27 de julio de 2006

Guanajuato, Fox y el 2006

Ricardo Alemán
El Universal - Itinerario Político
27 de julio de 2006

No faltan quienes pretenden justificar la resistencia civil actual con la de hace 15 años


A propósito de la "resistencia civil" que anunció López Obrador contra el presunto fraude cometido el pasado 2 de julio, son muchos los que han pretendido emparentar la protesta de hoy con la realizada del 18 al 28 de agosto de 1991 por el entonces candidato del PAN al gobierno de Guanajuato, Vicente Fox. De manera absurda, sin conocer la historia ni el entorno político ni a los personajes, no faltan quienes -como el propio AMLO- pretenden justificar la resistencia civil actual, con la de hace 15 años.

Y como si no hubiera pasado nada en esos 15 años, como si no existiera el IFE y el TEPJF, como si se viviera con la misma legislación electoral de ese 1991, justifican alegremente que si Fox llenó plazas, llamó contra el fraude, tomó carreteras y aeropuertos, ¿por qué no debía hacerlo hoy AMLO? En la mayoría de los casos, quienes esgrimen ese argumento no sólo ignoran totalmente lo ocurrido entonces, sino que engañan deliberadamente a muchos que de buena fe les siguen creyendo. La siguiente es la historia de esa elección en Guanajuato.

En agosto de 1991 compitieron por el gobierno de ese estado: Ramón Aguirre, por el PRI; Vicente Fox, por el PAN; y Porfirio Muñoz Ledo, por el PRD. El Presidente de la República era Carlos Salinas, la secretaría de Gobernación era ocupada por Fernando Gutiérrez Barrios -de quien Arturo Núñez era director general de Desarrollo Político-, en tanto que presidía al PRI, Luís Donaldo Colosio; al PAN, Luís H. Álvarez; y al PRD, Cuauhtémoc Cárdenas. Los operadores políticos por excelencia eran: por el gobierno y el PRI, Arturo Núñez -hoy estratega de AMLO en la etapa postelectoral-; por el PAN, Diego Fernández de Cevallos y Carlos Castillo Peraza; y por el PRD, el propio Porfirio Muñoz Ledo, a quien acompañaba Jorge G. Castañeda.

La elección de Guanajuato era una más -junto con Baja California y San Luis Potosí- cuya limpieza electoral había sido condicionada por el PAN cuando ese partido decidió legitimar "en el ejercicio del poder" al gobierno de Salinas, luego de las elecciones fraudulentas de 1988. La elección de 1991 se llevó a cabo bajo las mismas reglas antidemocráticas que las de 88, en donde el gobierno en turno -en este caso el estatal-, tenía todo el control del proceso, y los opositores se enfrentaron no al candidato del PRI, sino al poder del Estado.

En ese entonces, Guanajuato fue la extensión de las disputas electorales de 1988, dado que se enfrentaban por la gubernatura estatal: el preferido de Salinas, Ramón Aguirre; uno de los mayores enemigos de Salinas, Porfirio Muñoz Ledo; y el más aventajado pupilo de Manuel J. Clouthier, el bronco Vicente Fox, quien en el Colegio Electoral de 88 había ridiculizado a Carlos Salinas, al colocarse las boletas electorales del fraude a manera de orejas de ratón.

Salinas se propuso, desde el inicio de la contienda, impedir que llegaran al gobierno estatal tanto Fox como Muñoz Ledo, y para ello canalizó todos los recursos económicos necesarios. El 18 de agosto se llevó a cabo la elección, y en medio de ruidosas acusaciones de fraude se anunció que el ganador había sido Ramón Aguirre. Se iniciaron las protestas y una primera señal la dio Muñoz Ledo cuando levantó la diestra de Fox, en señal de triunfo y de repudio al fraude.

Al tiempo que Fox inició una agitada resistencia civil contra el fraude -consistente en multitudinarios mítines en la plaza de León, caminatas a la capital de Guanajuato, bloqueos carreteros y del aeropuerto local-, en la ciudad de México se iniciaron las negociaciones políticas en las que participaron, por el gobierno y el PRI, Fernando Gutiérrez Barrios y Luis Donaldo Colosio, en tanto que por el PAN intervinieron Diego Fernández de Cevallos y Carlos Castillo Peraza. El PAN puso en la mesa, más que el recuento de votos, el gasto descomunal de dinero a favor de Ramón Aguirre. Pero sobre todo el pago de la factura política por haber legitimado al gobierno de Salinas.

El PAN amenazó con romper su alianza con Salinas -y con echar abajo la negociación del TLC- si Ramón Aguirre era declarado gobernador. A su vez, Fernando Gutiérrez Barrios dijo que Salinas no permitiría que Fox fuera gobernador, y entonces buscó una salida política. ¿Y quién creen que fue el encargado de operar la negociación? Sí, nada menos que Arturo Núñez, el entonces director general de Desarrollo Político de Gobernación y hoy operador de AMLO. ¿Y qué fue lo que propuso? Una variante a lo que hoy propone López Obrador a Calderón, una negociación por encima de la ley, que podría llegar al interinato.

Así, Carlos Salinas obligó a Ramón Aguirre a renunciar a su "triunfo". Al no haber gobernador electo, el Congreso Local nombró al panista Carlos Medina como interino. Hoy se le propone a Calderón aceptar el recuento de votos, que no es más que una salida extralegal -porque el TEPJF deberá recurrir a ella, no por un acuerdo político y menos por la presión política, sino porque existan pruebas de irregularidades-, para luego llegar al interinato. Y si hay dudas, ahí está la declaración delirante de AMLO a Univision: "Soy el presidente electo", grita desesperado.

aleman2@prodigy.net.mx

Tipología de los errores

Jorge Alcocer V.
Reforma
25 de Julio del 2006

Según el PRD (www.amlo.org.mx) hay 72,197 actas de escrutinio y cómputo de la elección presidencial (cada acta corresponde a una casilla) con algún error en su llenado, deficiencias que los investigadores perredistas clasifican en cinco tipos o causas, todas ellas ajenas a conductas ilegales como serían la adulteración de votos o la falsificación de actas.

La cifra total de actas con supuestos errores se antoja muy elevada, seguramente la prisa sacrificó la calidad del análisis. Sin embargo, hay una constante: la tipología de los errores tiene como origen común discrepancias numéricas, es decir, estamos ante problemas al transcribir cifras tomadas de otros documentos, al hacer sumas o al cotejar esas sumas, hechas por los funcionarios de casilla, con otros datos como el de número de electores que votaron o número de ciudadanos inscritos en la lista nominal. Los errores cometidos por los ciudadanos que reciben y cuentan los votos no solo tienen una razonable explicación, que nada tiene que ver con fraudes, sino que resultan incluso justificables a la luz de la realidad que viven en la jornada electoral.

Veamos los casos y causas de los errores que registra el listado del PRD.

En 6,739 actas ("causa 1") el PRD encontró diferencia entre la votación total y la boletas depositadas en las urnas. En 5,652 de esas actas, hay una votación total mayor que las boletas depositadas. Las explicaciones pueden ser sencillas: hay ciudadanos que se llevan la boleta y otros que se equivocan de urna. No hay manera de saber quienes fueron. En el caso inverso (votación total menor a boletas depositadas) estamos, muy probablemente, ante una omisión del secretario de la mesa de casilla que olvidó colocar el sello con la palabra "votó" en el recuadro de la lista nominal de electores de cada ciudadano que acudió a votar.

Dice el PRD ("causa 2" con 78.3% del total reportado) que en 22,932 casillas la votación total más las boletas sobrantes es mayor al número de boletas recibidas; mientras que en 33,575 casillas ocurre lo inverso, para un total de 56,507 casillas con error. La fuente del error podría ser que las secciones electorales tienen como máximo teórico 1,500 electores, pero por cada 750 se debe instalar una casilla. Pero hay miles de secciones que superan el máximo, lo que obliga a tener más de dos casillas por cada una de ellas -una básica y otras contiguas-. Las boletas recibidas para cada sección se distribuyen previamente entre las casillas, con errores de origen al momento de hacer el reparto, lo que provoca innumerables problemas al momento en que se llenan las actas. (Ver el inciso d del párrafo 2 del artículo 207 del Cofipe). Otra fuente de error es la suma de los votos nulos a las boletas sobrantes. Sin embargo, esos errores no afectan los votos por cada candidato presidencial.

La "causa 3; operaciones aritméticas" se incluye en la "causa 1".

La "causa 4" (8,740 casillas) consistente en que la votación total sumada a las boletas sobrantes sea mayor o menor que la lista nominal de electores, parte de la hipótesis de que en todos los casos el número de boletas para cada sección debe ser igual al número de electores en la mencionada lista. Eso puede ser cierto para cada sección, pero puede no serlo para cada casilla, por los problemas, antes mencionados, que provoca el reparto de las boletas entre las casillas, la suma de boletas sobrantes a los votos nulos o errores al copiar el número de ciudadanos en lista nominal.

En la "causa 5", boletas depositadas más boletas sobrantes menor o mayor que la lista nominal, (211 actas) las fuentes del error podrían ser que se sumó a las boletas sobrantes los votos nulos, que el elector se llevó la boleta o que la depositó en urna incorrecta.

En suma, toda elección presenta múltiples contingencias que afectan el desempeño de los ciudadanos, que se acrecientan cuando la competencia partidista se extrema y los ánimos se crispan. Recordemos que el nivel de escolaridad de la población de 18 años y más sigue siendo muy bajo, y que el analfabetismo funcional es penosa realidad entre amplios segmentos de la ciudadanía, tanto en zonas rurales como urbanas. Pero esas realidades no autorizan a lanzar la acusación, hasta hoy sin pruebas, de que decenas de miles de ciudadanos realizaron, o se prestaron, a un fraude maquinado. En injusto, por decir lo menos, señalar con dedo flamígero a los ciudadanos que el 2 de julio actuaron como funcionarios o como representantes partidistas.

Esperemos que el IFE verifique la calidad y veracidad del reporte; por ahora queda reconocer a quienes hicieron el arduo trabajo de clasificar supuestos errores en miles de actas de casilla. A reserva de confirmar su número, la tipología establecida por el PRD parece ser, en lo esencial, correcta: se trata de errores, no de un fraude.

26 de julio de 2006

¿Fascistas?

Sergio Sarmiento
Reforma
26 de Julio del 2006

“La democracia moderna no está amenazada por ningún enemigo externo sino por sus males íntimos”.
Octavio Paz

Leonel Cota, presidente nacional del PRD, señaló ayer que la respuesta de Felipe Calderón a la carta que previamente le hizo llegar Andrés Manuel López Obrador “no corresponde a la de un político demócrata. Corresponde a la de un político autoritario que quiere quedarse en el poder bajo cualquier circunstancia y pasando por encima de la voluntad nacional”.

Es curioso: yo tuve exactamente la impresión contraria. López Obrador le pidió en su misiva a Calderón que éste demande la apertura de todos los paquetes electorales y el recuento de todos los votos. La respuesta de Calderón fue la siguiente: “La decisión de recontar votos no corresponde a los candidatos ni a los partidos sino al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación que, en ejercicio de sus atribuciones, aplicará la ley. Al final del proceso dictará sentencia definitiva a la que todos debemos someternos”.

Ésta es la respuesta que debe dar un demócrata. Efectivamente, no les toca a los candidatos -que son parte y no jueces- modificar post facto la ley electoral. Las reglas del juego se establecen antes y no después de los procesos electorales.

Los magistrados del Tribunal Electoral están considerando todas las impugnaciones presentadas y, sin duda, tomarán en cuenta la petición de la alianza Por el Bien de Todos para que se abran todos los paquetes electorales, se lleve a cabo un recuento de los votos y se garantice de esta manera el principio de certeza que establece el artículo 41 de la Constitución.

Un acuerdo entre los candidatos, sin embargo, no puede legitimar una decisión de violar la ley. Sólo el Tribunal puede, en apego a derecho, ordenar ese famoso recuento. Y Calderón está cumpliendo con la situación como un verdadero demócrata cuando señala que deben ser los magistrados los que fallen sobre este tema.

No es ésta la primera vez que el presidente nacional del PRD parece equivocarse al respecto de lo que debe ser el comportamiento de un demócrata. Después de la manifestación del Zócalo del 16 de julio, Cota señaló en una entrevista que Calderón debía aceptar la demanda de los perredistas para hacer el recuento de los votos ya que sólo un “fascista” no atiende los reclamos de los manifestantes. Quizá Cota no sabe realmente cómo operaban los fascistas. Eran ellos, después de todo, los que empleaban las marchas de presión para lograr sus propósitos frente a los demócratas.

Benito Mussolini conquistó el poder en Italia el 29 de octubre de 1929 gracias a “la marcha sobre Roma” de sus camisas negras. Adolf Hitler promovió su ascenso al cargo de canciller de Alemania en 1933 también gracias a una serie de manifestaciones. Juan Domingo Perón, quien era uno de los golpistas de 1943 en Argentina, se consolidó en el poder por la gran manifestación de Buenos Aires del 17 de octubre de 1945. Hugo Chávez también se sirvió de marchas para conseguir el poder en Venezuela.

Un demócrata, al contrario de un fascista, busca alcanzar el gobierno a través de elecciones democráticas y de respeto a la ley. En ese sentido, Calderón ha sido más demócrata que López Obrador, quien ha cuestionado los procedimientos democráticos legales y ha montado manifestaciones para presionar a las autoridades del País, a los funcionarios del IFE y a los magistrados del Tribunal Electoral.

En distintas ocasiones he señalado en esta columna que estoy de acuerdo con un recuento de los votos, pero no porque piense que haya habido un fraude. Ese recuento, sin embargo, sólo puede ser ordenado legalmente por el Tribunal Electoral. Ésa es la posición de cualquier demócrata.

El problema es que en México es tan corta la experiencia democrática que muchos políticos piensan que pueden hacer creer a los ciudadanos que las prácticas fascistas son democráticas. Pero debe quedar claro que en el mundo quienes aceptan los resultados de las elecciones y se ciñen a la ley son los demócratas, mientras que quienes usan las grandes concentraciones populares para obtener el poder son los fascistas.

Revolución cubana

Hoy se cumplen 53 años del asalto al cuartel de Moncada que según la propia filosofía castrista dio origen a la revolución cubana. Lo que empezó como un movimiento liberador, sin embargo, se convirtió en el inicio de un régimen abiertamente autoritario. Fidel Castro lleva ya 47 años en el poder.

sarmiento.jaquemate@gmail.com

Se buscan cuerdos

Manuel J. Jáuregui
Reforma
26 de Julio del 2006

Nadie niega ni desconoce la capacidad de destrucción que tiene en sus manos actualmente la fracción ex priista que ahora se llama PRD.

Cualquier piromántico con un cerillo en la mano puede causar grandes daños, ya no digamos los radicales que militan en esa agrupación y que espuman por la boca ante la oportunidad de desestabilizar al País y ganar por la fuerza lo que en las urnas no pudieron.

No obstante lo anterior, gente que antes se consideraba cuerda en el medio político, tales como Chucho Ortega y Ricardo Monreal, deben saber que al surgir la primer llamarada en el País, el primer achicharrado será el propio PRD, quien perderá opciones políticas en general, y las presidenciales del 2012 en particular.

No hablamos sólo de las oportunidades futuras del señor López, las cuales se desvanecen día a día ante su evidente carencia de estatura política, sino nos referimos a las oportunidades del PRD como organización, una en la que militan personas valiosas.

Nos referimos a opciones políticas reales para el futuro, tales como LÁZARO CÁRDENAS BATEL, Marcelo Ebrard (quien tendrá que administrar una ciudad complicada y dividida con base en avances concretos y no en disturbios), como Cuauhtémoc Cárdenas (fundador y líder moral de ese partido), y otros más que entienden de democracia y de política moderna.

Las democracias de hoy se construyen y fortalecen con base en INSTITUCIONES, no con base en personajes mesiánicos, pasajeros.

Si el PRD desea subsistir como opción política nacional más allá del 2006, necesariamente debe colocarse como una opción seria, confiable y CONSTRUCTIVA ante el electorado.

Los berrinches no funcionan, las amenazas son contraproducentes: las causas de que hayan perdido una elección que tenían ganada no son externas sino INTERNAS.

La soberbia de creerse por encima de todos y de todo (no asistir al primer debate, no reunirse con representantes del sector privado, etc.) sin duda contribuyó a la derrota.

Entonces, será el Trife el que decida si las quejas interpuestas son válidas, y si el resultado se oficializa, mientras los pretextos esgrimidos por el candidato perdedor para desconocerlo lucen contradictorios, vacilantes, variantes, inverosímiles y francamente falsos.

Por ello, pretender PRESIONAR por la vía de la fuerza a los tribunales es indebido.

El “voto por voto” YA SE HIZO, en ocasiones hasta tres veces, y lo realizó un ejército de UN MILLÓN DE CIUDADANOS que garantizaron la limpieza del proceso, en el cual no hubo ni “fraude cibernético” ni “cuchareo a la antigüita” ni nada.

Los errores que el mismo IFE ha detectado son errores humanos menores en casos aislados, que de ninguna manera alteran el resultado de la elección.

Esto lo saben propios y observadores extranjeros, por ello, ante la reticencia de aceptar los resultados por parte del PRD, la comunidad internacional ve cada día con mayor escepticismo a los perredistas.

Una gran mayoría de mexicanos, y así lo demuestran las encuestas, está conforme con el resultado de las elecciones y sabe que éstas fueron limpias y confiables.

Al AMENAZAR y pretender chantajear al País entero para que se cumpla el capricho irracional de un solo hombre, el PRD anula sus propias posibilidades futuras.

Vaya, cada día se aleja más de ser un partido político SERIO, de izquierda, para convertirse en un apéndice revoltoso remedo de los ZAPATISTAS, con mucha capacidad de hacer ruido, con mucho potencial para trastocar el orden, pero con menguadas opciones democráticas.

México busca, pues los necesita, entonces a esos perredistas cuerdos, a los prudentes, a los sensatos (que por supuesto hay), para que tomen el liderazgo de sus correligionarios y los convenzan de que el mejor resultado posible para el PRD es aquel que los conduce a RESPETAR las leyes y las instituciones, y a ACEPTAR un resultado que si acaso les fue adverso, no se debió a ningún “compló”, sino al haber caído en el exceso de confianza y soberbia.

fricase@elnorte.com

El huerfanito

Germán Dehesa
Reforma - Gaceta del Ángel
26 de Julio del 2006

Emplearé palabras que sólo los mexicanos pueden entender plenamente y lo haré para dar un brevísimo boletín acerca del estado de mi maltrecha salud: creo que estoy mejorcito y con esto quiero decir que gracias a la acción de enérgicos antibióticos y de unas “nebulizaciones” tan drásticas que soy yo el que queda nebulizado, grandes dosis de agua y oxígeno en abundancia; creo que gracias a todo esto y a un anafre copalero que me va a traer mi amiga La Bruja que baila alrededor del anafre y entona antiguos cánticos aztecas, me voy sintiendo mejorcito y en vías de recuperar mi plena forma. Nomás faltaba que me diera de alta en el ejército de las calacas sin saber en qué paró el desmadre de AMLO y de Felipe.

Aquí me tienen dándole a la talacha sin proyecto alguno de irme a la “Riviera Maya” y, por si algo faltara, sometido a una dieta terrible. Hoy desayuné, lo juro, un tazoncito de melón, ¡seis almendras! y café al gusto (no sé al gusto de quién, pero así dice). Dehesa sufre, aunque confieso que estoy pagando una larga factura que comencé a acumular la Navidad pasada y que hoy me tiene con una silueta de perfil que parece o de Hitchcock, o de alguien que se hubiera tragado un Volkswagen. Pero ahora sí, nada ni nadie me detendrán hasta que quede como Agustín Lara. Insisto: Dehesa sufre.

Entiendo que todo esto que he dicho es una colección de minucias junto al severo engarrotamiento que vive la República. Acepto que Andrés Manuel organice actos de masas, envíe a su rival misivas inútiles y visite los medios para descalificarlo todo, salvo su eventual victoria; acepto también que Felipe ande en lo suyo, que conteste lo único que tiene que contestar y que entre él y su oponente libren la guerra de los moñitos. Sin embargo, lo que todo esto me provoca es, como a Denise Dresser, una aguda sensación de orfandad. No es que quiera yo apurar a los del Trife, pero con la debida cortesía les pido que ya no la hagan de episodios y expidan un pronunciamiento en el que anuncien a) el recuento voto por voto, o bien b) el triunfo de alguno de los dos. Sólo así podremos terminar con todo este jueguito tan irresponsable y tan perjudicial para esa patria que, por lo visto hasta hoy, les viene quedando muy lejos a ambos candidatos. Si sólo se tratara de un conflicto personal, pero está de por medio un país en donde cada vez hay más ciudadanos, un país que ha aguantado y ha luchado mucho por el respeto a sus derechos y a sus logros y que a la vista de la espléndida actuación de sus ciudadanos el 2 de julio, no merece, ni tiene por qué aguantar ese juego de vencidas que están librando dos que no acaban de entender que, por lo pronto, únicamente son pretendientes a servidores públicos; no se mandan solos, aunque actúen como si así fuera y algún día no muy lejano tendrán, eso espero, que rendir cuentas a esos millones de ciudadanos que no votaron ni por uno, ni por otro y que no entienden ni aceptan que a instituciones nuestras y respetables como el IFE y el Trife, se las cargue AMLO con tropical desenfado y nos comunique que ambas carecen ya de legitimidad, nomás porque no le alzan el brazo y por los monumentales lapsus del buen Pericles Ugalde. Sería importante que ambos contendientes comprendieran que no pueden servirse del país; su chamba, si es que decidimos otorgársela, consistirá en todo lo contrario; será servir a su país.

Y ya. Creo que esta colaboración salió muy semejante a mis nebulizaciones, pero es que me urge que mi patria vuelva a ser respetada y respetable, cuidada y no maltratada, impecable y diamantina. La muchedumbre gritona contra la mayoría silenciosa; premio único e indivisible: lo que quede del país.

¿Qué tal durmió? DCCCXLIV (844)

Ya regresó ARTURO MONTIEL. Ésas son buenas noticias. ¿Por qué no lo encarcelan?


german@plazadelangel.com.mx

Deprimidos otra vez

Jorge G. Castañeda
Reforma
26 de Julio del 2006

Cuando gente sensata e ilustrada, normalmente prudente en sus juicios, desvaría, las explicaciones simples no resultan satisfactorias. No basta el “están enojados”, “fue su última oportunidad”; todas esas expresiones, aplicadas a la corte pejista de intelectuales y políticos, sin ser falsas, son insuficientes. Comprender el porqué de las comparaciones delirantes entre el 88 y el 2006, entre Pinochet y Fox; de la fidelidad a comportamientos en el mejor de los casos erráticos y volubles, cuando no desquiciados; del apoyo a un rumbo que conduce al suicidio político; comprender todo ello requiere buscar un poco más lejos que la desestimación superficial.

Quizás la respuesta yace en un dilema más profundo. Hasta 88, parecía que la salida del autoritarismo priista sería hacia la izquierda: con Cárdenas hacia un régimen más social, laico, nacionalista y plenamente democrático. Ésa era la salida deseada: no podía ser de otro modo porque si bien el “pueblo mexicano” quería democracia, también quería, en teoría, justicia social, juarismo, nacionalismo antiyanqui, entendidos todos estos nobles objetivos tal como los había definido el consenso ideológico imperante en México y en AL hacia los 80. No podía haber otra salida más que a la izquierda porque así era “el pueblo” y la mejor prueba de que eso anhelaba “el pueblo” es que correspondía perfectamente a lo que postulaban los intelectuales y políticos de izquierda.

El 94 debió de haber sido la primera señal de alarma. Volvió a ganar el PRI en una elección casi seguramente limpia e inequitativa, pero la “derecha” conservadora, mocha y entreguista llegó en segundo lugar, distanciando a la “izquierda” por 10 puntos. Pero se podía siempre argumentar que eso se debió al conflicto en Chiapas, a Salinas, a la falta de reglas justas del Gobierno.

En 2000, se complicaron más las cosas. Se jugó con reglas en las que participaron muy activa e inteligentemente muchos de esos intelectuales y políticos de “izquierda”. El PRI estaba agotado y además dividido. El candidato correcto contendía por tercera vez, ahora con acceso a medios, recursos, aliados, y sin anatemas en su contra. Pero otra vez empezó a despuntar la “derecha”, ahora francamente “cocacolera”, guadalupana y plenamente entregada al gran capital.

La salida del autoritarismo por fin se dio, pero no como se esperaba: no hacia Cárdenas, no hacia un nacionalismo revolucionario resurrecto y purificado, no hacia un juarismo resurgido del alma misma del “pueblo”, sino hacia Fox: ¡horror de horrores!, por encarnar todos los pecados aborrecidos por “el pueblo”. El pequeño problema es que “el pueblo” votó por él, en contra de la mejor opinión de esa “izquierda” y, por supuesto, de los verdaderos intereses del “pueblo”.

No obstante, seguía intacta la esperanza de que al comprobar las barbaridades que cometería en el poder la “ultraderecha” pro-yanqui y persignada, “el pueblo” recapacitaría y, rápidamente, rectificaría y reencontraría el camino del bien (de Todos). Lo haría con tanta o más fuerza y razón, ya que ahora contaba con un candidato carismático, vigoroso, cercano al “pueblo” y con capacidad de atraer a sectores del no “pueblo” que podrían redimir sus culpas aliándose con él. Y en esta ocasión “el pueblo” no estaba solo: en su gesta lo acompañaban otros “pueblos” de AL, unos ya liberados (Cuba, Venezuela, Bolivia) y otros en proceso.

Sin embargo, otra vez el pueblo se mostró rejego. No sólo no compartió la visión correcta de “la izquierda”, sino que votó al revés. En cualquier caso, 65 por ciento del electorado no consideró que el país se encontraba en una posición postrada, desesperada, al borde del abismo. Tampoco consideró ese 65 por ciento que el “candidato de los pobres” no fuera un pobre candidato. Un candidato formidable montado en una gran ola popular, en un país en desastre, enfrentado a dos enanos políticos… no saca 35 por ciento del voto, ni gana o pierde por un punto: arrasa.

Pero además los pobres no se reconocieron en “su candidato”. De acuerdo con las encuestas de salida de Gaussc, Parametría, BCG y Consulta, el perfil del votante de Calderón y de AMLO es prácticamente idéntico. Madrazo obtuvo más votos que su promedio entre los más pobres y de menor educación, y Calderón obtuvo más votos que su promedio entre los de mayor ingreso y escolaridad. Pero en el equivalente de los ocho deciles intermedios, desde los pobres a secas hasta la clase media superior, a Calderón y al Peje les fue más o menos igual. El Peje no fue el candidato de los pobres ni Calderón el de los ricos. Otra vez o alguien se equivocó o hubo trampa: “el fraude más grande de la historia”.

Para propósitos de transparencia, confieso que en 88 yo hubiera querido la salida hacia la izquierda, y trabajé para ello; en 94 traté de apoyar la salida de izquierda, pero me mantuve al margen fundando con Sodi el Grupo San Ángel. En 2000 llegué pronto a la conclusión que sólo era viable la salida hacia la derecha, porque sólo Fox podía dividir a las élites y movilizar al pueblo. En 2006 supe que con una “izquierda” como ésta, ni se dividirían las élites ni jalaría el pueblo; de nuevo la salida no fue hacia la izquierda, y no lo será hasta que esta izquierda sea totalmente otra.

Denuncia a la antigüita

Marco Levario Turcott
Crónica
26 de Julio de 2006

El miércoles anterior un grupo de personas encabezadas por Jesusa Rodríguez y Elena Poniatowska cerraron simbólicamente la sede de Banamex.


Con la emoción a flor de declaraciones, aquel día la escritora dijo que el acto era parte de la resistencia civil “que debe ser siempre no violenta y nunca fuera de la ley, pero firme, alegre y creativa, sin molestar a la gente, sólo a los de arriba”. La actriz secundó con una arenga aún más contundente. Dijo que con su causa “están las mejores mentes de México” y luego comentó que “el consejo de ancianos es el que orienta a la nación. ¿Se equivocan Carlos Monsiváis, Sergio Pitol, Rosario Ibarra de Piedra, Fernando del Paso? ¿Le hemos perdido respeto a nuestros ancianos?”

Exabruptos como aquellos son entendibles en momentos de crispación y por eso sólo traigo a colación dos aspectos, en tanto que representativos de una forma específica de ver la vida y, entonces, de hacer ofertas políticas.

El primero: ¿por qué a los de abajo no hay que molestarlos y a los de arriba sí? ¿Arriba los de abajo y abajo los de arriba? Esa arenga podrá ser todo lo que se quiera, menos democrática. No se sustenta en una forma civilizada de entender las relaciones sociales. La equivocada asunción de que los pirrurris son sujetos de exterminio y los otros de culto expresa el fanatismo que, ojalá, no salga de cauce. Sólo hay que recordar que, ese día, al salir de un acto, Felipe Calderón fue increpado por varias personas sin que López Obrador condenara la agresión. Más aún, el político tabasqueño dijo que la verdadera agresión provenía de quienes perpetraron un fraude que, hasta el momento, no ha podido demostrar.

El segundo: a Carlos Monsivaís, Sergio Pitol, Rosario Ibarra y Fernando del Paso los considero entrados en años, no ancianos, pero sobre todo no los pienso infalibles —que es como se les considera a los viejos en algunas comunidades indígenas, por ejemplo en varias zonas de Chiapas, por lo que a ellos les designan decisiones de la más diversa índole, desde el temporal de siembra hasta la autorización de matrimonios. En el EZLN, durante 1994, se habló mucho del consejo de ancianos como la máxima estructura de jerarquía desde la que se tomaban las decisiones más importantes—. Reitero, aquellos no son infalibles, más aún, en el marco del respeto a su trayectoria, sostengo que su lectura del proceso electoral está equivocada; pienso también que su labor intelectual se desdibuja al colocarse en el ámbito de la profesión de fe. Pero sobre todo, me niego a que, como dice Jesusa Rodríguez, ni ese consejo de ancianos inventado por ella ni cualquier otro sea el que defina al país. La única resolución colegiada a respetar es la del Tribunal Federal Electoral.

No exagero al pasar por el tamiz de la razón aquellos dislates porque unos pueden conducir a otros y generar una espiral incontenible. Mientras redacto esta nota, por ejemplo, leo que la coalición Por el bien de todos denunció penalmente a los consejeros electorales, en particular al consejero presidente del IFE al que hace unas semanas el PRD consideró como delincuente electoral. No se necesitaba ser adivino o anciano sabio para decir, como aquí dijimos hace 15 días, que se avecinaba una fuerte campaña contra Luis Carlos Ugalde. Ya comenzó y podría tener mayores proporciones.

El IFE es una institución confiable precisamente por su forma de organización y por la normatividad que lo rige. Incluso, lo es más allá de la forma tan intrincada como los partidos resolvieron la integración de su Consejo, que aquí en Crónica en noviembre de hace tres años consideramos muy cuestionable (tanto que solicitamos a los Consejeros Electorales no asumir el cargo). Ahora, tres años después, sin haberse expresado al respecto y desde la defensa de la demanda de anular las elecciones con la máscara del conteo voto por voto, hay quienes dicen que el fraude comenzó desde la forma en como se integró el IFE. Ese es otro juicio desproporcionado: no hay una sola prueba que respalde la existencia de un fraude cibernético o a la antigüita. Más bien, cuestionar a estas elecciones es una denuncia a la antigüita.

mlevario@etcetera.com.mx

La sombra del fraude

Katia D Artigues
El Universal - Campos Elíseos
26 de julio de 2006

[..]

La derrota estuvo rodeada de la sombra del fraude.

O bueno, quizá no la misma noche, pero al pasar de los días la duda comenzó su efecto corrosivo.

Para muchos, en el resultado final hubo gato encerrado. ¿Cómo es que siempre estuvo en las preferencias para ganar, clarísimo, y ahora resultaba que siempre no? ¿Los expertos se equivocaron? Es más, sus seguidores no dejaban de echarle porras. Su porra, sin duda, era de las más numerosas.

Pero como siempre pasa, se quedó en el ya merito. No impugnará el resultado, hasta donde ha dicho. Dice que dio el 150% de su persona para ganar, pero no pudo.

Ese es el sentimiento que tiene ahora Priscila Perales, quien representó a México en el certamen Miss Universo, pero sólo llegó a estar dentro de las 10 semifinalistas. Priscila siempre fue mencionada dentro de las favoritas para adjudicarse la corona, la cual quedó, al final, en manos de la puertorriqueña Zuleyka Rivera.

De hecho, ya hubo quien dejó entrever que posiblemente hubo fraude dentro de este concurso.

Fue el productor Emilio Larrosa:

-El hecho de que no haya conseguido un mejor papel no es preocupante, pues muchos concursos son truqueados.

Él fue parte del equipo que organizaba y transmitía el concurso Señorita México.

Y para que no se llegue a hablar de que hubo embarazo de. la ganadora, que no de urna, ya se aclaró que el desmayo sufrido por la nueva reina de la belleza se debió al calor y al peso del ajustado vestido que lució esa noche.

[..]

katiushka@prodigy.net.mx

¿Carta o coartada?

Ricardo Alemán
El Universal - Itinerario Político
26 de julio de 2006

Más allá del espectáculo mediático por el "carteo", la misiva de AMLO resulta no sólo ilustrativa, sino una "perla" del autoritarismo

En política, sobre todo en la política mexicana, el intercambio epistolar suele ser un precursor del diálogo, la negociación y los acuerdos políticos. Y sabedor del impacto y la importancia de ese peculiar camino, sobre todo cuando el "carteo" es público, el candidato López Obrador decidió enviar una carta a su adversario Felipe Calderón, en la que propone "una solución legal y política" a la crisis postelectoral.

En su misiva a Calderón, el caudillo de la coalición Por el Bien de Todos califica de "irregular y fraudulenta" la elección del pasado 2 de julio y le propone al panista lo siguiente: "Si usted se pronuncia a favor del recuento de todos los votos, y el Tribunal Electoral del Poder Judicial (sic) ordena esa diligencia, yo ofrezco el compromiso de aceptar los resultados, si a usted le favorecen, y no convocar a más movilizaciones. De la misma manera, usted tendrá que aceptar el fallo emitido por el Tribunal si resulto triunfador en el recuento".

Líneas más adelante, AMLO amaga frente a la eventualidad de una respuesta adversa de Calderón. Dice: "En caso de que usted no acepte esta propuesta, asumirá su responsabilidad de cara a los mexicanos. Si el Tribunal no cuenta los sufragios y avala su ´triunfo´, quedará para siempre la sospecha o la certidumbre de que usted no ganó en las urnas y de que hubo fraude en la elección. De ser así, para millones de mexicanos usted será un presidente espurio y nuestro país no merece ser gobernado por alguien que no tenga autoridad moral ni política". La respuesta de Calderón a López Obrador fue casi inmediata, y luego de recordarle a AMLO que la decisión de recontar votos no corresponde a los candidatos y menos a los partidos, sino que es facultad exclusiva del tribunal electoral, convocó al diálogo entre los dos candidatos presidenciales.

Pero más allá del espectáculo mediático por el "carteo", la misiva de AMLO resulta no sólo ilustrativa, sino una "perla" del autoritarismo, el desprecio a la legalidad y las reglas democráticas y, sobre todo, la camuflada intención de anular la elección del 2 de julio. En el fondo asistimos más que a la difusión de una carta con fines políticos, a la exhibición de una coartada política que muestra con toda claridad -para los que insisten en el voto por voto- que a AMLO lo que menos le importa son las reglas y las instituciones de la democracia electoral mexicana.

Vamos por partes. En primer lugar, por primera ocasión López Obrador acepta, de su puño y letra, que más que una solución legal e institucional, busca una salida política al conflicto, la cual pretende ser vestida con ropajes presuntamente legales. "Lo que nosotros proponemos es una salida racional; legal y política". Pero vale preguntar: ¿realmente se trata de una salida racional y legal? La respuesta la ofrece el propio AMLO.

Como señalamos líneas arriba, el candidato López Obrador le propone a Calderón que acepte el "voto por voto". Es decir, lo exhorta a una negociación política que -como también dice AMLO- le daría al TEPJF "todos los elementos políticos y legales". En pocas palabras, es una invitación a que se presione al Tribunal Electoral para que, más allá de que existan o no evidencias de irregularidades, realice de nuevo el conteo de todos los votos. Si Calderón acepta la propuesta, y si el tribunal "ordena esta diligencia", el tabasqueño se compromete a "aceptar los resultados". Es decir, AMLO aceptará la democracia y sus reglas, sólo si esas reglas se negocian como él lo propone. De lo contrario, la elección y el presidente electo serán espurios.

Y ratifica su postura antidemocrática y contra las instituciones cuando señala que si Calderón no acepta la negociación política, y si el tribunal tampoco se somete a esa presión -y si avala el triunfo del panista sin contar todos los votos-, entonces la elección será fraudulenta. A los ojos de AMLO, el TEPJF y los resultado que emita sobre la calificación presidencial sólo serán válidos si cuenta todos los votos, sin importar si existen o no irregularidades. Es decir, que Obrador propone el acuerdo político y decide cuándo y cómo respetará los resultados. De lo contrario, el tribunal y sus magistrados se sumarán a la perversidad del fraude. El mensaje es claro: "negociar la ley, que es igual a buscar una salida política; de lo contrario, todos son perversos, defraudadores y canallas". Valiente democracia.

Pero el fondo es otro. AMLO sabía -y lo corroboró la carta de Calderón- que para el panista su propuesta es inaceptable. ¿Y entonces por qué la envió y la hizo pública? Por eso, porque se trata de una coartada ante la posibilidad harto factible, de que el TEPJF no ordene el recuento total de la elección. Así, mañana aparecerá como víctima de los canallas. Al tiempo.

Muchos vieron a Rocío Culebro, secretaria particular de Isidro Cisneros, presidente del IEDF, y a Édgar Cortés, consejero distrital del famoso distrito 15 del DF, en la segunda Asamblea Informativa de AMLO. ¿Qué tal con la imparcialidad a toda prueba?

aleman2@prodigy.net.mx

Dos epístolas

Juan Molinar Horcasitas
El Universal
26 de julio de 2006

El lunes pasado, la política mexicana se hizo epistolar. Andrés Manuel López Obrador le envió una carta a Felipe Calderón, en la que le hace afirmaciones y peticiones diversas. El mismo día, Felipe Calderón respondió. Las cartas se distinguen tanto por su estilo como por su contenido.


El texto del tabasqueño afirma que el proceso electoral "estuvo plagado de irregularidades y actos fraudulentos". Entre los culpables, enumera explícitamente al IFE, al presidente Fox, a los medios de comunicación y a "grupos de intereses creados" que, por supuesto, no identifica, aunque en otras ocasiones ha señalado a empresas como Jumex, Sabritas y Bimbo (aunque usted no lo crea).

Pero también incluye implícitamente, aunque luego trate de negarlo, a cientos de miles de ciudadanos que cumplieron su deber cívico el domingo 2 de julio, pues afirma que "se falsificaron los resultados en miles de actas". ¿Cuántas? No lo dice en su carta, pero en boca de sus voceros ha estado diciendo distintos números. Empezaron con 20 mil, subieron a 50 mil y ya van en 70 mil. Esto implica que en el fraude que su desesperación ha inventado, participaron alrededor de un cuarto de millón de personas, la mayoría de ellos vecinos de los lugares en donde se instalaron las casillas, pero también muchos representantes de partidos y coaliciones, incluyendo a los de la coalición del propio López Obrador.

AMLO también afirma que los medios de comunicación fueron parciales. La verdad es que todos los estudios hechos demuestran que el candidato que más cobertura obtuvo fue precisamente él. Esos estudios también demuestran que su cobertura fue, en general, objetiva y que las notas editorializadas favorablemente superaron a las negativas.

Luego afirma que se gastó mucho dinero, de origen dudoso. El tabasqueño repite una y mil veces, machaconamente, que sus adversarios gastaron mucho dinero en spots de radio y televisión. ¿Qué dicen los datos duros? Dicen que el candidato que compró más spots de propaganda comercial en radio y televisión fue López Obrador, especialmente en las fases finales de la campaña. Las mediciones de "puntos de rating totales" y las de share of voice coinciden en ello. Un dato mide audiencias, otro mide tiempo de emisión. En este último caso, por ejemplo, López Obrador tuvo 37% del tiempo de emisión, contra 33% de Calderón y 30% de Madrazo. López Obrador nunca ha explicado quién le pagó ese gasto.

López Obrador también acusa al gobierno de manipular el gasto social a favor del candidato panista. Una vez más, los hechos muestran lo contrario. Los datos señalan que el gasto social está correlacionado con el grado de marginación, como debía ser, pero también muestran que su correlación con el voto del PAN fue negativa, pero positiva para el PRI y para el PRD. En términos de resultados, el PRD fue el ganador en 153 de los 200 municipios con más gasto social.

Aunque la realidad niega una y otra vez lo que López Obrador afirma reiteradamente, él insiste en construir una historia de fraude y en movilizar a sus simpatizantes con base en ello. Basado en esos argumentos frívolos, exige que se vuelvan a contar los votos, a sabiendas de que la ley no lo permite; señala con su dedo flamígero a Calderón, sentenciándolo a no gozar de la legitimidad de la que él cree ser dueño, y amenaza con aumentar sus movilizaciones si no se le place.

La respuesta de Calderón contrasta en forma y fondo. Para empezar, le recuerda que las elecciones fueron limpias y que así lo atestiguaron los medios de comunicación, los observadores electorales y, sobre todo, el millón de ciudadanos que estuvieron en las casillas como funcionarios y representantes de partidos. Más aún: le recuerda que así lo reconocieron públicamente todos los candidatos la tarde del 2 de julio. Eso incluye a López Obrador.

Sobre la petición de volver a contar los votos, Calderón le recuerda que esa decisión no corresponde a los candidatos ni a los partidos, sino al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en los términos de la ley. Calderón también lo invita a entablar un diálogo constructivo a favor de México. Ahí están dos actitudes distintas ante la realidad.

juanmolinarhorcasitas@hotmail.com
Diputado Federal (PAN)

25 de julio de 2006

Uncivilly resistant

The Economist (Inglaterra)
Country Briefing
July 21st 2006

The loser looks unlikely ever to concede defeat

IF THE loser gets his way, the battle for Mexico's presidential election will be settled on the streets. On July 16th, several hundred thousand supporters of Andrés Manuel López Obrador, the left-of-centre candidate, gathered in Mexico City to support their man's claim that he was robbed of victory in the election on July 2nd by fraud, or at least miscounting. He now plans a campaign of "civil resistance", another big rally on July 30th, and 24-hour vigils at 300 district offices where the ballot boxes are kept under military guard. Yet he risks overplaying his hand.

His disappointment is not hard to understand. Having long led in the opinion polls, the official count found that he had lost the election by 244,000 votes (0.58%) to Felipe Calderón of the ruling National Action Party. In papers filed with the Federal Electoral Tribunal, Mr López Obrador has challenged the count at 50,000 of the 130,000 polling stations. He wants a full recount--something which it is not clear that the tribunal can order.

The tribunal has until September 6th to rule. The challenger has yet to offer Mexicans any convincing evidence of irregularities. His campaign has also undermined its own case by wavering as to whether or not he will accept the tribunal's verdict if it goes against him. Jesús Ortega, one of Mr López Obrador's advisers, has said that even if Mr Calderón were to come out ahead in a recount, his victory would be illegitimate. That is because, Mr Ortega claims, Mexico's president, Vicente Fox, campaigned on Mr Calderón's behalf. This suggests Mr López Obrador's real aim is to have the election annulled, and a new one called.

Yet that might be a step too far even for some of Mr López Obrador's own supporters. Mexico has battled for years to eradicate fraud and to set up independent electoral institutions. The loser has every right to call for the tribunal to investigate any irregularities. But if he refuses to accept its verdict, he will have confirmed the charge that Mr Calderón threw at him during the campaign: that he is not a true believer in democracy and its institutions.

Source:
The Economist

Yo le entro

Luis González de Alba
Milenio
24/07/2006

Si alguna virtud tiene López Obrador, es la de emplear de manera consistente sus mismas tácticas. Otra vez se enfila a anular una elección que perdió. Lo dice el propio documento de impugnación: exige al tribunal electoral “no validar la elección”. ¿Y qué es “no validar”, sino declararla nula? Además ha repetido en cuanto espacio le han abierto, con Granados Chapa, con Carmen Aristegui, con Loret de Mola, que exige un tercer recuento voto por voto, pero no garantiza que aceptará el resultado si vuelve a serle desfavorable. O sea que tampoco reconocerá el recuento que exige. Va por la anulación. Pone en riesgo el triunfo de Ebrard en el DF y de sus nuevos diputados y senadores, pero eso no lo detendrá en su destino manifiesto: salvar a la Patria.

No ve que el remolino causado se lo tragará a él en primer lugar. Que México apareciera con un Presidente interino, encargado de llamar a elecciones no antes de catorce meses, causaría una crisis económica mayor: las compras de dólares harían caer al peso, la inflación se llevaría pronto el salario de los más pobres. El dueño de un negocio, pequeño o grande, tiene una salida a la inflación: eleva sus precios. Pierde clientela, pero puede resistir. El panorama es negro para los más pobres, quienes viven de un salario que seguirán recibiendo idéntico a pesar de las alzas. Eso que ocurrió durante los sexenios de Echeverría y de López Portillo. La película ya la vimos. ¿Exagero? Pues me la juego con el PRD y con El Peje. Entrémosle a la anulación. No tengo casa que perder ni nietos por socorrer.

Los más pobres, donde caló el asistencialismo de López Obrador, serán los primeros en probar los resultados: el frijol cuesta el doble, luego el triple. Y hay un responsable claro del desastre: quien exigió y logró “no validar” las elecciones. A menos de que se piense (y habrá quién), que con decirle al mundo en agosto que México no tendrá Presidente constitucional por otros dos años “no pasará nada”. “Qué histeria”, dirán. Y los ocurrentes nos harán chistoretes.

Yo, por mi parte, como simple ciudadano, me la juego con la apuesta del PRD: le doy mi voto por la anulación. Estoy convencido, por algo más que fe de carbonero, de que el país se la cobrará a López Obrador y Calderón arrasará en segundos comicios. Así tendremos una Presidencia fuerte y nos dejaremos de “maistros” que prenden fuego al escenario de la Guelaguetza y de mineros que causan pérdidas por cientos de millones de dólares en defensa de un líder ladrón.

Hace una semana, Calderón ya estaba arriba del Peje por ocho puntos en la encuesta GEA-ISA comentada aquí por Ciro Gómez Leyva. Añadamos que en las 2 mil 800 casillas impugnadas, donde se abrieron los paquetes con irregularidades y ya se volvió a contar, voto por voto, Felipe Calderón subió su porcentaje. ¿Como fue? Sencillo: si alguien tiene experiencia en fraudes es el PRI, y su mapache más hábil era José Guadarrama, de tan mala reputación que ni los servicios a su partido lo hicieron candidato a gobernar Hidalgo. Un sujeto acusado por el PRD de asesinar perredistas. Un mapache mayor cuya experiencia fue puesta al servicio de su nuevo partido, el PRD, que lo acaba de hacer senador. Tiene, además, el PRD su propia experiencia en fraudes: en las elecciones para presidente nacional fue tal el cochinero que su tribunal anuló esa elección y llamó a otra, que no fue tampoco limpia. Tantos expertos bien pudieron colar fraudes. Si el tercer recuento voto por voto sigue la tendencia de esas 2 mil 800 casillas, Calderón puede recuperar varios puntos.

Luego, pongamos en la cuenta a los ofendidos por la anulación: Las elecciones estuvieron a cargo de casi un millón de ciudadanos escogidos al azar, entrenados por el IFE y vigilados por una cantidad similar de representantes de los partidos y observadores nacionales e internacionales. Sostiene López Obrador que esa estructura ciudadana aceptó sobornos. Son un millón de ciudadanos ofendidos por el Pejelagarto, miles de sus representantes que no aceptarán volver a serlo ni votarán por quien los llama corruptos.

Una cosa es cierta: con la crisis por la anulación no se acabaría México. Pero estará claro quién produjo el desastre. Los arrepentidos de haber votado por el responsable serán multitud. Por eso creo que la anulación es una apuesta donde el país pierde mucho, pero el PRD todo.

El tribunal: entre Wikipedia y el recuento

Francisco Báez Rodríguez
Crónica
25 de Julio de 2006

La coalición Por el Bien de Todos ha elegido un camino de dos vías en la impugnación que presentó ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Por un lado, objeta los resultados de aproximadamente 50 mil casillas, en las que presuntamente hay irregularidades e inconsistencias. Por el otro, levanta un recurso general, con causales abstractas, en contra de todo el proceso electoral.

A estas dos vías agrega otra, política, que consiste en las movilizaciones de los seguidores de Andrés Manuel López Obrador, con una consigna que no corresponde a ninguna de las vías legales: la del recuento voto por voto, casilla por casilla.

El primero es, por decirlo así, el camino tradicional de las impugnaciones electorales en México. A través de la demostración de irregularidades, se recuentan los votos de las casillas en las que no hay forma de saber cómo se sufragó y, en los casos extremos, se anulan los resultados de esa casilla. Este proceso puede terminar en que el ganador fue el mismo, en que cambia el ganador o en que el número de casillas anuladas es tal que obliga a repetir la elección.

Las condiciones en las que se desarrollaron las elecciones del 2 de julio hacen extremamente improbable, si no es que imposible que, a través de este método, se genere un recuento que cambie el ganador de la contienda presidencial u obligue a repetir la elección. Sin embargo, es lo que el PRD maneja en su propaganda dirigida a la población en general, con la salvedad de que ante el TEPJF no pidió la revisión de todos los paquetes electorales, sino de una parte.

La segunda vía legal es la que impugna la elección a través de causales abstractas. No tiene como objetivo limpiar la elección de presuntas irregularidades, sino anularla, y ya los coordinadores de las Redes Ciudadanas empiezan a admitirlo.

En ese sentido, resulta por lo menos sorprendente que buena parte del argumento realizado por la coalición Por el Bien de Todos haya sido bajado de Internet. No fue un grupo de abogados y politólogos que hubiera estudiado el desarrollo de las campañas y de la jornada electoral. Fue, en primer lugar, un trabajo de copiado y pegado de los documentos que aparecen en Internet, luego de que en Google uno teclea “fraude electoral”. Es nada más cuestión de hacerlo y verificar.

¿Qué quiere decir esto? Por una parte, que no hay seriedad. Por otra, que, sin querer queriendo, la coalición Por el Bien de Todos retoma los argumentos que presentaron los demócratas de Estados Unidos, en el 2000, cuando George Bush ganó la presidencia a Al Gore en medio del escándalo de las votaciones en Florida.

Lamentablemente para la coalición Por el Bien de Todos, hay muchas diferencias entre aquellas elecciones estadunidenses y estas mexicanas. Señalaré sólo las principales: allá la disputa era sobre los votos de una región específica, y aquí es de un área dispersa y prácticamente indefinida; allá la elección de Florida fue presidida por la secretaria de Gobierno de ese estado, quien —entre otras cosas— era parte del equipo de campaña de Bush, y aquí es presidida por el Instituto Federal Electoral, que es un organismo ciudadano; allá las papeletas eran distintas según el condado, aquí son únicas; allá hubo una serie de juicios entre las partes hasta llegar a la Suprema Corte, aquí existe un Tribunal creado ex profeso para estos casos.

Ahora bien, al argumento de Wikipedia se le agregan, por fuera de lo llevado al Tribunal, otros más. Estos se refieren, explícitamente, a la presunta intervención del presidente Fox en el proceso, a lo que el grupo cercano a López Obrador percibe como una política desigual de los medios ante los distintos candidatos, a las presiones que habrían ejercido algunas empresas sobre los votantes. Se trata, claramente, de una lucha por la opinión pública.

Por otra parte, los magistrados ya saben —porque son personas informadas— que, si Calderón es ratificado, AMLO de todas maneras considerará que es un mandatario ilegitimo y seguirá sus movilizaciones.

¿Cuál será la reacción de TEPJF ante este complejo entramado legal y político? Los calderonistas de más pura cepa esperan una respuesta formalista: la revisión caso por caso de las casillas impugnadas, con apertura de paquetes limitada a su mínima expresión. De la parte de López Obrador quisieran que el proceso se anulara por las causales abstractas, pero —a sabiendas de que no es así— se conformarían con una votación dividida en ese aspecto y con la apertura y recuento de las 50 mil casillas impugnadas (y la subsiguiente alharaca por las 80 mil que faltaron).

Debería ser evidente —más aún con la debilidad formal del recurso “madre” de la coalición Por el Bien de Todos— que el tribunal difícilmente se irá por cualquiera de los caminos que proponen las partes en disputa. El otro lo interpretaría como una toma de posición.

Por eso, la tercera vía es la que más tranquilidad y certidumbre puede darnos. ¿En qué consiste? En abrir una muestra representativa de los paquetes electorales de las casillas impugnadas. Si se encuentra en esta muestra que hay suficientes errores o inconsistencias como para abrir otros paquetes, seguir adelante con ese proceso. Si no las hay, darlo por terminado y proceder a la declaratoria de Presidente Electo.

De esa forma, sin ceder a ninguna de las partes, el tribunal habrá demostrado no sólo transparencia legal, sino también sensibilidad ante la demanda —manipulada o no— de un recuento, habrá terminado con el espantajo del fraude electoral y habrá apuntalado las instituciones electorales mexicanas, tan irresponsablemente golpeadas en tiempos recientes.

fabaez@gmail.com

El fin del autoritarismo

Macario Schettino
El Universal
25 de julio de 2006

A tres semanas de la elección, seguimos sin tener pruebas de la existencia de un fraude. No parece que sea por falta de esfuerzo en buscarlas, porque la alianza que impulsó a López Obrador ha presentado varias, aunque hasta ahora todas en falso. Sí hay, sin duda, evidencia de casillas en las que se contó mal, o se sumó erróneamente. De hecho, varias de ellas fueron revisadas y corregidas durante el conteo distrital que terminó el jueves 6. Pero no hay manera de pasar de un conjunto de errores, aunque sea grande, a un fraude electoral.


Así pues, durante la última semana ha ido cambiando la apuesta. Ya no se habla tanto del voto por voto, sino que crece la discusión acerca de una posible anulación de la elección presidencial. La razón sería la inequidad en la elección, aderezada con el tema de la "campaña sucia". Como en el caso del fraude, no parece que haya pruebas relevantes al respecto. Para consumo de la galería, se puede acusar a Vicente Fox de parcialidad, aprovechando sus abundantes discursos contra el populismo. Pero es difícil considerar estos exabruptos presidenciales como evidencia concreta, puesto que Fox jamás mencionó por su nombre a algún candidato o partido. La publicidad del gobierno tampoco parece que pueda servir de mucho a la alianza, puesto que terminó cuando el IFE así lo dijo, y se mantuvo dentro del presupuesto aprobado por el Congreso.

En pocas palabras, no es fácil probar inequidad durante la campaña, y menos cuando la gran popularidad de López Obrador se mantuvo hasta mediados de marzo, cuando cometió el grave error de mostrar que la propaganda en su contra, acusándolo de ser un peligro, tenía bases ciertas.

Sin embargo, los epígonos del líder anacrónico buscan crear una atmósfera propicia a la anulación de las elecciones. No es de extrañar, puesto que ni el líder ni los seguidores son demócratas, y de ello sobran pruebas. En cualquier elección democrática, los políticos defienden sus ideas, y los que pueden apoyan a sus candidatos. En todas las elecciones, los competidores no sólo enfatizan sus virtudes, sino que magnifican los defectos y errores de sus contrarios. Al final, uno gana y los demás pierden. Y cuando no se tiene evidencia cierta de lo contrario, se acepta la derrota.

Aquí no ha sido así. El perdedor no quiere aceptarlo, y ha buscado hasta debajo de las piedras para cambiar el resultado. Ahora que queda claro que no podrá hacerlo, quiere aventar el tablero. Pero el accionar antidemocrático de López Obrador está a la vista, y él cosechará lo que está sembrando. En cambio, sus seguidores, como lo han hecho tantas veces, se seguirán escudando en sus columnas, noticieros y cátedras, argumentando que ellos sólo analizan la realidad política, y que sólo buscan reflejar en sus opiniones el "sentir popular".

La libertad de expresar ideas, y el gran privilegio de poder hacerlo a través de los medios de comunicación tiene que tener correspondencia con la responsabilidad. Criticar la incompetencia del gobierno de Vicente Fox, por ejemplo, es no sólo perfectamente posible, sino obligado. Tomar partido por un candidato durante el proceso electoral es algo natural. Defender las convicciones, e incluso hacer proselitismo, tiene sentido.

Pero atacar instituciones, y hacerlo sin pruebas, es algo diferente. Promover, aunque sea veladamente, la anulación de la elección y a un presidente interino, me parece francamente irresponsable.

El régimen de la Revolución fue enormemente exitoso. A 20 años del inicio de su caída, casi 15 millones votaron por su resurrección. No fue suficiente, y por eso quieren ahora, con el autoritarismo de costumbre, anular la voluntad de los demás. Y quieren hacerlo a golpe de amenazas, de manifestaciones y de sesudos comentarios.

Esto no es democracia. Se trata de un último intento, éste sí fascista, de romper la legalidad movilizando a la turba. Aunque en ella vayan, como siempre, ingenuos y bienintencionados.

Dejemos que el Tribunal decida. Impidamos que se le presione buscando conteos irracionales o anulaciones imaginarias. Rechacemos absolutamente la aceptación condicional de sus decisiones. Es el último estertor del régimen autoritario, no nos dejemos vencer.

macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM

24 de julio de 2006

La inmolación

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma
24 de Julio del 2006

Nadie puede exigirle a Andrés Manuel López Obrador aceptar una derrota que no alcanza un punto de cien y que aún no se formaliza institucionalmente. Resulta perfectamente entendible que se resista a proclamar como vencedor a Felipe Calderón. La ley le ofrece recursos y los está empleando. No puede satanizarse el ejercicio de los derechos. Pero no ha sido esa la única ruta que ha escogido el ex candidato presidencial. No ha sido, siquiera, su ruta principal. Por el contrario, por encima de la impugnación ha optado por la descalificación general de la elección. Una jornada que fue calificada como ejemplar se convirtió de pronto en el episodio central de una estafa que nadie logra probar. López Obrador y sus seguidores sostienen que la elección fue un fraude. A su juicio, un poder dispuso la alteración de la voluntad ciudadana y logró imponerse sobre todos los mecanismos de control de nuestro régimen electoral. Sus pruebas han sido flojas, cuando no le han resultado francamente contraproducentes.

La admisión inmediata de la derrota no era una opción razonable para el PRD. Si ese camino estaba cerrado bajo cualquier criterio estratégico, ¿cuáles eran sus opciones frente a la frustrante información oficial? La alternativa era impugnar o reventar. Seguir el sendero de la impugnación implicaba ratificar un compromiso con el dispositivo institucional y emplearlo para cuestionar lo cuestionable. Hacer acopio de razones y pruebas para demostrar ante los jueces que el cómputo tiene errores que pueden revertir el sentido de la elección. No ha sido esa la opción elegida. La decisión de los perredistas ha sido reventar la elección. En su discurso público y en su petición judicial, pretenden tirar a la basura la elección de Presidente de la República. Valdría la pena detenerse a analizar la lógica y la visión política de los redactores de la demanda perredista. Con frecuencia invocan como fuente de cultura electoral a Wikipedia (la enciclopedia en internet famosa por la ausencia de rigor académico en la redacción de sus notas) y declaran como autoridad democrática a ¡José Stalin! Los abogados lopezobradoristas, en efecto, citan al genocida como un respetable teórico de la democracia. Inteligente estrategia legal: siguiendo este consejo, habría que entregar cualquier petición a la Comisión de Derechos Humanos con el respaldo de los escritos de Hitler.

La ruta de la descalificación es un sendero extraordinariamente riesgoso para López Obrador. Es cierto: se trata de su terruño: el lugar de las movilizaciones, de la confrontación y de la radicalización. Nadie conoce ese paraje como él. Pero ahora ese lugar representa un riesgo que nada tiene que ver con los riesgos conocidos. Ante el desafuero, López Obrador tenía buenas, sólidas razones. Por eso convenció a muchos del atropello. Hoy defiende un caso extremadamente débil. Nadie, que no sea un devoto de su causa, le concede razón. Ayer tenía en su contra las torpezas e ineptitudes de Vicente Fox. Hoy enfrenta a millones de ciudadanos que observaron un proceso competido y una jornada ejemplar. A millones que votaron con tranquilidad. A millones que recibieron y contaron los votos. A miles de observadores nacionales, a cientos de vigías internacionales que no encontraron ninguna evidencia de la terrible estafa. La opción de descalificar todo el proceso electoral significa una determinación de enormes consecuencias para el futuro de su liderazgo.

López Obrador ha optado por reavivar la intensidad de sus respaldos a riesgos de perder la cantidad de sus apoyos. No ha querido conducir su popularidad y su poder para defender ahora su causa en la elección, reservándose capital para el futuro. El político tabasqueño no está dotado de paciencia y está dispuesto a quemar todos sus recursos, a quemarse él mismo, para impedir la asunción de Felipe Calderón. Presenciamos el espectáculo de la inmolación del político más carismático de la historia reciente de México. Un político que, al tiempo que enciende la pasión desbordada de sus seguidores, rompe contacto con ese universo moderado y vacilante de los votantes independientes. Esa parece ser la determinación de López Obrador. Si no soy Presidente hoy, no lo seré nunca. Si nunca seré Presidente de México, que no sea Calderón.

La boca de López Obrador es una hoguera en la que se quema un liderazgo que trascendió al PRD, a la izquierda, a la Ciudad de México. Sus flamas chamuscan a medio mundo: al IFE que es un nido de ratas, a los técnicos que son ladrones con computadora; a sus representantes que se vendieron; la elección toda que fue un cochinero. Pero el fuego retórico también carboniza a un dirigente que, al radicalizarse, se margina y se separa de una ciudadanía que no lo acompaña en su fantasía conspiratista. La inmolación de López Obrador está dañando también al PRD, el partido que tanto ganó en la reciente elección. El liderazgo del tabasqueño está poniendo en riesgo los enormes avances del PRD no solamente como una opción exitosa de gobierno sino como una organización confiable e institucional. Nadie dentro de ese partido ha logrado construir un argumento de sensatez para los días que corren. Todos han seguido la obsesión del caudillo. Es una mala señal el que un partido no encuentre en su propia diversidad los reflejos de moderación y racionalidad que necesita.

López Obrador se incinera y está dispuesto a quemarse en la casa de su partido. Pretende quemar también uno de los grandes avances de México en su historia reciente. El complejísimo, barroco, carísimo pero a fin de cuentas confiable dispositivo electoral. No es un pleito contra el presidente del IFE, es un manifiesto contra los ciudadanos que organizaron y contaron los votos de millones de mexicanos. El héroe pirómano está dispuesto a inmolarse y a destruir la armadura de nuestra democracia.

Los venenos del interinato

Leo Zuckermann
Excélsior - Juegos de Poder

24-07-06

A finales de mayo escribí una serie de artículos sobre la posibilidad de que la elección presidencial se anulara. Recibí algunas críticas porque me había atrevido a especular con un escenario que se veía poco probable que sucediera. Sin embargo, López Obrador y su equipo habían hecho ciertas declaraciones que me llevaron a pensar, desde entonces, que estaban contemplando buscar la nulidad abstracta en caso de que perdieran, sobre todo por un margen estrecho. Pues bien, dos meses posteriores a mis artículos y tres semanas después de la elección, cada vez es más claro que la coalición lopezobradorista está buscando la anulación, lo que implicaría tener una Presidencia interina de 14 a 18 meses y la realización de elecciones extraordinarias en algún momento del primer semestre de 2008. De hecho, comienzan a aparecer artículos, como el de Carlos Fuentes en Reforma el jueves pasado, donde se dulcifica la posibilidad del interinato como solución política al conflicto postelectoral cuando, en realidad, la anulación de la elección y la Presidencia interina serían veneno puro para las instituciones políticas del país.

Los siete magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) deben tener muy claras las posibles consecuencias en caso de anular los comicios y dar entrada a un interinato. Para empezar, una decisión de este tipo implicaría la posible destrucción institucional del IFE. No sólo de su actual Consejo General como erróneamente piensan algunos, sino del sistema entero en el que está fincado.

Para ilustrar este punto recupero la declaración del presidente de la casilla 2227 de Cerro Gordo, Juan Gilberto Castro Razo, cuando AMLO lo agravió por supuestamente haber "embarazado" una urna. La mentira generó que el ciudadano en cuestión expresara que no volvería a atender el llamado del IFE para recibir y contar los votos de sus vecinos. Con razón, el maestro pensó que uno no regala todo un domingo de su vida para terminar denostado en la televisión nacional.

De anular la elección, se corre el peligro de que los ciudadanos sorteados para recibir y contar los votos consideren su esfuerzo como vano o, peor aún, como en el caso del señor Castro, motivo para que los insulten. En este sentido, la ciudadanía ya no tendría incentivos para colaborar en la organización de las elecciones y se vulneraría todo el sistema en el que está basado el IFE. Así, se destruiría una institución que ha funcionado y que costó mucho tiempo, dinero y recursos construir.

Pero la anulación de la elección no sólo arruinaría al IFE sino al mismísimo TEPJF. Muchos políticos, comenzando con los panistas que van a tener la mayor cantidad de diputados y senadores en la próxima Legislatura, se sentirían agraviados por esta decisión. Hay que recordar que la nulidad abstracta que ha aplicado el Tribunal en otros casos ha despertado muchas dudas y enfurecido a los partidos que piensan que los magistrados se extralimitan en sus facultades. No por nada el Senado aprobó una iniciativa que quedó varada en la Cámara de Diputados, para reglamentar la causal de nulidad abstracta, de tal suerte que "la autoridad electoral no pueda invocar ninguna otra causal que no esté prevista en la ley de la materia".

Los senadores pretendían imponerles límites a los magistrados para que sólo pudieran invalidar por hechos consumados y probados y no por meros indicios. Querían "acotar la discrecionalidad que tiene el juzgador en materia electoral". Ahora imaginemos que los magistrados se atrevieran a anular la elección presidencial. El nuevo Congreso, sin duda, legislaría para quitarle poder al TEPJF. Por decir lo menos, la instancia jurídica de última instancia se debilitaría y, como en el caso del IFE, se echarían al cesto de la basura muchos años de experiencia institucional en materia de elecciones.

La anulación llevaría a una Presidencia interina que tendría que ser nombrada por el Congreso. Como quedó conformado este órgano, resulta que sería el PRI el partido que, en la práctica, decidiría al presidente interino, pues podría aliarse con el PAN o con el PRD. Paradójicamente, la resolución del Tribunal haría que el partido perdedor de las elecciones nombrara al mandatario que gobernaría el primer tramo del sexenio, lo cual no suena muy democrático que digamos.

Y luego está el asunto de las elecciones extraordinarias de 2008. ¿Cómo podrían llevarse a cabo estos comicios con un IFE y un TEPJF golpeados, quizás hasta destruidos? ¿Podría el Congreso dividido crear nuevas instituciones electorales? Adicionalmente, ¿no estarían los ciudadanos hartos de tener que enfrentar un proceso electoral más? ¿De verdad tendría sentido anular la elección cuando en las regiones donde esto ha sucedido han terminado ganando los mismos partidos en los comicios extraordinarios?

En su artículo, Carlos Fuentes se pregunta: "¿Cuánto puede hacer, en tan breve periodo, el Presidente interino, formalmente mero ‘caretaker’, jardinero o portero de la casa presidencial? Muchísimo si juzgamos por la Presidencia de Portes Gil". Y remata: "Hay que pensar que un Presidente interino, en democracia, tiene la posibilidad de ejercer un poder constructivo, firme e independiente de los factores que lo encumbraron".

¡Por favor! Es una barbaridad andar glorificando la posibilidad de un interinato. En México no se ha roto el orden constitucional sexenal desde cuando Lázaro Cárdenas tomó posesión como Presidente en 1934. La sola idea de un Presidente interino debería erizarnos la piel.

Al momento de tomar su decisión, los magistrados del TEPJF tienen que considerar las gravísimas consecuencias que desencadenarían al anular la elección. Es ridículo y hasta irresponsable endulzar la posibilidad de un interinato. Al revés de lo que piensa el literato mexicano, la anulación de los comicios presidenciales abriría una caja de Pandora llena de venenos políticos.


leo.zuckermann@cide.edu

El regreso del dedazo

Pedro Ferriz de Con
Excélsior - El búho no ha muerto
24-07-06

El silencio que se guarda ante la espera para que una institución procese, dictamine, emita decisiones y por ende una sentencia —en este caso, el Tribunal Electoral de la Federación—, resulta indispensable, si se parte de la base de que somos una sociedad desarrollada, inteligente y democrática que entiende de diferencias y sabe que éstas se dirimen por el acatamiento a las leyes. Siendo así, deberíamos estar tranquilos… Como no lo es, entonces interpreto que algo de eso no somos… ni desarrollados ni inteligentes ni demócratas. Una de ésas… dos o todas. Prueba que habremos de superar unos cuantos, que tenemos educación para transitar por estos días, con el respeto y la paciencia que implica. Entonces, descalificaciones, insultos y acciones de rebeldía habremos de dejarlas a aquellos que, al no tener la vocación, "perciben" a su modo la coyuntura por la que atravesamos.

Los primeros —los educados— tenemos que hacer acopio de tolerancia, impulsar actitudes racionales que quiten parte del peso que deben estar sintiendo nuestras instituciones ante lo difícil del momento. Si meditamos con una mayor profundidad, veremos fácil que en el pasado el statu quo retaba a la sociedad y partidos políticos de oposición para imponer a un Presidente —era el dedazo—… hoy —ante nuestra joven democracia— hay quien se quiere dar el lujo de retar al mismo "poder que a todos representa", para tratar de imponer un resultado —obviamente— favorable a las pretensiones de quienes se habían imaginado que arrasarían en las pasadas elecciones. ¡Victoria!, "el pueblo me eligió". ¡Derrota!, "fui víctima de un fraude escandaloso". Una especie rara de dedazo a la inversa… no desde el poder, sino por la presión al poder. Posición a todas luces primitiva, si dejamos de entendernos como un pueblo que se hace fraude a sí mismo, por lo ciudadano de un IFE que organiza, convoca, contabiliza y emite un resultado en el que por fuerza hay sólo un ganador. Amenaza públicamente al triunfador y su familia. Llama espurio a lo legítimo, fraudulento al proceso y a los ciudadanos que intervinieron. Reconocer las reglas del "juego" electoral para, una vez perdido, desconocerlas, resulta irresponsable y hasta cierto grado pueril. La colocación de mantas en la sede del Gobierno de la Ciudad de México, en las que se toma partido por un ex candidato en rebeldía, es tan grave como si pensáramos que en Palacio Nacional hubiera otras, en las que se apoyara al ganador. La polarización que propone Alejandro Encinas llamando "manifestaciones artísticas", a la estrategia, resulta un insulto a la inteligencia. "Las sonrisas se pueden convertir en puños", dice, irresponsablemente, Manuel Camacho Solís. Habla un "experto en puños", como los que cinceló con el EZLN en su oportunidad. Otra vez, Manuel, se te fue la oportunidad de llegar al poder y lo tratas de arrebatar como le hiciste con tus 15 días al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores —una evidente rabieta— y, después, tu representación "ciudadana" —para seguir teniendo la oportunidad de ser candidato en el 94— en el conflicto en Chiapas. Apuestas a la desmemoria, ante lo claro de tu intransigencia. Hace 12 años fuiste usado por Salinas y hoy pretendes hacerlo tú con López Obrador. Entiendo que tu necedad se convirtió en obsesión. Además… tanto Manuel Camacho como Alejandro Encinas se quedarán sin trabajo y, por lo que se ve, también sin proyecto. Es claro que algunos van por "todo o nada". Llevarse al país "entre las patas" no es sino un incidente del fin que se persigue.

Pronto vencerán los tiempos legales para que el Tribunal Electoral defina a un vencedor. Entonces hablará la evidencia, no la descalificación. Las protestas serán llevadas hasta el descontrol y de ahí al aburrimiento, en la medida que al PRD se le acabe el dinero para la movilización. Ayer fue la toma de pozos petroleros por el descontento de no haber ganado una gubernatura. Hoy será la toma del IFE, del TEPJF o tal vez el intento de ocupar las conciencias de quienes hoy guardamos la calma. ¡Que esto no desborde pasiones!, no de quienes México espera que mantendremos la calma y el respeto al suave ritmo de nuestras instituciones democráticas. A millones de mexicanos les preocupa que la rebeldía entre a una escalada sin sentido… Pierdan cuidado… Los movimientos así se alimentan de causas legítimas y, en este caso, la coalición Por el Bien de Todos quedará registrada en la historia de México como "la camarilla para el bien de unos cuantos".

AMLO y la UNAM

Ricardo Alemán
El Universal - Itinerario Político
24 de julio de 2006

Se habría mandado el mensaje de que en el PRD ya se trabaja en el cabildeo de una eventual presidencia interina


En efecto, no debiera tener nada de particular un encuentro privado entre Andrés Manuel López Obrador y Juan Ramón de la Fuente. Los dos son mexicanos con derechos plenos y libres de hablar con quien les plazca, sobre temas que son de su estricta incumbencia. Pero la mañana del pasado jueves se reunieron en la rectoría de la UNAM no sólo los ciudadanos López Obrador y De la Fuente, sino que se encontraron ahí el aún candidato presidencial y el rector de la UNAM. Por eso, el lugar en el que platicaron, el cargo que ostenta cada uno de los personajes y, sobre todo, el entorno político electoral que los vincula, convierten a ese encuentro en parte de la compleja trama postelectoral que nos ocupa.

Y es que en efecto, si los amigos López Obrador y De la Fuente sólo quisieran charlas sobre asuntos que competen a su amistad, lo pudieran haber hecho en la casa de uno de ellos, en un lugar privado, y no se habría tenido el cuidado de que se enterara la prensa. Pero no, el lugar elegido fue precisamente el inmueble que simboliza a la máxima casa de estudios, mientras que alguna mano interesada hizo saber a algunos medios que se llevaría o que se llevó a cabo el encuentro. Por eso es posible señalar que se trata, sin duda, de una nada insignificante señal política.

Y esa percepción la confirman las rigurosas lecturas que tanto sectores del PRD como del PAN hicieron del encuentro. Y en los dos casos -a pesar de que cualquiera podría suponer que se darían lecturas antagónicas- se coincidió en que lo menos importante es lo que hablaron los señores López Obrador y De la Fuente. Lo verdaderamente interesante es que se habría mandado el mensaje - por lo menos así se entendió- que en el PRD ya se trabaja en el cabildeo de una eventual presidencia interina. Todos saben de la estrecha relación política de los señores López Obrador y De la Fuente, del candidato presidencial que se aventó la puntada de destapar como su probable secretario de Gobernación al rector de la UNAM, como también todos saben que De la Fuente nunca se descartó como un presidenciable; primero como parte de un proyecto independiente, y luego como eso, como producto de una "tercería" en momentos de crisis.

Tampoco es una novedad -y aquí se dijo- que una buena parte del primer círculo de colaboradores del rector no sólo se declararon simpatizantes de la causa político electoral de López Obrador -lo que de suyo es una legítima expresión de las libertades fundamentales-, sino que usaron sus cargos y a la UNAM como plataforma de promoción del aspirante de la coalición Por el Bien de Todos, señalamiento que en su momento provocó airadas respuestas de esos propagandistas y reacciones de condena por diversos sectores universitarios.

Pero más allá de las evidencias del pasado, los acontecimientos del presente nos dejan ver que en efecto, entre los hombres más cercanos a López Obrador y en el ánimo del candidato mismo, se maneja insistentemente el escenario de la anulación de las elecciones del 2 de julio y la posibilidad de impulsar a un tercero en calidad, probablemente, de interino. Lo interesante en este caso, más que pulsar las posibilidades reales de un tercero en discordia -lo cual un político experimentado llevaría a cabo con absoluto sigilo-, era sembrar la especie de que se camina en esa dirección.

Pero hay más. En las horas previas al encuentro entre López Obrador y De la Fuente, desde el cuartel de guerra del perredista se había deslizado la especie de que en la derrota electoral de AMLO uno de los factores determinantes había sido el gobernador de Michoacán, Cárdenas Batel, hijo del otrora "líder moral" del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas. Se trató, como se puede apreciar, si se revisan los resultados del 2 de julio en la elección presidencial y al Congreso, de una filtración manipulada que intentó descalificar a Cárdenas frente al proyecto de López Obrador.

¿Por qué desprestigiar a Cárdenas Batel -y con ello a Cuauhtémoc- frente a la elección presidencial y, sobre todo, frente al resultado adverso para López Obrador? Muy fácil. Quitar del camino de la "tercería" a Cárdenas. Y es que en el ánimo de no pocos políticos de izquierda y de derecha, el ingeniero Cárdenas sería el hombre ideal para entrar al relevo ante un escenario que conduzca a la anulación del proceso electoral. Pero López Obrador nada quiere saber de Cárdenas, al que considera algo más que "un traidor". Y por eso en su mensaje de negociación al estilo de las concertacesiones entre el PRI y el PAN -acuerdos extralegales operados nada menos que por Arturo Núñez, el hoy operador lopista del espantajo del fraude-, AMLO manda la señal de que su elegido será De la Fuente. Amor con amor se paga. Decenas de académicos de la UNAM que ayer quemaron incienso al EZLN y a Marcos, al que hoy lanzaron al cesto de basura, hoy queman incienso a AMLO, y seguramente mañana impulsarán la "concertacesión". Al tiempo.

aleman2@prodigy.net.mx

23 de julio de 2006

Cuando éramos huérfanos

Ya en ocasiones anteriores hemos citado a Denise Dresser reconociendo el valor de sus argumentos y razonamientos, aunque no los compartamos del todo. Hoy, con su artículo publicado en Proceso, se suma al grupo de personas que, habiendo votado por López Obrador, expresa públicamente que no está de acuerdo y le preocupa la estrategia de confrontación y descalificaciones que AMLO está siguiendo para reventar el proceso electoral y buscar su anulación. Al decir claramente que no puede dejar de creer en todo lo que cree para entregar a ciegas su confianza a AMLO, Denise confirma, una vez más, que es una mujer coherente y ante todo muy valiente.

Denise Dresser
Revista Proceso (Número 1551)
23 de julio de 2006

Siempre me ha gustado vivir en México. Todos los días doy gracias por vivir en un país con tanta belleza, con tanta historia, con tanta cultura, con tanta vida, con tanta dignidad. Lo digo cada vez que puedo: amo a México con un amor perro. Amo sus olores y sus sabores, sus regiones más transparentes y sus rincones más oscuros, sus volcanes y sus valles y todo lo de en medio. La vida en México para una persona de clase media alta como yo es, en muchos sentidos, envidiable. Vivo en una casa rentada y muy linda; mando a mis hijos a una escuela privada y no excesivamente cara; soy dueña de dos autos usados y en buena condición; vivo de mi trabajo y puedo mantener a mi familia con él; empleo a un par de personas que ayudan en casa y me alcanza el sueldo para pagarles; tomo vacaciones anuales y estoy ahorrando para asegurarle una educación universitaria a mis hijos. Tengo la vida que siempre he querido, llena de ideas y libros y arte y alumnos y amigos y la oportunidad de escribir en Proceso y una profesión socialmente útil. Este país me la ha dado.

Soy producto de la movilidad social que aún existía en los sesenta cuando nací. De beca en beca obtuve una buena educación y con ella he ido ascendiendo la escalera social. En un país con 40 millones de pobres, soy de las privilegiadas. Aún así, me doy cuenta de manera cotidiana que algo está mal. Y podría usar el lenguaje sofisticado de la ciencia política para explicarlo, pero en esta columna prefiero hablar como simple ciudadana. Algo está mal cuando las personas que trabajan para mí -la nana y el chofer y el jardinero- no tienen ninguna expectativa de ser más de lo que son hoy. Cuando no tienen ninguna posibilidad de aspirar a algo más porque el país no se los ofrece. Cuando sexenio tras sexenio un presidente u otro les da tan sólo más de lo mismo. Cuando saben que la vida de sus hijos será -en el mejor de los casos- una versión facsimilar de la suya. Esa vida precaria, estancada, difícil. La que tantos con quienes comparto el país padecen.

Y por eso el 2 de julio voté por Andrés Manuel López Obrador. Fui de esos votantes indecisos hasta el momento de entrar a la casilla y una vez adentro opté en función de una sola razón: no podía votar por una persona que piensa que el país está bien. No podía votar por un partido que ofrece sólo la continuidad. No podía formar parte de aquellos que piensan que el país funciona aunque para mí lo hace. Ni más ni menos. Pero voté con ambivalencia, porque a lo largo de la campaña siempre pensé que AMLO tenía el diagnóstico correcto pero no las soluciones adecuadas. Que peleaba por una buena causa pero no con armas modernas. Que sabía lo que no funcionaba pero no tenía propuestas coherentes de política pública para arreglarlo. Nunca me convenció la idea de sembrar árboles por el sureste o construir trenes bala. Recuerdo habérselo dicho: “Andrés Manuel, estás ofreciendo pobreza con dignidad. Estás ofreciendo darle a cada mexicano una pala para que construya un segundo piso”. Los pobres merecen y necesitan más.

Aún así pensé que una victoria de AMLO ofrecía la oportunidad para sacudir las cosas; para nivelar el terreno de juego; para pensar en cómo construir un país más justo y menos rapaz. Y López Obrador no me asustaba como asustaba a otros miembros de mi clase social. De hecho en reunión tras reunión, en conferencia tras conferencia, me convertí en su defensora involuntaria. Porque los argumentos sobre su personalidad mesiánica me parecían exagerados. Porque pensaba que a demasiados de sus detractores les salía espuma por la boca. Incluso una semana antes de la elección publiqué un artículo en Los Angeles Times argumentando que antes de odiar a López Obrador, las élites económicas y políticas deberían odiar las condiciones que lo produjeron: un sistema socioeconómico que concentra la riqueza y no tiene ningún incentivo para distribuirla mejor.

Pero desde la noche de la elección miro lo que está haciendo Andrés Manuel López Obrador y me desconcierta. Me preocupa. Veo a un hombre cada vez más combativo, cada vez más confrontacional, cada vez más antiinstitucional. Veo a alguien que confirma, paso a paso, todo lo malo que se decía de él. Alguien que habla del “crimen” monumental cometido contra el pueblo de México, pero que no lo ha podido probar. Alguien que un día sugiere fraudes cibernéticos y al otro día aclara que más bien fueron “a la antigüita”. Alguien cuyas posturas poco claras -y con frecuencia contradictorias- me inspiran desconfianza. Porque no puedo evitarlo: fui entrenada en el doctorado para examinar evidencias, ponderar datos, analizar argumentos. Y los que presenta AMLO hasta hoy para sustentar su caso no me convencen. He leído todos los correos electrónicos sobre el famoso algoritmo y dudo de su existencia; he discutido las irregularidades detectadas hasta ahora y no me parecen determinantes; he escuchado todas las denuncias sobre la “elección de Estado” y no creo que podamos clasificarla así.

Con lo que sabemos hasta el momento, no me parece inconcebible pensar que López Obrador perdió la elección. Por la multiplicidad de motivos que ya conocemos: el voto de miedo, la campaña mediática de Vicente Fox, la compra de publicidad por terceros, el apoyo de gobernadores priistas a Felipe Calderón y los errores que el propio AMLO -aunque se niegue a aceptarlo- cometió. Pero para despejar dudas y rescatar la confianza perdida, he apoyado la propuesta de contar de nuevo, ya sea parcial o totalmente, los votos. Si el recuento revela que López Obrador en realidad ganó, México tendrá que aceptarlo. Y si ocurre lo contrario, también. Esa debería ser la apuesta de todos, pero sobre todo de una izquierda responsable que quiere gobernar al país y no sólo partirlo en dos.

Lo más preocupante es que AMLO no parece estar pensando así. Declaración tras declaración, López Obrador se está radicalizando. Y todo lo que dice sugiere que -en realidad- no está buscando el recuento de los votos, sino la anulación. Ya no busca ganar sino seguir peleando. Ya no quiere que se respeten los resultados “reales” de esta elección sino reventarla. Ya no tiene la mira puesta en las próximas semanas sino en los próximos años. Quiere consolidar su base y ser una fuerza política de largo plazo. Quiere exaltar los ánimos de 10 millones de votantes enojados aunque pierda a los moderados que votaron por él. Su papel ya no es seguir las reglas del juego sino romperlas. Su papel ya no es atemperar para gobernar sino azuzar para polarizar. Para ser el presidente moral del sur de México. Para seguir confrontando al resto del país desde allí.

Y ése va a ser un viaje peligroso porque recorre la ruta de la división. Su brújula es la polarización. Su mapa es la radicalización. Su destino es destruir primero para reconstruir después. Entraña incendiar institución tras institución y eso es lo que le está ocurriendo actualmente al IFE. Al actuar como lo está haciendo AMLO, coloca a personas como yo que votamos por su causa en una posición difícil. Pide que dejemos de confiar en todo para tan sólo confiar en él. Pide que formemos parte de lo que José Woldenberg ha llamado una “comunidad de fe”, y dejemos a un lado la razón para pertenecer a ella. Pide que depositemos toda nuestra confianza en un solo hombre, cuando las democracias reales se construyen precisamente para evitar que eso ocurra. Pide que creamos en la palabra de operadores políticos como Jesús Ortega y Leonel Cota y Fernández Noroña y Martí Batres, cuya trayectoria suscita grandes dudas. Pide que destacemos a la única institución política creíble que hemos logrado erigir, y que nos sumemos a la cruzada para desacreditarla.

Y nos deja con las siguientes preguntas: Si tiramos al IFE por la ventana, ¿con qué otro instrumento va a contar el país para transferir pacíficamente el poder? Si las elecciones no son confiables nunca, ¿qué otro proceso funcionará para representar a los ciudadanos? Si el voto no es confiable, ¿no nos queda otro remedio más que renunciar a él? Si quienes están al frente de una institución cometen errores, ¿entonces hay que descalificarla de tajo? ¿La elección será vista como legítima por el PRD sólo si AMLO es declarado el ganador? Si no es posible creer en nada, ¿no hay otra opción más que creer en López Obrador? Planteo estas preguntas con dolor. De manera apesadumbrada. Veo la certeza que anima las posiciones de apoyo a AMLO que han asumido personas a quienes respeto como Julio Scherer, quienes admiro como Carlos Monsiváis, quienes quiero como Elena Poniatowska, quienes adoro como Eugenia León. He estado a su lado en otras batallas -como la librada contra el desafuero- y me entristece no poder estar allí, mano a mano, en ésta.

Y me angustia aún más ver que el otro lado tampoco tiene buenas respuestas. Las élites atrincheradas se comportan como siempre lo han hecho: saboteando, obstaculizando, posponiendo soluciones difíciles a problemas ancestrales. Pagando spots para promover sus posiciones aunque constituyan una violación a la legislación electoral. Preservando sus privilegios, blindando sus cotos, sacando legislación a modo -como la Ley de Radio y Televisión- y evidenciando todo lo que quieren proteger con ella. Los complacidos y los complacientes. Esos que escuchan los gritos del México que apoya a López Obrador y se tapan los oídos. Esos que miran la radiografía del país partido que esta elección arroja, y creen que bastará ampliar el Programa Oportunidades para reconciliarlo. Esos que produjeron a AMLO y hoy no saben cómo lidiar con él.

Ante este escenario es difícil no padecer una sensación de orfandad. De desconsuelo. Ese sentimiento que describe tan bien Kazuo Ishiguro en su novela Cuando éramos huérfanos. Esa soledad que produce estar parada en tierra de nadie, entre fuego cruzado, sin complacer a un bando y sin apoyar al otro. Intentando izar la bandera blanca entre las bazukas. Intentando suplantar la incondicionalidad partidista por la reflexión ciudadana. Preocupada por la construcción de un centro vital donde sea posible construir, conversar, reconciliar, institucionalizar. Pelear menos por el poder, y más por formas de compartirlo mejor. Pelear menos por quién ganó la elección, y más por el país herido que ambos bandos están dejando tras de sí.

Denisse Dresser es profesora de ciencias políticas en el Instituto Tecnológico de México.

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