1 de agosto de 2006
Confesiones de una perredista
Excélsior - Arsenal
01-08-06
"Hija, salte ya de ese partido de locos que no respeta nada…", comenzaba el maternal mensaje enviado la mañana de ayer al celular de una de las dirigentes perredistas, cuyo nombre mantendremos en reserva por razones obvias, mientras caminaba en la esquina de Reforma e Insurgentes.
La mujer se veía confundida, preocupada, molesta con el estrangulamiento de Paseo de la Reforma. Los desnutridos campamentos que ocupan en la avenida más importante de la Ciudad de México fueron instalados caprichosamente en los carriles centrales de la avenida, en franca violación al derecho a la libre circulación. "¿Por qué no en la banqueta?" Se interrogaba, desolada.
"A veces me pregunto qué estoy haciendo en el PRD, si ya no me identifico con lo que hacen", confesaba fuera de grabadora. ¿Se imponen los radicales a los moderados? Peguntamos. "Se impone Andrés Manuel", respondió con sequedad.
La ocupación de Reforma como medida de "resistencia civil" fue votada por la multitud en el Zócalo. La propuesta no recibió un solo voto en contra. Es la magia de la "democracia de asamblea" —al estilo albanés de los ochenta— que ha instaurado López Obrador en sus asambleas informativas. "Lo paradójico —contrastaba la perredista— es que los moderados somos mayoría..."
Irritada, nos reveló que se han formado "comités de salud" que vigilan los 47 campamentos instalados, desde el Zócalo hasta la Fuente de Petróleos. Estos comités tienen como tarea fundamental "observar" el cumplimiento de las tareas de "resistencia". ¿Se habrán inspirado en los delatores comités de defensa de la revolución cubana?
-Muchos perredistas que parecían tener vocación democrática saldrán lastimados de esta aventura en la que los ha metido López Obrador. Alejandro Encinas es uno de ellos. El jefe de Gobierno del DF, quien se perfilaba como un izquierdista moderno y abierto al diálogo, es el más perjudicado.
Reducido al papel de comparsa, obligado a justificar lo injustificable, Encinas ha volcado inexplicablemente recursos del GDF para apoyar los reclamos de este "mesías tropical" —como lo llamó Enrique Krauze—, que tiene a la Ciudad de México en vilo.
-En Paseo de la Reforma, entre Insurgentes y Niza, fueron instalados 20 enormes y carísimos espectaculares metálicos, provistos de una adecuada iluminación, para presentar la exposición "Voto x voto, foto x foto".
¡Y cómo no..! La exposición abre con palabras del escritor filopejista Fernando del Paso, que apoyan los reclamos del candidato de la coalición Por el Bien de Todos. "Sí hubo fraude, porque el engaño es fraude…", comienza la cita del autor de Noticias del Imperio. Y termina: "El fraude, el gran fraude, ya estaba allí entre nosotros, desde mucho antes del 2 de julio."
Otro de los espectaculares injuria a Felipe Calderón. Aparece la cara del candidato presidencial del PAN, dibujada en una pancarta, y la leyenda: "Este imbécil se está burlando de México…" El pretexto es que se trata de una foto tomada en la "asamblea informativa".
-Uno de mis propósitos es preguntarle a Jesús Ortega, cuando lo vuelva a ver, si el compromiso de no permitir bloqueos en arterias estratégicas de la Ciudad de México, que asumió durante una entrevista que le hice cuando era precandidato a la Jefatura de Gobierno del DF, era sólo palabrería para ganar adeptos. Otra pregunta: ¿Ocupar Reforma no es colocar una daga en el cuello de los magistrados del TEPJF para que fallen a favor de López Obrador?
-Una hora caminé por los campamentos. Cuando me retiraba escuché una movida canción que emanaba de las bocinas instaladas en esa parte de Reforma. El estribillo ridiculizaba al árbitro electoral, convertido por los radicales en el Bartlett de 2006. "El IFE es una patraña, engaña, engaña…"
Dejé el lugar convencido de que este "yo o el caos" de El Peje lleva a la izquierda mexicana al despeñadero; y que los intelectuales que apoyan estas medidas de "resistencia civil" tendrán que rendir cuentas de su complicidad.
panchogarfias@yahoo.com.mx
AMLO: ambicioso, no vulgar
El Universal - Campos Elíseos
01 de agosto de 2006
Sí, es cierto. Esta columna le cree a López Obrador.
Por lo menos cree a piejuntillas (o pejejuntillas, si prefiere) en algo que el domingo dijo en el Zócalo. Lo citamos a continuación:
-Quiero decirles que esto va más allá del hecho de que reconozcan mi triunfo como Presidente de la República. Reitero: no soy un ambicioso vulgar.
Precisaremos: lo que creemos sin duda alguna es que AMLO no es un ambicioso vulgar. Es ambicioso, sin duda. Vulgar, jamás. En todo caso un ambicioso especial (y si nos apura, un ambicioso consumado).
Y a las definiciones del Diccionario de la Real Academia de la Lengua nos atenemos:
Vulgar. 1. adj. Perteneciente o relativo al vulgo. 2. adj. Común o general, por contraposición a especial o técnico.
Y para más precisión aún, la definición de vulgo: "el común de la gente popular".
Recordamos varias cosas: las entrevistas que dio Jorge Ramos, por ejemplo, posterior a la entrevista que él tuvo con López Obrador la semana pasada. Sí, esa misma en la que acuñó la frase aquella (basada en no más que su percepción):
-Yo soy el Presidente de México por voluntad de la mayoría.
Cuando a Ramos -quien nació en México- le preguntaban cómo veía a AMLO, lo dijo claramente. Pensaba encontrarse con un hombre entristecido y lo que encontró fue justo lo contrario: un hombre revitalizado por las circunstancias.
Nos recordó otra conversación. Una vez un amigo le preguntó a López Obrador por qué realmente estaba en la política. Siempre hay un por qué profundo, insistió.
¿El poder, el dinero? No.
¿Hacer algo por los pobres? Tampoco.
Su respuesta fue contundente y, claro, mucho más ambiciosa:
-Pasar a la historia.
Como ayer decía Raymundo Riva Palacio: convertirse en leyenda.
Es decir, el Peje está en su hábitat, en su elemento, no hay duda. En su mero mole. Lo suyo, lo suyo es lo que hoy vive y hace muy bien: provocar la movilización social.
No hay que regateárselo, por lo pronto. Después de todo, ¿quién puede convocar a tomar una ciudad como la de México?, ¿reunir a tantas personas como las que se vieron en la calle el domingo, hayan sido 350 mil, uno o dos millones o alguna cifra intermedia?
[..]
katiushka@prodigy.net.mx
Termina la comedia
El Universal
01 de agosto de 2006
Quisiera hablar con usted de otra cosa. Quisiera dedicar este espacio a compartir con usted información acerca de los retos que enfrentará México en los próximos años. Platicar, por ejemplo, de la caída en exportación de petróleo que ya inició y que será cada vez mayor. De cómo estos menores ingresos para el gobierno, sumados a los mayores gastos para pagar pensiones, harán imposible cerrar las cuentas públicas en un par de años. Valdría la pena hablar de esto, porque sólo una buena reforma fiscal nos puede ayudar, y hay urgencia de hacerla.
O podríamos hablar de la recomposición que está ocurriendo en el mundo, que amenaza con dejar fuera a América Latina. De cómo China y la India se han convertido en el eje del crecimiento económico, y cómo cambian sus patrones de consumo, abriendo grandes oportunidades para que México compita, pero que no estarán ahí esperando.
Tal vez también podríamos tratar de entender, usted y yo, lo que ocurre en Medio Oriente. Salirnos un poco de la manida simplificación de árabes e israelíes y recuperar un siglo y medio de historia, para discutir la posición estratégica de la región, o movernos hacia el Este, siguiendo la ruta de la seda, para llegar al terreno del "gran juego", que hoy mismo alcanza todavía mayor importancia geopolítica. Porque conforme avanza la ruta, saliendo de Bagdad, el terreno es chiíta, como lo es Hezbolá, ese grupo terrorista que con el apoyo de Siria y la complicidad de Líbano ha logrado acumular un poder militar superior al de la mayoría de los países latinoamericanos, al menos en pertrechos.
Quisiera compartir con usted el análisis de estos fenómenos que están ocurriendo en el mundo, y que nos afectan de manera muy significativa. Quisiera hablar de cómo seguimos sin prepararnos, y de cuánto nos puede costar esta tardanza.
Pero no puedo, porque el candidato que tuvo mayor presencia en medios electrónicos, que tuvo mayor apoyo de la opinión publicada, que construyó su candidatura haciendo uso de recursos públicos, ese candidato perdió y no es capaz de reconocerlo. Ese candidato dice que la elección no fue equitativa, pero no es capaz de darse cuenta que fue a su favor. Ese candidato dice que hubo fraude, pero a un mes de la elección no ha podido mostrar una sola prueba, una, de su dicho.
No puedo hablar con usted del futuro porque el candidato del pasado no quiere. Y no puedo ignorarlo, porque cada vez que se ha menospreciado a un demagogo, la sociedad se ha hundido. Lo dije la semana pasada, y hoy no puedo más que reiterarlo: el señor no es un demócrata, es un fascista. Esta palabra se acostumbra usar como superlativo de derecha, pero es un significado incorrecto. El fascismo es la combinación de un centro único de poder, una ideología que todo lo permea y una movilización permanente, como lo describió Juan Linz. Pues eso es el candidato perdedor, ni más ni menos.
Durante la campaña, se quejó de que lo calificaran de ser "un peligro para México". Ahora queda claro que no tenía motivo de queja. Eso es. Sin tener una sola prueba de fraude, no sólo ha insultado a todos, desde la autoridad electoral hasta sus mismos seguidores, sino que ahora moviliza a sus huestes, a la turba, como la califiqué la semana pasada, para que acaben con la vida normal de la ciudad de México.
¿Siguen pensando que este personaje quiere lo mejor para México? ¿Siguen creyendo que este demagogo ofrece una vida mejor? Lo puedo creer de la turba, pero no de personas pensantes. Porque no hace falta pensar mucho para darse cuenta de lo que pasa. Sólo la fe puede darles una excusa. Y guiarse por la fe es absurdo, a menos que esté dirigida a algo superior. ¿El mesías del trópico?
No puedo hablar con usted de otra cosa porque es de la mayor importancia que dejemos atrás esta comedia antes de que se convierta en tragedia. Aunque Goethe haya dicho que "contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano", creo que hablando podemos derrotarla.
Debemos derrotar a este último intento del pasado por arrastrarnos. Que hable el tribunal, pronto, y que todos cumplamos su palabra.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
31 de julio de 2006
Dos joyas de La Jornada
Mario Campos
Diario de Campaña
26-07-06
Hace tiempo que no escribía sobre La Jornada pero hoy tengo que comentar dos joyas.
La primera, el regaño que hace a través de su Rayuela a quienes votaron por Felipe Calderón: “En la fotografía de primera plana (en las que se ve a Elba Esther y Calderón) está sintetizada la continuación del cambio prometido. Hubieran votado directamente por la maestra”.
La segunda es todavía mejor y está publicada en la columna de Julio Hernández López. Vean nada más este argumento: “Un experto en elecciones (como sería el IFE) no es un experto en fraudes. Cuando un mago desaparece un automóvil (o la Estatua de la Libertad, o la Muralla China) ante cientos de observadores, nadie puede explicar cómo lo hizo, pero todos sabemos que es imposible que simplemente se haya esfumado. Que nadie pueda entender cómo lo hizo no es de ninguna manera una prueba contundente de que no hubo truco. De igual forma, no tener una explicación de cómo se pudo realizar un fraude electoral tampoco es una demostración de que éste no ocurrió”.
La genial expresión – que revela que no tienen la menor idea de cómo se habría llevado el supuesto fraude – es de dos “expertos” que han dedicado horas y horas a documentar la trampa, que según AMLO, fue a la antigüita.
En fin, aquí quedan estas joyas para su consideración.
macampos@enteratehoy.com.mx
¿Método o locura?
Reforma
31 de Julio del 2006
“Aquellos que los dioses quieren destruir, primero enloquecen”, escribió Eurípides. Y muchos que observan a Andrés Manuel López Obrador piensan que ha enloquecido. Que ha perdido la cordura. Que se le ha caído un tornillo y aunque convoque a millones en el Zócalo, ha perdido toda oportunidad de encontrarlo. Porque gran parte de lo que hace va en contra de su aspiración presidencial. Porque gran parte de lo que dice hace imposible cumplirla. Si en realidad su objetivo es llegar a Los Pinos, su comportamiento de las últimas semanas dificulta que algún día llegue allí. Toda acción entraña -lógicamente- consecuencias, y las de AMLO corren en sentido contrario de alguien que quiere, alguna vez, gobernar al país.
Basta con imaginarse el siguiente escenario: ¿y si el Trife ordenara un recuento total o parcial de los votos y López Obrador fuera declarado el ganador? Lograría ser Presidente, pero le resultaría extraordinariamente difícil conducir al país. Lograría arribar a Palacio Nacional, pero le resultaría imposible generar consensos desde allí. Porque en México -como en cualquier otro sistema capitalista a nivel mundial- existen actores clave para el funcionamiento de una economía, y en las últimas semanas AMLO se ha dedicado a alienarlos a todos. Con las protestas en Wal-Mart. Con el bloqueo a la Bolsa Mexicana de Valores. Con el llamado al boicot de productos estadounidenses. Con las declaraciones intempestivas de Jesús Ortega contra el Consejo Coordinador Empresarial. Con la posibilidad de marchas que bloqueen carreteras y cierren aeropuertos. Con el uso de la palabra “insurrección” y la amenaza de fomentarla.
Todas esas posturas son políticamente correctas, pero estratégicamente erróneas. Todas esas palabras movilizan a grupos incondicionales, pero asustan a quienes no lo son. Con ellas AMLO va erigiendo obstáculos en su camino a la Presidencia en vez de desmantelarlos. Como ha argumentado el experto en transiciones democráticas, Adam Przeworski, para ganar y gobernar en una economía de mercado, la izquierda se ve obligada a domesticarse. A des-radicalizarse. A combinar las demandas de redistribución con los imperativos de la acumulación. A aceptar las reglas básicas del juego mientras intenta reformarlo. Porque no puede llegar al poder y usarlo de manera eficaz de otra manera, dadas las constricciones que coloca el capital, para bien y para mal. Esos inversionistas que requieren seguridad; esas compañías multinacionales que necesitan certeza; esas empresas pequeñas y medianas que exigen predecibilidad. La posición antisistémica de AMLO sólo tiene sentido si ya renunció a la posibilidad de liderear ese sistema que tanto odia.
Porque, de lo contrario, está actuando de manera contraproducente. Está haciendo y diciendo todo para asegurar que no será Presidente nunca. O de serlo, gobernará con demasiados factores reales de poder en contra como para no producir una confrontación mayor y dañina para su propia causa. Grupos empresariales que le dieron el beneficio de la duda y ahora se lo retirarán. Compañías globales en busca de nuevos sitios para invertir que borrarán a México de su lista, ante la incertidumbre que se vislumbra allí. Miles de electores moderados que ya se arrepintieron de su voto.
Quizás esto no le preocupe al equipo de AMLO, pero debería. Quizás esto no le quite el sueño a los perredistas más recalcitrantes, pero ojalá lo hiciera. Porque al privilegiar la táctica inmediatista están olvidando la estrategia de largo plazo. La de ir ganando y consolidando posiciones para una izquierda creíble, confiable, que entiende cómo funciona una economía y lo que se debe asegurar -en México y en cualquier parte- para que lo haga bien. La de poner primero a los pobres con políticas públicas viables, que combinen la responsabilidad del Estado con los requerimientos del mercado. La de un líder con la credibilidad suficiente para atemperar los excesos del capitalismo, sin acabar con él. La de ser un Presidente eficaz, más allá de ser un Presidente legítimo.
Esas tareas ineludibles para cualquier dirigente en un mundo globalizado, que su propia tribu sabotearía. Millones de mexicanos legal y pacíficamente empujados a la radicalización y empujando a AMLO a que gobierne así. Todos los miembros de su base dura -a los cuales ha ido enardeciendo- declaración tras declaración. Esos 2 millones de personas que salen a marchar para derrocar al sistema y de ser Presidente, esperarán que lo haga. Con resultados rápidos y cambios tangibles. Encarcelando a Luis Carlos Ugalde y a los consejeros del Instituto Federal Electoral. Exiliando del país a los miembros del Consejo Coordinador Empresarial. Nacionalizando a Televisa y a Grupo REFORMA. Clausurando todas las fábricas de Sabritas del país. Cerrando la Bolsa Mexicana de Valores y exigiendo que las empresas mexicanas encuentren otras forma de capitalizarse. Demandando que Wal-Mart ponga fin a sus operaciones en México.
Porque ésas serán las demandas que emergerán del movimiento confrontacional que López Obrador está contribuyendo a crear, ¿o no? Ésas son las decisiones de política pública que fluyen de las posturas políticas que los perredistas han promovido últimamente, ¿o no? Propuestas cuyo objetivo no es construir al nuevo país sino destruir a los viejos enemigos. Planteamientos que erigen muros contra la izquierda en lugar de contribuir a su aceptación.
Y por ello se vuelve lógico pensar que la apuesta de AMLO es otra. Ya no la Presidencia de la República sino la conciencia combativa y crítica y radical del país. Ya no Palacio Nacional sino la plaza pública. Ya ni siquiera el recuento de todos los votos, sino la esperanza de que el Trife deseche esa posibilidad. Para entonces poder afirmar que todo fue un fraude, que todo está corrompido, que todo el sistema es un asco. Para poder dedicarse entonces a lo que sabe hacer mejor: pelear, combatir, movilizar. Pasar a la historia como el hombre que quiso ser Presidente, pero prefirió ser piedra en el zapato. Para ser reconocido en los libros de texto gratuito como otro de los revolucionarios que tanto admira. Y demostrar, como lo sugiere Shakespeare en “Hamlet”, que “Aunque esto sea una locura, hay método en ella”.
A la antigüita
Reforma
31 de Julio del 2006
Por más información que se ha dado en el sentido de que aún estamos dentro de los plazos legales para que el Tribunal extienda la declaratoria de validez de la elección presidencial y la constancia de Presidente electo, la inquietud entre la población sigue en aumento.
Esta inquietud no se deriva de que a un mes de la elección todavía no sepamos quién será el próximo Presidente. Tampoco de que las impugnaciones y juicios de inconformidad presentados por el PRD y la Coalición pudieran cambiar el resultado. Ni siquiera de la incertidumbre sobre la decisión que tomará el Tribunal. No. La inquietud proviene de que López Obrador y el PRD han insistido en un discurso y un quehacer que cada vez dejan menores dudas sobre sus intenciones: reventar la elección y desacreditar las instituciones.
A estas alturas resulta difícil concluir algo distinto. Si el proceder del Tribunal y la resolución que de ese proceder resulte, no satisfacen los deseos de López Obrador, al nuevo Presidente se le negará la posibilidad de establecerse con la paz y estabilidad que se merecería un gobierno democráticamente electo.
La actitud de AMLO no es la de un líder con gran voluntad política por defender lo que legalmente ha ganado en las urnas. Su actitud es más bien la del voluntarista. La del político que muestra una tendencia a pretender que las cosas de la realidad sean como se desea o a que sea posible acomodarlas a la propia voluntad.
La actitud de AMLO no es la de un líder que en ejercicio de sus derechos y de su libertad adopta una decisión y se responsabiliza de sus actos. Es la de un político que nunca contempló la derrota, que toma decisiones con base en sus creencias y que se niega a ver las consecuencias de sus actos.
La actitud de AMLO no es la de un líder que mira hacia el futuro, sino al pasado. Mira al pasado para explicar su derrota: fraude cibernético o “a la antigüita”, elección de Estado, autoridades vendidas.
Mira al pasado también en su estrategia. A la antigüita también es la solución que está empeñado en imponer. Busca revertir el resultado electoral a través de movilizaciones y amenazas. Busca negociaciones políticas -¿concertacesiones?- propias de un pasado en el que no teníamos instituciones autónomas, independientes, imparciales, creíbles.
Las elecciones de hoy no guardan ninguna semejanza con las del pasado. Hoy no confluyen en las manos del gobierno las facultades para organizar la elecciones, ni para contar los votos, ni para validar las elecciones. Hoy el voto cuenta y se cuenta. Hoy las elecciones se apegan a la legalidad vigente. Una legalidad, hay que recordarlo, construida con el consenso de todas las fuerzas políticas. Una institucionalidad que el propio PRD ayudó a construir y a legitimar cuando se convenció que la mejor manera de llegar al poder y cambiar las cosas era por la vía electoral, institucional y legal.
En las sociedades democráticas el liderazgo se practica ganando adeptos, convenciendo a la ciudadanía, concitando el voto. López Obrador demostró su capacidad de liderazgo en las urnas. En tan sólo seis años llevó a su partido del 17 por ciento de la votación presidencial al 35 por ciento. Su desempeño electoral fue aún más impresionante en el Congreso.
En las sociedades democráticas, una vez concluidas las elecciones, el liderazgo se ejerce no en las calles, sino en el Congreso.
Nadie pide a López Obrador que se resigne. Tiene derecho a denunciar las irregularidades, incluso a pedir el recuento de votos. Pero si la decisión del Tribunal no se aviene a sus expectativas, tiene dos obligaciones. La primera, aceptar la resolución. La segunda, recoger sus ganancias que no son pocas y seguir luchando por su proyecto desde una trinchera democrática.
Carta abierta a AMLO
Jorge Volpi
Revista Proceso (Número 1552)
30 de julio de 2006
Señor Andrés Manuel López Obrador:
Como otros 14 millones de ciudadanos mexicanos, yo voté por usted en las pasadas elecciones para la Presidencia de la República. Aunque en estos momentos de polarización ya no parecen importar los motivos que llevaron a decantarse entre usted y el candidato del Partido Acción Nacional, quisiera exponerle los argumentos que decidieron mi sufragio (los mismos que he tenido que defender, una y otra vez, frente a buena parte de mis amigos).
La primera razón fue que, si bien muchas de sus propuestas no me convencían, debido a su naturaleza abstracta o su ambigüedad -por no referirme a su desenvolvimiento público, marcado por cierto dogmatismo-, estaba convencido de que su diagnóstico sobre la situación de nuestro país era correcto: tras siete décadas de gobiernos autoritarios y seis años de fallida transición a la democracia, la situación económica de la mayor parte de la población permanece atascada y, mientras unos pocos se han beneficiado de las políticas neoliberales y el crecimiento macroeconómico, 40 millones de mexicanos se mantienen en la pobreza.
El sólo hecho de que 10% de la población concentre más de 40% de la riqueza, me hacía imposible votar por alguien -Felipe Calderón- que no se cansó de celebrar los avances de los últimos años, que nunca se identificó con los pobres y que siempre se plegó a los dictados de los grupos más conservadores (su apoyo a la llamada Ley Televisa es el mejor ejemplo). En segundo lugar, voté por usted para demostrar mi repudio hacia los ardides judiciales y la campaña negativa desatados en contra suya por el PAN. En su momento, fui un ardoroso enemigo del desafuero y, cuando Manuel Espino y los suyos se dieron cuenta de que la única forma que el PAN tenía de ganar era creando una epidemia de miedo, mostré mi desprecio hacia esta táctica (aunque sin sugerir que debiese ser censurada, pues en mi opinión debía prevalecer la libertad de expresión).
Tras conocer los resultados de las elecciones, sin embargo, resulta necesario constatar que la "campaña del miedo" fue sumamente efectiva. Grandes franjas de la población, en especial en el norte del país, se convencieron de que usted era un peligro para México. Durante las semanas previas al 2 de julio, escuché los mismos rumores: que usted era un populista semejante a Hugo Chávez, que usted quebrantaría la estabilidad económica, que usted nos llevaría a la anarquía, que usted nos haría retroceder al echeverrismo, incluso que usted establecería un régimen comunista. Semejantes disparates, justificados incluso por prominentes intelectuales, contribuyeron a crear un clima de desconfianza.
Con esta estrategia, los jerarcas del PAN empezaron a jugar con fuego. Buena parte de la culpa de lo que sucede ahora es de ellos, al impulsar el temor y el odio. A estas alturas, Felipe Calderón debería lamentar que su triunfo no se haya debido a sus propuestas o a su carisma, sino a esta burda estrategia que tanto daño nos ha hecho. Insisto, señor López Obrador: si voté por usted fue, en buena medida, para desmentir a quienes lo acusaban de ser un monstruo o un dictador. Dicho esto, también es justo señalar que, por más sucia y despreciable que haya sido la campaña panista -similar, por otro lado, a las empleadas en otras democracias del mundo-, no hubiese sido tan eficaz de no ser por los gigantescos errores cometidos por usted y sus estrategas.
Justo cuando la estrategia del miedo se hallaba en su apogeo, usted no sólo no supo reaccionar ante ella -hubiese sido fácil demostrar que el verdadero peligro para México provenía de las facciones más retrógradas del país-, sino que, dominado por la soberbia, no asistió al primer debate, desapareció durante semanas de los medios, se enfrentó a numerosos grupos y se conformó con desestimar las encuestas. Cuando por fin reaccionó, fue demasiado tarde. En este momento, no es posible afirmar que usted perdió las elecciones -le corresponderá definirlo al Tribunal Federal Electoral-, pero sí que en esas semanas de pasmo y arrogancia usted mismo minó el éxito de su candidatura.
Es su deber reconocerlo: su campaña fue un fracaso. Y debido a ello nos encontramos ante el aparente triunfo de Felipe Calderón por menos de un punto porcentual. Es natural que usted cuestione la elección. Para ello, la ley marca los pasos a seguir. Su protesta es legítima y necesaria. En cambio, usted no puede poner en duda la validez de toda la elección. Si hubo irregularidades, le corresponde probarlas. Su idea de llevar a cabo un recuento "voto por voto, casilla por casilla" también me parece prudente dado el escaso margen de triunfo, pero, otra vez, corresponde al tribunal y sólo al tribunal decidirlo.
La movilización que usted fomenta, y en especial los llamados a la "resistencia civil", sólo sirven para encender los ánimos y enrarecer aún más nuestro clima político. El PAN ya jugó con fuego al atizar el odio y la desconfianza, y usted no debe seguir el mismo camino. Resulta inadmisible su insinuación de que, dado el caso, podría repudiar las resoluciones del tribunal. Basta ya, señor López Obrador, de tanta irresponsabilidad. Tal vez consiga movilizar a 2 millones de personas, pero buena parte de los 14 millones de ciudadanos que sufragamos por usted lo hicimos convencidos de que usted no era -ni es- un peligro para México. No ceda ante la injusticia, pero tampoco ponga en riesgo nuestra democracia. Aún queda mucho por hacer.
Si al final el tribunal le diese la razón y usted se convirtiera en el nuevo presidente de México, lo que menos necesita es una nación dividida y enconada; si el tribunal anulase las elecciones, usted necesita demostrar su apego a la ley y a las instituciones para tener alguna posibilidad de triunfo; y, si se confirma la victoria de Felipe Calderón, México lo necesita a usted como un sólido, responsable y prudente líder de la oposición. Millones de ciudadanos esperamos que no nos defraude.
ljvolpi@gmail.com
An Anti-Democracy Campaign
Editorial
July 29, 2006
• Mexico's presidential loser takes a lesson from Joseph Stalin.
ANDRES MANUEL López Obrador's attempt to win Mexico's presidential election with populist promises and posturing was a failure: He repelled Mexicans who don't want their country to drop out of the 21st century, blew a large lead in the polls and ended up losing by a narrow margin to Felipe Calderón. Now Mr. López Obrador has launched a second populist campaign -- this time in an attempt to overturn Mexico's fragile democracy. On Sunday he will preside over the third mass rally he has staged in Mexico City since his 200,000-vote loss was announced by the electoral commission this month; aides say he will urge his followers to undertake acts of disruption. His clear aim is to force the country to install him as president -- whether or not the votes or the legal means exist to do so. "I am the president of Mexico," he declared on television last week.
It is difficult to overstate the irresponsibility of Mr. López Obrador's actions. Until the late 1980s, Mexico was an authoritarian state in which presidential elections were routinely rigged. Then the country's political elite, including Mr. López Obrador's party, came together to agree on a momentous political reform. An independent federal elections institute and federal electoral tribunal were created; over the past decade they have had an impressive record of impartiality and professionalism, even as candidates from once-persecuted opposition parties, including Mr. López Obrador, have won victory after victory. Mexico is still working on some of the institutional foundations of a democratic society, but the electoral authorities were a success story and a model for other nations trying to move from fake to real elections.
Mr. López Obrador is doing his best to destroy that achievement. He has made wild charges of manipulation and fraud against the federal elections institute, without offering any tangible proof; international and independent Mexican observers detected no such abuse. He has demanded that the tribunal, which has until September to rule on challenges to the election, order a full recount of the votes, even though the law does not provide for one. A filing made by his campaign to the tribunal revealingly quoted Joseph Stalin: "It is those who count the votes who decide everything."
In fact, Mr. López Obrador is betting that the threat of chaos in Mexico will sway the seven members of the tribunal to overrule or annul the votes of 42 million citizens, regardless of legal niceties or the actual vote count. His advocates point out that a similar campaign stopped an attempt by his opponents in Congress and the current government to exclude him from the presidential race last year. That maneuver -- which we strongly opposed -- failed when President Vicente Fox wisely and responsibly backed down. Now Mr. López Obrador is making his own attempt to bend a brittle system to his purposes. He, too, should stop.
30 de julio de 2006
Juárez contra AMLO
Reforma
30 de Julio del 2006
“Yo me inspiro en ese gran Presidente, Benito Juárez …”
Andrés Manuel López Obrador,
La renovación del Poder Ejecutivo Estatal en Puebla en 1867 dio pie a un conflicto postelectoral. En los comicios celebrados a fines de ese año contendieron Rafael J. García (gobernador interino que renunció al puesto para participar, y resultó el ganador), Ignacio Romero Vargas y el general Juan N. Méndez. La elección fue puesta en tela de juicio porque, desobedeciendo a la autoridad militar, el general Méndez se había marchado a la Sierra de Puebla a lanzar su candidatura sin solicitar permiso al Ministerio de Guerra. La intención de la inconformidad era dar tiempo al general Méndez para presentar en orden su renuncia a aquel Ministerio y contender, de nueva cuenta, con todas las de la ley. El Congreso del Estado de Puebla declaró nulos los comicios.
Aun cuando el ganador, Rafael J. García, era un viejo amigo de Benito Juárez, no logró que el Presidente interviniera en modo alguno en la resolución soberana del Congreso estatal (órgano supremo que calificaba de manera final e inapelable las elecciones). Ante la protesta personal de García, Juárez se limitó a apostillar: “Enterado con sentimiento de lo que pasa en el estado con motivo de las elecciones. Con tal de que no se use de las vías de hecho, creo las cosas podrán irse arreglando.” (Nota autógrafa de Juárez en la carta que le dirigió Rafael J. García desde Puebla el 29 de noviembre de 1867.) Tras la celebración de las nuevas elecciones, se refrendó el triunfo de García. El Congreso del Estado de Puebla lo declaró gobernador constitucional, y él tomó posesión de su cargo el 16 de febrero de 1868. Sin embargo, en la región serrana de Puebla, lugar de origen de Méndez, se presentaron algunos amagos de rebelión impulsados por el candidato perdedor y quizá relacionados con otros movimientos subversivos (muy comunes en la época) como el encabezado en la capital por el general Miguel Negrete. En ese momento, el presidente Benito Juárez apeló a los inconformes a respetar la elección ya sancionada por el Congreso del Estado:
Hoy, que ya se ha electo el gobernador, es un deber de todos aceptar al escogido, sea el que fuere, sin pretender apelar a las armas y sin promover escándalos de ninguna especie, pues las leyes tienen para todo el remedio sin necesidad de apelar a la fuerza.” (Juárez al general Juan Francisco Lucas. México, febrero 19 de 1868.)
Al mismo tiempo, y siempre apegado a la ley, Juárez recomendó al nuevo gobernador de Puebla respetar el derecho de petición y prestar oídos a las quejas provenientes de los pueblos de la Sierra. Los inconformes argumentaban la desatención de la Legislatura a sus reclamaciones sobre trámite de las actas de elección:
Es necesario demostrar con hechos que no tiene empeño la Legislatura del estado, ni interés particular de ningún género, en desoír las peticiones de los pueblos y debe, por lo mismo, recibir las actas de todos los distritos para resolver la cuestión en los términos que señala la ley. Nadie tendrá después el derecho de quejarse porque todos aceptarán el mandato de la ley …” (Carta de Juárez al gobernador Rafael J. García, México, 25 de abril de 1868.)
En este contexto de protestas en la Sierra de Puebla, Juárez respondió a una misiva enviada desde Zacatlán por Vicente Márquez, personaje que tenía mando de tropas y había sido acusado de rebelión. En su carta a Juárez, Márquez le había manifestado su adhesión. El 25 de mayo de 1868, Juárez le responde dando crédito a la profesión de lealtad, pero acto seguido lo reconviene en términos claros y terminantes: “Los pueblos -apunta el Presidente- están cansados ya de escándalos estériles y … desean conservar inalterable la paz, sin la cual no habrá progreso posible para el país.” Por eso rechazaban a los “revoltosos”, cuyo único propósito era “medrar en la revolución”. El Presidente agregaba que la Legislatura debía recibir todas las actas y llegar a una resolución. Pero a partir de ese momento -señala con firmeza- “creo también que deben todos respetar esa resolución, sea cual fuere, porque, de otro modo, jamás se hará efectivo entre nosotros el mandato de la ley”. Juárez deseaba que se respetaran “las autoridades legalmente constituidas, porque de otro modo no habrá gobierno posible en nuestro país”. La carta concluía con una frase memorable:
Jamás podrá verificarse, ni aquí ni en ninguna parte del mundo, una elección, sea cual fuere, que sea igualmente agradable para todos; pero deber es y deber sagrado aceptarla, cuando cuenta con la sanción y el voto de la mayoría; de otra manera, serán una farsa entre nosotros, el principio democrático y el Gobierno republicano.”
La vía del derecho triunfó sobre las vías de hecho. Privó el mandato de la ley. La resolución soberana del Congreso local se respetó. Rafael J. García fue gobernador constitucional del estado de Puebla durante el período 1868-1869.
29 de julio de 2006
Diccionario político
Reforma
29 de Julio del 2006
A Paco Calderón.
Peje. Ser híbrido de apariencia extraña y poco agradable. Mitad priista de los setenta y mitad caudillo iluminado. Tiene un instinto muy desarrollado, pero escasa inteligencia. No soporta a las chachalacas y, por lo mismo, tiene una habilidad enorme para detectarlas y desenmascararlas. No sabe perder y tampoco se le dan los números. Confunde las decenas con las centenas. Su divisa: los Pejes nunca pierden y cuando pierden, arrebatan. Es implacable en la victoria y obcecado en la derrota. Ante la adversidad se desencaja y muestra los lados más oscuros de su personalidad.
Urna embarazada. Término técnico de los años sesenta, setenta y buena parte de los ochenta. El mecanismo es muy simple: una sola persona, normalmente funcionario de casilla, deposita tacos de votos cruzados a favor del PRI. Se creía una práctica desaparecida. En los noventa nadie hacia referencia a ella. Se hablaba del "ratón loco", del "carrusel" o de la compra de votos. Pero nada. El candidato de la alianza Por el Bien de Todos descubrió para el Bien de Ídem que la técnica aún funciona. Sólo que ahora los tacos son a favor del blanquiazul. Este hallazgo tendrá un impacto impresionante en todo el siglo XXI. Equivale a que Jurassic Park fuese descubierto, nada más y nada menos, que en el centro del bosque de Chapultepec. Los politólogos y los estudiosos del derecho electoral le estarán eternamente agradecidos a AMLO.
Fraude cibernético. Otro descubrimiento fantástico y extraordinario de Andrés Manuel y sus maraqueros. Aún no se sabe bien a bien cómo funciona, pero de que existe, existe. El procedimiento es muy sofisticado y tiene que ver con alogaritmos (palabra especialmente acuñada para describir lo inexplicable). Las unidades se transforman en decenas y las centenas en unidades. Al final, el candidato oficial gana en cualquier conteo preliminar y el opositor pierde. El propósito es crear confusión y restarles votos a las oposiciones. Se han emprendido campañas de desinformación recurriendo al argumento de que lo que importa son las actas y los votos y no los conteos preliminares. Pero es basura pura. El fraude cibernético sí existe. AMLO y el PRD lo han padecido. Oremos por ellos.
10 puntos. Cifra cabalística que revolucionó el mundo de las encuestas. Hasta la puesta en operación de este método, todo el mundo creía que los sondeos de opinión por casa habitación o en la calle eran la única forma de medir las intenciones de voto antes de una elección. Pero esto resultó completamente falso. Los 10 puntos que AMLO anunció que llevaba en las semanas previas al 2 de julio contradecían a todas las encuestas. Más aún, mientras los encuestadores se afanaban por explicar las oscilaciones a lo largo de los últimos meses, Andrés Manuel sostuvo siempre que la distancia entre él y Felipe Calderón era de 10 puntos, ni más ni menos. Es por eso que el método es tan notable. El único problema es que nadie sabe a ciencia cierta, con la excepción de AMLO, cómo funciona. Algunos desconsiderados e irreverentes hablan de una comunicación extrasensorial o de la visita a un oráculo. Nada de eso es creíble. Lo único cierto es que después de los 10 puntos ninguna casa encuestadora volverá a ser la misma. De hecho, ya se rumora que si AMLO no logra doblegar al Trife e imponer el conteo de voto por voto, montará su propia agencia encuestadora con un nombre muy sugerente: ¡10 Puntos!
Presidente electo de México. En apariencia es una frase anodina. En nuestro país se usa cada seis años después de una elección para describir el lapso en que el candidato oficialmente vencedor no toma aún posesión del cargo. Porque después se debe hablar de presidente elegido. Lo que nadie sospechaba es que esta frase puede operar como un verdadero test psicológico. Me explico: si usted amable lector le pregunta a cualquier persona: ¿Quieres ser presidente de México? Lo más probable es que se obtenga como respuesta un sí, y no hay de qué preocuparse. Así somos los mexicanos; a todos nos gustaría sentarnos en la Silla. Pero si se va más allá y se formula la pregunta: ¿Es usted presidente electo de México? Y obtiene como respuesta: "Sí, yo soy el presidente electo de México", guarde la calma, no pierda la compostura, felicite con una sonrisa y un abrazo a la persona en cuestión. Pero sobre todo aléjese sin perder un solo segundo porque está usted en grave peligro. Cualquier mueca o movimiento brusco podría ser interpretado como una agresión y usted sería identificado como miembro de un complot contra El Indestructible. Sobra decir que si ve un teléfono cerca marque a urgencias y solicite que se presente una ambulancia con varios camilleros y una camisa de fuerza. Insisto: es fundamental que no pierda la calma ni se ría.
Linchamiento y canibalismo. Nueva práctica de la llamada izquierda mexicana. En los viejos tiempos, antes de la fundación del PRD en 1989, los socialistas mexicanos eran sectarios. Donde hay dos militantes, se decía de los trotskistas, existen tres tendencias: la del militante A, la del militante B y la de la unión de A y B. Pero eso ha quedado atrás. Ahora, el síndrome fundamental es el gregarismo y el canibalismo. Todos a la cargada con AMLO, con fe ciega de carbonero, aunque se trate del único ex priista que sería capaz de restaurar el régimen de partido de Estado. Todos contra Patricia Mercado y Alternativa Socialdemócrata porque disintieron y tuvieron la fuerza y el valor de apostar por un partido de izquierda moderno, anclado en principios e ideas. Abajo los esquiroles y traidores, gritan a coro dos cabecitas blancas de uno y otro sexo que además no tienen empacho en escribirlo... como en los mejores tiempos del estalinismo y del castrismo.
Método para solucionar controversias y conflictos. La posibilidad de un enfrentamiento postelectoral de grandes dimensiones nos tiene a todos aterrados. He aquí una humilde propuesta para salir de este impasse, que además podría aplicarse en otras regiones y latitudes: 1) que la Asociación Nacional de Payasos confirme oficialmente que AMLO es el Presidente electo; 2) que se remodele Palacio Nacional y se instale al nuevo Presidente en el área que habitó el Benemérito de las Américas; 3) que se le confiera poderes absolutos e ilimitados sobre el Zócalo de la Ciudad de México para que organice manifestaciones, movilizaciones y linchamientos a granel.
PS. Las incomodidades que esto podría ocasionarle a Marcelo Ebrard serían ampliamente compensadas por la incorporación de tan magnífico espectáculo en las guías turísticas de la Ciudad de la Esperanza.
¿Plan B?
Excélsior
29-07-06
El rumbo que parece seguir el movimiento de López Obrador hace pensar que este escenario nunca estuvo en sus planes.
Se lo dijeron tantas veces en los últimos años que terminó por creerlo. Para Andrés Manuel López Obrador, el 2 de julio sería un mero trámite en su camino hacia Palacio Nacional. No había otra opción, sino la victoria. Por eso ahora es tan difícil reconocer la realidad. El tema ya cansa y todos quisiéramos estar hablando de otra cosa. Pero cuando se trata de la frustración de un líder que en la práctica controla a una de las fuerza políticas más importantes de México, bien merece que le sigamos poniendo atención. En especial porque el rumbo que parece seguir el movimiento de López Obrador hace pensar que este escenario nunca estuvo en sus planes, y lo que ahora parece ser un Plan B, es sólo una cruzada sin mucho futuro para el PRD, Andrés Manuel y el país.
Primero, porque aparenta estar dispuesto a perder el capital ganado en los últimos años. Como reconoce el mismo Andrés Manuel, hace apenas una década, el partido del sol azteca sufría para hacerse presente en los medios electrónicos. Hoy, la historia es muy diferente. Incluso, no se podría entender el fenómeno de López Obrador como jefe de Gobierno y candidato presidencial, sin su intensa presencia mediática.
Por eso sorprende que ahora AMLO esté empeñado en cerrarse las puertas. A Carmen Aristegui la señaló como parte de los medios manipulados para legitimar el fraude electoral; a Joaquín López-Dóriga le reprochó por cerrarle espacios, luego de una inusual entrevista de cerca de 20 minutos; y con Víctor Trujillo acudió para quejarse de las preguntas hechas por Carlos Loret de Mola.
En menos de dos semanas, López Obrador se ha peleado con periodistas de renombre, quienes difícilmente podrían ser considerados como enemigos de Andrés Manuel. El saldo, luego de estos hechos, es un espejo de lo que, según algunas encuestas, le estaría ocurriendo al tabasqueño con el resto de la población, al quedarse sólo con los incondicionales.
No se trata, por supuesto, de grupos de la población que puedan ser subestimados. Sin embargo, no hay que perder de vista que si el PRD creció como lo hizo el pasado 2 de julio, se debe a que tuvo la capacidad de presentar un discurso atractivo para electores habitualmente alejados de ese partido. La clave de ese crecimiento fue poner el acento en causas difíciles de refutar, como el combate a la pobreza, de la mano de una imagen de seriedad que le ganó la confianza de millones de mexicanos.
En contraste, lo que ahora estamos viendo es el triunfo de las expresiones menos atractivas. Pienso, por ejemplo, en el discurso de Jesusa Rodríguez, quien hace unos días organizó un recorrido por la zona de Santa Fe en la Ciudad de México, para "conocer el mundo de los ricos, saber qué se siente tener dinero a fin de mes y comprender lo que es ir de shopping". No me queda la menor duda de lo atractivo que pueden ser estas protestas para algunos simpatizantes del movimiento antiglobalización, pero no veo cómo puede contribuir este llamado Movimiento Resistencia Creativa al fortalecimiento de un partido político.
En la misma lógica, entiendo que el PRD logra ser noticia cuando mete unos pollos al Instituto Federal Electoral, en lo que pretende ser una denuncia contra los consejeros electorales; sin embargo, no creo que esa sea la mejor imagen para un instituto político que pelea en tribunales lo que considera su triunfo en la Presidencia de la República. Y así podría seguir el recuento hasta llegar, por supuesto, a la joya de la corona, con López Obrador proclamándose Presidente de México, sin que exista un solo documento que así lo acredite.
Si bien es cierto que cada actor político debe seguir el camino que mejor considere –con los costos y beneficios que ello implique–, no podemos ignorar los daños colaterales que dicha estrategia puede generar.
En este caso, para el Instituto Federal Electoral, que no sólo enfrenta una intensa campaña de descalificaciones, sino que entrará en una crisis aún mayor en el futuro mediato, al ser el mismo Consejo Electoral el responsable de organizar las elecciones intermedias de 2009, hecho que difícilmente tolerará el PRD; para el Tribunal Electoral, que previsiblemente será objeto de las mismas acusaciones si no falla en los términos deseados por Andrés Manuel López Obrador; y para el Poder Legislativo, que seguramente se convertirá —a partir del próximo 1 de septiembre— en el nuevo terreno para la disputa poselectoral.
Según ha trascendido, la movilización de mañana no será para cambiar la actual tendencia, sino para acelerarla. De ser así será una mala noticia para todos, empezando por Andrés Manuel, quien con ello confirmaría que si su plan A era suceder a Vicente Fox, el plan B en realidad parece pensado para reemplazar al subcomandante Marcos.
macampos@enteratehoy.com.mx
28 de julio de 2006
¡La Jornada Electoral Fue Ejemplar!
Estimado ciudadano en movimiento:
A través de este medio te saludo y envío el texto del desplegado titulado “¡La Jornada Electoral fue Ejemplar!”, que salió publicado el 27 de julio en Reforma, El Universal y Milenio.

Anexamos la versión para imprimir (160 KB) para que en la medida de lo posible la imprimas y difundas. También anexamos una versión en alta resolución (8 MB) por si deseas enviarla a algún periódico para su publicación.
Envía por favor este correo a tus socios, así como a las organizaciones, personas, medios de comunicación, con las que tengas contacto.
Saludos cordiales,
Sociedad en Movimiento
Sociedad en Movimiento es una iniciativa ciudadana apartidista que nació el 10 de marzo de 2005, y a la cual se han sumado hasta la fecha 1381 organizaciones representativas de la pluralidad de la sociedad civil. Una sociedad informada es una sociedad con poder de decisión. Para mayor información: www.sociedadenmovimiento.org.mx
La locura
Reforma
28 de Julio del 2006
Los intelectuales orgánicos se incorporan a la masa que obedece ciegamente consignas sin medir las consecuencias. Perdieron la elección y la razón
La lucha por el poder tiene características que en ocasiones derivan en la pérdida de la razón y en una abstracción de la realidad propia del pensamiento totalitario. La derrota en un proceso electoral enormemente competido pone a prueba las instituciones de la democracia, pero también el temple y la responsabilidad de aquellos políticos que, sintiéndose seguros ganadores, se ven obligados a enfrentar una realidad adversa. La candidatura de López Obrador se fue construyendo desde el 2000, cuando su triunfo en la capital del país se combinaba con una derrota estrepitosa de Cuauhtémoc Cárdenas y con ello concluía el dominio de éste sobre su partido.
Toda la gestión de Andrés Manuel al frente del Distrito Federal estuvo guiada por la lógica de la candidatura presidencial. Las críticas a Fox, la construcción del segundo piso del periférico junto con una buena dosis de corrupción por parte de los constructores, su defensa frente a los videoescándalos, los apoyos a traficantes de arte convertidos en beneficiarios del presupuesto capitalino, y el desprecio por la ley en el caso del desafuero, todos y cada uno de estos eventos tenían en la mente de AMLO un solo objetivo: la Presidencia de la República. Poco a poco, fue copando los espacios dentro de su partido, convirtiendo el asunto de los videoescándalos en el instrumento idóneo para deshacerse de sus oponentes cardenistas, especialmente Rosario Robles.
De una u otra forma, Andrés Manuel se convirtió en el único factor de poder dentro y fuera del PRD. La torpe estrategia del gobierno de Fox al enfrentar el asunto del desafuero, no sólo reforzó la popularidad del tabasqueño, sino abrió las puertas de un proceso de gran riesgo para la sociedad mexicana en su conjunto: la construcción del culto a la personalidad y el martirio como proyecto político personal. A partir de este momento, la separación de la realidad se fue produciendo paso a paso. La teoría de la conspiración fue sustituyendo al principio fundamental de la lucha política en donde los adversarios hacen todo lo posible por desacreditar uno a otro, para finalmente llegar a acuerdos a partir de los resultados obtenidos en las elecciones.
Las fuerzas del bien, construidas alrededor de López Obrador, se enfrentaron una y otra vez a la conspiración de la derecha, Salinas, los ricos encabezados por Roberto Hernández, los medios de comunicación controlados por los privilegiados (a excepción de La Jornada, quien diariamente expresa la pureza de la verdad revelada por el caudillo) quienes, en un acuerdo secreto, pactaron la destrucción del representante de los pobres. Este pensamiento, que recuerda la lógica del nazismo y el estalinismo, tuvo su punto más álgido en el momento en que la elección presidencial le fue adversa al caudillo por menos de un punto porcentual.
En ese momento, a los conspiradores anteriores se les unieron los encuestadores, el IFE, los funcionarios y los propios representantes del PRD en las casillas, todos los comunicadores no dispuestos a repetir la consigna del fraude electoral, y próximamente el Tribunal Electoral.
La masa convocada en el zócalo, inflamada por el discurso del caudillo que le habla, le pregunta y recibe siempre la respuesta adecuada a sus deseos, entra en el proceso de enloquecimiento total. A este fenómeno de delirio colectivo, hay que incorporar a los intelectuales orgánicos incapaces de discernir entre la realidad y el deseo propio, y quienes, al carecer del más mínimo sentido de la crítica, se unen al coro de creyentes dispuestos a ofrendar su conciencia por la causa. En este escenario no hay lugar para aceptar responsabilidad alguna. Los que atacaron físicamente a Calderón lo hicieron, o por culpa del propio candidato de la derecha, quien no acepta el recuento voto por voto, o porque eran agentes infiltrados del enemigo.
Los mismos argumentos de los nazis cuando incendiaron el Reichstag y culparon a los comunistas. La locura ha llegado y puede destruirnos.
Otra izquierda
Reforma
28 de Julio del 2006
Renan
Hubo un tiempo en nuestro país en que uno podía ser de “izquierda” sin ser antidemocrático. La izquierda mexicana, de hecho, tuvo un papel crucial en la construcción de la democracia en México. Estoy seguro de que los hombres y mujeres de izquierda que han luchado en nuestra historia para construir un país más libre y democrático llenarían muchas veces el Zócalo, que es lo que hoy parece estar de moda entre los políticos de esta tendencia. Pero sin importar su número, su ejemplo debería pesar poderosamente sobre todos los mexicanos.
Valentín Campa, el líder ferrocarrilero fallecido en 1999, podría parecer un paradójico héroe de la democracia por su pertenencia al Partido Comunista. Pero no hay duda de que lo fue. Encarcelado varias veces por su activismo, nunca perdió la fe en construir una vía electoral al poder. En 1976, cuando incluso el PAN se negó a presentar candidato a la Presidencia de la República, él fue postulado por el Partido Comunista (como candidato no registrado, al igual que el Doctor Simi). El Congreso convertido en Colegio Electoral se negó a validarle un solo voto. Tras la reforma electoral de 1977 que legalizó al Partido Comunista, Campa impulsó la unión de su agrupación con otras fuerzas para formar el PSUM, que daría lugar posteriormente al Partido Mexicano Socialista y al PRD.
Gilberto Rincón Gallardo, también proveniente del Partido Comunista, ha enarbolado siempre la democracia como una de sus banderas. Encarcelado como Campa en el 68, luchador siempre por la construcción de un México de mayor justicia social, hoy cuestiona la trivialización de la larga y dolorosa lucha por la democracia que surge de las comparaciones entre el fraude de 1988 y las elecciones del 2006. Cuando hace unos días le pregunté directamente si él veía un fraude en estos últimos comicios, él respondió tajante: “No”.
Cuauhtémoc Cárdenas surgió de las filas del PRI, partido por el cual fue gobernador de Michoacán, pero buscó un difícil camino en las filas de la oposición a partir de 1987. Fue candidato presidencial por el Frente Democrático Nacional en 1988. Las cosas no fueron fáciles en su campaña. No tenía ni dinero ni acceso a medios. Dos colaboradores cercanos, Francisco Xavier Ovando y Román Gil, fueron asesinados. Aun así, el ingeniero obtuvo un apoyo muy fuerte de la población. Quizá haya ganado incluso la elección. No lo sabremos nunca porque las irregularidades del proceso fueron innumerables. Pero la estatura como demócrata de Cárdenas se ratificó pronto. A pesar de lo injusto de la elección, de la información que sugería que había ganado y de su rechazo a las ofertas que buscaban hacerlo reconocer la legitimidad de la presidencia de Carlos Salinas de Gortari, Cárdenas se negó a empujar al País al precipicio de la violencia.
Hay muchos otros héroes de la izquierda democrática en la historia de nuestro país. A Amalia García, también antigua militante del Partido Comunista, me ha tocado verla en muchas batallas. En ellas siempre terció su proyecto de impulsar políticas de beneficio social con la convicción de que al poder sólo se puede acceder por un voto democrático. Por ello pareció casi una burla que su contendiente priista en la elección de Zacatecas del 2004, José Bonilla, quien obtuvo el 35 por ciento de los votos contra el 48 por ciento de Amalia, haya acudido a los tribunales electorales para protestar el resultado. Al final fueron los magistrados, esos mismos que hoy habrán de determinar la validez de la elección presidencial, los que ratificaron su triunfo.
Muchos mexicanos pertenecen todavía a una verdadera izquierda democrática. Tienen respeto al voto, aun en los casos en que éste no los favorece, y muestran tolerancia ante las opiniones distintas a las suyas. Por eso inquieta tanto observar un movimiento de supuesta izquierda que desprecia estas virtudes.
Lo he señalado otras veces. Nadie cuestiona que se impugnen los resultados del 2 de julio en los tribunales: para eso, precisamente, tenemos estos cuerpos. No molesta tampoco que se señalen posibles errores o incluso fraudes en la elección. Preocupa que se hagan acusaciones falsas o que se presenten denuncias penales sin sustento contra los consejeros del IFE. O que alguien mantenga la posición de que sólo un resultado que lo favorezca puede ser legítimo.
Algunas voces de la izquierda democrática histórica se han levantado ya para cuestionar las actitudes antidemocráticas que hemos visto. Pero hay muchas voces dentro del PRD que en el pasado estaban comprometidas con la democracia y que hoy se mantienen calladas. Y es muy triste. Antes la izquierda no se avergonzaba de ser demócrata.
Casillas especiales
Muy pocas fueron las quejas de los ciudadanos o de los representantes de los partidos políticos el día de la elección. La mayor parte de las que se registraron surgieron de las casillas especiales, aquéllas en que podían votar por presidente los ciudadanos que estaban fuera de su distrito. La ley limita tanto el número de casillas especiales como el de boletas que puede tener cada una. Mucha gente que no pudo votar en ellas el 2 de julio dijo que el rechazo se debía a un fraude contra López Obrador. Hoy sabemos que en esas casillas especiales Calderón obtuvo el 42.54 por ciento de los votos contra el 37.35 por ciento de López Obrador. Si un candidato salió perjudicado por la limitación de boletas, fue Calderón.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
Atisbo a lo jurídico
Reforma
28 de Julio del 2006
Interesante, sumamente interesante resulta leer la resolución jurídica del Tribunal Electoral del Poder Judicial, que rechazó la petición del PRD en su modalidad de coalición de realizar un conteo “voto por voto, casilla por casilla” de la elección para Diputado federal en el Distrito 2 de Baja California.
Consideró el Tribunal que en la petición de recuento los quejosos ni siquiera señalaron en qué casillas hubo supuestas irregularidades, ni tampoco aportaron las pruebas requeridas para solicitar dicho recuento.
O sea que los inconformes carecen en lo absoluto del más básico fundamento jurídico en su querella.
A estas alturas es preciso recordarle al lector que un ejército de voluntarios ciudadanos de alrededor de un millón de personas YA REALIZÓ el día de la elección un conteo “voto por voto, casilla por casilla”, y en casos de impugnaciones hasta lo repitieron, y que nuestras leyes electorales vigentes son bien precisas -y estrictas- para determinar cuáles son los causales de revisión o recuento.
Conviene recordar también que, a partir de 1995, con el concurso de TODOS los partidos políticos y la sociedad mexicana, se diseñó un sistema electoral AUTÓNOMO y que éste se rige por ciertas leyes y procedimientos.
En Baja California ya quedó resuelto que el reclamo de “voto por voto” por parte de los perredistas y sus aliados es totalmente IMPROCEDENTE.
Nuestra contención de hoy es la siguiente: a nivel nacional sucederá lo mismo.
Los reclamos y las quejas del PRD que pretenden ensuciar con gritos fariseicos un proceso que ellos mismos calificaron de limpio cuando creyeron que iban ganando, seguramente correrán la misma suerte en el Trife.
Hablamos hoy, amigos, de la parte jurídica, no de la parte mercadotécnica que maneja peligrosa y contraproducentemente el cada día mas desdibujado ex candidato presidencial perredista, el Señor López.
Para quienes se dejan llevar por la pasión o el resentimiento pudiera sonar muy romántico eso del recuento. Lamentablemente, en el terreno de la estructura jurídica que los mexicanos diseñamos para garantizar la limpieza electoral salta a la vista que no procede por carecer de razón legal, que es lo mismo decir que carece de VERDAD.
Simplemente no podrá fincar el Señor López sus gritos de “¡fraude!” (porque no existe ni existió) y así lo consignará nuestra historia.
¿Qué quedará entonces cuando se asiente el polvo?
Quedarán, del lado del PRD, reputaciones políticas muy dañadas (dentro y fuera de México) -quizá más allá de toda reparación- como resultado inevitable de una conducta poco seria y escandalosa, lo cual, sin duda, acarreará un severo y enorme costo político-electoral para dicha agrupación política.
La gente pensante del PRD sabe perfectamente que perdieron, y sabe también por qué: levantar en vilo a las masas para conducirlas al borde del precipicio de la violencia se les revertirá.
La única opción sensata que les queda -y hacemos hincapié de nuevo en la sensatez- sería construir a partir de ya un nuevo liderazgo, uno más moderado que sin abandonar causas que en el fondo son nobles (y compartidas, debe decirse, por muchos otros actores políticos y grupos sociales) no antagonice a grandes sectores de la población sin cuya participación el progreso resulta inconcebible.
Requerirá dicho partido, viendo hacia el futuro, de un liderazgo menos mesiánico y radical, MÁS CREÍBLE, menos demagógico: uno que, en lugar de fomentar la DIVISIÓN de México, procure activamente, de palabra y hecho, su UNIDAD.
La ocurrencia de Fuentes
El Universal
28 de julio de 2006
En esta última semana, las irresponsabilidades de los candidatos han pasado a segundo plano. No se debe a que, de un día para otro, se hayan convertido a la sensatez. Lo que sucede es que las ocurrencias de otras almas más protagónicas han ganado el primer lugar bajo los reflectores.
Ocurrencias, que no ideas, tal como distinguiera Oscar Wilde. Las primeras están hechas de materia inestable y por tanto explosiva. Son hijas de la velocidad, del pensamiento urgente, de la necesidad de decir algo, cualquier cosa, con tal de que su emisor no se quede fuera del debate. La ideas, en cambio, son aquellas que, sin ser tan llamativas, tienen por objeto asentar la reflexión. Poseen como anclas a la solidez y a la coherencia. Surgen del examen cuidadoso de las situaciones y de la exploración meticulosa de los contextos. Por eso miran hacia el futuro y permanecen en el tiempo. A diferencia de las ocurrencias, por sobre todas las cosas, las ideas respetan a la inteligencia de sus voceros.
En estos días, la política mexicana es generosa en las primeras y muy parca para las segundas. Abundan las frases cortas y rápidas que resuenan fuerte, pero que significan poco. Son el resultado del triunfo de la cultura del spot. Las ocurrencias tienen suerte porque los mexicanos no estamos de humor riguroso para exigir reflexiones mejor hechas. Andamos enamorados de los slogans. Injusto sería echarle la culpa exclusiva de esta situación a los políticos mexicanos. Cierto es que su proclividad hacia el simplismo es inmensa, pero no son los únicos, ni los primeros responsables de tanta frivolidad. Hasta las mentes que otrora brillaban por inteligentes andan abrumando con temeridades.
Para ejemplo basta un botón. La semana pasada el escritor Carlos Fuentes redactó, para el periódico Reforma, un artículo sobre el presidente Portes Gil. Se atrevió a ponerle como ejemplo de lo bien que podría irle a nuestro país si, producto de las deliberaciones del Tribunal Electoral, México tuviera de nuevo un jefe interino del poder Ejecutivo.
El argumento es asombrosamente tosco: porque Portes Gil fue un buen presidente interino, nada de malo tendría que en estos complejos días los mexicanos nos procurásemos nuevamente de uno como aquél.
La pluma que escribiera esas líneas extravió en el camino algunas consideraciones que le eran sinceramente necesarias. En su época, después de las convulsiones sociales que sufriera México, Portes Gil pudo gobernar gracias a que detrás suyo estaba Plutarco Elías Calles, un individuo todo poderosos que, sin estar sujeto a ningún poder legalmente constituido, pudo hacer y deshacer mientras sus amanuenses se sentaron en la silla presidencial. Aquél interinato funcionó bien porque sobre el presidente mandaba un super presidente.
¿En qué Calles andaría extraviado el autor de la Región más transparente del aire cuando se puso a cavilar sobre Portes Gil? Aquel interinato no fue producto de un pacto social, de la conciliación o de un acuerdo mínimo entre facciones. Fue, en todo caso, resultado de una imposición arbitraria de aquel gran caudillo de la Revolución. ¿Qué virtudes traería repetir el episodio? ¿Quién se pondría detrás del títere? Peor aún, ¿qué tipo de títere podríamos obtener en las actuales circunstancias?
Para dimensionar la vacuidad de la propuesta, tiene sentido imaginar lo que ocurriría si, en efecto, el Tribunal Electoral concluyera proponiendo la nulidad de la reciente elección presidencial. El actual Congreso tendría que nombrar a un jefe del ejecutivo que gobernara para los próximos 14 o 18 meses.
Este individuo necesitaría de los votos de los legisladores surgidos de la pasada contienda. Tal cosa quiere decir que ningún partido, por sí solo, podría elegirle. Se necesitarían alianzas entre, al menos, dos de las tres grandes fuerzas electorales. Y dado que, a pesar de haber obtenido el tercer lugar, es el PRI el partido bisagra del actual Congreso, sería probablemente el tricolor el gran beneficiario de tal enjuague. Cualquiera de los otros dos partidos que aceptase a un priísta como interino lograría hacerse de la necesaria mayoría para participar en el nombramiento del anómalo presidente.
Paradojas de la historia: de resolverse las cosas como deseara Fuentes, serían los herederos de Calles y de Portes Gil quienes de nuevo llevarían mano para imponer su voluntad. ¿Sería tal cosa en lo que este Premio Cervantes estaba pensando cuando escribió su desafortunado artículo?, ¿o se trató de una mera ocurrencia del escritor?
Profesor del ITESM
De líderes y seguidores
Aunque a Lupita le queda gigante el mote de intelectual, cabe entonces preguntarse: lo que Soledad plantea al final de este artículo ¿llevará dedicatoria especial para a su hermana?
Soledad Loaeza
La Jornada
27/07/2007
Con todo respeto, para utilizar una de las fórmulas favoritas de Andrés Manuel López Obrador, y con base en un recuento incluso aproximado de los votos que recibió en la elección presidencial, ni siquiera 65 por ciento de los mexicanos respondemos en forma positiva a su forma de hacer política. Para muchos su liderazgo es un enigma. El estilo de AMLO escapa a las tipologías tradicionales de los líderes políticos mexicanos. No es la figura paternal ungida de solemnidad y silencios significativos que evoca el general Cárdenas; tampoco es el orador grandilocuente en que se convirtió Luis Echeverría cuando llegó a la Presidencia de la República para denunciar un pasado que también era el suyo, aunque algo de LEA hay en AMLO que se formó en esa escuela y cuenta hoy con el patrocinio de prominentes echeverristas. Tampoco es el líder propositivo capaz de vender una imagen de futuro como lo fue Carlos Salinas en su momento, si bien ahora más de uno quiere olvidar la fascinación que experimentó ante la certeza y capacidad de decisión del hoy innombrable. En este caso la presencia de tanto salinista en el entorno de López Obrador revela, más que una afinidad de estilos, un encuentro fortuito de intereses.
Muchos son los que ven en el éxito de López Obrador el efecto de un carisma: esa virtud inexplicable que posee un individuo que genera fe entre sus seguidores y que inspira en éstos la determinación de creer y hacer cualquier cosa que el líder carismático les pida creer o hacer. Puede ser. Pero el significado que hoy tiene la noción de carismático es tan equívoca y empobrecida como para atribuirse alegremente a los cantantes guapos o a cualquier simpático que ande por ahí.
El liderazgo de AMLO poco tiene de eso, en cambio tiene mucho de una política de masas moderna. Una que en lugar de mover las almas, como les gusta decir a los panistas, se propone mover las vísceras. Hasta ahora su instrumento más poderoso ha sido un discurso que provoca pasiones, sobre todo un sentimiento de indignación que no es difícil despertar en un país como México, donde la desigualdad, la pobreza y la corrupción naturalmente inspiran repudio y disgusto. Pero hay que añadir que también produce indignación el oportunismo de los antiguos priístas -varios nada menos que de Gobernación- que ahora desde el púlpito del PRD imparten lecciones de democracia; asimismo es más que irritante la irresponsabilidad de algunas celebridades que se abrazan al poderoso para ejercer la influencia que las urnas les arrebataron, así como es escandalosa la intolerancia y la mentira en boca de unos y de otros.
El liderazgo de López Obrador es nuevo en México, pero no del todo original. Tiene los rasgos del cesarismo que en el siglo XX en Europa y en América Latina encarnaron líderes autoritarios, como Juan Domingo Perón en Argentina o Getulio Vargas en Brasil, que llegaron al poder cuando la universalización del sufragio trajo la irrupción de las masas en la política. En México este fenómeno se ha producido tardíamente, cuando el nuevo sistema electoral, al garantizar comicios limpios, impulsó el voto de decenas de millones de ciudadanos, al mismo tiempo que demandaba formas de hacer política distintas a las del corporativismo cardenista que subordinaba la identidad del ciudadano a la del obrero, el campesino o el intelectual.
El tipo de liderazgo político que ha construido AMLO se asemeja al que desarrolló Evita Perón, no por cierto la habilidad discursiva, sino su capacidad para erigirse en una suerte de pararrayos de la tensión social. Al ostentarse paladín de los pobres y hacer de la denuncia antielitista eje de su propia pasión, López Obrador quiere investirse ante todo de la rabia que, según él, debe incendiar el corazón de los millones de mexicanos que a diario sufren la humillación de la pobreza. Por esta misma razón, y al igual que Evita, inspira encendidos sentimientos de reverencia o de rechazo igualmente vehementes. Como otros líderes cesaristas que lo precedieron, AMLO ofrece un ejercicio personalizado y centralizado del poder, una relación directa entre él y la gente, la movilización ininterrumpida, el plebiscito permanente, una situación sostenida de excepción; y al igual que muchos de esos líderes cesaristas, utiliza las instituciones democráticas para destruirlas, porque si llegáramos hasta donde los lopezobradoristas nos quieren llevar sólo ruinas quedarían de lo que habría sido una efímera experiencia democrática.
Las tácticas de AMLO para mover a la indignación son ahora bien conocidas: reuniones multitudinarias dominadas por la emoción colectiva, exacerbación de los ánimos mediante la satanización machacona de personajes o decisiones impopulares, construcción de un universo binario en el que él y los suyos representan el bien y todos los demás el mal. En el mundo incierto de los inicios del siglo XXI, López Obrador ofrece las irrebatibles certidumbres de un hombre poseedor de una verdad que no reconoce ningún principio de realidad, pues poco importa si para imponerse incurre en exageraciones descabelladas, en inconsistencias, inexactitudes o contradicciones. En el discurso lopezobradorista lo mismo se defiende el voto que se desconocen los votos emitidos; al igual que se habla de la defensa de las instituciones se propone pasar por encima de ellas para llegar a un acuerdo político -que equivale en el fondo, muy al estilo salinista, a sugerir una macro concertacesión-, o se afirma en forma contundente que el objetivo no es la anulación de la elección, pero se hace todo para que se imponga por la fuerza de los acontecimientos.
Si entender el liderazgo carismático siempre plantea dificultades, porque involucra una dimensión de subjetividad, prácticamente impenetrable, descifrar a los seguidores es peor que eso. Los más humildes tienen razones objetivas para dejarse convencer por un político que les ofrece el mejoramiento inmediato de sus condiciones de vida -lo último que les importa es saber de dónde va a salir el dinero que les promete. Sin embargo, resulta indescifrable el embeleso que se ha apoderado de aquellos que viven en el mundo de las ideas y del conocimiento, y que parecen estar dispuestos a dejarlo todo para seguir al líder con la fe ciega del converso. Tampoco sería ésta la primera vez que intelectuales sucumben a la seducción irresistible del líder popular. Pero, dadas las penosas consecuencias de esta experiencia, cabe preguntarles: ¿y luego?
Minihistoria de la justicia electoral
Reforma
27 de Julio del 2006
El Tribunal Electoral tiene hoy la más que importante misión de desahogar una serie de juicios de inconformidad en relación a la elección presidencial, luego de lo cual realizará el cómputo de los votos y declarará (o no) la validez de la elección. A nadie escapa su centralidad y las repercusiones políticas de sus decisiones. Por ello vale la pena revisar de manera panorámica y esquemática la evolución reciente de la justicia electoral.
Hasta 1986 no existía en nuestro país tribunal electoral alguno. Antes de esa fecha si un partido se encontraba inconforme con una resolución de la autoridad electoral (entonces, la Comisión Federal Electoral encabezada por el Secretario de Gobernación), podía apelar… ante la propia CFE. De esa manera, dicha autoridad era prácticamente irrecusable. Con la reforma de 1977 se le otorgó a la Suprema Corte la posibilidad de revisar, a través del recurso de reclamación, las resoluciones de los Colegios Electorales. No obstante, la Corte sólo estaba facultada para emitir “observaciones” que los Colegios podían o no tomar en cuenta. La propia Corte, así, se encontraba sometida a esos cuerpos que calificaban políticamente la elección.
Ante el avance del pluralismo y la necesidad de contar con una vía para resolver los conflictos entre los partidos y entre ellos y la autoridad electoral, se fue abriendo paso la idea de construir una fórmula judicial para procesarlos. En 1986 se excluyó a la Suprema Corte de toda intervención en asuntos electorales y se creó una institución jurisdiccional de tipo administrativo, el Tribunal de lo Contencioso Electoral. Se trató del primer tribunal y podía revisar los actos de la CFE; no obstante, seguía supeditado a las decisiones que en última instancia tomaban los Colegios Electorales. Eran ellos los encargados de autocalificar las elecciones de diputados y senadores, y el Colegio de la Cámara de Diputados, la presidencial. Los magistrados de aquel Tribunal eran electos por la Cámara de Diputados a propuesta de los diferentes grupos parlamentarias, por lo que en el imaginario público tenían una identificación partidista. La vida de ese tribunal fue breve y las elecciones de 1988 pusieron en evidencia sus limitaciones, pero fue el germen de lo que llegaría a ser una auténtica justicia electoral.
La reforma de 1989-1990 que construyó al IFE fue también la que creó el Tribunal Federal Electoral (Trife). Se trató de un órgano jurisdiccional en plena forma que tenía encomendada la tarea de vigilar la legalidad de los actos del IFE. Esa reforma inició el desarrollo de un sistema de justicia electoral digno de tal nombre. Se precisaron los recursos que estaban al alcance de los partidos y los ciudadanos para impugnar resoluciones del Instituto, así como los mecanismos para hacerlos efectivos. Quedaron establecidos los plazos, los sujetos legitimados para presentarlos, las causales de improcedencia y desechamiento, las reglas para respetar la garantía de audiencia, las pruebas que podían aportarse, etc. No obstante, se mantuvieron vigentes los Colegios Electorales, por lo cual el Tribunal no tenía la última palabra en la calificación de las elecciones. Se trataba de un sistema jurisdiccional cuyo último eslabón era político. Sus magistrados eran propuestos por el Presidente y requerían de las dos terceras partes de los votos en el Senado para ser aprobados.
No fue sino hasta 1993 cuando se eliminó la autocalificación de las elecciones para diputados y senadores. Ello fortaleció al Trife y convirtió en un proceso plenamente judicial el desahogo de las quejas, los litigios y la calificación de las elecciones. No obstante, la calificación de la elección presidencial continuó estando sujeta al Colegio Electoral, es decir a un órgano legislativo.
Fue en 1996 cuando el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación pasó a sustituir al Trife. Como su nombre lo indica se le incorporó al Poder Judicial, sus magistrados fueron propuestos por la Suprema Corte (ya no por el Presidente) y aprobados por el Senado (con lo que perdieron cualquier vínculo de origen con el Ejecutivo), todas las decisiones del órgano administrativo electoral (IFE) pueden ser recurridas ante el Tribunal, puede conocer de los asuntos de las elecciones federales y locales, y al eliminarse la calificación política de la elección presidencial quedó en manos del Tribunal la última y definitiva palabra.
Luego de 10 años de funcionamiento real y productivo en el que todas las controversias entre partidos o entre ellos y la autoridad administrativa electoral han sido resueltas por el Tribunal y acatadas por todos los partidos -lo cual se escribe fácil, pero es una de las construcciones civilizatorias más relevantes de los últimos años-, le llega al Tribunal el asunto más espinoso con el cual se haya topado. Las ventajas están a la vista: se trata de un Tribunal probado, con experiencia, y con amplias facultades. Y los partidos litigantes están acostumbrados y obligados a respetar sus resoluciones. Recordemos, además, que los senadores de todos los partidos aprobaron la designación de los magistrados.
Nadie en su sano juicio puede pretender suprimir los conflictos electorales. Las energías y pasiones que desatan los comicios, así como los errores de la autoridad y las estrategias de los partidos, de vez en vez construyen diferendos de muy diverso grado e intensidad. Lo importante, sin embargo, es contar con una vía y una institución capaz de resolverlos. Y para ello (por fortuna) contamos con el TEPJF.
Terapia cognoscitiva
Reforma
27 de Julio del 2006
Para mí, los que con insultos exigen un tercer conteo de cada uno de los 42 millones de votos, en vez de exigir aclarar solamente las irregularidades, como se ha estado haciendo, desconocen el sistema electoral en detalle y por lo tanto dan por hecho que existieron fraudes electrónicos y otras formas de fraudes imaginarios que revelan la posesión de “conocimientos falsos”.
Un conocimiento falso es una “distorsión cognoscitiva” que con frecuencia genera angustia, enojo, tirria y varias inestabilidades emocionales. Un marido celoso iracundo, por ejemplo, es un enfermo emocional y su señora nunca lo va a poder calmar, porque este señor cree tener el conocimiento de que las mujeres se vuelven infieles si tienen la oportunidad. Este falso conocimiento de las mujeres sería una grave distorsión cognoscitiva.
Para mí, una persona presenta síntomas de graves distorsiones cognoscitivas cuando insulta y acusa al IFE de cometer fraude electoral, cuando expresa agravio extremo, cuando miente: “Felipe no quiere que se cuenten los votos”, cuando Felipe ni debe ni teme, simplemente no considera pertinente discutir las tareas del Trife. AMLO incita al odio, acusa de vendidos a sus propios representantes y niega siempre la realidad evidente de que bien pudiera haber tenido menos votos que Felipe.
También acusa AMLO distorsión cognoscitiva al pensar que si los fanáticos hacen resistencia civil bloqueando la libertad de movimiento de los ciudadanos se hacen justicia y pueden influir en las decisiones del Trife. Otra distorsión es pensar que el PRD es el único que legitimiza una elección o que el pueblo es el que se convoca en las plazas.
Según los practicantes de la terapia cognoscitiva, una persona que muestra sentimientos muy negativos, como furia, congoja, agravios y odios, delata fuertes distorsiones del conocimiento de la realidad. La terapia cognoscitiva busca darle al paciente algunas herramientas para que se dé cuenta de que los datos del mundo también se pueden interpretar de otras formas, y podría visualizar otros caminos para salvarlo de una situación angustiante.
Existen varias clasificaciones de distorsiones cognoscitivas (ver la página 32 del libro “Cognitive Therapy Techniques”, de Robert L. Leahy, 2003), por ejemplo: a) las exageraciones frecuentes; b) predecir catástrofes futuras, como la inestabilidad del País; c) acusaciones sin fundamento: “REFORMA rechaza la transparencia”; d) pensar en términos de todo o nada: conmigo o contra mí; e) etiquetar a personas: pelele, chachalaca, espurio; f) rechazo de evidencias contrarias; g) sentirse víctima constantemente; h) sobregeneralizar: esto es un “cochinero”; y demás.
Es curioso, pero Andrés Manuel, para mí, cumple con muchas de estas distorsiones cognoscitivas y también se presenta con una grave inestabilidad emocional, por lo tanto podría ser candidato a una terapia cognoscitiva por algún experto acreditado. Se trata de enderezarle el conocimiento y quitarle lo agitado, evitando que pueda ocasionarse más daño.
Sería grave que debido a estos berrinches los mexicanos piensen que la izquierda es intratable, chantajista y destructiva. Nuestros pobres necesitan ayuda tanto de la izquierda asistencial y distributiva como de la derecha productiva y multiplicadora de oportunidades. Por el bien de todos, que Andrés Manuel recupere su sentido común.
enriquecss@gmail.com
Malas sumas
Reforma
27 de Julio del 2006
Tengo la impresión de que al candidato presidencial de la alianza Por el Bien de Todos y a sus colaboradores no se les dan las matemáticas. Sólo así se entiende que en una entrevista al periodista Jorge Ramos de la cadena estadounidense de lengua española Univisión le haya dicho que es "presidente de México por voluntad de la mayoría". Esta misma falta de habilidad con las matemáticas puede explicar por qué Andrés Manuel y su gente han afirmado que reunieron a 1.1 millones de personas en el Zócalo el 16 de julio y que congregarán a cuando menos al doble este próximo domingo.
Durante su campaña electoral, López Obrador afirmó constantemente que tenía una misteriosa encuesta de opinión que lo ponía 10 puntos porcentuales arriba de su más cercano contendiente. Esto le habría dado una ventaja de más de 4 millones de votos sobre Felipe Calderón.
Sin embargo, el 2 de julio por la noche, el propio Andrés Manuel dijo que había ganado la elección no por 4 millones sino por sólo 500 mil votos, lo cual equivalía a poco más del 1 por ciento de los sufragios. La verdad es que perder 3.5 millones de votos en unos cuantos días habría sido un verdadero desastre político. Pero Andrés Manuel ni se inquietó ni ofreció explicación alguna. Quizá alguien había hecho mal las cuentas.
El problema es que ahora ni siquiera ese medio millón de votos de ventaja del 2 de julio aparece por ningún lado. La alianza Por el Bien de Todos seguramente tiene ya todas las actas de la elección en su poder. No se entiende por qué, para solucionar todas las dudas, sus colaboradores no presentan simplemente las actas que sumadas supuestamente le dan a López Obrador un triunfo por 500 mil votos en lugar de la derrota por 243 mil 934 votos que arrojan las actas que todos podemos consultar en la página de internet del IFE. ¿Será que a alguien no le salen las sumas? Y si las actas del PRD tienen cifras diferentes a las del IFE, ¿por qué no se dan a conocer las discrepancias acta por acta y la suma corregida?
Debe uno suponer que son las cifras de esas actas las que llevaron a López Obrador a autoproclamarse "presidente de México por voluntad de la mayoría" en su entrevista con Jorge Ramos. Hay que recordar que los perredistas han cuestionado que el IFE señale a Felipe Calderón como el "candidato ganador" o que Elba Esther Gordillo se refiera a él como "Presidente electo". Deben tener los miembros de este grupo, por lo tanto, una confianza absoluta en sus propias cifras y en el hecho de que éstas serán ratificadas por el Tribunal Electoral. Sólo así puede Andrés Manuel presentarse directamente como "presidente de México".
Ahora bien, ¿qué significa ser Presidente "por voluntad de la mayoría"? ¿Quiere decir que la mayoría de los 71.5 millones de ciudadanos empadronados votó por López Obrador? ¿Realmente podemos pensar que 36 millones de mexicanos, y no los 14.8 millones que dice el IFE, votaron por el perredista? O quizá Andrés Manuel se refiera a la mayoría de los 42 millones que votaron el 2 de julio, en cuyo caso debería haber obtenido 21.5 millones de votos. De todas maneras, las sumas tampoco cuadran: faltan 7 millones de votos para ello.
Tal vez lo que quiere decir López Obrador es algo distinto. Quizá ser presidente de México por "la voluntad de la mayoría" simplemente quiere decir que obtuvo "más votos" que Calderón. Lo que sea, incluso esto hay que demostrarlo de alguna manera. Y hasta ahora las sumas del PRD no cuadran.
Y por ello Andrés Manuel ha optado por "demostrar" su triunfo a base de grandes manifestaciones. En la del pasado 16 de julio nos dice que reunió a 1.1 millones de personas. Pero una vez más la suma parece equivocada.
La verdad es que según la información disponible, el Zócalo cuenta con una superficie de 34 mil 515 metros cuadrados. De ella, un 20 por ciento fue ocupado el 16 de julio por el templete y el camino que se dejó abierto en medio de la plaza para permitir el ingreso de los oradores. Esto significa que había unos 27 mil 612 metros cuadrados para los asistentes, que a cuatro personas por metro cuadrado nos da un total de 110 mil 448.
Vamos a suponer generosamente que, además de la gente en el Zócalo, se congregaron 80 mil personas en las calles de Madero, 16 de Septiembre, 5 de Mayo, 20 de Noviembre, Pino Suárez, 5 de Febrero (Norte y Sur) así como en el Hemiciclo a Juárez y en la torre del Caballito. Y seamos generosos una vez más y coloquemos a 40 mil más en el Paseo de la Reforma y en grupos que se retiraron antes de llegar al Zócalo. Aun así, si Pitágoras no me engaña, la suma es de 230 mil 448 personas y no de 1.1 millones.
En fin, parece que las matemáticas no se le dan ni a López Obrador ni a sus colaboradores. Hay que encontrar todavía dónde están esos 500 mil votos que le dieron la victoria el 2 de julio o esos 800 mil participantes en la manifestación del 16 de julio. Aunque quizá fueron estos manifestantes fantasma los que le dieron a Andrés Manuel el triunfo claro que hoy le permite autoproclamarse "presidente de México por voluntad de la mayoría".
Otros tiempos
Manuel Camacho Solís es uno de los activistas que hoy cuestionan el supuesto fraude electoral. En 1988, como operador de Carlos Salinas de Gortari, su trabajo fue validarlo. A Gilberto Rincón Gallardo, quien colaboraba con Cuauhtémoc Cárdenas, lo amenazó entonces con meterlo a la cárcel por su defensa de la democracia.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
Casos de alarma
Reforma - Gaceta del Ángel
27 de Julio del 2006
Hoy miércoles, no sin azoro, recibimos la noticia de que Andrés Manuel López Obrador es el Presidente de México por decisión de las mayorías. Así lo anuncia la prensa extranjera y así lo afirmó Cayo Calígula AMLO en entrevista radiofónica. Al oír esto, millones de mexicanos dijeron al unísono: ¡órale!; yo añado que ya podría haberlo anunciado antes del 2 de julio y nos hubiéramos ahorrado las elecciones, el trabajo de un millón de mexicanos, la participación de cuarenta y dos millones de votantes, los edulcorados discursos de Pericles Adams Ugalde y los enojosos trámites post-electorales que han creado un santo enredijo del cual ya no vemos cómo salir.
Tan sencillo que hubiera sido que AMLO se arreglase muy bien, se dirigiera al TRIFE y, ante el Tribunal, anunciara: Oigan, jueces, la mayoría ya me dijo que yo soy el Presidente; ¿dónde paso a recoger mi banda y a dónde mando por la silla?. Con estos sencillos pasos, México sería ahora un país terso, tranquilito y contento de tener un Presidente comprobadamente legítimo y nada espurio. Estaríamos en la pura verbena popular. En verdad no entiendo por qué AMLO se tardó tanto en decirnos lo que siempre ha sabido, lo que es su destino manifiesto y lo que le susurra el Niñito Jesús. Tampoco entiendo por qué no nos dio tiempo de disfrutar tan magnífica noticia. En cuanto terminó de darla, cayó sobre su ser el velo de la ira y se arrancó con unas declaraciones que en España calificarían de acojonantes. AMLO avisó que era muy probable que esta noticia de su asunción a la Presidencia cayera en los fríos y duros corazones de los hombres de poca fe y menos madre quienes seguramente no lo aceptarían como el nuevo Mesías (exigirán un recuento neurona por neurona) y así, en el triste y molesto caso de que la gleba azul se pusiera chirrisca, él procedería a tomar carreteras y aeropuertos y muy probablemente enviaría a su grupo de choque femenil a que clausurara simbólicamente Wall Street y el Capitolio que les queda de camino.
Han de perdonar ustedes (Ma. De la Paz y Fernando), pero estas locuras y estas públicas invitaciones a la subversión ya no caben en la bandera de "primero los pobres". Yo leyendo a Bretch aprendí la noción de "El héroe eficaz" y en el caso (clínico) que hoy nos ocupa no veo la eficacia de retar y amenazar frontalmente al Estado mexicano, a sus instituciones y a los millones de seres que todavía creemos en las soluciones justas y pacíficas. Burla burlando, lo que dijo Andrés Manuel constituye una declaración de guerra. Supongo que al hacerla, AMLO, que ya aprendió la sabia lección de los macheteros de Atenco, cuenta con la parálisis y la inacción del Estado. Yo no estaría tan seguro de eso, ni tampoco confiaría tanto en que sean millones de discípulos los que le acompañen a la hora de saltarse las trancas. Ni siquiera creo que los de su propio partido que tanto ganaron en estas elecciones se lleguen a adherir a las invitaciones de su candidato incómodo.
En la otra esquina, tenemos a Felipe recibiendo con arrumacos y sonrisas a la Gordillo. Otra pésima señal. Como dice una cuata: si se tienen que ver, que se vean; pero que el encuentro sea sigiloso y en la más profunda gruta de Cacahuamilpa.
¿Y los ciudadanos?, ¿y nuestros respetables trabajos cotidianos?, ¿y la paz?, ¿y la patria?.
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german@plazadelangel.com.mx

