles, transparentes, equitativas y confiables, a muchos de los que hoy se encuentran cerca del poder -que casualmente son una mezcla de la izquierda nada democrática y el PRI antidemocrático-, ya no les gusta la crítica. Y entonces los críticos de esa perversa restauración del viejo PRI -en que se ha convertido la candidatura de AMLO- y de la cancelación de los ideales de la izquierda son vistos como "traidores a la patria", como sobornados por la derecha, corruptos, si no es que despreciables enemigos de los pobres.
Hoy es casi un "pecado capital", sinónimo de traición, motivo de insulto y amenaza, criticar a López Obrador, cuestionar su candidatura, el uso y abuso del engaño y la mentira en su periplo presidencial y, sobre todo, pensar diferente, con cabeza propia, y hasta defender la conciencia. Para el nuevo perredismo conservador -o para el PRI restaurado- es casi un delito ejercer una de las libertades básicas de la democracia, la de expresión. En un absurdo de la democracia mexicana, criticar a AMLO y a los suyos es exponerse, por decir lo menos, a la irracionalidad de las fieras babeantes del pasado priísta.
Y acaso por eso, o porque intentan conseguir un salvoconducto de sobreviviencia para los tiempos de un "gobierno de izquierda", no son pocos los medios que parecen haber decidido dejar de lado la crítica, para mostrar una clara complacencia con el que creen ya es el elegido, el señor López Obrador. Ya nada merece ser criticado en torno al "mesías", no sea la de malas que de verdad llegue. Periodistas e intelectuales cierran la boca ante espectáculos vergonzosos, como la suma corporativa del estercolero sindical siempre afín al PRI, que hoy se viste de amarillo para votar por AMLO.
Pero lo más preocupante, conciencias personales aparte, es que entre los saldos negativos del reciclado del PRI bajo las siglas del PRD, se percibe un peligroso retroceso en libertades recién conquistadas. Al mejor estilo del más rancio PRI, presenciamos las "cargadas" de intelectuales y periodistas que descubren inéditas virtudes y ocultas cualidades. Sea por perder la beca, la chamba, el favor; sea la presión descomunal que ejerció contra intelectuales, medios y periodistas la muy noble y democrática "neoizquierda" que aspira al poder.
En público pocos se atreven. En pequeños círculos son muchos los que lo aceptan: un gobierno de AMLO no tolerará la crítica. Y acaso por eso algunos ya se curan en salud. Buscan aparecer en desplegados de apoyo, como modernos cortesanos. Ejemplo de que también en la libertad de expresión ya se vive la restauración del viejo PRI. Por eso vale insistir en que el periodista tiene una responsabilidad fundamental, más allá de partidos políticos, creencias religiosas e identidad mediática o grupo de poder, político o económico; la responsabilidad con su conciencia. La conciencia de un periodista hace las veces de la iglesia, el partido y la empresa en las que milita. Los objetivos del trabajo periodístico son la verdad y la justicia -por trillado que parezca-, en tanto que las herramientas para alcanzar esos objetivos son el análisis crítico de los actos de poder -cualquiera que sea ese poder y del signo político e ideológico que se quiera-, a partir de la información, obtenida mediante los géneros periodísticos. En una sociedad que se dice democrática, la crítica a los poderes -públicos o privados, políticos o sociales, institucionales o fácticos- es "la joya de la corona". No es concebible un gobierno democrático sin libertad de expresión y sin crítica. La crítica, y en general la opinión, más que en la veracidad de los hechos, se sustenta en la percepción de los hechos, y es tan diversa como emisores existan. Por eso es un desatino esperar imparcialidad y equidad en la crítica. Pero pocos lo entienden y menos lo aceptan. Al tiempo.
aleman2@prodigy.net.mx
El Universal - Itinerario Político
28 de junio de 2006
Entre los saldos negativos del reciclado del PRI bajo las siglas del PRD, se percibe un peligroso retroceso en libertades recién conquistadas
Durante el proceso electoral de 1988 -arranque de la entonces naciente apertura en los medios-, cuando los periodistas críticos orientaban sus cuestionamientos hacia los abusos del gobierno de De la Madrid por imponer, al costo que fuera, el triunfo de su candidato Carlos Salinas, eran vistos como profesionales que contribuían a la anhelada democratización mexicana.
Lo mismo ocurrió cuando se intensificó la crítica periodística por las maniobras extralegales utilizadas para arrebatarle el triunfo electoral, en ese 1988, al candidato Cuauhtémoc Cárdenas -maniobra que operaron personajes como Manuel Camacho, Marcelo Ebrard, Socorro Díaz y muchos otros que hoy forman el primer círculo de AMLO-; cuando se criticó la alianza del PAN para legitimar al gobierno de Salinas, y hasta cuando se criticó la forma irregular en que Fox se apoderó del PAN y de la candidatura presidencial por ese partido. También se reconoció la crítica al candidato y luego presidente Vicente Fox, porque ofrecía fantasías ideales. Entonces criticar al PRI y al PAN era, en un extremo delirante, lo más cercano al patriotismo.
Pero cuando la libertad de expresión ya es una realidad en México, y cuando la democracia electoral garantiza elecciones creíbles, transparentes, equitativas y confiables, a muchos de los que hoy se encuentran cerca del poder -que casualmente son una mezcla de la izquierda nada democrática y el PRI antidemocrático-, ya no les gusta la crítica. Y entonces los críticos de esa perversa restauración del viejo PRI -en que se ha convertido la candidatura de AMLO- y de la cancelación de los ideales de la izquierda son vistos como "traidores a la patria", como sobornados por la derecha, corruptos, si no es que despreciables enemigos de los pobres.
Hoy es casi un "pecado capital", sinónimo de traición, motivo de insulto y amenaza, criticar a López Obrador, cuestionar su candidatura, el uso y abuso del engaño y la mentira en su periplo presidencial y, sobre todo, pensar diferente, con cabeza propia, y hasta defender la conciencia. Para el nuevo perredismo conservador -o para el PRI restaurado- es casi un delito ejercer una de las libertades básicas de la democracia, la de expresión. En un absurdo de la democracia mexicana, criticar a AMLO y a los suyos es exponerse, por decir lo menos, a la irracionalidad de las fieras babeantes del pasado priísta.
Y acaso por eso, o porque intentan conseguir un salvoconducto de sobreviviencia para los tiempos de un "gobierno de izquierda", no son pocos los medios que parecen haber decidido dejar de lado la crítica, para mostrar una clara complacencia con el que creen ya es el elegido, el señor López Obrador. Ya nada merece ser criticado en torno al "mesías", no sea la de malas que de verdad llegue. Periodistas e intelectuales cierran la boca ante espectáculos vergonzosos, como la suma corporativa del estercolero sindical siempre afín al PRI, que hoy se viste de amarillo para votar por AMLO.
Pero lo más preocupante, conciencias personales aparte, es que entre los saldos negativos del reciclado del PRI bajo las siglas del PRD, se percibe un peligroso retroceso en libertades recién conquistadas. Al mejor estilo del más rancio PRI, presenciamos las "cargadas" de intelectuales y periodistas que descubren inéditas virtudes y ocultas cualidades. Sea por perder la beca, la chamba, el favor; sea la presión descomunal que ejerció contra intelectuales, medios y periodistas la muy noble y democrática "neoizquierda" que aspira al poder.
En público pocos se atreven. En pequeños círculos son muchos los que lo aceptan: un gobierno de AMLO no tolerará la crítica. Y acaso por eso algunos ya se curan en salud. Buscan aparecer en desplegados de apoyo, como modernos cortesanos. Ejemplo de que también en la libertad de expresión ya se vive la restauración del viejo PRI. Por eso vale insistir en que el periodista tiene una responsabilidad fundamental, más allá de partidos políticos, creencias religiosas e identidad mediática o grupo de poder, político o económico; la responsabilidad con su conciencia. La conciencia de un periodista hace las veces de la iglesia, el partido y la empresa en las que milita. Los objetivos del trabajo periodístico son la verdad y la justicia -por trillado que parezca-, en tanto que las herramientas para alcanzar esos objetivos son el análisis crítico de los actos de poder -cualquiera que sea ese poder y del signo político e ideológico que se quiera-, a partir de la información, obtenida mediante los géneros periodísticos. En una sociedad que se dice democrática, la crítica a los poderes -públicos o privados, políticos o sociales, institucionales o fácticos- es "la joya de la corona". No es concebible un gobierno democrático sin libertad de expresión y sin crítica. La crítica, y en general la opinión, más que en la veracidad de los hechos, se sustenta en la percepción de los hechos, y es tan diversa como emisores existan. Por eso es un desatino esperar imparcialidad y equidad en la crítica. Pero pocos lo entienden y menos lo aceptan. Al tiempo.
aleman2@prodigy.net.mx
Última llamada
Juan Molinar Horcasitas
El Universal
28 de junio de 2006
Este es el último artículo que escribo antes de la jornada electoral del próximo domingo. De hecho, el día de hoy se cierran las campañas y el proceso entra la veda final de tres días previos a la votación. El propósito de esta veda es permitir a los ciudadanos una pausa de cierta paz para que puedan reflexionar sobre la decisión que deberán de tomar el siguiente domingo. Comparemos los proyectos que se confrontan, evaluemos el voto útil.
La campaña presidencial de 2006 ha sido la más reñida de nuestra historia, en muchos sentidos. Destacan el tipo de proyectos que se confrontan y las expectativas de los electores.
Ha quedado claro que las ideas de López Obrador y las de Felipe Calderón no sólo son distintas, sino en algunos casos totalmente opuestas. López Obrador habla de un "nuevo modelo económico", pero cada vez que lo explica, o mejor dicho, que lo esboza, nos repite las ideas que todos los mexicanos mayores de 40 años conocen muy bien, demasiado bien. El proyecto de López Obrador está basado en la vieja idea de que el motor del crecimiento económico es el gasto del gobierno. Esa política ha desembocado siempre en crisis. Y cada crisis ha significado un enorme daño al patrimonio de todas las familias mexicanas, especialmente de las más pobres.
Si tú eres un lector joven, quizá no tengas claro lo que ocurría en México cada vez que el gobierno decía que controlaría los precios por decreto, o cada vez que decía que subiría los salarios 10, 20 y 30 %, también por decreto. Lo que pasaba era que los bienes de precios controlados desaparecían del mercado abierto y aparecían en el mercado negro con grandes sobreprecios. Lo que pasaba es que se desataba una carrera precios-salarios-precios en la que los salarios siempre perdían. Lo que sucedía es que las tasas de interés se elevaban vertiginosamente y todos los hogares y las empresas enfrentaban insolvencias y pérdidas. Si eres muy joven para recordarlo, pregúntale a tus mayores. Pídeles que te describan lo que fue la economía en México con Echeverría y López Portillo. O lo que pasó al final de Salinas, cuando los mercados nos pasaron a todos la cuenta de la pachanga de gasto salinista.
El proyecto de Calderón, en cambio, se basa en crear las condiciones que permitan combinar estabilidad y crecimiento. Y para ello sólo hay un camino: la inversión. La economía sólo ofrece dos opciones: hacer que los trabajadores se vayan a donde hay inversión, o llevar la inversión a donde hay trabajadores capacitados. México tiene trabajadores capacitados. Lo que se necesita es que la inversión del mundo venga a México, y que la inversión de los mexicanos se quede aquí. Para lograr eso hay que tener impuestos competitivos, respeto a la ley, orden en el país, clima favorable a las empresas que generan empleos.
Nada de eso se logra llamando a los empresarios "delincuentes de cuello blanco", como ha hecho, una y otra vez, López Obrador. Nada de eso se logra promoviendo la inestabilidad en Oaxaca, como han hecho los candidatos perredistas que todos hemos visto bloqueando carreteras, cerrando bancos y estaciones de radio, dejando a todos los niños de uno de los estados más pobres del país sin clases durante semanas enteras. Nada de eso se logra amenazando al adversario con lanzarlo al basurero de la historia.
Lo que sí queremos se logra presentando propuestas serias, estimulando a quienes generan empleos a perseverar en su esfuerzo, garantizando la igualdad ante la ley y el respeto del derechos de todos a expresarse, pero sin afectar a terceros inocentes, que son privados de sus derechos a circular, a trabajar, a educar a sus hijos.
Las expectativas de la mayoría de los ciudadano son claras: se orientan por los dos candidatos punteros, AMLO y Calderón. Al final, la suma de quienes ya simpatizan con Calderón, más los que se sumen porque coloquen el interés de México por encima de su preferencia partidaria, impulsará la mayoría que respalda a Felipe Calderón. Ese es un deseo y un pronóstico. Será para bien.
juanmolinarhorcasitas@hotmail.com
Diputado federal (PAN)
El Universal
28 de junio de 2006
Este es el último artículo que escribo antes de la jornada electoral del próximo domingo. De hecho, el día de hoy se cierran las campañas y el proceso entra la veda final de tres días previos a la votación. El propósito de esta veda es permitir a los ciudadanos una pausa de cierta paz para que puedan reflexionar sobre la decisión que deberán de tomar el siguiente domingo. Comparemos los proyectos que se confrontan, evaluemos el voto útil.
La campaña presidencial de 2006 ha sido la más reñida de nuestra historia, en muchos sentidos. Destacan el tipo de proyectos que se confrontan y las expectativas de los electores.
Ha quedado claro que las ideas de López Obrador y las de Felipe Calderón no sólo son distintas, sino en algunos casos totalmente opuestas. López Obrador habla de un "nuevo modelo económico", pero cada vez que lo explica, o mejor dicho, que lo esboza, nos repite las ideas que todos los mexicanos mayores de 40 años conocen muy bien, demasiado bien. El proyecto de López Obrador está basado en la vieja idea de que el motor del crecimiento económico es el gasto del gobierno. Esa política ha desembocado siempre en crisis. Y cada crisis ha significado un enorme daño al patrimonio de todas las familias mexicanas, especialmente de las más pobres.
Si tú eres un lector joven, quizá no tengas claro lo que ocurría en México cada vez que el gobierno decía que controlaría los precios por decreto, o cada vez que decía que subiría los salarios 10, 20 y 30 %, también por decreto. Lo que pasaba era que los bienes de precios controlados desaparecían del mercado abierto y aparecían en el mercado negro con grandes sobreprecios. Lo que pasaba es que se desataba una carrera precios-salarios-precios en la que los salarios siempre perdían. Lo que sucedía es que las tasas de interés se elevaban vertiginosamente y todos los hogares y las empresas enfrentaban insolvencias y pérdidas. Si eres muy joven para recordarlo, pregúntale a tus mayores. Pídeles que te describan lo que fue la economía en México con Echeverría y López Portillo. O lo que pasó al final de Salinas, cuando los mercados nos pasaron a todos la cuenta de la pachanga de gasto salinista.
El proyecto de Calderón, en cambio, se basa en crear las condiciones que permitan combinar estabilidad y crecimiento. Y para ello sólo hay un camino: la inversión. La economía sólo ofrece dos opciones: hacer que los trabajadores se vayan a donde hay inversión, o llevar la inversión a donde hay trabajadores capacitados. México tiene trabajadores capacitados. Lo que se necesita es que la inversión del mundo venga a México, y que la inversión de los mexicanos se quede aquí. Para lograr eso hay que tener impuestos competitivos, respeto a la ley, orden en el país, clima favorable a las empresas que generan empleos.
Nada de eso se logra llamando a los empresarios "delincuentes de cuello blanco", como ha hecho, una y otra vez, López Obrador. Nada de eso se logra promoviendo la inestabilidad en Oaxaca, como han hecho los candidatos perredistas que todos hemos visto bloqueando carreteras, cerrando bancos y estaciones de radio, dejando a todos los niños de uno de los estados más pobres del país sin clases durante semanas enteras. Nada de eso se logra amenazando al adversario con lanzarlo al basurero de la historia.
Lo que sí queremos se logra presentando propuestas serias, estimulando a quienes generan empleos a perseverar en su esfuerzo, garantizando la igualdad ante la ley y el respeto del derechos de todos a expresarse, pero sin afectar a terceros inocentes, que son privados de sus derechos a circular, a trabajar, a educar a sus hijos.
Las expectativas de la mayoría de los ciudadano son claras: se orientan por los dos candidatos punteros, AMLO y Calderón. Al final, la suma de quienes ya simpatizan con Calderón, más los que se sumen porque coloquen el interés de México por encima de su preferencia partidaria, impulsará la mayoría que respalda a Felipe Calderón. Ese es un deseo y un pronóstico. Será para bien.
juanmolinarhorcasitas@hotmail.com
Diputado federal (PAN)
'Cuartos de paz'
Rossana Fuentes-Berain
El Universal
28 de junio de 2006
Entre el futbol y la política los niveles de testosterona en el país están disparados. Se entiende que para las campañas hayan sido necesarios los "cuartos de guerra", pero a partir de mañana, en el silencio obligado hasta antes del sufragio, tendríamos que estar preparando los "cuartos de paz".
Uno de los dos va a ganar; esperamos que Andrés Manuel López Obrador o Felipe Calderón hayan convencido a un número suficiente de electores para que el triunfo sea incontrovertible. Los dos han ofrecido que respetarán el resultado de un proceso que no tiene por qué no ser limpio y legítimo.
No son sólo los consejeros y los funcionarios de carrera del IFE los que estarán organizando las 12 horas cruciales del día de la elección, son miles de ciudadanos honorables, como usted, o como el cardiólogo de mi mamá, que hablaba en la consulta de esta semana sobre "la alta responsabilidad" que significa ser presidente de su casilla.
Su bata blanca, su escritorio lleno de expedientes, sus ejemplares de revistas de especialidades médicas, las muestras farmacológicas en su credenza; lo escucho y pienso que si a este hombre le confiamos la vida, sin metáforas, ¿por qué podríamos desconfiar de él este domingo cuando se quite la bata?
Esos mexicanos, los miles que como nuestro doctor cuidarán las casillas, quieren hacer las cosas bien, quieren que sus conciudadanos, sus vecinos, tengan una buena elección, una elección apegada a los valores cívicos que implican reconocer tanto el triunfo como la derrota.
Todos ellos, y los que no fuimos insaculados pero votaremos, deseamos que los políticos no se atrevan a ensuciar la elección, sugiriendo siquiera, al final de la jornada, que sólo puede reconocerse un proceso democrático en el supuesto "de que gane yo".
Los comportamientos de "macho alfa" no tienen cabida ya en la política; vamos, ni siquiera en las canchas de fut, los árbitros les sacan tarjeta roja a los jugadores que no demuestran una conducta deportiva.
Eso es lo que tendríamos que hacer nosotros los ciudadanos: aplicar estrictamente el reglamento y cuando termine el tiempo regular, las 12 horas del 2 de julio, sólo aceptar los tiempos extras, el periodo previsto para las impugnaciones, hasta el 31 de agosto, o para que el Tribunal Federal Electoral dé su última palabra, el 6 de septiembre. Después de eso, nada.
Si tuviésemos que llegar hasta ahí, que es el peor escenario posible, hay que prepararse desde el 3 de julio para hacer "cuartos de paz" con la misma intensidad y pasión con las que los estrategas trabajan en los otros.
Vamos a necesitarlos en cualquiera de los casos, en el escenario positivo, de un ganador incontrovertible, o en el indeseable de que se arrastre el proceso electoral hasta septiembre; esos cuartos son el inicio de un diálogo nacional.
Ya hay una convocatoria abierta para realizarlo, con ayuda de las metodologías de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), aplicadas en ocasiones anteriores en países como Sudáfrica y Guatemala.
No sugiero que la polarización en la República mexicana esté a niveles del apartheid o de una guerra civil, ¡afortunadamente! Sin embargo, sí pienso que las campañas han tensado la liga tanto que si no hacemos un esfuerzo por distensarla, se puede romper.
El propio Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicó hace unos 18 meses un preocupante diagnóstico sobre el estado de la democracia en América Latina, un estudio que resalta las asignaturas pendientes para tener una democracia que satisfaga a los ciudadanos.
En ese estudio no se hablaba lo suficiente del papel de la sociedad civil; en el curso de los meses posteriores a su publicación se revisó esta omisión y hoy el PNUD apoya, en donde se le pida, procesos de diálogos nacionales como el que México necesitará a partir del 3 de julio.
Buscar las mejores prácticas a nivel internacional para que la sociedad civil mexicana: individuos con trayectorias profesionales destacadas, organizaciones no gubernamentales, empresarios, sindicatos, entren de lleno a los "cuartos de paz".
Todos a tratar de crear consensos, sí, pero también directrices para que gane quien gane no se le olvide que será el presidente de todos los mexicanos, no sólo de quienes lo eligieron.
rfuentes@itam.mx
Periodista e investigadora, ITAM
El Universal
28 de junio de 2006
Entre el futbol y la política los niveles de testosterona en el país están disparados. Se entiende que para las campañas hayan sido necesarios los "cuartos de guerra", pero a partir de mañana, en el silencio obligado hasta antes del sufragio, tendríamos que estar preparando los "cuartos de paz".
Uno de los dos va a ganar; esperamos que Andrés Manuel López Obrador o Felipe Calderón hayan convencido a un número suficiente de electores para que el triunfo sea incontrovertible. Los dos han ofrecido que respetarán el resultado de un proceso que no tiene por qué no ser limpio y legítimo.
No son sólo los consejeros y los funcionarios de carrera del IFE los que estarán organizando las 12 horas cruciales del día de la elección, son miles de ciudadanos honorables, como usted, o como el cardiólogo de mi mamá, que hablaba en la consulta de esta semana sobre "la alta responsabilidad" que significa ser presidente de su casilla.
Su bata blanca, su escritorio lleno de expedientes, sus ejemplares de revistas de especialidades médicas, las muestras farmacológicas en su credenza; lo escucho y pienso que si a este hombre le confiamos la vida, sin metáforas, ¿por qué podríamos desconfiar de él este domingo cuando se quite la bata?
Esos mexicanos, los miles que como nuestro doctor cuidarán las casillas, quieren hacer las cosas bien, quieren que sus conciudadanos, sus vecinos, tengan una buena elección, una elección apegada a los valores cívicos que implican reconocer tanto el triunfo como la derrota.
Todos ellos, y los que no fuimos insaculados pero votaremos, deseamos que los políticos no se atrevan a ensuciar la elección, sugiriendo siquiera, al final de la jornada, que sólo puede reconocerse un proceso democrático en el supuesto "de que gane yo".
Los comportamientos de "macho alfa" no tienen cabida ya en la política; vamos, ni siquiera en las canchas de fut, los árbitros les sacan tarjeta roja a los jugadores que no demuestran una conducta deportiva.
Eso es lo que tendríamos que hacer nosotros los ciudadanos: aplicar estrictamente el reglamento y cuando termine el tiempo regular, las 12 horas del 2 de julio, sólo aceptar los tiempos extras, el periodo previsto para las impugnaciones, hasta el 31 de agosto, o para que el Tribunal Federal Electoral dé su última palabra, el 6 de septiembre. Después de eso, nada.
Si tuviésemos que llegar hasta ahí, que es el peor escenario posible, hay que prepararse desde el 3 de julio para hacer "cuartos de paz" con la misma intensidad y pasión con las que los estrategas trabajan en los otros.
Vamos a necesitarlos en cualquiera de los casos, en el escenario positivo, de un ganador incontrovertible, o en el indeseable de que se arrastre el proceso electoral hasta septiembre; esos cuartos son el inicio de un diálogo nacional.
Ya hay una convocatoria abierta para realizarlo, con ayuda de las metodologías de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), aplicadas en ocasiones anteriores en países como Sudáfrica y Guatemala.
No sugiero que la polarización en la República mexicana esté a niveles del apartheid o de una guerra civil, ¡afortunadamente! Sin embargo, sí pienso que las campañas han tensado la liga tanto que si no hacemos un esfuerzo por distensarla, se puede romper.
El propio Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publicó hace unos 18 meses un preocupante diagnóstico sobre el estado de la democracia en América Latina, un estudio que resalta las asignaturas pendientes para tener una democracia que satisfaga a los ciudadanos.
En ese estudio no se hablaba lo suficiente del papel de la sociedad civil; en el curso de los meses posteriores a su publicación se revisó esta omisión y hoy el PNUD apoya, en donde se le pida, procesos de diálogos nacionales como el que México necesitará a partir del 3 de julio.
Buscar las mejores prácticas a nivel internacional para que la sociedad civil mexicana: individuos con trayectorias profesionales destacadas, organizaciones no gubernamentales, empresarios, sindicatos, entren de lleno a los "cuartos de paz".
Todos a tratar de crear consensos, sí, pero también directrices para que gane quien gane no se le olvide que será el presidente de todos los mexicanos, no sólo de quienes lo eligieron.
rfuentes@itam.mx
Periodista e investigadora, ITAM
El voto de Wal-Mart, la IP y AMLO
Carlos Mota
Milenio - Cubiculo Estratégico
28 de junio de 2006
Qué mala idea la de AMLO de pelear con la iniciativa privada. Al cuarto para la hora se metió en el peor de los mundos, pues la gente que trabaja en cualquier empresa siente un agravio directo a su legítima actividad empresarial. Porque hay que tomar en cuenta que en este país muchos somos empresarios. Así tengamos un negocio unipersonal o pequeño, el carácter empresarial del mexicano no se puede negar.
De tal suerte, si AMLO gana la Presidencia, tendrá que aplicar la mayor operación cicatriz de que se tenga memoria, pues la enemistad que promovió fue de clases sociales y no sólo dentro de un grupo político. Y como José Luis Barraza, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, no ha tenido empacho en calificar de inadecuadas sus propuestas económicas, pues no se antoja fácil que se sumen a un pacto que convocase el perredista el 3 de julio.
Por eso muchas empresas andan muy activas promoviendo el voto. Algunas lo hacen con sesgo —la minoría—. La mayoría promueve entre sus empleados ejercer ese derecho en plena libertad y sin presión. No obstante, ¿qué pensarán los millones de empleados de empresas que escucharon estos días que los empresarios son detestables porque no pagan impuestos y han hecho jugosos negocios al amparo de su tráfico de influencias?
Por eso, hizo muy bien Wal-Mart —la empresa no estatal más grande del país—, que convocó a los candidatos a comunicarse con sus empleados. Todos fueron, excepto AMLO. Eso sí, la empresa que encabeza Eduardo Solórzano no se quedó quieta. Incluso, echó a andar varias acciones para promover "el voto libre y razonado" y lanzó una iniciativa para promocionar al IFE en los tickets de compra que se imprimen en 358 tiendas.
Ayer mismo, Eduardo Solórzano salió en video ante sus 130 mil asociados de todo el país para invitarlos a votar. Eso incluyó a Suburbia, Vips, Sam's, El Portón, BodegAurrerá, etcétera. ¿Por quién pensarán votar los empleados de Wal-Mart —y sus familiares—, que invitaron a los candidatos, escucharon a todos, y sólo recibieron el desaire de AMLO?
Una cosa es cierta. Gane o pierda AMLO, una herida está muy abierta: la relación de la izquierda con toda la gente que trabaja en cualquier empresa. Qué feo.
Milenio - Cubiculo Estratégico
28 de junio de 2006
Qué mala idea la de AMLO de pelear con la iniciativa privada. Al cuarto para la hora se metió en el peor de los mundos, pues la gente que trabaja en cualquier empresa siente un agravio directo a su legítima actividad empresarial. Porque hay que tomar en cuenta que en este país muchos somos empresarios. Así tengamos un negocio unipersonal o pequeño, el carácter empresarial del mexicano no se puede negar.
De tal suerte, si AMLO gana la Presidencia, tendrá que aplicar la mayor operación cicatriz de que se tenga memoria, pues la enemistad que promovió fue de clases sociales y no sólo dentro de un grupo político. Y como José Luis Barraza, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, no ha tenido empacho en calificar de inadecuadas sus propuestas económicas, pues no se antoja fácil que se sumen a un pacto que convocase el perredista el 3 de julio.
Por eso muchas empresas andan muy activas promoviendo el voto. Algunas lo hacen con sesgo —la minoría—. La mayoría promueve entre sus empleados ejercer ese derecho en plena libertad y sin presión. No obstante, ¿qué pensarán los millones de empleados de empresas que escucharon estos días que los empresarios son detestables porque no pagan impuestos y han hecho jugosos negocios al amparo de su tráfico de influencias?
Por eso, hizo muy bien Wal-Mart —la empresa no estatal más grande del país—, que convocó a los candidatos a comunicarse con sus empleados. Todos fueron, excepto AMLO. Eso sí, la empresa que encabeza Eduardo Solórzano no se quedó quieta. Incluso, echó a andar varias acciones para promover "el voto libre y razonado" y lanzó una iniciativa para promocionar al IFE en los tickets de compra que se imprimen en 358 tiendas.
Ayer mismo, Eduardo Solórzano salió en video ante sus 130 mil asociados de todo el país para invitarlos a votar. Eso incluyó a Suburbia, Vips, Sam's, El Portón, BodegAurrerá, etcétera. ¿Por quién pensarán votar los empleados de Wal-Mart —y sus familiares—, que invitaron a los candidatos, escucharon a todos, y sólo recibieron el desaire de AMLO?
Una cosa es cierta. Gane o pierda AMLO, una herida está muy abierta: la relación de la izquierda con toda la gente que trabaja en cualquier empresa. Qué feo.
27 de junio de 2006
AMLO: el neoconservadurismo
Jorge Fernández Menéndez
Excélsior - Razones
27-06-06
Aquellos que sostienen que Patricia Mercado tendría que resignar su candidatura para apoyar a López Obrador, con el argumento de que ambas son candidaturas de izquierda, no comprenden a ninguno de los dos aspirantes ni a su respectiva ubicación política. López Obrador, y la alianza que encabeza, no pueden ubicarse, bajo ninguna consideración, en la izquierda democrática: se puede destacar el compromiso del tabasqueño con los pobres; sus legítimas ambiciones de poder; su visión nacionalista de la política, pero nada de eso lo muestra como un hombre de izquierda. En realidad, su visión política es tradicionalista e incluso conservadora: López Obrador no defiende ninguna de las premisas actuales de la izquierda democrática en el mundo, comenzando con la tolerancia y terminando con la transparencia administrativa. En todo caso, la suya es una candidatura marcada por el personalismo y, como se ha dicho muchas veces, por un sentido de "misión", que se ha identificado como una forma de mesianismo político y social que no acepta ni divergencias ni opiniones diferentes y no ha dudado en deshacerse de los mejores hombres y mujeres de su partido si no le son incondicionales.
Paradójicamente, ese es el secreto de parte de su éxito: en su entorno no hay prácticamente nadie que no sea incondicional. En la Presidencia del PRD colocó a Leonel Cota Montaño, un ex priista sin experiencia en el PRD que, en el mejor de los casos podría calificarse como un político tradicionalista, que no comulga con la izquierda. En su equipo no pueden decirse ni remotamente de izquierda Nicolás Mollinedo, Manuel Camacho, Federico Arreola, Octavio Romero Oropeza, Ricardo Monreal, Socorro Díaz, César Ojeda, Marcelo Ebrard. En sus listas de candidatos los ex priistas superan con amplitud a los hombres y mujeres de izquierda. Entre éstos, salvo excepciones como Jesús Ortega o Alejandro Encinas, la mayoría proviene de sectores de la izquierda más retrógrada, representada por los partidarios de René Bejarano. Los cardenistas han sido literalmente segregados de las listas, del equipo de campaña, de las posiciones. De todo.
Quizás el rasgo más conservador de Andrés Manuel es su intolerancia. No acepta la crítica ni tampoco que le señalen errores: no escucha y ello se refleja en hechos tan disímiles como su decisión de no deslindarse de los Bejarano o los Ímaz (ahí está Claudia Sheinbaum como su principal escudera), como por su desinterés en siquiera conocer el mundo. ¿Qué le puede aportar el mundo a alguien que cree que tiene todas las respuestas?
En su libro más reciente, Federico Arreola, siguiendo la línea de su candidato, dice, por ejemplo, que quien esto escribe critica a López Obrador, por "añejos agravios personales". No es verdad. No tengo un solo agravio personal con López Obrador y estoy seguro de que él no puede tener ninguno conmigo, porque nunca he incursionado en ataques personales. He marcado con él diferencias, como con muchos otros hombres y mujeres de la vida política, primero porque esa es la labor de un analista político y, segundo, porque evidentemente no he coincidido con sus decisiones. Pero nada tiene eso que ver con "agravios personales". Con López Obrador, como con cualquier político, siempre he tratado de mantener separadas las opiniones políticas de los agravios personales, y ése es un principio profesional que se mantendrá, gane o pierda López Obrador los comicios del 2 de julio. El problema es que, con muchos de sus críticos, tanto López Obrador como algunos de sus más cercanos colaboradores sí asumen las diferencias como agravios personales y todo termina siendo parte de un enorme complot siempre en construcción. Y eso para gobernar un país tan grande, tan plural, con tantas posiciones divergentes como México, se torna en un lastre político indudable.
Si ello es en el terreno político, en el económico tampoco encontramos posiciones progresistas. Ninguna izquierda moderna apuesta al asistencialismo o el estatismo. Al contrario: no son estatistas ni Rodríguez Zapatero ni lo fue Felipe González, pero tampoco Ricardo Lagos, Michelle Bachelet o incluso Luiz Inácio da Silva Lula. Tampoco lo es, por ejemplo, Cuauhtémoc Cárdenas. Quienes hacen girar sus propuestas económicas en torno al Estado, son hombres como Hugo Chávez, Evo Morales o Néstor Kirchner (o por supuesto, en un caso extremo, Fidel Castro), bien o mal intencionados pero con historias provenientes de corrientes, en todos los casos, autoritarias y con pocos lazos con una trayectoria de izquierda y mucho menos democrática. Incluso López Portillo o Echeverría se decían de izquierda, se abrazaban con los líderes del Tercer Mundo, pero eran, en los hechos, profundamente conservadores. Querer repetir su política económica será volver a repetir sus errores. La visión de que el Estado (o incluso el líder mesiánico) puede reemplazar al ciudadano no es progresista, es reaccionaria, independientemente del ropaje con el que se recubra.
Patricia Mercado, en ese sentido, es todo lo contrario. Es una mujer abierta, que sabe escuchar, que aprende, que ha hecho de la tolerancia y la transparencia su principal carta electoral. Mercado proviene de una izquierda no tradicional que nunca ha buscado en los modelos priistas su identificación y eso la hace completamente diferente de López Obrador. Votar por uno o por otra implica elegir entre dos proyectos que son absolutamente divergentes. Patricia Mercado y Alternativa son un proyecto de futuro, tolerante, abierto, incluso provocador para ciertos sectores del establishment. Son una opción que, aunque sea en forma embrionaria, necesitaremos en el futuro inmediato de nuestro país para contraponerla a las distintas opciones tradicionalistas y conservadoras, incluyendo la del propio López Obrador.
www.nuevoexcelsior.com.mx
www.mexicoconfidencial.com
Excélsior - Razones
27-06-06
Aquellos que sostienen que Patricia Mercado tendría que resignar su candidatura para apoyar a López Obrador, con el argumento de que ambas son candidaturas de izquierda, no comprenden a ninguno de los dos aspirantes ni a su respectiva ubicación política. López Obrador, y la alianza que encabeza, no pueden ubicarse, bajo ninguna consideración, en la izquierda democrática: se puede destacar el compromiso del tabasqueño con los pobres; sus legítimas ambiciones de poder; su visión nacionalista de la política, pero nada de eso lo muestra como un hombre de izquierda. En realidad, su visión política es tradicionalista e incluso conservadora: López Obrador no defiende ninguna de las premisas actuales de la izquierda democrática en el mundo, comenzando con la tolerancia y terminando con la transparencia administrativa. En todo caso, la suya es una candidatura marcada por el personalismo y, como se ha dicho muchas veces, por un sentido de "misión", que se ha identificado como una forma de mesianismo político y social que no acepta ni divergencias ni opiniones diferentes y no ha dudado en deshacerse de los mejores hombres y mujeres de su partido si no le son incondicionales.
Paradójicamente, ese es el secreto de parte de su éxito: en su entorno no hay prácticamente nadie que no sea incondicional. En la Presidencia del PRD colocó a Leonel Cota Montaño, un ex priista sin experiencia en el PRD que, en el mejor de los casos podría calificarse como un político tradicionalista, que no comulga con la izquierda. En su equipo no pueden decirse ni remotamente de izquierda Nicolás Mollinedo, Manuel Camacho, Federico Arreola, Octavio Romero Oropeza, Ricardo Monreal, Socorro Díaz, César Ojeda, Marcelo Ebrard. En sus listas de candidatos los ex priistas superan con amplitud a los hombres y mujeres de izquierda. Entre éstos, salvo excepciones como Jesús Ortega o Alejandro Encinas, la mayoría proviene de sectores de la izquierda más retrógrada, representada por los partidarios de René Bejarano. Los cardenistas han sido literalmente segregados de las listas, del equipo de campaña, de las posiciones. De todo.
Quizás el rasgo más conservador de Andrés Manuel es su intolerancia. No acepta la crítica ni tampoco que le señalen errores: no escucha y ello se refleja en hechos tan disímiles como su decisión de no deslindarse de los Bejarano o los Ímaz (ahí está Claudia Sheinbaum como su principal escudera), como por su desinterés en siquiera conocer el mundo. ¿Qué le puede aportar el mundo a alguien que cree que tiene todas las respuestas?
En su libro más reciente, Federico Arreola, siguiendo la línea de su candidato, dice, por ejemplo, que quien esto escribe critica a López Obrador, por "añejos agravios personales". No es verdad. No tengo un solo agravio personal con López Obrador y estoy seguro de que él no puede tener ninguno conmigo, porque nunca he incursionado en ataques personales. He marcado con él diferencias, como con muchos otros hombres y mujeres de la vida política, primero porque esa es la labor de un analista político y, segundo, porque evidentemente no he coincidido con sus decisiones. Pero nada tiene eso que ver con "agravios personales". Con López Obrador, como con cualquier político, siempre he tratado de mantener separadas las opiniones políticas de los agravios personales, y ése es un principio profesional que se mantendrá, gane o pierda López Obrador los comicios del 2 de julio. El problema es que, con muchos de sus críticos, tanto López Obrador como algunos de sus más cercanos colaboradores sí asumen las diferencias como agravios personales y todo termina siendo parte de un enorme complot siempre en construcción. Y eso para gobernar un país tan grande, tan plural, con tantas posiciones divergentes como México, se torna en un lastre político indudable.
Si ello es en el terreno político, en el económico tampoco encontramos posiciones progresistas. Ninguna izquierda moderna apuesta al asistencialismo o el estatismo. Al contrario: no son estatistas ni Rodríguez Zapatero ni lo fue Felipe González, pero tampoco Ricardo Lagos, Michelle Bachelet o incluso Luiz Inácio da Silva Lula. Tampoco lo es, por ejemplo, Cuauhtémoc Cárdenas. Quienes hacen girar sus propuestas económicas en torno al Estado, son hombres como Hugo Chávez, Evo Morales o Néstor Kirchner (o por supuesto, en un caso extremo, Fidel Castro), bien o mal intencionados pero con historias provenientes de corrientes, en todos los casos, autoritarias y con pocos lazos con una trayectoria de izquierda y mucho menos democrática. Incluso López Portillo o Echeverría se decían de izquierda, se abrazaban con los líderes del Tercer Mundo, pero eran, en los hechos, profundamente conservadores. Querer repetir su política económica será volver a repetir sus errores. La visión de que el Estado (o incluso el líder mesiánico) puede reemplazar al ciudadano no es progresista, es reaccionaria, independientemente del ropaje con el que se recubra.
Patricia Mercado, en ese sentido, es todo lo contrario. Es una mujer abierta, que sabe escuchar, que aprende, que ha hecho de la tolerancia y la transparencia su principal carta electoral. Mercado proviene de una izquierda no tradicional que nunca ha buscado en los modelos priistas su identificación y eso la hace completamente diferente de López Obrador. Votar por uno o por otra implica elegir entre dos proyectos que son absolutamente divergentes. Patricia Mercado y Alternativa son un proyecto de futuro, tolerante, abierto, incluso provocador para ciertos sectores del establishment. Son una opción que, aunque sea en forma embrionaria, necesitaremos en el futuro inmediato de nuestro país para contraponerla a las distintas opciones tradicionalistas y conservadoras, incluyendo la del propio López Obrador.
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Elegir el futuro
Macario Schettino
El Universal
27 de junio de 2006
El domingo elegiremos, entre todos los mexicanos, al gobierno que tendremos para los próximos seis años. Serán, muy probablemente, los seis años más difíciles de México en tiempos de paz:
En los próximos seis años, el gobierno no tendrá recursos para cubrir su gasto normal. Para el 2008, el gasto en pensiones y el servicio de la deuda de proyectos de infraestructura (Pidiregas) consumirán la mitad de la recaudación, lo que provocará un déficit de 6% del PIB, considerando el dato de los requerimientos financieros del sector público. Esto sólo puede evitarse con una reforma fiscal seria.
En los próximos seis años, México tendrá una crisis energética importante. Para el 2009 ya no tendremos capacidad de exportación de crudo. Ya desde el año pasado, con ingresos históricos de 32 mil millones de dólares, el resultado neto fue negativo, dado el tamaño de la inversión necesaria para que Cantarell siga funcionando, y la cantidad de gasolina que tenemos que comprar fuera, porque no podemos hacerla acá. Evitar esta crisis exige una reforma energética profunda.
En los próximos seis años, China alcanzará un ingreso por habitante igual al de México, lo que implica que será del tamaño de la economía estadounidense. Y así como en los últimos ocho años el crecimiento de China implicó la elevación de precios de materias primas, en los próximos seis ejercerá una presión muy importante sobre el mercado mundial de alimentos. Especialmente, habrá problemas con los mercados de carne (de todo tipo) y de productos del mar.
En los próximos seis años, la economía "occidental" tendrá una contracción. Especialmente la economía de Estados Unidos, que tiene un nivel de gasto muy superior a lo que puede mantener. Ese país compra 87% de lo que vendemos, así que cuando frene su gasto, lo mismo ocurrirá con nosotros. Nuestras ventas a Estados Unidos representan cinco veces el tamaño del gobierno mexicano, en valor agregado. Es decir que la caída de ese mercado no puede ser compensada por un mayor gasto del gobierno. Este proceso de ajuste ya inició, pero no sabemos cómo irá desenvolviéndose.
La combinación del crecimiento de China (e India) y de la contracción de la economía "occidental" provocará un ajuste importante en la geopolítica, que hoy amenaza con dejar a América Latina un lugar similar al del África subsahariana, es decir, poco menos que nada. Evitar este desplazamiento exigirá una política internacional muy creativa.
El proceso político de México obligará, en los próximos tres años, a un nuevo mapa partidista, que implica la desaparición (o casi) del PRI y la aparición de nuevas fuerzas. Facilitar ese cambio, promover la creación de nuevas reglas institucionales, pasar a una nueva etapa en la transición democrática, requerirá de grandes esfuerzos de conciliación y tolerancia.
Este proceso será aún más importante porque el presidente habrá sido elegido por la primera minoría, y no por la mayoría de los votantes. Esto obligará a tender puentes entre los diferentes grupos políticos, más allá de los partidos, que hoy ya no son los agentes relevantes en la vida nacional. Insisto, es un asunto de negociación, primordialmente.
No podemos elegir cuál de estos retos enfrentar, porque todos estarán ahí. Sí podemos, en cambio, elegir a quien queremos al mando del gobierno. Por lo que le he comentado, creo que no habrá duda de que requerimos alguien que tenga, al menos, alguna idea de lo que está pasando en el mundo, que tenga interés en sacar adelante las reformas estructurales, y que tenga un historial de negociación política. Me parece que ese alguien es Felipe Calderón.
Optar en este momento por alguien que no quiere entender al mundo, que no quiere impulsar reformas, y que tiene un claro pasado (y presente) autoritario, sería un gravísimo error. Cuando, en los años 70, enfrentamos retos parecidos, Luis Echeverría, con estas características, destrozó al país. Al menos en ese caso tuvimos la excusa de que nosotros no lo elegimos. Hoy esa excusa no existe.
El pasado es para aprender de él, no para repetirlo. Frente a los retos que tendremos, hay que elegir el futuro. Y hay que hacerlo el domingo.
macario@macarios.com.mx
Profesor en la EGAP del ITESM-CCM
El Universal
27 de junio de 2006
El domingo elegiremos, entre todos los mexicanos, al gobierno que tendremos para los próximos seis años. Serán, muy probablemente, los seis años más difíciles de México en tiempos de paz:
En los próximos seis años, el gobierno no tendrá recursos para cubrir su gasto normal. Para el 2008, el gasto en pensiones y el servicio de la deuda de proyectos de infraestructura (Pidiregas) consumirán la mitad de la recaudación, lo que provocará un déficit de 6% del PIB, considerando el dato de los requerimientos financieros del sector público. Esto sólo puede evitarse con una reforma fiscal seria.
En los próximos seis años, México tendrá una crisis energética importante. Para el 2009 ya no tendremos capacidad de exportación de crudo. Ya desde el año pasado, con ingresos históricos de 32 mil millones de dólares, el resultado neto fue negativo, dado el tamaño de la inversión necesaria para que Cantarell siga funcionando, y la cantidad de gasolina que tenemos que comprar fuera, porque no podemos hacerla acá. Evitar esta crisis exige una reforma energética profunda.
En los próximos seis años, China alcanzará un ingreso por habitante igual al de México, lo que implica que será del tamaño de la economía estadounidense. Y así como en los últimos ocho años el crecimiento de China implicó la elevación de precios de materias primas, en los próximos seis ejercerá una presión muy importante sobre el mercado mundial de alimentos. Especialmente, habrá problemas con los mercados de carne (de todo tipo) y de productos del mar.
En los próximos seis años, la economía "occidental" tendrá una contracción. Especialmente la economía de Estados Unidos, que tiene un nivel de gasto muy superior a lo que puede mantener. Ese país compra 87% de lo que vendemos, así que cuando frene su gasto, lo mismo ocurrirá con nosotros. Nuestras ventas a Estados Unidos representan cinco veces el tamaño del gobierno mexicano, en valor agregado. Es decir que la caída de ese mercado no puede ser compensada por un mayor gasto del gobierno. Este proceso de ajuste ya inició, pero no sabemos cómo irá desenvolviéndose.
La combinación del crecimiento de China (e India) y de la contracción de la economía "occidental" provocará un ajuste importante en la geopolítica, que hoy amenaza con dejar a América Latina un lugar similar al del África subsahariana, es decir, poco menos que nada. Evitar este desplazamiento exigirá una política internacional muy creativa.
El proceso político de México obligará, en los próximos tres años, a un nuevo mapa partidista, que implica la desaparición (o casi) del PRI y la aparición de nuevas fuerzas. Facilitar ese cambio, promover la creación de nuevas reglas institucionales, pasar a una nueva etapa en la transición democrática, requerirá de grandes esfuerzos de conciliación y tolerancia.
Este proceso será aún más importante porque el presidente habrá sido elegido por la primera minoría, y no por la mayoría de los votantes. Esto obligará a tender puentes entre los diferentes grupos políticos, más allá de los partidos, que hoy ya no son los agentes relevantes en la vida nacional. Insisto, es un asunto de negociación, primordialmente.
No podemos elegir cuál de estos retos enfrentar, porque todos estarán ahí. Sí podemos, en cambio, elegir a quien queremos al mando del gobierno. Por lo que le he comentado, creo que no habrá duda de que requerimos alguien que tenga, al menos, alguna idea de lo que está pasando en el mundo, que tenga interés en sacar adelante las reformas estructurales, y que tenga un historial de negociación política. Me parece que ese alguien es Felipe Calderón.
Optar en este momento por alguien que no quiere entender al mundo, que no quiere impulsar reformas, y que tiene un claro pasado (y presente) autoritario, sería un gravísimo error. Cuando, en los años 70, enfrentamos retos parecidos, Luis Echeverría, con estas características, destrozó al país. Al menos en ese caso tuvimos la excusa de que nosotros no lo elegimos. Hoy esa excusa no existe.
El pasado es para aprender de él, no para repetirlo. Frente a los retos que tendremos, hay que elegir el futuro. Y hay que hacerlo el domingo.
macario@macarios.com.mx
Profesor en la EGAP del ITESM-CCM
Clase media
Catón
Reforma - De Política y Cosas Peores
27 de junio de 2006
El norteamericano H. L. (Henry Louis) Mencken era un iconoclasta. También era un cab…, si se me permite esa palabra menos culta que la otra. Periodista, se inventó un estilo punzante, corrosivo, e hizo del sarcasmo y de la sátira sus herramientas de trabajo. Nadie se libraba de sus violentas críticas; en nada creía y nada respetaba; no tenía compadre de pila, como se dice en el lenguaje coloquial de México de aquel que por salirse con la suya no reconoce ningún afecto humano. En cierta ocasión Franklin D. Roosevelt le jugó una mala pasada. Ambos eran oradores en el banquete anual del Gridiron Club, importante agrupación de periodistas. Mencken atacó rudamente a Roosevelt y a su administración. Cuando en seguida el Presidente empezó a leer su discurso, los asistentes se quedaron fríos. Dijo que todos los periodistas eran unos asnos estúpidos y arrogantes; que su cualidad principal era la ignorancia; que ninguno de ellos aprobaría un examen de ingreso a la escuela secundaria. Quienes estaban en la mesa donde se hallaba Mencken notaron que éste enrojecía. Bien pronto el público se percató de que lo que Roosevelt estaba haciendo era dar lectura textual al ensayo de Mencken titulado “El periodismo en Estados Unidos”. Divertidos, todos se volvieron a ver al periodista, que se hundía en su silla más y más. Cuando Roosevelt, ufano y satisfecho, terminó de hablar, recibió una ovación. Pasó junto al escritor, y con una sonrisa le tendió la mano. Alguien dijo que Mencken comentó después: “El Presidente es más Mencken que yo”. La democracia era uno de los blancos favoritos de la mordacidad de este feroz señor. Decía de ella que es “la libertad de los que no tienen para atentar contra la libertad de los que tienen”.
Entre unos y otros, digo yo, está la clase media, ese vasto sector formado por la gente común que no pertenece ni al pequeño grupo de los que tienen mucho ni al grupo inmenso de los que no poseen nada. Creo que será esa clase media la que definirá la elección del 2 de julio, del mismo modo que definió la del 2000. Quizás el resultado de esta elección sorprenderá a algunos, igual que a muchos sorprendió el triunfo de Fox cuando prácticamente todas las encuestas daban a Labastida como seguro ganador. Votó la clase media -conservadora, prudente, temerosa del desorden y los radicalismos-, y el que ya se juzgaba victorioso quedó abajo. Lo mismo puede suceder ahora. Esta elección no la decidirán ni los grandes señores del dinero ni los pobres que deben cambiar su voto por la promesa de una dádiva. Esta elección la decidirá la clase media. Dicho en otras palabras: la decidiremos tú y yo…
Para amenguar el peso de esa responsabilidad voy a contar ahora un par de cuentecitos… Aquel granjero dijo que tenía en su rancho un jornalero de apetito tan desmesurado que podía comerse una vaca entera. Todos le apostaron a que no. El tipo le dijo a su trabajador que tenía que comerse una res ante sus amigos. Para dar mayor interés a la apuesta el granjero había ordenado que la carne de la vaca se la sirvieran al hombre en hamburguesas. Varios cientos se comió aquel tremendo gargantón. Una quedaba solamente, pero la rechazó. Los presentes pensaron que ya no podía comer más, que el granjero había perdido la apuesta. Pero entonces dijo el comilón: “Ya no más hamburguesas. Todavía debo comerme una vaca”… La recién casada se alegró cuando supo que estaba embarazada. Tomó el teléfono y llamó a su más cercana amiga -soltera ella- para darle la buena nueva. Le dijo en arrebato jubiloso: “-¡No lo puedo creer! ¡Tengo a alguien dentro de mí!”. “-¡Yo también! -le contesta la amiga respirando con agitación-. ¡Te llamo en media hora!”… FIN.
Reforma - De Política y Cosas Peores
27 de junio de 2006
El norteamericano H. L. (Henry Louis) Mencken era un iconoclasta. También era un cab…, si se me permite esa palabra menos culta que la otra. Periodista, se inventó un estilo punzante, corrosivo, e hizo del sarcasmo y de la sátira sus herramientas de trabajo. Nadie se libraba de sus violentas críticas; en nada creía y nada respetaba; no tenía compadre de pila, como se dice en el lenguaje coloquial de México de aquel que por salirse con la suya no reconoce ningún afecto humano. En cierta ocasión Franklin D. Roosevelt le jugó una mala pasada. Ambos eran oradores en el banquete anual del Gridiron Club, importante agrupación de periodistas. Mencken atacó rudamente a Roosevelt y a su administración. Cuando en seguida el Presidente empezó a leer su discurso, los asistentes se quedaron fríos. Dijo que todos los periodistas eran unos asnos estúpidos y arrogantes; que su cualidad principal era la ignorancia; que ninguno de ellos aprobaría un examen de ingreso a la escuela secundaria. Quienes estaban en la mesa donde se hallaba Mencken notaron que éste enrojecía. Bien pronto el público se percató de que lo que Roosevelt estaba haciendo era dar lectura textual al ensayo de Mencken titulado “El periodismo en Estados Unidos”. Divertidos, todos se volvieron a ver al periodista, que se hundía en su silla más y más. Cuando Roosevelt, ufano y satisfecho, terminó de hablar, recibió una ovación. Pasó junto al escritor, y con una sonrisa le tendió la mano. Alguien dijo que Mencken comentó después: “El Presidente es más Mencken que yo”. La democracia era uno de los blancos favoritos de la mordacidad de este feroz señor. Decía de ella que es “la libertad de los que no tienen para atentar contra la libertad de los que tienen”.
Entre unos y otros, digo yo, está la clase media, ese vasto sector formado por la gente común que no pertenece ni al pequeño grupo de los que tienen mucho ni al grupo inmenso de los que no poseen nada. Creo que será esa clase media la que definirá la elección del 2 de julio, del mismo modo que definió la del 2000. Quizás el resultado de esta elección sorprenderá a algunos, igual que a muchos sorprendió el triunfo de Fox cuando prácticamente todas las encuestas daban a Labastida como seguro ganador. Votó la clase media -conservadora, prudente, temerosa del desorden y los radicalismos-, y el que ya se juzgaba victorioso quedó abajo. Lo mismo puede suceder ahora. Esta elección no la decidirán ni los grandes señores del dinero ni los pobres que deben cambiar su voto por la promesa de una dádiva. Esta elección la decidirá la clase media. Dicho en otras palabras: la decidiremos tú y yo…
Para amenguar el peso de esa responsabilidad voy a contar ahora un par de cuentecitos… Aquel granjero dijo que tenía en su rancho un jornalero de apetito tan desmesurado que podía comerse una vaca entera. Todos le apostaron a que no. El tipo le dijo a su trabajador que tenía que comerse una res ante sus amigos. Para dar mayor interés a la apuesta el granjero había ordenado que la carne de la vaca se la sirvieran al hombre en hamburguesas. Varios cientos se comió aquel tremendo gargantón. Una quedaba solamente, pero la rechazó. Los presentes pensaron que ya no podía comer más, que el granjero había perdido la apuesta. Pero entonces dijo el comilón: “Ya no más hamburguesas. Todavía debo comerme una vaca”… La recién casada se alegró cuando supo que estaba embarazada. Tomó el teléfono y llamó a su más cercana amiga -soltera ella- para darle la buena nueva. Le dijo en arrebato jubiloso: “-¡No lo puedo creer! ¡Tengo a alguien dentro de mí!”. “-¡Yo también! -le contesta la amiga respirando con agitación-. ¡Te llamo en media hora!”… FIN.
Miedos y votos
Sergio Sarmiento
Reforma - Jaque Mate
27 de junio de 2006
NUEVA YORK.- No, francamente no me da miedo que Andrés Manuel López Obrador sea un Presidente fiscalmente irresponsable. No lo fue, de hecho, como jefe de Gobierno del Distrito Federal, donde redujo gradualmente el déficit de gasto; no tengo por qué suponer que se convertirá mágicamente en un José López Portillo una vez que sea Presidente. Es verdad que el régimen de López Obrador en el Distrito Federal no fue un ejemplo de visión de largo plazo, pero ciertamente no se le pueden dar malas calificaciones en el campo del gasto público.
Mi temor con López Obrador es completamente distinto. Me inquieta su menosprecio por las leyes. No solamente en El Encino, caso en el que sí hubo un desacato a la orden de un juez y que él aprovechó para montar una campaña política argumentando que era víctima de un complot, sino en la expropiación de los terrenos de la refresquera Pascual, en su resistencia a atender las decisiones de los tribunales y en la cancelación unilateral del contrato con Eumex, entre otros muchos casos.
También me preocupan algunos de los perredistas radicales que podrían asumir cargos de responsabilidad en un gobierno encabezado por López Obrador. Y más me inquietan los nuevos aliados que le han salido al perredista de las filas del más oscuro corporativismo priista: desde Roberto Vega Galina, el líder del sindicato del Seguro Social, hasta Isaías González, el dirigente de la CROC. Esos aliados sí son para darle miedo a cualquiera.
No, no me inquietan los lazos de Felipe Calderón con su cuñado Diego Zavala. La revisión de las acusaciones en contra de la empresa Hildebrando no hace sino confirmarme que en política se puede atacar a cualquiera simplemente sacando de contexto una información que no señala ninguna irregularidad. Hasta donde yo puedo ver Calderón tiene, efectivamente, las manos limpias.
Lo que me inquieta de Calderón es que no veo cómo puede construir las alianzas políticas que le permitirían llevar a cabo los cambios que el país requiere. Vicente Fox no tuvo forma de lograr la aprobación de una reforma tan evidente como la de aplicar el Impuesto al Valor Agregado a todos los productos y servicios. ¿Podrá un gobierno de Calderón impulsar una reforma todavía más ambiciosa pero menos fácil de entender como sería la aplicación de una tasa única en el Impuesto Sobre la Renta? Es poco probable.
De Roberto Madrazo nunca me he creído su leyenda negra. Considero que no fue un mal gobernador de Tabasco y las propuestas que hace, desde el combate a la inseguridad hasta la construcción de infraestructura, me parecen sensatas. Mi gran preocupación procede de todo el ejército de perversos intereses creados que siempre se ha ocultado detrás del PRI, no todos los cuales han desertado en esta campaña para unirse al PRD.
Los partidos pequeños, Alternativa y Nueva Alianza, representan opciones interesantes, por las que podría valer la pena sufragar, pero aun cuando logren su ansiado registro y lugar en el Congreso no tendrán una influencia real en la política en mucho tiempo.
Estoy en contra, por otra parte, de muchas de las propuestas de Víctor González Torres, el Doctor Simi, en particular de sus esfuerzos por debilitar las patentes en nuestro país; pero me parece absurdo que se le niegue la posibilidad de que se cuenten sus votos, aun cuando éstos se apunten en la casilla de los candidatos no registrados y reflejen realmente una expresión de la voluntad de los votantes.
Nos acercamos a una elección que se definirá por negativos. Millones de mexicanos decidirán no quién es el candidato que realmente quieren sino cuál es el que menos animadversión o temor les genera. Y será una elección que necesariamente nos dará a un Presidente con un respaldo minoritario de los gobernados.
Si consideramos que el 40 por ciento de los ciudadanos empadronados no votará, y que el sufragio que sí se realice se dividirá en tercios, queda claro que tendremos a un presidente de la República elegido por un 20 o un 25 por ciento de los ciudadanos. Difícilmente podrá hablar el nuevo presidente de la República de contar con un mandato para transformar al país.
Lo peor de todo es que ese 20 o 25 por ciento de los votos que definirá al próximo presidente de la República se construirá mucho sobre el miedo y poco sobre las convicciones.
Se acerca un momento de incertidumbre. Cada cambio de sexenio lo es, por supuesto. Pero los ánimos están tan cargados ahora, después de una campaña tan sucia y tan cerrada como la que hemos vivido, que es difícil entender cómo se curarán las heridas y cómo podremos empezar la tarea de reconstruir el país.
Reforma - Jaque Mate
27 de junio de 2006
“Los fantasmas dan más miedo de lejos que de cerca”
Nicolás Maquiavelo
Nicolás Maquiavelo
NUEVA YORK.- No, francamente no me da miedo que Andrés Manuel López Obrador sea un Presidente fiscalmente irresponsable. No lo fue, de hecho, como jefe de Gobierno del Distrito Federal, donde redujo gradualmente el déficit de gasto; no tengo por qué suponer que se convertirá mágicamente en un José López Portillo una vez que sea Presidente. Es verdad que el régimen de López Obrador en el Distrito Federal no fue un ejemplo de visión de largo plazo, pero ciertamente no se le pueden dar malas calificaciones en el campo del gasto público.
Mi temor con López Obrador es completamente distinto. Me inquieta su menosprecio por las leyes. No solamente en El Encino, caso en el que sí hubo un desacato a la orden de un juez y que él aprovechó para montar una campaña política argumentando que era víctima de un complot, sino en la expropiación de los terrenos de la refresquera Pascual, en su resistencia a atender las decisiones de los tribunales y en la cancelación unilateral del contrato con Eumex, entre otros muchos casos.
También me preocupan algunos de los perredistas radicales que podrían asumir cargos de responsabilidad en un gobierno encabezado por López Obrador. Y más me inquietan los nuevos aliados que le han salido al perredista de las filas del más oscuro corporativismo priista: desde Roberto Vega Galina, el líder del sindicato del Seguro Social, hasta Isaías González, el dirigente de la CROC. Esos aliados sí son para darle miedo a cualquiera.
No, no me inquietan los lazos de Felipe Calderón con su cuñado Diego Zavala. La revisión de las acusaciones en contra de la empresa Hildebrando no hace sino confirmarme que en política se puede atacar a cualquiera simplemente sacando de contexto una información que no señala ninguna irregularidad. Hasta donde yo puedo ver Calderón tiene, efectivamente, las manos limpias.
Lo que me inquieta de Calderón es que no veo cómo puede construir las alianzas políticas que le permitirían llevar a cabo los cambios que el país requiere. Vicente Fox no tuvo forma de lograr la aprobación de una reforma tan evidente como la de aplicar el Impuesto al Valor Agregado a todos los productos y servicios. ¿Podrá un gobierno de Calderón impulsar una reforma todavía más ambiciosa pero menos fácil de entender como sería la aplicación de una tasa única en el Impuesto Sobre la Renta? Es poco probable.
De Roberto Madrazo nunca me he creído su leyenda negra. Considero que no fue un mal gobernador de Tabasco y las propuestas que hace, desde el combate a la inseguridad hasta la construcción de infraestructura, me parecen sensatas. Mi gran preocupación procede de todo el ejército de perversos intereses creados que siempre se ha ocultado detrás del PRI, no todos los cuales han desertado en esta campaña para unirse al PRD.
Los partidos pequeños, Alternativa y Nueva Alianza, representan opciones interesantes, por las que podría valer la pena sufragar, pero aun cuando logren su ansiado registro y lugar en el Congreso no tendrán una influencia real en la política en mucho tiempo.
Estoy en contra, por otra parte, de muchas de las propuestas de Víctor González Torres, el Doctor Simi, en particular de sus esfuerzos por debilitar las patentes en nuestro país; pero me parece absurdo que se le niegue la posibilidad de que se cuenten sus votos, aun cuando éstos se apunten en la casilla de los candidatos no registrados y reflejen realmente una expresión de la voluntad de los votantes.
Nos acercamos a una elección que se definirá por negativos. Millones de mexicanos decidirán no quién es el candidato que realmente quieren sino cuál es el que menos animadversión o temor les genera. Y será una elección que necesariamente nos dará a un Presidente con un respaldo minoritario de los gobernados.
Si consideramos que el 40 por ciento de los ciudadanos empadronados no votará, y que el sufragio que sí se realice se dividirá en tercios, queda claro que tendremos a un presidente de la República elegido por un 20 o un 25 por ciento de los ciudadanos. Difícilmente podrá hablar el nuevo presidente de la República de contar con un mandato para transformar al país.
Lo peor de todo es que ese 20 o 25 por ciento de los votos que definirá al próximo presidente de la República se construirá mucho sobre el miedo y poco sobre las convicciones.
Se acerca un momento de incertidumbre. Cada cambio de sexenio lo es, por supuesto. Pero los ánimos están tan cargados ahora, después de una campaña tan sucia y tan cerrada como la que hemos vivido, que es difícil entender cómo se curarán las heridas y cómo podremos empezar la tarea de reconstruir el país.
Echeverría o fascismo: intelectuales de 1970
Luis González de Alba
Milenio - La Calle
26 de junio de 2006
Felicitaciones al presidente Fox por el nombramiento de Cuauhtémoc Cárdenas, y a éste por aceptar. Sí hay otro México.
También en 1970 había que parar a la ultraderecha. "Echeverría o el fascismo", clamó una buena parte de la intelectualidad de "izquierda".
Y lograron su objetivo: triunfó Echeverría..., no gracias a ese apoyo, sino al aparato del PRI, a la tradicional elección de Estado, de las "de a de veras". La notoria excepción, Octavio Paz, fue refundido al rincón de la derecha. No fue invitado a la fiesta ni al gran reparto multimillonario de recursos para la cultura y el arte, entrega a raudales, nunca vista antes ni después.
Echeverría recorrió todos los pueblos de México, tooodos, en camiones y en lo que se pudiera, se llenó de polvo y estrechó miles de manos humildes. Su esposa se vestía de "adelita", con cananas cruzadas y bailaba zapateados en recepciones oficiales. Sólo faltaban Diego Rivera y Frida Kahlo porque ya habían muerto. Los pobres tuvieron esperanza. Los humildes sonrieron porque la justicia social había llegado: bastaba con oír los discursos del candidato. Los riquillos, señalados y advertidos, temblaron y comenzaron a tomar las de villadiego, la fuga de capitales comenzó lenta, se volvió tumulto.
Terminó en rumores de golpe de Estado (fui invitado a uno).
Cuando Echeverría llegó a la Presidencia, fiel a sus promesas impuso el agua de jamaica en los banquetes oficiales (no es broma), la guayabera tropical en vez del traje y la corbata. Echeverría madrugaba y hacía madrugar a gabinete y reporteros (¿le suena?).
Su dinamismo era asombroso. Sus discursos competían por los titulares con los de Fidel Castro en defensa de los pobres del mundo. Impulsó una política internacional "tercermundista": ni comunismo ni capitalismo, México tiene su propia receta: gasto público como impulsor del desarrollo. Y cumplió su promesa, la cumplió con creces: nunca hubo tanto dinero para intelectuales, artistas y sindicatos: el cine hizo películas como nunca antes; las universidades vieron triplicados, cuadruplicados sus presupuestos; los sindicatos pedían y les daban el doble; una Navidad, oh plegarias atendidas, las enfermeras del IMSS que ganaban 7 mil pesos vieron un aumento... a 30 mil que, sumados a tres meses de aguinaldo hacían 120 mil pesos: el precio por entonces de un coche nuevo sin lujos.
Un joven priista, en plena formación, contemplaba al presidente con arrobo: Manuel Andrés López Obrador. Por eso dice que "México perdió el rumbo en 1982": cuando terminó su mandato el amigo y continuador de Echeverría, López Portillo. Pero como dice santa Teresa: "Más lágrimas se han derramado por las plegarias atendidas".
En 1976, Echeverría entregó el gobierno... con la primera de nuestras grandes devaluaciones de moneda y crisis económicas. Luego serían sexenales, hasta que en 2000 ya no las tuvimos. Las felices enfermeras vieron que sus 30 mil pesos mensuales se volvían polvo: para 1982, mil pesos eran la unidad mínima de moneda: mil pesos se daban al que limpiaba parabrisas, 30 mil se dejaban de propina en un restorán, una casa modesta rentaba al mes 5 millones.
¿Receta? Ninguna reforma fiscal, tampoco laboral, Pemex y CFE en manos del gobierno y, más importante aún: el gobierno como principal inversionista y motor del desarrollo. Relata Imre Kertész lo que parece una anécdota mexicana de estos días: "Llueve. Antiguos dirigentes del partido aparecen en la televisión. 'Creían' en el partido. 'Creían' que se cometieron 'errores', 'fallos', pero 'creían', por ejemplo, que 'Stalin no sabía nada' de todo ello". Ponga usted PRD donde dice partido, cambie Stalin por Peje y (toda proporción guardada... por ahora) el párrafo, de "Yo, otro", se nos aplica. Refiriéndose a los políticos de la dictadura comunista de 40 años, o a la nuestra de 70 de priismo transmutado en perredismo, dice: "No es cuestión de que olviden una época como si fuera una pesadilla: pues la pesadilla eran ellos..."
Y allí siguen ellos: los mismos nombres, las mismas caras que fueron nuestra pesadilla son ahora los mismos que asoman desde el PRD: los Cota, Guadarramas, Camachos, y su pandilla lumpen de Bejaranos, Padiernas, Batres. Quizá, parafraseando de nuevo a Kertész, los mexicanos somos hijos incorregibles de la dictadura, estamos marcados por 70 años de prácticas clientelares priistas huidas al PRD.
Votar izquierda
Recuerda, votar izquierda es votar Patricia. No hay nadie más en la izquierda. Nadie: los "ex" priistas no existen.
Milenio - La Calle
26 de junio de 2006
Felicitaciones al presidente Fox por el nombramiento de Cuauhtémoc Cárdenas, y a éste por aceptar. Sí hay otro México.
También en 1970 había que parar a la ultraderecha. "Echeverría o el fascismo", clamó una buena parte de la intelectualidad de "izquierda".
Y lograron su objetivo: triunfó Echeverría..., no gracias a ese apoyo, sino al aparato del PRI, a la tradicional elección de Estado, de las "de a de veras". La notoria excepción, Octavio Paz, fue refundido al rincón de la derecha. No fue invitado a la fiesta ni al gran reparto multimillonario de recursos para la cultura y el arte, entrega a raudales, nunca vista antes ni después.
Echeverría recorrió todos los pueblos de México, tooodos, en camiones y en lo que se pudiera, se llenó de polvo y estrechó miles de manos humildes. Su esposa se vestía de "adelita", con cananas cruzadas y bailaba zapateados en recepciones oficiales. Sólo faltaban Diego Rivera y Frida Kahlo porque ya habían muerto. Los pobres tuvieron esperanza. Los humildes sonrieron porque la justicia social había llegado: bastaba con oír los discursos del candidato. Los riquillos, señalados y advertidos, temblaron y comenzaron a tomar las de villadiego, la fuga de capitales comenzó lenta, se volvió tumulto.
Terminó en rumores de golpe de Estado (fui invitado a uno).
Cuando Echeverría llegó a la Presidencia, fiel a sus promesas impuso el agua de jamaica en los banquetes oficiales (no es broma), la guayabera tropical en vez del traje y la corbata. Echeverría madrugaba y hacía madrugar a gabinete y reporteros (¿le suena?).
Su dinamismo era asombroso. Sus discursos competían por los titulares con los de Fidel Castro en defensa de los pobres del mundo. Impulsó una política internacional "tercermundista": ni comunismo ni capitalismo, México tiene su propia receta: gasto público como impulsor del desarrollo. Y cumplió su promesa, la cumplió con creces: nunca hubo tanto dinero para intelectuales, artistas y sindicatos: el cine hizo películas como nunca antes; las universidades vieron triplicados, cuadruplicados sus presupuestos; los sindicatos pedían y les daban el doble; una Navidad, oh plegarias atendidas, las enfermeras del IMSS que ganaban 7 mil pesos vieron un aumento... a 30 mil que, sumados a tres meses de aguinaldo hacían 120 mil pesos: el precio por entonces de un coche nuevo sin lujos.
Un joven priista, en plena formación, contemplaba al presidente con arrobo: Manuel Andrés López Obrador. Por eso dice que "México perdió el rumbo en 1982": cuando terminó su mandato el amigo y continuador de Echeverría, López Portillo. Pero como dice santa Teresa: "Más lágrimas se han derramado por las plegarias atendidas".
En 1976, Echeverría entregó el gobierno... con la primera de nuestras grandes devaluaciones de moneda y crisis económicas. Luego serían sexenales, hasta que en 2000 ya no las tuvimos. Las felices enfermeras vieron que sus 30 mil pesos mensuales se volvían polvo: para 1982, mil pesos eran la unidad mínima de moneda: mil pesos se daban al que limpiaba parabrisas, 30 mil se dejaban de propina en un restorán, una casa modesta rentaba al mes 5 millones.
¿Receta? Ninguna reforma fiscal, tampoco laboral, Pemex y CFE en manos del gobierno y, más importante aún: el gobierno como principal inversionista y motor del desarrollo. Relata Imre Kertész lo que parece una anécdota mexicana de estos días: "Llueve. Antiguos dirigentes del partido aparecen en la televisión. 'Creían' en el partido. 'Creían' que se cometieron 'errores', 'fallos', pero 'creían', por ejemplo, que 'Stalin no sabía nada' de todo ello". Ponga usted PRD donde dice partido, cambie Stalin por Peje y (toda proporción guardada... por ahora) el párrafo, de "Yo, otro", se nos aplica. Refiriéndose a los políticos de la dictadura comunista de 40 años, o a la nuestra de 70 de priismo transmutado en perredismo, dice: "No es cuestión de que olviden una época como si fuera una pesadilla: pues la pesadilla eran ellos..."
Y allí siguen ellos: los mismos nombres, las mismas caras que fueron nuestra pesadilla son ahora los mismos que asoman desde el PRD: los Cota, Guadarramas, Camachos, y su pandilla lumpen de Bejaranos, Padiernas, Batres. Quizá, parafraseando de nuevo a Kertész, los mexicanos somos hijos incorregibles de la dictadura, estamos marcados por 70 años de prácticas clientelares priistas huidas al PRD.
Votar izquierda
Recuerda, votar izquierda es votar Patricia. No hay nadie más en la izquierda. Nadie: los "ex" priistas no existen.
En el PRD, usos y costumbres del priato
Carlos Marín
Milenio - El asalto a la razón
26 de junio de 2006
Una de las formas de adhesión más deleznables que engendró el priato ha vuelto locos de felicidad a los perredistas, amnésicos ahora de lo que tanto denunciaron y combatieron.
Es el voto corporativista, la indecente práctica que encarnan líderes de la calaña de los que padecen la CROC y el Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social.
Isaías González Cuevas anunció el jueves que los croquistas apoyarán en las urnas a Andrés Manuel López Obrador, y el mismo compromiso lo hará hoy Roberto Vega Galina, el pillastre que regentea las cuotas laborales y sabotea las finanzas de la principal institución de salud pública de México.
Pero no es el oportunismo (unos cuantos días antes de las elecciones) de las mafias sindicales lo que llama la atención, sino el hecho de que nadie del PRD, empezando por Andrés Manuel López Obrador —quien para ganar no necesita de votos por intimidación—, ha expresado su rechazo a la sospechosa y despreciable declaración de amor.
¿Desconocen los métodos de coacción y coerción que las camarillas gremiales ejercen sobre sus "representados" forzosos?
Si el vengativo Isaías González es quien pretendió el liderazgo del priófilo Congreso del Trabajo, donde soñó poner como segundo al "minero" Napoleón Gómez Urrutia (en cuyo apoyo ha estado dispuesto a sumarse a una huelga nacional), y hasta de la lista de candidatos a diputados plurinominales por el PRI fue excluido, ¿por qué los perredistas no pintan su raya?
A quienes piensen que su ofrecimiento es inmoral, Isaías dedicó estas palabras de consuelo:
"No estamos traicionando al partido (Revolucionario Institucional) en los principios, en su estructura, en sus estatutos…".
Tan es así (y aunque no existen los embarazos a medias) que él no quiere ser un traidor al cien por ciento, pues dice que dejarán a Madrazo condenado a su propia mala suerte, pero… votarán a favor de los demás candidatos del PRI.
¿Tan lambiscón y no toma en cuenta que el PRD quiere la mayoría en el Congreso?
Y ahí está ese otro cuate, el diputado por el PRI que desertó dizque como "independiente" y consiguió una candidatura plurinominal del PRD al Senado.
Es el mismo Vega que azuzó a sus agremiados para que intentaran sabotear a toda costa las reformas a la Ley del Seguro Social; el que en una asamblea fue interrumpido con rechiflas y abucheos por sus subordinados, hasta que El Peje trató de exorcizarlo alzándole el brazo como lo haría con un digno líder triunfador.
Que la CTM dé su apoyo a los priistas, es histórico y lógico.
Pero tan cerca de la victoria como parecen estar, los perredistas deben responder, antes del 2 de julio, si son la misma cosa.
cmarin@milenio.com
Milenio - El asalto a la razón
26 de junio de 2006
Una de las formas de adhesión más deleznables que engendró el priato ha vuelto locos de felicidad a los perredistas, amnésicos ahora de lo que tanto denunciaron y combatieron.
Es el voto corporativista, la indecente práctica que encarnan líderes de la calaña de los que padecen la CROC y el Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social.
Isaías González Cuevas anunció el jueves que los croquistas apoyarán en las urnas a Andrés Manuel López Obrador, y el mismo compromiso lo hará hoy Roberto Vega Galina, el pillastre que regentea las cuotas laborales y sabotea las finanzas de la principal institución de salud pública de México.
Pero no es el oportunismo (unos cuantos días antes de las elecciones) de las mafias sindicales lo que llama la atención, sino el hecho de que nadie del PRD, empezando por Andrés Manuel López Obrador —quien para ganar no necesita de votos por intimidación—, ha expresado su rechazo a la sospechosa y despreciable declaración de amor.
¿Desconocen los métodos de coacción y coerción que las camarillas gremiales ejercen sobre sus "representados" forzosos?
Si el vengativo Isaías González es quien pretendió el liderazgo del priófilo Congreso del Trabajo, donde soñó poner como segundo al "minero" Napoleón Gómez Urrutia (en cuyo apoyo ha estado dispuesto a sumarse a una huelga nacional), y hasta de la lista de candidatos a diputados plurinominales por el PRI fue excluido, ¿por qué los perredistas no pintan su raya?
A quienes piensen que su ofrecimiento es inmoral, Isaías dedicó estas palabras de consuelo:
"No estamos traicionando al partido (Revolucionario Institucional) en los principios, en su estructura, en sus estatutos…".
Tan es así (y aunque no existen los embarazos a medias) que él no quiere ser un traidor al cien por ciento, pues dice que dejarán a Madrazo condenado a su propia mala suerte, pero… votarán a favor de los demás candidatos del PRI.
¿Tan lambiscón y no toma en cuenta que el PRD quiere la mayoría en el Congreso?
Y ahí está ese otro cuate, el diputado por el PRI que desertó dizque como "independiente" y consiguió una candidatura plurinominal del PRD al Senado.
Es el mismo Vega que azuzó a sus agremiados para que intentaran sabotear a toda costa las reformas a la Ley del Seguro Social; el que en una asamblea fue interrumpido con rechiflas y abucheos por sus subordinados, hasta que El Peje trató de exorcizarlo alzándole el brazo como lo haría con un digno líder triunfador.
Que la CTM dé su apoyo a los priistas, es histórico y lógico.
Pero tan cerca de la victoria como parecen estar, los perredistas deben responder, antes del 2 de julio, si son la misma cosa.
cmarin@milenio.com
26 de junio de 2006
Votar en contra del que podría ser un mal presidente
Leo Zuckermann
Excélsior - Juegos de Poder
26-06-06
Un buen presidente puede terminar su mandato sin pena ni gloria. En cambio, un mal presidente puede acabar llevando al país a la bancarrota. Esta es la paradoja en un sistema presidencial como el mexicano. Y, por eso, resulta muy importante la decisión de por quién votar el próximo domingo.
Los mexicanos todavía tenemos una cultura presidencialista donde creemos que el presidente es poderosísimo; que puede hacer la diferencia en nuestras vidas. Por eso esperamos que aparezca un personaje épico que, casi por arte de magia, resuelva todos nuestros problemas.
La realidad no es así. La democratización del país ha pasado por precisamente quitarle muchos poderes al presidente, de tal suerte que éste es hoy un actor político más del sistema político. Un buen mandatario entiende esto y, por lo tanto, respeta a los otros poderes constituidos, observa las restricciones legales y económicas del país y defiende los intereses de México con el extranjero.
Al terminar la contienda electoral, con todas las exageraciones que conlleva, un buen presidente debe atemperar las expectativas de la población y las suyas propias. Debe asumir que es imposible cambiar al país radicalmente en seis años y, en cambio, promover modificaciones graduales que le permitan a México seguir progresando. Si hace esto, quizá pase a la historia sin mucha pena ni gloria: como un gobernante eficaz y nada más.
El problema es cuando el presidente pierde el piso y, efectivamente, pretende cambiar todo de la noche a la mañana. Cuando el Ejecutivo Federal asume la misma cultura presidencialista que imperó durante tantos años, donde el presidente se cree todopoderoso con el mandato de cambiar radicalmente al país. Un mandatario con el objetivo de entrar en los libros de la historia patria, llamado a hacer lo que no se ha hecho en doscientos años. ¡Cuántos presidentes no hemos visto en México que toman ese camino y terminan perjudicando al país! Porque, insisto, si bien un buen presidente puede terminar sin pena ni gloria, uno malo tiene toda la capacidad de llevar a México al despeñadero.
Por eso, quizá, la decisión del próximo domingo sea de votar por el candidato menos malo. El que tenga más posibilidades de contenerse; de asumir el papel templado de un presidente democrático en tiempos de normalidad política y económica. Tal vez el mejor sufragio sea por el personaje que sí esté dispuesto a terminar en el 2012 sin mucha pena ni gloria.
Votar por un político de esta calidad puede sonar chocante. Sin embargo, en la historia de México han funcionado mejor los presidentes considerados como oscuros y aburridos, del tipo de Ruiz Cortines o Zedillo, que aquellos coloridos que prometieron el sol, la luna y las estrellas, como Echeverría o Salinas.
Sobre este asunto, el otro día, en una conferencia me preguntaron cuándo tendría México a un presidente estadista. La pregunta me tomó por sorpresa. Para contestar, rápidamente pensé en políticos que considero que entran en esta categoría. Me vinieron a la mente Benito Juárez, Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt. Todos ellos lideraron en momentos críticos a sus naciones, se levantaron con la victoria y dejaron una huella indeleble. Respondí, entonces, que ojalá no tuviéramos un presidente estadista, porque éstos surgen cuando un país enfrenta duras crisis nacionales y, con toda honestidad, yo esperaba que México no tuviera una situación de esta naturaleza. Por supuesto que me gustaría que tuviéramos más Juárez en nuestros haberes políticos, pero creo que, si el precio para tenerlos es el de guerras sangrientas o crisis políticas, sociales o económicas, bien podríamos ahorrárnoslo.
Mi respuesta, empero, me inquietó. A final de cuentas, había contestado algo que sonaba insensato y políticamente incorrecto. La respuesta fácil y "correcta" hubiera sido que México efectivamente necesitaba un político estadista tal como lo define la Real Academia Española, es decir, una "persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado". En este sentido, el 2 de julio tendríamos que votar por el candidato más cercano a estas características.
Sin embargo, luego encontré una cita memorable del ex presidente norteamericano Harry Truman: "Un político es un hombre que entiende del gobierno; un estadista es un político que lleva muerto quince años". Me pareció genial porque, sin duda, los verdaderos estadistas son aquellos que se forjan siendo buenos gobernantes. El término de estadista en realidad debe aplicarse a políticos veteranos que han tenido una prestigiosa carrera, que ya libraron y resolvieron muchas situaciones complejas y que, sólo entonces, resultan populares entre la población.
Tiene razón Truman: para ser estadista, primero hay que ser buen gobernante. ¿Y cómo se logra esto? De acuerdo con la magnífica obra del Palacio Comunal en Siena, pintada en 1340 por Ambrogio Lorenzetti, las virtudes del buen gobierno son Sabiduría, Justicia, Concordia, Magnanimidad y Paz Social. El próximo domingo uno podría votar en positivo buscando al candidato que tenga la mayor dosis de éstas.
Sin embargo, quizá resulte más importante para el futuro del país votar en negativo, es decir, identificando al candidato presidencial que tenga los atributos que llevan al mal gobierno según el propio Lorenzetti —Poder Omnímodo, Crueldad, Envidia, Rencor, Codicia, Vanidad y Arrogancia—, y sufragar en contra de éste otorgándole el voto al aspirante que tenga más oportunidad de ganarle. En otras palabras, tratar de bloquear la llegada del político que tenga las mayores posibilidades de convertirse en un mal presidente con toda la capacidad de arruinar al país.
En una democracia, los votos positivos y negativos tienen el mismo peso y, para una sociedad preocupada por su destino, son igual de legítimos.
leo.zuckermann@cide.edu
Excélsior - Juegos de Poder
26-06-06
Un buen presidente puede terminar su mandato sin pena ni gloria. En cambio, un mal presidente puede acabar llevando al país a la bancarrota. Esta es la paradoja en un sistema presidencial como el mexicano. Y, por eso, resulta muy importante la decisión de por quién votar el próximo domingo.
Los mexicanos todavía tenemos una cultura presidencialista donde creemos que el presidente es poderosísimo; que puede hacer la diferencia en nuestras vidas. Por eso esperamos que aparezca un personaje épico que, casi por arte de magia, resuelva todos nuestros problemas.
La realidad no es así. La democratización del país ha pasado por precisamente quitarle muchos poderes al presidente, de tal suerte que éste es hoy un actor político más del sistema político. Un buen mandatario entiende esto y, por lo tanto, respeta a los otros poderes constituidos, observa las restricciones legales y económicas del país y defiende los intereses de México con el extranjero.
Al terminar la contienda electoral, con todas las exageraciones que conlleva, un buen presidente debe atemperar las expectativas de la población y las suyas propias. Debe asumir que es imposible cambiar al país radicalmente en seis años y, en cambio, promover modificaciones graduales que le permitan a México seguir progresando. Si hace esto, quizá pase a la historia sin mucha pena ni gloria: como un gobernante eficaz y nada más.
El problema es cuando el presidente pierde el piso y, efectivamente, pretende cambiar todo de la noche a la mañana. Cuando el Ejecutivo Federal asume la misma cultura presidencialista que imperó durante tantos años, donde el presidente se cree todopoderoso con el mandato de cambiar radicalmente al país. Un mandatario con el objetivo de entrar en los libros de la historia patria, llamado a hacer lo que no se ha hecho en doscientos años. ¡Cuántos presidentes no hemos visto en México que toman ese camino y terminan perjudicando al país! Porque, insisto, si bien un buen presidente puede terminar sin pena ni gloria, uno malo tiene toda la capacidad de llevar a México al despeñadero.
Por eso, quizá, la decisión del próximo domingo sea de votar por el candidato menos malo. El que tenga más posibilidades de contenerse; de asumir el papel templado de un presidente democrático en tiempos de normalidad política y económica. Tal vez el mejor sufragio sea por el personaje que sí esté dispuesto a terminar en el 2012 sin mucha pena ni gloria.
Votar por un político de esta calidad puede sonar chocante. Sin embargo, en la historia de México han funcionado mejor los presidentes considerados como oscuros y aburridos, del tipo de Ruiz Cortines o Zedillo, que aquellos coloridos que prometieron el sol, la luna y las estrellas, como Echeverría o Salinas.
Sobre este asunto, el otro día, en una conferencia me preguntaron cuándo tendría México a un presidente estadista. La pregunta me tomó por sorpresa. Para contestar, rápidamente pensé en políticos que considero que entran en esta categoría. Me vinieron a la mente Benito Juárez, Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt. Todos ellos lideraron en momentos críticos a sus naciones, se levantaron con la victoria y dejaron una huella indeleble. Respondí, entonces, que ojalá no tuviéramos un presidente estadista, porque éstos surgen cuando un país enfrenta duras crisis nacionales y, con toda honestidad, yo esperaba que México no tuviera una situación de esta naturaleza. Por supuesto que me gustaría que tuviéramos más Juárez en nuestros haberes políticos, pero creo que, si el precio para tenerlos es el de guerras sangrientas o crisis políticas, sociales o económicas, bien podríamos ahorrárnoslo.
Mi respuesta, empero, me inquietó. A final de cuentas, había contestado algo que sonaba insensato y políticamente incorrecto. La respuesta fácil y "correcta" hubiera sido que México efectivamente necesitaba un político estadista tal como lo define la Real Academia Española, es decir, una "persona con gran saber y experiencia en los asuntos del Estado". En este sentido, el 2 de julio tendríamos que votar por el candidato más cercano a estas características.
Sin embargo, luego encontré una cita memorable del ex presidente norteamericano Harry Truman: "Un político es un hombre que entiende del gobierno; un estadista es un político que lleva muerto quince años". Me pareció genial porque, sin duda, los verdaderos estadistas son aquellos que se forjan siendo buenos gobernantes. El término de estadista en realidad debe aplicarse a políticos veteranos que han tenido una prestigiosa carrera, que ya libraron y resolvieron muchas situaciones complejas y que, sólo entonces, resultan populares entre la población.
Tiene razón Truman: para ser estadista, primero hay que ser buen gobernante. ¿Y cómo se logra esto? De acuerdo con la magnífica obra del Palacio Comunal en Siena, pintada en 1340 por Ambrogio Lorenzetti, las virtudes del buen gobierno son Sabiduría, Justicia, Concordia, Magnanimidad y Paz Social. El próximo domingo uno podría votar en positivo buscando al candidato que tenga la mayor dosis de éstas.
Sin embargo, quizá resulte más importante para el futuro del país votar en negativo, es decir, identificando al candidato presidencial que tenga los atributos que llevan al mal gobierno según el propio Lorenzetti —Poder Omnímodo, Crueldad, Envidia, Rencor, Codicia, Vanidad y Arrogancia—, y sufragar en contra de éste otorgándole el voto al aspirante que tenga más oportunidad de ganarle. En otras palabras, tratar de bloquear la llegada del político que tenga las mayores posibilidades de convertirse en un mal presidente con toda la capacidad de arruinar al país.
En una democracia, los votos positivos y negativos tienen el mismo peso y, para una sociedad preocupada por su destino, son igual de legítimos.
leo.zuckermann@cide.edu
El pais que queremos
Isabel Turrent
Reforma
25 de junio de 2006
Los últimos días de campaña han seguido el triste guión que ha dominado por meses el desempeño de los principales candidatos a la Presidencia. El campo de visión se ha cerrado y el intercambio entre los candidatos se ha reducido a acusaciones y respuestas alrededor de asuntos tan menores que resultan patéticos. No sorprende que a una semana de la votación, un buen porcentaje de electores siga ocupando el cajón de los "indecisos".
Es difícil encontrar una buena razón para votar y aún más complicado hacer a un lado la maraña de descalificaciones entre los candidatos, para decidir por qué votar. El dilema del electorado se ha enmascarado en la cuestión del "quién", porque AMLO ha convertido estas elecciones en un asunto personal donde lo que cuenta son el atractivo y el carisma y no los proyectos o las ideas.
Pero son precisamente los programas y los idearios los que deberían decidir esta elección: cada votante debería preocuparse por el "qué" y no por el "quién". Lo importante es qué tipo de país queremos para el futuro y para responder esa cuestión, es indispensable romper el patrón de miras cortas e idearios vacíos que se ha impuesto en la campaña y abarcar al mundo entero para decidir, antes que nada, el lugar y el desempeño que queremos para México.
Estas elecciones son fundamentales, antes que nada, porque el País no tiene tiempo. La historia del mundo en el que vivimos se ha acelerado a tal punto, que deja automáticamente a los indecisos al margen del progreso. El Planeta se ha dividido en dos: entre los países que han decidido crecer a paso de tortuga y refugiarse en el aislamiento y en formas anacrónicas y disfuncionales de gobierno; y aquellos que han optado por aprovechar el mercado globalizado, por la integración y, con pocas excepciones, por consolidar sistemas democráticos y abiertos.
En sus extremos políticos, la vuelta al pasado que muchas naciones han emprendido como respuesta a la modernidad, ha sido un retorno al peor de los pasados: a los fundamentalismos religiosos y étnicos, a culturas políticas medievales o ideologías decimonónicas, a la violencia terrorista y a la fragmentación y a la lealtad nacionalista centrada en entidades políticas crecientemente locales y provincianas. Es lo que ha sucedido en parte de los Balcanes, en el mundo islámico, en África, y en países latinoamericanos como Venezuela y Bolivia.
En los márgenes económicos, esos países siguen alimentando lo que Amartya Sen, el economista hindú, ha llamado una mentalidad "colonizada". Una "obsesión con Occidente que sobrepasa cualquier otro valor o prioridad". Quienes la padecen rechazan las reformas que sustentan el crecimiento de los países más exitosos de las últimas décadas como "tomadura de pelo" (AMLO dixit), prometen transitar por caminos propios, a espaldas de la modernidad económica, y fortalecer al Estado a costa del capital privado. Basta ver el catastrófico desempeño económico de Cuba o de la Venezuela de Chávez para comprobar que ese tipo de proyectos no funcionan ni siquiera con cantidades casi ilimitadas del petróleo.
Es obligación del Estado promover y asegurar una distribución justa de los bienes públicos, entre ellos, la educación y la salud. Para lograrlo necesita generar riqueza y, en el mundo globalizado de hoy, la forma más eficaz de promover el desarrollo económico e incrementar los recursos del Estado es crear un clima propicio para que florezca la iniciativa privada, atraer a la inversión extranjera y consolidar un sector exportador competitivo.
La iniciativa privada no espera a que el gobierno en turno le indique si puede o no invertir -como supone AMLO. Cuando un país erige trabas a la inversión, mantiene altos costos de los servicios, una infraestructura deficiente y cierra sectores enteros como el energético en aras de tabús económicamente ineficaces, la iniciativa privada doméstica emigra, y la extranjera busca terrenos más propicios.
Las corporaciones multinacionales se han transformado en unos años en empresas integradas globalmente que deciden no sólo dónde producir, sino quiénes producen sus bienes, y que han pasado de dirigir su producción a mercados nacionales a servir al mercado global. Pensar como López Obrador que se puede encauzar este capital a placer y en los sectores donde el gobierno decida, es vivir de espaldas a la realidad. Ver a estas entidades nada más como entes "explotadores" muestra, asimismo, una inmensa miopía.
Para mencionar sólo dos ejemplos, estas empresas han sido la base del milagro económico chino e hindú. Tan sólo entre 2000 y 2003 construyeron 60 mil plantas manufactureras en China y su demanda de "servicios externos" ha transformado a la India. La suma del progreso chino e hindú es aplastante. Ambos países han sacado de la pobreza, en un cuarto de siglo, a cuatro méxicos: a más de 400 millones de seres humanos.
Un voto por López Obrador es un voto a favor del pasado. Con AMLO, México no se convertirá ni en Venezuela, ni en Cuba. El País emprenderá un nuevo echeverriato. Sin reformas y en un clima de polarización clasista, el Gobierno no tendrá otra salida más que elevar el gasto público. Ello derivará en el crecimiento de la deuda pública y en una crisis inflacionaria, que afectará a los sectores pobres antes que a ningún otro. Un voto por Madrazo es un salto al vacío: es imposible discernir el proyecto de país que tiene en mente. Votar por Felipe Calderón significa, al menos, darle a México la oportunidad de sumarse a la modernización y al progreso. Nosotros decidimos.
iturrent@yahoo.com
Reforma
25 de junio de 2006
Los últimos días de campaña han seguido el triste guión que ha dominado por meses el desempeño de los principales candidatos a la Presidencia. El campo de visión se ha cerrado y el intercambio entre los candidatos se ha reducido a acusaciones y respuestas alrededor de asuntos tan menores que resultan patéticos. No sorprende que a una semana de la votación, un buen porcentaje de electores siga ocupando el cajón de los "indecisos".
Es difícil encontrar una buena razón para votar y aún más complicado hacer a un lado la maraña de descalificaciones entre los candidatos, para decidir por qué votar. El dilema del electorado se ha enmascarado en la cuestión del "quién", porque AMLO ha convertido estas elecciones en un asunto personal donde lo que cuenta son el atractivo y el carisma y no los proyectos o las ideas.
Pero son precisamente los programas y los idearios los que deberían decidir esta elección: cada votante debería preocuparse por el "qué" y no por el "quién". Lo importante es qué tipo de país queremos para el futuro y para responder esa cuestión, es indispensable romper el patrón de miras cortas e idearios vacíos que se ha impuesto en la campaña y abarcar al mundo entero para decidir, antes que nada, el lugar y el desempeño que queremos para México.
Estas elecciones son fundamentales, antes que nada, porque el País no tiene tiempo. La historia del mundo en el que vivimos se ha acelerado a tal punto, que deja automáticamente a los indecisos al margen del progreso. El Planeta se ha dividido en dos: entre los países que han decidido crecer a paso de tortuga y refugiarse en el aislamiento y en formas anacrónicas y disfuncionales de gobierno; y aquellos que han optado por aprovechar el mercado globalizado, por la integración y, con pocas excepciones, por consolidar sistemas democráticos y abiertos.
En sus extremos políticos, la vuelta al pasado que muchas naciones han emprendido como respuesta a la modernidad, ha sido un retorno al peor de los pasados: a los fundamentalismos religiosos y étnicos, a culturas políticas medievales o ideologías decimonónicas, a la violencia terrorista y a la fragmentación y a la lealtad nacionalista centrada en entidades políticas crecientemente locales y provincianas. Es lo que ha sucedido en parte de los Balcanes, en el mundo islámico, en África, y en países latinoamericanos como Venezuela y Bolivia.
En los márgenes económicos, esos países siguen alimentando lo que Amartya Sen, el economista hindú, ha llamado una mentalidad "colonizada". Una "obsesión con Occidente que sobrepasa cualquier otro valor o prioridad". Quienes la padecen rechazan las reformas que sustentan el crecimiento de los países más exitosos de las últimas décadas como "tomadura de pelo" (AMLO dixit), prometen transitar por caminos propios, a espaldas de la modernidad económica, y fortalecer al Estado a costa del capital privado. Basta ver el catastrófico desempeño económico de Cuba o de la Venezuela de Chávez para comprobar que ese tipo de proyectos no funcionan ni siquiera con cantidades casi ilimitadas del petróleo.
Es obligación del Estado promover y asegurar una distribución justa de los bienes públicos, entre ellos, la educación y la salud. Para lograrlo necesita generar riqueza y, en el mundo globalizado de hoy, la forma más eficaz de promover el desarrollo económico e incrementar los recursos del Estado es crear un clima propicio para que florezca la iniciativa privada, atraer a la inversión extranjera y consolidar un sector exportador competitivo.
La iniciativa privada no espera a que el gobierno en turno le indique si puede o no invertir -como supone AMLO. Cuando un país erige trabas a la inversión, mantiene altos costos de los servicios, una infraestructura deficiente y cierra sectores enteros como el energético en aras de tabús económicamente ineficaces, la iniciativa privada doméstica emigra, y la extranjera busca terrenos más propicios.
Las corporaciones multinacionales se han transformado en unos años en empresas integradas globalmente que deciden no sólo dónde producir, sino quiénes producen sus bienes, y que han pasado de dirigir su producción a mercados nacionales a servir al mercado global. Pensar como López Obrador que se puede encauzar este capital a placer y en los sectores donde el gobierno decida, es vivir de espaldas a la realidad. Ver a estas entidades nada más como entes "explotadores" muestra, asimismo, una inmensa miopía.
Para mencionar sólo dos ejemplos, estas empresas han sido la base del milagro económico chino e hindú. Tan sólo entre 2000 y 2003 construyeron 60 mil plantas manufactureras en China y su demanda de "servicios externos" ha transformado a la India. La suma del progreso chino e hindú es aplastante. Ambos países han sacado de la pobreza, en un cuarto de siglo, a cuatro méxicos: a más de 400 millones de seres humanos.
Un voto por López Obrador es un voto a favor del pasado. Con AMLO, México no se convertirá ni en Venezuela, ni en Cuba. El País emprenderá un nuevo echeverriato. Sin reformas y en un clima de polarización clasista, el Gobierno no tendrá otra salida más que elevar el gasto público. Ello derivará en el crecimiento de la deuda pública y en una crisis inflacionaria, que afectará a los sectores pobres antes que a ningún otro. Un voto por Madrazo es un salto al vacío: es imposible discernir el proyecto de país que tiene en mente. Votar por Felipe Calderón significa, al menos, darle a México la oportunidad de sumarse a la modernización y al progreso. Nosotros decidimos.
iturrent@yahoo.com
¿Por quien votar?
Gabriel Zaid
Reforma
25 de Junio del 2006
Los que siempre votan por el mismo partido no tienen el problema de razonar su voto cada vez que hay elecciones, algo nada fácil con estos candidatos.
No hay que votar por Calderón, porque está verde. Tiene tablas parlamentarias (lo que puede ayudarle con el Poder Legislativo), pero escasa experiencia ejecutiva. Como si fuera poco, de llegar a la Presidencia, se enfrentará a los tres mayores partidos. A diferencia de López Obrador, que se apoderó del PRD, y de Madrazo, que tiene un control suficiente del PRI, Calderón no tiene el control del PAN: ni de su presidente, ni de los candidatos a la nueva legislatura. Tiene fuerza entre los militantes (por eso pudo ganar la candidatura), pero no en el aparato partidista. Su Presidencia, como la de Fox, será inexperta y débil.
No hay que votar por Madrazo, porque tiene demasiada experiencia. Es un experto en mañas del poder por el poder. Se gastó una fortuna de origen desconocido en llegar a gobernador de Tabasco, tramposamente; y, una vez que estuvo en el poder, no lo usó en primer lugar para beneficio de su estado, sino de su carrera en el PRI, donde logró encabezar el partido y acabó haciendo lo mismo. En vez de fortalecerlo, se dedicó a imponerse como candidato a la Presidencia, sin que le importaran los daños a sus compañeros y al partido. Es un experto en salirse con la suya, aunque sus socios se tengan que salir.
No hay que votar por López Obrador, porque es un carismático que se cree indestructible, con todos los peligros de un ego temerario al volante. No le interesa tanto gobernar como ser el protagonista de la vida nacional. Es teatrero, como López Portillo, que en un gesto dramático expropió la banca, cuando nadie se lo pedía. Le encanta hacer cosas espectaculares que nadie le pide, como los segundos pisos; no las tareas difíciles y poco lucidoras de sanear el Gobierno, aunque todos se lo pidan. Nunca se enteró de quiénes eran sus operadores más cercanos (Bejarano, Ponce), como López Portillo nunca se enteró de quién era el general Durazo. No sólo eso: se burla de las víctimas del crimen que hacen una marcha para pedir seguridad, porque toda multitud que no lo aclame le parece sospechosa.
No hay que votar por Mercado, Campa ni el Dr. Simi, porque sería desperdiciar el voto. Tampoco hay que abstenerse de votar, que sería lo cómodo, porque también es cómodo para la clase política: que los dejen desgobernar, y que los ciudadanos no se metan.
¿Qué hacer, entonces? A mediano plazo, lo urgente es crear vías de intervención ciudadana en la buena marcha del País. No basta con el voto. Hay que vigilar a los poderes públicos todos los días. Hacen falta organismos ciudadanos para observar y atender las oportunidades y problemas sociales, al margen de la partidocracia. Con menos de lo que cuestan los partidos, pueden desarrollarse miles de iniciativas voluntarias en beneficio de la sociedad. Afortunadamente, han surgido cientos, muchas de notable eficacia. Deben multiplicarse.
Y, por supuesto, hay que votar. ¿Por quién? Por el menos peor. Visto así (que es lo realista), ¿cuál de los candidatos puede hacer menos daño a la democracia? Obviamente Calderón, por su misma debilidad. Seguramente en unos años (para las elecciones intermedias) pueda tener un control suficiente del PAN, pero no de los otros partidos. En cambio, el Presidente Madrazo puede restaurar el sistema que operó hasta el sexenio de Zedillo. La debilidad actual del PRI (que, débil y todo, gobierna en la mayor parte del País y tiene un sólido voto duro) no se debe a que, repentinamente, sus políticos hayan perdido oficio o se hayan vuelto egoístas. Se debe a que el sistema se articulaba desde Los Pinos, y, al no tener la Presidencia, desapareció. Recuperando su centro de poder, el sistema puede revivir (con dificultades obvias, como la transparencia, que tratará de anular). Y, ya con esa fuerza, puede renovar las alianzas del PRI tecnócrata con sus socios del PAN, del PRI nacionalista con sus primos del PRD.
La restauración del antiguo régimen puede ser más fácil y completa para el presidente López Obrador. Tan completa que (después de las elecciones intermedias, en las cuales arrasaría, por haber tomado medidas oportunas) se vuelva el dueño, no sólo del PRD, sino del PRI. Y, en consecuencia, del Poder Legislativo y la Constitución. No es imposible que, una vez libre de trabas, haga cambios históricos en México y llegue a ser un gran Presidente. El primer sexenio...
Reforma
25 de Junio del 2006
Los que siempre votan por el mismo partido no tienen el problema de razonar su voto cada vez que hay elecciones, algo nada fácil con estos candidatos.
No hay que votar por Calderón, porque está verde. Tiene tablas parlamentarias (lo que puede ayudarle con el Poder Legislativo), pero escasa experiencia ejecutiva. Como si fuera poco, de llegar a la Presidencia, se enfrentará a los tres mayores partidos. A diferencia de López Obrador, que se apoderó del PRD, y de Madrazo, que tiene un control suficiente del PRI, Calderón no tiene el control del PAN: ni de su presidente, ni de los candidatos a la nueva legislatura. Tiene fuerza entre los militantes (por eso pudo ganar la candidatura), pero no en el aparato partidista. Su Presidencia, como la de Fox, será inexperta y débil.
No hay que votar por Madrazo, porque tiene demasiada experiencia. Es un experto en mañas del poder por el poder. Se gastó una fortuna de origen desconocido en llegar a gobernador de Tabasco, tramposamente; y, una vez que estuvo en el poder, no lo usó en primer lugar para beneficio de su estado, sino de su carrera en el PRI, donde logró encabezar el partido y acabó haciendo lo mismo. En vez de fortalecerlo, se dedicó a imponerse como candidato a la Presidencia, sin que le importaran los daños a sus compañeros y al partido. Es un experto en salirse con la suya, aunque sus socios se tengan que salir.
No hay que votar por López Obrador, porque es un carismático que se cree indestructible, con todos los peligros de un ego temerario al volante. No le interesa tanto gobernar como ser el protagonista de la vida nacional. Es teatrero, como López Portillo, que en un gesto dramático expropió la banca, cuando nadie se lo pedía. Le encanta hacer cosas espectaculares que nadie le pide, como los segundos pisos; no las tareas difíciles y poco lucidoras de sanear el Gobierno, aunque todos se lo pidan. Nunca se enteró de quiénes eran sus operadores más cercanos (Bejarano, Ponce), como López Portillo nunca se enteró de quién era el general Durazo. No sólo eso: se burla de las víctimas del crimen que hacen una marcha para pedir seguridad, porque toda multitud que no lo aclame le parece sospechosa.
No hay que votar por Mercado, Campa ni el Dr. Simi, porque sería desperdiciar el voto. Tampoco hay que abstenerse de votar, que sería lo cómodo, porque también es cómodo para la clase política: que los dejen desgobernar, y que los ciudadanos no se metan.
¿Qué hacer, entonces? A mediano plazo, lo urgente es crear vías de intervención ciudadana en la buena marcha del País. No basta con el voto. Hay que vigilar a los poderes públicos todos los días. Hacen falta organismos ciudadanos para observar y atender las oportunidades y problemas sociales, al margen de la partidocracia. Con menos de lo que cuestan los partidos, pueden desarrollarse miles de iniciativas voluntarias en beneficio de la sociedad. Afortunadamente, han surgido cientos, muchas de notable eficacia. Deben multiplicarse.
Y, por supuesto, hay que votar. ¿Por quién? Por el menos peor. Visto así (que es lo realista), ¿cuál de los candidatos puede hacer menos daño a la democracia? Obviamente Calderón, por su misma debilidad. Seguramente en unos años (para las elecciones intermedias) pueda tener un control suficiente del PAN, pero no de los otros partidos. En cambio, el Presidente Madrazo puede restaurar el sistema que operó hasta el sexenio de Zedillo. La debilidad actual del PRI (que, débil y todo, gobierna en la mayor parte del País y tiene un sólido voto duro) no se debe a que, repentinamente, sus políticos hayan perdido oficio o se hayan vuelto egoístas. Se debe a que el sistema se articulaba desde Los Pinos, y, al no tener la Presidencia, desapareció. Recuperando su centro de poder, el sistema puede revivir (con dificultades obvias, como la transparencia, que tratará de anular). Y, ya con esa fuerza, puede renovar las alianzas del PRI tecnócrata con sus socios del PAN, del PRI nacionalista con sus primos del PRD.
La restauración del antiguo régimen puede ser más fácil y completa para el presidente López Obrador. Tan completa que (después de las elecciones intermedias, en las cuales arrasaría, por haber tomado medidas oportunas) se vuelva el dueño, no sólo del PRD, sino del PRI. Y, en consecuencia, del Poder Legislativo y la Constitución. No es imposible que, una vez libre de trabas, haga cambios históricos en México y llegue a ser un gran Presidente. El primer sexenio...
El Bárbaro y los Cobardes
Sirva el presente artículo como un homenaje a la gran escritora Ikram Antaki, quien lamentablemente falleció pocos meses después de escribir este espléndido y premonitorio artículo.
¡Qué razón tuviste Ikram! Si hoy regresaras de tu tumba no dudo que te darían ganas de volver a morirte porque lo que viste hace 6 años para el D.F. hoy puede pasarle a todo México! También me gustaría que esto que dijiste hace 6 años, cuando solías colaborar con José Gutierréz Vivó, hoy se lo recordaras a él, que se ha convertido en un gran defensor y "jilguero" de López Obrador.
Ikram Antaki
El Universal
Febrero del 2000
Nuestro país no tiene una relación privilegiada con el derecho; de hecho vivimos, en muchos aspectos, en una circunstancia pre-legal. No hemos interiorizado la ley y seguimos privilegiando las relaciones de fuerza. Hablar de “estado de derecho” cuando se tiene si quiera la idea de que un hombre absolutamente solo, erguido ante mitos, pueda tener la razón y que la fuerza del Estado en su totalidad, como garante del derecho, de apoyarlo y hacerlo triunfar, hablar de “estado de derecho” –digo en estas circunstancias , es palabrería vacía y es mentira.
Supongamos que un hombre, originario de un estado, quiera competir para la gubernatura del D.F., un dato básico le impide hacerlo: no cumple con las reglas de residencia. Saltando por encima de la ley, este hombre organiza un referendo; el número se sustituye a la ley ( es decir, si diez personas decidieron robar a una, estas diez personas tendrán necesariamente la razón; y si un grupo decide que un individuo es culpable, este individuo será considerado como culpable sin tener que pasar por las pruebas del derecho). ¿Por qué los demás lo dejaron competir? Por cobardía. Las instancias legales y sus propios adversarios públicos aceptaron la violación de la ley como acto fundador de la contienda. ¿Por qué? Por miedo al número, de la misma manera en que se legalizaban las ocupaciones de tierras por parte de las paracaidistas, doblando la ley ante el estado de derecho.
Quien sabe de leyes y acepta su violación lo hace por miedo; su decisión es política, no jurídica. La política dice que hay que dejar al PRD un D.F. que éste no iba a devolver en caso de perderlo con otro candidato, así que más valía dejárselo con este candidato.
¿Acaso se dan cuenta los habitantes del D.F. de lo que va a ser su vida durante los próximo tres o seis años? ¿Acaso tienen idea del infierno que podría ser? Quien los va a gobernar no es James Dean, sino un provinciano ignorante, violento y fanático. El referendo fue históricamente, el arma de los fascistas, a los demócratas, les basta con la aplicación de derecho. El referendo que daba el apoyo inicial al candidato del PRD estaba destinado a amedrentar a los jueces, es la dictadura, el terror del número ante cualquier circunstancia. La Ley de la selva no es la ley; un grupo de depredadores que deciden comerse al individuo débil y sólo no necesitan de la ley, les basta con la fuerza. Estas son las relaciones de fuerza del universo pre-legal, y estas son las relaciones que nos esperan bajo el próximo gobierno perredista. Cárdenas tenía las limitaciones que le imponía el sueño presidencial: Andrés Manuel López Obrador no tendrá límites. No será el valiente educador que se opondrá al pueblo si el pueblo yerra; para él, el pueblo tiene la razón simplemente porque es pueblo, y diez tendrán necesariamente más razón que dos o uno.
Sin el derecho, no hay vida soportable en sociedad; es el que evita a los hombres recaer en el estado de guerra que caracteriza el estado de naturaleza. El que empieza su reino violando la ley que regía este reino, no será un gobernante legal; será un golpista. ¿Por qué es que el DF insiste en darse este tipo de gobierno? El mito de un DF culto y politizado, en comparación con un campo ignorante y controlado por el PRI, es una de las grandes mentiras políticas que vivimos. Existe algo peor que la ignorancia y es el saber poco. El ignorante generalmente se sabe ignorante; el que sabe poco cree que sabe, y su prepotencia lo lleva a cometer todos los errores. Esta ignorancia que se esconde detrás de los temas del Fobaproa y demás retórica demagógica, le hace creer que sabe más y mejor que el campesino que piensa y vota de manera diferente a la suya.
Estamos llegando a los tiempos fanáticos e inseguros; no es este el cambio con el cual soñábamos. Este cambio no es un paso adelante; es un retroceso.
Esa atmósfera de intolerancia y de odio, de envidia, de maledicencia y de condena, no es una alternancia normal. Nuestra izquierda no es el PSOE; ignora, desprecia y viola la Ley, además de considerarla como un instrumento de burguesía.
¡Qué razón tuviste Ikram! Si hoy regresaras de tu tumba no dudo que te darían ganas de volver a morirte porque lo que viste hace 6 años para el D.F. hoy puede pasarle a todo México! También me gustaría que esto que dijiste hace 6 años, cuando solías colaborar con José Gutierréz Vivó, hoy se lo recordaras a él, que se ha convertido en un gran defensor y "jilguero" de López Obrador.
Ikram Antaki
El Universal
Febrero del 2000
Nuestro país no tiene una relación privilegiada con el derecho; de hecho vivimos, en muchos aspectos, en una circunstancia pre-legal. No hemos interiorizado la ley y seguimos privilegiando las relaciones de fuerza. Hablar de “estado de derecho” cuando se tiene si quiera la idea de que un hombre absolutamente solo, erguido ante mitos, pueda tener la razón y que la fuerza del Estado en su totalidad, como garante del derecho, de apoyarlo y hacerlo triunfar, hablar de “estado de derecho” –digo en estas circunstancias , es palabrería vacía y es mentira.
Supongamos que un hombre, originario de un estado, quiera competir para la gubernatura del D.F., un dato básico le impide hacerlo: no cumple con las reglas de residencia. Saltando por encima de la ley, este hombre organiza un referendo; el número se sustituye a la ley ( es decir, si diez personas decidieron robar a una, estas diez personas tendrán necesariamente la razón; y si un grupo decide que un individuo es culpable, este individuo será considerado como culpable sin tener que pasar por las pruebas del derecho). ¿Por qué los demás lo dejaron competir? Por cobardía. Las instancias legales y sus propios adversarios públicos aceptaron la violación de la ley como acto fundador de la contienda. ¿Por qué? Por miedo al número, de la misma manera en que se legalizaban las ocupaciones de tierras por parte de las paracaidistas, doblando la ley ante el estado de derecho.
Quien sabe de leyes y acepta su violación lo hace por miedo; su decisión es política, no jurídica. La política dice que hay que dejar al PRD un D.F. que éste no iba a devolver en caso de perderlo con otro candidato, así que más valía dejárselo con este candidato.
¿Acaso se dan cuenta los habitantes del D.F. de lo que va a ser su vida durante los próximo tres o seis años? ¿Acaso tienen idea del infierno que podría ser? Quien los va a gobernar no es James Dean, sino un provinciano ignorante, violento y fanático. El referendo fue históricamente, el arma de los fascistas, a los demócratas, les basta con la aplicación de derecho. El referendo que daba el apoyo inicial al candidato del PRD estaba destinado a amedrentar a los jueces, es la dictadura, el terror del número ante cualquier circunstancia. La Ley de la selva no es la ley; un grupo de depredadores que deciden comerse al individuo débil y sólo no necesitan de la ley, les basta con la fuerza. Estas son las relaciones de fuerza del universo pre-legal, y estas son las relaciones que nos esperan bajo el próximo gobierno perredista. Cárdenas tenía las limitaciones que le imponía el sueño presidencial: Andrés Manuel López Obrador no tendrá límites. No será el valiente educador que se opondrá al pueblo si el pueblo yerra; para él, el pueblo tiene la razón simplemente porque es pueblo, y diez tendrán necesariamente más razón que dos o uno.
Sin el derecho, no hay vida soportable en sociedad; es el que evita a los hombres recaer en el estado de guerra que caracteriza el estado de naturaleza. El que empieza su reino violando la ley que regía este reino, no será un gobernante legal; será un golpista. ¿Por qué es que el DF insiste en darse este tipo de gobierno? El mito de un DF culto y politizado, en comparación con un campo ignorante y controlado por el PRI, es una de las grandes mentiras políticas que vivimos. Existe algo peor que la ignorancia y es el saber poco. El ignorante generalmente se sabe ignorante; el que sabe poco cree que sabe, y su prepotencia lo lleva a cometer todos los errores. Esta ignorancia que se esconde detrás de los temas del Fobaproa y demás retórica demagógica, le hace creer que sabe más y mejor que el campesino que piensa y vota de manera diferente a la suya.
Estamos llegando a los tiempos fanáticos e inseguros; no es este el cambio con el cual soñábamos. Este cambio no es un paso adelante; es un retroceso.
Esa atmósfera de intolerancia y de odio, de envidia, de maledicencia y de condena, no es una alternancia normal. Nuestra izquierda no es el PSOE; ignora, desprecia y viola la Ley, además de considerarla como un instrumento de burguesía.
López Obrador y Chávez comparten más de 25 semejanzas, arroja análisis
Mario Hernández
Crónica
24 de Junio de 2006
“Se marginan de la modernidad; se asumen como uno más de los desamparados, necesitados y excluidos; su tono contra sus adversarios es amenazante, pues manifiestan una represión ideológica si no piensan como ellos”, consideró respecto a López Obrador y Hugo Chávez, el director general de la Empresa de Mercadotecnia Integral Eventum, Alfonso Noriega Ortiz.
Aseguró que Andrés Manuel López Obrador y Hugo Chávez, son más semejantes de lo que parece y que ambos se oponen a las reformas económicas y sociales.
En un análisis titulado “las coincidencias entre Andrés Manuel López Obrador y Hugo Chávez”, Noriega Ortiz, revisó los discursos y hechos de gobierno del candidato de la Alianza Por el Bien de Todos, y del presidente de Venezuela, e identificó 25 aspectos en los que ambos personajes son idénticos.
1. Usan el vocablo pueblo para establecer conexión afectiva con sus seguidores.
2. Se asumen como uno más de los desamparados, necesitados y excluidos.
3. Manejan en su discurso la confrontación entre pobres y ricos.
4. Ofrecen re-construir las estructuras políticas.
5. Rinden tributo a héroes nacionales. Chávez a Bolívar y AMLO a Juárez.
6. La justicia social es que el gobierno suministre bienes necesarios a pobres.
7. Política social con carácter populista. asistencia social.
8. Discurso político lo centran en denunciar el pasado. foco en corrupción.
9. Tono amenazante a adversarios. represión ideológica si no piensan como ellos.
10. Descalifican enemigos y adversarios. incitan al rechazo colectivo.
11. Buscan apoyo ciudadano con discurso a-partidista.
12. Ofrecen eliminar la corrupción en la administración pública.
13. Van a erradicar del poder a cúpulas políticas.
14. Re-fundarán la República y buscan re-hacer la democracia.
15. El neoliberalismo es el causante de los desastres económicos y sociales.
16. Se oponen a las reformas económicas y sociales. se marginan de la modernidad.
17. Personalismo en su gestión de gobierno.
18. Se sienten víctimas de complot.
19. Su fuerza está en la movilización popular. Encarnan la voluntad del pueblo.
20. Dispuestos a violar la ley si no les da la razón.
21. Discurso neo-populista. explotan sufrimiento de los pobres.
22. Fomentan odio de clases.
23. No son de izquierda solo usan el lenguaje.
24. Síndrome yo no fui. pasan problema a colaboradores.
25. Ejercen control social con violencia selectiva
26. Dos personajes que impactan a la sociedad y plantean un proyecto de nación.
27. Ambos construyen mayorías a su favor pero también en su contra.
28. Nos invitan a la reflexión y análisis sobre el futuro del país. Eso ya es ganancia.
Crónica
24 de Junio de 2006
“Se marginan de la modernidad; se asumen como uno más de los desamparados, necesitados y excluidos; su tono contra sus adversarios es amenazante, pues manifiestan una represión ideológica si no piensan como ellos”, consideró respecto a López Obrador y Hugo Chávez, el director general de la Empresa de Mercadotecnia Integral Eventum, Alfonso Noriega Ortiz.
Aseguró que Andrés Manuel López Obrador y Hugo Chávez, son más semejantes de lo que parece y que ambos se oponen a las reformas económicas y sociales.
En un análisis titulado “las coincidencias entre Andrés Manuel López Obrador y Hugo Chávez”, Noriega Ortiz, revisó los discursos y hechos de gobierno del candidato de la Alianza Por el Bien de Todos, y del presidente de Venezuela, e identificó 25 aspectos en los que ambos personajes son idénticos.
1. Usan el vocablo pueblo para establecer conexión afectiva con sus seguidores.
2. Se asumen como uno más de los desamparados, necesitados y excluidos.
3. Manejan en su discurso la confrontación entre pobres y ricos.
4. Ofrecen re-construir las estructuras políticas.
5. Rinden tributo a héroes nacionales. Chávez a Bolívar y AMLO a Juárez.
6. La justicia social es que el gobierno suministre bienes necesarios a pobres.
7. Política social con carácter populista. asistencia social.
8. Discurso político lo centran en denunciar el pasado. foco en corrupción.
9. Tono amenazante a adversarios. represión ideológica si no piensan como ellos.
10. Descalifican enemigos y adversarios. incitan al rechazo colectivo.
11. Buscan apoyo ciudadano con discurso a-partidista.
12. Ofrecen eliminar la corrupción en la administración pública.
13. Van a erradicar del poder a cúpulas políticas.
14. Re-fundarán la República y buscan re-hacer la democracia.
15. El neoliberalismo es el causante de los desastres económicos y sociales.
16. Se oponen a las reformas económicas y sociales. se marginan de la modernidad.
17. Personalismo en su gestión de gobierno.
18. Se sienten víctimas de complot.
19. Su fuerza está en la movilización popular. Encarnan la voluntad del pueblo.
20. Dispuestos a violar la ley si no les da la razón.
21. Discurso neo-populista. explotan sufrimiento de los pobres.
22. Fomentan odio de clases.
23. No son de izquierda solo usan el lenguaje.
24. Síndrome yo no fui. pasan problema a colaboradores.
25. Ejercen control social con violencia selectiva
26. Dos personajes que impactan a la sociedad y plantean un proyecto de nación.
27. Ambos construyen mayorías a su favor pero también en su contra.
28. Nos invitan a la reflexión y análisis sobre el futuro del país. Eso ya es ganancia.
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