3 de agosto de 2006
La coexistencia de la diversidad política reclama la defensa de las instituciones de nuestra democracia
El desplegado da para mucho. Pero tiene un punto de referencia interesante. Salvo por Carlos Monsiváis que no aparece hoy, muchos de ellos son los mismos que en 1986 pidieron la anulación de las elecciones en Chihuahua por el fraude electoral operado a favor del PRI por Manuel Bartlett, secretario de Gobernación del gobierno de Miguel de la Madrid. Hoy estos intelectuales señalan que las instituciones electorales se han democratizado y es necesario cuidar que no sean irresponsable e irreparablemente lesionadas.
El 2 de julio millones de mexicanos fuimos a las urnas para elegir al Congreso de la Unión y al Presidente de la República. En diez estados hubo comicios locales: elegimos a tres gobernadores y al Jefe de Gobierno del Distrito Federal, con sus respetivos congresos locales y decenas de ayuntamientos.
Fueron elecciones auténticas entre partidos y candidatos plurales. Ninguna fuerza política ganó todo y ninguna perdió todo. Nuestra votación nos obliga a vivir y convivir en la pluralidad.
La convivencia y la competencia política civilizadas son el principio y el fin de la democracia. Este es el valor que hoy deseamos refrendar, preocupados por un clima público que puede erosionar lo que tanto trabajo ha costado construir.
Quienes firmamos este documento hemos votado por diferentes candidatos y partidos, pero nos unen las siguientes convicciones que creemos son la base para una coexistencia de la diversidad política tolerante y productiva:
1. Todas las fuerzas que participaron en la elección son legítimas. Expresan las propuestas y esperanzas de diferentes franjas de la sociedad. Esa diversidad es una riqueza que debe preservarse. Las elecciones son el único método que garantiza que sean los ciudadanos los que decidan quiénes deben gobernar y legislar.
2. Durante las campañas sobraron descalificaciones, pero la jornada del 2 de julio fue ejemplar por la participación ordenada de más de 42 millones de votantes. Fueron instaladas prácticamente todas las casillas por más de 500 mil ciudadanos sorteados y capacitados por el IFE. Todo ello transcurrió con normalidad. Reconocemos al IFE, más allá de errores puntuales, por su eficacia en la organización de esta tarea gigantesca. Refrendamos nuestra confianza en su imparcialidad y en su independencia.
3. Hemos elegido un Congreso plural donde ningún partido tendrá mayoría absoluta de votos; habrá gobernadores de diferentes partidos, congresos locales y ayuntamientos habitados por la variedad de las opciones políticas. Celebramos que la pluralidad política del país quedó genuinamente expresada en la elección del 2 de julio.
4. Las elecciones siguen probando que son el canal legítimo para la expresión de las más profundas inquietudes de una sociedad compleja como la mexicana. El espectacular crecimiento de la izquierda en estas elecciones confirma que es a través del sufragio como las distintas fuerzas políticas pueden expandir su influencia e insertar sus propuestas en la agenda nacional.
5. Existe, sin embargo, una aguda controversia en torno a la limpieza y validez de la elección presidencial. Quienes firmamos este documento hemos seguido los argumentos y pruebas presentadas en el litigio. No encontramos evidencias firmes que permitan sostener la existencia de un fraude maquinado en contra o a favor de alguno de los candidatos. En una elección que cuentan los ciudadanos puede haber errores e irregularidades, pero no fraude.
6. Los partidos y candidatos tienen el derecho de acudir al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para hacer valer sus inconformidades. Esa es la ruta diseñada para atender dudas, quejas o conflictos electorales. No se pueden erradicar por completo los diferendos en materia electoral. Pero a lo largo de los últimos diez años todos ellos han sido resueltos a través de la vía jurisdiccional. Una vez que el Tribunal ha resuelto, se han terminado todos los conflictos.
7. No debemos alimentar una espiral de crispación y alarma. No inyectemos elementos que envenenen el ambiente político, no enfrentemos a los adversarios como si se tratara de enemigos. Edifiquemos un clima que refuerce la convivencia política en la diversidad.
8. Refrendamos nuestra confianza en el Tribunal Electoral. Es la última y definitiva voz autorizada para desahogar el diferendo en torno a la elección presidencial. No queda sino respetar la resolución del Tribunal.
9. Nuestras instituciones electorales son un patrimonio público que nadie debe lesionar. Son el soporte de una de las libertades fundamentales que los mexicanos hemos conseguido en estos años: la libertad de votar y ser votados sin que nadie manipule nuestro mandato.
Adrián Acosta Silva
Larissa Adler-Lomnitz
Luis Miguel Aguilar
Héctor Aguilar Camín
José Antonio Aguilar Rivera
Sealtiel Alatriste
Eliseo Alberto
Jorge Alcocer
Enrique Alduncin
Ignacio Almada
Asunción Álvarez
Francisco Javier Aparicio
Antonella Attili
Roger Bartra
Eduardo Barzana
Ricardo Becerra
Humberto Beck
Ulises Beltrán
Edmundo Berumen
José Joaquín Blanco
Edmundo Calva
Salvador Camarena
Enrique Canales
Julia Carabias
Emmanuel Carballo
Miguel Carbonell
María Amparo Casar
Jorge G. Castañeda
Marina Castañeda
Adolfo Castañón
Ricardo Cayuela
Santiago Corcuera Cabezut
Lorenzo Córdova
Ramón Cota Meza
Israel Covarrubias
José Luis Cuevas
Leonardo Curzio
Luis de la Barreda Solórzano
José Antonio de la Peña
Germán Dehesa
Roberto Diego Ortega
Christopher Domínguez Michael
Denise Dresser
Irene Durante Montiel
Juan Eibenschutz
Roberto Eibenschutz
Ricardo Elías
Álvaro Enrique
Fernando Escalante Gonzalbo
Beatriz Espejo
Guillermo Fadanelli
Fátima Fernández Christlieb
Jorge Fernández Meléndez
Héctor Fix Zamudio
Enrique Florescano
Fernando García Ramírez
Luis Emilio Giménez Cacho
David Gómez-Álvarez
Luis González de Alba
José Antonio González de León
Olbeth Hansberg
Carlos Heredia
Claudio Isaac
Ángel Jaramillo
Fuad Juan
Gerardo Kleinburg
Enrique Krauze
León Krauze
Mario Lavista
Soledad Loaeza
Cassio Luiselli
Ángeles Mastretta
Álvaro Matute
Samuel Melendrez Luévano
Víctor Manuel Mendiola
Mauricio Merino
Jean Meyer
Pedro Meyer
Mario J. Molina
Silvia Molina
Ciro Murayama
Humberto Murrieta
Benito Nacif
Enrique Norten
Octavio Novaro
Federico Novelo
Joel Ortega Juárez
Antonio Ortiz Mena López Negrete
Pablo Ortiz Monasterio
Ignacio Padilla
Guillermo Palacios y Olivares
Pedro Ángel Palou
David Pantoja Morán
Julio Patán
Braulio Peralta
Rafael Pérez Gay
Rafael Pérez Pascual
Jacqueline Peschard
Ernesto Piedras
Jean-Francois Prud’homme
Ricardo Raphael
Román Revueltas Retes
Federico Reyes Heroles
Jorge Javier Romero
Alejandro Rossi
Luis Rubio
Pablo Rudomín
Daniel Sada
Luis Salazar
Pedro Salazar Ugarte
José Sarukhán
Cecilia Sayeg
Guillermo Sheridan
Isabel Silva Romero
Carlos Sirvent
Guillermo Soberón
Fernanda Solórzano
Beatriz Solís Leree
Jaime Tamayo
Ricardo Tapia
Carlos Tello Díaz
Raúl Trejo Delarbre
Julio Trujillo
Isabel Turrent
Guillermo Valdés Castellano
Eduardo Valle
Josefina Zoraida Vásquez
Rodolfo Vázquez
Xavier Velasco
Diego Villaseñor
José Warman
José Woldenberg
Ramón Xirau
Gina Zabludovsky
Fernando Zertuche
Leo Zuckermann
Los radicales
Reforma
1 de Agosto del 2006
Si algo nos deja el ajetreado fin de semana es el conocimiento de las posiciones que han decidido adoptar los dos candidatos protagonistas del debate postelectoral.
De un lado, López Obrador tomó la riesgosa apuesta de escalar el conflicto recurriendo al bloqueo de la avenida Paseo de la Reforma y otras que conducen al Zócalo, en donde ha decidido quedarse en plantón. La inmensa mayoría de los aguerridos manifestantes que el domingo aprobaron a voz de cuello y por unanimidad la propuesta de permanecer en el Zócalo hasta que el Tribunal Electoral decida el conteo voto por voto, ayer mismo retornaron a sus lugares de origen o a sus domicilios. Una cosa es corear lo que el líder propone y otra muy diferente quedarse a la intemperie arriesgando trabajo y familia.
Al dar el paso de la radicalización, López Obrador ha colocado su movimiento en un callejón que podría no tener salida. Además del riesgo de perder el apoyo que decenas de miles de capitalinos le han expresado, el asunto de fondo es que pasa a depender del reducido grupo de radicales, dispuestos a todo, que una vez puestos en movimiento resultan imposibles de parar. Recordemos la triste historia de la última huelga del CGH en la UNAM, en la que el PRD jugó con fuego y al final quedó chamuscado.
Cuando los radicales toman la batuta lo que provocan es un efecto de cascada, en la que empieza la competencia por hacerse presente en el ánimo del líder siendo más radical que los radicales. Ahí está, como botón de muestra, la propuesta de Ricardo Monreal en el sentido de que ninguno de los candidatos perredistas electos el 2 de julio pasado acepte rendir protesta de su cargo.
Del otro lado tuvimos la comparecencia directa de Felipe Calderón ante los magistrados de la Sala Superior en la que después de exponer las razones que lo llevan a no admitir el acuerdo propuesto por su contrincante para respaldar el conteo voto por voto, expresó, sin lugar a duda, su compromiso de respetar la decisión que al respecto adopte el Tribunal. La postura de Calderón es congruente con lo que una y otra vez, después del 2 de julio, ha declarado al respecto: no corresponde a dos candidatos presidenciales dictar al Tribunal Electoral lo que debe hacer -o dejar de hacer- para cumplir con la tarea que la Constitución y las leyes le encomiendan.
Habrá quienes piensen que con esa actitud Calderón deja a los magistrados de la Sala Superior a merced de la presión ejercida por López Obrador y sus radicales. De mi parte considero que aceptar el chantaje del radicalismo perredista provocaría una mayor presión contra las decisiones del Tribunal, además de que nada garantiza que las mismas serán respetadas por quienes ya anticipan la andanada de vituperios en contra de los siete magistrados.
Lo que está en juego es la vigencia de las leyes e instituciones que entre todos nos hemos dado para encauzar y dirimir los conflictos postelectorales. Regresar a la etapa en donde el acuerdo entre los partidos y el gobierno sustituía la precariedad institucional sería quitar el piso a todo lo construido en materia electoral de 1991 a la fecha. Quienes argumentan que por encima de las leyes está encauzar “políticamente” el conflicto planteado por López Obrador olvidan que las soluciones de ese tipo, adoptadas en el pasado, fueron el motivo para establecer un sistema de solución de conflictos postelectorales apegado a la ley y no al acuerdo entre las partes. Más nos vale perseverar en el esfuerzo y, armados con la paciencia de Job, aguardar lo que el Tribunal Electoral decida.
Es previsible que esta misma semana los magistrados de la Sala Superior empezarán a tomar decisiones sobre los recursos presentados por la coalición Por el Bien de Todos, en especial respecto a la demanda del recuento voto por voto en la totalidad de las casillas. Aunque las decisiones que han venido tomando las salas regionales del propio Tribunal, rechazando la misma demanda en los casos de elecciones de diputados y senadores, no vinculan a los magistrados de la Sala Superior, extraño resultaría que estos últimos enmienden la plana a sus colegas y decidan que procede para la elección presidencial. Sin descartar ningún escenario lo que cabe desear es congruencia en las decisiones y firmeza ante las presiones.
No se trata de extenderles un cheque en blanco, sino de entender el dilema que enfrentan los magistrados de la Sala Superior: actuar bajo presión, sabiendo que ésta se mantendrá en todo lo alto a menos que den la razón a López Obrador, o resolver las impugnaciones con estricto apego a la ley, teniendo a la vista las pruebas de que disponen.
Invocar la legalidad y el respeto a las instituciones electorales no es un formalismo ante la escalada del conflicto, precisamente por ese hecho la única forma de acallar a los radicales y dejar abierta la puerta al diálogo es con la ley en la mano.
El fanatismo
Crónica
2 de Agosto de 2006
Son múltiples las expresiones y muy lamentables los efectos de esa amalgama de creencias que llamamos fanatismo. Su forma más elemental es la exaltación extrema de las pasiones, por lo regular en función de una epopeya y, siempre, en desdoro, incluso hasta el empleo de la violencia, de quien no siente como ellos.
El fanatismo ve conjuras y conspiraciones en todos lados, aunque en este caso no sólo como manifestación de inteligencia primitiva sino como método para sobrevivir, en virtud de que no existiría sin enemigo. El fanatismo, es dogma de fe, o sea, creencia en una verdad absoluta que no puede ni debe —y pobre de quién lo haga— cuestionarse. Entre otras explicaciones, por eso el fanatismo suscita odios (contra el otro por pensar distinto, contra el rico porque primero los pobres y contra el de arriba porque arriba los de abajo).
El fanatismo tiene un hermano —es el conformismo, aliado suyo que cede y concede, en el nombre de la tolerancia, a los callejones sin salida a los que el fanatismo conduce—. Como dice el diccionario de Bobbio, ambos, el fanatismo y el conformismo, son contrarios, al espíritu crítico, son la masa de maniobra del cínico que, en realidad, no cree en ninguna idea pero que está dispuesto a valerse de la que sea. “El cínico se sirve de los fanáticos —y los conformistas— para conseguir sus fines; no ocurre lo inverso”.
Creo que la más extraordinaria lucha que ha librado la inteligencia, desde la ilustración hasta nuestros días, es precisamente contra el fanatismo —en relación con la ética esa batalla es contra el pragmatismo—. La inteligencia, sí. Lo mismo contra el fervor religioso que contra la crispación política que amaga reyertas. La razón y la tolerancia —también la exhibición de los cínicos—, hasta ahora, han sido los mejores antídotos para que cada quien crea en lo que quiera sin imponérselo a los demás.
El fanatismo subyuga los derechos de otros porque en su misión autoimpuesta lucha también en nombre de otros conformistas o inconscientes contra aquellos, los enemigos de la historia. El fanatismo es sumisión, quien se aleja de él ha traicionado la causa o perdido la brújula, el fanatismo no reconoce errores y menos virtudes en los otros, pero les confiere todas las cualidades si se trasladan a su flanco. Las dictaduras se asientan en el fanatismo, la democracia en la crítica.
El fanatismo es la facción de una sociedad —porque por fortuna no todos están en su órbita— y representa y expresa a poderes fácticos que, como en círculo, operan en su favor. Esos poderes fácticos operan para promover el sistema de creencias del fanatismo porque están convencidos y además porque serían favorecidos al conseguirse la causa. Claro está que esos poderes fácticos no son privativos del fanatismo, incluso hay algunos que también actúan contra ese fanatismo por ser atentatorio contra sus intereses. Al fanatismo de cualquier laya hay que anteponer la razón crítica, ley y las instituciones.
El fanático sin adeptos puede estar en un hospital, predicar en el desierto o adorar la imagen o la pasión que sea y hasta emprender los ritos que quiera. El fanático con adeptos puede ser líder religioso, político y, ya en el colmo de los extremos, terrorista también.
El líder fanático se considera perfecto, o casi. Al escuchar y traducir la voz del pueblo, acusa, adoctrina, amenaza, arenga, canoniza, catequisa, clama, chantajea, descalifica, dicta, exige, exonera, exacerba, llora, predica, presiona, proclama, pontifica, promete, sentencia y somete. Con todo respeto, también manipula.
También hay huestes del fanatismo, la más amplia masa de maniobra del líder fanático, que lo son justamente porque la modernidad no se ha hecho cargo de ellos. Muchos han esperado su vida entera para que eso ocurra y no tienen qué perder porque nunca o casi nunca han ganado nada. En esas carencias, también en la falta de cultura democrática, se ha retroalimentado la esperanza casi religiosa —antaño la virgen de Guadalupe, hogaño el redentor fanático— para liberarse del yugo contra los que tienen, los que siempre ganan y mienten y fraguan. En el resguardo del fanatismo porque quieren todo, lo siempre ajeno, lo nunca suyo, contra ellos, duro con ellos.
Todo, en el nombre del pueblo.
mlevario@etcetera.com.mx
El espejo
Reforma
2 de Agosto del 2006
La insensatez postelectoral se ha vuelto contagiosa. Cada vez es más difícil no perder la cabeza, no levantar el tono de la voz y no mandar al diablo a todos esos señores, siempre los mismos, que repiten a diario los mismos pronunciamientos a favor de la legalidad, la resistencia civil pacífica, la estabilidad política, la defensa de la democracia y la legitimidad del gobierno, valores en los que creemos pero que se vuelven increíbles en sus bocas. Cada vez más resulta difícil tratar de encontrar un núcleo de razón en las concentraciones capitalinas de un líder plebiscitario, sobre el que ya se ha dicho todo lo que sensata e insensatamente se puede decir y que no parece ser sujeto de razones. Cada vez cuesta más a los que van en vehículos públicos y privados a sus trabajos mantener la sangre fría frente a los perredistas que bloquean e invaden calles de la capital sin importarles los males que ocasionan.
No sé si estemos viviendo una peligrosa situación límite, que pudiera terminar en una crisis política que cimbre los cimientos de la República. Tampoco sé si todo el estrépito que ocurre sea una estrategia calculada para ablandar al Tribunal Electoral o simplemente para que el líder salve la cara ante sus seguidores y venda negociadamente cara su derrota en las urnas, después de conocer el dictamen del Tribunal. O si el estrépito sea tal vez el prólogo a la historia de alguien que se cree llamado a ser caudillo de la nación y que, ante un eventual dictamen judicial adverso, prefiere quemar sus naves y escalar peligrosamente el conflicto social, condenándose muy probablemente al aislamiento con su capilla de leales o su puñado de guerreros. Tampoco me importa saber si lo que ocurre obedece al propósito de crear un movimiento de seguidores numerosos, disciplinados y entrenados a la confrontación, de modo que a partir del 1o. de septiembre exista una protesta social permanente ante los actos de gobierno y que la protesta sirva para mantener viva la esperanza de sus creyentes, no dar oportunidad a que dentro del PRD aparezca un competidor fuerte con otras propuestas políticas y para fortalecer su movimiento a la espera de nuevas elecciones federales que él podrá encargarse de anticipar generando todo tipo de problemas.
Lo único que creo saber es que este mes de julio ha sido un espejo en el que nos hemos visto ciudadanos, políticos, intelectuales, medios, tal como realmente somos, sin el maquillaje de nuestras ilusiones, racionalizaciones y panegíricos. Hemos visto a la política mexicana tal cual es, con sus profundas limitaciones y sus alocados desbordamientos. El espejo en que nos hemos visto en este lluvioso y húmedo mes de julio nos ha mostrado los efectos de nuestras distorsionadas ideas y expectativas sobre la política. Enuncio sólo dos realidades.
1.- En nuestra mente la política es poder, lucha por el poder y ejercicio del poder. Nada mal, si no fuera porque millones piensan que el poder es el atributo de una persona, la capacidad personal de alguien para imponer su propia voluntad sobre los demás. Nos fascinan o nos atemorizan los hombres poderosos. Son nuestros ídolos y santos. Nuestra historia nacional es considerada el producto de las gestas de individuos con fuerza, que hicieron polvo a sus adversarios y que, después de ello, fueron hombres providenciales y benefactores de la nación. En nuestro concepto el poder es la última referencia de la política, su firmamento, no la norma racional que estructura y encauza el poder. El hombre poderoso, retador y vencedor de cualquiera, representa la política en toda su pureza, pone las reglas (no las sigue) y nuestras esperanzas de cambio personal o colectivo descansan en su extraordinario y magnánimo poder. Él es dios, no mundo.
2.- La ley nos resulta extraña y no le otorgamos valor para la convivencia y la supervivencia. Nos resulta agradable el Estado Nación, el Estado Social prestador de servicios, pero se nos indigesta el Estado de Derecho. Nuestra sociedad es cualquier cosa menos una realidad organizada por leyes generales y por poderes que las respetan y las hacen respetar imparcialmente. Nuestra vida social está estructurada, en cambio, por una tupida red de relaciones personales, por grupos protectores influyentes a los que nos adherimos, por intercambios de favores, por el miedo a los infractores, por arreglos con prestadores públicos y privados de servicios, por vínculos de sangre y amistad... por cualquier cosa menos por leyes a respetar y a exigir que se respeten. La sociedad mexicana es la normalización de la anomia, "una anarquía organizada". La ley no es una realidad social, no importa y genera problemas más que beneficios. Nos gusta vivir sin que las acciones de los demás sean previsibles porque exigibles. Puro milagro cotidiano.
Es natural entonces que el político de verdad, el poderoso por definición, desafíe a la norma y pretenda chantajear a las autoridades que se encargan de su cumplimiento. Recibirá asimismo fácilmente la aclamación de millones de mexicanos que del poder personal y no de la norma esperan una cascada de bienes para sus vidas desafortunadas o no. En estas semanas hemos visto las consecuencias de nuestro modo tradicional de concebir y practicar la política. Estamos acostumbrados además a considerar que hay riesgo de inestabilidad política si se aplica la ley, la cual no sirve entonces ni para los tiempos normales ni para los críticos. En el desamparo optamos por la protección del señor poderoso, no por los jueces. A lo mejor el inminente juicio del Tribunal Electoral cambia la historia del país y por primera vez pone por encima el gobierno de leyes y no el de los hombres. La transición esencial tendría finalmente su comienzo.
El cerebro político
Crónica
2 de Agosto de 2006
Confieso que en los primeros días después de las recientes elecciones de Presidente y legisladores en México, como muchos otros amigos y parientes, me sentí perplejo pues no entendía en qué se basan varios de nuestros políticos en decir lo que dicen. Todos los políticos, con una u otra filiación, aquí como en el resto del mundo, defendiendo posiciones opuestas, siempre parecen estar ciertos de defender los hechos y la verdad en que éstos se sustentan. ¿A quién creerle, qué creer, qué esperar, qué pasa y cómo puedo normar mi criterio?
Tal ha sido mi estado de ánimo y de incertidumbre. Pero, las cosas se me aclararon, al leer en el Scientific American de julio del presente año, el artículo que lleva en inglés el título “The Political Brain”, que me gustaría comentar con ustedes. La publicación de las reflexiones que aborda el autor en su breve artículo, han venido justo a la mano para mi tranquilidad intelectual y mi conciencia de ciudadano, de persona política, como lo somos todos los moradores de la polis.
El autor del artículo en cuestión es Michael Shermer, quien tiene una sección permanente en esa revista con el título de Skeptic (escéptico) y además es autor de ciencia ficción. El epígrafe del artículo, lo constituye una breve reflexión que supuestamente escribió Francis Bacon en 1620 y que yo traduzco de manera libre a continuación, dice así: “La mente humana, una vez que se ha formado alguna opinión, busca por todos lados elementos para apoyarla y desecha o desprecia, aunque los haya en gran número y peso cualquier hecho que apunte a lo contrario, con el objeto de mantener inviolable su verdad inicial”.
El punto central de Shermer es que nuestras posturas políticas son el producto de lo que él llama “unconscious confirmation bias” que se puede traducir como confirmación inconsciente de nuestros sesgos. Esto constituye un proceso por el cual buscamos y encontramos hechos que soporten nuestras creencias que predeterminan nuestros juicios, e implícitamente desconocemos datos en sentido contrario, para así descalificar la postura opuesta. Nos cuenta el autor, que esto fue demostrado recientemente por un estudio de imagenología cerebral que se realizó recientemente, mediante el procedimiento de resonancia magnética funcional.
El estudio fue hecho por un psicólogo de la Universidad Emory y presentado en el 2006 en la reunión anual de la “Sociedad sobre la psicología personal y social”, que supongo es inexistente, puesto en el terreno del escéptico, que es el campo de acción del autor que aquí comento. Este trabajo, nos cuenta, se llevó a cabo poco antes de las elecciones presidenciales de 1994 de Estados Unidos. El proyecto se desarrolló de la siguiente manera: se sometió a treinta personas, de las que quince eran republicanas y las otras quince eran demócratas, a un estudio de resonancia magnética funcional. En el curso del procedimiento se les pidió su opinión sobre declaraciones claramente contradictorias que habían realizado, por esos días, el presidente Bush y el candidato Kerry durante sus respectivas campañas para llegar a la presidencia del país más poderoso del mundo. No fue nada sorprendente el resultado alcanzado, ya que los republicanos fueron muy críticos sobre la postura del demócrata Kerry, al igual que los demócratas hicieron una feroz crítica del presidente Bush, y en ambos grupos privó la justificación para exculpar a sus propios candidatos. Los resultados de las resonancias mostraron que la parte del cerebro que está asociada a los procesos del razonamiento, la parte en la que descansa la razón, no se activó y, sorprendentemente, por lo contrario de lo que se hubiera esperado, sí se activaron en cascada, aquellas partes del cerebro que tienen que ver con el procesamiento de las emociones, con la resolución de conflictos, con la parte que hace juicios sobre la responsabilidad moral y finalmente la zona relacionada con recompensas y placer. Parecería que la mente le da vueltas al kaleidoscopio cognoscitivo hasta encontrar la conclusión que en forma predeterminada quiere alcanzar. Y no sólo eso, sino que la refuerza eliminando estados emocionales negativos al activar los positivos.
Pero las implicaciones de estos hallazgos van mucho más allá de las meras cuestiones o consideraciones sobre la política. Estas implicaciones se refieren a la toma de decisiones diarias y Shermer se pregunta qué puede hacerse. Nos recuerda que en ciencia hemos desarrollado mecanismos de auto corrección. En ciertos estudios se requiere tecnología “doble ciega” en la cual ni los sujetos de estudio ni los investigadores conocen las condiciones experimentales durante la recolección de datos. Los resultados se presentan y discuten en conferencias donde son criticados por otros expertos y los resultados en cuestión, deben ser replicados en laboratorios que no estén relacionados con los investigadores originales, por otros expertos. Así, en las publicaciones científicas, deben incluirse y discutirse resultados contradictorios. Nuestros colegas son escépticos por naturaleza y hay que convencerlos con argumentos racionales sobre cualquier resultado que sea digno de publicación. Se trata de conocer y poner a prueba lo probado para ser reconocido el conocimiento propuesto.
El autor del artículo que aquí se relata, menciona que se requieren controles similares en las áreas legales, políticas y de negocios. Le encantaría a Shermer por ejemplo, que en los debates políticos los candidatos argumentaran y defendieran los puntos de vista de las posturas contrarias a sus ideas. Para mayor contundencia de su pretensión, en la última frase dice: el escepticismo es el antídoto de la confirmación inconsciente de nuestros prejuicios o sesgos.
Como mencioné en un principio, con esta lectura, pues ya me queda claro, no entiendo lo que dicen varios de nuestros políticos, porque en su discurso utilizan argumentos irracionales, basados en sus prejuicios y emociones. Debo aceptar también, antes de que me lo digan, que el artículo que les comenté, dice lo que yo pienso y por tanto me fue muy sencillo confirmar mis propios prejuicios. Como ven el asunto no es fácil, pero creo fervientemente que debemos intentar basar nuestros dichos en el análisis de hechos lo más objetivos posibles y guardar siempre un sano escepticismo frente a todo, o cuando menos frente a casi todo, empezando naturalmente por responder la pregunta de si el relato que nos hace Michael Shermer es cierto, o si nos ha llevado en su exposición, por los senderos de la ciencia ficción ¿Usted que piensa?
Para ello también hay otro asunto que podemos discutir, y que se relaciona con qué tan importante sería que la investigación que nos relata el autor del trabajo, fuera cierta. Desde mi punto de vista sería, al menos, deseable, ya que nos estaríamos basando en argumentos científicos derivados de una investigación bien realizada, que claro, todavía tendría que ser comprobada por algún investigador independiente dedicado a estos menesteres. Debo confesarles que mi ignorancia en neurofisiología es tal, que quizá los detalles anatómicos que con tanta exactitud menciona Shermer sobre la localización de las áreas cerebrales donde se procesan las distintas emociones y el razonamiento, realmente sean tales y su descripción se apegue a lo que ha sido probado, pero yo sencillamente lo desconozco.
Sin embargo, puedo adelantar que sí me he realizado estudios de resonancia magnética, que afortunadamente han sido muy pocos. En este tipo de procedimiento puedo referirles que uno debe estarse quieto, por lo que considero muy difícil que, al tiempo de hacerse los estudios, los protagonistas hayan podido estar leyendo documentos, a partir de los cuales estuvieran en posición de expresar sus opiniones sobre las posibles contradicciones en que habían incurrido los principales contendientes para la presidencia de Estados Unidos en el 2004. Entonces, independientemente de la veracidad de los hechos, la lógica del razonamiento del autor fue suficiente para tranquilizar mis dudas sobre el porqué algunos de nuestros políticos hablan como lo hacen. ¿Usted qué opina?
*Investigador Emérito de la UNAM
Director de Investigación, Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán
Miembro del Consejo Consultivo de Ciencias
consejo_consultivo_de_ciencias@ccc.gob.mx
Ni modo
Reforma - Gaceta del Ángel
1 de Agosto del 2006
Marcelo Ebrard. De entrada tengo que decir que Marcelo y yo somos buenos cuates y que en verdad me apenó enormemente no haber asistido a su boda a la que de modo tan gentil me invitó. Aunque sea un poco tarde, espero que Mariagna y Marcelo reciban mis parabienes.
Vamos ahora al domingo 30 de julio. Andrés Manuel acaba de pronunciar un discurso cuya redacción, cosa rara, es casi impecable. Comenzó en tono de homilía evangélica (Hombres y mujeres de buena voluntad); y para no romper esta bella ilustración de San Francisco predicando a las aves, también nos dijo que quería, en primer lugar, darle las gracias a los humildes y mi amiga la de Tacubaya (para el Rayo de Esperanza, tenemos a la Raya de Tacubaya) y yo nos preguntamos ¿de dónde demonios sacaron la idílica noción de que los pobres son humildes?, por lo menos, hay que dejarlos ser como se les dé la gana; los habrá humildes y los habrá altivos y arrabiados y todos tendrán derecho a ser. Vuelvo al discurso: prosiguió el largo proemio con una revisión, incompleta pero verídica, de la larga y difícil historia de la lucha de los mexicanos por la democracia y la justicia que de ella emana. De pasadita le dio un machucón a Fox, invocó a Madero (¡ya dejen en paz a los cadáveres!), volvió a fregar con lo de la ¡transparencia! y de manera ciertamente sofística y tramposa nos vino a decir que en el momento actual, sólo quedan dos caminos: la sumisión o la violencia (¿la inteligencia no sería otro buen camino?). Dicho esto, optó de facto por la no sumisión, o sea por la violencia, al plantear ese proyectazo, esa parida mental, dirían en España; del bloqueo de la Avenida Reforma (¿para esto, para pensar tan magna tarugada, se habrán reunido días y noches los cerebros del PRD?).
Procedió luego a hacer una votación a brazo alzado entre los concurrentes al Zócalo y vías aledañas (lectora lector querido, ¿te imaginas cómo le iba a ir al que se atreviera a no alzar el brazo?). Aquí, para que vean, no fue necesario hacer un recuento brazo por brazo y callecilla por callecilla. Ya autorizado para el disparate, el Peje procedió a repartir lotes en el Zócalo y en Reforma y a esto le llamaron asamblea permanente. Jamás había presenciado yo un suicidio político tan fulminante. Como dice mi amigo Luis Esteban Islas (a) el Polituzo (porque es politólogo y es de Pachuca) y lo cito de memoria: es claro que Andrés Manuel ya no quiere ser Presidente; lo único que quiere es que Felipe no lo sea. Creo que estamos asistiendo a la absurda y veloz dilapidación de un capital político. Y así con la toma de Reforma y la muy probable toma de otras vías primarias, comenzó el funeral vikingo de López Obrador. Allá él.
Nosotros, la enorme mayoría de nosotros, quedamos del otro lado de la acera y vemos el aterrador panorama de una ciudad descabezada. Alejandro Encinas, supuesto Jefe de Gobierno, sólo sirve para decirle a AMLO lo que decía Cantinflas: ¡asssórdensjefeee!. Luis Ruiz, el mero mero de SETRAVI, informa que hoy lunes ya pasaron a perjudicar a cien mil usuarios de Reforma y calles aledañas; pero que no hay purrún, porque todo se resuelve saliendo de nuestra casa con 20 o mejor 30 minutos de anticipación. Señor Ruiz: que salga su mamacita. Consagrado por la Constitución y por un bando que emitió López Obrador, nuestro derecho de tránsito está por encima del derecho a manifestarse pacíficamente. Nada más nos falta quien lo haga valer.
Aquí es donde entra a la historia Marcelo Ebrard, futuro Jefe de Gobierno quien al serle planteado este caos, respondió breve, pero enérgicamente lo siguiente: ni modo (¡dobabesbadito!).
¿Nos vamos a dejar, o iniciamos la Operación DesPEJE?. Corazón: tú dirás lo que hacemos.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCXLVIII (848)
¿Y si bloqueáramos a MONTIEL y al Precioso?
german@plazadelangel.com.mx
1 de agosto de 2006
Guerra al DF
Reforma
1 de Agosto del 2006
Andrés Manuel López Obrador
Andrés Manuel López Obrador le ha declarado la guerra a la Ciudad de México, esa misma que ha sido su mayor apoyo político hasta ahora. Y lo más irritante es que lo ha hecho con la colaboración del propio gobierno del Distrito Federal cuya función debería ser la defensa de los intereses de los capitalinos. Tanto el uno como el otro deberían meditar los riesgos de su actitud.
Las medidas que López Obrador dio a conocer este domingo para presionar a los magistrados del Tribunal Electoral no dejan lugar a dudas. El candidato de la alianza Por el Bien de Todos ha decidido recurrir a la misma estrategia de la sección 22 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación en Oaxaca. El objetivo es asfixiar económicamente a la ciudad. Ante esta decisión, pedir disculpas por las molestias ocasionadas es una burla que se añade a la agresión.
Me pregunto, empero, si López Obrador se da cuenta de que está atacando a la misma ciudad que ha sido su trampolín político en los últimos seis años. Sin el dinero de los impuestos de los capitalinos, el tabasqueño no habría podido montar su campaña a la Presidencia de la República. Sin el voto de los habitantes del Distrito Federal, no estaría hoy peleando el recuento que él piensa lo podría convertir en Presidente.
Alejandro Encinas ha demostrado una vez más que su función como jefe de Gobierno de la Ciudad de México es simplemente la de obedecer las órdenes de López Obrador. Hay informes de prensa de que miembros individuales de la policía capitalina hicieron un esfuerzo el domingo por la noche para evitar que se instalaran los campamentos con los que se bloqueaba el Paseo de la Reforma, una vía primaria que según el propio bando 13 firmado por López Obrador cuando era jefe de Gobierno no puede ser bloqueada. Pero de inmediato llegaron las instrucciones de la Jefatura de Gobierno para que no sólo se permitiera el bloqueo sino que se facilitara.
El bloqueo del Paseo de la Reforma busca presionar a los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para que acepten la posición de López Obrador de que debe hacerse un recuento de los votos de la elección del 2 de julio. Pero, al igual que en el caso de Oaxaca, se está atacando a quien no tiene nada que ver con el asunto. Los capitalinos no pueden ordenar a los magistrados que acepten el chantaje de los perredistas. Simplemente han sido tomados como rehenes por los perredistas y sus aliados.
Y lo peor de todo es que este secuestro se realiza con sus propios recursos. No hay que meditar mucho para saber quién financia a los participantes en un plantón indefinido sobre el Paseo de la Reforma. La gente que realmente trabaja no puede darse el lujo de quedarse una semana, un mes o un sexenio acampando en la vía pública. Quienes se encuentran en los plantones están recibiendo sus ingresos de manera directa o indirecta de los contribuyentes. López Obrador está usando así el dinero de los ciudadanos para atacar a los propios ciudadanos.
López Obrador puede mantener su guerra contra la Ciudad de México de manera indefinida debido a que cuenta con el apoyo irrestricto del gobierno capitalino. Ni el gobierno federal ni ninguna otra autoridad pueden hacer nada al respecto. La policía de la Ciudad de México es la única que tiene la facultad legal de liberar las vías de comunicación de la capital en caso de un bloqueo. Si esta policía recibe instrucciones de sus jefes de abstenerse de aplicar la ley, no hay nada que ninguna otra autoridad pueda hacer.
Por lo pronto, hay razones para pensar que el bloqueo sobre el Paseo de la Reforma puede mantenerse un poco más de un mes. Ése es el tiempo que les tomará a los magistrados del Tribunal Electoral considerar las impugnaciones que la alianza Por el Bien de Todos ha hecho a la elección presidencial. Pero hay que preguntarse qué ocurrirá si los magistrados no le dan la razón a López Obrador. ¿Se mantendrá el plantón durante todo el próximo sexenio?
Es poco probable, de hecho, que los magistrados del Tribunal Electoral acepten una presión tan abierta como la que está realizando López Obrador. La reacción puede ser incluso negativa. También los jueces son seres humanos. Su reacción a un chantaje puede ser la de redoblar su decisión de actuar de conformidad con la ley.
Por eso las cosas se vuelven cada vez más peligrosas. Gerardo Fernández Noroña, vocero del PRD, ha señalado que en los próximos días se endurecerán todavía más las acciones de la “resistencia civil”. Si ya los perredistas han bloqueado de manera indefinida el Paseo de la Reforma, hay que preguntarnos hasta dónde pueden llegar en su endurecimiento. ¿Recurrirán a la violencia abierta en busca de un mártir?
La verdad es que los peores temores acerca de López Obrador se están haciendo realidad.
Masacre
El gobierno israelí afirma que Hezbollah está ocultando proyectiles en poblaciones civiles. Yo no sé si esto sea cierto. Pero no creo que nadie pueda ver las imágenes de la masacre de Qana y permanecer impávido. Israel está perdiendo con rapidez cualquier respeto que pudiera tener en el mundo. Si la conciencia de los israelíes no los lleva a parar sus ataques unilateralmente, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debe intervenir para evitar que continúe la matanza.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
De ese modo no
Miguel Ángel Granados Chapa
Grupo Reforma
1 de Agosto del 2006
Por respeto a los usuarios de la vía pública donde se han instalado los campamentos de la coalición Por el Bien de Todos, deben quedar abiertas a la circulación las calles ahora obturadas, pues no se condice ese atropello con la profesión de una fe política democrática
Andrés Manuel López Obrador, la coalición Por el Bien de Todos, las redes de activistas a favor de aquél, el comité de resistencia civil, si no lo han hecho a la hora en que usted lea estas páginas, deben revisar su actual estrategia y abrir a la circulación las calles donde se asentaron desde el domingo los campamentos que expresan la exigencia de que la justicia electoral haga el recuento de los votos emitidos el 2 de julio.
El cierre del Paseo de la Reforma, la avenida Juárez y la calle Madero al tránsito rodado genera dificultades y complicaciones de diversos géneros y afecta los derechos de terceros. No sólo de quienes viven y trabajan o acuden a diligencias de distinta naturaleza en esas vías, sino también de quienes tienen que encontrar caminos alternos por donde circular, y provocan o sufren los efectos laterales de aquella clausura. No considerar la situación de miles, quizá cientos de miles de personas es una intrínseca falta de respeto, impropia además de un movimiento democrático. Lo es sobre todo porque pueden practicarse modalidades diferentes sin mengua de los fines propuestos, que no pongo en duda, pues mi objeción a este modo de acción civil no implica apartamiento de mi convicción de que los votos deben ser recontados en la medida en que sea posible y necesario, dada la duda razonable que se cierne sobre el resultado oficial festinado.
Una de las prendas personales de López Obrador, convertida en obra de gobierno, fue su reconocimiento a personas a las que nunca nadie había dirigido la mirada. Las personas mayores de 70 años, para hablar de sólo uno de los segmentos atendidos por la política social del jefe de Gobierno entre 2000 y 2005, eran “ceros sociales”, como se denominaba en el siglo XIX a los marginados, seres humanos inexistentes aun más que colocados fuera de la visibilidad del poder público. Junto con el monto de la pensión asignada, por ley ahora, a esas personas, ellas aprecian el que se las considere y se las respete, que se agregue dignidad, por así decirlo, a la que poseen de suyo.
Lo mismo debe hacerse respecto de los usuarios de las calles cerradas por la movilización anunciada el domingo. Merecen consideración y respeto, y que no se añadan problemas a los que implica resolver el día con día. Hay un algo o un mucho de insolencia autoritaria en quien cancela accesos en la vía pública por considerar que sólo su derecho vale, o que es de entidad superior a los demás. Los innumerables retenes en multitud de colonias y fraccionamientos resultan de esa actitud, de esa sobreestimación de los propios intereses respecto de los ajenos. Es insostenible que particulares decidan el uso de la vía pública, temporal o permanentemente. Es mucho menos admisible que lo haga un conjunto de partidos y personas en legítima lucha por evitar que sus derechos sean arrollados. Aun si sólo estuviéramos en presencia de una diferencia tan breve entre las dos votaciones mayores, tan escasa que significa sólo dos votos por casilla, habría razón para demandar una contabilidad exactísima, que en el ámbito judicial refuerce la que se realizó ya en el administrativo. Pero han surgido indicios, percibidos no sólo por la parte interesada, sino por agrupamientos civiles de distinta naturaleza, de que la elección estuvo afectada por irregularidades -por decir lo menos- que suscitan duda razonable. Por añadidura, el papel del Consejo General del IFE, y de su presidente, Luis Carlos Ugalde, en la gestación de efectos políticos creadores de la falsa imagen de que la elección está resuelta, obligan a una revisión del procedimiento al menos en lo que hace al cómputo.
Pero asegurar el derecho a la justicia electoral no autoriza a nadie a atropellar otros derechos, tan legítimos como aquéllos y que conciernen a ciudadanos tan dignos de respeto como quienes protestan por la situación posterior a la jornada electoral. Más aberrante resulta el hecho cuando que la interrupción del tránsito por quién sabe cuántos días o semanas en avenidas principalísimas está siendo practicada, entre otros grupos y personas, por quienes dentro de unas cuantas semanas asumirán la autoridad delegacional y estarán obligadas a cumplir ordenamientos municipales que hoy desacatan.
Principalmente por esa razón, democrática y humanista, de respeto a los demás, deben los campamentos situarse fuera de los arroyos vehiculares. Pero también deberían sus organizadores cavilar en la impertinencia política de una medida que por impopular genera animadversión donde quiera que es puesta en práctica. Todos, a bordo de vehículos particulares o de servicio público, hemos padecido contratiempos en la ciudad por la obturación al tránsito provocada por una movilización social, y es seguro que nuestra reacción no haya sido nunca de simpatía a la causa que genera la congestión urbana. Y cuando, como ocurre a López Obrador, su gesta no es bien comprendida por los sectores que no votaron en su favor, la inoportunidad salta a la vista.
López Obrador recomendó que en los campamentos haya disciplina, respeto y limpieza. Y anunció la realización en ellos de actividades culturales y artísticas, algunas destinadas a niños que aún están de vacaciones. En buena hora que eso acontezca. En mejor hora esos campamentos sirvan, colocados donde no estorben la vida cotidiana, para difundir un mensaje pedagógico que proclame la posibilidad de protestar con gallardía o mostrarse alerta con perspicacia sin por ello dañar a otros.
Lo inconcebible
Reforma
31 de Julio del 2006
La mente humana es un recipiente restrictivo. Tiene criterios severos para recibir novedades y se aferra a sus hábitos. Acepta la llegada de extraños siempre que estén previstos en una lista de posibles invitados. Bien podríamos entender que el sistema solar tiene un par de planetas más o, quizá, alguno menos de los que dicen los libros. Estas refutaciones de nuestra información previa son concebibles. También podríamos aceptar una nueva interpretación de un viejo evento histórico o reconsiderar una idea desechada. Es imaginable igualmente que la suerte nos beneficie o nos perjudique. Pero hay nociones que nuestra mente bloquea con paredes de hierro. Ideas que simplemente no pueden penetrar las membranas de nuestra razón. Se trata de lo inconcebible. No hay evidencia que sirva para aceptarlas. Clément Rosset lo vio muy claramente cuando dijo que nuestra capacidad para admitir la realidad es francamente débil. No aceptamos sin reservas las interpretaciones de lo real. De ahí nace nuestra propensión a treparnos en la ilusión. La ilusión conforta porque preserva intacto el patrimonio de nuestras convicciones. Sin pasar por el disgusto de palpar las púas de la realidad, el iluso se fortifica en sus certezas. No lo distrae la insignificancia de lo real. El ojo suele aniquilar al creyente. Por eso cierra los párpados.
La derrota era inconcebible. Imposible, inimaginable. Si hoy no pueden aceptar la derrota es porque jamás abrieron en su cabeza un espacio para esa posibilidad. Creyeron el cuento del místico. En su alegoría el pueblo siempre tiene la razón. La historia no es más que una marcha de la verdad abriéndose paso entre la mentira. En ese camino, la gente no se equivoca nunca. El dirigente que logra comunicarse con el pueblo es invulnerable. Su razón moral se convierte en razón histórica; en otras palabras, su convicción tiene dimensiones de profecía. Una y mil concentraciones demuestran la conexión entrañable entre el hombre y su pueblo. Líder y pueblo se funden en una emoción (más que esperanzada, indignada) que es la verdadera tracción del futuro. Mañana saldrá el sol. Inconcebible el mañana sin que aparezca, tras la noche, la luz del día. Mañana ganaremos. Inconcebible que, en elecciones, el pueblo se equivoque. ¿Cómo es posible que la gente haya decidido retirar el apoyo a quien encarna el lado justo de la historia? ¿Cómo imaginar que el pueblo haya rechazado a quien lo entiende y lo cuida? ¿Quién puede imaginar una victoria limpia de los malvados? Inimaginable, como la traición de dios.
Algo tiene que estar mal. El pueblo no se puede equivocar. El dirigente no cometió error alguno. Imposible. Inconcebible. La gente no se deja engañar. México no puede votar por la derecha. Resulta imposible que una nación con nuestra historia y nuestras carencias respalde a un partido conservador. El jefe no se equivocó en ningún momento. Fue siempre consecuente con sus ideas y los suyos. Los buenos no fallan, pero los malos siempre buscan despojarnos de lo nuestro. Eso es lo único que explica el sorpresivo revés. La narración necesita alimentarse del mito de un enemigo truculento. Frente al pueblo aparece la silueta imprecisa del malvado. Es un personaje con inmensos poderes que se impone por vías misteriosas. El sujeto aparece por todas partes en esta fábula genial. Todos los malvados se convierten en aliados fraternales. El Presidente y todos los aparatos de su gobierno, los medios de comunicación, el órgano electoral, los observadores nacionales y extranjeros, los ciudadanos que contaron los votos, los mismísimos representantes de la buena causa quienes, débiles al fin, traicionaron a la nación. Ese cuento del pueblo infalible, el guía invencible y la eficacia del perverso envuelven la incapacidad de pensar la derrota.
La convicción busca pruebas. El prejuicio caza justificaciones. El fraude tiene una existencia moral previa y superior a cualquier dato. De ahí el vaivén de hipótesis y denuncias; el cruce incoherente de acusaciones, conjeturas, sermones, regaños y proclamas. Sé que Fulano fue asesinado a puñetazos por Mengano. Lo sé. Lo vi en un sueño arrebatador. Es cierto que no encuentro el cadáver pero tengo la convicción plena de que el homicidio fue perpetrado. Resulta irrelevante que Fulano esté tomando un café y que Mengano sea manco. Tengo la plena convicción de que Mengano mató a Fulano.
Lo extraordinario de todo esto es la capacidad para sembrar la sospecha. Es cierto que la mayoría no cree el cuento del fraude electoral, pero lo notable es que una amplia franja de mexicanos cree, contra toda evidencia, que las elecciones fueron sucias. El fenómeno no lo explica solamente un extraordinario liderazgo político. Nuestra memoria de trampas electorales es todavía muy fresca. La neutralidad de los órganos electorales es aún joven y muy breve la experiencia de elecciones auténticas. También pesa una cultura periodística sobrecargada de exclamaciones y escasa en investigación ponderada y meticulosa. Pero sobre todo, importa la pobreza de nuestra cultura liberal. Los votos y el trabajo de los ciudadanos convocados para recibirlos y contarlos son fáciles candidatos al basurero. Renace con éxito (particularmente en las élites intelectuales) la mitología antidemocrática del Pueblo fundido con un líder, mientras se entierra el significado elemental del sufragio: una suma de decisiones que elimina la sustancia de la sociedad. Como diría Lefort, las elecciones democráticas rompen el cuerpo del pueblo: el número de votos tritura la noción de un destino democrático, de un camino único, de un guía privilegiado. Lo democráticamente inconcebible es la infalibilidad.
Consolar a Denise
Excélsior
01-08-06
Ese 40% que dijeron que hubo fraude, no lo creen realmente. Lo que están diciendo es que tienen ganas de que haya habido fraude. En otras palabras, tienen ganas de que hubiera ganado López Obrador.
Una preocupación de tercer grado. La querida y aguda Denise Maerker, en su columna "Voto por voto", aparecida en Excélsior la semana pasada, se manifiesta preocupada por el relativamente alto porcentaje de ciudadanos que, según las encuestas, consideran que las pasadas elecciones federales fueron fraudulentas.
Esa misma preocupación la expresó Denise en el debate Tercer grado, en el que todos los miércoles en la noche participa junto con otros analistas y comentaristas. Comentaristas que, unos con mayor énfasis que otros, afirmaron compartir tal inquietud.
Según esos sondeos, alrededor de 40% de la población considera que, en efecto, en los comicios del 2 de julio se cometió fraude. Contra 60% que cree que no, y que las elecciones fueron limpias y legítimas. Mayoría que no consuela a Denise y supongo que a ningún amante de la democracia. En efecto, el que cuatro de cada diez ciudadanos, ya en pleno siglo XXI, piense que aún es posible hacer trampa en el proceso electoral, resulta asaz desanimante.
Todos aquellos que, ilusionados, consideraron que, a partir de la ciudadanización del IFE y del año 2000, la época del cochupo, de los carruseles y los tacos, la era del agandaye, había quedado definitivamente atrás, hoy constatan, meditabundos, que su democracia parece más endeble, frágil y vulnerable de lo que habían creído.
Permítame que sea yo, dilecto lector, quien consuele a Denise. A Denise y a todos los que, como a ella, les preocupa el descrédito de la institución y el proceso electorales. Yo, al que toda esta historia de la democracia y las mayorías —usted y Denise lo saben bien— le viene bastante guanga, yo seré —mire usted por dónde— quien la tranquilice. El que los tranquilice.
Porque hay ahí una curiosa machincuepa, una pirueta lógica que nos puede engañar. Y es esa pirueta, como matemático y como vulgar amante de la razón (a cada quien sus amores), la que me interesa. El nombre del debate televisivo al que aludo me da el esquema adecuado para abordarla.
Fíjese usted bien. Lo que preocupa a los demócratas —a la mayoría, al menos— no es que haya habido fraude. Esa sería una preocupación de primer grado: "creo que hubo fraude". Pero no es el caso. Nadie sereno e imparcial puede afirmar, hoy en México, tal cosa. No se ha esgrimido, en ese sentido, ni un solo argumento. Ni un solo argumento digno de ese nombre, entendámonos. De los otros, de los delirantes, hay todos los que usted quiera. Estos días, he escuchado de buenos amigos lopezobradoristas, normalmente sensatos y razonables, auténticas enormidades. Hoy no puedo, pero a lo mejor algún día relataré las mejores. El nombre de cuyos autores, por amistad, sin duda callaré. De todos modos estoy seguro, curioso lector, que si usted mismo no las genera, ha sido beneficiario de perlas semejantes.
La preocupación de Denise, sin embargo, es otra. Es que haya tanta gente que así lo sostiene. Es esa un preocupación de segundo grado: "no creo que haya habido fraude, pero creo que hay mucha gente que sí lo cree". Pero, tranquilicémonos: eso no es verdad. No estrictamente. Es precisamente ahí donde se produce el giro más complejo de la voltereta lógica.
Ese 40% que dicen que dijeron que hubo fraude, no lo creen realmente. Lo que realmente están diciendo es que tienen ganas de que haya habido fraude. En otras palabras, están simplemente diciendo que tienen ganas de que hubiera ganado López Obrador.
Pa’que me acaben de entender —Denise y usted—, recuerde esas dizque encuestas que luego hacen durante la transmisión de los partidos de futbol, en las que preguntan, por ejemplo: "¿Cree que el América le marcará el gol del empate a Oswaldo?" Y ahí tiene usted a miles y miles de televidentes bien obedientes que hablan y dicen sí o no. Pero no dicen lo que creen, sino lo que quieren. Obviamente, de quienes hablan, todos los que le van al América van a decir que sí y, los de las Chivas, pos que no.
Aquí estamos exactamente en la misma situación. A la pregunta "¿cree usted que hubo fraude?", obviamente sólo contestará que sí el simpatizante de López Obrador. Y pocos de esos simpatizantes osarán contestar que no. Pues esos pocos se arriesgan a ser considerados "vendidos", como, en una declaración inconcebible, sugirió el mismísimo candidato del PRD, al referirse a los representantes de su partido en las casillas, que dijeron no haber observado irregularidad alguna.
Así pues ese 40% lo integran, grosso modo: 35% que votó por el PRD y 5% llegados posteriormente. Y ese 60% que consideró limpio el proceso, son 35% de votantes por Calderón más 25% añadidos después. No hay ahí sopresa ni novedad alguna. Ni motivo de desaliento. Ánimo, demócratas.
Aquí, sin embargo, Denise, surge otra preocupación, que va más allá del simple mecanismo democrático. Y es el comprobar con cuánta facilidad la gente puede confundir el querer con el creer. El deseo con el razonamiento. Es algo que ya sabíamos, digamos, pero digamos también que no deja de ser desmoralizante. Es ésa, una preocupación de tercer grado.
bruixa@prodigy.net.mx
Los enemigos de la revolución
Excélsior - Personajes de Renombre
01-08-06
Andrés López Obrador y sus seguidores se ven a sí mismos como una suerte de cruzados en una guerra santa que busca salvar a los mexicanos hasta de las decisiones que democrática y razonadamente tomaron como el votar en su mayoría por Felipe Calderón.
Su causa es tan justa que hasta pueden pasar por normas que ellos mismos hicieron como el bando 13 en el cual AMLO regulaba las marchas cuando era jefe de Gobierno del DF y ahora justifican el sitio a la Ciudad de México causando graves daños a su economía y finanzas.
El cierre de Reforma en su zona más turística necesariamente daña el ingreso de recursos por los visitantes nacionales y extranjeros. No nos detengamos en el daño por las horas hombre perdidas por la toma de una vía principal como el Paseo de la Reforma.
Desde su posición de iluminados, AMLO y sus seguidores lo mismo redefinen los límites de la propiedad privada o lo que puede hacerse en un lugar privado abierto al público que definen quiénes son los enemigos de su revolución.
Este hombre y su gente determinaron que Banamex, Bancomer, Avantel, Mexicana, Sabritas, Coca-Cola, Kimberly Clark, Bimbo, Televisa y Jumex son empresas enemigas de la democracia.
¿Cuáles son los delitos que le imputan los iluminados?
A Banamex se le condenó porque Roberto Hernández le cae mal al mesías. Formalmente dicen que el problema es que no se pagaron impuestos cuando fueron vendidos, a través de la BMV, a Citigroup. La causa de la acusación es tal como decir que un trabajador que gana el salario mínimo es evasor fiscal. A Bancomer, dirigido por Jaime Guardiola, por extensión.
El problema de Avantel es que, en algún momento, tuvo como funcionario a Francisco Gil Díaz que en el decreto del líder es Su Alteza Serenísima.
A Mexicana se le acusa de haber sido comprada por Gastón Azcárraga. En ese momento la más antigua aérea del país se pasó del lado del enemigo. Kimberly Clark y Bimbo tienen un problema similar. No importa que se trata de empresas cotizadas en la BMV con miles de accionistas, a su majestad no le parecen aceptables algunos de sus directivos o exfuncionarios.
Claudio X. González no pasa porque en su carácter de presidente del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado ha criticado a AMLO. Lorenzo Servitje ha traído la desgracia a Bimbo porque Servitje ha abusado de la libertad de expresión haciendo públicas sus opiniones políticas.
Sabritas y Coca-Cola son anatema porque son extranjeras. ¿No le parece absurdo que Pepsico sólo use a una de sus empresas para atacar al iluminado? Entre otras muchísimas marcas, tienen Pepsi-Cola.
Tampoco queda claro de quién se queja cuando habla de Coca-Cola, ¿de la transnacional con sede en Atlanta o de Coca-Cola Femsa, una de las empresas más importantes de México para el mundo?
La queja en contra de Televisa es que al mesías tropical no le gusta la cara con la que lo ven algunos conductores de noticias o que no hagan las preguntas que él cree que sí son importantes. No importa que este medio de comunicación lo entreviste largo en todos sus espacios.
A Jumex se le acusa de una gran perversidad por elegir un logotipo, hace 30 años, que se parece al que usó Calderón durante su campaña política. En la coperativa Cruz Azul hay quienes están preocupados puesto que también podrían ser considerados enemigos de la revolución. Su uniforme es azul y además tienen una cruz, no vaya siendo que alguno de los minirasputines que rodean a AMLO digan que es el equipo del Yunque o que el Kikín Fonseca se fue a jugar a Portugal como parte de la internacionalización de la lucha en contra de AMLO.
El crear empresas enemigas de la revolución es una estrategia que busca provocar el encono social, enardecer a la gente y, en el fondo, que se les olvide lo endebles que son otras posturas como el decir que los perredistas fueron víctimas de un fraude electoral.
Lo cierto es que perdieron y que el Tribunal Electoral es el único encargado de extender la constancia de mayoría, luego de que un organismo ciudadano como el IFE organizó las elecciones en una votación que fue contada por los ciudadanos.
dinero@nuevoexcelsior.com.mx
Confesiones de una perredista
Excélsior - Arsenal
01-08-06
"Hija, salte ya de ese partido de locos que no respeta nada…", comenzaba el maternal mensaje enviado la mañana de ayer al celular de una de las dirigentes perredistas, cuyo nombre mantendremos en reserva por razones obvias, mientras caminaba en la esquina de Reforma e Insurgentes.
La mujer se veía confundida, preocupada, molesta con el estrangulamiento de Paseo de la Reforma. Los desnutridos campamentos que ocupan en la avenida más importante de la Ciudad de México fueron instalados caprichosamente en los carriles centrales de la avenida, en franca violación al derecho a la libre circulación. "¿Por qué no en la banqueta?" Se interrogaba, desolada.
"A veces me pregunto qué estoy haciendo en el PRD, si ya no me identifico con lo que hacen", confesaba fuera de grabadora. ¿Se imponen los radicales a los moderados? Peguntamos. "Se impone Andrés Manuel", respondió con sequedad.
La ocupación de Reforma como medida de "resistencia civil" fue votada por la multitud en el Zócalo. La propuesta no recibió un solo voto en contra. Es la magia de la "democracia de asamblea" —al estilo albanés de los ochenta— que ha instaurado López Obrador en sus asambleas informativas. "Lo paradójico —contrastaba la perredista— es que los moderados somos mayoría..."
Irritada, nos reveló que se han formado "comités de salud" que vigilan los 47 campamentos instalados, desde el Zócalo hasta la Fuente de Petróleos. Estos comités tienen como tarea fundamental "observar" el cumplimiento de las tareas de "resistencia". ¿Se habrán inspirado en los delatores comités de defensa de la revolución cubana?
-Muchos perredistas que parecían tener vocación democrática saldrán lastimados de esta aventura en la que los ha metido López Obrador. Alejandro Encinas es uno de ellos. El jefe de Gobierno del DF, quien se perfilaba como un izquierdista moderno y abierto al diálogo, es el más perjudicado.
Reducido al papel de comparsa, obligado a justificar lo injustificable, Encinas ha volcado inexplicablemente recursos del GDF para apoyar los reclamos de este "mesías tropical" —como lo llamó Enrique Krauze—, que tiene a la Ciudad de México en vilo.
-En Paseo de la Reforma, entre Insurgentes y Niza, fueron instalados 20 enormes y carísimos espectaculares metálicos, provistos de una adecuada iluminación, para presentar la exposición "Voto x voto, foto x foto".
¡Y cómo no..! La exposición abre con palabras del escritor filopejista Fernando del Paso, que apoyan los reclamos del candidato de la coalición Por el Bien de Todos. "Sí hubo fraude, porque el engaño es fraude…", comienza la cita del autor de Noticias del Imperio. Y termina: "El fraude, el gran fraude, ya estaba allí entre nosotros, desde mucho antes del 2 de julio."
Otro de los espectaculares injuria a Felipe Calderón. Aparece la cara del candidato presidencial del PAN, dibujada en una pancarta, y la leyenda: "Este imbécil se está burlando de México…" El pretexto es que se trata de una foto tomada en la "asamblea informativa".
-Uno de mis propósitos es preguntarle a Jesús Ortega, cuando lo vuelva a ver, si el compromiso de no permitir bloqueos en arterias estratégicas de la Ciudad de México, que asumió durante una entrevista que le hice cuando era precandidato a la Jefatura de Gobierno del DF, era sólo palabrería para ganar adeptos. Otra pregunta: ¿Ocupar Reforma no es colocar una daga en el cuello de los magistrados del TEPJF para que fallen a favor de López Obrador?
-Una hora caminé por los campamentos. Cuando me retiraba escuché una movida canción que emanaba de las bocinas instaladas en esa parte de Reforma. El estribillo ridiculizaba al árbitro electoral, convertido por los radicales en el Bartlett de 2006. "El IFE es una patraña, engaña, engaña…"
Dejé el lugar convencido de que este "yo o el caos" de El Peje lleva a la izquierda mexicana al despeñadero; y que los intelectuales que apoyan estas medidas de "resistencia civil" tendrán que rendir cuentas de su complicidad.
panchogarfias@yahoo.com.mx
AMLO: ambicioso, no vulgar
El Universal - Campos Elíseos
01 de agosto de 2006
Sí, es cierto. Esta columna le cree a López Obrador.
Por lo menos cree a piejuntillas (o pejejuntillas, si prefiere) en algo que el domingo dijo en el Zócalo. Lo citamos a continuación:
-Quiero decirles que esto va más allá del hecho de que reconozcan mi triunfo como Presidente de la República. Reitero: no soy un ambicioso vulgar.
Precisaremos: lo que creemos sin duda alguna es que AMLO no es un ambicioso vulgar. Es ambicioso, sin duda. Vulgar, jamás. En todo caso un ambicioso especial (y si nos apura, un ambicioso consumado).
Y a las definiciones del Diccionario de la Real Academia de la Lengua nos atenemos:
Vulgar. 1. adj. Perteneciente o relativo al vulgo. 2. adj. Común o general, por contraposición a especial o técnico.
Y para más precisión aún, la definición de vulgo: "el común de la gente popular".
Recordamos varias cosas: las entrevistas que dio Jorge Ramos, por ejemplo, posterior a la entrevista que él tuvo con López Obrador la semana pasada. Sí, esa misma en la que acuñó la frase aquella (basada en no más que su percepción):
-Yo soy el Presidente de México por voluntad de la mayoría.
Cuando a Ramos -quien nació en México- le preguntaban cómo veía a AMLO, lo dijo claramente. Pensaba encontrarse con un hombre entristecido y lo que encontró fue justo lo contrario: un hombre revitalizado por las circunstancias.
Nos recordó otra conversación. Una vez un amigo le preguntó a López Obrador por qué realmente estaba en la política. Siempre hay un por qué profundo, insistió.
¿El poder, el dinero? No.
¿Hacer algo por los pobres? Tampoco.
Su respuesta fue contundente y, claro, mucho más ambiciosa:
-Pasar a la historia.
Como ayer decía Raymundo Riva Palacio: convertirse en leyenda.
Es decir, el Peje está en su hábitat, en su elemento, no hay duda. En su mero mole. Lo suyo, lo suyo es lo que hoy vive y hace muy bien: provocar la movilización social.
No hay que regateárselo, por lo pronto. Después de todo, ¿quién puede convocar a tomar una ciudad como la de México?, ¿reunir a tantas personas como las que se vieron en la calle el domingo, hayan sido 350 mil, uno o dos millones o alguna cifra intermedia?
[..]
katiushka@prodigy.net.mx
Termina la comedia
El Universal
01 de agosto de 2006
Quisiera hablar con usted de otra cosa. Quisiera dedicar este espacio a compartir con usted información acerca de los retos que enfrentará México en los próximos años. Platicar, por ejemplo, de la caída en exportación de petróleo que ya inició y que será cada vez mayor. De cómo estos menores ingresos para el gobierno, sumados a los mayores gastos para pagar pensiones, harán imposible cerrar las cuentas públicas en un par de años. Valdría la pena hablar de esto, porque sólo una buena reforma fiscal nos puede ayudar, y hay urgencia de hacerla.
O podríamos hablar de la recomposición que está ocurriendo en el mundo, que amenaza con dejar fuera a América Latina. De cómo China y la India se han convertido en el eje del crecimiento económico, y cómo cambian sus patrones de consumo, abriendo grandes oportunidades para que México compita, pero que no estarán ahí esperando.
Tal vez también podríamos tratar de entender, usted y yo, lo que ocurre en Medio Oriente. Salirnos un poco de la manida simplificación de árabes e israelíes y recuperar un siglo y medio de historia, para discutir la posición estratégica de la región, o movernos hacia el Este, siguiendo la ruta de la seda, para llegar al terreno del "gran juego", que hoy mismo alcanza todavía mayor importancia geopolítica. Porque conforme avanza la ruta, saliendo de Bagdad, el terreno es chiíta, como lo es Hezbolá, ese grupo terrorista que con el apoyo de Siria y la complicidad de Líbano ha logrado acumular un poder militar superior al de la mayoría de los países latinoamericanos, al menos en pertrechos.
Quisiera compartir con usted el análisis de estos fenómenos que están ocurriendo en el mundo, y que nos afectan de manera muy significativa. Quisiera hablar de cómo seguimos sin prepararnos, y de cuánto nos puede costar esta tardanza.
Pero no puedo, porque el candidato que tuvo mayor presencia en medios electrónicos, que tuvo mayor apoyo de la opinión publicada, que construyó su candidatura haciendo uso de recursos públicos, ese candidato perdió y no es capaz de reconocerlo. Ese candidato dice que la elección no fue equitativa, pero no es capaz de darse cuenta que fue a su favor. Ese candidato dice que hubo fraude, pero a un mes de la elección no ha podido mostrar una sola prueba, una, de su dicho.
No puedo hablar con usted del futuro porque el candidato del pasado no quiere. Y no puedo ignorarlo, porque cada vez que se ha menospreciado a un demagogo, la sociedad se ha hundido. Lo dije la semana pasada, y hoy no puedo más que reiterarlo: el señor no es un demócrata, es un fascista. Esta palabra se acostumbra usar como superlativo de derecha, pero es un significado incorrecto. El fascismo es la combinación de un centro único de poder, una ideología que todo lo permea y una movilización permanente, como lo describió Juan Linz. Pues eso es el candidato perdedor, ni más ni menos.
Durante la campaña, se quejó de que lo calificaran de ser "un peligro para México". Ahora queda claro que no tenía motivo de queja. Eso es. Sin tener una sola prueba de fraude, no sólo ha insultado a todos, desde la autoridad electoral hasta sus mismos seguidores, sino que ahora moviliza a sus huestes, a la turba, como la califiqué la semana pasada, para que acaben con la vida normal de la ciudad de México.
¿Siguen pensando que este personaje quiere lo mejor para México? ¿Siguen creyendo que este demagogo ofrece una vida mejor? Lo puedo creer de la turba, pero no de personas pensantes. Porque no hace falta pensar mucho para darse cuenta de lo que pasa. Sólo la fe puede darles una excusa. Y guiarse por la fe es absurdo, a menos que esté dirigida a algo superior. ¿El mesías del trópico?
No puedo hablar con usted de otra cosa porque es de la mayor importancia que dejemos atrás esta comedia antes de que se convierta en tragedia. Aunque Goethe haya dicho que "contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano", creo que hablando podemos derrotarla.
Debemos derrotar a este último intento del pasado por arrastrarnos. Que hable el tribunal, pronto, y que todos cumplamos su palabra.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
31 de julio de 2006
Dos joyas de La Jornada
Mario Campos
Diario de Campaña
26-07-06
Hace tiempo que no escribía sobre La Jornada pero hoy tengo que comentar dos joyas.
La primera, el regaño que hace a través de su Rayuela a quienes votaron por Felipe Calderón: “En la fotografía de primera plana (en las que se ve a Elba Esther y Calderón) está sintetizada la continuación del cambio prometido. Hubieran votado directamente por la maestra”.
La segunda es todavía mejor y está publicada en la columna de Julio Hernández López. Vean nada más este argumento: “Un experto en elecciones (como sería el IFE) no es un experto en fraudes. Cuando un mago desaparece un automóvil (o la Estatua de la Libertad, o la Muralla China) ante cientos de observadores, nadie puede explicar cómo lo hizo, pero todos sabemos que es imposible que simplemente se haya esfumado. Que nadie pueda entender cómo lo hizo no es de ninguna manera una prueba contundente de que no hubo truco. De igual forma, no tener una explicación de cómo se pudo realizar un fraude electoral tampoco es una demostración de que éste no ocurrió”.
La genial expresión – que revela que no tienen la menor idea de cómo se habría llevado el supuesto fraude – es de dos “expertos” que han dedicado horas y horas a documentar la trampa, que según AMLO, fue a la antigüita.
En fin, aquí quedan estas joyas para su consideración.
macampos@enteratehoy.com.mx
¿Método o locura?
Reforma
31 de Julio del 2006
“Aquellos que los dioses quieren destruir, primero enloquecen”, escribió Eurípides. Y muchos que observan a Andrés Manuel López Obrador piensan que ha enloquecido. Que ha perdido la cordura. Que se le ha caído un tornillo y aunque convoque a millones en el Zócalo, ha perdido toda oportunidad de encontrarlo. Porque gran parte de lo que hace va en contra de su aspiración presidencial. Porque gran parte de lo que dice hace imposible cumplirla. Si en realidad su objetivo es llegar a Los Pinos, su comportamiento de las últimas semanas dificulta que algún día llegue allí. Toda acción entraña -lógicamente- consecuencias, y las de AMLO corren en sentido contrario de alguien que quiere, alguna vez, gobernar al país.
Basta con imaginarse el siguiente escenario: ¿y si el Trife ordenara un recuento total o parcial de los votos y López Obrador fuera declarado el ganador? Lograría ser Presidente, pero le resultaría extraordinariamente difícil conducir al país. Lograría arribar a Palacio Nacional, pero le resultaría imposible generar consensos desde allí. Porque en México -como en cualquier otro sistema capitalista a nivel mundial- existen actores clave para el funcionamiento de una economía, y en las últimas semanas AMLO se ha dedicado a alienarlos a todos. Con las protestas en Wal-Mart. Con el bloqueo a la Bolsa Mexicana de Valores. Con el llamado al boicot de productos estadounidenses. Con las declaraciones intempestivas de Jesús Ortega contra el Consejo Coordinador Empresarial. Con la posibilidad de marchas que bloqueen carreteras y cierren aeropuertos. Con el uso de la palabra “insurrección” y la amenaza de fomentarla.
Todas esas posturas son políticamente correctas, pero estratégicamente erróneas. Todas esas palabras movilizan a grupos incondicionales, pero asustan a quienes no lo son. Con ellas AMLO va erigiendo obstáculos en su camino a la Presidencia en vez de desmantelarlos. Como ha argumentado el experto en transiciones democráticas, Adam Przeworski, para ganar y gobernar en una economía de mercado, la izquierda se ve obligada a domesticarse. A des-radicalizarse. A combinar las demandas de redistribución con los imperativos de la acumulación. A aceptar las reglas básicas del juego mientras intenta reformarlo. Porque no puede llegar al poder y usarlo de manera eficaz de otra manera, dadas las constricciones que coloca el capital, para bien y para mal. Esos inversionistas que requieren seguridad; esas compañías multinacionales que necesitan certeza; esas empresas pequeñas y medianas que exigen predecibilidad. La posición antisistémica de AMLO sólo tiene sentido si ya renunció a la posibilidad de liderear ese sistema que tanto odia.
Porque, de lo contrario, está actuando de manera contraproducente. Está haciendo y diciendo todo para asegurar que no será Presidente nunca. O de serlo, gobernará con demasiados factores reales de poder en contra como para no producir una confrontación mayor y dañina para su propia causa. Grupos empresariales que le dieron el beneficio de la duda y ahora se lo retirarán. Compañías globales en busca de nuevos sitios para invertir que borrarán a México de su lista, ante la incertidumbre que se vislumbra allí. Miles de electores moderados que ya se arrepintieron de su voto.
Quizás esto no le preocupe al equipo de AMLO, pero debería. Quizás esto no le quite el sueño a los perredistas más recalcitrantes, pero ojalá lo hiciera. Porque al privilegiar la táctica inmediatista están olvidando la estrategia de largo plazo. La de ir ganando y consolidando posiciones para una izquierda creíble, confiable, que entiende cómo funciona una economía y lo que se debe asegurar -en México y en cualquier parte- para que lo haga bien. La de poner primero a los pobres con políticas públicas viables, que combinen la responsabilidad del Estado con los requerimientos del mercado. La de un líder con la credibilidad suficiente para atemperar los excesos del capitalismo, sin acabar con él. La de ser un Presidente eficaz, más allá de ser un Presidente legítimo.
Esas tareas ineludibles para cualquier dirigente en un mundo globalizado, que su propia tribu sabotearía. Millones de mexicanos legal y pacíficamente empujados a la radicalización y empujando a AMLO a que gobierne así. Todos los miembros de su base dura -a los cuales ha ido enardeciendo- declaración tras declaración. Esos 2 millones de personas que salen a marchar para derrocar al sistema y de ser Presidente, esperarán que lo haga. Con resultados rápidos y cambios tangibles. Encarcelando a Luis Carlos Ugalde y a los consejeros del Instituto Federal Electoral. Exiliando del país a los miembros del Consejo Coordinador Empresarial. Nacionalizando a Televisa y a Grupo REFORMA. Clausurando todas las fábricas de Sabritas del país. Cerrando la Bolsa Mexicana de Valores y exigiendo que las empresas mexicanas encuentren otras forma de capitalizarse. Demandando que Wal-Mart ponga fin a sus operaciones en México.
Porque ésas serán las demandas que emergerán del movimiento confrontacional que López Obrador está contribuyendo a crear, ¿o no? Ésas son las decisiones de política pública que fluyen de las posturas políticas que los perredistas han promovido últimamente, ¿o no? Propuestas cuyo objetivo no es construir al nuevo país sino destruir a los viejos enemigos. Planteamientos que erigen muros contra la izquierda en lugar de contribuir a su aceptación.
Y por ello se vuelve lógico pensar que la apuesta de AMLO es otra. Ya no la Presidencia de la República sino la conciencia combativa y crítica y radical del país. Ya no Palacio Nacional sino la plaza pública. Ya ni siquiera el recuento de todos los votos, sino la esperanza de que el Trife deseche esa posibilidad. Para entonces poder afirmar que todo fue un fraude, que todo está corrompido, que todo el sistema es un asco. Para poder dedicarse entonces a lo que sabe hacer mejor: pelear, combatir, movilizar. Pasar a la historia como el hombre que quiso ser Presidente, pero prefirió ser piedra en el zapato. Para ser reconocido en los libros de texto gratuito como otro de los revolucionarios que tanto admira. Y demostrar, como lo sugiere Shakespeare en “Hamlet”, que “Aunque esto sea una locura, hay método en ella”.
A la antigüita
Reforma
31 de Julio del 2006
Por más información que se ha dado en el sentido de que aún estamos dentro de los plazos legales para que el Tribunal extienda la declaratoria de validez de la elección presidencial y la constancia de Presidente electo, la inquietud entre la población sigue en aumento.
Esta inquietud no se deriva de que a un mes de la elección todavía no sepamos quién será el próximo Presidente. Tampoco de que las impugnaciones y juicios de inconformidad presentados por el PRD y la Coalición pudieran cambiar el resultado. Ni siquiera de la incertidumbre sobre la decisión que tomará el Tribunal. No. La inquietud proviene de que López Obrador y el PRD han insistido en un discurso y un quehacer que cada vez dejan menores dudas sobre sus intenciones: reventar la elección y desacreditar las instituciones.
A estas alturas resulta difícil concluir algo distinto. Si el proceder del Tribunal y la resolución que de ese proceder resulte, no satisfacen los deseos de López Obrador, al nuevo Presidente se le negará la posibilidad de establecerse con la paz y estabilidad que se merecería un gobierno democráticamente electo.
La actitud de AMLO no es la de un líder con gran voluntad política por defender lo que legalmente ha ganado en las urnas. Su actitud es más bien la del voluntarista. La del político que muestra una tendencia a pretender que las cosas de la realidad sean como se desea o a que sea posible acomodarlas a la propia voluntad.
La actitud de AMLO no es la de un líder que en ejercicio de sus derechos y de su libertad adopta una decisión y se responsabiliza de sus actos. Es la de un político que nunca contempló la derrota, que toma decisiones con base en sus creencias y que se niega a ver las consecuencias de sus actos.
La actitud de AMLO no es la de un líder que mira hacia el futuro, sino al pasado. Mira al pasado para explicar su derrota: fraude cibernético o “a la antigüita”, elección de Estado, autoridades vendidas.
Mira al pasado también en su estrategia. A la antigüita también es la solución que está empeñado en imponer. Busca revertir el resultado electoral a través de movilizaciones y amenazas. Busca negociaciones políticas -¿concertacesiones?- propias de un pasado en el que no teníamos instituciones autónomas, independientes, imparciales, creíbles.
Las elecciones de hoy no guardan ninguna semejanza con las del pasado. Hoy no confluyen en las manos del gobierno las facultades para organizar la elecciones, ni para contar los votos, ni para validar las elecciones. Hoy el voto cuenta y se cuenta. Hoy las elecciones se apegan a la legalidad vigente. Una legalidad, hay que recordarlo, construida con el consenso de todas las fuerzas políticas. Una institucionalidad que el propio PRD ayudó a construir y a legitimar cuando se convenció que la mejor manera de llegar al poder y cambiar las cosas era por la vía electoral, institucional y legal.
En las sociedades democráticas el liderazgo se practica ganando adeptos, convenciendo a la ciudadanía, concitando el voto. López Obrador demostró su capacidad de liderazgo en las urnas. En tan sólo seis años llevó a su partido del 17 por ciento de la votación presidencial al 35 por ciento. Su desempeño electoral fue aún más impresionante en el Congreso.
En las sociedades democráticas, una vez concluidas las elecciones, el liderazgo se ejerce no en las calles, sino en el Congreso.
Nadie pide a López Obrador que se resigne. Tiene derecho a denunciar las irregularidades, incluso a pedir el recuento de votos. Pero si la decisión del Tribunal no se aviene a sus expectativas, tiene dos obligaciones. La primera, aceptar la resolución. La segunda, recoger sus ganancias que no son pocas y seguir luchando por su proyecto desde una trinchera democrática.
Carta abierta a AMLO
Jorge Volpi
Revista Proceso (Número 1552)
30 de julio de 2006
Señor Andrés Manuel López Obrador:
Como otros 14 millones de ciudadanos mexicanos, yo voté por usted en las pasadas elecciones para la Presidencia de la República. Aunque en estos momentos de polarización ya no parecen importar los motivos que llevaron a decantarse entre usted y el candidato del Partido Acción Nacional, quisiera exponerle los argumentos que decidieron mi sufragio (los mismos que he tenido que defender, una y otra vez, frente a buena parte de mis amigos).
La primera razón fue que, si bien muchas de sus propuestas no me convencían, debido a su naturaleza abstracta o su ambigüedad -por no referirme a su desenvolvimiento público, marcado por cierto dogmatismo-, estaba convencido de que su diagnóstico sobre la situación de nuestro país era correcto: tras siete décadas de gobiernos autoritarios y seis años de fallida transición a la democracia, la situación económica de la mayor parte de la población permanece atascada y, mientras unos pocos se han beneficiado de las políticas neoliberales y el crecimiento macroeconómico, 40 millones de mexicanos se mantienen en la pobreza.
El sólo hecho de que 10% de la población concentre más de 40% de la riqueza, me hacía imposible votar por alguien -Felipe Calderón- que no se cansó de celebrar los avances de los últimos años, que nunca se identificó con los pobres y que siempre se plegó a los dictados de los grupos más conservadores (su apoyo a la llamada Ley Televisa es el mejor ejemplo). En segundo lugar, voté por usted para demostrar mi repudio hacia los ardides judiciales y la campaña negativa desatados en contra suya por el PAN. En su momento, fui un ardoroso enemigo del desafuero y, cuando Manuel Espino y los suyos se dieron cuenta de que la única forma que el PAN tenía de ganar era creando una epidemia de miedo, mostré mi desprecio hacia esta táctica (aunque sin sugerir que debiese ser censurada, pues en mi opinión debía prevalecer la libertad de expresión).
Tras conocer los resultados de las elecciones, sin embargo, resulta necesario constatar que la "campaña del miedo" fue sumamente efectiva. Grandes franjas de la población, en especial en el norte del país, se convencieron de que usted era un peligro para México. Durante las semanas previas al 2 de julio, escuché los mismos rumores: que usted era un populista semejante a Hugo Chávez, que usted quebrantaría la estabilidad económica, que usted nos llevaría a la anarquía, que usted nos haría retroceder al echeverrismo, incluso que usted establecería un régimen comunista. Semejantes disparates, justificados incluso por prominentes intelectuales, contribuyeron a crear un clima de desconfianza.
Con esta estrategia, los jerarcas del PAN empezaron a jugar con fuego. Buena parte de la culpa de lo que sucede ahora es de ellos, al impulsar el temor y el odio. A estas alturas, Felipe Calderón debería lamentar que su triunfo no se haya debido a sus propuestas o a su carisma, sino a esta burda estrategia que tanto daño nos ha hecho. Insisto, señor López Obrador: si voté por usted fue, en buena medida, para desmentir a quienes lo acusaban de ser un monstruo o un dictador. Dicho esto, también es justo señalar que, por más sucia y despreciable que haya sido la campaña panista -similar, por otro lado, a las empleadas en otras democracias del mundo-, no hubiese sido tan eficaz de no ser por los gigantescos errores cometidos por usted y sus estrategas.
Justo cuando la estrategia del miedo se hallaba en su apogeo, usted no sólo no supo reaccionar ante ella -hubiese sido fácil demostrar que el verdadero peligro para México provenía de las facciones más retrógradas del país-, sino que, dominado por la soberbia, no asistió al primer debate, desapareció durante semanas de los medios, se enfrentó a numerosos grupos y se conformó con desestimar las encuestas. Cuando por fin reaccionó, fue demasiado tarde. En este momento, no es posible afirmar que usted perdió las elecciones -le corresponderá definirlo al Tribunal Federal Electoral-, pero sí que en esas semanas de pasmo y arrogancia usted mismo minó el éxito de su candidatura.
Es su deber reconocerlo: su campaña fue un fracaso. Y debido a ello nos encontramos ante el aparente triunfo de Felipe Calderón por menos de un punto porcentual. Es natural que usted cuestione la elección. Para ello, la ley marca los pasos a seguir. Su protesta es legítima y necesaria. En cambio, usted no puede poner en duda la validez de toda la elección. Si hubo irregularidades, le corresponde probarlas. Su idea de llevar a cabo un recuento "voto por voto, casilla por casilla" también me parece prudente dado el escaso margen de triunfo, pero, otra vez, corresponde al tribunal y sólo al tribunal decidirlo.
La movilización que usted fomenta, y en especial los llamados a la "resistencia civil", sólo sirven para encender los ánimos y enrarecer aún más nuestro clima político. El PAN ya jugó con fuego al atizar el odio y la desconfianza, y usted no debe seguir el mismo camino. Resulta inadmisible su insinuación de que, dado el caso, podría repudiar las resoluciones del tribunal. Basta ya, señor López Obrador, de tanta irresponsabilidad. Tal vez consiga movilizar a 2 millones de personas, pero buena parte de los 14 millones de ciudadanos que sufragamos por usted lo hicimos convencidos de que usted no era -ni es- un peligro para México. No ceda ante la injusticia, pero tampoco ponga en riesgo nuestra democracia. Aún queda mucho por hacer.
Si al final el tribunal le diese la razón y usted se convirtiera en el nuevo presidente de México, lo que menos necesita es una nación dividida y enconada; si el tribunal anulase las elecciones, usted necesita demostrar su apego a la ley y a las instituciones para tener alguna posibilidad de triunfo; y, si se confirma la victoria de Felipe Calderón, México lo necesita a usted como un sólido, responsable y prudente líder de la oposición. Millones de ciudadanos esperamos que no nos defraude.
ljvolpi@gmail.com
An Anti-Democracy Campaign
Editorial
July 29, 2006
• Mexico's presidential loser takes a lesson from Joseph Stalin.
ANDRES MANUEL López Obrador's attempt to win Mexico's presidential election with populist promises and posturing was a failure: He repelled Mexicans who don't want their country to drop out of the 21st century, blew a large lead in the polls and ended up losing by a narrow margin to Felipe Calderón. Now Mr. López Obrador has launched a second populist campaign -- this time in an attempt to overturn Mexico's fragile democracy. On Sunday he will preside over the third mass rally he has staged in Mexico City since his 200,000-vote loss was announced by the electoral commission this month; aides say he will urge his followers to undertake acts of disruption. His clear aim is to force the country to install him as president -- whether or not the votes or the legal means exist to do so. "I am the president of Mexico," he declared on television last week.
It is difficult to overstate the irresponsibility of Mr. López Obrador's actions. Until the late 1980s, Mexico was an authoritarian state in which presidential elections were routinely rigged. Then the country's political elite, including Mr. López Obrador's party, came together to agree on a momentous political reform. An independent federal elections institute and federal electoral tribunal were created; over the past decade they have had an impressive record of impartiality and professionalism, even as candidates from once-persecuted opposition parties, including Mr. López Obrador, have won victory after victory. Mexico is still working on some of the institutional foundations of a democratic society, but the electoral authorities were a success story and a model for other nations trying to move from fake to real elections.
Mr. López Obrador is doing his best to destroy that achievement. He has made wild charges of manipulation and fraud against the federal elections institute, without offering any tangible proof; international and independent Mexican observers detected no such abuse. He has demanded that the tribunal, which has until September to rule on challenges to the election, order a full recount of the votes, even though the law does not provide for one. A filing made by his campaign to the tribunal revealingly quoted Joseph Stalin: "It is those who count the votes who decide everything."
In fact, Mr. López Obrador is betting that the threat of chaos in Mexico will sway the seven members of the tribunal to overrule or annul the votes of 42 million citizens, regardless of legal niceties or the actual vote count. His advocates point out that a similar campaign stopped an attempt by his opponents in Congress and the current government to exclude him from the presidential race last year. That maneuver -- which we strongly opposed -- failed when President Vicente Fox wisely and responsibly backed down. Now Mr. López Obrador is making his own attempt to bend a brittle system to his purposes. He, too, should stop.
30 de julio de 2006
Juárez contra AMLO
Reforma
30 de Julio del 2006
“Yo me inspiro en ese gran Presidente, Benito Juárez …”
Andrés Manuel López Obrador,
La renovación del Poder Ejecutivo Estatal en Puebla en 1867 dio pie a un conflicto postelectoral. En los comicios celebrados a fines de ese año contendieron Rafael J. García (gobernador interino que renunció al puesto para participar, y resultó el ganador), Ignacio Romero Vargas y el general Juan N. Méndez. La elección fue puesta en tela de juicio porque, desobedeciendo a la autoridad militar, el general Méndez se había marchado a la Sierra de Puebla a lanzar su candidatura sin solicitar permiso al Ministerio de Guerra. La intención de la inconformidad era dar tiempo al general Méndez para presentar en orden su renuncia a aquel Ministerio y contender, de nueva cuenta, con todas las de la ley. El Congreso del Estado de Puebla declaró nulos los comicios.
Aun cuando el ganador, Rafael J. García, era un viejo amigo de Benito Juárez, no logró que el Presidente interviniera en modo alguno en la resolución soberana del Congreso estatal (órgano supremo que calificaba de manera final e inapelable las elecciones). Ante la protesta personal de García, Juárez se limitó a apostillar: “Enterado con sentimiento de lo que pasa en el estado con motivo de las elecciones. Con tal de que no se use de las vías de hecho, creo las cosas podrán irse arreglando.” (Nota autógrafa de Juárez en la carta que le dirigió Rafael J. García desde Puebla el 29 de noviembre de 1867.) Tras la celebración de las nuevas elecciones, se refrendó el triunfo de García. El Congreso del Estado de Puebla lo declaró gobernador constitucional, y él tomó posesión de su cargo el 16 de febrero de 1868. Sin embargo, en la región serrana de Puebla, lugar de origen de Méndez, se presentaron algunos amagos de rebelión impulsados por el candidato perdedor y quizá relacionados con otros movimientos subversivos (muy comunes en la época) como el encabezado en la capital por el general Miguel Negrete. En ese momento, el presidente Benito Juárez apeló a los inconformes a respetar la elección ya sancionada por el Congreso del Estado:
Hoy, que ya se ha electo el gobernador, es un deber de todos aceptar al escogido, sea el que fuere, sin pretender apelar a las armas y sin promover escándalos de ninguna especie, pues las leyes tienen para todo el remedio sin necesidad de apelar a la fuerza.” (Juárez al general Juan Francisco Lucas. México, febrero 19 de 1868.)
Al mismo tiempo, y siempre apegado a la ley, Juárez recomendó al nuevo gobernador de Puebla respetar el derecho de petición y prestar oídos a las quejas provenientes de los pueblos de la Sierra. Los inconformes argumentaban la desatención de la Legislatura a sus reclamaciones sobre trámite de las actas de elección:
Es necesario demostrar con hechos que no tiene empeño la Legislatura del estado, ni interés particular de ningún género, en desoír las peticiones de los pueblos y debe, por lo mismo, recibir las actas de todos los distritos para resolver la cuestión en los términos que señala la ley. Nadie tendrá después el derecho de quejarse porque todos aceptarán el mandato de la ley …” (Carta de Juárez al gobernador Rafael J. García, México, 25 de abril de 1868.)
En este contexto de protestas en la Sierra de Puebla, Juárez respondió a una misiva enviada desde Zacatlán por Vicente Márquez, personaje que tenía mando de tropas y había sido acusado de rebelión. En su carta a Juárez, Márquez le había manifestado su adhesión. El 25 de mayo de 1868, Juárez le responde dando crédito a la profesión de lealtad, pero acto seguido lo reconviene en términos claros y terminantes: “Los pueblos -apunta el Presidente- están cansados ya de escándalos estériles y … desean conservar inalterable la paz, sin la cual no habrá progreso posible para el país.” Por eso rechazaban a los “revoltosos”, cuyo único propósito era “medrar en la revolución”. El Presidente agregaba que la Legislatura debía recibir todas las actas y llegar a una resolución. Pero a partir de ese momento -señala con firmeza- “creo también que deben todos respetar esa resolución, sea cual fuere, porque, de otro modo, jamás se hará efectivo entre nosotros el mandato de la ley”. Juárez deseaba que se respetaran “las autoridades legalmente constituidas, porque de otro modo no habrá gobierno posible en nuestro país”. La carta concluía con una frase memorable:
Jamás podrá verificarse, ni aquí ni en ninguna parte del mundo, una elección, sea cual fuere, que sea igualmente agradable para todos; pero deber es y deber sagrado aceptarla, cuando cuenta con la sanción y el voto de la mayoría; de otra manera, serán una farsa entre nosotros, el principio democrático y el Gobierno republicano.”
La vía del derecho triunfó sobre las vías de hecho. Privó el mandato de la ley. La resolución soberana del Congreso local se respetó. Rafael J. García fue gobernador constitucional del estado de Puebla durante el período 1868-1869.



