Jorge Fernández Menéndez
Excélsior - Razones
18-07-06
En la "asamblea informativa" del domingo (¿cómo hizo la SSP-DF para calcular un millón 200 mil manifestantes cuando, con motivo de la marcha contra la inseguridad, ellos mismos dijeron que en el Zócalo caben, como máximo, 180 mil personas?), López Obrador elevó un nivel más la escalada declarativa: ya no sólo desconoció a las autoridades electorales, ya no sólo aseguró que hubo un fraude generalizado en la elección, sino que, además, llamó a la "resistencia civil pacífica", igual que cuando ordenó tomar los pozos petroleros en Tabasco. Y una vez más todo lo hizo sin mostrar una sola prueba de sus dichos: había asegurado que este domingo mostraría pruebas del fraude y no hubo tal, las pruebas deben estar guardadas en la misma caja fuerte en la que está escondida la famosa encuesta que nadie conoció y que le daba diez puntos de ventaja. Tampoco ha mostrado pruebas en su impugnación ante el Tribunal: como ya lo hemos comentado, lo que se presentó son 800 páginas de opiniones imposibles de documentar como pruebas y que van desde acusaciones a cantantes de corridos por mofarse de El Peje hasta quejas porque algún comunicador criticó al candidato. En ese contexto, resulta inconcebible que gente seria como Carlos Monsiváis se termine prestando ya no sólo a apoyar esta opereta de mala calidad y sin sustento ético alguno, sino también prestándose a la guerra sucia contra Patricia Mercado e incluso siendo "orador" en los mítines del ex candidato perredista.
Las demandas de López Obrador no pueden atenderse como él lo pide. Tiene, por supuesto, todo el derecho a recurrir al Tribunal Electoral, pero no tiene derecho a decir que incluso si le conceden su exigencia de contar, nuevamente, voto por voto, no reconocerá el resultado si él no es el ganador, porque la elección ya es "ilegítima". No tiene derecho a considerar ilegítima una elección que fue en muchos sentidos ejemplar, como la enorme mayoría de los observadores nacionales e internacionales la calificaron. No tiene derecho a exigir que se cuente voto por voto, cuando ya en dos ocasiones se hizo ese conteo, además de que, como han señalado muchos observadores, si se consintiera ese capricho (porque al no tener una sola prueba del supuesto fraude la petición no puede calificarse de otra manera), se descalificaría todo el sistema electoral mexicano y la participación de la ciudadanía: el conteo se realiza de esta manera, por ciudadanos observados por representantes de todos los partidos, en cada una de las 135 mil casillas, para evitar que, como en el pasado, se pudieran concentrar todos los votos en un solo ámbito y, además, para que el conteo sea lo más democrático y amplio posible. Esa participación ciudadana es la base del sistema electoral que hemos construido a lo largo de casi 30 años de transición. Y ese sistema es el que se quiere cargar López Obrador porque no puede aceptar que perdió. Si ese sistema se ha corrompido, según el propio ex candidato, entonces, ¿quién contará los 44 millones de votos?, ¿los siete miembros del Tribunal? Además, ¿por qué se tiene que aceptar un nuevo conteo que resulta ser, precisamente, una de las causas de nulidad de la elección, como ocurrió en Tabasco en 2000? Y, por último, ¿qué sentido tiene aceptar el capricho si, finalmente, el propio AMLO dice que si no lo favorece el resultado no lo aceptará? Insistimos, López Obrador lo que quiere es literalmente tomar el poder, hacerse de él, con o sin elecciones, con o sin instituciones. Si tuviera un sector militar que lo apoyara, en nada se diferenciaría de Hugo Chávez.
Por eso la demanda de contar voto por voto, que incluso personajes serios han avalado como una forma de concluir con este intento de crisis, resulta inviable en términos de política real. Lo mismo que la demanda, que también han hecho personajes serios, responsables, de que Felipe Calderón se siente a "platicar" con el tabasqueño. En principio, nadie podría estar en desacuerdo con que la política es, en esencia, la capacidad de diálogo, de establecer acuerdos incluso para procesar los desacuerdos, el establecimiento de reglas comunes que sólo se pueden compartir si fueron previamente asumidas por los diferentes actores, la instrumentación de los principios con base en lo posible. Todo eso y más es la política, pero, ¿cómo dialogar con alguien que se niega a hacerlo?, ¿cómo dialogar con un personaje que no acepta ninguna otra salida a la situación que él mismo ha creado, como no sea la entrega del poder en sus manos?, ¿cómo dialogar con un hombre que no conoce ni acepta reglas ni espacios para ese diálogo? La intención es buena, pero el problema es que López Obrador no quiere dialogar y nunca ha querido, no es un síntoma nuevo de una personalidad de por sí difícil de analizar y encuadrar. No quiso dialogar jamás en Tabasco ni dentro ni fuera del PRI; no quiso dialogar como presidente del PRD; no quiso dialogar como jefe de Gobierno del DF (en los cinco años que estuvo al frente de esa dependencia jamás se reunió, ni una sola vez, con los partidos de oposición en la capital); no quiso dialogar como precandidato, y los que ahora le reprochan a Cuauhtémoc Cárdenas que no hubiera apoyado con entusiasmo a López Obrador olvidan que el tabasqueño no quiso ni sentarse a dialogar con Cárdenas y mucho menos debatir, ya no la candidatura sino, como pedía Cárdenas, la propuesta de programa partidario; no quiso dialogar como candidato con sus iguales e incluso se negó a ir a uno de los debates.
Ahora, en torno a la jornada electoral dijo, primero, que reconocía el resultado y no lo ha hecho; en la propia elección jamás se presentó una queja de irregularidades, tampoco en el conteo, hasta que descubrió que había perdido y todo se convirtió en un inmenso fraude. Impugna ante el TEPJF, pero dice que aceptará el resultado sólo si él gana. ¿Qué se puede negociar con López Obrador como no sea la graciosa entrega del poder en sus manos?
www.nuevoexcelsior.com.mx/jfernandez
www.mexicoconfidencial.com
18 de julio de 2006
Golpe a la democracia
Macario Schettino
El Universal
18 de julio de 2006
Construir la democracia no ha sido fácil en México. He insistido en varias ocasiones en que no hemos terminado el proceso, y me parece que lo que hoy vivimos es un buen ejemplo de ello. A diferencia de lo que opinan algunos colegas, a mí me parece que lo que está haciendo Andrés Manuel López Obrador es un claro ataque a la democracia.
No creo que pueda llamarse distinto al intento de golpe que va construyendo, todo con base en mentiras, o en medias verdades, si quiere usted. No ha podido probar, hasta el momento, ninguna de las afirmaciones que ha hecho sobre el proceso electoral. No obstante, éstas van creciendo en intensidad. El 2 de julio, la elección había sido limpia; hoy ya es un cochinero.
Me dicen que AMLO sigue jugando dentro de las reglas, porque ha impugnado ante el tribunal. Pero es necesaria mucha ingenuidad para creer en esto. La impugnación no tiene nada que ver con el discurso. Para solicitar el ya famoso "voto por voto", lo que argumentan es la nulidad de la elección. Dicho de otra forma, lo que López Obrador le dice a sus seguidores en sus grandes marchas, o a través de los medios de comunicación, no tiene relación alguna con lo solicitado al tribunal. Y lo que se pidió a éste no es otra cosa que anular la elección presidencial. ¿Dónde está la democracia en esto?
Para los colegas que pecan de ingenuidad, permítame un ejercicio mental. Supongamos que el tribunal decida contar los votos. ¿Quién cuenta? No los comités distritales, a los que ya calificó López Obrador de tramposos. Mucho menos el resto del IFE. ¿Quién entonces? Si un nuevo conteo se realizase, López Obrador lo impugnaría, porque nadie es confiable para contar. De hecho, ya dijo con toda claridad que ese conteo no sería aceptable a menos que sea él el ganador. Si fuese Calderón, sería espurio. ¿En verdad creen que este señor es demócrata?
Los votos se cuentan en México el día de la elección. Después de eso, son las actas la prueba jurídica. Y esto es así porque en los tiempos del régimen de la Revolución, las urnas se rellenaban en el camino al comité distrital. Lo que da certeza es, precisamente, que los votos fueron contados por ciudadanos, vecinos de la casilla, sorteados para participar en el proceso. Y que son vigilados por representantes de todos los partidos involucrados, además de por observadores, incluso extranjeros.
El domingo 2 de julio eso fue lo que se hizo y no hubo, prácticamente, irregularidades. El conteo en los distritos corrigió cosa de 3 mil casillas, es decir, un millón de votos, y el resultado fue un millar más de votos para Calderón. Una modificación de uno al millar. Esto, aplicado a todos los votos del país, significa un cambio de 40 mil votos, insuficiente para que el resultado se modifique.
Por eso AMLO no tiene mayor interés en que se cuenten los votos. Eso no es lo que realmente está pidiendo al Tribunal. Y por eso no aporta pruebas concretas, sino que construye rumores e infundios. Y en este juego doble ha tenido algo de éxito en sembrar de dudas la votación. ¿Cómo mejora la democracia con esto?
López Obrador es un autoritario, no un demócrata. Nunca lo ha sido, y eso lo podrían testificar sus compañeros en el Partido de la Revolución Democrática, si tuviesen un poco de dignidad. Sobran ejemplos en su tránsito como presidente del partido y después como jefe de Gobierno del DF. Pero la lucha por el poder y el privilegio eclipsa la razón, no hay duda. Hay, por cierto, decenas de "intelectuales" eclipsados. Basta para ellos la voz del señor, las pruebas no se requieren.
Andrés Manuel López Obrador está intentando un golpe a la democracia. No sólo ha despotricado contra el Instituto Federal Electoral, los otros partidos, los empresarios, los ciudadanos e incluso sus seguidores. Ahora pretende desacreditar al tribunal, porque a éste no le aportó pruebas que permitan modificar algo. Y cuando el tribunal valide la elección, López lo hará parte del complot.
Lo dijimos desde antes: López Obrador representa el pasado. No la democracia y el desarrollo, sino el autoritarismo paternalista. Y ya tuvimos medio siglo de eso, y no sirvió para nada.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
El Universal
18 de julio de 2006
Construir la democracia no ha sido fácil en México. He insistido en varias ocasiones en que no hemos terminado el proceso, y me parece que lo que hoy vivimos es un buen ejemplo de ello. A diferencia de lo que opinan algunos colegas, a mí me parece que lo que está haciendo Andrés Manuel López Obrador es un claro ataque a la democracia.
No creo que pueda llamarse distinto al intento de golpe que va construyendo, todo con base en mentiras, o en medias verdades, si quiere usted. No ha podido probar, hasta el momento, ninguna de las afirmaciones que ha hecho sobre el proceso electoral. No obstante, éstas van creciendo en intensidad. El 2 de julio, la elección había sido limpia; hoy ya es un cochinero.
Me dicen que AMLO sigue jugando dentro de las reglas, porque ha impugnado ante el tribunal. Pero es necesaria mucha ingenuidad para creer en esto. La impugnación no tiene nada que ver con el discurso. Para solicitar el ya famoso "voto por voto", lo que argumentan es la nulidad de la elección. Dicho de otra forma, lo que López Obrador le dice a sus seguidores en sus grandes marchas, o a través de los medios de comunicación, no tiene relación alguna con lo solicitado al tribunal. Y lo que se pidió a éste no es otra cosa que anular la elección presidencial. ¿Dónde está la democracia en esto?
Para los colegas que pecan de ingenuidad, permítame un ejercicio mental. Supongamos que el tribunal decida contar los votos. ¿Quién cuenta? No los comités distritales, a los que ya calificó López Obrador de tramposos. Mucho menos el resto del IFE. ¿Quién entonces? Si un nuevo conteo se realizase, López Obrador lo impugnaría, porque nadie es confiable para contar. De hecho, ya dijo con toda claridad que ese conteo no sería aceptable a menos que sea él el ganador. Si fuese Calderón, sería espurio. ¿En verdad creen que este señor es demócrata?
Los votos se cuentan en México el día de la elección. Después de eso, son las actas la prueba jurídica. Y esto es así porque en los tiempos del régimen de la Revolución, las urnas se rellenaban en el camino al comité distrital. Lo que da certeza es, precisamente, que los votos fueron contados por ciudadanos, vecinos de la casilla, sorteados para participar en el proceso. Y que son vigilados por representantes de todos los partidos involucrados, además de por observadores, incluso extranjeros.
El domingo 2 de julio eso fue lo que se hizo y no hubo, prácticamente, irregularidades. El conteo en los distritos corrigió cosa de 3 mil casillas, es decir, un millón de votos, y el resultado fue un millar más de votos para Calderón. Una modificación de uno al millar. Esto, aplicado a todos los votos del país, significa un cambio de 40 mil votos, insuficiente para que el resultado se modifique.
Por eso AMLO no tiene mayor interés en que se cuenten los votos. Eso no es lo que realmente está pidiendo al Tribunal. Y por eso no aporta pruebas concretas, sino que construye rumores e infundios. Y en este juego doble ha tenido algo de éxito en sembrar de dudas la votación. ¿Cómo mejora la democracia con esto?
López Obrador es un autoritario, no un demócrata. Nunca lo ha sido, y eso lo podrían testificar sus compañeros en el Partido de la Revolución Democrática, si tuviesen un poco de dignidad. Sobran ejemplos en su tránsito como presidente del partido y después como jefe de Gobierno del DF. Pero la lucha por el poder y el privilegio eclipsa la razón, no hay duda. Hay, por cierto, decenas de "intelectuales" eclipsados. Basta para ellos la voz del señor, las pruebas no se requieren.
Andrés Manuel López Obrador está intentando un golpe a la democracia. No sólo ha despotricado contra el Instituto Federal Electoral, los otros partidos, los empresarios, los ciudadanos e incluso sus seguidores. Ahora pretende desacreditar al tribunal, porque a éste no le aportó pruebas que permitan modificar algo. Y cuando el tribunal valide la elección, López lo hará parte del complot.
Lo dijimos desde antes: López Obrador representa el pasado. No la democracia y el desarrollo, sino el autoritarismo paternalista. Y ya tuvimos medio siglo de eso, y no sirvió para nada.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
Igual, pero en contra
El Abogado del Pueblo
El Norte
18 de Julio de 2006
El domingo 27 de junio del 2004, hace dos años, una masa humana igual o superior a la que se reunió ayer llenó el Zócalo de la Capital y las avenidas aledañas protestando contra la delincuencia y la inacción de las autoridades capitalinas.
Como Alcalde de la Ciudad, el Señor López minimizó en ese tiempo el grito ciudadano de ¡Ya Basta! Y posteriormente hasta se dio el lujo de burlarse de los organizadores y de la marcha, pese a que llenaron no sólo el Zócalo, sino que también los 4 kilómetros de longitud de la Ave. Reforma entre el Ángel y esta plaza y cuando menos tres calles aledañas.
Dijo entonces que todo era una manipulación de los medios, que detrás de los marchantes había una “mano negra” y que “la derecha” estaba detrás de los manifestantes.
Nada ha cambiado, pues, en la actitud de descalificación que exhibe este hombre ante las realidades adversas que enfrenta como político.
Los numeritos, finalmente (visto lo acontecido hace dos años), de los agitadores perredistas de este domingo pasado no apantallan: el único conteo que vale ya se hizo, voto por voto, casilla por casilla; y hasta en tres ocasiones distintas (PREP, conteo distrital, y reconteo en casos disputados), mismas ocasiones que son las únicas contempladas en nuestras leyes electorales.
En este conteo oficial las masas silenciosas, que superan por mucho a los reunidos ayer, ya rindieron su veredicto.
Nada se puede cambiar a estas alturas sacando gente a la calle, por más numerosa que sea su presencia, pues esta película de llenar el Zócalo ya la hemos visto.
Ha salido igual número de gente a protestar en contra del Señor López como a favor de él.
Al recurrir, como lo hizo este domingo pasado, al azuzamiento de sus seguidores, al invitarlos a la desobediencia civil y rehusar esperar a que los tribunales que estudian las quejas interpuestas por su partido rindan su veredicto, descalificando a priori a todos y a todo lo relacionado con las elecciones, conforman indicios de que el Sr. López está consumido por una destructiva desesperación.
Los dichos y contradichos que se le han escuchado, las falsas pseudoevidencias presentadas, la falaz argumentación para justificar su negativa a aceptar el resultado de la elección, todo lo que hasta el momento ha exhibido este político puede considerarse como el ruido precursor de una asonada.
¡Así de simple!
Pretende este hombre con sus acciones, pretextos y justificaciones inverosímiles, romper con el orden establecido y entorpecer la buena marcha del País amenazando a las instituciones, a quienes intenta convertir en rehenes de la violencia.
Las declaraciones que han externado tanto él como su brazo derecho, el ex salinista Manuel Camacho, indican, palabras más palabras menos, que si no se hace su voluntad desatarán los perros bravíos de la violencia sobre México.
Que esta amenaza provenga del que fuera “Comisionado por la Paz” en Chiapas no deja de ser harto paradójico, a la vez que absurdo.
Queda claro, muy claro, que esta gente radicalizada al punto del terrorismo pretende conquistar el poder por CUALQUIER vía posible y que para lograr sus caprichos están dispuestos -como ellos mismos han manifestado- “a incendiar el País”.
No dudamos que lo puedan lograr: lo que está por verse, y que viene a demostrar la nula vocación democrática de estos pirómanos, es si una vez incendiado México haya alguien capaz de apagar el fuego.
En esto no piensa López, pues México y los mexicanos le importan un bledo: es su ego y ansia de poder lo único que lo alimenta.
fricase@elnorte.com
El Norte
18 de Julio de 2006
El domingo 27 de junio del 2004, hace dos años, una masa humana igual o superior a la que se reunió ayer llenó el Zócalo de la Capital y las avenidas aledañas protestando contra la delincuencia y la inacción de las autoridades capitalinas.
Como Alcalde de la Ciudad, el Señor López minimizó en ese tiempo el grito ciudadano de ¡Ya Basta! Y posteriormente hasta se dio el lujo de burlarse de los organizadores y de la marcha, pese a que llenaron no sólo el Zócalo, sino que también los 4 kilómetros de longitud de la Ave. Reforma entre el Ángel y esta plaza y cuando menos tres calles aledañas.
Dijo entonces que todo era una manipulación de los medios, que detrás de los marchantes había una “mano negra” y que “la derecha” estaba detrás de los manifestantes.
Nada ha cambiado, pues, en la actitud de descalificación que exhibe este hombre ante las realidades adversas que enfrenta como político.
Los numeritos, finalmente (visto lo acontecido hace dos años), de los agitadores perredistas de este domingo pasado no apantallan: el único conteo que vale ya se hizo, voto por voto, casilla por casilla; y hasta en tres ocasiones distintas (PREP, conteo distrital, y reconteo en casos disputados), mismas ocasiones que son las únicas contempladas en nuestras leyes electorales.
En este conteo oficial las masas silenciosas, que superan por mucho a los reunidos ayer, ya rindieron su veredicto.
Nada se puede cambiar a estas alturas sacando gente a la calle, por más numerosa que sea su presencia, pues esta película de llenar el Zócalo ya la hemos visto.
Ha salido igual número de gente a protestar en contra del Señor López como a favor de él.
Al recurrir, como lo hizo este domingo pasado, al azuzamiento de sus seguidores, al invitarlos a la desobediencia civil y rehusar esperar a que los tribunales que estudian las quejas interpuestas por su partido rindan su veredicto, descalificando a priori a todos y a todo lo relacionado con las elecciones, conforman indicios de que el Sr. López está consumido por una destructiva desesperación.
Los dichos y contradichos que se le han escuchado, las falsas pseudoevidencias presentadas, la falaz argumentación para justificar su negativa a aceptar el resultado de la elección, todo lo que hasta el momento ha exhibido este político puede considerarse como el ruido precursor de una asonada.
¡Así de simple!
Pretende este hombre con sus acciones, pretextos y justificaciones inverosímiles, romper con el orden establecido y entorpecer la buena marcha del País amenazando a las instituciones, a quienes intenta convertir en rehenes de la violencia.
Las declaraciones que han externado tanto él como su brazo derecho, el ex salinista Manuel Camacho, indican, palabras más palabras menos, que si no se hace su voluntad desatarán los perros bravíos de la violencia sobre México.
Que esta amenaza provenga del que fuera “Comisionado por la Paz” en Chiapas no deja de ser harto paradójico, a la vez que absurdo.
Queda claro, muy claro, que esta gente radicalizada al punto del terrorismo pretende conquistar el poder por CUALQUIER vía posible y que para lograr sus caprichos están dispuestos -como ellos mismos han manifestado- “a incendiar el País”.
No dudamos que lo puedan lograr: lo que está por verse, y que viene a demostrar la nula vocación democrática de estos pirómanos, es si una vez incendiado México haya alguien capaz de apagar el fuego.
En esto no piensa López, pues México y los mexicanos le importan un bledo: es su ego y ansia de poder lo único que lo alimenta.
fricase@elnorte.com
A la antigüita
Sergio Sarmiento
Reforma - Jaque Mate
18 de Julio de 2006
Perdón, pero siempre no: finalmente el fraude no fue “cibernético”. Todos los argumentos sobre el fantasioso algoritmo del PREP, que después se utilizó para manipular el conteo manual de las actas para dar milagrosamente el mismo resultado que el PREP, fueron un simple error. El verdadero fraude electoral “está en los papeles”. Esto es por lo menos lo que dijo Andrés Manuel López Obrador ayer en una entrevista para el programa de radio de Miguel Ángel Granados Chapa en Radio UNAM. “Es un fraude a la antigüita”, afirmó en la entrevista.
Quizá este cambio de fraude no le parezca importante a López Obrador, quien está empeñado en probar que hubo un complot en su contra de una manera u otra. Quizá tampoco le inquiete a su equipo de campaña: a Leonel Cota, Gerardo Fernández Noroña, Ricardo Monreal, Manuel Camacho y Claudia Sheinbaun que en foros distintos han explicado una y mil veces el fraude electrónico.
Pero los que deberían sentirse insultados son el millón de simpatizantes de Andrés Manuel que el pasado domingo 16 de julio acudieron a la mayor marcha de la historia del País para protestar por un “fraude electoral” que ahora resulta nadie sabe cómo se llevó a cabo.
Quizá el propio López Obrador no se da cuenta del error tan grave que ha cometido. Una cosa es protestar el resultado de una elección porque uno ha encontrado pruebas de un fraude y otra muy distinta buscar el fraude hasta por debajo de las piedras para justificar una derrota. Pero esto último es lo que claramente está haciendo Andrés Manuel al argumentar primero que fue objeto de un fraude informático sólo para cambiar de explicación días después y afirmar que el fraude fue físico.
Con este reconocimiento, por lo pronto, se le cae a López Obrador buena parte de su estrategia jurídica y política. El argumento detrás de la exigencia del recuento voto por voto era que se había hecho un fraude cibernético por lo que había que buscar en las boletas físicas la expresión perdida de la voluntad popular. El que la legislación prohíba la apertura de paquetes, por lo que esto podría generar la anulación de la elección, no tenía nada que ver con la demanda. ¿O sí? El PRD, después de todo, no estaba pidiendo la anulación, sino que se limpiara la elección.
Pero si el fraude fue “a la antigüita”, si se hizo en las boletas y las urnas, el recuento de votos será simplemente inútil. Si los magistrados del Tribunal Electoral cedieran a la presión y aceptaran el recuento, el que el resultado final fuera igual al de las encuestas de salida, el conteo rápido, el PREP y el conteo de actas no sería ya una comprobación de la limpieza del proceso sino -¡sorpresa!- del fraude.
No sorprende que López Obrador haya decidido cambiar su historia. El cuento del fraude cibernético era realmente poco creíble. El PREP sí es una transmisión electrónica de los resultados de las actas, pero tanto el conteo de los votos como la suma de las actas se hacen de manera física. Nadie en el PRD ha logrado explicar cómo se cambiarían los conteos físicos por la vía electrónica.
Los expertos en informática ya habían señalado que no hay un algoritmo que pueda realizar el fraude del PREP del que los perredistas acusaban al IFE. Pero además había un problema político. Juan Ramón de la Fuente, el rector de la UNAM y presunto Secretario de Gobernación bajo López Obrador, primero dijo el 2 de julio que el PREP era confiable porque había sido hecho por técnicos de la UNAM sólo para que días después se deslindara y responsabilizara del PREP solamente al odiado IFE. Pero resulta que en el comité técnico asesor del PREP se encuentran especialistas de la UNAM tan prestigiados como Alejandro Pissanty, el director general de servicios de cómputo académico de la máxima casa de estudios. Tarde o temprano él y los demás especialistas habrían tenido que aceptar que el PREP no contenía ningún algoritmo de fraude. Y dada su reputación, López Obrador difícilmente podría haberlos acusado de corrupción como a sus representantes de casilla.
El fraude a la antigüita, sin embargo, genera nuevos problemas para López Obrador. Antes, en los viejos tiempos del PRI, se podían hacer fraudes físicos porque no había representantes de partidos en las casillas. Hoy ni siquiera los representantes de la alianza Por el Bien de Todos vieron señales de ese fraude a la antigüita. Y Andrés Manuel podrá acusar a algunos de corrupción, pero no a los 100 mil que participaron en la jornada electoral.
La declaración a Granados Chapa confirma que López Obrador sigue buscando una justificación de su derrota. Si el fraude no ocurrió de una manera, entonces fue de otra. Andrés Manuel parte primero de la conclusión para después buscar las pruebas. Si una hipótesis no funciona, hay que ensayar una nueva. Lo único que no puede cambiar es la conclusión.
López Obrador no es un demócrata que esté buscando que se cumpla la voluntad popular expresada en las urnas. Simplemente quiere demostrar que el único resultado posible de la elección es un triunfo suyo.
Guelaguetza
Dicen que están defendiendo los intereses de los que menos tienen. Pero al obligar a la cancelación de la fiesta de la Guelaguetza, y asfixiar al turismo de Oaxaca, los maestros de la sección 22 del SNTE están acabando con cientos si no miles de empleos. Y lo peor es que nadie se atreve a hacer nada al respecto.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
Reforma - Jaque Mate
18 de Julio de 2006
“Se non è vero, è molto ben trovato” (”Si no es cierto, es una buena invención”)
Giordano Bruno
Giordano Bruno
Perdón, pero siempre no: finalmente el fraude no fue “cibernético”. Todos los argumentos sobre el fantasioso algoritmo del PREP, que después se utilizó para manipular el conteo manual de las actas para dar milagrosamente el mismo resultado que el PREP, fueron un simple error. El verdadero fraude electoral “está en los papeles”. Esto es por lo menos lo que dijo Andrés Manuel López Obrador ayer en una entrevista para el programa de radio de Miguel Ángel Granados Chapa en Radio UNAM. “Es un fraude a la antigüita”, afirmó en la entrevista.
Quizá este cambio de fraude no le parezca importante a López Obrador, quien está empeñado en probar que hubo un complot en su contra de una manera u otra. Quizá tampoco le inquiete a su equipo de campaña: a Leonel Cota, Gerardo Fernández Noroña, Ricardo Monreal, Manuel Camacho y Claudia Sheinbaun que en foros distintos han explicado una y mil veces el fraude electrónico.
Pero los que deberían sentirse insultados son el millón de simpatizantes de Andrés Manuel que el pasado domingo 16 de julio acudieron a la mayor marcha de la historia del País para protestar por un “fraude electoral” que ahora resulta nadie sabe cómo se llevó a cabo.
Quizá el propio López Obrador no se da cuenta del error tan grave que ha cometido. Una cosa es protestar el resultado de una elección porque uno ha encontrado pruebas de un fraude y otra muy distinta buscar el fraude hasta por debajo de las piedras para justificar una derrota. Pero esto último es lo que claramente está haciendo Andrés Manuel al argumentar primero que fue objeto de un fraude informático sólo para cambiar de explicación días después y afirmar que el fraude fue físico.
Con este reconocimiento, por lo pronto, se le cae a López Obrador buena parte de su estrategia jurídica y política. El argumento detrás de la exigencia del recuento voto por voto era que se había hecho un fraude cibernético por lo que había que buscar en las boletas físicas la expresión perdida de la voluntad popular. El que la legislación prohíba la apertura de paquetes, por lo que esto podría generar la anulación de la elección, no tenía nada que ver con la demanda. ¿O sí? El PRD, después de todo, no estaba pidiendo la anulación, sino que se limpiara la elección.
Pero si el fraude fue “a la antigüita”, si se hizo en las boletas y las urnas, el recuento de votos será simplemente inútil. Si los magistrados del Tribunal Electoral cedieran a la presión y aceptaran el recuento, el que el resultado final fuera igual al de las encuestas de salida, el conteo rápido, el PREP y el conteo de actas no sería ya una comprobación de la limpieza del proceso sino -¡sorpresa!- del fraude.
No sorprende que López Obrador haya decidido cambiar su historia. El cuento del fraude cibernético era realmente poco creíble. El PREP sí es una transmisión electrónica de los resultados de las actas, pero tanto el conteo de los votos como la suma de las actas se hacen de manera física. Nadie en el PRD ha logrado explicar cómo se cambiarían los conteos físicos por la vía electrónica.
Los expertos en informática ya habían señalado que no hay un algoritmo que pueda realizar el fraude del PREP del que los perredistas acusaban al IFE. Pero además había un problema político. Juan Ramón de la Fuente, el rector de la UNAM y presunto Secretario de Gobernación bajo López Obrador, primero dijo el 2 de julio que el PREP era confiable porque había sido hecho por técnicos de la UNAM sólo para que días después se deslindara y responsabilizara del PREP solamente al odiado IFE. Pero resulta que en el comité técnico asesor del PREP se encuentran especialistas de la UNAM tan prestigiados como Alejandro Pissanty, el director general de servicios de cómputo académico de la máxima casa de estudios. Tarde o temprano él y los demás especialistas habrían tenido que aceptar que el PREP no contenía ningún algoritmo de fraude. Y dada su reputación, López Obrador difícilmente podría haberlos acusado de corrupción como a sus representantes de casilla.
El fraude a la antigüita, sin embargo, genera nuevos problemas para López Obrador. Antes, en los viejos tiempos del PRI, se podían hacer fraudes físicos porque no había representantes de partidos en las casillas. Hoy ni siquiera los representantes de la alianza Por el Bien de Todos vieron señales de ese fraude a la antigüita. Y Andrés Manuel podrá acusar a algunos de corrupción, pero no a los 100 mil que participaron en la jornada electoral.
La declaración a Granados Chapa confirma que López Obrador sigue buscando una justificación de su derrota. Si el fraude no ocurrió de una manera, entonces fue de otra. Andrés Manuel parte primero de la conclusión para después buscar las pruebas. Si una hipótesis no funciona, hay que ensayar una nueva. Lo único que no puede cambiar es la conclusión.
López Obrador no es un demócrata que esté buscando que se cumpla la voluntad popular expresada en las urnas. Simplemente quiere demostrar que el único resultado posible de la elección es un triunfo suyo.
Guelaguetza
Dicen que están defendiendo los intereses de los que menos tienen. Pero al obligar a la cancelación de la fiesta de la Guelaguetza, y asfixiar al turismo de Oaxaca, los maestros de la sección 22 del SNTE están acabando con cientos si no miles de empleos. Y lo peor es que nadie se atreve a hacer nada al respecto.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
¿Advertencia o amenaza?
Federico Reyes Heroles
Reforma
18 de Julio de 2006
“Está de por medio la estabilidad política del país”. La expresión la hemos escuchado ene veces. La más reciente fue en la reveladora entrevista de López Dóriga a AMLO. Acostumbrados a las exageraciones, a las distorsiones y a las francas mentiras, pareciera que nuestros oídos o quizá nuestro cerebro se van cerrando a las sinrazones. Será quizás un acto de autodefensa, de protección. Pero esa actitud tiene un problema, poco a poco vamos despreciando la palabra, la vamos vaciando de su verdadero contenido. Por ese camino terminamos extendiendo una licencia a la barbarie.
“Está de por medio la estabilidad política del país”. ¿De verdad? Pues entonces hay algo que no estamos viendo. El 2 de julio hubo, es cierto, una elección muy reñida. Novedad para nosotros, pero las hay frecuentemente en otros países. No hubo violencia, ni muertos ni sucesos que lamentar. De hecho podríamos decir, por la simple acumulación de votantes, que fue la jornada cívica más importante de nuestra historia: casi 42 millones de votantes. ¿De dónde surge la asechanza, el peligro? En las semanas posteriores a la elección ha habido una discusión muy intensa provocada por lo cerrado de la contienda, pero, por fortuna, la violencia no ha aparecido. Las dos concentraciones de los seguidores de AMLO con sus respectivas marchas han sido expresiones pacíficas, enardecidas, pero pacíficas.
Sin embargo, en el discurso de AMLO la cantaleta no desaparece. Resuena “Está de por medio la estabilidad…”. Si nada en los hechos nos anuncia violencia, lo que ocurre es que quien pronuncia la frase sabe algo que nosotros ignoramos. Las impugnaciones ante el Tribunal no deberían ser motivo de gran preocupación. Bueno, eso si partimos del supuesto de que todos los actores respetarán la decisión. Es allí donde está el quid de la discusión. La estabilidad política del país sólo está en riesgo si alguien ha decidido ir más allá e incitar a la violencia. ¿Quién?
Toda advertencia es en el fondo un consejo: AMLO está viendo una fuerza social de tal manera enojada que en el caso de negársele el triunfo estaría dispuesta a todo. Pero allí de nuevo hay algo que no cuadra. En sus primeros años de vida, el PRD tuvo que lidiar con el estigma de ser un partido que buscaba la violencia, que coqueteaba con ella. Pero ese juicio puede estar viciado. Durante el 88 y los años posteriores hubo muchos incidentes violentos en contra de miembros y simpatizantes de ese partido, de entrada la muerte de Ovando y Gil, de tal manera que el ambiente se tensó y las confrontaciones brotaban con frecuencia. Pero una vez superada esa etapa, el PRD ha apostado a la vía pacífica. Los perredistas, en proporción de dos a uno, declaran creerle más al IFE que a su candidato. Así que la expresión “está de por medio la estabilidad…” no opera como advertencia.
Supongamos sin conceder que hubiese al interior del PRD grupos radicales dispuestos a todo, la pregunta sería si AMLO los está conteniendo o, por el contrario, los azuza. AMLO siempre se ha declarado a favor de la vía pacífica. Sin embargo, por algún motivo, no logra convencer a muchos, tan es así que ha tenido que reiterarlo mil veces. La duda está en aire. López Dóriga se lo preguntó: ¿Hasta dónde? “Hasta dónde la gente quiera, ya contesté”. López Dóriga insistió, “…yo voy a estar consultando a la gente… va a ser un proceso también democrático… tengan confianza: yo voy a actuar con responsabilidad…”, pero remató: “Fui agredido, muy agredido durante la campaña”. La pregunta es entonces a quién va a “consultar”, a los demócratas o a los radicales. A quién le va a hacer caso, ¿a la mayoría o a las minorías? ¿Las va acompañar o no? Ése es el asunto crucial.
AMLO recibió más de 14 millones de votos. Supongamos que un 10 por ciento lo siguiera o él los siguiera en su radicalismo, con eso es suficiente para generar infinidad de confrontaciones. Supongamos que 1 por ciento fuese violento, ¿los va a seguir? De allí la importancia de la pregunta de López Dóriga, de su definición: “¿Hasta dónde vas a conducir a la gente?”. Violentos hay en todas partes, pero de un líder político se supone una definición básica a favor de la legalidad o acaso estamos ante un subversivo que quiere reventar las instituciones. Ésa es la disyuntiva que muchos han señalado a AMLO. Un auténtico líder político no puede brincar de la legalidad a la ilegalidad dependiendo del humor de la gente, de algunos. Un líder democrático evita la violencia y controla a sus huestes. Cárdenas los hizo en el 88 y ése es un mérito indiscutible. ¿Cuál es la postura de AMLO?
Pero “Está en riesgo…”, opera como advertencia sólo si AMLO de verdad quiere evitar que ocurra algo. Quien advierte de un peligro busca salvarnos. En tal caso debe dar la fórmula: que abran los paquetes. Sin embargo, AMLO sabe perfectamente que abrir los paquetes es desacreditar al IFE y a los ciudadanos, abrir los paquetes es una condición indebida e incluso puede ser causal de anulación. Su advertencia no es la vía para evitar el peligro. Además, como lo señaló López Dóriga: ¿por qué deberíamos ahora creerle que respetará al Tribunal?
Hay otra posibilidad. “Dar a entender con actos o palabras que se quiere hacer un mal a otro”, ésa es la definición de amenaza de la Real Academia. “Está de por medio…” quizá no es advertencia. Quizá AMLO ha decidido radicalizarse, no es que el radicalismo esté en la calle, por eso no vemos el riesgo, porque es una decisión interior que opera como amenaza: si no llego a la Presidencia habrá problemas, los habrá porque yo lo he decidido. Ése es el dilema de fondo. ¿Estamos acaso viviendo en una república amenazada por un hombre?
Reforma
18 de Julio de 2006
“Está de por medio la estabilidad política del país”. La expresión la hemos escuchado ene veces. La más reciente fue en la reveladora entrevista de López Dóriga a AMLO. Acostumbrados a las exageraciones, a las distorsiones y a las francas mentiras, pareciera que nuestros oídos o quizá nuestro cerebro se van cerrando a las sinrazones. Será quizás un acto de autodefensa, de protección. Pero esa actitud tiene un problema, poco a poco vamos despreciando la palabra, la vamos vaciando de su verdadero contenido. Por ese camino terminamos extendiendo una licencia a la barbarie.
“Está de por medio la estabilidad política del país”. ¿De verdad? Pues entonces hay algo que no estamos viendo. El 2 de julio hubo, es cierto, una elección muy reñida. Novedad para nosotros, pero las hay frecuentemente en otros países. No hubo violencia, ni muertos ni sucesos que lamentar. De hecho podríamos decir, por la simple acumulación de votantes, que fue la jornada cívica más importante de nuestra historia: casi 42 millones de votantes. ¿De dónde surge la asechanza, el peligro? En las semanas posteriores a la elección ha habido una discusión muy intensa provocada por lo cerrado de la contienda, pero, por fortuna, la violencia no ha aparecido. Las dos concentraciones de los seguidores de AMLO con sus respectivas marchas han sido expresiones pacíficas, enardecidas, pero pacíficas.
Sin embargo, en el discurso de AMLO la cantaleta no desaparece. Resuena “Está de por medio la estabilidad…”. Si nada en los hechos nos anuncia violencia, lo que ocurre es que quien pronuncia la frase sabe algo que nosotros ignoramos. Las impugnaciones ante el Tribunal no deberían ser motivo de gran preocupación. Bueno, eso si partimos del supuesto de que todos los actores respetarán la decisión. Es allí donde está el quid de la discusión. La estabilidad política del país sólo está en riesgo si alguien ha decidido ir más allá e incitar a la violencia. ¿Quién?
Toda advertencia es en el fondo un consejo: AMLO está viendo una fuerza social de tal manera enojada que en el caso de negársele el triunfo estaría dispuesta a todo. Pero allí de nuevo hay algo que no cuadra. En sus primeros años de vida, el PRD tuvo que lidiar con el estigma de ser un partido que buscaba la violencia, que coqueteaba con ella. Pero ese juicio puede estar viciado. Durante el 88 y los años posteriores hubo muchos incidentes violentos en contra de miembros y simpatizantes de ese partido, de entrada la muerte de Ovando y Gil, de tal manera que el ambiente se tensó y las confrontaciones brotaban con frecuencia. Pero una vez superada esa etapa, el PRD ha apostado a la vía pacífica. Los perredistas, en proporción de dos a uno, declaran creerle más al IFE que a su candidato. Así que la expresión “está de por medio la estabilidad…” no opera como advertencia.
Supongamos sin conceder que hubiese al interior del PRD grupos radicales dispuestos a todo, la pregunta sería si AMLO los está conteniendo o, por el contrario, los azuza. AMLO siempre se ha declarado a favor de la vía pacífica. Sin embargo, por algún motivo, no logra convencer a muchos, tan es así que ha tenido que reiterarlo mil veces. La duda está en aire. López Dóriga se lo preguntó: ¿Hasta dónde? “Hasta dónde la gente quiera, ya contesté”. López Dóriga insistió, “…yo voy a estar consultando a la gente… va a ser un proceso también democrático… tengan confianza: yo voy a actuar con responsabilidad…”, pero remató: “Fui agredido, muy agredido durante la campaña”. La pregunta es entonces a quién va a “consultar”, a los demócratas o a los radicales. A quién le va a hacer caso, ¿a la mayoría o a las minorías? ¿Las va acompañar o no? Ése es el asunto crucial.
AMLO recibió más de 14 millones de votos. Supongamos que un 10 por ciento lo siguiera o él los siguiera en su radicalismo, con eso es suficiente para generar infinidad de confrontaciones. Supongamos que 1 por ciento fuese violento, ¿los va a seguir? De allí la importancia de la pregunta de López Dóriga, de su definición: “¿Hasta dónde vas a conducir a la gente?”. Violentos hay en todas partes, pero de un líder político se supone una definición básica a favor de la legalidad o acaso estamos ante un subversivo que quiere reventar las instituciones. Ésa es la disyuntiva que muchos han señalado a AMLO. Un auténtico líder político no puede brincar de la legalidad a la ilegalidad dependiendo del humor de la gente, de algunos. Un líder democrático evita la violencia y controla a sus huestes. Cárdenas los hizo en el 88 y ése es un mérito indiscutible. ¿Cuál es la postura de AMLO?
Pero “Está en riesgo…”, opera como advertencia sólo si AMLO de verdad quiere evitar que ocurra algo. Quien advierte de un peligro busca salvarnos. En tal caso debe dar la fórmula: que abran los paquetes. Sin embargo, AMLO sabe perfectamente que abrir los paquetes es desacreditar al IFE y a los ciudadanos, abrir los paquetes es una condición indebida e incluso puede ser causal de anulación. Su advertencia no es la vía para evitar el peligro. Además, como lo señaló López Dóriga: ¿por qué deberíamos ahora creerle que respetará al Tribunal?
Hay otra posibilidad. “Dar a entender con actos o palabras que se quiere hacer un mal a otro”, ésa es la definición de amenaza de la Real Academia. “Está de por medio…” quizá no es advertencia. Quizá AMLO ha decidido radicalizarse, no es que el radicalismo esté en la calle, por eso no vemos el riesgo, porque es una decisión interior que opera como amenaza: si no llego a la Presidencia habrá problemas, los habrá porque yo lo he decidido. Ése es el dilema de fondo. ¿Estamos acaso viviendo en una república amenazada por un hombre?
La ley
Catón
Reforma
18 de Julio de 2006
Comentaba Dulcilí acerca de su novio Libidiano: “Ya no lo aguanto. Le dije que debo conservarme virgen para el matrimonio; que mi cuerpo es el templo del espíritu… ¡Y ahora el caón quiere entrar por la sacristía!”. (No le entendí)… Alegaba un tipo necio: “No sé por qué admiran tanto a ese tal Borges. Como escritor me parece poco. A ver: aparte de ‘Cien años de soledad’ ¿qué otra cosa buena escribió?”. Acota alguien: “Borges no escribió ‘Cien años de soledad’”. “¿Ah no? -replica el tipo-. Pues si antes me parecía poco ahora me parece nada”… Está claro que López Obrador quiere apoderarse por la fuerza de la Presidencia. “Mía o de nadie” parece decir, como aquellos feroces individuos que mataban a la mujer que no accedía a sus deseos. Por medios de presión AMLO intenta coaccionar a la autoridad para que rinda un dictamen favorable a él, so riesgo de exacerbar los ánimos de la muchedumbre. Si en verdad buscara legalidad y transparencia plantearía sus impugnaciones por los medios que la ley le ofrece y dejaría que el órgano jurisdiccional actuara en tiempo y forma, sin ejercer coerción sobre él. Las manifestaciones a que convoca López Obrador son eso, medios para presionar, y no “asambleas informativas”, como con impostura dice. En caso de que las instituciones no se allanen a él “las sonrisas se convertirán en puños”. Si él no es Presidente nadie podrá gobernar este país. “¡Ni el Ife ni el Trife! ¡El pueblo es el que elige!”, dice una de las proclamas que corean sus seguidores. Ya ha dicho AMLO que aun cuando el tribunal federal confirme el triunfo de Calderón él no lo reconocerá, pues la elección fue fraudulenta. No escucha más voz que la suya, ni atiende otra razón que la de su sinrazón. Pero la muchedumbre no puede hacer las veces de la ley. La ley ahí está siempre, y la muchedumbre no. La multitud es veleidosa; al que hoy ve como dios lo olvidará mañana, y lo cambiará por otro dios. La ley, en cambio, es fortaleza, certidumbre, permanencia. Así las cosas, el referente no debe ser la nube, sino la montaña, si me es permitido un leve asomo de grandilocuencia. Lo que cuenta es el valor perdurable, no la cambiante coyuntura de la política que en la calle se hace. Ningún vocerío puede aplacar el dictado de la ley. El orden jurídico y las instituciones no son capricho; son expresión de una sociedad que finca su existencia en la paz y la seguridad. Ciertamente no vivimos en un régimen estalinista. Decir eso, aun a modo de ironía o para agradar al numeroso público presente, es desmesura que empaña la racionalidad de un buen discurso. Hemos abierto espacios a la democracia, y en esa vía debemos mantenernos. Torcer la ley, desvirtuarla o suspender su aplicación ante las presiones de la multitud, por aparatosas que sean sus manifestaciones, es despeñar al país en la anarquía, anular el orden jurídico y las instituciones y dejar la Nación en manos de quienes insisten en poner la fuerza por encima del derecho. Y ya no digo más, porque estoy muy encaboronado… Babalucas era agente viajero. Le contó a un amigo: “Anoche iba yo por un camino rural, y se me descompuso el automóvil. Llegué a una granja, y le pedí al granjero que me dejara pasar ahí la noche. El hombre tenía una hija preciosa. Me dijo que cerraría con llave la puerta de la recámara de la muchacha, para que no intentara yo hacer nada. Pero al pasar junto a mí la chica me dijo en voz baja: ‘La cerradura no funciona’”. “¡Ah, picarón! -dice con sonrisa aviesa el amigo de Babalucas-. ¡Ahora me explico esas ojeras de cansancio que traes hoy!”. “Sí -responde con voz débil Babalucas-. Me pasé toda la noche tratando de arreglar la maldita cerradura”… FIN.
afacaton@prodigy.net.mx
Reforma
18 de Julio de 2006
Comentaba Dulcilí acerca de su novio Libidiano: “Ya no lo aguanto. Le dije que debo conservarme virgen para el matrimonio; que mi cuerpo es el templo del espíritu… ¡Y ahora el caón quiere entrar por la sacristía!”. (No le entendí)… Alegaba un tipo necio: “No sé por qué admiran tanto a ese tal Borges. Como escritor me parece poco. A ver: aparte de ‘Cien años de soledad’ ¿qué otra cosa buena escribió?”. Acota alguien: “Borges no escribió ‘Cien años de soledad’”. “¿Ah no? -replica el tipo-. Pues si antes me parecía poco ahora me parece nada”… Está claro que López Obrador quiere apoderarse por la fuerza de la Presidencia. “Mía o de nadie” parece decir, como aquellos feroces individuos que mataban a la mujer que no accedía a sus deseos. Por medios de presión AMLO intenta coaccionar a la autoridad para que rinda un dictamen favorable a él, so riesgo de exacerbar los ánimos de la muchedumbre. Si en verdad buscara legalidad y transparencia plantearía sus impugnaciones por los medios que la ley le ofrece y dejaría que el órgano jurisdiccional actuara en tiempo y forma, sin ejercer coerción sobre él. Las manifestaciones a que convoca López Obrador son eso, medios para presionar, y no “asambleas informativas”, como con impostura dice. En caso de que las instituciones no se allanen a él “las sonrisas se convertirán en puños”. Si él no es Presidente nadie podrá gobernar este país. “¡Ni el Ife ni el Trife! ¡El pueblo es el que elige!”, dice una de las proclamas que corean sus seguidores. Ya ha dicho AMLO que aun cuando el tribunal federal confirme el triunfo de Calderón él no lo reconocerá, pues la elección fue fraudulenta. No escucha más voz que la suya, ni atiende otra razón que la de su sinrazón. Pero la muchedumbre no puede hacer las veces de la ley. La ley ahí está siempre, y la muchedumbre no. La multitud es veleidosa; al que hoy ve como dios lo olvidará mañana, y lo cambiará por otro dios. La ley, en cambio, es fortaleza, certidumbre, permanencia. Así las cosas, el referente no debe ser la nube, sino la montaña, si me es permitido un leve asomo de grandilocuencia. Lo que cuenta es el valor perdurable, no la cambiante coyuntura de la política que en la calle se hace. Ningún vocerío puede aplacar el dictado de la ley. El orden jurídico y las instituciones no son capricho; son expresión de una sociedad que finca su existencia en la paz y la seguridad. Ciertamente no vivimos en un régimen estalinista. Decir eso, aun a modo de ironía o para agradar al numeroso público presente, es desmesura que empaña la racionalidad de un buen discurso. Hemos abierto espacios a la democracia, y en esa vía debemos mantenernos. Torcer la ley, desvirtuarla o suspender su aplicación ante las presiones de la multitud, por aparatosas que sean sus manifestaciones, es despeñar al país en la anarquía, anular el orden jurídico y las instituciones y dejar la Nación en manos de quienes insisten en poner la fuerza por encima del derecho. Y ya no digo más, porque estoy muy encaboronado… Babalucas era agente viajero. Le contó a un amigo: “Anoche iba yo por un camino rural, y se me descompuso el automóvil. Llegué a una granja, y le pedí al granjero que me dejara pasar ahí la noche. El hombre tenía una hija preciosa. Me dijo que cerraría con llave la puerta de la recámara de la muchacha, para que no intentara yo hacer nada. Pero al pasar junto a mí la chica me dijo en voz baja: ‘La cerradura no funciona’”. “¡Ah, picarón! -dice con sonrisa aviesa el amigo de Babalucas-. ¡Ahora me explico esas ojeras de cansancio que traes hoy!”. “Sí -responde con voz débil Babalucas-. Me pasé toda la noche tratando de arreglar la maldita cerradura”… FIN.
afacaton@prodigy.net.mx
Pro Calderón
Germán Dehesa
Reforma
18 de Julio de 2006
En efecto, estos renglones están dedicados a la irrestricta alabanza de Calderón; pero no hablo de Felipe, sino de mi cuate el extraordinario caricaturista Paco Calderón tan felizmente casado y tan buen ciudadano. Esto último es lo que quiero destacar en estas líneas, puesto que así esta buena disposición cívica de Paco la puedo hacer extensiva, por lo menos a 42 millones de ciudadanos (41 que votaron y un millón de compatriotas que instalaron, hicieron funcionar, cuidaron, contaron y entregaron el resultado de la votación obtenida en la casilla que les fue asignada). Paco Calderón es una muy visible muestra de este trabajo ciudadano que, como bien me consta, es largo, a veces tedioso, siempre pesado y que se cumple con la entera voluntad de ser útil y sin otra recompensa que la de saber que se prestó un servicio al país.
Conozco a muchos que como Paco Calderón se afanaron en hacer bien esta tarea. Según yo y según seres pensantes y honestos como José Woldenberg, el mero hecho de suponer que este millón de ciudadanos se confabuló para actuar de manera fraudulenta y para sesgar su conteo, es demencial y/o perverso y nos está conduciendo a este peligroso ámbito espiritual en donde ya no se cree en nada.
Yo sí creo. Creo en la buena voluntad y en la capacidad de Paco Calderón y su millón de similares. Creo en el IFE, a pesar de los parpadeos mentales de Ugalde (una lectora me exige que le pida perdón a Pericles por haberle dicho imbécil. Obedezco: perdóname, Periclitos); creo en el Trife y creo en los cientos de ciudadanos que dieron la larga pelea para que estas instituciones existieran y sirvieran al país. Creo que en esta hora hay que hacer patente esta creencia, darle un entero voto de confianza y defender de todos los modos posibles a estas instituciones que ya cualquier baboso se siente facultado para vejarlas sin darse cuenta de que está deteriorando nuestras instituciones comunes. Hablar de los integrantes del IFE y del Trife como de delincuentes y casi corsarios electorales no tan sólo es una insostenible calumnia, sino una magna estupidez.
Este país es, por lo visto, dócil rehén de aventureros carismáticos que, por ejemplo, anuncian con voz jaspeada de historia que da comienzo “la resistencia civil”, pero que no anuncia en qué van a consistir estos actos, porque eso sólo lo podrá decidir la ciudadanía (que decidirá lo que él ya tenga decidido); estos inflamados seres son los que quieren secuestrar a las instituciones y al país, como si no nos bastara con el narco, la delincuencia organizada y toda la nómina de personajes y seres oscuros que se sienten y actúan como dueños de la nación. Ahora, además, tenemos que aguantar a Robin Camacho y Batman López. De Cota y de Ortega no digo nada, porque si fueran dirigentes de un grupo de boy scouts, éstos se les amotinarían en el camión que los lleva a la Marquesa.
Y ya. Es muy ingrata esta tarea de no estar de acuerdo con una muchedumbre fervorosa, urgida de futuro y necesitada de creer en alguien. Todavía es más ingrato disentir de tantos amigos tan respetados y queridos (los sigo respetando y queriendo).
Por el bien de todos y aunque constituya una clara ofensa a Paco Calderón y su millón, vayamos al recuento voto por voto. Me dicen que esto es lo único que puede aplacar al Robespierre tropical. Lo dudo. Si acaso lo aplacará si es que este recuento le favorece; cosa que parece harto dudosa, pero que lo privará de su reiterado y jamás probado argumento de que fue víctima de un megafraude y un cochinero. Así pues, mi agradecimiento eterno para Calderón y su millón, pero, dado que el Mesías de Macuspana ya entró en trance, vayamos a un nuevo recuento.
[..]
german@plazadelangel.com.mx
Reforma
18 de Julio de 2006
En efecto, estos renglones están dedicados a la irrestricta alabanza de Calderón; pero no hablo de Felipe, sino de mi cuate el extraordinario caricaturista Paco Calderón tan felizmente casado y tan buen ciudadano. Esto último es lo que quiero destacar en estas líneas, puesto que así esta buena disposición cívica de Paco la puedo hacer extensiva, por lo menos a 42 millones de ciudadanos (41 que votaron y un millón de compatriotas que instalaron, hicieron funcionar, cuidaron, contaron y entregaron el resultado de la votación obtenida en la casilla que les fue asignada). Paco Calderón es una muy visible muestra de este trabajo ciudadano que, como bien me consta, es largo, a veces tedioso, siempre pesado y que se cumple con la entera voluntad de ser útil y sin otra recompensa que la de saber que se prestó un servicio al país.
Conozco a muchos que como Paco Calderón se afanaron en hacer bien esta tarea. Según yo y según seres pensantes y honestos como José Woldenberg, el mero hecho de suponer que este millón de ciudadanos se confabuló para actuar de manera fraudulenta y para sesgar su conteo, es demencial y/o perverso y nos está conduciendo a este peligroso ámbito espiritual en donde ya no se cree en nada.
Yo sí creo. Creo en la buena voluntad y en la capacidad de Paco Calderón y su millón de similares. Creo en el IFE, a pesar de los parpadeos mentales de Ugalde (una lectora me exige que le pida perdón a Pericles por haberle dicho imbécil. Obedezco: perdóname, Periclitos); creo en el Trife y creo en los cientos de ciudadanos que dieron la larga pelea para que estas instituciones existieran y sirvieran al país. Creo que en esta hora hay que hacer patente esta creencia, darle un entero voto de confianza y defender de todos los modos posibles a estas instituciones que ya cualquier baboso se siente facultado para vejarlas sin darse cuenta de que está deteriorando nuestras instituciones comunes. Hablar de los integrantes del IFE y del Trife como de delincuentes y casi corsarios electorales no tan sólo es una insostenible calumnia, sino una magna estupidez.
Este país es, por lo visto, dócil rehén de aventureros carismáticos que, por ejemplo, anuncian con voz jaspeada de historia que da comienzo “la resistencia civil”, pero que no anuncia en qué van a consistir estos actos, porque eso sólo lo podrá decidir la ciudadanía (que decidirá lo que él ya tenga decidido); estos inflamados seres son los que quieren secuestrar a las instituciones y al país, como si no nos bastara con el narco, la delincuencia organizada y toda la nómina de personajes y seres oscuros que se sienten y actúan como dueños de la nación. Ahora, además, tenemos que aguantar a Robin Camacho y Batman López. De Cota y de Ortega no digo nada, porque si fueran dirigentes de un grupo de boy scouts, éstos se les amotinarían en el camión que los lleva a la Marquesa.
Y ya. Es muy ingrata esta tarea de no estar de acuerdo con una muchedumbre fervorosa, urgida de futuro y necesitada de creer en alguien. Todavía es más ingrato disentir de tantos amigos tan respetados y queridos (los sigo respetando y queriendo).
Por el bien de todos y aunque constituya una clara ofensa a Paco Calderón y su millón, vayamos al recuento voto por voto. Me dicen que esto es lo único que puede aplacar al Robespierre tropical. Lo dudo. Si acaso lo aplacará si es que este recuento le favorece; cosa que parece harto dudosa, pero que lo privará de su reiterado y jamás probado argumento de que fue víctima de un megafraude y un cochinero. Así pues, mi agradecimiento eterno para Calderón y su millón, pero, dado que el Mesías de Macuspana ya entró en trance, vayamos a un nuevo recuento.
[..]
german@plazadelangel.com.mx
17 de julio de 2006
La estrategia
Sergio Sarmiento
Reforma
17 de julio de 2006
Andrés Manuel López Obrador estaba, sin duda, seguro de ganar las elecciones de este pasado 2 de julio. Estaba convencido de que las encuestas que lo colocaban en un empate con el candidato del PAN, Felipe Calderón, estaban “cuchareadas”. Tenía una enorme fe en lo que le habían dicho sus asesores: que un gran porcentaje de los electores no le decía a los encuestadores por quién votaría, pero que al final sufragaría por él.
En el muy improbable caso de que perdiera, sin embargo, López Obrador sabía que no reconocería la validez de la elección. Desde hace mucho tiempo empezó a preparar el terreno para ello. La estrategia era clara.
Por esa razón, los legisladores de López Obrador se negaron a llegar a un acuerdo con los demás partidos y obligaron a que los consejeros del IFE fueran electos sin su voto: el primer paso para desconocer el resultado es, por supuesto, cuestionar la legitimidad del árbitro.
Por eso el desacato que llevó al desafuero fue presentado no como el caso judicial menor que siempre fue -el cual sólo se convirtió en una amenaza para las posibilidades de Andrés Manuel para postularse como candidato gracias a su propio descuido jurídico y al de sus abogados-, sino como un magno complot destinado a impedirle el paso a la Presidencia.
Por eso en todo el proceso, antes de que se sufragara el primer voto, López Obrador habló siempre de la “elección de Estado” y del fraude que se maquinaba en su contra. De esta manera, desde un principio el candidato se vacunó contra esa improbable derrota.
Ante el resultado de la votación del 2 de julio, López Obrador se encuentra ya inmerso en el inevitable siguiente paso de su estrategia. Lo que parecía imposible ha ocurrido: el candidato de la alianza Por el Bien de Todos no obtuvo la victoria en el conteo de los votos. Por eso ahora hay que descalificar el proceso: cuestionar el fraude, ese fraude tan gigantesco que se compara sólo con el de 1988. Empieza así la fase de resistencia civil delineada desde un principio en caso de derrota.
Las manifestaciones y concentraciones son una muestra del poder de López Obrador. Constituyen una forma de decir a los ciudadanos, a las autoridades y a los magistrados del Tribunal Electoral que el País no gozará de calma o estabilidad mientras no se ceda a su pretensión y se le haga Presidente de la República. La estrategia no es nueva. Con este tipo de movilizaciones, tras la elección de Tabasco de 1994, López Obrador consiguió convertirse en figura nacional y comenzó su camino a la Presidencia.
Desafortunadamente, vivimos en un país en el que las autoridades han acostumbrado a los grupos de presión a que todo se les dará si hacen suficiente ruido. Los incentivos para hacer grandes manifestaciones, plantones y bloqueos se vuelven así enormes. Las autoridades siempre tienen miedo de actuar a favor de la sociedad. Los grupos de protesta son muy hábiles para conseguir mártires que después se convierten en causas célebres. Los burócratas que detentan el poder en nuestro país prefieren permitir que la sociedad se convierta en rehén antes que enfrentar a los grupos de presión dispuestos a todo para conseguir lo que quieren.
Tenemos como ejemplo muy reciente el caso del desafuero. Había en este caso un desacato real a la orden de un juez. López Obrador consiguió convertir esta falta suya en una bandera política que le permitió consolidar su respaldo dentro de la izquierda y asegurar su postulación como candidato a la Presidencia ante el débil reto que presentaba Cuauhtémoc Cárdenas. Al final, el gobierno del Presidente Fox, temeroso de la creciente popularidad que el proceso de desafuero le había dado a López Obrador, prefirió sacrificar a su Procurador, Rafael Macedo de la Concha, y designar a uno nuevo, Daniel Cabeza de Vaca, quien entró al cargo con la orden de no proceder en contra del líder político ya desaforado como jefe de Gobierno del Distrito Federal.
La estrategia de confrontación es la misma en el caso de la elección. No importa en realidad si se puede o no probar ese presunto fraude que opacaría al del 88. Lo importante es presentar a López Obrador como una víctima y unir a la izquierda en torno suyo. No se requiere mucho esfuerzo. Casi 15 millones de mexicanos votaron por Andrés Manuel. Pero con 150 mil se puede llenar el Zócalo de la Ciudad de México.
La gran víctima de toda esta estrategia, sin embargo, puede ser la democracia. ¿De qué nos sirve tener un sistema electoral tan caro y con tantas salvaguardas si la segunda vuelta de las elecciones se define al viejo estilo priista, con una confrontación de fuerzas? Para eso, mejor restablezcamos la vieja Comisión Federal Electoral bajo la presidencia de Manuel Bartlett. Nombremos como comisionados a Manuel Camacho, Ricardo Monreal y Arturo Núñez, y que ellos decidan, sin necesidad de electores, quién debe ser el próximo Presidente de la República.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
Reforma
17 de julio de 2006
"Lo que es de extrema importancia en la guerra es atacar la estrategia del enemigo."
Sun Tzu
Sun Tzu
Andrés Manuel López Obrador estaba, sin duda, seguro de ganar las elecciones de este pasado 2 de julio. Estaba convencido de que las encuestas que lo colocaban en un empate con el candidato del PAN, Felipe Calderón, estaban “cuchareadas”. Tenía una enorme fe en lo que le habían dicho sus asesores: que un gran porcentaje de los electores no le decía a los encuestadores por quién votaría, pero que al final sufragaría por él.
En el muy improbable caso de que perdiera, sin embargo, López Obrador sabía que no reconocería la validez de la elección. Desde hace mucho tiempo empezó a preparar el terreno para ello. La estrategia era clara.
Por esa razón, los legisladores de López Obrador se negaron a llegar a un acuerdo con los demás partidos y obligaron a que los consejeros del IFE fueran electos sin su voto: el primer paso para desconocer el resultado es, por supuesto, cuestionar la legitimidad del árbitro.
Por eso el desacato que llevó al desafuero fue presentado no como el caso judicial menor que siempre fue -el cual sólo se convirtió en una amenaza para las posibilidades de Andrés Manuel para postularse como candidato gracias a su propio descuido jurídico y al de sus abogados-, sino como un magno complot destinado a impedirle el paso a la Presidencia.
Por eso en todo el proceso, antes de que se sufragara el primer voto, López Obrador habló siempre de la “elección de Estado” y del fraude que se maquinaba en su contra. De esta manera, desde un principio el candidato se vacunó contra esa improbable derrota.
Ante el resultado de la votación del 2 de julio, López Obrador se encuentra ya inmerso en el inevitable siguiente paso de su estrategia. Lo que parecía imposible ha ocurrido: el candidato de la alianza Por el Bien de Todos no obtuvo la victoria en el conteo de los votos. Por eso ahora hay que descalificar el proceso: cuestionar el fraude, ese fraude tan gigantesco que se compara sólo con el de 1988. Empieza así la fase de resistencia civil delineada desde un principio en caso de derrota.
Las manifestaciones y concentraciones son una muestra del poder de López Obrador. Constituyen una forma de decir a los ciudadanos, a las autoridades y a los magistrados del Tribunal Electoral que el País no gozará de calma o estabilidad mientras no se ceda a su pretensión y se le haga Presidente de la República. La estrategia no es nueva. Con este tipo de movilizaciones, tras la elección de Tabasco de 1994, López Obrador consiguió convertirse en figura nacional y comenzó su camino a la Presidencia.
Desafortunadamente, vivimos en un país en el que las autoridades han acostumbrado a los grupos de presión a que todo se les dará si hacen suficiente ruido. Los incentivos para hacer grandes manifestaciones, plantones y bloqueos se vuelven así enormes. Las autoridades siempre tienen miedo de actuar a favor de la sociedad. Los grupos de protesta son muy hábiles para conseguir mártires que después se convierten en causas célebres. Los burócratas que detentan el poder en nuestro país prefieren permitir que la sociedad se convierta en rehén antes que enfrentar a los grupos de presión dispuestos a todo para conseguir lo que quieren.
Tenemos como ejemplo muy reciente el caso del desafuero. Había en este caso un desacato real a la orden de un juez. López Obrador consiguió convertir esta falta suya en una bandera política que le permitió consolidar su respaldo dentro de la izquierda y asegurar su postulación como candidato a la Presidencia ante el débil reto que presentaba Cuauhtémoc Cárdenas. Al final, el gobierno del Presidente Fox, temeroso de la creciente popularidad que el proceso de desafuero le había dado a López Obrador, prefirió sacrificar a su Procurador, Rafael Macedo de la Concha, y designar a uno nuevo, Daniel Cabeza de Vaca, quien entró al cargo con la orden de no proceder en contra del líder político ya desaforado como jefe de Gobierno del Distrito Federal.
La estrategia de confrontación es la misma en el caso de la elección. No importa en realidad si se puede o no probar ese presunto fraude que opacaría al del 88. Lo importante es presentar a López Obrador como una víctima y unir a la izquierda en torno suyo. No se requiere mucho esfuerzo. Casi 15 millones de mexicanos votaron por Andrés Manuel. Pero con 150 mil se puede llenar el Zócalo de la Ciudad de México.
La gran víctima de toda esta estrategia, sin embargo, puede ser la democracia. ¿De qué nos sirve tener un sistema electoral tan caro y con tantas salvaguardas si la segunda vuelta de las elecciones se define al viejo estilo priista, con una confrontación de fuerzas? Para eso, mejor restablezcamos la vieja Comisión Federal Electoral bajo la presidencia de Manuel Bartlett. Nombremos como comisionados a Manuel Camacho, Ricardo Monreal y Arturo Núñez, y que ellos decidan, sin necesidad de electores, quién debe ser el próximo Presidente de la República.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
Sin el mar
Germán Dehesa
Reforma
17 de julio de 2006
CHÁCHARA DOMINICAL: Todavía no me repongo. Una cosa es despertar y ver el mar de Cancún y otra, muy otra, es despertar y ver a la Capufe que, para colmo de males, está “sentida” conmigo y me mira con ojos de señora mexicana que lucha por resignarse a los abandonos y malos tratos de su futbolero cónyuge.
El viernes por la tarde regresé para descubrir que, tanto el aeropuerto de Cancún como ¡el de México!, parecen salidas del Metro o manifestaciones pro AMLO. Su Charro Negro con más de cinco personas se engenta y con estos alzamientos populares se frenetiza. Tan grave ha sido el trauma, que me he prometido no volver a pisar un aeropuerto meshica hasta que termine el verano. Como decía una tía mía muy propia: “una no tiene ninguna pinche necesidad”.
Regresé con el tiempo contado para dar una populosa función en mi nocturno lugar de trabajo. El sábado lo dediqué a la aclimatación y a la no necesariamente grata tarea de ponerme al día con respecto al mundo, al país, a mi ciudad y a mis amigos. Con respecto al país, he de decir que lo encuentro en vilo. Ni yo, ni nadie sabemos qué va a pasar en este cada vez más enredado litigio por la Presidencia de la República. Yo encuentro, aunque nadie me hace eco, varias mexicanísimas soluciones: a) un volado; b) la instalación de un ring en el Zócalo para que se enfrenten los dos candidatos y diriman a guantones el triunfo de uno u otro; c) que se vayan a tiros penales y d) que cada uno gobierne un semestre y se dejen de estar fregando. Por lo pronto, nadie le ha prestado oídos a estas prácticas soluciones y así llegamos a la megachorcha de hoy domingo.
Todos están de acuerdo en que la asistencia superó al millón, pero que en la próxima, citada para el día 30, va a haber más. Es posible, aunque yo no acabo de entender el valor democrático que pueda haber en este “echarle montón” al Trife cuando éste apenas comienza sus tareas de evaluación de las pasadas elecciones. Yo entendería estas movilizaciones después de que el Trife diera su veredicto y en él mostrara de manera flagrante su parcialidad y/o ineficiencia. Hacerlo antes lo único que revela es que AMLO quiere tronar esta elección y esperar, cuéstele lo que le cueste al país, una segunda oportunidad. Me imagino lo que me van a decir, pero de ningún modo acepto, avalo o apoyo este peligroso juego del candidato del PRD (por cierto, ¿alguien ha visto al PRD?) en el que entra y sale de la legalidad con su desfachatez habitual.
En la parte medular de su “informe” de hoy, AMLO exige e iza como pendón personal el valor de la transparencia. Es a nombre de ella que demanda un nuevo conteo “casilla por casilla y voto por voto”. Dejando de lado la ofensa frontal que esto implica para un millón de ciudadanos que atendieron las casillas y que contaron voto por voto, me detengo en el asunto de la transparencia. Me parece que en esto y sin ánimo de ofender, AMLO no tiene madre. ¿O acaso hubo transparencia o él la procuró en la actuación de Ponce y de Bejarano? Yo fui parte del comité honorario que él formó para que varios ciudadanos decentes supervisáramos los ingresos del GDF. Todo fue bien hasta que llegó el momento de pedir transparencia. Ahí se rompieron las comunicaciones y presentamos una renuncia que hasta hoy no ha tenido ni disculpa, ni respuesta. No hubo transparencia en los manejos del GDF y AMLO jamás permitió, so pretexto de que sería “crear más burocracia”, la instalación de un organismo que transparentara los manejos públicos. Y hoy, ¿este mismo señor viene a desatar sus angustias tropicales a nombre de la transparencia? Si ganó o perdió no lo sé, pero que no me venga con sus invocaciones a la transparencia.
[..]
german@plazadelangel.com.mx
Reforma
17 de julio de 2006
CHÁCHARA DOMINICAL: Todavía no me repongo. Una cosa es despertar y ver el mar de Cancún y otra, muy otra, es despertar y ver a la Capufe que, para colmo de males, está “sentida” conmigo y me mira con ojos de señora mexicana que lucha por resignarse a los abandonos y malos tratos de su futbolero cónyuge.
El viernes por la tarde regresé para descubrir que, tanto el aeropuerto de Cancún como ¡el de México!, parecen salidas del Metro o manifestaciones pro AMLO. Su Charro Negro con más de cinco personas se engenta y con estos alzamientos populares se frenetiza. Tan grave ha sido el trauma, que me he prometido no volver a pisar un aeropuerto meshica hasta que termine el verano. Como decía una tía mía muy propia: “una no tiene ninguna pinche necesidad”.
Regresé con el tiempo contado para dar una populosa función en mi nocturno lugar de trabajo. El sábado lo dediqué a la aclimatación y a la no necesariamente grata tarea de ponerme al día con respecto al mundo, al país, a mi ciudad y a mis amigos. Con respecto al país, he de decir que lo encuentro en vilo. Ni yo, ni nadie sabemos qué va a pasar en este cada vez más enredado litigio por la Presidencia de la República. Yo encuentro, aunque nadie me hace eco, varias mexicanísimas soluciones: a) un volado; b) la instalación de un ring en el Zócalo para que se enfrenten los dos candidatos y diriman a guantones el triunfo de uno u otro; c) que se vayan a tiros penales y d) que cada uno gobierne un semestre y se dejen de estar fregando. Por lo pronto, nadie le ha prestado oídos a estas prácticas soluciones y así llegamos a la megachorcha de hoy domingo.
Todos están de acuerdo en que la asistencia superó al millón, pero que en la próxima, citada para el día 30, va a haber más. Es posible, aunque yo no acabo de entender el valor democrático que pueda haber en este “echarle montón” al Trife cuando éste apenas comienza sus tareas de evaluación de las pasadas elecciones. Yo entendería estas movilizaciones después de que el Trife diera su veredicto y en él mostrara de manera flagrante su parcialidad y/o ineficiencia. Hacerlo antes lo único que revela es que AMLO quiere tronar esta elección y esperar, cuéstele lo que le cueste al país, una segunda oportunidad. Me imagino lo que me van a decir, pero de ningún modo acepto, avalo o apoyo este peligroso juego del candidato del PRD (por cierto, ¿alguien ha visto al PRD?) en el que entra y sale de la legalidad con su desfachatez habitual.
En la parte medular de su “informe” de hoy, AMLO exige e iza como pendón personal el valor de la transparencia. Es a nombre de ella que demanda un nuevo conteo “casilla por casilla y voto por voto”. Dejando de lado la ofensa frontal que esto implica para un millón de ciudadanos que atendieron las casillas y que contaron voto por voto, me detengo en el asunto de la transparencia. Me parece que en esto y sin ánimo de ofender, AMLO no tiene madre. ¿O acaso hubo transparencia o él la procuró en la actuación de Ponce y de Bejarano? Yo fui parte del comité honorario que él formó para que varios ciudadanos decentes supervisáramos los ingresos del GDF. Todo fue bien hasta que llegó el momento de pedir transparencia. Ahí se rompieron las comunicaciones y presentamos una renuncia que hasta hoy no ha tenido ni disculpa, ni respuesta. No hubo transparencia en los manejos del GDF y AMLO jamás permitió, so pretexto de que sería “crear más burocracia”, la instalación de un organismo que transparentara los manejos públicos. Y hoy, ¿este mismo señor viene a desatar sus angustias tropicales a nombre de la transparencia? Si ganó o perdió no lo sé, pero que no me venga con sus invocaciones a la transparencia.
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german@plazadelangel.com.mx
El traje del Caudillo
Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma
17 de julio de 2006
En una comarca mexicana apareció un Gran Caudillo tan aficionado a las intrigas que nada veía que no formara parte de una vastísima conspiración. Al momento que sus párpados se abrían, desfilaban ante sus ojos intrigantes tramando la siguiente puñalada. El paisaje de su mirada era un cuento sencillo y comprensible. No era necesario mucho esfuerzo para entender su fábula. El Bien había encarnado en él, el gran hombre de la esperanza. Era un hombre que no dejaba de divulgar su evangelio. El Mal, por el contrario, se escondía entre los árboles, bajo la tierra, en las nubes. El mal podía estar en todos lados. Hasta la sopa que bebía el gran hombre podía estar envenenada. Nadie más que el Caudillo podía detectar la sombra maligna. Por ello los habitantes de ese reino entregaron su inteligencia al Gran Caudillo. Podían dudar de sus ojos y de sí mismos pero nunca del Virtuoso. Ellos podrían equivocarse. Él no.
La Verdad y la Justicia eran los reinos exclusivos del Gran Caudillo. De su convicción manaba la Realidad. Nada sucedía realmente sin su Testimonio. La lluvia empezaba a mojar en el momento en que el Gran Caudillo sacaba su paraguas. Mientras eso no ocurría, el agua que caía era un engaño orquestado por los malignos. Por eso los súbditos del Caudillo decidieron deshacerse de todos los instrumentos de la vieja objetividad. Una tarde todos los habitantes de aquel reino quemaron los relojes en la plaza central. Habían llegado a la conclusión de que los instrumentos de las manecillas estaban infectados. Que todas las horas contengan la misma cantidad de segundos era una treta. Nos engaña quien pretende contar de igual modo las horas felices y las horas tristes. Es un fraude darle el mismo valor al tiempo de la esperanza que al tiempo del miedo. El día, las semanas, las estaciones se midieron desde ese momento con un instrumento que divulgaba el compás emocional del Buen Hombre. Si el amado líder estaba contento, las horas de todo el reino acompañarían su dicha. Si se entristecía, el reloj colectivo se adheriría a su aflicción. Lo mismo sucedió con el resto de los dispositivos de la medición. Condenados como mecanismos sospechosos, el reino se deshizo de las reglas, los termómetros, los censos y las siniestras estadísticas. La suposición del Gran Caudillo era infinitamente más confiable que cualquier dato. Por eso se puso a la venta la biblioteca del reino y se colocó en su lugar el archivo de las opiniones del Caudillo. Los súbditos del reino adoraban esa colección de ocurrencias diarias como el santuario de la moral pública.
Lo mismo podría decirse de las reglas. Las viejas normas del reino resultaron obsoletas: el abrigo de los privilegiados. Lo debido era lo hecho por el Caudillo. Lo indebido, aquello que condenaba el Gran Hombre. En el palacio de gobierno se inscribió esta frase sentenciosa: "El respeto a los principios del Gran Hombre es la paz". En otras palabras, quien no se atiene a los deseos del Caudillo llama a guerra civil. Por cierto, el nuevo estatuto del reino resultó rentable: los jueces y legisladores decidieron voluntariamente abstenerse de declarar la reglas del lugar. La ley sería simplemente la voz del Caudillo. El parlamento cerró sus puertas. Los jueces se fueron de vacaciones permanentes.
De ese modo, quien quisiera conocer las ordenanzas del reino, tendría que codificar el pontificado personal del Caudillo. El investigador interesado en saber cuántos habitantes vivían en el reino acudía al dicho más reciente del Caudillo. Si alguien quería averiguar lo que había sucedido recientemente en algún paraje distante, habría de consultar la opinión del incorruptible. Los certificados, las pruebas, los testimonios eran totalmente irrelevantes para la constatación de la verdad. Es más, todos esos certificados resultaban engaños. Frente al fraude de lo visible, se imponía la convicción de un hombre. El Caudillo se convirtió en la única fuente de la verdad.
Ahí empezó la decadencia del feliz reino. El Caudillo amante de las intrigas empezó a ver conspiraciones en su antesala. Primero fue un hombre que se atrevió a sacar su paraguas cuando sintió gotas de lluvia en su cabeza. Admiraba y quería al Caudillo, pero un día se distrajo, sintió que lo mojaba el agua y abrió la pantalla. ¡Herejía inadmisible! El Caudillo no había decretado la existencia oficial del aguacero, por lo que la sombrilla resultaba abiertamente insurreccional. El hombre del paraguas fue condenado como traidor. Se le acusó de venderse a los malignos y de pasar al territorio enemigo. Fue fusilado. El fusilamiento sirvió de advertencia. En temporada de tempestades todos salieron a demostrar que el sol radiaba. Ostentaban su lealtad con sus cuerpos empapados. Pero a las siguientes lloviznas los paseantes empezaron a sacar sus paraguas sin esperar el permiso oficial. El Caudillo empezó a quedarse solo, rodeado de fanáticos cada vez más vehementes. Los súbditos se atrevieron a abrir los ojos y empezaron a recuperar el uso de su inteligencia. El Caudillo no sobrevivió el momento en que la razón regresó a la cabeza de sus seguidores.
En su fundación, el reino había mirado hacia la colina de la izquierda. Defendía la igualdad, la racionalidad, la legalidad. Los delirios conspiratorios del Caudillo llevaron a ese reino al extremo contrario: a la promoción fanática de un elegido, a la fascinación por un mito que no se interesa en la verdad y al imperio del chantaje. Hubo que esperar al primer súbdito para que el grito cundiera: el Caudillo está desnudo.
Reforma
17 de julio de 2006
En una comarca mexicana apareció un Gran Caudillo tan aficionado a las intrigas que nada veía que no formara parte de una vastísima conspiración. Al momento que sus párpados se abrían, desfilaban ante sus ojos intrigantes tramando la siguiente puñalada. El paisaje de su mirada era un cuento sencillo y comprensible. No era necesario mucho esfuerzo para entender su fábula. El Bien había encarnado en él, el gran hombre de la esperanza. Era un hombre que no dejaba de divulgar su evangelio. El Mal, por el contrario, se escondía entre los árboles, bajo la tierra, en las nubes. El mal podía estar en todos lados. Hasta la sopa que bebía el gran hombre podía estar envenenada. Nadie más que el Caudillo podía detectar la sombra maligna. Por ello los habitantes de ese reino entregaron su inteligencia al Gran Caudillo. Podían dudar de sus ojos y de sí mismos pero nunca del Virtuoso. Ellos podrían equivocarse. Él no.
La Verdad y la Justicia eran los reinos exclusivos del Gran Caudillo. De su convicción manaba la Realidad. Nada sucedía realmente sin su Testimonio. La lluvia empezaba a mojar en el momento en que el Gran Caudillo sacaba su paraguas. Mientras eso no ocurría, el agua que caía era un engaño orquestado por los malignos. Por eso los súbditos del Caudillo decidieron deshacerse de todos los instrumentos de la vieja objetividad. Una tarde todos los habitantes de aquel reino quemaron los relojes en la plaza central. Habían llegado a la conclusión de que los instrumentos de las manecillas estaban infectados. Que todas las horas contengan la misma cantidad de segundos era una treta. Nos engaña quien pretende contar de igual modo las horas felices y las horas tristes. Es un fraude darle el mismo valor al tiempo de la esperanza que al tiempo del miedo. El día, las semanas, las estaciones se midieron desde ese momento con un instrumento que divulgaba el compás emocional del Buen Hombre. Si el amado líder estaba contento, las horas de todo el reino acompañarían su dicha. Si se entristecía, el reloj colectivo se adheriría a su aflicción. Lo mismo sucedió con el resto de los dispositivos de la medición. Condenados como mecanismos sospechosos, el reino se deshizo de las reglas, los termómetros, los censos y las siniestras estadísticas. La suposición del Gran Caudillo era infinitamente más confiable que cualquier dato. Por eso se puso a la venta la biblioteca del reino y se colocó en su lugar el archivo de las opiniones del Caudillo. Los súbditos del reino adoraban esa colección de ocurrencias diarias como el santuario de la moral pública.
Lo mismo podría decirse de las reglas. Las viejas normas del reino resultaron obsoletas: el abrigo de los privilegiados. Lo debido era lo hecho por el Caudillo. Lo indebido, aquello que condenaba el Gran Hombre. En el palacio de gobierno se inscribió esta frase sentenciosa: "El respeto a los principios del Gran Hombre es la paz". En otras palabras, quien no se atiene a los deseos del Caudillo llama a guerra civil. Por cierto, el nuevo estatuto del reino resultó rentable: los jueces y legisladores decidieron voluntariamente abstenerse de declarar la reglas del lugar. La ley sería simplemente la voz del Caudillo. El parlamento cerró sus puertas. Los jueces se fueron de vacaciones permanentes.
De ese modo, quien quisiera conocer las ordenanzas del reino, tendría que codificar el pontificado personal del Caudillo. El investigador interesado en saber cuántos habitantes vivían en el reino acudía al dicho más reciente del Caudillo. Si alguien quería averiguar lo que había sucedido recientemente en algún paraje distante, habría de consultar la opinión del incorruptible. Los certificados, las pruebas, los testimonios eran totalmente irrelevantes para la constatación de la verdad. Es más, todos esos certificados resultaban engaños. Frente al fraude de lo visible, se imponía la convicción de un hombre. El Caudillo se convirtió en la única fuente de la verdad.
Ahí empezó la decadencia del feliz reino. El Caudillo amante de las intrigas empezó a ver conspiraciones en su antesala. Primero fue un hombre que se atrevió a sacar su paraguas cuando sintió gotas de lluvia en su cabeza. Admiraba y quería al Caudillo, pero un día se distrajo, sintió que lo mojaba el agua y abrió la pantalla. ¡Herejía inadmisible! El Caudillo no había decretado la existencia oficial del aguacero, por lo que la sombrilla resultaba abiertamente insurreccional. El hombre del paraguas fue condenado como traidor. Se le acusó de venderse a los malignos y de pasar al territorio enemigo. Fue fusilado. El fusilamiento sirvió de advertencia. En temporada de tempestades todos salieron a demostrar que el sol radiaba. Ostentaban su lealtad con sus cuerpos empapados. Pero a las siguientes lloviznas los paseantes empezaron a sacar sus paraguas sin esperar el permiso oficial. El Caudillo empezó a quedarse solo, rodeado de fanáticos cada vez más vehementes. Los súbditos se atrevieron a abrir los ojos y empezaron a recuperar el uso de su inteligencia. El Caudillo no sobrevivió el momento en que la razón regresó a la cabeza de sus seguidores.
En su fundación, el reino había mirado hacia la colina de la izquierda. Defendía la igualdad, la racionalidad, la legalidad. Los delirios conspiratorios del Caudillo llevaron a ese reino al extremo contrario: a la promoción fanática de un elegido, a la fascinación por un mito que no se interesa en la verdad y al imperio del chantaje. Hubo que esperar al primer súbdito para que el grito cundiera: el Caudillo está desnudo.
El cabezazo
Denise Dresser
Reforma
17 de julio de 2006
"¿Por qué, por qué, por qué?", gritó un comentarista francés ante el cabezazo estremecedor de Zinedine Zidane, en los últimos minutos del juego que su equipo finalmente perdió. "¿Por qué, por qué, por qué?", deberían gritar quienes apoyan a Andrés Manuel López Obrador ante el cabezazo que le está dando a su causa. Zozobra, desconcierto, daño a la izquierda en cuya cancha tan bien jugó. Eso es lo que produce AMLO al exigir un recuento y al mismo tiempo, negarse a reconocer sus resultados. Ésa es la confusión que crea alguien que rechaza la anulación de la elección, pero hace todo para provocarla. Ése es el rechazo que produce un hombre que no quería ser clasificado como un peligro, y ahora se empeña en constatar que lo es.
En momentos definitorios es crucial que los grandes jugadores no pierdan la cabeza y AMLO parece no controlar la suya. Inconsistencia tras inconsistencia, contradicción tras contradicción, López Obrador parece estar haciendo todo para arruinar su propia reputación. Allí va, en los últimos minutos del juego, dándole a sus adversarios todos los argumentos para que lo saquen del partido. Actuando de maneras que ameritan una tarjeta roja. Volteando a un cada vez mayor número de espectadores en su contra. Evidenciando que muchos jugadores tenían buenos motivos para desconfiar de él. Dándole la razón, cabezazo tras cabezazo, a todos sus enemigos. El dios del equipo convertido en un simple mortal.
Como Zidane, AMLO dirá que no ha tenido más remedio que responder a las provocaciones. Y claro que las hubo. Una después de otra y no hay necesidad de contratar a un especialista, capaz de leer labios, para descifrar su intención. El desafuero y la campaña multimillonaria de Vicente Fox y la guerra sucia y la compra de publicidad por el Consejo Coordinador Empresarial y la conducta criticable de Luis Carlos Ugalde y la parcialidad de los medios y la cerrazón de filas alrededor de Felipe Calderón. Pero ése fue el terreno de juego en el que Andrés Manuel aceptó jugar desde hace años. Allí se convirtió en uno de los jugadores más valiosos del PRD y hoy ha contribuido a su expansión. Allí armó jugadas ganadoras, metió goles célebres, se convirtió en la estrella de la izquierda nacional. Llegó a la final y tenía todo para ganarla, quizás incluso en tiempos extras.
Por eso resulta tan sorprendente su autosabotaje actual, su cabezazo frontal. Con él, ha transformado una impugnación legítima en una batalla política que no lo es. Con él, ha sustituido la lógica de sus acciones con la vehemencia de sus emociones. Porque no tiene sentido exigir el recuento voto por voto y -al mismo tiempo- negar sus resultados. Porque no tiene sentido demandar la transparencia y -al mismo tiempo- argumentar que nunca ha existido. Porque no tiene sentido denunciar la ilegalidad de la contienda y -al mismo tiempo- aceptar los avances del PRD en ella. Porque no tiene sentido pedir que se examinen los votos de esta elección y -al mismo tiempo- sugerir que es necesario anularla. Porque no tiene sentido decir que llevará esto "hasta donde quiera la gente" -y al mismo tiempo- no confiar en la confirmación de su voto.
Paradójicamente, la mejor manera de lidiar con un jugador que cuestiona las reglas es usarlas para contenerlo. Por ello, México tendrá que recontar los votos para trascender la confusión que López Obrador ha logrado crear. El Trife tendrá que recontar los votos para evidenciar el objetivo del cabezazo que se empeña en dar. Ante la ambigüedad de AMLO va a ser necesaria la claridad del electorado. Ante la cabeza caliente de AMLO va a ser necesaria la frialdad de los datos duros. Ante las acusaciones de fraude va a ser necesaria la certeza de que en realidad no lo hubo. La transparencia total no como concesión, sino como muro de contención. La rendición absoluta de cuentas no para darle a López Obrador lo que quiere, sino para impedir que lo obtenga con otros métodos. La ruta institucional para el hombre que se empeña en cuestionarla cada medio tiempo. Los postes de la portería colocados con firmeza ante alguien quiere moverlos en cada torneo.
El recuento para evidenciar la desmesura y elevar los costos de su seguir incurriendo en ella. Porque si AMLO pierde el recuento ya no podría seguir jugando. Ya no podría seguir cabeceando. Una gran parte del estadio se pondría de pie para exigir que fuera enviado a la banca y tendría que resignarse a lanzar consignas desde allí. Pero muchos miembros del establishment político y económico del país no lo entienden. Creen que para lidiar con López Obrador basta con odiarlo. Creen que al presentar la elección como un caso cerrado, debilitan la posición de AMLO cuando contribuyen a lo contrario. Su resistencia al recuento alimenta la percepción de que el fraude masivo ocurrió, aunque hoy no hay evidencia para comprobar que fuera así. Miles de mexicanos están marchando porque las élites del país insisten en darles motivos para hacerlo.
Cada vez que Vicente Fox argumenta que quienes votaron por López Obrador son "renegados" ayuda a crearlos. Cada vez que las cúpulas empresariales exigen el silbatazo para darle fin al partido, evidencian todas las jugadas que -como el Juventus italiano- financiaron. Cada vez que Calderón habla de su gabinete y actúa como ganador incuestionable, enoja a quienes no creen que lo es. Cada vez que el panista asegura que "no es posible legalmente" volver a examinar los votos, sugiere que tiene algún motivo para esconderlos. Cada vez que el presidente del IFE asume posiciones que ponen en tela de juicio su neutralidad, le da argumentos a quienes creen que nunca la tuvo. Acción tras acción, los adversarios de AMLO vuelven mártir a un hombre que, a cabezazos, dobla las reglas del deporte que aceptó respetar.
El jugador que rehusaba ser peligroso, pero que actualmente se comporta así. El que no sabe lo que quiere y todavía se lo pregunta: ¿Anular o recontar? ¿Incendiar al país o gobernarlo algún día? ¿Ser mártir asegurado o Presidente posible? ¿Aceptar lo que diga el árbitro o destruir el estadio? Ahora enfrenta la próxima jugada después de promover varias que van en contra del equipo nacional. AMLO no puede descalificar todo el juego y también insistir en que lo ganó. No puede exigir el recuento y también sugerir que no lo respetará. No puede seguir dando cabezazos y pretender que no se merece una tarjeta roja. Como escribió otro periodista francés ante la actitud ignominiosa de Zidane: "No importa cuán bella sea la actuación de un jugador; nada puede justificar el surgimiento de la bestia que lleva dentro".
Reforma
17 de julio de 2006
"¿Por qué, por qué, por qué?", gritó un comentarista francés ante el cabezazo estremecedor de Zinedine Zidane, en los últimos minutos del juego que su equipo finalmente perdió. "¿Por qué, por qué, por qué?", deberían gritar quienes apoyan a Andrés Manuel López Obrador ante el cabezazo que le está dando a su causa. Zozobra, desconcierto, daño a la izquierda en cuya cancha tan bien jugó. Eso es lo que produce AMLO al exigir un recuento y al mismo tiempo, negarse a reconocer sus resultados. Ésa es la confusión que crea alguien que rechaza la anulación de la elección, pero hace todo para provocarla. Ése es el rechazo que produce un hombre que no quería ser clasificado como un peligro, y ahora se empeña en constatar que lo es.
En momentos definitorios es crucial que los grandes jugadores no pierdan la cabeza y AMLO parece no controlar la suya. Inconsistencia tras inconsistencia, contradicción tras contradicción, López Obrador parece estar haciendo todo para arruinar su propia reputación. Allí va, en los últimos minutos del juego, dándole a sus adversarios todos los argumentos para que lo saquen del partido. Actuando de maneras que ameritan una tarjeta roja. Volteando a un cada vez mayor número de espectadores en su contra. Evidenciando que muchos jugadores tenían buenos motivos para desconfiar de él. Dándole la razón, cabezazo tras cabezazo, a todos sus enemigos. El dios del equipo convertido en un simple mortal.
Como Zidane, AMLO dirá que no ha tenido más remedio que responder a las provocaciones. Y claro que las hubo. Una después de otra y no hay necesidad de contratar a un especialista, capaz de leer labios, para descifrar su intención. El desafuero y la campaña multimillonaria de Vicente Fox y la guerra sucia y la compra de publicidad por el Consejo Coordinador Empresarial y la conducta criticable de Luis Carlos Ugalde y la parcialidad de los medios y la cerrazón de filas alrededor de Felipe Calderón. Pero ése fue el terreno de juego en el que Andrés Manuel aceptó jugar desde hace años. Allí se convirtió en uno de los jugadores más valiosos del PRD y hoy ha contribuido a su expansión. Allí armó jugadas ganadoras, metió goles célebres, se convirtió en la estrella de la izquierda nacional. Llegó a la final y tenía todo para ganarla, quizás incluso en tiempos extras.
Por eso resulta tan sorprendente su autosabotaje actual, su cabezazo frontal. Con él, ha transformado una impugnación legítima en una batalla política que no lo es. Con él, ha sustituido la lógica de sus acciones con la vehemencia de sus emociones. Porque no tiene sentido exigir el recuento voto por voto y -al mismo tiempo- negar sus resultados. Porque no tiene sentido demandar la transparencia y -al mismo tiempo- argumentar que nunca ha existido. Porque no tiene sentido denunciar la ilegalidad de la contienda y -al mismo tiempo- aceptar los avances del PRD en ella. Porque no tiene sentido pedir que se examinen los votos de esta elección y -al mismo tiempo- sugerir que es necesario anularla. Porque no tiene sentido decir que llevará esto "hasta donde quiera la gente" -y al mismo tiempo- no confiar en la confirmación de su voto.
Paradójicamente, la mejor manera de lidiar con un jugador que cuestiona las reglas es usarlas para contenerlo. Por ello, México tendrá que recontar los votos para trascender la confusión que López Obrador ha logrado crear. El Trife tendrá que recontar los votos para evidenciar el objetivo del cabezazo que se empeña en dar. Ante la ambigüedad de AMLO va a ser necesaria la claridad del electorado. Ante la cabeza caliente de AMLO va a ser necesaria la frialdad de los datos duros. Ante las acusaciones de fraude va a ser necesaria la certeza de que en realidad no lo hubo. La transparencia total no como concesión, sino como muro de contención. La rendición absoluta de cuentas no para darle a López Obrador lo que quiere, sino para impedir que lo obtenga con otros métodos. La ruta institucional para el hombre que se empeña en cuestionarla cada medio tiempo. Los postes de la portería colocados con firmeza ante alguien quiere moverlos en cada torneo.
El recuento para evidenciar la desmesura y elevar los costos de su seguir incurriendo en ella. Porque si AMLO pierde el recuento ya no podría seguir jugando. Ya no podría seguir cabeceando. Una gran parte del estadio se pondría de pie para exigir que fuera enviado a la banca y tendría que resignarse a lanzar consignas desde allí. Pero muchos miembros del establishment político y económico del país no lo entienden. Creen que para lidiar con López Obrador basta con odiarlo. Creen que al presentar la elección como un caso cerrado, debilitan la posición de AMLO cuando contribuyen a lo contrario. Su resistencia al recuento alimenta la percepción de que el fraude masivo ocurrió, aunque hoy no hay evidencia para comprobar que fuera así. Miles de mexicanos están marchando porque las élites del país insisten en darles motivos para hacerlo.
Cada vez que Vicente Fox argumenta que quienes votaron por López Obrador son "renegados" ayuda a crearlos. Cada vez que las cúpulas empresariales exigen el silbatazo para darle fin al partido, evidencian todas las jugadas que -como el Juventus italiano- financiaron. Cada vez que Calderón habla de su gabinete y actúa como ganador incuestionable, enoja a quienes no creen que lo es. Cada vez que el panista asegura que "no es posible legalmente" volver a examinar los votos, sugiere que tiene algún motivo para esconderlos. Cada vez que el presidente del IFE asume posiciones que ponen en tela de juicio su neutralidad, le da argumentos a quienes creen que nunca la tuvo. Acción tras acción, los adversarios de AMLO vuelven mártir a un hombre que, a cabezazos, dobla las reglas del deporte que aceptó respetar.
El jugador que rehusaba ser peligroso, pero que actualmente se comporta así. El que no sabe lo que quiere y todavía se lo pregunta: ¿Anular o recontar? ¿Incendiar al país o gobernarlo algún día? ¿Ser mártir asegurado o Presidente posible? ¿Aceptar lo que diga el árbitro o destruir el estadio? Ahora enfrenta la próxima jugada después de promover varias que van en contra del equipo nacional. AMLO no puede descalificar todo el juego y también insistir en que lo ganó. No puede exigir el recuento y también sugerir que no lo respetará. No puede seguir dando cabezazos y pretender que no se merece una tarjeta roja. Como escribió otro periodista francés ante la actitud ignominiosa de Zidane: "No importa cuán bella sea la actuación de un jugador; nada puede justificar el surgimiento de la bestia que lleva dentro".
En vilo
María Amparo Casar
Reforma
17 de julio de 2006
Contrario a lo que debería suceder en una democracia consolidada, a 15 días de celebradas las elecciones los mexicanos tenemos más incógnitas que certezas. En realidad la única certeza que tenemos es que los cómputos distritales señalan a Calderón como el candidato que recibió la mayoría de los votos. En contraste, no sabemos quién será Presidente, no sabemos si el candidato perdedor aceptará el veredicto del Tribunal, no sabemos siquiera si el 6 de septiembre tendremos Presidente electo.
Y no lo sabemos por una sola razón. Porque el candidato que hasta el momento tiene menos votos insiste en comprometerse con su verdad, con sus principios, con sus convicciones y con su "dignidad", pero no con las instituciones ni con la legalidad.
A 15 días de la elección la presencia mediática más cuantiosa ha sido la de López Obrador. Con la habilidad indiscutible que ha mostrado en el pasado, una vez más está fijando la agenda. Una vez más tiene al país en vilo. Una vez más pone las cosas de tal manera que la única solución posible le sea favorable.
Además de sus dos "asambleas informativas" ha dado un sinnúmero de entrevistas y declaraciones que sus aliados y adversarios hurgan para saber a qué atenerse, para adivinar su ruta, para encontrar un norte. Hurgan esperanzados buscando una frase que brinde la tranquilidad de saber que, una vez agotadas todas las instancias, acatará el resultado. Cualquiera que éste sea.
Tengo para mí que no hay que buscar en sus dichos la respuesta. Que es ocioso seguir analizando las palabras de López Obrador en el Zócalo o en sus entrevistas. Que buscar la verdad en sus declaraciones no tiene sentido. Hay que buscarla en sus acciones. Él ya apostó y apostó por la anulación de la elección. No fue una estrategia de última hora. Hace tiempo que sembró y abonó el terreno para ello. Hace tiempo nos lo dijo: si gano lo hice a contracorriente; a pesar de las trampas, las inequidades, las autoridades, los poderosos, los medios, los ricos. Si el voto no me favorece hubo fraude.
Hasta el momento se ha anotado una victoria. Sembró la duda sobre las elecciones: sobre las autoridades que las organizaron y sobre los 900 mil ciudadanos que fungieron como funcionarios de casillas y contaron los votos. Con o sin fundamento legal, ha conseguido convencer a buena parte de la población de que no hay reclamo más democrático que contar voto por voto otra vez. Lo que no ha dicho es que el recuento no es su última carta. Lo que no ha dicho es que si se vuelve a contar se abren dos caminos igualmente peligrosos.
No sabemos qué hará el Tribunal pero sí cuál es el siguiente paso de López Obrador. Si el Tribunal accediera a volver a contar y el recuento no le diera el triunfo, le queda el recurso del fraude genérico. La elección no es válida porque al violarse los principios de "certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad", los resultados no son reflejo de la voluntad popular mayoritaria.
Si López Obrador gana el recuento de todas maneras tendríamos, en sus palabras, un Presidente espurio producto de unas elecciones fraudulentas.
Con sus acciones y declaraciones López Obrador ha metido en un brete a la nación. Al hablar de simulación electoral y fraude generalizado, al haber impugnado el proceso por la vía de la violación al libre ejercicio del voto, no queda más que anular las elecciones.
Lo que quiere es que el Tribunal se abstenga de hacer la declaración de validez de la elección y la declaratoria de Presidente electo y que se reponga el proceso. No quiere esperar seis años para volver a competir, pero está dispuesto a esperar poco menos de dos.
Que actúe de esta manera es perfectamente explicable y racional en términos de sus propios intereses y expectativas. Lo que es más difícil de explicar es por qué se lo permitimos. Lo que es más difícil de explicar es por qué seguimos pidiendo prudencia a quien la ha mostrado y no a quien se empecina en llevarnos al precipicio. Actuar con prudencia es actuar con cautela y moderación, con sensatez y buen juicio. Estas actitudes han sobrado de un lado y faltado del otro. Detrás del llamado a la prudencia a todos menos a él hay una constante: no le demos pretexto a López Obrador. Pero que no ha quedado claro. No necesita excusas. Ya las tiene. Las ha revelado día con día. Nos ha dicho con claridad y con todas sus letras lo que piensa, lo que quiere y lo que está dispuesto a hacer.
Desde luego hay dos Méxicos. El de los que creen en la legalidad y el de los que no creen en ella. El de los que defienden la institucionalidad y el de los que no lo hacen. El de los que están dispuestos a que su candidato gane o pierda si así lo decidieron los votantes y el de los que no.
Reforma
17 de julio de 2006
Contrario a lo que debería suceder en una democracia consolidada, a 15 días de celebradas las elecciones los mexicanos tenemos más incógnitas que certezas. En realidad la única certeza que tenemos es que los cómputos distritales señalan a Calderón como el candidato que recibió la mayoría de los votos. En contraste, no sabemos quién será Presidente, no sabemos si el candidato perdedor aceptará el veredicto del Tribunal, no sabemos siquiera si el 6 de septiembre tendremos Presidente electo.
Y no lo sabemos por una sola razón. Porque el candidato que hasta el momento tiene menos votos insiste en comprometerse con su verdad, con sus principios, con sus convicciones y con su "dignidad", pero no con las instituciones ni con la legalidad.
A 15 días de la elección la presencia mediática más cuantiosa ha sido la de López Obrador. Con la habilidad indiscutible que ha mostrado en el pasado, una vez más está fijando la agenda. Una vez más tiene al país en vilo. Una vez más pone las cosas de tal manera que la única solución posible le sea favorable.
Además de sus dos "asambleas informativas" ha dado un sinnúmero de entrevistas y declaraciones que sus aliados y adversarios hurgan para saber a qué atenerse, para adivinar su ruta, para encontrar un norte. Hurgan esperanzados buscando una frase que brinde la tranquilidad de saber que, una vez agotadas todas las instancias, acatará el resultado. Cualquiera que éste sea.
Tengo para mí que no hay que buscar en sus dichos la respuesta. Que es ocioso seguir analizando las palabras de López Obrador en el Zócalo o en sus entrevistas. Que buscar la verdad en sus declaraciones no tiene sentido. Hay que buscarla en sus acciones. Él ya apostó y apostó por la anulación de la elección. No fue una estrategia de última hora. Hace tiempo que sembró y abonó el terreno para ello. Hace tiempo nos lo dijo: si gano lo hice a contracorriente; a pesar de las trampas, las inequidades, las autoridades, los poderosos, los medios, los ricos. Si el voto no me favorece hubo fraude.
Hasta el momento se ha anotado una victoria. Sembró la duda sobre las elecciones: sobre las autoridades que las organizaron y sobre los 900 mil ciudadanos que fungieron como funcionarios de casillas y contaron los votos. Con o sin fundamento legal, ha conseguido convencer a buena parte de la población de que no hay reclamo más democrático que contar voto por voto otra vez. Lo que no ha dicho es que el recuento no es su última carta. Lo que no ha dicho es que si se vuelve a contar se abren dos caminos igualmente peligrosos.
No sabemos qué hará el Tribunal pero sí cuál es el siguiente paso de López Obrador. Si el Tribunal accediera a volver a contar y el recuento no le diera el triunfo, le queda el recurso del fraude genérico. La elección no es válida porque al violarse los principios de "certeza, legalidad, independencia, imparcialidad y objetividad", los resultados no son reflejo de la voluntad popular mayoritaria.
Si López Obrador gana el recuento de todas maneras tendríamos, en sus palabras, un Presidente espurio producto de unas elecciones fraudulentas.
Con sus acciones y declaraciones López Obrador ha metido en un brete a la nación. Al hablar de simulación electoral y fraude generalizado, al haber impugnado el proceso por la vía de la violación al libre ejercicio del voto, no queda más que anular las elecciones.
Lo que quiere es que el Tribunal se abstenga de hacer la declaración de validez de la elección y la declaratoria de Presidente electo y que se reponga el proceso. No quiere esperar seis años para volver a competir, pero está dispuesto a esperar poco menos de dos.
Que actúe de esta manera es perfectamente explicable y racional en términos de sus propios intereses y expectativas. Lo que es más difícil de explicar es por qué se lo permitimos. Lo que es más difícil de explicar es por qué seguimos pidiendo prudencia a quien la ha mostrado y no a quien se empecina en llevarnos al precipicio. Actuar con prudencia es actuar con cautela y moderación, con sensatez y buen juicio. Estas actitudes han sobrado de un lado y faltado del otro. Detrás del llamado a la prudencia a todos menos a él hay una constante: no le demos pretexto a López Obrador. Pero que no ha quedado claro. No necesita excusas. Ya las tiene. Las ha revelado día con día. Nos ha dicho con claridad y con todas sus letras lo que piensa, lo que quiere y lo que está dispuesto a hacer.
Desde luego hay dos Méxicos. El de los que creen en la legalidad y el de los que no creen en ella. El de los que defienden la institucionalidad y el de los que no lo hacen. El de los que están dispuestos a que su candidato gane o pierda si así lo decidieron los votantes y el de los que no.
Un rosario de engaños
Pablo Hiriart
Crónica
17 de Julio de 2006
O le dan el triunfo a él, o no reconocerá a Felipe Calderón como Presidente.
La demanda de López Obrador, a estas alturas, ya no se soluciona con la apertura de casillas ni con el conteo voto por voto.
Es él o nadie.
El TRIFE tendría que decir que ganó López Obrador o que se anulan las elecciones. Sólo así va a estar contento.
Y si los magistrados del TRIFE se dejan amedrentar, veremos quién vuelve a votar en una elección en México.
Veremos quién le volverá a creer al IFE, si es que lo hacen a un lado por el chantaje de una marcha.
Para ganar elecciones, será más importante prepararse en el terreno de las manifestaciones poselectorales que para vencer democráticamente en las urnas.
A ver si se justifica que el Congreso asigne a los partidos y al sistema electoral en su conjunto presupuestos de más de mil millones de dólares anuales, como ocurre. ¿Para qué?
Ése es el objetivo de las movilizaciones de López Obrador:
Ganar la Presidencia con el golpe de las manifestaciones e imponerse sobre un país con instituciones democráticas quebradas.
Quebradas por él.
La dictadura de facto está a la vuelta de la esquina.
Todo lo que aquí habíamos apuntado de este personaje ha resultado cierto.
Y todo lo que habíamos dicho que iba a pasar, pasó.
Perdió las elecciones y no reconoció su derrota.
Exige que se vuelvan a contar los votos, uno por uno, pero sólo si gana él va a aceptar el resultado.
Mientras, presiona con manifestaciones en todo el país.
Lo puede hacer con cierta facilidad. Para mantener las movilizaciones y llenar el Zócalo del Distrito Federal se necesita dinero, mucho dinero, y organizaciones corporativas.
Dinero tienen, y de sobra. Organizaciones corporativas para traer gente, también tienen.
Los dictadores suelen hacer manifestaciones multitudinarias, acarrear gente para que los vitoree y con esas imágenes de cientos de miles en las calles le dicen al mundo que el pueblo está con ellos. Que ahí está la base de su legitimidad.
Nuestro aspirante a dictador lo hace a la perfección.
Ante las autoridades y ante las instituciones, amedrenta.
Así lo hizo como jefe de Gobierno. Así lo hace como candidato derrotado.
Busca doblegar por la vía del temor de los demás.
Ya demostró que para él amedrentar no es una táctica de su política. Amedrentar es la esencia de su política.
Y el método para confundir a la opinión pública es el engaño.
Con Joaquín López-Dóriga, el pasado martes en el Canal 2, dio a entender que si se abrían los paquetes iba a respetar el fallo del TRIFE.
El periodista le preguntó: ¿Por qué creerte esta vez que sí vas a acatar lo que diga el TRIFE, si cuando dijiste que ibas a acatar el del IFE lo descalificaste?
—Que no te quede duda, aunque sea mi palabra o sea, es mi palabra y a mí no me gusta mentir, o sea, tu puedes tener otra idea.
El viernes Carmen Aristegui en W Radio le preguntó lo mismo, y contestó que si se abren los paquetes “nos atenemos a los resultados”.
—¿Adversos incluso?—, le preguntó Aristegui.
—No quiero decir, eh, que yo acepte el resultado de la elección, me refiero en su contenido, en su esencia.
Aristegui trató de concretar:
—Te pregunto: gana Felipe voto por voto, ¿tú dices renuncio a impugnar esa presidencia que viene, no le llamaré espurio, no le haré la vida imposible?
—No, no, no. No digo eso—, contestó.
El jueves dijo en entrevista con La Jornada que “el domingo —es decir ayer—, vamos a demostrar que hubo falsificación masiva de actas”.
Aristegui le preguntó acerca de esa afirmación, AMLO contestó:
—Sí, vamos a presentar pruebas.
—Pero, ¿hay algún elemento para demostrar tal cosa?—, insistió la periodista.
—Sí, hasta...
—¿Falsificación masiva?
—Hasta donde tenemos posibilidad, no estamos hablando de falsificación masiva, estamos hablando de falsificación de datos, es decir, donde los datos no cuadran—, contestó.
Durante toda la semana López Obrador dijo y machacó que “no estamos pidiendo la nulidad de la elección presidencial.
¿Y qué dice el punto tres de las exigencias que planteó al TRIFE la coalición que lleva a López Obrador como candidato presidencial?
Dice, textualmente, que “no se declare válida la elección de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos y en consecuencia, no se emita la declaratoria de Presidente Electo”.
Con López Dóriga y con Aristegui sostuvo que “hay elementos de sobra para anular la elección presidencial”.
Le dijo a la conductora de W Radio: “lo de la apertura de paquetes después del cómputo, hay quienes sostienen que ésa es una causal de nulidad, o sea, para ese caso, de nulidad, hay elementos de sobra”.
Aristegui le explicó que esos paquetes se abrieron porque la coalición que encabeza López Obrador pidió al IFE documentación, como actas de incidencias, que estaban en los paquetes (circular 071 de la Dirección Ejecutiva de Organización Electoral), por lo que necesariamente se tuvieron que abrir para entregárselas.
Y preguntó: —¿Fue a petición de la coalición (la apertura de paquetes)?
—Es una circular administrativa, ése es el argumento, esto es una circular administrativa—, contestó.
—Pero, ¿lo pidió la coalición?
—Sí, pero yo te puedo pedir a ti, autoridad, de que cometas un ilícito, y no lo haces.
Esto es, la apertura de paquetes que hizo el IFE no fue para adulterar el resultado de la votación, sino para acceder a una solicitud de documentos que hizo el PRD.
Y lo que hizo el PRD fue ponerle una trampa al IFE para tener causales de nulidad ante la derrota de López Obrador en las urnas.
Engaños y más engaños.
Con López Dóriga se quejó de que tenía problemas de comunicación, y se pasó más de 20 minutos en El Noticiero del Canal 2 que tienen horario triple A.
Le dijo que había sido “agredido, muy agredido durante toda la campaña”, y con Carmen Aristegui se quejó de que “los medios nos cierran espacios”.
—¿Te han cerrado espacios?
—Sí, sí, sí, sí.
—¿Qué elementos tienes para decirlo?—, replicó la conductora.
—Pues me han cancelado entrevistas y una serie de cosas, no, hasta ahí me voy a quedar, nada más.
Eso dijo López Obrador en una extensa entrevista por W Radio.
Había estado con López Dóriga en red nacional de televisión.
También había estado con Víctor Trujillo.
Y con Javier Alatorre en el noticiario Hechos, que llega a todo el país y a buena parte de Estados Unidos.
Tenía un programa de media hora en el canal 13. Y esa media hora se repetía por la noche en el canal 7, también a todo el país.
“Tenemos un problema de comunicación... nos cierran espacios”.
Engañar y engañar.
“No hubo equidad. El candidato de la derecha gastó más de lo establecido por la ley”, dijo López Obrador.
Otro engaño. López Obrador fue el que pagó más spots de televisión: 10, 500 reportó el monitoreo final del IFE, sin contar sus programas diarios en Azteca.
López Obrador abrió la semana con lo que iba a ser un golpe espectacular: presentó un video en el que “probaba” la existencia de “urnas embarazadas”.
Otro engaño. Se trató de la corrección de una equivocación de quienes pusieron en la urna de Presidente los votos de Diputados.
El presidente de la casilla, por acuerdo de todos los representantes de los candidatos, depositó esos tres votos en la urna correcta y el hecho fue filmado.
Pero no fue sólo eso: al video le quitaron el sonido, en el que el presidente de la casilla contaba en voz alta uno-dos-tres.
Un engaño con alevosía y perversidad.
Cuando los reporteros le preguntaron qué había pasado con los representantes de casilla de su candidatura, ¿por qué no detectaron el “fraude”?
Contestó que muchos se habían vendido.
Engaños, engaños por demás verificables.
En el documento de más de 800 páginas que presentó con “pruebas” del fraude, vienen sus acusaciones contra Angélica Vale, Maribel Guardia, cantantes de corridos...
Engaños. Un rosario de engaños.
phiriart@cronica.com.mx
Crónica
17 de Julio de 2006
O le dan el triunfo a él, o no reconocerá a Felipe Calderón como Presidente.
La demanda de López Obrador, a estas alturas, ya no se soluciona con la apertura de casillas ni con el conteo voto por voto.
Es él o nadie.
El TRIFE tendría que decir que ganó López Obrador o que se anulan las elecciones. Sólo así va a estar contento.
Y si los magistrados del TRIFE se dejan amedrentar, veremos quién vuelve a votar en una elección en México.
Veremos quién le volverá a creer al IFE, si es que lo hacen a un lado por el chantaje de una marcha.
Para ganar elecciones, será más importante prepararse en el terreno de las manifestaciones poselectorales que para vencer democráticamente en las urnas.
A ver si se justifica que el Congreso asigne a los partidos y al sistema electoral en su conjunto presupuestos de más de mil millones de dólares anuales, como ocurre. ¿Para qué?
Ése es el objetivo de las movilizaciones de López Obrador:
Ganar la Presidencia con el golpe de las manifestaciones e imponerse sobre un país con instituciones democráticas quebradas.
Quebradas por él.
La dictadura de facto está a la vuelta de la esquina.
Todo lo que aquí habíamos apuntado de este personaje ha resultado cierto.
Y todo lo que habíamos dicho que iba a pasar, pasó.
Perdió las elecciones y no reconoció su derrota.
Exige que se vuelvan a contar los votos, uno por uno, pero sólo si gana él va a aceptar el resultado.
Mientras, presiona con manifestaciones en todo el país.
Lo puede hacer con cierta facilidad. Para mantener las movilizaciones y llenar el Zócalo del Distrito Federal se necesita dinero, mucho dinero, y organizaciones corporativas.
Dinero tienen, y de sobra. Organizaciones corporativas para traer gente, también tienen.
Los dictadores suelen hacer manifestaciones multitudinarias, acarrear gente para que los vitoree y con esas imágenes de cientos de miles en las calles le dicen al mundo que el pueblo está con ellos. Que ahí está la base de su legitimidad.
Nuestro aspirante a dictador lo hace a la perfección.
Ante las autoridades y ante las instituciones, amedrenta.
Así lo hizo como jefe de Gobierno. Así lo hace como candidato derrotado.
Busca doblegar por la vía del temor de los demás.
Ya demostró que para él amedrentar no es una táctica de su política. Amedrentar es la esencia de su política.
Y el método para confundir a la opinión pública es el engaño.
Con Joaquín López-Dóriga, el pasado martes en el Canal 2, dio a entender que si se abrían los paquetes iba a respetar el fallo del TRIFE.
El periodista le preguntó: ¿Por qué creerte esta vez que sí vas a acatar lo que diga el TRIFE, si cuando dijiste que ibas a acatar el del IFE lo descalificaste?
—Que no te quede duda, aunque sea mi palabra o sea, es mi palabra y a mí no me gusta mentir, o sea, tu puedes tener otra idea.
El viernes Carmen Aristegui en W Radio le preguntó lo mismo, y contestó que si se abren los paquetes “nos atenemos a los resultados”.
—¿Adversos incluso?—, le preguntó Aristegui.
—No quiero decir, eh, que yo acepte el resultado de la elección, me refiero en su contenido, en su esencia.
Aristegui trató de concretar:
—Te pregunto: gana Felipe voto por voto, ¿tú dices renuncio a impugnar esa presidencia que viene, no le llamaré espurio, no le haré la vida imposible?
—No, no, no. No digo eso—, contestó.
El jueves dijo en entrevista con La Jornada que “el domingo —es decir ayer—, vamos a demostrar que hubo falsificación masiva de actas”.
Aristegui le preguntó acerca de esa afirmación, AMLO contestó:
—Sí, vamos a presentar pruebas.
—Pero, ¿hay algún elemento para demostrar tal cosa?—, insistió la periodista.
—Sí, hasta...
—¿Falsificación masiva?
—Hasta donde tenemos posibilidad, no estamos hablando de falsificación masiva, estamos hablando de falsificación de datos, es decir, donde los datos no cuadran—, contestó.
Durante toda la semana López Obrador dijo y machacó que “no estamos pidiendo la nulidad de la elección presidencial.
¿Y qué dice el punto tres de las exigencias que planteó al TRIFE la coalición que lleva a López Obrador como candidato presidencial?
Dice, textualmente, que “no se declare válida la elección de Presidente de los Estados Unidos Mexicanos y en consecuencia, no se emita la declaratoria de Presidente Electo”.
Con López Dóriga y con Aristegui sostuvo que “hay elementos de sobra para anular la elección presidencial”.
Le dijo a la conductora de W Radio: “lo de la apertura de paquetes después del cómputo, hay quienes sostienen que ésa es una causal de nulidad, o sea, para ese caso, de nulidad, hay elementos de sobra”.
Aristegui le explicó que esos paquetes se abrieron porque la coalición que encabeza López Obrador pidió al IFE documentación, como actas de incidencias, que estaban en los paquetes (circular 071 de la Dirección Ejecutiva de Organización Electoral), por lo que necesariamente se tuvieron que abrir para entregárselas.
Y preguntó: —¿Fue a petición de la coalición (la apertura de paquetes)?
—Es una circular administrativa, ése es el argumento, esto es una circular administrativa—, contestó.
—Pero, ¿lo pidió la coalición?
—Sí, pero yo te puedo pedir a ti, autoridad, de que cometas un ilícito, y no lo haces.
Esto es, la apertura de paquetes que hizo el IFE no fue para adulterar el resultado de la votación, sino para acceder a una solicitud de documentos que hizo el PRD.
Y lo que hizo el PRD fue ponerle una trampa al IFE para tener causales de nulidad ante la derrota de López Obrador en las urnas.
Engaños y más engaños.
Con López Dóriga se quejó de que tenía problemas de comunicación, y se pasó más de 20 minutos en El Noticiero del Canal 2 que tienen horario triple A.
Le dijo que había sido “agredido, muy agredido durante toda la campaña”, y con Carmen Aristegui se quejó de que “los medios nos cierran espacios”.
—¿Te han cerrado espacios?
—Sí, sí, sí, sí.
—¿Qué elementos tienes para decirlo?—, replicó la conductora.
—Pues me han cancelado entrevistas y una serie de cosas, no, hasta ahí me voy a quedar, nada más.
Eso dijo López Obrador en una extensa entrevista por W Radio.
Había estado con López Dóriga en red nacional de televisión.
También había estado con Víctor Trujillo.
Y con Javier Alatorre en el noticiario Hechos, que llega a todo el país y a buena parte de Estados Unidos.
Tenía un programa de media hora en el canal 13. Y esa media hora se repetía por la noche en el canal 7, también a todo el país.
“Tenemos un problema de comunicación... nos cierran espacios”.
Engañar y engañar.
“No hubo equidad. El candidato de la derecha gastó más de lo establecido por la ley”, dijo López Obrador.
Otro engaño. López Obrador fue el que pagó más spots de televisión: 10, 500 reportó el monitoreo final del IFE, sin contar sus programas diarios en Azteca.
López Obrador abrió la semana con lo que iba a ser un golpe espectacular: presentó un video en el que “probaba” la existencia de “urnas embarazadas”.
Otro engaño. Se trató de la corrección de una equivocación de quienes pusieron en la urna de Presidente los votos de Diputados.
El presidente de la casilla, por acuerdo de todos los representantes de los candidatos, depositó esos tres votos en la urna correcta y el hecho fue filmado.
Pero no fue sólo eso: al video le quitaron el sonido, en el que el presidente de la casilla contaba en voz alta uno-dos-tres.
Un engaño con alevosía y perversidad.
Cuando los reporteros le preguntaron qué había pasado con los representantes de casilla de su candidatura, ¿por qué no detectaron el “fraude”?
Contestó que muchos se habían vendido.
Engaños, engaños por demás verificables.
En el documento de más de 800 páginas que presentó con “pruebas” del fraude, vienen sus acusaciones contra Angélica Vale, Maribel Guardia, cantantes de corridos...
Engaños. Un rosario de engaños.
phiriart@cronica.com.mx
La antesala de un nuevo liderazgo
Pedro Ferriz de Con
Excélsior - El Búho no ha muerto
17-07-06
Ni sumados los votos de Demetrio Sodi y Beatriz Paredes le hubieran pegado a la aplanadora de Marcelo Ebrard en las recientes elecciones por la Jefatura de Gobierno en la Ciudad de México. La ola de votantes que tienen en la capital de este país e ideas ligadas a una necesaria izquierda nos hacen pensar que el PRD y las alianzas que con ellos se puedan formar en el futuro deben ser tomadas en serio, si ese partido político y sus afines están dispuestos a tomar —también— en serio el compromiso de llevar su lucha política a una realidad libre de mesianismos y expresiones tribales que, más que poder, proponen confrontación con los que, hoy se percibe, tienen "alguna forma" de poder.
Sabemos que algo diferente y eficaz hay que hacer por los pobres de México. Conservar esta tendencia de desarrollo que privilegie a unos cuantos, sin pensar en un bienestar de masas, constituye un suicidio… ¡Claro que primero los pobres!… pero no bajo el postulado de vernos como enemigos. No se trata de empobrecer a los que tienen para dárselo a los que no. ¡Por supuesto que hace falta "una honestidad valiente"! Administrar con honestidad las posibilidades de un pueblo es indispensable para una democracia… y lo de la "valentía" que no sirva de pretexto para brincarse las leyes.
"La gente manda y juzga"… bueno, eso está por verse, de hecho nos pasaríamos páginas y páginas pensando en el tema, pero que no se entienda esto como un banderazo de salida para hacer caso omiso al peso de las instituciones que hemos formado los mexicanos para impartir justicia. Ni los banqueros son "parásitos" ni los que tenemos otra condición… "pirrurris".
Promovamos justicia social en un marco de concordia. Esta generación de mexicanos debe gozar de derechos sin olvidar obligaciones. ¿Qué, forzosamente tenemos que dividir a un pueblo en la meta superior de sacar a los pobres de su tragedia? ¿No sería mejor pensar que, más que "sacarlos" de esa condición, debemos crear el marco para que ellos sean quienes con su esfuerzo, libertad y educación… salgan?… No tengo la menor duda de que una gran cantidad de votos que se llevó el PRD en las pasadas elecciones fue porque impulsaba la idea de que regalaría dinero.
Todavía vivimos en un país en donde el "regalo y la dádiva" —entiéndase limosna— resultan argumentos demasiado atractivos. "Quiero su voto bajo la premisa de que a ustedes no les voy a cobrar impuestos", "regalaré dinero a los viejitos", "haré que tengan lo que no han tenido", "los ricos son todos deshonestos y no pagan impuestos", los pobres son víctimas y ¡miren a sus verdugos!... Desarrollo es suma y no resta.
Un gobierno responsable promueve respeto, no encono. Si "la izquierda", en política, significa voltear a ver a quienes menos tienen como el objeto de su quehacer, entonces no tengo duda que de aquí en adelante todo lo que impulsen los siguientes gobiernos tendrá que pasar por esa izquierda. Recapacitar sobre la reciente campaña lanzada por la coalición Por el Bien de Todos me hace pensar que no falló el mensaje… falló el mensajero.
Si López Obrador hubiera dado una mínima muestra de responsabilidad, equilibrio, ortodoxia institucional, sentido de unidad entre dos Méxicos, pidiendo alianza "a los que tienen" para cumplirle a los que no, el efecto hubiera sido otro. Una cosa es que haya llegado la hora de la justicia, otra, el momento de la venganza… con conceptos así —no tengo duda— hubieran arrasado en las pasadas elecciones.
Pero el efecto final que acabó comunicándose es que daba más miedo que esperanza, en medio de una necesidad concreta. ¡Pobre de quien no aprende de lo que le dicta su entorno! Este pueblo ha lanzado un primer reclamo en su joven democracia. Que no nos dé miedo una propuesta izquierdista. Lanzo un reto y un mensaje a los potenciales líderes de ese punto de la geometría. Veo delante para ellos… para Ebrard, los Cárdenas, Patricia Mercado, Alejandro Encinas, Ricardo Monreal, Gilberto Rincón Gallardo, Amalia García… un enorme hueco por donde pasar a la oportunidad de dirigir a México. Con planes concretos… no obsesiones. Haciendo sumas que multipliquen, no restas que dividan. Con la ley en la mano y no el machete
Dándole todo el tiempo al buen juicio y la congruencia y no al constante tropiezo de la incoherencia. Somos un pueblo tan noble que nos sigue causando terror el embate del Mio Cid, aunque lo sabemos "muerto" sobre su caballo. Cuando el TEPJF lo juzgue conveniente, daremos vuelta a esa hoja del 2 de julio y por fin entraremos a la fase de hacer planes.
Después de haber "hecho" a mano este ejercicio de democracia, ya nos merecemos un poco de paz. Pero dejo el reto a los nuevos líderes de la izquierda mexicana. Aquí los esperamos para saber de qué formas pueden "seducirnos" con sus ideas para un México justo. Digamos que AMLO pudo lograrlo pero no quiso o no supo. Simplemente se perdió… Pero eso ya es pasado. Fue un accidente peligroso que sirvió para pensar seriamente en los que hoy no tienen una esperanza.
Excélsior - El Búho no ha muerto
17-07-06
Ni sumados los votos de Demetrio Sodi y Beatriz Paredes le hubieran pegado a la aplanadora de Marcelo Ebrard en las recientes elecciones por la Jefatura de Gobierno en la Ciudad de México. La ola de votantes que tienen en la capital de este país e ideas ligadas a una necesaria izquierda nos hacen pensar que el PRD y las alianzas que con ellos se puedan formar en el futuro deben ser tomadas en serio, si ese partido político y sus afines están dispuestos a tomar —también— en serio el compromiso de llevar su lucha política a una realidad libre de mesianismos y expresiones tribales que, más que poder, proponen confrontación con los que, hoy se percibe, tienen "alguna forma" de poder.
Sabemos que algo diferente y eficaz hay que hacer por los pobres de México. Conservar esta tendencia de desarrollo que privilegie a unos cuantos, sin pensar en un bienestar de masas, constituye un suicidio… ¡Claro que primero los pobres!… pero no bajo el postulado de vernos como enemigos. No se trata de empobrecer a los que tienen para dárselo a los que no. ¡Por supuesto que hace falta "una honestidad valiente"! Administrar con honestidad las posibilidades de un pueblo es indispensable para una democracia… y lo de la "valentía" que no sirva de pretexto para brincarse las leyes.
"La gente manda y juzga"… bueno, eso está por verse, de hecho nos pasaríamos páginas y páginas pensando en el tema, pero que no se entienda esto como un banderazo de salida para hacer caso omiso al peso de las instituciones que hemos formado los mexicanos para impartir justicia. Ni los banqueros son "parásitos" ni los que tenemos otra condición… "pirrurris".
Promovamos justicia social en un marco de concordia. Esta generación de mexicanos debe gozar de derechos sin olvidar obligaciones. ¿Qué, forzosamente tenemos que dividir a un pueblo en la meta superior de sacar a los pobres de su tragedia? ¿No sería mejor pensar que, más que "sacarlos" de esa condición, debemos crear el marco para que ellos sean quienes con su esfuerzo, libertad y educación… salgan?… No tengo la menor duda de que una gran cantidad de votos que se llevó el PRD en las pasadas elecciones fue porque impulsaba la idea de que regalaría dinero.
Todavía vivimos en un país en donde el "regalo y la dádiva" —entiéndase limosna— resultan argumentos demasiado atractivos. "Quiero su voto bajo la premisa de que a ustedes no les voy a cobrar impuestos", "regalaré dinero a los viejitos", "haré que tengan lo que no han tenido", "los ricos son todos deshonestos y no pagan impuestos", los pobres son víctimas y ¡miren a sus verdugos!... Desarrollo es suma y no resta.
Un gobierno responsable promueve respeto, no encono. Si "la izquierda", en política, significa voltear a ver a quienes menos tienen como el objeto de su quehacer, entonces no tengo duda que de aquí en adelante todo lo que impulsen los siguientes gobiernos tendrá que pasar por esa izquierda. Recapacitar sobre la reciente campaña lanzada por la coalición Por el Bien de Todos me hace pensar que no falló el mensaje… falló el mensajero.
Si López Obrador hubiera dado una mínima muestra de responsabilidad, equilibrio, ortodoxia institucional, sentido de unidad entre dos Méxicos, pidiendo alianza "a los que tienen" para cumplirle a los que no, el efecto hubiera sido otro. Una cosa es que haya llegado la hora de la justicia, otra, el momento de la venganza… con conceptos así —no tengo duda— hubieran arrasado en las pasadas elecciones.
Pero el efecto final que acabó comunicándose es que daba más miedo que esperanza, en medio de una necesidad concreta. ¡Pobre de quien no aprende de lo que le dicta su entorno! Este pueblo ha lanzado un primer reclamo en su joven democracia. Que no nos dé miedo una propuesta izquierdista. Lanzo un reto y un mensaje a los potenciales líderes de ese punto de la geometría. Veo delante para ellos… para Ebrard, los Cárdenas, Patricia Mercado, Alejandro Encinas, Ricardo Monreal, Gilberto Rincón Gallardo, Amalia García… un enorme hueco por donde pasar a la oportunidad de dirigir a México. Con planes concretos… no obsesiones. Haciendo sumas que multipliquen, no restas que dividan. Con la ley en la mano y no el machete
Dándole todo el tiempo al buen juicio y la congruencia y no al constante tropiezo de la incoherencia. Somos un pueblo tan noble que nos sigue causando terror el embate del Mio Cid, aunque lo sabemos "muerto" sobre su caballo. Cuando el TEPJF lo juzgue conveniente, daremos vuelta a esa hoja del 2 de julio y por fin entraremos a la fase de hacer planes.
Después de haber "hecho" a mano este ejercicio de democracia, ya nos merecemos un poco de paz. Pero dejo el reto a los nuevos líderes de la izquierda mexicana. Aquí los esperamos para saber de qué formas pueden "seducirnos" con sus ideas para un México justo. Digamos que AMLO pudo lograrlo pero no quiso o no supo. Simplemente se perdió… Pero eso ya es pasado. Fue un accidente peligroso que sirvió para pensar seriamente en los que hoy no tienen una esperanza.
No quiere el recuento, sólo quiere el poder
Jorge Fernández Menéndez
Excélsior - Razones
17-07-06
Las dos más recientes declaraciones de López Obrador demuestran, sin lugar a dudas, que su estrategia es, lisa y llanamente, buscar que se anulen las elecciones. Primero, aseguró que su exigencia de contar "voto por voto" en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación es relativa (algo que ya se hizo en dos oportunidades y se obtuvo siempre el mismo resultado, el triunfo de Felipe Calderón, pero que funciona como una buena coartada para el objetivo real de la anulación): si se realizara ese conteo y de todas formas volviera a resultar ganador Calderón, dijo él que no reconocería el resultado porque ahora afirma que las elecciones fueron "ilegítimas". El domingo, en una nueva aparición casi publicitaria en El País, dijo al periódico español que "hubo fraude antes, durante y después de las elecciones". Por eso, en el documento de impugnación, además de una larga suma de absurdos (como presentar entre las pruebas del presunto fraude que en una telenovela alguien dijo que votaría por Calderón; que Maribel Guardia, que no es precisamente una comunicadora, entrevistó a Calderón; que en los empaques de unas botanas había una línea azul que inducía a votar por el PAN o que algún periodista lo criticó), lo que termina exigiendo es que no se reconozca la elección de Presidente, con lo que se estaría anulando la elección presidencial, un punto, por cierto, no contemplado en la ley.
¿Por qué anular esa elección, pero no la de diputados y senadores o la de jefe de Gobierno del DF? Por una sencilla razón: la única causa es buscar una crisis política que no legitime el triunfo de sus adversarios, pero obligue a designar un Presidente interino y que a él le permita continuar con su campaña uno o dos años más para volver a presentarse como candidato en unas elecciones extraordinarias.
Estas patrañas solamente confirman que todo lo que se dijo de López Obrador antes de las elecciones es verdad: el hombre no está interesado en lo más mínimo en consolidar un sistema democrático ni tiene lugar en su cosmovisión política algo parecido a la tolerancia, la legalidad o el respeto a la pluralidad. Lisa y llanamente, lo que quiere, recuperando el lenguaje del más viejo revolucionarismo, es tomar el poder. Y para hacerlo, los medios no importan: el fin, que es hacerse con el poder, justifica cualquier medio, aunque ello implique olvidarse de los compromisos que una y otra vez asumió López Obrador ante ese electorado al que dice respetar (por cierto, cuando presume sus 13 millones de votos habría que recordarle que otros 31 millones sufragaron en su contra).
Dijo en innumerables oportunidades que aceptaría los resultados electorales y la autoridad del IFE y apenas la semana pasada, además de rechazar cualquier resultado diferente de su triunfo, calificó a los del IFE como "delincuentes electorales". La jornada del 2 de julio, tanto en su equipo como en todos los ambientes políticos y en los medios, fue calificada como impecable, casi sin irregularidades y con un mínimo de denuncias. Ahora dice que hubo fraude "antes, durante y después de las elecciones", una afirmación temeraria que no puede sustentar con una sola prueba, a dos semanas de los comicios. Luego dijo que confiaba en el Tribunal Electoral, pero ahora dice que si éste no le concede el triunfo, incluso aunque el TEPJF decidiera, en una acción que no está contemplada en la ley, contar nuevamente "voto por voto", la elección será "ilegítima". Dijo una y otra vez que él no buscaba la anulación de las elecciones, pero desde cuando resultó evidente que las matemáticas, suceda lo que suceda con la impugnación presentada ante el TEPJF, no le permitirían revertir el resultado, ahora dice que fue un "fraude" y por lo tanto no se pueden reconocer sus resultados y, en el documento de impugnación, demanda la anulación del proceso. El hecho es que López Obrador no ha cumplido uno solo de los compromisos que asumió "antes, durante y después" de las elecciones. Ya lo decíamos en días pasados, siguiendo el libro de Harry Frankfurt: es peor que un mentiroso, es un charlatán que inventa una realidad a modo para satisfacer sus propios objetivos.
Lo grave es que al mismo tiempo que se va quedando cada día más solo, hace crecer la lista de los complotados en su contra, tiene menos seguidores, pero más radicales, convencidos de que todo el sistema legal y judicial es ilegítimo. Si ninguna de las vías legales son legítimas para López Obrador, entonces queda preguntarse qué sigue: la movilización violenta, propiciar un clima de ingobernabilidad que el propio lopezobradorismo nos está haciendo probar en estos días en Oaxaca, donde sus seguidores han boicoteado la Guelaguetza, han tomado a turistas como rehenes y han conseguido que la principal fuente de recursos de los oaxaqueños, el turismo, haya caído prácticamente a cero. En Oaxaca, López Obrador quiere hacernos una demostración de lo que se propone hacer en la capital del país.
¿Por qué en la capital? Porque tiene un pequeño problema. Ni todo el país es el DF ni toda la población del DF siquiera lo apoya. Por eso no pudo hacer demostraciones en varios lugares de la República como lo había planeado y tuvo que traer, acarreados, a manifestantes desde todos los puntos de México, porque su fuerza local no alcanzaría para una movilización significativa en la mayor parte de la República.
López Obrador se va quedando solo y se quedará aún más solo cuando el Tribunal concluya su labor. Muchos destacaron ayer como noticia importante la movilización de los seguidores de López Obrador, pero en términos políticos es mucho más importante el desplegado de los gobernadores priistas, al reconocer los resultados del IFE, exigir a los demás actores que los acaten y subrayar la legalidad del proceso. López Obrador, pese a sus amenazas y rodeado por sus incondicionales, se va quedando cada vez más atrás.
www.nuevoexcelsior.com.mx/jfernandez
www.mexicoconfidencial.com
Excélsior - Razones
17-07-06
Las dos más recientes declaraciones de López Obrador demuestran, sin lugar a dudas, que su estrategia es, lisa y llanamente, buscar que se anulen las elecciones. Primero, aseguró que su exigencia de contar "voto por voto" en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación es relativa (algo que ya se hizo en dos oportunidades y se obtuvo siempre el mismo resultado, el triunfo de Felipe Calderón, pero que funciona como una buena coartada para el objetivo real de la anulación): si se realizara ese conteo y de todas formas volviera a resultar ganador Calderón, dijo él que no reconocería el resultado porque ahora afirma que las elecciones fueron "ilegítimas". El domingo, en una nueva aparición casi publicitaria en El País, dijo al periódico español que "hubo fraude antes, durante y después de las elecciones". Por eso, en el documento de impugnación, además de una larga suma de absurdos (como presentar entre las pruebas del presunto fraude que en una telenovela alguien dijo que votaría por Calderón; que Maribel Guardia, que no es precisamente una comunicadora, entrevistó a Calderón; que en los empaques de unas botanas había una línea azul que inducía a votar por el PAN o que algún periodista lo criticó), lo que termina exigiendo es que no se reconozca la elección de Presidente, con lo que se estaría anulando la elección presidencial, un punto, por cierto, no contemplado en la ley.
¿Por qué anular esa elección, pero no la de diputados y senadores o la de jefe de Gobierno del DF? Por una sencilla razón: la única causa es buscar una crisis política que no legitime el triunfo de sus adversarios, pero obligue a designar un Presidente interino y que a él le permita continuar con su campaña uno o dos años más para volver a presentarse como candidato en unas elecciones extraordinarias.
Estas patrañas solamente confirman que todo lo que se dijo de López Obrador antes de las elecciones es verdad: el hombre no está interesado en lo más mínimo en consolidar un sistema democrático ni tiene lugar en su cosmovisión política algo parecido a la tolerancia, la legalidad o el respeto a la pluralidad. Lisa y llanamente, lo que quiere, recuperando el lenguaje del más viejo revolucionarismo, es tomar el poder. Y para hacerlo, los medios no importan: el fin, que es hacerse con el poder, justifica cualquier medio, aunque ello implique olvidarse de los compromisos que una y otra vez asumió López Obrador ante ese electorado al que dice respetar (por cierto, cuando presume sus 13 millones de votos habría que recordarle que otros 31 millones sufragaron en su contra).
Dijo en innumerables oportunidades que aceptaría los resultados electorales y la autoridad del IFE y apenas la semana pasada, además de rechazar cualquier resultado diferente de su triunfo, calificó a los del IFE como "delincuentes electorales". La jornada del 2 de julio, tanto en su equipo como en todos los ambientes políticos y en los medios, fue calificada como impecable, casi sin irregularidades y con un mínimo de denuncias. Ahora dice que hubo fraude "antes, durante y después de las elecciones", una afirmación temeraria que no puede sustentar con una sola prueba, a dos semanas de los comicios. Luego dijo que confiaba en el Tribunal Electoral, pero ahora dice que si éste no le concede el triunfo, incluso aunque el TEPJF decidiera, en una acción que no está contemplada en la ley, contar nuevamente "voto por voto", la elección será "ilegítima". Dijo una y otra vez que él no buscaba la anulación de las elecciones, pero desde cuando resultó evidente que las matemáticas, suceda lo que suceda con la impugnación presentada ante el TEPJF, no le permitirían revertir el resultado, ahora dice que fue un "fraude" y por lo tanto no se pueden reconocer sus resultados y, en el documento de impugnación, demanda la anulación del proceso. El hecho es que López Obrador no ha cumplido uno solo de los compromisos que asumió "antes, durante y después" de las elecciones. Ya lo decíamos en días pasados, siguiendo el libro de Harry Frankfurt: es peor que un mentiroso, es un charlatán que inventa una realidad a modo para satisfacer sus propios objetivos.
Lo grave es que al mismo tiempo que se va quedando cada día más solo, hace crecer la lista de los complotados en su contra, tiene menos seguidores, pero más radicales, convencidos de que todo el sistema legal y judicial es ilegítimo. Si ninguna de las vías legales son legítimas para López Obrador, entonces queda preguntarse qué sigue: la movilización violenta, propiciar un clima de ingobernabilidad que el propio lopezobradorismo nos está haciendo probar en estos días en Oaxaca, donde sus seguidores han boicoteado la Guelaguetza, han tomado a turistas como rehenes y han conseguido que la principal fuente de recursos de los oaxaqueños, el turismo, haya caído prácticamente a cero. En Oaxaca, López Obrador quiere hacernos una demostración de lo que se propone hacer en la capital del país.
¿Por qué en la capital? Porque tiene un pequeño problema. Ni todo el país es el DF ni toda la población del DF siquiera lo apoya. Por eso no pudo hacer demostraciones en varios lugares de la República como lo había planeado y tuvo que traer, acarreados, a manifestantes desde todos los puntos de México, porque su fuerza local no alcanzaría para una movilización significativa en la mayor parte de la República.
López Obrador se va quedando solo y se quedará aún más solo cuando el Tribunal concluya su labor. Muchos destacaron ayer como noticia importante la movilización de los seguidores de López Obrador, pero en términos políticos es mucho más importante el desplegado de los gobernadores priistas, al reconocer los resultados del IFE, exigir a los demás actores que los acaten y subrayar la legalidad del proceso. López Obrador, pese a sus amenazas y rodeado por sus incondicionales, se va quedando cada vez más atrás.
www.nuevoexcelsior.com.mx/jfernandez
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16 de julio de 2006
Salto al pasado
Ricardo Alemán
El Universal - Itinerario Político
16 de julio de 2006
El "voto por voto", un intento por reeditar las ´concertacesiones´
Intelectuales y académicos, por regresar a los acuerdos políticos
Por increíble que parezca y por absurdo que se antoje, intelectuales mexicanos de renombre, académicos que gozan del favor mediático, y hasta reconocidos periodistas -más que los propios políticos que fueron derrotados en las urnas-, parecen empeñados en que la crisis política derivada del 2 de julio se resuelva mediante los viejos métodos, al más puro estilo del viejo PRI; mediante la negociación política, lo que no es más que un peligroso y hasta ridículo salto al pasado.
Al amparo de la supuesta legitimación que daría el recuento del "voto por voto", y mediante la exaltación del refranero popular en su reconocido "el que nada debe nada teme", no sólo los derrotados en las urnas, sino sus apologistas intentan convencer "al respetable" de que en la política mexicana, y sobre todo en los procesos electorales mexicanos, no hay de otra que la negociación política. Según la versión de muchos de ellos, las instituciones ya no sirven, es necesario jubilarlas y, por tanto, se debe regresar a los tiempos de la negociación política.
Así, dicen, sería prudente que se haga el recuento, voto por voto, para recuperar la credibilidad perdida. De lo contrario, insisten, el nuevo presidente será un presidente sin credibilidad. Y por supuesto que el razonamiento parece de sentido común. Pero hay un pequeño, muy sutil y, si se quiere, hasta insignificante detalle. Que no se puede defraudar a más de una generación de mexicanos -los que en 1968 eran jóvenes, que dieron la vida por la convivencia democrática, que se expresaron contra los arreglos políticos y las negociaciones extralegales, y los nacidos luego de esa dolorosa experiencia política y social-, que hicieron su parte para terminar con las prácticas políticas antidemocráticas, propias de regímenes autoritarios y dictatoriales, para que ahora un puñado de políticos, intelectuales, académicos y periodistas propongan un salto al pasado. Lo que resulta absurdo, y hasta ridículo, es que aquellos que debieran empeñar su intelecto, su sabiduría, sus capacidad mediática a favor de los principios de la democracia, le den la espalda a la razón, a la sensatez y hasta a la verdad, para defender no la diversidad de ideas, sino su muy particular interés político. No es extraño, por eso, que todos o casi todos los que reclaman el "voto por voto", de entre intelectuales, académicos y periodistas, sean aquellos que apostaron todo su capital por un candidato; el que resultó derrotado. Y junto con la penosa exhibición que todos los días -posteriores al 2 de julio-, nos ofrece ese candidato perdedor, se confirma que el tiempo pone y pondrá a cada quien en su sitio.
Tabasco y Guanajuato
Acaso por eso valga recordar los momentos político-electorales que marcaron el nacimiento de algunos de los actores centrales en la actual crisis política: Vicente Fox, Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo Pintado. En el primer caso, el agricultor y empresario guanajuatense buscó la gubernatura de su tierra adoptiva, Guanajuato, en agosto de 1991. Luego de una intensa campaña electoral, su adversario, Ramón Aguirre Velásquez, uno de los preferidos del salinismo, se alzó con un cuestionable triunfo. El candidato Vicente Fox, con el respaldo de su partido, el PAN, rechazó el resultado electoral, movilizó a la población y luego de la elección, convocó a una resistencia civil, activa pero pacífica, que terminó cuando el presidente Salinas ordenó una negociación que le dio nombre a los acuerdos políticos extralegales; la concertacesión en Guanajuato. Ramón Aguirre renunció a su triunfo, en su lugar llegó un gobernador interino, Carlos Medina -quien se encargó de llevar a cabo una moderna ley electoral para regular las elecciones con principios democráticos-, en tanto que Vicente Fox se preparaba para regresar al gobierno estatal, lo que consiguió en la elección siguiente.
Con ideólogos como Carlos Castillo Peraza y con operadores políticos como Diego Fernández de Cevallos, el Partido Acción Nacional inició las llamadas concertacesiones, que no eran otra cosa que arreglos políticos, extralegales, para dar una solución política, al margen de la ley, a los conflictos políticos electorales. Años antes, en 1988, el mismo PAN había legitimado al ilegítimo gobierno de Carlos Salinas, también con un acuerdo político que inauguró el ingreso del PAN a los poderes estatales, gracias a negociaciones políticas, nunca bajo el imperio de la ley. En ese 1991, nació el liderazgo político de Vicente Fox, quien años después, como todos saben, llegó a la Presidencia de la República. A su vez, hasta antes del año 2000, como todos saben, el sueño de Andrés Manuel López Obrador era la gubernatura de Tabasco. En 1994 se enfrentó, por segunda ocasión, a su ex partido, el PRI, que seis años antes ya lo había derrotado. En ese año AMLO compitió nada menos que con Roberto Madrazo, el tramposo político tabasqueño, símbolo del viejo PRI, que invirtió todos los recursos políticos y económicos necesarios para quedarse con el gobierno estatal. Se comprobó que Madrazo gastó tanto dinero para ser gobernador, como el invertido por el candidato estadounidense, Bill Clinton, para ser presidente de EU.
Madrazo llegó al gobierno de Tabasco al mismo tiempo que Ernesto Zedillo se convirtió en presidente de los mexicanos. Era claro que la contienda electoral en Tabasco había sido todo menos democrática y legal. Se justificó, por eso, la movilización que emprendió López Obrador. En esos tiempos era común la negociación política, que en el pasado reciente había inaugurado Carlos Salinas. Por ello el PRD y grupos ciudadanos se propusieron negociar Tabasco. El presidente Zedillo aceptó una negociación y, a través de su secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma, aceptó sacar a Madrazo de Tabasco y entregar la plaza al PRD. Era una negociación política, al margen de las parciales leyes electorales, pero también era una forma de resolver por la vía de la política, no de la aplicación de la ley, los conflictos políticos.
Pero al final de cuentas, y por las razones que se quiera, Madrazo "reculó" de su acuerdo inicial, y se negó a dejar el gobierno estatal. En ese lance nació el liderazgo de Roberto Madrazo; un liderazgo que le valió convertirse en presidente del PRI -en 2002-, y posteriormente candidato presidencial. En esos acuerdos con Ernesto Zedillo participó de manera activa López Obrador, quien ya como presidente del PRD siguió negociando con el PRI posiciones de poder, como las gubernaturas de Zacatecas, Tlaxcala y otras. La negociación política, por sobre el respeto a la ley, eran la divisa para el PAN -entonces jefaturado por Felipe Calderón-, y para el PRD; lo fueron lo mismo para Fox que para AMLO.
Y en efecto, hasta antes de 1996 -fecha en que se crea el IFE ciudadano, en que aparece el Tribunal Electoral como lo conocemos, y que una reforma política hizo posible las elecciones creíbles y confiables-, no había mucho margen de maniobra para los actores políticos, ya que los procesos electorales eran manejados por el gobierno en turno, siempre en manos del PRI, y por eso la negociación política suplió a la contienda político-electoral democrática. Pero hoy, cuando ya existe un IFE en manos de los ciudadanos, cuando las elecciones no son manejadas y controladas por el gobierno, son muchos; políticos, intelectuales, académicos y periodistas que parecen no querer dejar atrás las viejas formas, los viejos estilos, y llaman a los acuerdos políticos, por encima de las reglas electorales y de las instituciones creadas precisamente para acabar con esas formas extralegales.
Crisis inventada
Pero lo que más sorprende es que una buena parte de los intelectuales y académicos que antaño se decían promotores de la democracia electoral, de la fortaleza institucional como condición para la selección de los políticos que ocuparían puestos de elección popular, hoy se presenten como amnésicos y hasta ignorantes de lo que está ocurriendo, y se sumen a las cargadas de quien dice que fue víctima de un horrible complot, que inventa que todos, hasta los astros están en su contra, y que las instituciones electorales son "una porquería". Y claro, no se trata de ignorantes que desconozcan lo que está ocurriendo. Esos intelectuales y académicos prefieren poner la pasión por sobre la razón, porque son incapaces de reconocer su equívoco. Lo que importa es su interés personal, más que la realidad.
Unos pocos, cuya cordura y congruencia está forjada a toda prueba, saben y explican que la crisis creada en torno al proceso electoral del pasado 2 de julio es producto de una estrategia política de quien resultó derrotado en las urnas. El primero y más significativo golpe de imagen, credibilidad y certeza contra el IFE lo dio precisamente López Obrador, al utilizar como instrumento político de manipulación y engaño una práctica que venía de elecciones anteriores. Es decir, las inconsistencias de casillas que por la razón que se quiera no podían ser incorporadas en el recuento parcial. A partir de esa mentira, la de que el IFE habría escondido 3 millones de votos supuestamente para favorecer al candidato Felipe Calderón.
El impacto de esa mentira -que se la tragaron sin saber de lo que se trataba no sólo los periodistas nacionales, los corresponsales extranjeros, sino una buena porción del electorado-, fue el combustible que incendió la pradera electoral y marcó el inicio de una crisis política soportada en un engaño monumental, del tamaño del descrédito de las elecciones de los tiempos del viejo PRI. A ese engaño siguieron otros, igual de manipulados, que se convirtieron en el mejor instrumento de los derrotados no para justificar que en las urnas el voto mayoritario no los favoreció, sino para demoler la credibilidad en las instituciones electorales. A su vez, el IFE y el resto de partidos políticos, incluidos los ganadores, fueron incapaces de una política mediática de control de daños, que fuera capaz de desactivar el alud de engaños, medias verdades y mentiras completas sobre las que se construyó el espantajo del supuesto fraude electoral.
Al invento de la versión de un supuesto fraude se sumaron los intelectuales y académicos que en desplegados habían anunciado su voto a favor de López Obrador, quienes pusieron imagen y prestigio al servicio no de la verdad, no de la razón, no de las instituciones y menos de la democracia, sino al servicio de sus causas personales, de sus frustradas ambiciones de poder. El escándalo creció a niveles insospechados, de insensatez, al grado de que en este momento es difícil que la elección del 2 de julio, y el candidato que resulte finalmente ganador, sea quien fuere, difícilmente podrá gobernar ajeno al estigma de ilegítimo.
AMLO, el delirio
Pero conforme se desarrolla el proceso electoral, en medio de trompicones propios del descrédito, el mayor perdedor de esa inesperada historia es el candidato López Obrador, quien sin pruebas sólidas, sin elementos contundentes que confirmen su dicho de que hubo un fraude gigantesco, insiste en que resultó el ganador, proclama que fue víctima de un complot en donde los responsables son todos los seres vivos, desde los ciudadanos que llevaron a cabo la elección, los millones de electores que no votaron por él, sus compañeros de partido, las instituciones, los gobiernos del mundo y el gobierno mexicano, y hasta los astros.
López Obrador ha perdido la cordura, si no es que la razón, y en la más reciente entrevista radiofónica -como si no hubiera sido suficiente con la exhibición penosa que ofreció en televisión, en el más escuchado noticiero de Televisa-, dijo que no reconocerá su derrota, aun si el Tribunal Electoral lleva a cabo en recuento, voto por voto. ¿Por qué no aceptará? Porque es el elegido, el mesías, el que llegó a la tierra, a Tabasco, a México, para salvar a los pobres de su postración. Se confirma que López Obrador no pretendía una elección, que no es un demócrata, que cree que debe ser presidente por aclamación. Cree en la monarquía, en donde la popularidad y la aclamación hacen al rey.
López Obrador confirma lo que se dijo aquí y en muchos otros espacios respecto a que su desmedida ambición de poder era un riesgo alto para la democracia mexicana. Y es que parece dispuesto a dinamitar el frágil puente de la democracia electoral mexicana, por donde los opositores cruzaron para acceder al poder. Pretende el descrédito de las instituciones electorales, intenta una concertacesión al viejo estilo del PRI, y hasta ha llegado al extremo de declarar que todo es malo, porque él no ganó. Y no son pocos de quienes creyeron en su discurso, que hoy han llegado a la conclusión de que es víctima de un delirio de persecución. Una encuesta reciente muestra que si hoy fueran las elecciones, una vez que ya AMLO se exhibió como lo que siempre ha sido, lo colocaría por debajo de Calderón por más de 10 puntos de diferencia. El descrédito de AMLO es sólo cuestión de tiempo. Pero el daño que le ha hecho a la confianza en las instituciones lo colocará como lo que siempre negó, como un peligro para México. Al tiempo.
El PRI y Elba
Por cierto, al final de cuentas el PRI echó de sus filas a la profesora Gordillo. Otro partido, y otro candidato, que hacen el ridículo. Parece que nadie en el PRI fue capaz de pensar que le hicieron el mayor favor de su vida a la lideresa del magisterio.
aleman2@prodigy.net.mx
El Universal - Itinerario Político
16 de julio de 2006
El "voto por voto", un intento por reeditar las ´concertacesiones´
Intelectuales y académicos, por regresar a los acuerdos políticos
Por increíble que parezca y por absurdo que se antoje, intelectuales mexicanos de renombre, académicos que gozan del favor mediático, y hasta reconocidos periodistas -más que los propios políticos que fueron derrotados en las urnas-, parecen empeñados en que la crisis política derivada del 2 de julio se resuelva mediante los viejos métodos, al más puro estilo del viejo PRI; mediante la negociación política, lo que no es más que un peligroso y hasta ridículo salto al pasado.
Al amparo de la supuesta legitimación que daría el recuento del "voto por voto", y mediante la exaltación del refranero popular en su reconocido "el que nada debe nada teme", no sólo los derrotados en las urnas, sino sus apologistas intentan convencer "al respetable" de que en la política mexicana, y sobre todo en los procesos electorales mexicanos, no hay de otra que la negociación política. Según la versión de muchos de ellos, las instituciones ya no sirven, es necesario jubilarlas y, por tanto, se debe regresar a los tiempos de la negociación política.
Así, dicen, sería prudente que se haga el recuento, voto por voto, para recuperar la credibilidad perdida. De lo contrario, insisten, el nuevo presidente será un presidente sin credibilidad. Y por supuesto que el razonamiento parece de sentido común. Pero hay un pequeño, muy sutil y, si se quiere, hasta insignificante detalle. Que no se puede defraudar a más de una generación de mexicanos -los que en 1968 eran jóvenes, que dieron la vida por la convivencia democrática, que se expresaron contra los arreglos políticos y las negociaciones extralegales, y los nacidos luego de esa dolorosa experiencia política y social-, que hicieron su parte para terminar con las prácticas políticas antidemocráticas, propias de regímenes autoritarios y dictatoriales, para que ahora un puñado de políticos, intelectuales, académicos y periodistas propongan un salto al pasado. Lo que resulta absurdo, y hasta ridículo, es que aquellos que debieran empeñar su intelecto, su sabiduría, sus capacidad mediática a favor de los principios de la democracia, le den la espalda a la razón, a la sensatez y hasta a la verdad, para defender no la diversidad de ideas, sino su muy particular interés político. No es extraño, por eso, que todos o casi todos los que reclaman el "voto por voto", de entre intelectuales, académicos y periodistas, sean aquellos que apostaron todo su capital por un candidato; el que resultó derrotado. Y junto con la penosa exhibición que todos los días -posteriores al 2 de julio-, nos ofrece ese candidato perdedor, se confirma que el tiempo pone y pondrá a cada quien en su sitio.
Tabasco y Guanajuato
Acaso por eso valga recordar los momentos político-electorales que marcaron el nacimiento de algunos de los actores centrales en la actual crisis política: Vicente Fox, Felipe Calderón, Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo Pintado. En el primer caso, el agricultor y empresario guanajuatense buscó la gubernatura de su tierra adoptiva, Guanajuato, en agosto de 1991. Luego de una intensa campaña electoral, su adversario, Ramón Aguirre Velásquez, uno de los preferidos del salinismo, se alzó con un cuestionable triunfo. El candidato Vicente Fox, con el respaldo de su partido, el PAN, rechazó el resultado electoral, movilizó a la población y luego de la elección, convocó a una resistencia civil, activa pero pacífica, que terminó cuando el presidente Salinas ordenó una negociación que le dio nombre a los acuerdos políticos extralegales; la concertacesión en Guanajuato. Ramón Aguirre renunció a su triunfo, en su lugar llegó un gobernador interino, Carlos Medina -quien se encargó de llevar a cabo una moderna ley electoral para regular las elecciones con principios democráticos-, en tanto que Vicente Fox se preparaba para regresar al gobierno estatal, lo que consiguió en la elección siguiente.
Con ideólogos como Carlos Castillo Peraza y con operadores políticos como Diego Fernández de Cevallos, el Partido Acción Nacional inició las llamadas concertacesiones, que no eran otra cosa que arreglos políticos, extralegales, para dar una solución política, al margen de la ley, a los conflictos políticos electorales. Años antes, en 1988, el mismo PAN había legitimado al ilegítimo gobierno de Carlos Salinas, también con un acuerdo político que inauguró el ingreso del PAN a los poderes estatales, gracias a negociaciones políticas, nunca bajo el imperio de la ley. En ese 1991, nació el liderazgo político de Vicente Fox, quien años después, como todos saben, llegó a la Presidencia de la República. A su vez, hasta antes del año 2000, como todos saben, el sueño de Andrés Manuel López Obrador era la gubernatura de Tabasco. En 1994 se enfrentó, por segunda ocasión, a su ex partido, el PRI, que seis años antes ya lo había derrotado. En ese año AMLO compitió nada menos que con Roberto Madrazo, el tramposo político tabasqueño, símbolo del viejo PRI, que invirtió todos los recursos políticos y económicos necesarios para quedarse con el gobierno estatal. Se comprobó que Madrazo gastó tanto dinero para ser gobernador, como el invertido por el candidato estadounidense, Bill Clinton, para ser presidente de EU.
Madrazo llegó al gobierno de Tabasco al mismo tiempo que Ernesto Zedillo se convirtió en presidente de los mexicanos. Era claro que la contienda electoral en Tabasco había sido todo menos democrática y legal. Se justificó, por eso, la movilización que emprendió López Obrador. En esos tiempos era común la negociación política, que en el pasado reciente había inaugurado Carlos Salinas. Por ello el PRD y grupos ciudadanos se propusieron negociar Tabasco. El presidente Zedillo aceptó una negociación y, a través de su secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma, aceptó sacar a Madrazo de Tabasco y entregar la plaza al PRD. Era una negociación política, al margen de las parciales leyes electorales, pero también era una forma de resolver por la vía de la política, no de la aplicación de la ley, los conflictos políticos.
Pero al final de cuentas, y por las razones que se quiera, Madrazo "reculó" de su acuerdo inicial, y se negó a dejar el gobierno estatal. En ese lance nació el liderazgo de Roberto Madrazo; un liderazgo que le valió convertirse en presidente del PRI -en 2002-, y posteriormente candidato presidencial. En esos acuerdos con Ernesto Zedillo participó de manera activa López Obrador, quien ya como presidente del PRD siguió negociando con el PRI posiciones de poder, como las gubernaturas de Zacatecas, Tlaxcala y otras. La negociación política, por sobre el respeto a la ley, eran la divisa para el PAN -entonces jefaturado por Felipe Calderón-, y para el PRD; lo fueron lo mismo para Fox que para AMLO.
Y en efecto, hasta antes de 1996 -fecha en que se crea el IFE ciudadano, en que aparece el Tribunal Electoral como lo conocemos, y que una reforma política hizo posible las elecciones creíbles y confiables-, no había mucho margen de maniobra para los actores políticos, ya que los procesos electorales eran manejados por el gobierno en turno, siempre en manos del PRI, y por eso la negociación política suplió a la contienda político-electoral democrática. Pero hoy, cuando ya existe un IFE en manos de los ciudadanos, cuando las elecciones no son manejadas y controladas por el gobierno, son muchos; políticos, intelectuales, académicos y periodistas que parecen no querer dejar atrás las viejas formas, los viejos estilos, y llaman a los acuerdos políticos, por encima de las reglas electorales y de las instituciones creadas precisamente para acabar con esas formas extralegales.
Crisis inventada
Pero lo que más sorprende es que una buena parte de los intelectuales y académicos que antaño se decían promotores de la democracia electoral, de la fortaleza institucional como condición para la selección de los políticos que ocuparían puestos de elección popular, hoy se presenten como amnésicos y hasta ignorantes de lo que está ocurriendo, y se sumen a las cargadas de quien dice que fue víctima de un horrible complot, que inventa que todos, hasta los astros están en su contra, y que las instituciones electorales son "una porquería". Y claro, no se trata de ignorantes que desconozcan lo que está ocurriendo. Esos intelectuales y académicos prefieren poner la pasión por sobre la razón, porque son incapaces de reconocer su equívoco. Lo que importa es su interés personal, más que la realidad.
Unos pocos, cuya cordura y congruencia está forjada a toda prueba, saben y explican que la crisis creada en torno al proceso electoral del pasado 2 de julio es producto de una estrategia política de quien resultó derrotado en las urnas. El primero y más significativo golpe de imagen, credibilidad y certeza contra el IFE lo dio precisamente López Obrador, al utilizar como instrumento político de manipulación y engaño una práctica que venía de elecciones anteriores. Es decir, las inconsistencias de casillas que por la razón que se quiera no podían ser incorporadas en el recuento parcial. A partir de esa mentira, la de que el IFE habría escondido 3 millones de votos supuestamente para favorecer al candidato Felipe Calderón.
El impacto de esa mentira -que se la tragaron sin saber de lo que se trataba no sólo los periodistas nacionales, los corresponsales extranjeros, sino una buena porción del electorado-, fue el combustible que incendió la pradera electoral y marcó el inicio de una crisis política soportada en un engaño monumental, del tamaño del descrédito de las elecciones de los tiempos del viejo PRI. A ese engaño siguieron otros, igual de manipulados, que se convirtieron en el mejor instrumento de los derrotados no para justificar que en las urnas el voto mayoritario no los favoreció, sino para demoler la credibilidad en las instituciones electorales. A su vez, el IFE y el resto de partidos políticos, incluidos los ganadores, fueron incapaces de una política mediática de control de daños, que fuera capaz de desactivar el alud de engaños, medias verdades y mentiras completas sobre las que se construyó el espantajo del supuesto fraude electoral.
Al invento de la versión de un supuesto fraude se sumaron los intelectuales y académicos que en desplegados habían anunciado su voto a favor de López Obrador, quienes pusieron imagen y prestigio al servicio no de la verdad, no de la razón, no de las instituciones y menos de la democracia, sino al servicio de sus causas personales, de sus frustradas ambiciones de poder. El escándalo creció a niveles insospechados, de insensatez, al grado de que en este momento es difícil que la elección del 2 de julio, y el candidato que resulte finalmente ganador, sea quien fuere, difícilmente podrá gobernar ajeno al estigma de ilegítimo.
AMLO, el delirio
Pero conforme se desarrolla el proceso electoral, en medio de trompicones propios del descrédito, el mayor perdedor de esa inesperada historia es el candidato López Obrador, quien sin pruebas sólidas, sin elementos contundentes que confirmen su dicho de que hubo un fraude gigantesco, insiste en que resultó el ganador, proclama que fue víctima de un complot en donde los responsables son todos los seres vivos, desde los ciudadanos que llevaron a cabo la elección, los millones de electores que no votaron por él, sus compañeros de partido, las instituciones, los gobiernos del mundo y el gobierno mexicano, y hasta los astros.
López Obrador ha perdido la cordura, si no es que la razón, y en la más reciente entrevista radiofónica -como si no hubiera sido suficiente con la exhibición penosa que ofreció en televisión, en el más escuchado noticiero de Televisa-, dijo que no reconocerá su derrota, aun si el Tribunal Electoral lleva a cabo en recuento, voto por voto. ¿Por qué no aceptará? Porque es el elegido, el mesías, el que llegó a la tierra, a Tabasco, a México, para salvar a los pobres de su postración. Se confirma que López Obrador no pretendía una elección, que no es un demócrata, que cree que debe ser presidente por aclamación. Cree en la monarquía, en donde la popularidad y la aclamación hacen al rey.
López Obrador confirma lo que se dijo aquí y en muchos otros espacios respecto a que su desmedida ambición de poder era un riesgo alto para la democracia mexicana. Y es que parece dispuesto a dinamitar el frágil puente de la democracia electoral mexicana, por donde los opositores cruzaron para acceder al poder. Pretende el descrédito de las instituciones electorales, intenta una concertacesión al viejo estilo del PRI, y hasta ha llegado al extremo de declarar que todo es malo, porque él no ganó. Y no son pocos de quienes creyeron en su discurso, que hoy han llegado a la conclusión de que es víctima de un delirio de persecución. Una encuesta reciente muestra que si hoy fueran las elecciones, una vez que ya AMLO se exhibió como lo que siempre ha sido, lo colocaría por debajo de Calderón por más de 10 puntos de diferencia. El descrédito de AMLO es sólo cuestión de tiempo. Pero el daño que le ha hecho a la confianza en las instituciones lo colocará como lo que siempre negó, como un peligro para México. Al tiempo.
El PRI y Elba
Por cierto, al final de cuentas el PRI echó de sus filas a la profesora Gordillo. Otro partido, y otro candidato, que hacen el ridículo. Parece que nadie en el PRI fue capaz de pensar que le hicieron el mayor favor de su vida a la lideresa del magisterio.
aleman2@prodigy.net.mx
La voz de la legalidad
Enrique Krauze
Reforma
16 de Julio del 2006
Querétaro es la capital jurídica de México, la ciudad en donde, en 1867, la ley mexicana se dio a respetar en el mundo. Este Teatro de la República no es un teatro más en la geografía artística de México: es el escenario donde los Constituyentes de 1917 firmaron la Carta que rige nuestra vida en común. Y Ezequiel Montes Ledesma no es un prohombre más en aquella portentosa generación liberal nacida en los albores de la era independiente, gracias a la cual México tiene una vida constitucional.
Ezequiel Montes Ledesma fue un emblema de la legalidad, acaso el más distinguido de todos, en una pléyade de personajes que en sí mismos eran también, todos y cada uno, creadores de un orden legal que llegaron a defender con sus propias vidas, porque conocían los extremos de la tiranía. Abogado, juez, ministro de Justicia, orador destacado en el Congreso Constituyente a favor de la Ley Juárez, polemista brillante frente al poder omnímodo y ya anacrónico que entonces tenía el Clero, legislador de la vida civil y penal, ministro de Relaciones Exteriores, embajador ante la Santa Sede, magistrado de la Suprema Corte de Justicia, diputado, Montes encarnó el espíritu liberal, no sólo por haber recorrido todo el espectro posible del trabajo jurídico, sino por haber sido, en palabras de Daniel Cosío Villegas, “uno de los baluartes de la oposición en los diez años de la República Restaurada”. Ejerció la oposición cuando parecía innecesaria, en plena gloria de Juárez y Lerdo. Esgrimió esa oposición como muestra de la más radical libertad, y porque sin crítica el poder público se corrompe. Ley y libertad eran las dos palabras que signaban su vida. Pero una palabra más, no del todo común en su tiempo, definió el perfil de don Ezequiel: la palabra democracia. Siendo ministro de Justicia en el gabinete del general Manuel González, don Ezequiel logró la aprobación de una ley para elegir popularmente a las autoridades judiciales inferiores. ¿Qué nos dice entonces esta ciudad de las leyes, este recinto de las leyes, este personaje de las leyes, en el momento actual?
En sus 185 años de vida independiente, México sólo ha vivido en un orden legal democrático durante tres periodos: un decenio en el siglo 19 (el luminoso período de la República Restaurada), un año en el 20 (el sueño democrático de Francisco I. Madero) y el primer lustro del siglo 21. Este México, que ensaya por tercera ocasión la democracia, enfrenta una prueba crucial de la que depende no sólo nuestro futuro como sociedad civilizada (respetuosa de las leyes, las libertades, las instituciones) sino también -en alguna medida- el futuro de la democracia en Latinoamérica.
Si el ganador de la jornada del 2 de julio, aunque sea por un voto, hubiera sido Andrés Manuel López Obrador, no tengo la menor duda de que sus contrincantes le habrían alzado la mano. La razón es clara: ninguno de ellos ha puesto en duda la autoridad del IFE, una autoridad ganada a pulso en infinidad de jornadas de civilidad electoral; un autoridad que revirtió, en unos años, decenios de sufragios inefectivos. Y no sólo sus adversarios habrían levantado la mano del candidato del PRD: también, estoy seguro, lo habrían hecho los electores, esa mayoría de ciudadanos (un 65% del total de votantes) que no votó por él, pero que sin embargo cree en el IFE y cree en el primer mandamiento de toda democracia: el poder debe recaer en quien decida la mayoría.
Pero, a final de cuentas, fue Felipe Calderón quien obtuvo esa mayoría en el conteo del IFE. La gran pregunta fue siempre ¿respetará el resultado Andrés Manuel López Obrador? La clave estaba en las siglas de su partido, el Partido de la Revolución Democrática. ¿Por cuál de las dos posibilidades contenidas en su denominación optaría el PRD? Mi deseo, por supuesto, era que, ateniéndose a los resultados, López Obrador se apegara sólo a la segunda de sus siglas, la democracia: que reconociera su derrota y siguiera luchando por su proyecto dentro de los cauces democráticos. O que no la reconociera, y para impugnarla acudiera con pruebas al Tribunal Federal Electoral.
Éste es el paso “formal” que ha dado (la palabra “formal” es textualmente suya) y en ese sentido su decisión se apega a la legalidad democrática. Pero en las intervenciones públicas del abanderado del PRD hay un agregado preocupante, más conforme a la primera de sus siglas (la palabra Revolución): ha negado autoridad al IFE y ha convocado a diversas “asambleas” para “informar al pueblo”. La fórmula empleada es desconcertante: la única “asamblea” legal que existe en México es el Congreso de la Unión. Su llamado puede ser el presagio de un vasto movimiento que someterá a las instituciones a una dura prueba.
Hay muchas personas respetables, sensatas y valiosas en la izquierda mexicana que pueden favorecer la conducción del proceso de impugnación por la vía puramente democrática. ¿Qué podemos decirles, que toque en ellos una fibra sensible y los convenza? Podemos decirles que admiramos el modo en que han puesto el tema de la pobreza en el centro de la agenda nacional. Podemos decirles que reconocemos su tenaz lucha social. Podemos admitir las fallas del liberalismo económico, aplicado con terquedad ortodoxa e insensibilidad. Podemos -al menos en mi caso- rechazar, como ellos, la injerencia de cualquier gobierno en la vida privada de las personas. Importa mucho hacer ese reconocimiento, pero importa aún más transmitir a los demócratas de izquierda el deber de valorar las conquistas políticas de México y de promover -como prometieron, en caso de triunfar- la reconciliación de los mexicanos.
Es ahí, si no me equivoco, donde cobra sentido releer la historia para escuchar la voz colectiva de Querétaro, el murmullo de las sesiones en el Constituyente, y el testimonio de Ezequiel Montes. En 1867 pronunció estas palabras que parecen haber sido dichas para los mexicanos de hoy, en especial para los demócratas de izquierda: “seamos leales a la Carta fundamental y no derramaremos sangre … ni violaremos la Constitución con el pretexto de salvarla”.
Socavar la democracia con el pretexto de salvarla es una deslealtad a las instituciones electorales que con tanta dificultad y costo hemos construido, es dar la espalda a la voluntad de más de cuarenta millones de compatriotas que sufragaron, y al trabajo y la honestidad de más de novecientos mil ciudadanos que organizaron los comicios (comicios, hay que repetirlo, que contaron con las representación de todos los partidos). Pero lo peor es que esa actitud podría traer consigo, como en tiempos de Ezequiel Montes, un riesgo de “derramamiento de sangre”.
Ésta es, me atrevo a pensar, la lección del pasado que nos convoca aquí, en el Teatro de la República de Querétaro, para honrar la memoria de don Ezequiel Montes. Demos la gran batalla de las ideas y los proyectos, una batalla feroz, si se quiere, pero siempre dentro de los cauces legales. Hagamos, en suma -como dijo don Ezequiel-, “un verdadero ensayo de la Carta Federal; si es buena, dejémosla como está, si no lo es, reformémosla”, pero no actuemos al margen de las instituciones vigentes.
Todos los actores políticos del momento actual, sobre todo el gobierno y el abanderado del PAN, deben actuar con la más extrema prudencia. Un gesto triunfalista, una palabra de más, un acto prepotente, pueden conducir al desastre. Prudencia, paciencia y generosidad son las virtudes que reclama la hora. A sus adversarios vale la pena recordarles que sólo con el respeto a las instituciones que nos hemos dado lograremos arraigar ahora y para siempre la democracia.
Desde esta tribuna de México, como ciudadano, me permito hacer un llamado a defender la legalidad y las instituciones como las únicas vías para consolidar la democracia y dar paso a la concordia. Concordia, hermosa palabra latina que habla de un pueblo bajo la imagen de un mismo corazón, un corazón no escindido.
Discurso pronunciado el 5 de julio de 2006, en la recepción de la medalla “Ezequiel Montes Ledesma”
Reforma
16 de Julio del 2006
Querétaro es la capital jurídica de México, la ciudad en donde, en 1867, la ley mexicana se dio a respetar en el mundo. Este Teatro de la República no es un teatro más en la geografía artística de México: es el escenario donde los Constituyentes de 1917 firmaron la Carta que rige nuestra vida en común. Y Ezequiel Montes Ledesma no es un prohombre más en aquella portentosa generación liberal nacida en los albores de la era independiente, gracias a la cual México tiene una vida constitucional.
Ezequiel Montes Ledesma fue un emblema de la legalidad, acaso el más distinguido de todos, en una pléyade de personajes que en sí mismos eran también, todos y cada uno, creadores de un orden legal que llegaron a defender con sus propias vidas, porque conocían los extremos de la tiranía. Abogado, juez, ministro de Justicia, orador destacado en el Congreso Constituyente a favor de la Ley Juárez, polemista brillante frente al poder omnímodo y ya anacrónico que entonces tenía el Clero, legislador de la vida civil y penal, ministro de Relaciones Exteriores, embajador ante la Santa Sede, magistrado de la Suprema Corte de Justicia, diputado, Montes encarnó el espíritu liberal, no sólo por haber recorrido todo el espectro posible del trabajo jurídico, sino por haber sido, en palabras de Daniel Cosío Villegas, “uno de los baluartes de la oposición en los diez años de la República Restaurada”. Ejerció la oposición cuando parecía innecesaria, en plena gloria de Juárez y Lerdo. Esgrimió esa oposición como muestra de la más radical libertad, y porque sin crítica el poder público se corrompe. Ley y libertad eran las dos palabras que signaban su vida. Pero una palabra más, no del todo común en su tiempo, definió el perfil de don Ezequiel: la palabra democracia. Siendo ministro de Justicia en el gabinete del general Manuel González, don Ezequiel logró la aprobación de una ley para elegir popularmente a las autoridades judiciales inferiores. ¿Qué nos dice entonces esta ciudad de las leyes, este recinto de las leyes, este personaje de las leyes, en el momento actual?
En sus 185 años de vida independiente, México sólo ha vivido en un orden legal democrático durante tres periodos: un decenio en el siglo 19 (el luminoso período de la República Restaurada), un año en el 20 (el sueño democrático de Francisco I. Madero) y el primer lustro del siglo 21. Este México, que ensaya por tercera ocasión la democracia, enfrenta una prueba crucial de la que depende no sólo nuestro futuro como sociedad civilizada (respetuosa de las leyes, las libertades, las instituciones) sino también -en alguna medida- el futuro de la democracia en Latinoamérica.
Si el ganador de la jornada del 2 de julio, aunque sea por un voto, hubiera sido Andrés Manuel López Obrador, no tengo la menor duda de que sus contrincantes le habrían alzado la mano. La razón es clara: ninguno de ellos ha puesto en duda la autoridad del IFE, una autoridad ganada a pulso en infinidad de jornadas de civilidad electoral; un autoridad que revirtió, en unos años, decenios de sufragios inefectivos. Y no sólo sus adversarios habrían levantado la mano del candidato del PRD: también, estoy seguro, lo habrían hecho los electores, esa mayoría de ciudadanos (un 65% del total de votantes) que no votó por él, pero que sin embargo cree en el IFE y cree en el primer mandamiento de toda democracia: el poder debe recaer en quien decida la mayoría.
Pero, a final de cuentas, fue Felipe Calderón quien obtuvo esa mayoría en el conteo del IFE. La gran pregunta fue siempre ¿respetará el resultado Andrés Manuel López Obrador? La clave estaba en las siglas de su partido, el Partido de la Revolución Democrática. ¿Por cuál de las dos posibilidades contenidas en su denominación optaría el PRD? Mi deseo, por supuesto, era que, ateniéndose a los resultados, López Obrador se apegara sólo a la segunda de sus siglas, la democracia: que reconociera su derrota y siguiera luchando por su proyecto dentro de los cauces democráticos. O que no la reconociera, y para impugnarla acudiera con pruebas al Tribunal Federal Electoral.
Éste es el paso “formal” que ha dado (la palabra “formal” es textualmente suya) y en ese sentido su decisión se apega a la legalidad democrática. Pero en las intervenciones públicas del abanderado del PRD hay un agregado preocupante, más conforme a la primera de sus siglas (la palabra Revolución): ha negado autoridad al IFE y ha convocado a diversas “asambleas” para “informar al pueblo”. La fórmula empleada es desconcertante: la única “asamblea” legal que existe en México es el Congreso de la Unión. Su llamado puede ser el presagio de un vasto movimiento que someterá a las instituciones a una dura prueba.
Hay muchas personas respetables, sensatas y valiosas en la izquierda mexicana que pueden favorecer la conducción del proceso de impugnación por la vía puramente democrática. ¿Qué podemos decirles, que toque en ellos una fibra sensible y los convenza? Podemos decirles que admiramos el modo en que han puesto el tema de la pobreza en el centro de la agenda nacional. Podemos decirles que reconocemos su tenaz lucha social. Podemos admitir las fallas del liberalismo económico, aplicado con terquedad ortodoxa e insensibilidad. Podemos -al menos en mi caso- rechazar, como ellos, la injerencia de cualquier gobierno en la vida privada de las personas. Importa mucho hacer ese reconocimiento, pero importa aún más transmitir a los demócratas de izquierda el deber de valorar las conquistas políticas de México y de promover -como prometieron, en caso de triunfar- la reconciliación de los mexicanos.
Es ahí, si no me equivoco, donde cobra sentido releer la historia para escuchar la voz colectiva de Querétaro, el murmullo de las sesiones en el Constituyente, y el testimonio de Ezequiel Montes. En 1867 pronunció estas palabras que parecen haber sido dichas para los mexicanos de hoy, en especial para los demócratas de izquierda: “seamos leales a la Carta fundamental y no derramaremos sangre … ni violaremos la Constitución con el pretexto de salvarla”.
Socavar la democracia con el pretexto de salvarla es una deslealtad a las instituciones electorales que con tanta dificultad y costo hemos construido, es dar la espalda a la voluntad de más de cuarenta millones de compatriotas que sufragaron, y al trabajo y la honestidad de más de novecientos mil ciudadanos que organizaron los comicios (comicios, hay que repetirlo, que contaron con las representación de todos los partidos). Pero lo peor es que esa actitud podría traer consigo, como en tiempos de Ezequiel Montes, un riesgo de “derramamiento de sangre”.
Ésta es, me atrevo a pensar, la lección del pasado que nos convoca aquí, en el Teatro de la República de Querétaro, para honrar la memoria de don Ezequiel Montes. Demos la gran batalla de las ideas y los proyectos, una batalla feroz, si se quiere, pero siempre dentro de los cauces legales. Hagamos, en suma -como dijo don Ezequiel-, “un verdadero ensayo de la Carta Federal; si es buena, dejémosla como está, si no lo es, reformémosla”, pero no actuemos al margen de las instituciones vigentes.
Todos los actores políticos del momento actual, sobre todo el gobierno y el abanderado del PAN, deben actuar con la más extrema prudencia. Un gesto triunfalista, una palabra de más, un acto prepotente, pueden conducir al desastre. Prudencia, paciencia y generosidad son las virtudes que reclama la hora. A sus adversarios vale la pena recordarles que sólo con el respeto a las instituciones que nos hemos dado lograremos arraigar ahora y para siempre la democracia.
Desde esta tribuna de México, como ciudadano, me permito hacer un llamado a defender la legalidad y las instituciones como las únicas vías para consolidar la democracia y dar paso a la concordia. Concordia, hermosa palabra latina que habla de un pueblo bajo la imagen de un mismo corazón, un corazón no escindido.
Discurso pronunciado el 5 de julio de 2006, en la recepción de la medalla “Ezequiel Montes Ledesma”
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