Macario Schettino
El Universal
15 de agosto de 2006
La coalición de López Obrador enfrenta dos problemas que es necesario analizar, uno teórico y otro práctico. El problema teórico tiene que ver con la separación que hacen entre legalidad y legitimidad. Legalidad, como puede usted imaginar, se refiere al valor de las leyes y normas que impone el Estado, mientras que legitimidad es el grado de consenso que tiene ese Estado, que es lo que le permite establecer las leyes y hacerlas cumplir.
En una democracia liberal, como lo son las modernas, la legitimidad tiene una fuente única: los votos, emitidos de acuerdo con reglas pactadas de antemano. Lo que esto significa es que, en las democracias actuales, no hay diferencia entre legalidad y legitimidad en lo que se refiere al acceso al poder. Sí hay diferencia entre estos dos conceptos en muchos otros tipos de régimen político. Se puede, por ejemplo, sostener que lo legítimo es lo que el pueblo dice, utilizando otros procedimientos para recabar esta opinión popular, que no sean los votos. Asambleas informativas, por ejemplo. Pero eso ya no es una democracia.
Así pues, la insistencia en separar la legitimidad de la legalidad sólo tiene una razón: les faltaron votos. O dicho de otra manera, perdieron. Aunque todavía no sabemos exactamente cómo terminó el conteo de las casi 12 mil casillas, el dato que ha sostenido el PRD es que el PAN redujo su votación en 14 mil votos. Es decir que, en las casillas en donde más votos hubo por el PAN, y en donde el Tribunal encontró más irregularidades, el PAN pierde poco más de un voto por cada una. Y si eso ocurrió en las peores casillas (desde el punto de vista del PAN), pues es evidente que ni hubo fraude, ni hay manera de revertir el resultado.
Así que legal, y legítimamente, López Obrador no ganó la presidencia. El problema teórico de la coalición está resuelto. Viene ahora el problema práctico, que es encontrar una manera de aceptar la derrota sin reconocerla. Porque Andrés cometió un grave error al abrir un camino paralelo al Tribunal, que lo ha obligado a radicalizarse cada día más.
Esta radicalización ha impedido hasta el momento que los partidos políticos que acompañan a AMLO puedan empezar a trabajar. Y es que, más allá de los golpes de pecho de cada asamblea, el poder que ganó la coalición puede desaparecer en medio de los aleluyas y hosannas de los feligreses. López Obrador, autoritario como es, ha impedido que los legisladores electos de su partido se reúnan para elegir a sus coordinadores parlamentarios. Y el tiempo pasa.
La decisión del Tribunal, a como se ven las cosas, será ratificar a Felipe Calderón en la presidencia. El mismo Andrés Manuel López Obrador ya pidió a sus seguidores que estorben la entrega de constancia, porque es evidente que han perdido por el camino legal, en parte porque no tenían razón y en parte porque tampoco mostraron gran habilidad abogacil. Recuerde que ni siquiera impugnaron todas las casillas para lograr su famoso voto por voto.
El Tribunal puede decidir acerca de la elección presidencial hasta el 6 de septiembre, pero el Congreso empieza a trabajar el día primero. Y desde la semana anterior se inicia la negociación de los presidentes de las comisiones, los puestos más importantes del Congreso. Si el PRD (y en menor medida Convergencia y el PT) no tiene coordinadores parlamentarios en una semana, quedará fuera de las comisiones, y sus más de 100 diputados y más de 30 senadores no servirán para nada.
Esto sin contar el impacto negativo que está teniendo ya el proceder de AMLO en las intenciones de voto, que se pueden reflejar en las dos elecciones más próximas: Chiapas y Tabasco.
En suma: la idea de que legalidad y legitimidad están separadas es producto de mentes antidemocráticas, que sólo buscan excusas para la derrota. Pero más allá de este asunto teórico, está el problema práctico de que pueden perder todo lo ganado en la elección, que no fue poco, por seguir al Robespierre tropical, que ya hasta nos quiere purificar y cambiar todas las instituciones civiles. Si el PRD quiere en realidad mantenerse dentro del sistema democrático, y con una presencia relevante, ya le urge deshacerse de los iluminados y empezar a hacer política.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
15 de agosto de 2006
Mexico's bad loser
The Times (Inglaterra)
Leading Articles
August 09, 2006
A demagogue prepared to hold the nation to ransom
Mexico has a long history of electoral fraud and manipulation. The rules governing the national elections held on July 2 were painstakingly laid down to prevent history repeating itself.
Mexican law now guarantees the independence of the electoral process by a variety of means. Polling stations are operated by more than a million citizens selected at random, as they would be in this country for jury service, backed by 1,800 independent district advisers. In case of dispute, there is full right of petition to the Federal Electoral Tribunal of seven judges, appointed with all-party consensus, empowered to investigate, order recounts and to declare on the validity of the final result. Few countries can boast such meticulous safeguards.
On July 2, 970,000 representatives of all political parties, 25,000 professional monitors and 639 international observers from the EU and elsewhere watched the casting and counting of ballots. Overwhelmingly, they judged the elections to have been fair and transparent. Only when the final count showed that the populist Andrés Manuel López Obrador had, contrary to expectations, lost the presidential race by a mere 0.58 per cent margin, did he and his Democratic Revolutionary Party (PRD) cry foul.
Señor López Obrador was entirely within his rights to demand recounts where there were indications of irregularities — however implausible are the party’s claims that these affected 50,000 out of 130,000 polling stations and even though he has signally failed to back his allegations with evidence. Given the polarisation of the vote along class and regional lines, the tight result and the demagogic style of his campaign, the protest rallies he called immediately after the vote were no surprise. But Señor López Obrador’s conduct since then has become indefensible, revealing him as a man obsessed with power and contemp- tuous of the very laws and institutions that defend democratic rights.
For the past ten days he has paralysed Mexico City with a mass sit-in to demand a total recount, including the 70 districts where his party never challenged the results. This would be just another means of extending his illegal campaign and giving it a legal gloss. In the same breath, he has said that he will never concede defeat. Last Saturday, when the Federal Electoral Tribunal announced a partial recount in a cross-sample of precincts that begins today, his supporters besieged its premises and he denounced its judges, persons of unquestioned integrity, as “rats” and “traitors”. He has hounded members of his own party who dared to say that elections in their precincts were clean. Although the sit-ins have been peaceful so far, he has hinted that if justice does not give him victory, “street justice” will take over. This is the politics of intimidation.
The judges must not be intimidated. If the partial recount casts doubt on the result, it should be expanded. If not, they must stand their ground. This man has proved his willingness to put the nation’s stability at risk. He has also proved that he is not qualified to be Mexico’s leader.
Leading Articles
August 09, 2006
A demagogue prepared to hold the nation to ransom
Mexico has a long history of electoral fraud and manipulation. The rules governing the national elections held on July 2 were painstakingly laid down to prevent history repeating itself.
Mexican law now guarantees the independence of the electoral process by a variety of means. Polling stations are operated by more than a million citizens selected at random, as they would be in this country for jury service, backed by 1,800 independent district advisers. In case of dispute, there is full right of petition to the Federal Electoral Tribunal of seven judges, appointed with all-party consensus, empowered to investigate, order recounts and to declare on the validity of the final result. Few countries can boast such meticulous safeguards.
On July 2, 970,000 representatives of all political parties, 25,000 professional monitors and 639 international observers from the EU and elsewhere watched the casting and counting of ballots. Overwhelmingly, they judged the elections to have been fair and transparent. Only when the final count showed that the populist Andrés Manuel López Obrador had, contrary to expectations, lost the presidential race by a mere 0.58 per cent margin, did he and his Democratic Revolutionary Party (PRD) cry foul.
Señor López Obrador was entirely within his rights to demand recounts where there were indications of irregularities — however implausible are the party’s claims that these affected 50,000 out of 130,000 polling stations and even though he has signally failed to back his allegations with evidence. Given the polarisation of the vote along class and regional lines, the tight result and the demagogic style of his campaign, the protest rallies he called immediately after the vote were no surprise. But Señor López Obrador’s conduct since then has become indefensible, revealing him as a man obsessed with power and contemp- tuous of the very laws and institutions that defend democratic rights.
For the past ten days he has paralysed Mexico City with a mass sit-in to demand a total recount, including the 70 districts where his party never challenged the results. This would be just another means of extending his illegal campaign and giving it a legal gloss. In the same breath, he has said that he will never concede defeat. Last Saturday, when the Federal Electoral Tribunal announced a partial recount in a cross-sample of precincts that begins today, his supporters besieged its premises and he denounced its judges, persons of unquestioned integrity, as “rats” and “traitors”. He has hounded members of his own party who dared to say that elections in their precincts were clean. Although the sit-ins have been peaceful so far, he has hinted that if justice does not give him victory, “street justice” will take over. This is the politics of intimidation.
The judges must not be intimidated. If the partial recount casts doubt on the result, it should be expanded. If not, they must stand their ground. This man has proved his willingness to put the nation’s stability at risk. He has also proved that he is not qualified to be Mexico’s leader.
Llorar ante el imperio
Enrique Canales
El Norte
15 de Agosto del 2006
Ya comenzó el suicidio de las víctimas del sol azteca. Lamento esta lucha fratricida de los violentos. Pero la mentira atrae a la violencia. Por ejemplo, Andrés Manuel puso la semana pasada una carta que apareció en el New York Times en donde vuelve a poner su sarta de mentiras, pues ya no son falsedades. Una falsedad resulta cuando alguien dice algo sin darse cuenta que no es verdad. Una mentira resulta cuando alguien adrede dice algo que no es verdad. La falsedad delata ignorancia, la mentira delata maldad.
La carta de AMLO en la edición electrónico del New York Times apareció el 11 de agosto pasado, bajo el rubro “Op-Ed Contributor; Recounting our way to democracy”. Luego, ya en el texto, AMLO se queja de que hubo un fraude generalizado, pero no dice que no lo ha podido demostrar.
Textualmente dice: “Creo que en el día de las elecciones hubo manipulación directa de los votos y de las boletas y las irregularidades aparecieron en decenas de miles de boletas. Sin un recuento cristalino México tendrá un presidente sin autoridad moral para gobernar”. AMLO es un mentiroso, hubo irregularidades de poco impacto en la votación, pero no en decenas de miles de boletas.
Luego añade: “Inexplicablemente el Tribunal Electoral ordenó un recuento restrictivo que está fuera de toda comprensión pues si se cambia el conteo con un puñado de votos por casilla, el recuento final cambiaría”. Otra vez miente Andrés Manuel, pues se ordenó el recuento en muchas de las casillas que fueron específicamente denunciadas por él, así es que el Tribunal le hizo bastante caso.
Además, no es cierto que si se cambia el conteo en un puñado de votos por casilla, el resultado final cambiaría. Para empezar si cambia el conteo de votos, cambia para los dos lados y por lo tanto la mayoría de los cambios se cancelan en el total.
Luego dice que la historia de México señala que la elecciones han sido corrompidas por los ricos y los poderosos, que los agravios se han acumulado y que ya basta. Pero Andrés Manuel no dice que fue el PRI el que corrompió las elecciones, incluyendo Lázaro Cárdenas que no era rico ni poderoso, pero terminó rico y poderoso.
Luego, el megalómano se compara con Gandhi y Martin Luther King, pero ellos no perdieron elecciones organizadas por una institución independiente como el IFE, vigiladas por más de 500 observadores internacionales. AMLO engañará a los globalifóbicos y populistas, pero no va a engañar a la comunidad internacional, pues saben más de México que el mismo Andrés Manuel.
En esos mismos días, apareció un editorial del periódico Times, de Inglaterra, en donde se critica fuerte a Andrés Manuel. Entre otras cosas dice que pocos países pueden presumir de tener unas elecciones con tantas protecciones para evitar el fraude. Afirma que todo mundo juzgó las elecciones limpias, pero cuando supo Andrés Manuel que había perdido, entonces gritó: ¡fraude!
Critica el Times que Andrés Manuel no ha mostrado ninguna evidencia de fraude, que es un hombre obsesionado con el poder y enemigo de las leyes y de las instituciones que defienden los derechos democráticos. El Times lo critica por haber dicho que nunca aceptaría su derrota y que si no se le da su victoria, se hará la justicia callejera.
También el principal diario español, El País, en su editorial de la semana pasada dijo que “Obrador eligió el peor método democrático para defender la democracia”. Para este diario, “México dispone de instituciones electorales creíbles y no hay por ahora ninguna evidencia de fraude y es un grave error querer ganar en la calle lo que no le dieron las urnas”. AMLO se engaña solo.
enriquecss@gmail.com
El Norte
15 de Agosto del 2006
Ya comenzó el suicidio de las víctimas del sol azteca. Lamento esta lucha fratricida de los violentos. Pero la mentira atrae a la violencia. Por ejemplo, Andrés Manuel puso la semana pasada una carta que apareció en el New York Times en donde vuelve a poner su sarta de mentiras, pues ya no son falsedades. Una falsedad resulta cuando alguien dice algo sin darse cuenta que no es verdad. Una mentira resulta cuando alguien adrede dice algo que no es verdad. La falsedad delata ignorancia, la mentira delata maldad.
La carta de AMLO en la edición electrónico del New York Times apareció el 11 de agosto pasado, bajo el rubro “Op-Ed Contributor; Recounting our way to democracy”. Luego, ya en el texto, AMLO se queja de que hubo un fraude generalizado, pero no dice que no lo ha podido demostrar.
Textualmente dice: “Creo que en el día de las elecciones hubo manipulación directa de los votos y de las boletas y las irregularidades aparecieron en decenas de miles de boletas. Sin un recuento cristalino México tendrá un presidente sin autoridad moral para gobernar”. AMLO es un mentiroso, hubo irregularidades de poco impacto en la votación, pero no en decenas de miles de boletas.
Luego añade: “Inexplicablemente el Tribunal Electoral ordenó un recuento restrictivo que está fuera de toda comprensión pues si se cambia el conteo con un puñado de votos por casilla, el recuento final cambiaría”. Otra vez miente Andrés Manuel, pues se ordenó el recuento en muchas de las casillas que fueron específicamente denunciadas por él, así es que el Tribunal le hizo bastante caso.
Además, no es cierto que si se cambia el conteo en un puñado de votos por casilla, el resultado final cambiaría. Para empezar si cambia el conteo de votos, cambia para los dos lados y por lo tanto la mayoría de los cambios se cancelan en el total.
Luego dice que la historia de México señala que la elecciones han sido corrompidas por los ricos y los poderosos, que los agravios se han acumulado y que ya basta. Pero Andrés Manuel no dice que fue el PRI el que corrompió las elecciones, incluyendo Lázaro Cárdenas que no era rico ni poderoso, pero terminó rico y poderoso.
Luego, el megalómano se compara con Gandhi y Martin Luther King, pero ellos no perdieron elecciones organizadas por una institución independiente como el IFE, vigiladas por más de 500 observadores internacionales. AMLO engañará a los globalifóbicos y populistas, pero no va a engañar a la comunidad internacional, pues saben más de México que el mismo Andrés Manuel.
En esos mismos días, apareció un editorial del periódico Times, de Inglaterra, en donde se critica fuerte a Andrés Manuel. Entre otras cosas dice que pocos países pueden presumir de tener unas elecciones con tantas protecciones para evitar el fraude. Afirma que todo mundo juzgó las elecciones limpias, pero cuando supo Andrés Manuel que había perdido, entonces gritó: ¡fraude!
Critica el Times que Andrés Manuel no ha mostrado ninguna evidencia de fraude, que es un hombre obsesionado con el poder y enemigo de las leyes y de las instituciones que defienden los derechos democráticos. El Times lo critica por haber dicho que nunca aceptaría su derrota y que si no se le da su victoria, se hará la justicia callejera.
También el principal diario español, El País, en su editorial de la semana pasada dijo que “Obrador eligió el peor método democrático para defender la democracia”. Para este diario, “México dispone de instituciones electorales creíbles y no hay por ahora ninguna evidencia de fraude y es un grave error querer ganar en la calle lo que no le dieron las urnas”. AMLO se engaña solo.
enriquecss@gmail.com
La violencia
Sergio Sarmiento
Reforma - Jaque Mate
15 de Agosto del 2006
Si Andrés Manuel López Obrador fuera un apostador, sería el tipo que siempre busca duplicar su apuesta, que nunca considera la posibilidad de un retiro táctico, que no tiene estrategia para racionalizar derrotas y usar los triunfos parciales como base para otros avances. La única opción que aparentemente conoce es la rendición incondicional del enemigo.
Este pasado domingo, el candidato de la alianza Por el Bien de Todos dio nuevas muestras de esta actitud. Él mismo parece haber aceptado que las posibilidades de que el Tribunal Electoral le dé la victoria legal en su intento por llegar a la silla presidencial son muy escasas. Por eso está incrementando sus esfuerzos de confrontación con la esperanza de que se produzca un enfrentamiento violento que termine por afectar la gobernabilidad del país.
Nadie puede llamarse a engaño. La estrategia la delineó públicamente el propio López Obrador en el Zócalo este domingo pasado.
El primer paso será mantener el bloqueo del Zócalo y del Centro Histórico de la Ciudad de México, en contraste con las declaraciones de Alejandro Encinas y otros funcionarios del gobierno capitalino que decían que el plantón podría levantarse en los próximos días ante el daño que le ha hecho a la popularidad del PRD, de Encinas y del propio López Obrador.
El segundo paso será impedir que el presidente Vicente Fox pueda acudir al Palacio Legislativo el próximo 1o. de septiembre a rendir su último Informe de Gobierno.
El tercer paso, en caso de que los magistrados del Tribunal Electoral no acepten la exigencia del PRD para darle la Presidencia a López Obrador, será evitar que Felipe Calderón pueda recibir la constancia como Presidente electo.
El cuarto paso será evitar que el presidente Fox pueda dar el grito del 15 de septiembre desde el balcón del Palacio Nacional. Será López Obrador quien ocupe el Zócalo esa noche para su propio grito.
El quinto paso será impedir que el Ejército pueda ofrecer su tradicional desfile por el Paseo de la Reforma el 16 de septiembre.
El sexto paso será mantener el bloqueo del centro de la Ciudad de México y la campaña de resistencia civil durante un tiempo indefinido. "Podríamos estar aquí por años", dijo el tabasqueño.
La estrategia sólo se detendrá si el Tribunal Electoral le entrega la Presidencia de la República a López Obrador o si decide anular la elección, porque la posibilidad del recuento voto por voto se ha agotado ya.
De hecho, las medidas de este plan ya han empezado a aplicarse. Las fuerzas perredistas buscan un gol político con cada una de estas acciones, pero si no lo logran aspiran cuando menos a que uno de sus clavados en el área chica les reditúe un tiro penal. Ayer, por ejemplo, un pequeño grupo de manifestantes encabezado por varios diputados perredistas trató de bloquear el Palacio Legislativo para ir preparando el terreno para impedir el Informe presidencial.
La policía del Distrito Federal, que indirectamente recibe sus instrucciones de López Obrador, no hizo ningún esfuerzo por detener el bloqueo. Los manifestantes sabían que una vez bloqueado el ingreso al Palacio Legislativo, ya nadie se atrevería a quitarlos.
Esta vez, sin embargo, la Policía Federal Preventiva sí recibió instrucciones de impedir el bloqueo y lo levantó por la fuerza. Los perredistas de inmediato acudieron a la Procuraduría del Distrito Federal, controlada también por el PRD, para presentar denuncias por la "agresión" sufrida. Acusaron no sólo a la PFP sino al Estado Mayor Presidencial, al diputado panista y presidente de la Cámara de Diputados, Álvaro Elías Loredo, y al propio presidente Vicente Fox.
Es poco probable que éste sea el último caso de violencia en el esfuerzo de López Obrador por obtener la Presidencia de la República a pesar del resultado de las urnas. Al secuestrar el Paseo de la Reforma y el Centro Histórico de la Ciudad de México, al abrir las casetas de pago de las autopistas y al bloquear oficinas de empresas privadas, el tabasqueño está buscando esa confrontación violenta que le pueda abrir el camino a la Presidencia por una puerta distinta a la democrática.
Hasta ahora las autoridades han tratado de evitar su responsabilidad. Las del Distrito Federal lo han hecho para apoyar las ambiciones de López Obrador; las federales, para evitar una confrontación.
Pero el choque de trenes parece inevitable. Es muy clara la estrategia de López Obrador de buscar la violencia ahora que el recurso al Tribunal Electoral parece haber fallado. Tarde o temprano el gobierno federal tendrá que tomar una decisión: o rendirse ante las exigencias de López Obrador o restablecer el Estado de derecho, lo cual muy probablemente llevará a explosiones de violencia.
¿No pidió línea?
¿Acaso empieza a surgir una diferencia entre López Obrador y Alejandro Encinas? El jefe de Gobierno del Distrito Federal ha señalado en varias ocasiones que podría haber un acuerdo para llevar a cabo la ceremonia del grito y el desfile militar del 16 de septiembre en sus escenarios tradicionales. Pero López Obrador está señalando lo contrario y está desafiando incluso a las Fuerzas Armadas. Me pregunto si Encinas no consultó con López Obrador antes de dar a conocer su posición.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
Reforma - Jaque Mate
15 de Agosto del 2006
"Hay una violencia indispensable: la violencia contra la violencia. Aunque sólo sea para evitar las fatales consecuencias de la violencia sin oposición".
André Maurois
Si Andrés Manuel López Obrador fuera un apostador, sería el tipo que siempre busca duplicar su apuesta, que nunca considera la posibilidad de un retiro táctico, que no tiene estrategia para racionalizar derrotas y usar los triunfos parciales como base para otros avances. La única opción que aparentemente conoce es la rendición incondicional del enemigo.
Este pasado domingo, el candidato de la alianza Por el Bien de Todos dio nuevas muestras de esta actitud. Él mismo parece haber aceptado que las posibilidades de que el Tribunal Electoral le dé la victoria legal en su intento por llegar a la silla presidencial son muy escasas. Por eso está incrementando sus esfuerzos de confrontación con la esperanza de que se produzca un enfrentamiento violento que termine por afectar la gobernabilidad del país.
Nadie puede llamarse a engaño. La estrategia la delineó públicamente el propio López Obrador en el Zócalo este domingo pasado.
El primer paso será mantener el bloqueo del Zócalo y del Centro Histórico de la Ciudad de México, en contraste con las declaraciones de Alejandro Encinas y otros funcionarios del gobierno capitalino que decían que el plantón podría levantarse en los próximos días ante el daño que le ha hecho a la popularidad del PRD, de Encinas y del propio López Obrador.
El segundo paso será impedir que el presidente Vicente Fox pueda acudir al Palacio Legislativo el próximo 1o. de septiembre a rendir su último Informe de Gobierno.
El tercer paso, en caso de que los magistrados del Tribunal Electoral no acepten la exigencia del PRD para darle la Presidencia a López Obrador, será evitar que Felipe Calderón pueda recibir la constancia como Presidente electo.
El cuarto paso será evitar que el presidente Fox pueda dar el grito del 15 de septiembre desde el balcón del Palacio Nacional. Será López Obrador quien ocupe el Zócalo esa noche para su propio grito.
El quinto paso será impedir que el Ejército pueda ofrecer su tradicional desfile por el Paseo de la Reforma el 16 de septiembre.
El sexto paso será mantener el bloqueo del centro de la Ciudad de México y la campaña de resistencia civil durante un tiempo indefinido. "Podríamos estar aquí por años", dijo el tabasqueño.
La estrategia sólo se detendrá si el Tribunal Electoral le entrega la Presidencia de la República a López Obrador o si decide anular la elección, porque la posibilidad del recuento voto por voto se ha agotado ya.
De hecho, las medidas de este plan ya han empezado a aplicarse. Las fuerzas perredistas buscan un gol político con cada una de estas acciones, pero si no lo logran aspiran cuando menos a que uno de sus clavados en el área chica les reditúe un tiro penal. Ayer, por ejemplo, un pequeño grupo de manifestantes encabezado por varios diputados perredistas trató de bloquear el Palacio Legislativo para ir preparando el terreno para impedir el Informe presidencial.
La policía del Distrito Federal, que indirectamente recibe sus instrucciones de López Obrador, no hizo ningún esfuerzo por detener el bloqueo. Los manifestantes sabían que una vez bloqueado el ingreso al Palacio Legislativo, ya nadie se atrevería a quitarlos.
Esta vez, sin embargo, la Policía Federal Preventiva sí recibió instrucciones de impedir el bloqueo y lo levantó por la fuerza. Los perredistas de inmediato acudieron a la Procuraduría del Distrito Federal, controlada también por el PRD, para presentar denuncias por la "agresión" sufrida. Acusaron no sólo a la PFP sino al Estado Mayor Presidencial, al diputado panista y presidente de la Cámara de Diputados, Álvaro Elías Loredo, y al propio presidente Vicente Fox.
Es poco probable que éste sea el último caso de violencia en el esfuerzo de López Obrador por obtener la Presidencia de la República a pesar del resultado de las urnas. Al secuestrar el Paseo de la Reforma y el Centro Histórico de la Ciudad de México, al abrir las casetas de pago de las autopistas y al bloquear oficinas de empresas privadas, el tabasqueño está buscando esa confrontación violenta que le pueda abrir el camino a la Presidencia por una puerta distinta a la democrática.
Hasta ahora las autoridades han tratado de evitar su responsabilidad. Las del Distrito Federal lo han hecho para apoyar las ambiciones de López Obrador; las federales, para evitar una confrontación.
Pero el choque de trenes parece inevitable. Es muy clara la estrategia de López Obrador de buscar la violencia ahora que el recurso al Tribunal Electoral parece haber fallado. Tarde o temprano el gobierno federal tendrá que tomar una decisión: o rendirse ante las exigencias de López Obrador o restablecer el Estado de derecho, lo cual muy probablemente llevará a explosiones de violencia.
¿No pidió línea?
¿Acaso empieza a surgir una diferencia entre López Obrador y Alejandro Encinas? El jefe de Gobierno del Distrito Federal ha señalado en varias ocasiones que podría haber un acuerdo para llevar a cabo la ceremonia del grito y el desfile militar del 16 de septiembre en sus escenarios tradicionales. Pero López Obrador está señalando lo contrario y está desafiando incluso a las Fuerzas Armadas. Me pregunto si Encinas no consultó con López Obrador antes de dar a conocer su posición.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
La factura
Federico Reyes Heroles
Reforma
15 de Agosto del 2006
Pasan las horas, los días, las semanas -¿serán meses?-, y el conflicto postelectoral desnuda la tragedia. Desde finales de los años setenta la apuesta de muchos ha sido la de lograr una izquierda democrática, liberal y moderna. Todos sabemos, sin embargo, que en ese barco navegan huestes con muy distinto troquel. Desde las mentes abiertas, articuladas y auténticamente críticas, hasta los radicales y arribistas que en su andanada están dispuestos a atropellar lo que sea: leyes, derechos de terceros, a su propio partido. Así nació el PRD a la vida institucional, pero podía cambiar. La esperanza no moría, a la larga la sensatez debía predominar. Las lecciones democráticas y aportaciones de la izquierda estaban allí, Cárdenas como símbolo de una lucha que triunfó.
Pero también desde hace tres décadas, en paralelo a los justos reclamos democráticos, a las exigencias valederas de apertura y justicia, se toleraron sucesos que nos hablaban de otra izquierda -quizá no tan izquierda- que siempre coqueteaba con la idea de ruptura total, de subversión de las instituciones, de provocación como arma de lucha. Momentos definitorios hubo varios. ¿Qué hacer frente al EZLN, hasta dónde acompañar a un movimiento cuyas razones justicieras nadie ponía en duda, sí en cambio las armas de su lucha: el liderazgo mesiánico, la manipulación descarada y por supuesto, la violencia? La causa indígena se impuso y sin embargo, la irrefrenable ambición de Marcos, el dogmatismo y la miopía castraron el movimiento. Doce años después el personaje está convertido en un "clown indigenista", pocos ya le creen. Ojo. Otros episodios dolorosos surgieron por las luchas estudiantiles en la UNAM principalmente. De nuevo las causas podían ser atendibles, pero la violencia como método no debió ser aceptada. Gracias a esa "izquierda" la UNAM se tambaleó hace siete años, gracias a esa "izquierda" decenas de miles de estudiantes resultaron lesionados en sus trayectorias académicas, en sus vidas.
Esas dos izquierdas no pueden convivir sin caer en absurdos, en desfiguros, en atrocidades. La verdadera izquierda liberal, la que acepta las libertades políticas como parte del código de reivindicaciones propio, la que ha asumido la gran escuela de la izquierda liberal con Norberto Bobbio a la cabeza -por citar al gran abuelo del siglo XX- no puede callar por conveniencia, por comodidad. Algo de corrupción en los principios merodea con el silencio cómplice. O se está de un lado o se está del otro. No se puede coquetear con las arbitrariedades, la ilegalidad, el atropello de los derechos ciudadanos dependiendo de la lucha. Hoy sí se vale, mañana no. Un mínimo de rigor intelectual, un mínimo de respeto a los compromisos básicos de la democracia son exigibles siempre. Ahora resulta que hay que cambiar todas las instituciones. Resulta que las propias leyes e instituciones generadas en parte por el PRD todas están al servicio de la oligarquía. Ya no importa el recuento. En el nuevo rumbo discursivo de AMLO todo siempre fue una farsa. Nada se salva.
La tónica de confrontación continúa: el plantón seguirá sin importar el atropello de los derechos ciudadanos; la calificación por parte del Tribunal será bajo amenaza de irrupción; el Informe presidencial será ocasión para acentuar el acoso al "traidor de la democracia"; la ceremonia de "El Grito", que es de todos los mexicanos, estará secuestrada por el control "obradorista"; y, por si fuera poco, se pretende que las Fuerzas Armadas se cancelen a sí mismas su derecho y tradición de desfilar el 16 de septiembre, todo para abrir paso a una "Convención Nacional Democrática" que intenta subvertir en el imaginario colectivo el origen mismo de las instituciones que nos rigen. ¿Qué es esto?
Hoy queda claro que la izquierda radical, con López Obrador a la cabeza, ha secuestrado al PRD, a la capital de la República y pretende continuar con esa estrategia de colisión y ruptura. Sólo así se puede explicar la búsqueda de una confrontación con la propia ciudadanía en "El Grito" y con el Ejército al día siguiente. En el camino, los radicales se pueden llevar a quien les parezca su mejor víctima, la UNAM, la UAM, el Politécnico, Chapingo, vieja ruta de refugios donde han sido capaces de imponerse por la fuerza. Los perredistas liberales, que también los hay, han ido cediendo, todo en aras de un triunfo que parece imposible. Quién lo diría, ya toleraron hasta la expulsión virtual de Cárdenas. La palabra "purificación" debería poner a todos los pelos de punta. ¿Por dónde comenzará, por el país que no está bajo su control o mejor en el propio PRD? El que disienta es un traidor, ésa es la tónica. Por eso todos callan. Porque el Mesías Tropical, como puntualmente lo ha denominado Krauze, no tolera la menor discrepancia.
A toda acción una reacción. El axioma de la física transita a los fenómenos sociales. En el 2006 la izquierda en México obtuvo su mayor triunfo histórico. Senadores, diputados federales y casi 15 millones de votos para la Presidencia. Pero la digestión del triunfo ha sido perversa: lo convirtieron en fracaso. Están quemando la cosecha. En semanas el radicalismo y capricho personal de AMLO están logrando sustituir la incipiente imagen de una izquierda racional que llevó años construir, por la de barbarie. Después del recuento queda claro que no hubo acción maquinada. El reclamo de fraude no es más que una exageración irresponsable y quizá algo más, un malévolo lance discursivo. Después del desfile de acciones de los radicales, muchos mexicanos se volverán a preguntar si la izquierda es confiable. Ésa será la gran derrota. Para el PRD habrá factura.
Reforma
15 de Agosto del 2006
Pasan las horas, los días, las semanas -¿serán meses?-, y el conflicto postelectoral desnuda la tragedia. Desde finales de los años setenta la apuesta de muchos ha sido la de lograr una izquierda democrática, liberal y moderna. Todos sabemos, sin embargo, que en ese barco navegan huestes con muy distinto troquel. Desde las mentes abiertas, articuladas y auténticamente críticas, hasta los radicales y arribistas que en su andanada están dispuestos a atropellar lo que sea: leyes, derechos de terceros, a su propio partido. Así nació el PRD a la vida institucional, pero podía cambiar. La esperanza no moría, a la larga la sensatez debía predominar. Las lecciones democráticas y aportaciones de la izquierda estaban allí, Cárdenas como símbolo de una lucha que triunfó.
Pero también desde hace tres décadas, en paralelo a los justos reclamos democráticos, a las exigencias valederas de apertura y justicia, se toleraron sucesos que nos hablaban de otra izquierda -quizá no tan izquierda- que siempre coqueteaba con la idea de ruptura total, de subversión de las instituciones, de provocación como arma de lucha. Momentos definitorios hubo varios. ¿Qué hacer frente al EZLN, hasta dónde acompañar a un movimiento cuyas razones justicieras nadie ponía en duda, sí en cambio las armas de su lucha: el liderazgo mesiánico, la manipulación descarada y por supuesto, la violencia? La causa indígena se impuso y sin embargo, la irrefrenable ambición de Marcos, el dogmatismo y la miopía castraron el movimiento. Doce años después el personaje está convertido en un "clown indigenista", pocos ya le creen. Ojo. Otros episodios dolorosos surgieron por las luchas estudiantiles en la UNAM principalmente. De nuevo las causas podían ser atendibles, pero la violencia como método no debió ser aceptada. Gracias a esa "izquierda" la UNAM se tambaleó hace siete años, gracias a esa "izquierda" decenas de miles de estudiantes resultaron lesionados en sus trayectorias académicas, en sus vidas.
Esas dos izquierdas no pueden convivir sin caer en absurdos, en desfiguros, en atrocidades. La verdadera izquierda liberal, la que acepta las libertades políticas como parte del código de reivindicaciones propio, la que ha asumido la gran escuela de la izquierda liberal con Norberto Bobbio a la cabeza -por citar al gran abuelo del siglo XX- no puede callar por conveniencia, por comodidad. Algo de corrupción en los principios merodea con el silencio cómplice. O se está de un lado o se está del otro. No se puede coquetear con las arbitrariedades, la ilegalidad, el atropello de los derechos ciudadanos dependiendo de la lucha. Hoy sí se vale, mañana no. Un mínimo de rigor intelectual, un mínimo de respeto a los compromisos básicos de la democracia son exigibles siempre. Ahora resulta que hay que cambiar todas las instituciones. Resulta que las propias leyes e instituciones generadas en parte por el PRD todas están al servicio de la oligarquía. Ya no importa el recuento. En el nuevo rumbo discursivo de AMLO todo siempre fue una farsa. Nada se salva.
La tónica de confrontación continúa: el plantón seguirá sin importar el atropello de los derechos ciudadanos; la calificación por parte del Tribunal será bajo amenaza de irrupción; el Informe presidencial será ocasión para acentuar el acoso al "traidor de la democracia"; la ceremonia de "El Grito", que es de todos los mexicanos, estará secuestrada por el control "obradorista"; y, por si fuera poco, se pretende que las Fuerzas Armadas se cancelen a sí mismas su derecho y tradición de desfilar el 16 de septiembre, todo para abrir paso a una "Convención Nacional Democrática" que intenta subvertir en el imaginario colectivo el origen mismo de las instituciones que nos rigen. ¿Qué es esto?
Hoy queda claro que la izquierda radical, con López Obrador a la cabeza, ha secuestrado al PRD, a la capital de la República y pretende continuar con esa estrategia de colisión y ruptura. Sólo así se puede explicar la búsqueda de una confrontación con la propia ciudadanía en "El Grito" y con el Ejército al día siguiente. En el camino, los radicales se pueden llevar a quien les parezca su mejor víctima, la UNAM, la UAM, el Politécnico, Chapingo, vieja ruta de refugios donde han sido capaces de imponerse por la fuerza. Los perredistas liberales, que también los hay, han ido cediendo, todo en aras de un triunfo que parece imposible. Quién lo diría, ya toleraron hasta la expulsión virtual de Cárdenas. La palabra "purificación" debería poner a todos los pelos de punta. ¿Por dónde comenzará, por el país que no está bajo su control o mejor en el propio PRD? El que disienta es un traidor, ésa es la tónica. Por eso todos callan. Porque el Mesías Tropical, como puntualmente lo ha denominado Krauze, no tolera la menor discrepancia.
A toda acción una reacción. El axioma de la física transita a los fenómenos sociales. En el 2006 la izquierda en México obtuvo su mayor triunfo histórico. Senadores, diputados federales y casi 15 millones de votos para la Presidencia. Pero la digestión del triunfo ha sido perversa: lo convirtieron en fracaso. Están quemando la cosecha. En semanas el radicalismo y capricho personal de AMLO están logrando sustituir la incipiente imagen de una izquierda racional que llevó años construir, por la de barbarie. Después del recuento queda claro que no hubo acción maquinada. El reclamo de fraude no es más que una exageración irresponsable y quizá algo más, un malévolo lance discursivo. Después del desfile de acciones de los radicales, muchos mexicanos se volverán a preguntar si la izquierda es confiable. Ésa será la gran derrota. Para el PRD habrá factura.
Luz a luz V
Germán Dehesa
Reforma – Gaceta del Ángel
15 de Agosto del 2006
¡Felicidades, queridos conciudadanos!, en un tiempo sorprendentemente breve hemos logrado convocar a 200 mil ciudadanos y hemos despejado 16 recuerdos, 16 imágenes que nuestra memoria intelectual y emocional guardan; 16 lugares que, bien lo sabemos, son territorio de todos y no de unos cuantos. Meseros, hombres de empresa, boleros, turistas, franeleros, empleados bursátiles, vendedores y vendedoras de chicles, charritos y morelianas, burócratas, equilibristas y paseantes enamorados, todos somos damnificados del Paseo de la Reforma, de Juárez (pobre Benemérito, ya se quedó nomás con los leoncitos de mármol que no son nada platicadores), de Madero y del Zócalo. Sabedlo, soberanos y vasallos/ próceres y bola de méndigos: ya somos 200 mil los ciudadanos que queremos despejar esta tiniebla; somos 200 mil y seremos más. Mis astutísimos cómplices secretos ya subieron otras 16 imágenes y ahora vamos de regreso del Zócalo a la Fuente de Petróleos. Si nos ayudamos todos, seremos 400 mil y ya no cabremos en el Zócalo (podríamos pensar en hacer un plantón en Macuspana y pueblos aledaños, para que nuestro Calígula autóctono sintiera lo que sentimos).
Ayer escuché algo asombroso. Un querido amigo que es muy cercano al círculo lopezobradorista me dijo: yo no sé de qué se quejan; les podría haber ido mucho peor; los acelerados, los duros de la izquierda querían cercar la Ciudad de México de modo que nadie pudiera entrar o salir y así, en una semana, la ciudad moría ahogada. ¡Pues qué padre piensa este cuate!, pensé, por mi parte, yo; ahora resulta que hasta las gracias tenemos que darle al sector moderado de esta pandilla porque, con todo y todo, nos dejaron vivir. Y añadiré algo: y lo que falta; lo que falta si nadie brinca y se inconforma y le manifiesta masivamente esta inconformidad a Robespierre y sus Xochimilcas.
Esto es lo que podemos hacer los ciudadanos: manifestar nuestro desacuerdo y hacer todo lo que podamos para que la autoridad que, según es regla básica de la democracia, es la única reguladora y administradora de la violencia (que ya asomó su descompuesto rostro en el desalojo que hoy lunes tuvo lugar en San Lázaro) entre en acción. Aquí me quiero detener un momento para tratar de entender qué es lo que, a estas alturas, viene significando la sobadísima y maltratada frase que dice: “No responderemos a la provocación”. Entiendo que todos los que la emplean sienten una especie de minúsculo orgasmo después de proferirla, pero no acabo de aquilatar su valor como elemento de un diálogo. Hoy en la mañana el vocero, el sufridísimo vocero que así como Rambal fue “El Mártir del Calvario”, él es “El Mártir de Los Pinos”, salió a decir que mandaba decir Vicente Fox (que ya sólo quiere oír hablar de brócolis) que el gobierno federal no respondería a provocaciones. ¡Ole!, y de gobernar, ni hablamos ¿verdad?
Todavía sin resolver lo que quería decir el vocero del Gólgota, leí que el carismático Martí Batres que encabezaba la toma de San Lázaro y se traía fregados a los legisladores con la instalación de campamentos y bloqueo de calles, tuvo también que atestiguar la entrada en acción de la PFP que llegó a desalojar y a impedir que siguiera vigente el atropello. Entonces el ínclito Batres, pensando en la patria, le dijo a su variopinta tropa que había que emprender la retirada, porque (¡háganme el c. favor!), no responderían a provocaciones. En lo que trato de averiguar quién provoca a quién en este despelote, yo te pido, lectora lector querido, que sigamos prendiendo luces y que entendamos que nuestro esfuerzo no será en vano. Despejaremos la Ciudad de todos.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCLVIII (858)
MONTIEL no renuncia a su inmensa fortuna y Ulises y el Precioso no renuncian a secas. Todos duermen.
Cualquier correspondencia con esta columna que navega de regreso, favor de dirigirla a
german@plazadelangel.com.mx (D.R)
Reforma – Gaceta del Ángel
15 de Agosto del 2006
¡Felicidades, queridos conciudadanos!, en un tiempo sorprendentemente breve hemos logrado convocar a 200 mil ciudadanos y hemos despejado 16 recuerdos, 16 imágenes que nuestra memoria intelectual y emocional guardan; 16 lugares que, bien lo sabemos, son territorio de todos y no de unos cuantos. Meseros, hombres de empresa, boleros, turistas, franeleros, empleados bursátiles, vendedores y vendedoras de chicles, charritos y morelianas, burócratas, equilibristas y paseantes enamorados, todos somos damnificados del Paseo de la Reforma, de Juárez (pobre Benemérito, ya se quedó nomás con los leoncitos de mármol que no son nada platicadores), de Madero y del Zócalo. Sabedlo, soberanos y vasallos/ próceres y bola de méndigos: ya somos 200 mil los ciudadanos que queremos despejar esta tiniebla; somos 200 mil y seremos más. Mis astutísimos cómplices secretos ya subieron otras 16 imágenes y ahora vamos de regreso del Zócalo a la Fuente de Petróleos. Si nos ayudamos todos, seremos 400 mil y ya no cabremos en el Zócalo (podríamos pensar en hacer un plantón en Macuspana y pueblos aledaños, para que nuestro Calígula autóctono sintiera lo que sentimos).
Ayer escuché algo asombroso. Un querido amigo que es muy cercano al círculo lopezobradorista me dijo: yo no sé de qué se quejan; les podría haber ido mucho peor; los acelerados, los duros de la izquierda querían cercar la Ciudad de México de modo que nadie pudiera entrar o salir y así, en una semana, la ciudad moría ahogada. ¡Pues qué padre piensa este cuate!, pensé, por mi parte, yo; ahora resulta que hasta las gracias tenemos que darle al sector moderado de esta pandilla porque, con todo y todo, nos dejaron vivir. Y añadiré algo: y lo que falta; lo que falta si nadie brinca y se inconforma y le manifiesta masivamente esta inconformidad a Robespierre y sus Xochimilcas.
Esto es lo que podemos hacer los ciudadanos: manifestar nuestro desacuerdo y hacer todo lo que podamos para que la autoridad que, según es regla básica de la democracia, es la única reguladora y administradora de la violencia (que ya asomó su descompuesto rostro en el desalojo que hoy lunes tuvo lugar en San Lázaro) entre en acción. Aquí me quiero detener un momento para tratar de entender qué es lo que, a estas alturas, viene significando la sobadísima y maltratada frase que dice: “No responderemos a la provocación”. Entiendo que todos los que la emplean sienten una especie de minúsculo orgasmo después de proferirla, pero no acabo de aquilatar su valor como elemento de un diálogo. Hoy en la mañana el vocero, el sufridísimo vocero que así como Rambal fue “El Mártir del Calvario”, él es “El Mártir de Los Pinos”, salió a decir que mandaba decir Vicente Fox (que ya sólo quiere oír hablar de brócolis) que el gobierno federal no respondería a provocaciones. ¡Ole!, y de gobernar, ni hablamos ¿verdad?
Todavía sin resolver lo que quería decir el vocero del Gólgota, leí que el carismático Martí Batres que encabezaba la toma de San Lázaro y se traía fregados a los legisladores con la instalación de campamentos y bloqueo de calles, tuvo también que atestiguar la entrada en acción de la PFP que llegó a desalojar y a impedir que siguiera vigente el atropello. Entonces el ínclito Batres, pensando en la patria, le dijo a su variopinta tropa que había que emprender la retirada, porque (¡háganme el c. favor!), no responderían a provocaciones. En lo que trato de averiguar quién provoca a quién en este despelote, yo te pido, lectora lector querido, que sigamos prendiendo luces y que entendamos que nuestro esfuerzo no será en vano. Despejaremos la Ciudad de todos.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCLVIII (858)
MONTIEL no renuncia a su inmensa fortuna y Ulises y el Precioso no renuncian a secas. Todos duermen.
Cualquier correspondencia con esta columna que navega de regreso, favor de dirigirla a
german@plazadelangel.com.mx (D.R)
Evidencias de un fraude
Francisco Báez Rodríguez
Crónica
15 de Agosto de 2006
Terminó el recuento de votos de las casi 12 mil casillas cuyos paquetes fueron abiertos por instrucciones del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Es momento para revisar de nuevo los reclamos de la gente de Andrés Manuel López Obrador y el estado de la impugnación que presentó la coalición Por el Bien de Todos.
Las secciones que ordenó revisar el Tribunal fueron aquellas que: 1) fueron impugnadas por la coalición que impulsa a AMLO, 2) había errores aritméticos en sus actas. En otras palabras, son aquéllas en las que no coincidió el total de boletas recibidas con los datos detallados en las actas de escrutinio y cómputo. Sería en ellas donde podría detectarse, con más claridad que en ninguna otra parte, el fraude “a la antigüita” (descartado ya el fraude “cibernético”).
Hay que subrayar que las 11 mil 900 casillas no son una muestra representativa del total, sino un subconjunto en el que era más probable encontrar irregularidades y vicios que favorecieran a Felipe Calderón. Esto significa que las diferencias obtenidas por los principales candidatos no se pueden extrapolar al resto de las casillas.
Si bien se registraron algunas irregularidades, que nos hablan de una exactitud lejana a la perfección en el cómputo distrital, no existió, tampoco aquí, evidencia de un fraude maquinado y los datos y porcentajes de los candidatos —según diferentes fuentes— no varían mayormente. La coalición, al parecer, no encontró en estas secciones evidencia suficiente como para hacer viable la apertura de más paquetes.
De esto ya se dieron cuenta las principales figuras perredistas. Y es un problema político para ellos, porque el núcleo de la movilización del “voto por voto” ha sido la idea de que hubo un fraude que cambió el sentido de la elección. El meollo de la propaganda ha sido inculcar en la población la idea de que sus sufragios no fueron respetados por una confabulación de los grandes intereses.
Las respuestas han sido de dos tipos. Una —que he escuchado de Pablo Gómez y leído por declaraciones de Horacio Duarte— es que la mera existencia de inconsistencias numéricas en las actas es razón suficiente para anular las casillas. Si se anulan los votos de las secciones que el Tribunal aceptó revisar, entonces el triunfador es Andrés Manuel López Obrador.
El problema que tiene ese argumento es que, si lo tomamos en serio, no tendría caso la revisión ordenada por el Tribunal, que es precisamente para recontar voto por voto en esas casillas. Bastaría con impugnar cualquier error de llenado de actas para hacer un anuladero y reventar la elección.
Aún así, la versión de Gómez y Duarte tiene la virtud de que, al centrarse en la decisión del TEPJF, al menos mantiene la lucha por la Presidencia dentro de los marcos institucionales. Me da la impresión de que ambos políticos están haciendo una serie de saltos mortales para mantenerse del lado de López Obrador sin romper formalmente con la institucionalidad.
El otro tipo de respuesta lo ha dado el propio López Obrador. Da por un hecho que el Tribunal dará a Felipe Calderón la constancia de Presidente Electo. El carril del “voto por voto” ya le queda estrecho. Y está empujando a sus partidos y a sus seguidores a una confrontación que va más allá de lo electoral. AMLO sabe que no ganó en las elecciones realizadas de acuerdo con las reglas que nos dimos los mexicanos. No parece dispuesto a encabezar una oposición legal y parlamentaria (de hecho, la composición del Congreso parece tenerlo sin cuidado) o tener influencia en políticas de gobierno. A cambio, prefiere el rumbo de la “resistencia civil”, minoritaria pero aguerrida y sobre todo definida por él mismo.
Cuando termine su labor el Tribunal, y se vea que la evidencia del fraude era un espejismo, el fraude importará menos. Ya se habrán caldeado suficiente los ánimos. Ya se habrá rebasado, con largueza, el marco de convivencia legal. Será hora de ir más adelante, en una fuga que —parafraseando a Gómez Morín— tiene aspiraciones de “brega de eternidad”.
Seguirá, muy probablemente, una “Convención Nacional Democrática”, en donde “decidiremos (nosotros, El Peje, en plural mayestático) el papel que asumiremos en la vida pública de México”.
Me pregunto si será convención, con delegados y todo, o nada más asamblea para que todos griten que sí. Pero más me pregunto qué papel van a jugar el PRD, el PT y Convergencia en el asunto. Porque, después de todo, son partidos políticos nacionales y, como tales, son —en primer lugar— un vehículo para la obtención de puestos de representación popular a través de las elecciones.
Si lo electoral es rebasado, entonces pierden su sentido, su razón de ser, al menos en los términos que señala la ley.
Entre las obligaciones para los partidos políticos nacionales, que marca el Cofipe en su artículo 38, están: “a) Conducir sus actividades dentro de los cauces legales y ajustar su conducta y la de sus militantes a los principios del Estado democrático, respetando la libre participación política de los demás partidos políticos y los derechos de los ciudadanos; b) Abstenerse de recurrir a la violencia y a cualquier acto que tenga por objeto o resultado alterar el orden público, perturbar el goce de las garantías o impedir el funcionamiento regular de los órganos de gobierno”.
Un partido puede rehusarse a cumplirlas, pero debe tener en cuenta que, al hacerlo, se pone al margen de la ley. Como el Partido de los Pobres, por ejemplo.
Hay crecientes evidencias de un fraude contra los partidos de la coalición. Un fraude político. Con una alta dosis de demagogia los quieren llevar al despeñadero legal y, a final de cuentas, a la marginación. Tal vez se lancen, a pesar de la victoria histórica que consiguieron el 2 de julio. Todo sea por el Querido Líder.
fabaez@gmail.com
Crónica
15 de Agosto de 2006
Terminó el recuento de votos de las casi 12 mil casillas cuyos paquetes fueron abiertos por instrucciones del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Es momento para revisar de nuevo los reclamos de la gente de Andrés Manuel López Obrador y el estado de la impugnación que presentó la coalición Por el Bien de Todos.
Las secciones que ordenó revisar el Tribunal fueron aquellas que: 1) fueron impugnadas por la coalición que impulsa a AMLO, 2) había errores aritméticos en sus actas. En otras palabras, son aquéllas en las que no coincidió el total de boletas recibidas con los datos detallados en las actas de escrutinio y cómputo. Sería en ellas donde podría detectarse, con más claridad que en ninguna otra parte, el fraude “a la antigüita” (descartado ya el fraude “cibernético”).
Hay que subrayar que las 11 mil 900 casillas no son una muestra representativa del total, sino un subconjunto en el que era más probable encontrar irregularidades y vicios que favorecieran a Felipe Calderón. Esto significa que las diferencias obtenidas por los principales candidatos no se pueden extrapolar al resto de las casillas.
Si bien se registraron algunas irregularidades, que nos hablan de una exactitud lejana a la perfección en el cómputo distrital, no existió, tampoco aquí, evidencia de un fraude maquinado y los datos y porcentajes de los candidatos —según diferentes fuentes— no varían mayormente. La coalición, al parecer, no encontró en estas secciones evidencia suficiente como para hacer viable la apertura de más paquetes.
De esto ya se dieron cuenta las principales figuras perredistas. Y es un problema político para ellos, porque el núcleo de la movilización del “voto por voto” ha sido la idea de que hubo un fraude que cambió el sentido de la elección. El meollo de la propaganda ha sido inculcar en la población la idea de que sus sufragios no fueron respetados por una confabulación de los grandes intereses.
Las respuestas han sido de dos tipos. Una —que he escuchado de Pablo Gómez y leído por declaraciones de Horacio Duarte— es que la mera existencia de inconsistencias numéricas en las actas es razón suficiente para anular las casillas. Si se anulan los votos de las secciones que el Tribunal aceptó revisar, entonces el triunfador es Andrés Manuel López Obrador.
El problema que tiene ese argumento es que, si lo tomamos en serio, no tendría caso la revisión ordenada por el Tribunal, que es precisamente para recontar voto por voto en esas casillas. Bastaría con impugnar cualquier error de llenado de actas para hacer un anuladero y reventar la elección.
Aún así, la versión de Gómez y Duarte tiene la virtud de que, al centrarse en la decisión del TEPJF, al menos mantiene la lucha por la Presidencia dentro de los marcos institucionales. Me da la impresión de que ambos políticos están haciendo una serie de saltos mortales para mantenerse del lado de López Obrador sin romper formalmente con la institucionalidad.
El otro tipo de respuesta lo ha dado el propio López Obrador. Da por un hecho que el Tribunal dará a Felipe Calderón la constancia de Presidente Electo. El carril del “voto por voto” ya le queda estrecho. Y está empujando a sus partidos y a sus seguidores a una confrontación que va más allá de lo electoral. AMLO sabe que no ganó en las elecciones realizadas de acuerdo con las reglas que nos dimos los mexicanos. No parece dispuesto a encabezar una oposición legal y parlamentaria (de hecho, la composición del Congreso parece tenerlo sin cuidado) o tener influencia en políticas de gobierno. A cambio, prefiere el rumbo de la “resistencia civil”, minoritaria pero aguerrida y sobre todo definida por él mismo.
Cuando termine su labor el Tribunal, y se vea que la evidencia del fraude era un espejismo, el fraude importará menos. Ya se habrán caldeado suficiente los ánimos. Ya se habrá rebasado, con largueza, el marco de convivencia legal. Será hora de ir más adelante, en una fuga que —parafraseando a Gómez Morín— tiene aspiraciones de “brega de eternidad”.
Seguirá, muy probablemente, una “Convención Nacional Democrática”, en donde “decidiremos (nosotros, El Peje, en plural mayestático) el papel que asumiremos en la vida pública de México”.
Me pregunto si será convención, con delegados y todo, o nada más asamblea para que todos griten que sí. Pero más me pregunto qué papel van a jugar el PRD, el PT y Convergencia en el asunto. Porque, después de todo, son partidos políticos nacionales y, como tales, son —en primer lugar— un vehículo para la obtención de puestos de representación popular a través de las elecciones.
Si lo electoral es rebasado, entonces pierden su sentido, su razón de ser, al menos en los términos que señala la ley.
Entre las obligaciones para los partidos políticos nacionales, que marca el Cofipe en su artículo 38, están: “a) Conducir sus actividades dentro de los cauces legales y ajustar su conducta y la de sus militantes a los principios del Estado democrático, respetando la libre participación política de los demás partidos políticos y los derechos de los ciudadanos; b) Abstenerse de recurrir a la violencia y a cualquier acto que tenga por objeto o resultado alterar el orden público, perturbar el goce de las garantías o impedir el funcionamiento regular de los órganos de gobierno”.
Un partido puede rehusarse a cumplirlas, pero debe tener en cuenta que, al hacerlo, se pone al margen de la ley. Como el Partido de los Pobres, por ejemplo.
Hay crecientes evidencias de un fraude contra los partidos de la coalición. Un fraude político. Con una alta dosis de demagogia los quieren llevar al despeñadero legal y, a final de cuentas, a la marginación. Tal vez se lancen, a pesar de la victoria histórica que consiguieron el 2 de julio. Todo sea por el Querido Líder.
fabaez@gmail.com
14 de agosto de 2006
El tiempo del PRD
Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma
14 de Agosto del 2006
Tal vez nos chicotea el 2000, incomprendido por todos, mal interpretado por todos. El ganador de aquella elección pensó que, al dejarse atrás la noche larga del autoritarismo, cubriría al país la prosperidad más plena. Creyó que el voto había clausurado en definitiva una era siniestra y que su voluntad, respaldada con entusiasmo por la nación, se traduciría automáticamente en los cambios deseados. El PRI fue también incapaz de comprender la naturaleza de su derrota. Quienes se quedaron con el partido ubicaron pronto a los "traidores" y se aferraron al poder de la marca con la intención de flotar hasta recuperar la casa presidencial. El Partido de la Revolución Democrática fue igualmente incapaz de comprender el sentido y las consecuencias de la alternancia. Hoy cargamos con el tremendo peso de esas cegueras.
Roger Bartra publicó en la edición de diciembre del 2005 de la revista Nexos un artículo que vale la pena releer en estos días. Ilustra con enorme claridad la trampa en la que se metió el Partido de la Revolución Democrática desde hace años y que hoy hace crisis bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador. Bartra señala que la izquierda mexicana era, de alguna manera, "la gran responsable de la transición democrática". En efecto, fue muchísimo lo que aportó la izquierda en general y el PRD, en particular, para deshacer el autoritarismo presidencial. No puede entenderse el cambio de las reglas de la competencia política sin el insumo de la izquierda partidista. Desde su nacimiento, el PRD tuvo la transición institucional en la mira. Su primera agenda era relativamente sencilla: desmontar las ventajas del partido oficial, fundar las instituciones de la neutralidad. Las largas negociaciones, los avances y las plazas que la izquierda fue conquistando a lo largo de los años tuvieron un efecto extraordinariamente positivo en el perfil político del PRD. El discurso rupturista dio paso a un vocabulario crecientemente reformista. Autor y partícipe de las nuevas instituciones, el partido de la izquierda fue perfilando un compromiso cada vez mayor con la democracia representativa.
Desde luego, en la edificación de los órganos del pluralismo participó el resto de las fuerzas políticas, incluyendo no solamente a la otra oposición sino también al partido gobernante. El guión de la institucionalización de una izquierda democrática se desvió en el 2000. En las elecciones de aquel año el primer "beneficiario" de las reformas electorales no fue el partido de la izquierda sino el de la derecha. Para un sector amplio de la izquierda partidista, la victoria del PAN no era resultado de la eficacia del adversario o de equivocaciones propias sino de un defecto del régimen instaurado. Un lema sirvió de anteojera: vivimos la alternancia, no la transición. De nuevo, la falta de autocrítica demostró ser el peor enemigo de la izquierda. Para buena parte de los cuadros perredistas la transición se había malogrado con la victoria del ranchero guanajuatense. No puede ser auténticamente democrático un régimen que entroniza a un hombre así. Si acaso, ésa era una democracia formal, epidérmica, meramente electoral. La democracia auténtica, la democracia de veras sería la democracia que dé el triunfo al pueblo, es decir, a nuestro partido.
De entonces viene el retroceso de la izquierda partidista frente a su compromiso con la democracia representativa. "Resucitaron -dice Bartra- las actitudes de la vieja izquierda que desprecian la formalidad electoral y democrática y exaltan los contenidos de la 'auténtica' alternativa que todavía no llega. En suma, una gran parte de la izquierda sigue en espera de los cambios que traerá la 'verdadera' democracia". La elección del 2006 reforzó catastróficamente esos impulsos antiinstitucionales. En lugar de asumir el armazón institucional como contribución propia y patrimonio nacional, el PRD (que hoy tiene solamente una voz, la de su caudillo) ha emprendido la batalla por la descalificación de todas las instituciones democráticas. Lo hace en nombre de una democracia más profunda, una democracia sin procedimientos, sin reglas, sin límites. Una democracia que patriótica y dignamente aclama al líder. Ésa es la alternativa lópezobradorista a la fría democracia procedimental: la aclamación del caudillo en la plaza llena. Escuchar hoy al caudillo de la Coalición para el Bien de Sí Mismo es volver a oír una grabación vieja y opaca. Un disco sucio y rayado.
Antier fue el día de los partidos. Ayer fue el tiempo del IFE. Hoy es el tiempo del Tribunal. Mañana será el momento del Partido de la Revolución Democrática. Cuando el Tribunal hable, tendrán que aparecer las voces del partido para contrarrestar a quien ha decidido desconocer cualquier resolución institucional que no lo proclame triunfador. Para él no hay derrota aceptable. Para él no hay voz digna que no sea la suya y la de sus corifeos. Como ha anunciado con toda claridad, está decidido a hacer inviable un gobierno de Felipe Calderón. La moral histórica por encima de adición de votos. Puede vestirse de gesta histórica, de hazaña popular, pero se trata, abiertamente, de una convocatoria antidemocrática: impedir el relevo constitucional de poderes. ¿Seguirá el PRD esta invitación? ¿Están dispuestos los perredistas a arriesgar todo lo que han ganado, siguiendo el llamado delirante del caudillo? No será fácil plantar cara al caudillo. Quienes decidan reencontrarse con la democracia de los procedimientos alejándose de la autocracia carismática serán llamados traidores. Deben tener claro que, cuando el Tribunal hable, tendrán que decidir de qué lado está su lealtad. Ojalá se imponga la determinación de construir una oposición firme y constitucional.
Reforma
14 de Agosto del 2006
Tal vez nos chicotea el 2000, incomprendido por todos, mal interpretado por todos. El ganador de aquella elección pensó que, al dejarse atrás la noche larga del autoritarismo, cubriría al país la prosperidad más plena. Creyó que el voto había clausurado en definitiva una era siniestra y que su voluntad, respaldada con entusiasmo por la nación, se traduciría automáticamente en los cambios deseados. El PRI fue también incapaz de comprender la naturaleza de su derrota. Quienes se quedaron con el partido ubicaron pronto a los "traidores" y se aferraron al poder de la marca con la intención de flotar hasta recuperar la casa presidencial. El Partido de la Revolución Democrática fue igualmente incapaz de comprender el sentido y las consecuencias de la alternancia. Hoy cargamos con el tremendo peso de esas cegueras.
Roger Bartra publicó en la edición de diciembre del 2005 de la revista Nexos un artículo que vale la pena releer en estos días. Ilustra con enorme claridad la trampa en la que se metió el Partido de la Revolución Democrática desde hace años y que hoy hace crisis bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador. Bartra señala que la izquierda mexicana era, de alguna manera, "la gran responsable de la transición democrática". En efecto, fue muchísimo lo que aportó la izquierda en general y el PRD, en particular, para deshacer el autoritarismo presidencial. No puede entenderse el cambio de las reglas de la competencia política sin el insumo de la izquierda partidista. Desde su nacimiento, el PRD tuvo la transición institucional en la mira. Su primera agenda era relativamente sencilla: desmontar las ventajas del partido oficial, fundar las instituciones de la neutralidad. Las largas negociaciones, los avances y las plazas que la izquierda fue conquistando a lo largo de los años tuvieron un efecto extraordinariamente positivo en el perfil político del PRD. El discurso rupturista dio paso a un vocabulario crecientemente reformista. Autor y partícipe de las nuevas instituciones, el partido de la izquierda fue perfilando un compromiso cada vez mayor con la democracia representativa.
Desde luego, en la edificación de los órganos del pluralismo participó el resto de las fuerzas políticas, incluyendo no solamente a la otra oposición sino también al partido gobernante. El guión de la institucionalización de una izquierda democrática se desvió en el 2000. En las elecciones de aquel año el primer "beneficiario" de las reformas electorales no fue el partido de la izquierda sino el de la derecha. Para un sector amplio de la izquierda partidista, la victoria del PAN no era resultado de la eficacia del adversario o de equivocaciones propias sino de un defecto del régimen instaurado. Un lema sirvió de anteojera: vivimos la alternancia, no la transición. De nuevo, la falta de autocrítica demostró ser el peor enemigo de la izquierda. Para buena parte de los cuadros perredistas la transición se había malogrado con la victoria del ranchero guanajuatense. No puede ser auténticamente democrático un régimen que entroniza a un hombre así. Si acaso, ésa era una democracia formal, epidérmica, meramente electoral. La democracia auténtica, la democracia de veras sería la democracia que dé el triunfo al pueblo, es decir, a nuestro partido.
De entonces viene el retroceso de la izquierda partidista frente a su compromiso con la democracia representativa. "Resucitaron -dice Bartra- las actitudes de la vieja izquierda que desprecian la formalidad electoral y democrática y exaltan los contenidos de la 'auténtica' alternativa que todavía no llega. En suma, una gran parte de la izquierda sigue en espera de los cambios que traerá la 'verdadera' democracia". La elección del 2006 reforzó catastróficamente esos impulsos antiinstitucionales. En lugar de asumir el armazón institucional como contribución propia y patrimonio nacional, el PRD (que hoy tiene solamente una voz, la de su caudillo) ha emprendido la batalla por la descalificación de todas las instituciones democráticas. Lo hace en nombre de una democracia más profunda, una democracia sin procedimientos, sin reglas, sin límites. Una democracia que patriótica y dignamente aclama al líder. Ésa es la alternativa lópezobradorista a la fría democracia procedimental: la aclamación del caudillo en la plaza llena. Escuchar hoy al caudillo de la Coalición para el Bien de Sí Mismo es volver a oír una grabación vieja y opaca. Un disco sucio y rayado.
Antier fue el día de los partidos. Ayer fue el tiempo del IFE. Hoy es el tiempo del Tribunal. Mañana será el momento del Partido de la Revolución Democrática. Cuando el Tribunal hable, tendrán que aparecer las voces del partido para contrarrestar a quien ha decidido desconocer cualquier resolución institucional que no lo proclame triunfador. Para él no hay derrota aceptable. Para él no hay voz digna que no sea la suya y la de sus corifeos. Como ha anunciado con toda claridad, está decidido a hacer inviable un gobierno de Felipe Calderón. La moral histórica por encima de adición de votos. Puede vestirse de gesta histórica, de hazaña popular, pero se trata, abiertamente, de una convocatoria antidemocrática: impedir el relevo constitucional de poderes. ¿Seguirá el PRD esta invitación? ¿Están dispuestos los perredistas a arriesgar todo lo que han ganado, siguiendo el llamado delirante del caudillo? No será fácil plantar cara al caudillo. Quienes decidan reencontrarse con la democracia de los procedimientos alejándose de la autocracia carismática serán llamados traidores. Deben tener claro que, cuando el Tribunal hable, tendrán que decidir de qué lado está su lealtad. Ojalá se imponga la determinación de construir una oposición firme y constitucional.
País tribal
Denise Dresser
Reforma
14 de Agosto del 2006
Pacíficos contra violentos. Panistas contra perredistas. Privilegiados contra pobres. Comprometidos contra vendidos. Quienes piensan que la elección fue inmaculada y quienes hablan del fraude monumental. Quienes insisten en que las instituciones son perfectas y quienes insisten en su refundación total. Quienes creen en el Trife y quienes se aprestan a denunciarlo. Dos bandos atrincherados; dos polos monocromáticos; dos formas diferentes de ver al país ahora en pugna. Los que odian a AMLO y los que estarían dispuestos a dar la vida por él. Los que apoyan a Felipe Calderón y los que jamás aceptarán que sea Presidente. Peleando, denunciando, marchando, confrontando. Incondicionales de la causa por la que luchan con tanto frenesí. El México tribal atrapado en un plantón mental.
A la vista de todos, día tras día. En los campamentos y en el Congreso; en los discursos y en las diatribas; en el recuento de los votos y en la disputa sobre los resultados que arroja. Versiones encontradas que harán difícil llegar a una verdad compartida. Visiones enfrentadas que harán imposible la construcción de consensos necesarios. Correos electrónicos cargados de reclamos, repletos de insultos, llenos de odio. Pancartas y panfletos y desplegados usados como armas en una batalla campal. Los fanatismos cultivados dentro de un bando y alimentados por el otro. Creando un país donde se ha vuelto difícil expresar una opinión sin ser acribillado por ella; donde se ha vuelto un reto entender al contrario y aceptarlo. Una zona de guerra donde impera el estilo sunni-shiita de hacer política y también de rechazarla.
Hoy el destino de México está determinado por políticos que le apuestan a la polarización y creen que pueden imponerse a través de ella. El PAN apelando a los pacíficos y AMLO amenazando con despertar a los violentos. El PAN invocando el Estado de Derecho y el PRD poniendo en duda su existencia. Calderón hablando del enloquecimiento de su contrincante y López Obrador recordándole cuán pelele es. Calderón actuando dentro de instituciones "impolutas" y López Obrador cuestionando la imparcialidad de su actuación. Calderón iniciando una gira de agradecimiento para los panistas y López Obrador iniciando una insurrección para deshacerse de ellos. Ambos tejiendo ataduras viscerales a su posición; ambos construyendo comunidades de creyentes, cuya fe se vuelve una versión mexicana de tribalismo.
Ese tribalismo belicoso que parte a la población en buenos y malos; que separa a los ciudadanos en puros o impuros; que califica a los que están con la causa y los que la han traicionado. Ese sistema de clasificación que corre en sentido contrario a la nacionalidad compartida por millones de personas. Esa forma perversa de dividir a los mexicanos en función del candidato presidencial al cual han decidido apoyar. Esa miniaturización de los hombres que el Premio Nobel Amartya Sen tanto critica en su nuevo libro Identity and Violence. Esa apuesta a una identidad única y beligerante, componente crucial de la política entendida como un ejercicio de artes marciales, cuyo único objetivo es la confrontación sin fin. Esa reducción de la mexicanidad que tanto los panistas como los lopezobradoristas se han empeñado en llevar a cabo.
Unos y otros, convencidos de que la única forma de generar adeptos y conservarlos es a través de la estridencia o el odio o la descalificación. Unos y otros, instigando el sentido de pertenencia apasionada a un grupo para justificar el maltrato al otro. Unos y otros, convencidos de que la única manera de romper el impasse actual es a través de la aniquilación total del adversario. La destrucción de AMLO o la destrucción del sistema. El aplauso para las instituciones electorales perfectas o el ataque incesante para asegurar su desacreditación. El recuento parcial que revela una elección avalada hasta por el Papa o el recuento total cuyo objetivo -cada día más claro- es la anulación. Nadie quiere ceder, porque tanto Calderón como AMLO han creado una situación donde sería visto como señal de debilidad hacerlo. Nadie quiere alejarse del abismo, porque entrañaría reconocer las posiciones válidas del adversario y antes preferirían tirarse a la barranca con él.
Y por ello el encono sigue junto con las justificaciones que lo acompañan. Como el enemigo es tan vicioso, se vale ser vicioso también. Como el bien del país está en la balanza, se vale emprender desafueros o acampar en Reforma o pagar "spots" incendiarios o insultar a los magistrados del Trife. Como la victoria total está en juego, se vale usar la retórica más rabiosa -"un peligro para México" o "no es una amenaza pero no nos vamos a dejar"- con la idea de eventualmente regresar a posiciones moderadas, que dicen todavía tener. Los acólitos de un lado y los apóstoles del otro, pareciéndose, mimetizándose. Argumentando que el fin justifica los medios, sin darse cuenta de que los medios están determinando el fin. Quienes comenzaron con creencias razonables han dejado que esas creencias los lleven a apoyar causas y personas que ya no lo son. Su afiliación apasionada ha llevado a la malicia y la malicia los ha vuelto extremistas.
Extremistas que poco se parecen a las personas que antes entendíamos y respetábamos. Extremistas a los cuales será necesario recordarles -a diario- que el país viene antes que el hombre o el partido o la causa o la defensa del statu quo. Extremistas de un lado y del otro, lleno de una pasión encomiable pero también presas de un veneno condenable. Ante ellos sí va a ser necesaria una insurrección. Una insurrección de la razón. Una pelea justa, necesaria, impostergable, histórica. La responsabilidad de elegir un país moderno en vez de un país tribal. El reto de construir un país democrático sin destruirlo primero. La tarea de reconocer, valorar y defender que por el bien de todos, primero el país.
Y la lucha por todo lo que se tendrá que hacer para cambiarlo. Por la representación política real a través de la reelección legislativa, y otros instrumentos que permitan la rendición de cuentas. Por la refundación de una clase política tan rapaz como los privilegiados que tanto critica. Por una política económica que ponga a los pobres primero, sin crucificar a quienes no lo son. Por una política social que reduzca las asimetrías condenables que tantos ignoran. Todo aquello por lo cual sí vale la pena luchar, marchar, movilizar. La humanidad compartida de los mexicanos que se merecen más que un país tribal. Porque como se preguntara Gandhi: "Imaginar una nación entera rota a pedazos; ¿cómo hacer entonces una nación?".
Reforma
14 de Agosto del 2006
Pacíficos contra violentos. Panistas contra perredistas. Privilegiados contra pobres. Comprometidos contra vendidos. Quienes piensan que la elección fue inmaculada y quienes hablan del fraude monumental. Quienes insisten en que las instituciones son perfectas y quienes insisten en su refundación total. Quienes creen en el Trife y quienes se aprestan a denunciarlo. Dos bandos atrincherados; dos polos monocromáticos; dos formas diferentes de ver al país ahora en pugna. Los que odian a AMLO y los que estarían dispuestos a dar la vida por él. Los que apoyan a Felipe Calderón y los que jamás aceptarán que sea Presidente. Peleando, denunciando, marchando, confrontando. Incondicionales de la causa por la que luchan con tanto frenesí. El México tribal atrapado en un plantón mental.
A la vista de todos, día tras día. En los campamentos y en el Congreso; en los discursos y en las diatribas; en el recuento de los votos y en la disputa sobre los resultados que arroja. Versiones encontradas que harán difícil llegar a una verdad compartida. Visiones enfrentadas que harán imposible la construcción de consensos necesarios. Correos electrónicos cargados de reclamos, repletos de insultos, llenos de odio. Pancartas y panfletos y desplegados usados como armas en una batalla campal. Los fanatismos cultivados dentro de un bando y alimentados por el otro. Creando un país donde se ha vuelto difícil expresar una opinión sin ser acribillado por ella; donde se ha vuelto un reto entender al contrario y aceptarlo. Una zona de guerra donde impera el estilo sunni-shiita de hacer política y también de rechazarla.
Hoy el destino de México está determinado por políticos que le apuestan a la polarización y creen que pueden imponerse a través de ella. El PAN apelando a los pacíficos y AMLO amenazando con despertar a los violentos. El PAN invocando el Estado de Derecho y el PRD poniendo en duda su existencia. Calderón hablando del enloquecimiento de su contrincante y López Obrador recordándole cuán pelele es. Calderón actuando dentro de instituciones "impolutas" y López Obrador cuestionando la imparcialidad de su actuación. Calderón iniciando una gira de agradecimiento para los panistas y López Obrador iniciando una insurrección para deshacerse de ellos. Ambos tejiendo ataduras viscerales a su posición; ambos construyendo comunidades de creyentes, cuya fe se vuelve una versión mexicana de tribalismo.
Ese tribalismo belicoso que parte a la población en buenos y malos; que separa a los ciudadanos en puros o impuros; que califica a los que están con la causa y los que la han traicionado. Ese sistema de clasificación que corre en sentido contrario a la nacionalidad compartida por millones de personas. Esa forma perversa de dividir a los mexicanos en función del candidato presidencial al cual han decidido apoyar. Esa miniaturización de los hombres que el Premio Nobel Amartya Sen tanto critica en su nuevo libro Identity and Violence. Esa apuesta a una identidad única y beligerante, componente crucial de la política entendida como un ejercicio de artes marciales, cuyo único objetivo es la confrontación sin fin. Esa reducción de la mexicanidad que tanto los panistas como los lopezobradoristas se han empeñado en llevar a cabo.
Unos y otros, convencidos de que la única forma de generar adeptos y conservarlos es a través de la estridencia o el odio o la descalificación. Unos y otros, instigando el sentido de pertenencia apasionada a un grupo para justificar el maltrato al otro. Unos y otros, convencidos de que la única manera de romper el impasse actual es a través de la aniquilación total del adversario. La destrucción de AMLO o la destrucción del sistema. El aplauso para las instituciones electorales perfectas o el ataque incesante para asegurar su desacreditación. El recuento parcial que revela una elección avalada hasta por el Papa o el recuento total cuyo objetivo -cada día más claro- es la anulación. Nadie quiere ceder, porque tanto Calderón como AMLO han creado una situación donde sería visto como señal de debilidad hacerlo. Nadie quiere alejarse del abismo, porque entrañaría reconocer las posiciones válidas del adversario y antes preferirían tirarse a la barranca con él.
Y por ello el encono sigue junto con las justificaciones que lo acompañan. Como el enemigo es tan vicioso, se vale ser vicioso también. Como el bien del país está en la balanza, se vale emprender desafueros o acampar en Reforma o pagar "spots" incendiarios o insultar a los magistrados del Trife. Como la victoria total está en juego, se vale usar la retórica más rabiosa -"un peligro para México" o "no es una amenaza pero no nos vamos a dejar"- con la idea de eventualmente regresar a posiciones moderadas, que dicen todavía tener. Los acólitos de un lado y los apóstoles del otro, pareciéndose, mimetizándose. Argumentando que el fin justifica los medios, sin darse cuenta de que los medios están determinando el fin. Quienes comenzaron con creencias razonables han dejado que esas creencias los lleven a apoyar causas y personas que ya no lo son. Su afiliación apasionada ha llevado a la malicia y la malicia los ha vuelto extremistas.
Extremistas que poco se parecen a las personas que antes entendíamos y respetábamos. Extremistas a los cuales será necesario recordarles -a diario- que el país viene antes que el hombre o el partido o la causa o la defensa del statu quo. Extremistas de un lado y del otro, lleno de una pasión encomiable pero también presas de un veneno condenable. Ante ellos sí va a ser necesaria una insurrección. Una insurrección de la razón. Una pelea justa, necesaria, impostergable, histórica. La responsabilidad de elegir un país moderno en vez de un país tribal. El reto de construir un país democrático sin destruirlo primero. La tarea de reconocer, valorar y defender que por el bien de todos, primero el país.
Y la lucha por todo lo que se tendrá que hacer para cambiarlo. Por la representación política real a través de la reelección legislativa, y otros instrumentos que permitan la rendición de cuentas. Por la refundación de una clase política tan rapaz como los privilegiados que tanto critica. Por una política económica que ponga a los pobres primero, sin crucificar a quienes no lo son. Por una política social que reduzca las asimetrías condenables que tantos ignoran. Todo aquello por lo cual sí vale la pena luchar, marchar, movilizar. La humanidad compartida de los mexicanos que se merecen más que un país tribal. Porque como se preguntara Gandhi: "Imaginar una nación entera rota a pedazos; ¿cómo hacer entonces una nación?".
Luz a luz IV
Germán Dehesa
Reforma - Gaceta del Ángel
14 de Agosto del 2006
Ahora sí ya se volvió loco Martin Luther Peje. Dice que ni va a levantar el plantón Reforma-Zócalo, pero que además está pensando (sic que sic) en nuevas formas de resistencia civil pacífica que seguramente violentarán a miles de ciudadanos. Ya con el cuaco desgobernado, prosiguió diciendo que estas acciones “pueden durar años” (¿qué nomamenir tu mamá?). Imagínense a los moconetes que hoy corren alegres y libres por Reforma sin más peligro que las clases de pintura de Mariagna; imaginen a estas criaturas, hijas del voto por voto, llegando a la tercera edad sin haber salido de Reforma que ya será una tupida selva (”Sonríe: ya te van a jubilar”). Todo es de locos y nadie le pinta a Mahatma AMLO una raya que hasta él agradecería, porque, de momento, no sabe hasta dónde llegará su loca voluntad que es como el Grijalva salido de madre.
En vista de que frente a esta situación Encinas nomás se agacha y Chente se va de lado, querido amigo, es que nosotros los ciudadanos, los empleadores de todos estos desquiciados, tenemos que alzar la voz y decirle a Andrés Manuel: ¡Ay, no marches!
Sueño con que el Trife lo mandara llamar y le dijera: Sr. AMLO, su candidatura arrasó en las Islas Marías, aquí está su constancia y el avión lo espera para trasladarlo a la María Cleofás que será la capital de su República, su principado, su ducado, su reino Montessori, o lo que usted prefiera. Ahí sí puede darse vuelo y concientizar a los internos, a los guardianes que son muy perros y a los feroces tiburcios que nadan alrededor. Dudo que me pelen y por eso seguiremos fregando luz a luz.
Aquí permítanme confiarles que soy una bestia dodecafónica y que en mi artículo que apareció el pasado viernes, conté todo lo referente a este proyecto, pero se me olvidó -¡Oh, Dioses del Anáhuac!- dar la dirección electrónica de esta iniciativa ciudadana: www.despejalaciudad.org.mx. Hace rato, en el palco de los victoriosos Pumas, un colega (ahora más colega que nunca porque este martes regreso, tras 20 años de ausencia, a mis tareas de maestro Universitario: daré una cátedra especial sobre Jorge Luis Borges, todos los martes de 6 a 8 de la noche); un colega, decía yo, con mucha gentileza me mentó a mi mamacita porque leyó el artículo del viernes y, bien a bien, no entendió nada. Pues no. Dibodo, hay veces que se me van las cabras p’al cerro y nomás no puedo regresarlas. Espero haber subsanado el error e igualmente esperamos su ayuda tumultuosa. Actualmente llevamos 172 mil 491 “clics” (que son lo que en la India se considera “un meidral”) que equivalen a una cantidad igual de luces que hemos encendido para despejar esta tiniebla provocada por un insolado personaje que se siente una mezcla de Robespierre, la Madre Teresa y Tomás Garrido Canabal. Por el momento, a mí me viene más o menos guango si ganó o perdió, aunque todo indica que ocurrió esto último, lo que no le reconozco, ni le reconoceré es el derecho a tomar mi ciudad. Eso es intolerable y sin embargo, millones lo toleran. Nosotros no. En buena onda, como dice la juventud, te lo digo: devuélveme mi Ciudad, baboso; ¿pues qué te crees? (no me lo respondas a mí, sino a tu psicoanalista favorito). No sean arreados: sigamos dándole luz a la Ciudad. Y ya.
Termina una semana llena de contrastes. Murió un amigo cercano y queridísimo, un hombre dulce, sabio y firme; inteligente y bienhumorado. Su nombre, José María Sbert. Somos muchos los que lo lloramos. Ya no tengo con quién hablar de Rossini, o de teología, o de lo que se ofreciera. Hoy jugaremos póker y en su lugar habitual habrá un ramo de flores.
Llegará el lunes y a las 13:00 horas debutaré en el 102.5 de FM. Yo lo que quiero es llorar, pero la vida me gana. Vamos a trabajar.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCLVIL (857)
ARTURO MONTIEL ROJAS.
Cualquier correspondencia con esta columna que ya duró años, favor de dirigirla a
german@plazadelangel.com.mx (D.R)
Reforma - Gaceta del Ángel
14 de Agosto del 2006
Ahora sí ya se volvió loco Martin Luther Peje. Dice que ni va a levantar el plantón Reforma-Zócalo, pero que además está pensando (sic que sic) en nuevas formas de resistencia civil pacífica que seguramente violentarán a miles de ciudadanos. Ya con el cuaco desgobernado, prosiguió diciendo que estas acciones “pueden durar años” (¿qué nomamenir tu mamá?). Imagínense a los moconetes que hoy corren alegres y libres por Reforma sin más peligro que las clases de pintura de Mariagna; imaginen a estas criaturas, hijas del voto por voto, llegando a la tercera edad sin haber salido de Reforma que ya será una tupida selva (”Sonríe: ya te van a jubilar”). Todo es de locos y nadie le pinta a Mahatma AMLO una raya que hasta él agradecería, porque, de momento, no sabe hasta dónde llegará su loca voluntad que es como el Grijalva salido de madre.
En vista de que frente a esta situación Encinas nomás se agacha y Chente se va de lado, querido amigo, es que nosotros los ciudadanos, los empleadores de todos estos desquiciados, tenemos que alzar la voz y decirle a Andrés Manuel: ¡Ay, no marches!
Sueño con que el Trife lo mandara llamar y le dijera: Sr. AMLO, su candidatura arrasó en las Islas Marías, aquí está su constancia y el avión lo espera para trasladarlo a la María Cleofás que será la capital de su República, su principado, su ducado, su reino Montessori, o lo que usted prefiera. Ahí sí puede darse vuelo y concientizar a los internos, a los guardianes que son muy perros y a los feroces tiburcios que nadan alrededor. Dudo que me pelen y por eso seguiremos fregando luz a luz.
Aquí permítanme confiarles que soy una bestia dodecafónica y que en mi artículo que apareció el pasado viernes, conté todo lo referente a este proyecto, pero se me olvidó -¡Oh, Dioses del Anáhuac!- dar la dirección electrónica de esta iniciativa ciudadana: www.despejalaciudad.org.mx. Hace rato, en el palco de los victoriosos Pumas, un colega (ahora más colega que nunca porque este martes regreso, tras 20 años de ausencia, a mis tareas de maestro Universitario: daré una cátedra especial sobre Jorge Luis Borges, todos los martes de 6 a 8 de la noche); un colega, decía yo, con mucha gentileza me mentó a mi mamacita porque leyó el artículo del viernes y, bien a bien, no entendió nada. Pues no. Dibodo, hay veces que se me van las cabras p’al cerro y nomás no puedo regresarlas. Espero haber subsanado el error e igualmente esperamos su ayuda tumultuosa. Actualmente llevamos 172 mil 491 “clics” (que son lo que en la India se considera “un meidral”) que equivalen a una cantidad igual de luces que hemos encendido para despejar esta tiniebla provocada por un insolado personaje que se siente una mezcla de Robespierre, la Madre Teresa y Tomás Garrido Canabal. Por el momento, a mí me viene más o menos guango si ganó o perdió, aunque todo indica que ocurrió esto último, lo que no le reconozco, ni le reconoceré es el derecho a tomar mi ciudad. Eso es intolerable y sin embargo, millones lo toleran. Nosotros no. En buena onda, como dice la juventud, te lo digo: devuélveme mi Ciudad, baboso; ¿pues qué te crees? (no me lo respondas a mí, sino a tu psicoanalista favorito). No sean arreados: sigamos dándole luz a la Ciudad. Y ya.
Termina una semana llena de contrastes. Murió un amigo cercano y queridísimo, un hombre dulce, sabio y firme; inteligente y bienhumorado. Su nombre, José María Sbert. Somos muchos los que lo lloramos. Ya no tengo con quién hablar de Rossini, o de teología, o de lo que se ofreciera. Hoy jugaremos póker y en su lugar habitual habrá un ramo de flores.
Llegará el lunes y a las 13:00 horas debutaré en el 102.5 de FM. Yo lo que quiero es llorar, pero la vida me gana. Vamos a trabajar.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCLVIL (857)
ARTURO MONTIEL ROJAS.
Cualquier correspondencia con esta columna que ya duró años, favor de dirigirla a
german@plazadelangel.com.mx (D.R)
Conjura legal
María Amparo Casar
Reforma
14 de Agosto del 2006
Hay malas noticias para los que creíamos que la democracia, al menos en su sentido más restrictivo, había sentado sus reales en México. Nuestra creencia no estaba basada en la ingenuidad o el optimismo. Teníamos señales claras de que la democracia iba por buen camino y no habría por qué temer su involución. Creíamos que al menos por parte de los partidos -de aquellas fuerzas políticas que se habían decidido por la institucionalidad y la legalidad- había quedado conjurada la posibilidad de un desafío a las instituciones democráticas, en particular al IFE y al Tribunal. Creíamos que los candados impuestos por una legislación que ponía en manos de autoridades autónomas y de los ciudadanos el proceso electoral evitarían la posibilidad de que se argumentara la existencia de un fraude maquinado.
Al iniciar la década de los noventa, y espoleados por el fraude de 1988, veíamos la construcción de la democracia electoral como un objetivo alcanzable en el corto plazo. La oposición, impedida de la posibilidad de gobernar, no por la negativa de los ciudadanos a otorgársela, sino por la ausencia de elecciones justas libres y equitativas, unió fuerzas para ir modificando la legislación electoral y acceder al poder.
La reforma de 1996, aprobada por todos los partidos políticos sin excepción, permitió que en 1997 se hablara por primera vez en México de elecciones verdaderamente justas, fiables y transparentes. Se demostró que con juego limpio, ofertas distintas, equidad en la contienda e instituciones autónomas, la oposición podía crecer hasta ser mayoría. Así fue. Inició entonces una era de gobiernos divididos.
En el 2000 veíamos la posibilidad de la alternancia por la vía electoral como un objetivo alcanzable que dependía, únicamente, de los electores. Así fue. Las dudas de que el PRI quisiera aferrarse al poder por encima de la voluntad de los votantes y de la decisión de las autoridades electorales quedó despejada la misma noche de la elección.
En 2003 hablamos de la tercera elección federal verdaderamente democrática y de un voto de castigo al partido en el poder por no haber cumplido con las expectativas generadas. Así fue. El PAN perdió 50 asientos en la Cámara de Diputados.
Los mismos signos democratizadores ocurrían a nivel local. Estados y municipios cambiaron o refrendaron al partido en el poder en condiciones cada vez de mayor libertad, equidad, certeza y transparencia. La mayoría de las elecciones transcurrió en calma y los resultados fueron aceptados en primera instancia por los derrotados en la contienda. Pero en muchas de ellas hubo denuncias, recursos de revisión, impugnaciones y juicios de inconformidad. En muchas de ellas las distintas fuerzas políticas derrotadas pidieron revisión de actas, apertura de urnas, recuento de votos, anulación de casillas e incluso la anulación en su totalidad de más de un proceso electoral. Las inconformidades fueron procesadas por las vías previstas confirmando el resultado en algunos casos y revirtiéndolo en otros.
En todas estas elecciones hubo una constante. Los partidos y candidatos que suponían y alegaban haber ganado pelearon por la vía legal el resultado que creían les favorecía pero al final reconocieron y acataron, de buen o mal grado, las resoluciones que dictaron, según fuera el caso, los tribunales electorales estatales o el federal.
Detrás de este reconocimiento había una conducta democrática que creíamos asentada, firme, invariable por parte de todos los partidos y candidatos. Una determinación a regirse en las buenas -cuando se gana- y en las malas -cuando se pierde- por la voluntad de los electores y las disposiciones que marca la ley. Una disposición a reconocer que la última palabra la tienen los tribunales.
López Obrador está acabando con esta tradición. De ese tamaño es su responsabilidad.
Las experiencias electorales de la última década -no la ingenuidad ni el optimismo- fueron las que nos alentaron a creer en el afianzamiento de la democracia: en la estabilidad, previsibilidad y certidumbre que ella ofrece.
De pronto, las certezas que debe brindar la democracia desaparecen porque un candidato que aceptó jugar con las reglas del juego y someterse a sus resultados decidió no hacerlo. Porque un candidato que no ha podido demostrar el fraude se resiste a aceptar un resultado que hasta el momento no le favorece. Porque un candidato decidió emprender una lucha que ya traspasó las fronteras de la legalidad y de la institucionalidad. Porque un candidato exige: "...tienen que reconocer que nosotros ganamos la elección".
No se sabe si el comportamiento de un actor político dispuesto a atentar contra las instituciones sea suficiente para hacerlas tambalear. Lo que sí se sabe es que su conducta y actitud no son las de un demócrata. Lo que sí se confirma es que todavía hay quienes están dispuestos a violar las reglas del juego democrático.
Reforma
14 de Agosto del 2006
Hay malas noticias para los que creíamos que la democracia, al menos en su sentido más restrictivo, había sentado sus reales en México. Nuestra creencia no estaba basada en la ingenuidad o el optimismo. Teníamos señales claras de que la democracia iba por buen camino y no habría por qué temer su involución. Creíamos que al menos por parte de los partidos -de aquellas fuerzas políticas que se habían decidido por la institucionalidad y la legalidad- había quedado conjurada la posibilidad de un desafío a las instituciones democráticas, en particular al IFE y al Tribunal. Creíamos que los candados impuestos por una legislación que ponía en manos de autoridades autónomas y de los ciudadanos el proceso electoral evitarían la posibilidad de que se argumentara la existencia de un fraude maquinado.
Al iniciar la década de los noventa, y espoleados por el fraude de 1988, veíamos la construcción de la democracia electoral como un objetivo alcanzable en el corto plazo. La oposición, impedida de la posibilidad de gobernar, no por la negativa de los ciudadanos a otorgársela, sino por la ausencia de elecciones justas libres y equitativas, unió fuerzas para ir modificando la legislación electoral y acceder al poder.
La reforma de 1996, aprobada por todos los partidos políticos sin excepción, permitió que en 1997 se hablara por primera vez en México de elecciones verdaderamente justas, fiables y transparentes. Se demostró que con juego limpio, ofertas distintas, equidad en la contienda e instituciones autónomas, la oposición podía crecer hasta ser mayoría. Así fue. Inició entonces una era de gobiernos divididos.
En el 2000 veíamos la posibilidad de la alternancia por la vía electoral como un objetivo alcanzable que dependía, únicamente, de los electores. Así fue. Las dudas de que el PRI quisiera aferrarse al poder por encima de la voluntad de los votantes y de la decisión de las autoridades electorales quedó despejada la misma noche de la elección.
En 2003 hablamos de la tercera elección federal verdaderamente democrática y de un voto de castigo al partido en el poder por no haber cumplido con las expectativas generadas. Así fue. El PAN perdió 50 asientos en la Cámara de Diputados.
Los mismos signos democratizadores ocurrían a nivel local. Estados y municipios cambiaron o refrendaron al partido en el poder en condiciones cada vez de mayor libertad, equidad, certeza y transparencia. La mayoría de las elecciones transcurrió en calma y los resultados fueron aceptados en primera instancia por los derrotados en la contienda. Pero en muchas de ellas hubo denuncias, recursos de revisión, impugnaciones y juicios de inconformidad. En muchas de ellas las distintas fuerzas políticas derrotadas pidieron revisión de actas, apertura de urnas, recuento de votos, anulación de casillas e incluso la anulación en su totalidad de más de un proceso electoral. Las inconformidades fueron procesadas por las vías previstas confirmando el resultado en algunos casos y revirtiéndolo en otros.
En todas estas elecciones hubo una constante. Los partidos y candidatos que suponían y alegaban haber ganado pelearon por la vía legal el resultado que creían les favorecía pero al final reconocieron y acataron, de buen o mal grado, las resoluciones que dictaron, según fuera el caso, los tribunales electorales estatales o el federal.
Detrás de este reconocimiento había una conducta democrática que creíamos asentada, firme, invariable por parte de todos los partidos y candidatos. Una determinación a regirse en las buenas -cuando se gana- y en las malas -cuando se pierde- por la voluntad de los electores y las disposiciones que marca la ley. Una disposición a reconocer que la última palabra la tienen los tribunales.
López Obrador está acabando con esta tradición. De ese tamaño es su responsabilidad.
Las experiencias electorales de la última década -no la ingenuidad ni el optimismo- fueron las que nos alentaron a creer en el afianzamiento de la democracia: en la estabilidad, previsibilidad y certidumbre que ella ofrece.
De pronto, las certezas que debe brindar la democracia desaparecen porque un candidato que aceptó jugar con las reglas del juego y someterse a sus resultados decidió no hacerlo. Porque un candidato que no ha podido demostrar el fraude se resiste a aceptar un resultado que hasta el momento no le favorece. Porque un candidato decidió emprender una lucha que ya traspasó las fronteras de la legalidad y de la institucionalidad. Porque un candidato exige: "...tienen que reconocer que nosotros ganamos la elección".
No se sabe si el comportamiento de un actor político dispuesto a atentar contra las instituciones sea suficiente para hacerlas tambalear. Lo que sí se sabe es que su conducta y actitud no son las de un demócrata. Lo que sí se confirma es que todavía hay quienes están dispuestos a violar las reglas del juego democrático.
Menos de dos mil votos
Ciro Gómez Leyva
Milenio - La Historia en Breve
14/08/2006
Si se cruzan los números obtenidos con las actas y paquetes de por aquí y por allá, la creencia de que entre el 2 y el 5 de julio hubo un fraude electoral cae en fase de desahucio.
Apelando de nuevo a la fe ciega más que a documentos rocosos, los integrantes de la coalición Por el Bien de Todos anuncian que la pérdida para Felipe Calderón una vez recontadas las 11 mil 839 casillas oscilará los 13 mil votos.
Dicen que no es poca cosa y, graciosamente, se ponen a trazar proyecciones: si recuperamos estos votos, multipliquen por las casillas que faltan, anulen las que sobren y ya verán. Se engañan a sí mismos.
El lopezobradorismo cruzaba los dedos hace ocho días para que el recuento concluyera con una recuperación de 40 a 60 mil votos a favor de Andrés Manuel López Obrador, lo que propulsaría la demanda del voto por voto, casilla por casilla.
Mala señal que en los puntos donde supuestamente el fraude fue atroz hoy le quieran ver la virtud a sólo 13 mil. Pero incluso esos 13 mil votos “arrancados al fraude” pueden ser una fantasía. En sus cuentas conservadoras, el PAN calcula menos de 2 mil votos perdidos para Calderón.
Y en las agresivas, ven incluso un tenue ensanchamiento de la diferencia sobre López Obrador. Los panistas son más puntuales esta vez.
Exponen que perdieron votos en Veracruz y el Distrito Federal, pero que los recobraron en los sospechosos Jalisco, Nuevo León, Guanajuato y en los distritos azules del Estado de México.
No queda muy claro si el Tribunal Electoral difundirá la cuenta global de las 11 mil 839 casillas, ni cuándo lo hará. Pero si en las próximas horas difundiera que en el peor de los presuntos basureros López Obrador no remontó siquiera dos mil votos, se evaporaría la bruma de mentira y desinformación sobre la jornada electoral y las horas que la siguieron.
Quedarán, sí, las causas abstractas de nulidad de la elección, donde la coalición Por el Bien de Todos podrá pelear con más y mejores armas.
El Tribunal tendrá que revisar el siniestro papel del presidente Fox, investigar de qué tamaño fue el gasto del antilopezobradorsimo en los medios, en fin. Pero será otra cosa. Porque de confirmarse que fueron menos de 2 mil los votos recuperados, las banderas del fraude cibernético, el fraude a la antigüita y el fraude a secas se disolverán tristemente.
Milenio - La Historia en Breve
14/08/2006
Si se cruzan los números obtenidos con las actas y paquetes de por aquí y por allá, la creencia de que entre el 2 y el 5 de julio hubo un fraude electoral cae en fase de desahucio.
Apelando de nuevo a la fe ciega más que a documentos rocosos, los integrantes de la coalición Por el Bien de Todos anuncian que la pérdida para Felipe Calderón una vez recontadas las 11 mil 839 casillas oscilará los 13 mil votos.
Dicen que no es poca cosa y, graciosamente, se ponen a trazar proyecciones: si recuperamos estos votos, multipliquen por las casillas que faltan, anulen las que sobren y ya verán. Se engañan a sí mismos.
El lopezobradorismo cruzaba los dedos hace ocho días para que el recuento concluyera con una recuperación de 40 a 60 mil votos a favor de Andrés Manuel López Obrador, lo que propulsaría la demanda del voto por voto, casilla por casilla.
Mala señal que en los puntos donde supuestamente el fraude fue atroz hoy le quieran ver la virtud a sólo 13 mil. Pero incluso esos 13 mil votos “arrancados al fraude” pueden ser una fantasía. En sus cuentas conservadoras, el PAN calcula menos de 2 mil votos perdidos para Calderón.
Y en las agresivas, ven incluso un tenue ensanchamiento de la diferencia sobre López Obrador. Los panistas son más puntuales esta vez.
Exponen que perdieron votos en Veracruz y el Distrito Federal, pero que los recobraron en los sospechosos Jalisco, Nuevo León, Guanajuato y en los distritos azules del Estado de México.
No queda muy claro si el Tribunal Electoral difundirá la cuenta global de las 11 mil 839 casillas, ni cuándo lo hará. Pero si en las próximas horas difundiera que en el peor de los presuntos basureros López Obrador no remontó siquiera dos mil votos, se evaporaría la bruma de mentira y desinformación sobre la jornada electoral y las horas que la siguieron.
Quedarán, sí, las causas abstractas de nulidad de la elección, donde la coalición Por el Bien de Todos podrá pelear con más y mejores armas.
El Tribunal tendrá que revisar el siniestro papel del presidente Fox, investigar de qué tamaño fue el gasto del antilopezobradorsimo en los medios, en fin. Pero será otra cosa. Porque de confirmarse que fueron menos de 2 mil los votos recuperados, las banderas del fraude cibernético, el fraude a la antigüita y el fraude a secas se disolverán tristemente.
AMLO y la prensa internacional
Benito Nacif
Excelsior
14-08-06
Las elecciones presidenciales de México atrajeron en su momento la atención de la opinión pública internacional. Los principales diarios del mundo enviaron a sus corresponsales a cubrir el evento. Para muchos de ellos, la gran pregunta era si México se uniría a las grandes democracias de América del Sur que, con excepción de Colombia, habían adoptado gobiernos de izquierda.
En otras palabras, la atención estaba centrada en López Obrador y lo que él representaba. Los analistas de la prensa internacional querían saber quién era realmente el popular alcalde de la Ciudad de México y qué esperar en caso de que su anunciado triunfo en las elecciones presidenciales se confirmara. ¿Se trataba de un Chávez o un Lula?
El resultado de la elección fue para muchos de ellos decepcionante. Primero, porque el ganador resultó ser Felipe Calderón, el candidato del "conservador" partido en el gobierno (el triunfo de candidatos conservadores no suele ser algo que atrape la imaginación de los corresponsales extranjeros). Segundo, porque días después de que ellos reportaran al mundo unas elecciones pacíficas, ordenadas y transparentes, López Obrador los acuso de ciegos o tontos, pues "observaron pero no vieron" el gran fraude electoral que se fraguó en su propia cara. Tercero, porque efectivamente López Obrador no era ni Chavez ni Lula, sino López Obrador: el mismo de siempre, que luego de perder una elección se dedica a hacerle la vida imposible al ganador, cueste lo que cueste.
El colmo de la historia fue la entrevista a la cadena Univision en la que López Obrador anunció, en contra de toda evidencia disponible y sin más prueba que su palabra, que él era "el Presidente de México por voluntad de la mayoría de los mexicanos". Si esto no fue suficiente para descartarlo como un "perdedor ardido" (palabras de The Economist), AMLO se aseguraría de ello con su siguiente medida: la instalación del plantón permanente en las calles del centro de la Ciudad de México, incluido el emblemático Paseo de la Reforma. Ante los ojos de la prensa internacional aparece como un ejercicio irracional y destructivo del poder político; un castigo injustificado a los habitantes de la Ciudad de México que, el pasado 2 de julio, votaron abrumadoramente por él.
Se podría concluir que, para un político que había manifestado sin empacho su desprecio por el mundo exterior, la opinión pública internacional le resultaba irrelevante. Después de todo, López Obrador se enorgullecía de no tener pasaporte y declaraba, con ese desenfado con el que se anuncian las verdades obvias, que "la mejor política exterior es una buena política interior". Pero, de un político sin estrategia, quien ha conseguido sus éxitos a base de golpes "geniales" para salir de un hoyo antes de entrar al otro, todo puede esperarse.
De forma sorpresiva e inusual, López Obrador decidió lanzar un intento por recuperar el interés y la credibilidad de que alguna vez gozara en la opinión pública internacional. El viernes pasado apareció en las páginas editoriales del prestigioso diario neoyorquino The New York Times un breve artículo firmado por él mismo, en el que se presenta como víctima de una elección amañada y pide el apoyo de la comunidad internacional en su lucha por la democracia en México.
El problema para López Obrador es que su descubrimiento del mundo exterior llega un poco tarde, cuando la opinión pública internacional se ha olvidado de él y se encuentra concentrada en eventos de mayor envergadura. Su artículo aparece publicado un día después de que los servicios de inteligencia británicos frustraran un atentado terrorista de proporciones similares al del 11 de septiembre, organizado por células de Al-Qaeda. Si eso no fuera suficiente, hay una guerra en Líbano que absorbe el esfuerzo diplomático de todo el mundo occidental. Incluso aquellos analistas que siguen la política de América Latina están más interesados en la larga convalecencia de Fidel Castro y la transmisión del poder a su hermano Raúl, que en la campaña por el recuento en México.
El llamado de López Obrador a revisar su caso adolece de una falla aún mayor: está lleno de inconsistencias y omisiones que le restan credibilidad ante la opinión pública internacional. Resultará por lo menos extraño que pida el recuento de los votos para aclarar el resultado de una elección que él mismo juzga como fraudulenta. La comparación de su campaña de "resistencia civil pacífica" con los movimientos de Gandhi y Martin Luther King va más allá de los límites de lo creíble. El candidato que más spots pagados tuvo, que cuenta con el apoyo abierto del gobierno del DF, que dispone del financiamiento público del PRD y cuyos voceros aparecen diariamente en TV dice que la única forma de hacer que su voz sea escuchada es bloqueando "pacíficamente" las calles de la Ciudad de México.
En un punto, sin embargo, resulta muy convincente: López Obrador es una víctima, pero una víctima de sus propios errores.
bnacifmx@yahoo.com
Excelsior
14-08-06
Las elecciones presidenciales de México atrajeron en su momento la atención de la opinión pública internacional. Los principales diarios del mundo enviaron a sus corresponsales a cubrir el evento. Para muchos de ellos, la gran pregunta era si México se uniría a las grandes democracias de América del Sur que, con excepción de Colombia, habían adoptado gobiernos de izquierda.
En otras palabras, la atención estaba centrada en López Obrador y lo que él representaba. Los analistas de la prensa internacional querían saber quién era realmente el popular alcalde de la Ciudad de México y qué esperar en caso de que su anunciado triunfo en las elecciones presidenciales se confirmara. ¿Se trataba de un Chávez o un Lula?
El resultado de la elección fue para muchos de ellos decepcionante. Primero, porque el ganador resultó ser Felipe Calderón, el candidato del "conservador" partido en el gobierno (el triunfo de candidatos conservadores no suele ser algo que atrape la imaginación de los corresponsales extranjeros). Segundo, porque días después de que ellos reportaran al mundo unas elecciones pacíficas, ordenadas y transparentes, López Obrador los acuso de ciegos o tontos, pues "observaron pero no vieron" el gran fraude electoral que se fraguó en su propia cara. Tercero, porque efectivamente López Obrador no era ni Chavez ni Lula, sino López Obrador: el mismo de siempre, que luego de perder una elección se dedica a hacerle la vida imposible al ganador, cueste lo que cueste.
El colmo de la historia fue la entrevista a la cadena Univision en la que López Obrador anunció, en contra de toda evidencia disponible y sin más prueba que su palabra, que él era "el Presidente de México por voluntad de la mayoría de los mexicanos". Si esto no fue suficiente para descartarlo como un "perdedor ardido" (palabras de The Economist), AMLO se aseguraría de ello con su siguiente medida: la instalación del plantón permanente en las calles del centro de la Ciudad de México, incluido el emblemático Paseo de la Reforma. Ante los ojos de la prensa internacional aparece como un ejercicio irracional y destructivo del poder político; un castigo injustificado a los habitantes de la Ciudad de México que, el pasado 2 de julio, votaron abrumadoramente por él.
Se podría concluir que, para un político que había manifestado sin empacho su desprecio por el mundo exterior, la opinión pública internacional le resultaba irrelevante. Después de todo, López Obrador se enorgullecía de no tener pasaporte y declaraba, con ese desenfado con el que se anuncian las verdades obvias, que "la mejor política exterior es una buena política interior". Pero, de un político sin estrategia, quien ha conseguido sus éxitos a base de golpes "geniales" para salir de un hoyo antes de entrar al otro, todo puede esperarse.
De forma sorpresiva e inusual, López Obrador decidió lanzar un intento por recuperar el interés y la credibilidad de que alguna vez gozara en la opinión pública internacional. El viernes pasado apareció en las páginas editoriales del prestigioso diario neoyorquino The New York Times un breve artículo firmado por él mismo, en el que se presenta como víctima de una elección amañada y pide el apoyo de la comunidad internacional en su lucha por la democracia en México.
El problema para López Obrador es que su descubrimiento del mundo exterior llega un poco tarde, cuando la opinión pública internacional se ha olvidado de él y se encuentra concentrada en eventos de mayor envergadura. Su artículo aparece publicado un día después de que los servicios de inteligencia británicos frustraran un atentado terrorista de proporciones similares al del 11 de septiembre, organizado por células de Al-Qaeda. Si eso no fuera suficiente, hay una guerra en Líbano que absorbe el esfuerzo diplomático de todo el mundo occidental. Incluso aquellos analistas que siguen la política de América Latina están más interesados en la larga convalecencia de Fidel Castro y la transmisión del poder a su hermano Raúl, que en la campaña por el recuento en México.
El llamado de López Obrador a revisar su caso adolece de una falla aún mayor: está lleno de inconsistencias y omisiones que le restan credibilidad ante la opinión pública internacional. Resultará por lo menos extraño que pida el recuento de los votos para aclarar el resultado de una elección que él mismo juzga como fraudulenta. La comparación de su campaña de "resistencia civil pacífica" con los movimientos de Gandhi y Martin Luther King va más allá de los límites de lo creíble. El candidato que más spots pagados tuvo, que cuenta con el apoyo abierto del gobierno del DF, que dispone del financiamiento público del PRD y cuyos voceros aparecen diariamente en TV dice que la única forma de hacer que su voz sea escuchada es bloqueando "pacíficamente" las calles de la Ciudad de México.
En un punto, sin embargo, resulta muy convincente: López Obrador es una víctima, pero una víctima de sus propios errores.
bnacifmx@yahoo.com
La ley en el trópico
Raymundo Riva Palacio
El Universal - Estrictamente personal
14 de agosto de 2006
Vivimos en dos Méxicos: el que aspira tener un país de leyes, y el mayoritario, proclive a mantener el ´statu quo´ y la politización de la justicia
Si México fuera una democracia, tendría una cultura jurídica que le diera sustento a su orden democrático, pues no hay democracia plena sin un estado de derecho. Afortunadamente para el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Alejandro Encinas, para la coalición Por el Bien de Todos, para su candidato Andrés Manuel López Obrador, para los autores intelectuales y materiales del megaplantón en la ciudad de México y para muchos de los que ahí participan, somos todavía un país de carcajada donde la ley se usa a discreción y forma parte, sobre todo, del folclor nacional. De otra manera, más de 17 violaciones a la Constitución, a los códigos penales federales y del Distrito Federal, a la ley electoral y a la de responsabilidades de funcionarios públicos en las que incurrieron colectivamente, les significarían juicio político, destitución, pérdida de registro de candidatos, multas por 10 mil días de salarios mínimos y cárcel hasta por nueve años.
La parte más clara de la picota la tiene Encinas, un político de buena trayectoria que está atrapado en el sitio lopezobradorista donde el primero que recule al radicalismo es ajusticiado. En su balance debe pesar más esa lealtad o ese temor a la guillotina de su candidato, acompañado con la certeza de que en este país lo anormal es cumplir la ley, por lo que es irrelevante que él la viole pues no habrá poder alguno que lo sancione. Razones habría, de sobra, pues el jefe de Gobierno es el principal violador de leyes a propósito del megaplantón. El más importante que vulnera es el 11 constitucional, que se refiere a la libertad de tránsito, pues incumple su función de ser garante de que ello suceda. Al hacerlo, incumple las obligaciones en los artículos octavo y 47 de la Ley Federal de Responsabilidades de los Servidores Públicos, por lo que procede un juicio político por el cual podría ser destituido. Otro artículo constitucional que viola es el quinto, sobre la libertad de trabajo. Al avalar con los bloqueos a bancos y con la crisis económica derivada del plantón -que redundó en despidos y cierres de pequeños negocios-, privó a los trabajadores de su trabajo.
No es lo único. Encinas y otros funcionarios del gobierno capitalino están violando el Código Penal Federal al facilitar recursos y medios para apoyar a la coalición en el megaplantón. Por ese delito del artículo 407, alcanzarían hasta 400 días de salario mínimo de multa y nueve años de prisión, que es una pena similar por la violación del artículo 412 por hacerlo "a sabiendas", como el mismo Encinas declaró que respaldaría asumiendo todos los costos que ello implicaba. Por estas mismas razones violó el artículo 214 de ejercicio indebido de servicio público, además del octavo, por haber incumplido sus funciones de cumplir "con la máxima diligencia" el servicio que le fue encomendado. Como ejemplos bastaría señalar la ruptura del orden, la violación de las garantías individuales de los ciudadanos afectados por el megaplantón, el respaldo de la policía para el mismo y, por si no fueran suficientes los agravantes, la participación en turnos de trabajadores del gobierno capitalino en el mismo con el financiamiento colateral, lo que, adicionalmente, los llevaría a fincarles responsabilidades por el delito de peculado, dispuesto en el artículo 223 del Código Penal Federal. Visto de una manera grotesca, Encinas se dio un golpe de Estado como gobernante del Distrito Federal con el único propósito de cortarse la cabeza.
La paradoja de todo es que no puede enmarcarse la ciudad de México dentro de la ingobernabilidad. No hay un grupo fuera de la ley que controla la vida de varios millones de capitalinos todos los días, sino los responsables de aplicar la ley, quienes lo hacen de manera geográficamente discrecional. Sólo hay ingobernabilidad donde lo desean y cuando lo desean. En ello, solaparon las violaciones que en sí mismo, cometieron los autores intelectuales y materiales del megaplantón. Quienes ahí están violaron el artículo 165 del Código Penal Federal por paralizar en parte el libre tránsito, que los haría merecedores de multas hasta de 10 mil días de salario mínimo y cárcel hasta por nueve años. Infringieron también el 185 al impedir la prestación de servicios públicos, el 331 por hacer lo mismo con el transporte público, y el 343, la ocupación de áreas verdes, que es un delito considerado grave con penas de prisión hasta de nueve años. No es menos importante otra violación, al 221, por estar utilizando de manera ilegal la energía eléctrica.
Aunque hay decenas de ciudadanos que por su propia voluntad se han sumado a la protesta, el megaplantón tiene una estructura netamente partidista, y quien recorre las carpas políticas sobre Paseo de la Reforma puede apreciar en las tiendas de campaña las fotografías de diputados y senadores electos -a quienes López Obrador encargó parte de esa protesta-, y de los líderes del partido, o participando directamente en las actividades diarias, o afinando todo el tiempo la organización. Ellos también violan el artículo 412 del Código Penal Federal, que establece prisión de dos a nueve años al funcionario partidista o a los organizadores de actos de campaña que, a sabiendas, aprovechen ilícitamente fondos, bienes o servicios, sin otorgarles la libertad provisional.
No sólo los dirigentes perredistas estarían en problemas en un país de leyes. Todos los partidos de la coalición, el PRD, Convergencia y el Partido del Trabajo, incurrieron en la violación del artículo 49 del Cofipe, que establece la prohibición de desvío de recursos de los contribuyentes -pues es dinero de impuestos que les entregan a los partidos vía IFE- para cualquier tipo de actividad fuera del sostenimiento de sus actividades ordinarias. Aunque podrían alegar que la resistencia civil postelectoral incluye el megaplantón, difícilmente un estado de derecho les quitaría la sanción establecida en el artículo 269, con una "amonestación, multa, reducción o suspensión de sus ministraciones, suspensión o cancelación de registros como candidatos", fundamentadas en el artículo 38 que les exige conducir sus actividades "dentro de los cauces legales, y ajustar su conducta y la de sus militantes a los principios de Estado democrático, respetando la libre participación política de los demás partidos políticos y los derechos de los ciudadanos".
Pero no tienen de qué preocuparse las personas más legalistas dentro de la coalición o entre sus simpatizantes. Este fue sólo un ejercicio retórico pues no importa qué tan sustentada pueda estar una violación a la ley, ni qué tan sistemática es su vulneración; no pasará nada. Hay un México que aspira a tener un país de leyes, pero hay un México, evidentemente más grande, que suspira por mantener la ley dentro de los parámetros de los regímenes autoritarios: se aplica únicamente a los enemigos; con los amigos y los adversarios políticos, se negocia. Para eso sirve aquí la justicia, como divisa de cambio.
rriva@eluniversal.com.mx
r_rivapalacio@yahoo.com
El Universal - Estrictamente personal
14 de agosto de 2006
Vivimos en dos Méxicos: el que aspira tener un país de leyes, y el mayoritario, proclive a mantener el ´statu quo´ y la politización de la justicia
Si México fuera una democracia, tendría una cultura jurídica que le diera sustento a su orden democrático, pues no hay democracia plena sin un estado de derecho. Afortunadamente para el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Alejandro Encinas, para la coalición Por el Bien de Todos, para su candidato Andrés Manuel López Obrador, para los autores intelectuales y materiales del megaplantón en la ciudad de México y para muchos de los que ahí participan, somos todavía un país de carcajada donde la ley se usa a discreción y forma parte, sobre todo, del folclor nacional. De otra manera, más de 17 violaciones a la Constitución, a los códigos penales federales y del Distrito Federal, a la ley electoral y a la de responsabilidades de funcionarios públicos en las que incurrieron colectivamente, les significarían juicio político, destitución, pérdida de registro de candidatos, multas por 10 mil días de salarios mínimos y cárcel hasta por nueve años.
La parte más clara de la picota la tiene Encinas, un político de buena trayectoria que está atrapado en el sitio lopezobradorista donde el primero que recule al radicalismo es ajusticiado. En su balance debe pesar más esa lealtad o ese temor a la guillotina de su candidato, acompañado con la certeza de que en este país lo anormal es cumplir la ley, por lo que es irrelevante que él la viole pues no habrá poder alguno que lo sancione. Razones habría, de sobra, pues el jefe de Gobierno es el principal violador de leyes a propósito del megaplantón. El más importante que vulnera es el 11 constitucional, que se refiere a la libertad de tránsito, pues incumple su función de ser garante de que ello suceda. Al hacerlo, incumple las obligaciones en los artículos octavo y 47 de la Ley Federal de Responsabilidades de los Servidores Públicos, por lo que procede un juicio político por el cual podría ser destituido. Otro artículo constitucional que viola es el quinto, sobre la libertad de trabajo. Al avalar con los bloqueos a bancos y con la crisis económica derivada del plantón -que redundó en despidos y cierres de pequeños negocios-, privó a los trabajadores de su trabajo.
No es lo único. Encinas y otros funcionarios del gobierno capitalino están violando el Código Penal Federal al facilitar recursos y medios para apoyar a la coalición en el megaplantón. Por ese delito del artículo 407, alcanzarían hasta 400 días de salario mínimo de multa y nueve años de prisión, que es una pena similar por la violación del artículo 412 por hacerlo "a sabiendas", como el mismo Encinas declaró que respaldaría asumiendo todos los costos que ello implicaba. Por estas mismas razones violó el artículo 214 de ejercicio indebido de servicio público, además del octavo, por haber incumplido sus funciones de cumplir "con la máxima diligencia" el servicio que le fue encomendado. Como ejemplos bastaría señalar la ruptura del orden, la violación de las garantías individuales de los ciudadanos afectados por el megaplantón, el respaldo de la policía para el mismo y, por si no fueran suficientes los agravantes, la participación en turnos de trabajadores del gobierno capitalino en el mismo con el financiamiento colateral, lo que, adicionalmente, los llevaría a fincarles responsabilidades por el delito de peculado, dispuesto en el artículo 223 del Código Penal Federal. Visto de una manera grotesca, Encinas se dio un golpe de Estado como gobernante del Distrito Federal con el único propósito de cortarse la cabeza.
La paradoja de todo es que no puede enmarcarse la ciudad de México dentro de la ingobernabilidad. No hay un grupo fuera de la ley que controla la vida de varios millones de capitalinos todos los días, sino los responsables de aplicar la ley, quienes lo hacen de manera geográficamente discrecional. Sólo hay ingobernabilidad donde lo desean y cuando lo desean. En ello, solaparon las violaciones que en sí mismo, cometieron los autores intelectuales y materiales del megaplantón. Quienes ahí están violaron el artículo 165 del Código Penal Federal por paralizar en parte el libre tránsito, que los haría merecedores de multas hasta de 10 mil días de salario mínimo y cárcel hasta por nueve años. Infringieron también el 185 al impedir la prestación de servicios públicos, el 331 por hacer lo mismo con el transporte público, y el 343, la ocupación de áreas verdes, que es un delito considerado grave con penas de prisión hasta de nueve años. No es menos importante otra violación, al 221, por estar utilizando de manera ilegal la energía eléctrica.
Aunque hay decenas de ciudadanos que por su propia voluntad se han sumado a la protesta, el megaplantón tiene una estructura netamente partidista, y quien recorre las carpas políticas sobre Paseo de la Reforma puede apreciar en las tiendas de campaña las fotografías de diputados y senadores electos -a quienes López Obrador encargó parte de esa protesta-, y de los líderes del partido, o participando directamente en las actividades diarias, o afinando todo el tiempo la organización. Ellos también violan el artículo 412 del Código Penal Federal, que establece prisión de dos a nueve años al funcionario partidista o a los organizadores de actos de campaña que, a sabiendas, aprovechen ilícitamente fondos, bienes o servicios, sin otorgarles la libertad provisional.
No sólo los dirigentes perredistas estarían en problemas en un país de leyes. Todos los partidos de la coalición, el PRD, Convergencia y el Partido del Trabajo, incurrieron en la violación del artículo 49 del Cofipe, que establece la prohibición de desvío de recursos de los contribuyentes -pues es dinero de impuestos que les entregan a los partidos vía IFE- para cualquier tipo de actividad fuera del sostenimiento de sus actividades ordinarias. Aunque podrían alegar que la resistencia civil postelectoral incluye el megaplantón, difícilmente un estado de derecho les quitaría la sanción establecida en el artículo 269, con una "amonestación, multa, reducción o suspensión de sus ministraciones, suspensión o cancelación de registros como candidatos", fundamentadas en el artículo 38 que les exige conducir sus actividades "dentro de los cauces legales, y ajustar su conducta y la de sus militantes a los principios de Estado democrático, respetando la libre participación política de los demás partidos políticos y los derechos de los ciudadanos".
Pero no tienen de qué preocuparse las personas más legalistas dentro de la coalición o entre sus simpatizantes. Este fue sólo un ejercicio retórico pues no importa qué tan sustentada pueda estar una violación a la ley, ni qué tan sistemática es su vulneración; no pasará nada. Hay un México que aspira a tener un país de leyes, pero hay un México, evidentemente más grande, que suspira por mantener la ley dentro de los parámetros de los regímenes autoritarios: se aplica únicamente a los enemigos; con los amigos y los adversarios políticos, se negocia. Para eso sirve aquí la justicia, como divisa de cambio.
rriva@eluniversal.com.mx
r_rivapalacio@yahoo.com
Golpismo 'democratico'
Enrique Krauze
Reforma
13 de Agosto del 2006
Para entender el peculiar concepto "democrático" de AMLO viene a cuento una anécdota de Alemania del Este durante la dominación soviética. Se la debo, una vez más, al filósofo Leszek Kolakowski, experto en la disección de mentalidades totalitarias. En los magros estantes de sus ciudades había dos clases de mantequilla: una era, propiamente, mantequilla; otra tenía la marca "verdadera mantequilla". Los compradores sabían muy bien que el producto con la palabra "mantequilla", realmente contenía mantequilla; mientras que el llamado "verdadera mantequilla", contenía una falsa mantequilla.
Una tergiversación similar cunde en México, pero muchos no se han dado cuenta. Un caudillo carismático ha logrado persuadir a un sector de la sociedad de que la democracia no es la democracia: que la democracia es la "verdadera democracia", según él la decreta en "asambleas informativas" que suplantan al Congreso de la Unión, en votaciones plebiscitarias de decenas de miles que suplantan la voluntad de millones, en atentados a la libertad perpetrados en nombre de la libertad.
Lo cierto es que la democracia mexicana (la genuina, sin adjetivos) está viviendo su tercera oportunidad histórica. La primera fue la República Restaurada, remoto experimento de legalidad constitucional que duró un decenio y culminó con el golpe de Estado de Porfirio Díaz. La segunda fue el episodio aún más fugaz del maderismo, en el que por quince meses México trató de vivir respetando al pie de la letra las leyes e instituciones republicanas: el orden federal, la división de poderes, la autonomía del Poder Judicial y todas las libertades, sobre todo la de asociación, expresión y elección. Ese gobierno terminó en el golpe de Estado de Victoriano Huerta (apoyado, hay que recordarlo, por buena parte de la clase intelectual). Desde 1997 vivimos nuestra tercera oportunidad, que puede muy bien ser "la vencida", porque el peligro de que la historia se repita y la democracia se pierda es real.
Porfirio Díaz no disfrazó su golpe de Estado con una fraseología democrática. Sabía que su dominación era ilegítima y por eso convocó a elecciones inmediatas para darle (inútilmente) ese carácter. Victoriano Huerta tampoco justificó su atentado con razones democráticas. En cambio AMLO intenta llegar al poder utilizando una retórica democrática pero desvirtuando la esencia misma de la democracia: la efectividad del sufragio, el mandato de las urnas, el respeto a las libertades, las leyes y las instituciones, la cultura de la tolerancia. En pleno frenesí, ha hecho creer a sus simpatizantes que la "verdadera democracia" está en peligro y hay que defenderla con lo que él llama "resistencia civil pacífica", que en realidad constituye ya una "revolución blanda" en proceso de endurecerse.
El propio AMLO, que tanto se queja del miedo infundido en contra suya, ha sido el primero en infundir el miedo específicamente al trazar (en su artículo en The New York Times del 11 de agosto) el paralelo explícito de nuestra circunstancia con "la elección de 1910 que encendió la revolución". No es ésa la única referencia amenazante que ha utilizado. Como todo mesianismo, el de AMLO requiere de un evangelio y el suyo proviene de su propia (desvariada) interpretación de la historia mexicana, en la que él (modestamente) encarna a Hidalgo, Morelos, Juárez, Zapata y Villa, y sus adversarios representan el régimen colonial, el imperio de Maximiliano, el porfiriato. En todos esos casos, la remoción del viejo régimen se dio por la violencia. La misma actitud está presente también en su programa ("purificador" de todas las instituciones), en el contenido polarizante y el tono "ad terrorem" de su discurso (gestos desafiantes, admoniciones, anatemas, puños cerrados, dedos flamígeros), en la obediencia de sus huestes (que por momentos recuerdan las "turbas divinas" del sandinismo) y en su desdén por el Derecho (arma burguesa en contra de los pobres).
Si en los próximos días el recuento del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación no lo favorece, AMLO procederá, como siempre, a redoblar sus apuestas y radicalizará su movimiento. Tomará instalaciones federales, anunciará tal vez un "gobierno paralelo", y podrá dar inicio a una huelga de hambre. Los ánimos se crisparán, quizá hasta el estallido.
En 1928 -tras una revolución que costó un millón de muertos, en medio de la guerra cristera (que mató a 70,000 personas) y luego del asesinato de Obregón-, Plutarco Elías Calles declaró que México pasaba de "la era de los caudillos a la de las instituciones". Sería una tragedia que casi ochenta años después México viviera una espantosa regresión y pasara de "la era de las instituciones a la de los caudillos" o, peor aún, a "la era del caudillo". Sería una desgracia que, dando la espalda a la democracia, nuestro país volviera al "México bronco" de los años veinte y de allí derivara irremisiblemente hacia una violencia revolucionaria que la inmensa mayoría no quiere. Frente a ese amago, a los ciudadanos no nos queda más que enfrentar lo que venga con valentía y prudencia: la única resistencia civil es la nuestra.
Reforma
13 de Agosto del 2006
Para entender el peculiar concepto "democrático" de AMLO viene a cuento una anécdota de Alemania del Este durante la dominación soviética. Se la debo, una vez más, al filósofo Leszek Kolakowski, experto en la disección de mentalidades totalitarias. En los magros estantes de sus ciudades había dos clases de mantequilla: una era, propiamente, mantequilla; otra tenía la marca "verdadera mantequilla". Los compradores sabían muy bien que el producto con la palabra "mantequilla", realmente contenía mantequilla; mientras que el llamado "verdadera mantequilla", contenía una falsa mantequilla.
Una tergiversación similar cunde en México, pero muchos no se han dado cuenta. Un caudillo carismático ha logrado persuadir a un sector de la sociedad de que la democracia no es la democracia: que la democracia es la "verdadera democracia", según él la decreta en "asambleas informativas" que suplantan al Congreso de la Unión, en votaciones plebiscitarias de decenas de miles que suplantan la voluntad de millones, en atentados a la libertad perpetrados en nombre de la libertad.
Lo cierto es que la democracia mexicana (la genuina, sin adjetivos) está viviendo su tercera oportunidad histórica. La primera fue la República Restaurada, remoto experimento de legalidad constitucional que duró un decenio y culminó con el golpe de Estado de Porfirio Díaz. La segunda fue el episodio aún más fugaz del maderismo, en el que por quince meses México trató de vivir respetando al pie de la letra las leyes e instituciones republicanas: el orden federal, la división de poderes, la autonomía del Poder Judicial y todas las libertades, sobre todo la de asociación, expresión y elección. Ese gobierno terminó en el golpe de Estado de Victoriano Huerta (apoyado, hay que recordarlo, por buena parte de la clase intelectual). Desde 1997 vivimos nuestra tercera oportunidad, que puede muy bien ser "la vencida", porque el peligro de que la historia se repita y la democracia se pierda es real.
Porfirio Díaz no disfrazó su golpe de Estado con una fraseología democrática. Sabía que su dominación era ilegítima y por eso convocó a elecciones inmediatas para darle (inútilmente) ese carácter. Victoriano Huerta tampoco justificó su atentado con razones democráticas. En cambio AMLO intenta llegar al poder utilizando una retórica democrática pero desvirtuando la esencia misma de la democracia: la efectividad del sufragio, el mandato de las urnas, el respeto a las libertades, las leyes y las instituciones, la cultura de la tolerancia. En pleno frenesí, ha hecho creer a sus simpatizantes que la "verdadera democracia" está en peligro y hay que defenderla con lo que él llama "resistencia civil pacífica", que en realidad constituye ya una "revolución blanda" en proceso de endurecerse.
El propio AMLO, que tanto se queja del miedo infundido en contra suya, ha sido el primero en infundir el miedo específicamente al trazar (en su artículo en The New York Times del 11 de agosto) el paralelo explícito de nuestra circunstancia con "la elección de 1910 que encendió la revolución". No es ésa la única referencia amenazante que ha utilizado. Como todo mesianismo, el de AMLO requiere de un evangelio y el suyo proviene de su propia (desvariada) interpretación de la historia mexicana, en la que él (modestamente) encarna a Hidalgo, Morelos, Juárez, Zapata y Villa, y sus adversarios representan el régimen colonial, el imperio de Maximiliano, el porfiriato. En todos esos casos, la remoción del viejo régimen se dio por la violencia. La misma actitud está presente también en su programa ("purificador" de todas las instituciones), en el contenido polarizante y el tono "ad terrorem" de su discurso (gestos desafiantes, admoniciones, anatemas, puños cerrados, dedos flamígeros), en la obediencia de sus huestes (que por momentos recuerdan las "turbas divinas" del sandinismo) y en su desdén por el Derecho (arma burguesa en contra de los pobres).
Si en los próximos días el recuento del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación no lo favorece, AMLO procederá, como siempre, a redoblar sus apuestas y radicalizará su movimiento. Tomará instalaciones federales, anunciará tal vez un "gobierno paralelo", y podrá dar inicio a una huelga de hambre. Los ánimos se crisparán, quizá hasta el estallido.
En 1928 -tras una revolución que costó un millón de muertos, en medio de la guerra cristera (que mató a 70,000 personas) y luego del asesinato de Obregón-, Plutarco Elías Calles declaró que México pasaba de "la era de los caudillos a la de las instituciones". Sería una tragedia que casi ochenta años después México viviera una espantosa regresión y pasara de "la era de las instituciones a la de los caudillos" o, peor aún, a "la era del caudillo". Sería una desgracia que, dando la espalda a la democracia, nuestro país volviera al "México bronco" de los años veinte y de allí derivara irremisiblemente hacia una violencia revolucionaria que la inmensa mayoría no quiere. Frente a ese amago, a los ciudadanos no nos queda más que enfrentar lo que venga con valentía y prudencia: la única resistencia civil es la nuestra.
13 de agosto de 2006
Dulces mentiras
Andrés Pascoe Rippey
Crónica
13 de Agosto de 2006
A Pati, gracias por un año maravilloso.
Tengo una frase para el cobre: la esperanza es cruel y persiste. Es cruel porque estar esperanzados nos mantiene en un eterno estado de expectativa, de proyección hacia delante. Y por eso nos lastima: porque la realidad nos decepciona una y otra vez, rompiéndonos el corazón poco a poco. Pero seguimos creyendo y, al hacerlo, nos volvemos a decepcionar.
Este fenómeno se vuelve aún más grave cuando se alimenta de mentiras, mentiras que optamos por creer, aunque en el fondo de nuestra mente sepamos que son mentiras; mentiras que deseamos —con furia— que sean verdad, con tanta furia que haremos cualquier malabar retórico con tal de que se cumpla.
Pero la realidad, al final, vuelve a imponerse y vuelve a dolernos. Las mentiras sólo duran cierto tiempo y se van desgastando, contradiciendo, volviéndose evidentes. Sin embargo, más fuerte que cualquier realidad son las ganas de creer.
Eso es lo que están padeciendo hoy los fervientes seguidores de Andrés Manuel López Obrador. A pesar de que la realidad los sigue desmintiendo día a día, con rudeza a veces, todo elemento es reinterpretado, masticado y adaptado para justificar la mentira original.
Para entender esta mentira original hay que hacer un poco de memoria. Recordemos el día de la elección. AMLO llegó no sólo prometiendo que respetaría el resultado, sino seguro de un éxito rotundo. Su asesor Manuel Camacho escribió, ese día, un artículo que saldría publicado el tres de julio, en el que celebraba la responsabilidad cívica de los mexicanos.
Esa misma noche, el ex jefe de gobierno celebró en el Zócalo: “ganamos la elección” dijo, apoyando su creencia en “actas y encuestas de salida”. Osado, incluso aventuró la cifra con la cual ganó: 500 mil votos.
Las actas jamás las vio nadie. Las encuestas de salida fueron contradichas por otras. Pero ya, esa misma noche, era demasiado tarde. Ya había dicho que ganó, y en la dimensión AMLO retractarse es el suicidio. Así que a partir de ahí empezó la construcción de la teoría del robo, que empezó con “irregularidades”, pasó a “fraude” y acabó en “cochinero”. Las primeras evidencias fueron burdamente desmentidas. Pero no importa: la esperanza persistía. Con nuevas evidencias, cada vez más delirantes (hubo ciberfraude; siempre no; siempre sí), la gran mentira se fue construyendo, para llegar a su culminación máxima: “es moralmente imposible que gane la derecha”. Irónicamente, no había escuchado una retórica tan anticuada desde que estuve en Chile, dónde los ultraderechistas también consideran “moralmente imposible” (¡cita exacta!) que se condene a Pinochet a prisión.
Mientras los críticos de AMLO se sintieron tranquilos al confirmar que, en efecto, es un tipo que no respeta las leyes ni las instituciones, algunos de sus seguidores empezaron a dudar. ¿Era tan claro el “fraude”? ¿Era necesario el plantón en el centro de la ciudad? ¿Por qué las demandas se contradecían? ¿Cómo se pide recuento y al mismo tiempo se rechaza, se preguntó Denise Dresser? Ella, junto con todos los que se atrevieron a criticar los métodos o las formas de protesta de AMLO han sido castigados. El mismo dijo “son intelectuales... no tienen oficio político”. O, en otras palabras: cuestionarme es “moralmente imposible”.
Mentira que cae es respaldada con una nueva. La carta del ex candidato al New York Times es de lo más reveladora. En ella, al pedir apoyo internacional para su causa, asegura que “las encuestas finales pre-elección mostraban a mi coalición adelante o empatada con el PAN de Calderón”. What? ¿No que todas esas encuestas estaban cuchareadeas? ¿No que diez puntos de ventaja? En ese mismo texto asegura que “el Tribunal ordenó un recuento inexplicablemente restrictivo”. Una vez dije en este espacio que AMLO había pedido el “voto por voto” porque sabía que no se lo darían. Ahora se puede ir más lejos: pidió el recuento voto por voto ASEGURANDOSE que no se lo dieran. De lo contrario, habría impugnado todos los distritos. Era muy sencillo. Pero no lo hizo.
Pero esa carta es lo de menos. Es mucho más trágico lo que pasó con el recuento que ordenó el Trife. Por un lado lo considera inútil y se descarta, pero por otro lo parece evidencia clara y suficiente de que hubo fraude. ¿Cómo puede algo al mismo tiempo ser inútil y prueba fehaciente?
La gran frustración de los perredistas es que esperaban que Calderón perdería entre 20 y 60 mil votos: más que suficiente para demostrar que había un manipuleo real. Sin embargo, los cambios no fueron así. Se mostraron errores de sumas, fallas ciudadanas; se mostró que la gente se equivoca a veces y que había variaciones. Pero jamás se logró demostrar que la variación era tan grande como para alterar el resultado. No se constató un intento decidido a alterar la elección. Eso, claro está, no importa: con que cambiase un voto era suficiente para que los fans de AMLO gritaran fraude. Porque, la verdad, AMLO nunca necesitó probar nada. Bastaba con que él opinara que le robaron su “legítimo triunfo”. La esperanza es más que suficiente para alimentar a los duros. La esperanza y algunas mentiras. Por eso ahora su propuesta de “purificar” la vida pública es vista como el eje de su proyecto de Nación. ¿Quién es el Gran Purificador? El y sólo él: el hombre, el mito. Aquél que tiene en sus manos la verdad redentora.
Como sea, y con lo dolorosa que es, la esperanza es importante. Hay que tenerla. Hay que cuidarla. Es una fuerza de cambio, de progreso, de motivación. Pero sobre todo, no hay que desperdiciarla en causas engañosas y que, al final están sustentadas en la vanidad de un hombre.
apascoe@cronica.com.mx
Crónica
13 de Agosto de 2006
A Pati, gracias por un año maravilloso.
Tengo una frase para el cobre: la esperanza es cruel y persiste. Es cruel porque estar esperanzados nos mantiene en un eterno estado de expectativa, de proyección hacia delante. Y por eso nos lastima: porque la realidad nos decepciona una y otra vez, rompiéndonos el corazón poco a poco. Pero seguimos creyendo y, al hacerlo, nos volvemos a decepcionar.
Este fenómeno se vuelve aún más grave cuando se alimenta de mentiras, mentiras que optamos por creer, aunque en el fondo de nuestra mente sepamos que son mentiras; mentiras que deseamos —con furia— que sean verdad, con tanta furia que haremos cualquier malabar retórico con tal de que se cumpla.
Pero la realidad, al final, vuelve a imponerse y vuelve a dolernos. Las mentiras sólo duran cierto tiempo y se van desgastando, contradiciendo, volviéndose evidentes. Sin embargo, más fuerte que cualquier realidad son las ganas de creer.
Eso es lo que están padeciendo hoy los fervientes seguidores de Andrés Manuel López Obrador. A pesar de que la realidad los sigue desmintiendo día a día, con rudeza a veces, todo elemento es reinterpretado, masticado y adaptado para justificar la mentira original.
Para entender esta mentira original hay que hacer un poco de memoria. Recordemos el día de la elección. AMLO llegó no sólo prometiendo que respetaría el resultado, sino seguro de un éxito rotundo. Su asesor Manuel Camacho escribió, ese día, un artículo que saldría publicado el tres de julio, en el que celebraba la responsabilidad cívica de los mexicanos.
Esa misma noche, el ex jefe de gobierno celebró en el Zócalo: “ganamos la elección” dijo, apoyando su creencia en “actas y encuestas de salida”. Osado, incluso aventuró la cifra con la cual ganó: 500 mil votos.
Las actas jamás las vio nadie. Las encuestas de salida fueron contradichas por otras. Pero ya, esa misma noche, era demasiado tarde. Ya había dicho que ganó, y en la dimensión AMLO retractarse es el suicidio. Así que a partir de ahí empezó la construcción de la teoría del robo, que empezó con “irregularidades”, pasó a “fraude” y acabó en “cochinero”. Las primeras evidencias fueron burdamente desmentidas. Pero no importa: la esperanza persistía. Con nuevas evidencias, cada vez más delirantes (hubo ciberfraude; siempre no; siempre sí), la gran mentira se fue construyendo, para llegar a su culminación máxima: “es moralmente imposible que gane la derecha”. Irónicamente, no había escuchado una retórica tan anticuada desde que estuve en Chile, dónde los ultraderechistas también consideran “moralmente imposible” (¡cita exacta!) que se condene a Pinochet a prisión.
Mientras los críticos de AMLO se sintieron tranquilos al confirmar que, en efecto, es un tipo que no respeta las leyes ni las instituciones, algunos de sus seguidores empezaron a dudar. ¿Era tan claro el “fraude”? ¿Era necesario el plantón en el centro de la ciudad? ¿Por qué las demandas se contradecían? ¿Cómo se pide recuento y al mismo tiempo se rechaza, se preguntó Denise Dresser? Ella, junto con todos los que se atrevieron a criticar los métodos o las formas de protesta de AMLO han sido castigados. El mismo dijo “son intelectuales... no tienen oficio político”. O, en otras palabras: cuestionarme es “moralmente imposible”.
Mentira que cae es respaldada con una nueva. La carta del ex candidato al New York Times es de lo más reveladora. En ella, al pedir apoyo internacional para su causa, asegura que “las encuestas finales pre-elección mostraban a mi coalición adelante o empatada con el PAN de Calderón”. What? ¿No que todas esas encuestas estaban cuchareadeas? ¿No que diez puntos de ventaja? En ese mismo texto asegura que “el Tribunal ordenó un recuento inexplicablemente restrictivo”. Una vez dije en este espacio que AMLO había pedido el “voto por voto” porque sabía que no se lo darían. Ahora se puede ir más lejos: pidió el recuento voto por voto ASEGURANDOSE que no se lo dieran. De lo contrario, habría impugnado todos los distritos. Era muy sencillo. Pero no lo hizo.
Pero esa carta es lo de menos. Es mucho más trágico lo que pasó con el recuento que ordenó el Trife. Por un lado lo considera inútil y se descarta, pero por otro lo parece evidencia clara y suficiente de que hubo fraude. ¿Cómo puede algo al mismo tiempo ser inútil y prueba fehaciente?
La gran frustración de los perredistas es que esperaban que Calderón perdería entre 20 y 60 mil votos: más que suficiente para demostrar que había un manipuleo real. Sin embargo, los cambios no fueron así. Se mostraron errores de sumas, fallas ciudadanas; se mostró que la gente se equivoca a veces y que había variaciones. Pero jamás se logró demostrar que la variación era tan grande como para alterar el resultado. No se constató un intento decidido a alterar la elección. Eso, claro está, no importa: con que cambiase un voto era suficiente para que los fans de AMLO gritaran fraude. Porque, la verdad, AMLO nunca necesitó probar nada. Bastaba con que él opinara que le robaron su “legítimo triunfo”. La esperanza es más que suficiente para alimentar a los duros. La esperanza y algunas mentiras. Por eso ahora su propuesta de “purificar” la vida pública es vista como el eje de su proyecto de Nación. ¿Quién es el Gran Purificador? El y sólo él: el hombre, el mito. Aquél que tiene en sus manos la verdad redentora.
Como sea, y con lo dolorosa que es, la esperanza es importante. Hay que tenerla. Hay que cuidarla. Es una fuerza de cambio, de progreso, de motivación. Pero sobre todo, no hay que desperdiciarla en causas engañosas y que, al final están sustentadas en la vanidad de un hombre.
apascoe@cronica.com.mx
El cuento del recuento
Salvador O. Nava Gomar
Crónica
13 de Agosto de 2006
No se puede jugar si no se aceptan las reglas del juego. Para ganar hay que saber perder; y las acciones de perredistas furibundos, que resultan casi tan absurdas como los intentos de razonamiento que pretenden esgrimir, dan cuenta de una causa perdida. AMLO es el líder cada vez más fuerte de un movimiento cada vez más débil. Se va quedando solo, ya nadie le cree. Para él y los suyos todo está mal, todo es en su contra y ya todo forma parte de un megacomplot. Alega democracia y soberanía, legitimidad, justicia y razón; cuando en realidad muestra antidemocracia, viola las reglas del Estado y por tanto vulnera la soberanía; no comprende que la única legitimidad vá-lida en el Estado democrático es la que empata con la legalidad; tampoco comprende que la justicia sólo puede administrarse al tenor de las reglas escritas con anterioridad. Ha perdido la razón, no acierta, se enardece y contagia frustración, soledad y ánimo de revancha.
No acepta el recuento pues dice que pidió que se contara todo, cuando en realidad no lo hizo. Para ello, de acuerdo con la legislación electoral, misma que aprobó su propio partido político, es necesario argumentar las razones, con base en la ley, para presumir alguna alteración casilla por casilla. Además de todo presentaron mal sus escritos jurídicos, pues en un solo juicio —al que llaman madre— correspondiente al Distrito 15 del DF pidieron que se juntaran todos los juicios para anular la elección presidencial; sus argumentos, si es que así pueden llamarse, son por completo especulativos y permiten observar la inexistencia del fraude: una supuesta injerencia del gobierno federal, gobiernos extranjeros, ámbito empresarial e Iglesia católica en contra de sus pretensiones; omisiones de la autoridad electoral para detener la guerra sucia (como si él no hubiera participado en ella) y por no sancionar a Felipe Calderón por su precampaña, cuando él la hizo desde tres años antes de la elección; bueno, incluso sostienen que hubo inequidad en los comicios por que el IFE permitió la campaña mediática del doctor Simi y de grupos empresariales, como si el Instituto fuera órgano competente para conocer contenidos publicitarios de personas ajenas a la elección.
Se dice liberal y pide censura; se dice razonable y alienta a la toma y el plantón; se dice popular y paga acarreados; se dice democrático y quiere cambiar las instituciones por cualquier modo. Ha hecho señalamientos graves: el color de la piel o la división entre ricos y pobres; se ha salido del rumbo. Sus dislates han sido sucesivos y crecientes.
El conteo no alterará los resultados. Mienten cuando hacen proyecciones. Hay estudios serios, como el de Javier Aparicio del CIDE que explican con nitidez que al abrir paquetes de casillas ganadas por un candidato, el margen de error juega a favor del otro. De las 11,839 casillas abiertas, más del 91% pertenecen a distritos ganados por Calderón. En esa misma prospectiva, si se contara la totalidad, cambiarían un poco los números a favor de Felipe. Así que de nueva cuenta todo lo dicho y hecho por los lopezobradoristas se suman a las mentiras que acostumbran. Ahora dicen que las urnas fueron embarazadas, que los paquetes estaban abiertos, que se cambiaron votos. Pamplinas. Mienten y pasan por alto errores humanos imposibles de evitar cuando son 130,477 cajas las que se resguardan; no hay incidentes graves y los números no alcanzan para dar la vuelta; total, puros cuentos sobre el recuento.
El autor es Director de la Escuela de Derecho de la Universidad Anáhuac México Sur.
snava@derechopolitica.com
Crónica
13 de Agosto de 2006
No se puede jugar si no se aceptan las reglas del juego. Para ganar hay que saber perder; y las acciones de perredistas furibundos, que resultan casi tan absurdas como los intentos de razonamiento que pretenden esgrimir, dan cuenta de una causa perdida. AMLO es el líder cada vez más fuerte de un movimiento cada vez más débil. Se va quedando solo, ya nadie le cree. Para él y los suyos todo está mal, todo es en su contra y ya todo forma parte de un megacomplot. Alega democracia y soberanía, legitimidad, justicia y razón; cuando en realidad muestra antidemocracia, viola las reglas del Estado y por tanto vulnera la soberanía; no comprende que la única legitimidad vá-lida en el Estado democrático es la que empata con la legalidad; tampoco comprende que la justicia sólo puede administrarse al tenor de las reglas escritas con anterioridad. Ha perdido la razón, no acierta, se enardece y contagia frustración, soledad y ánimo de revancha.
No acepta el recuento pues dice que pidió que se contara todo, cuando en realidad no lo hizo. Para ello, de acuerdo con la legislación electoral, misma que aprobó su propio partido político, es necesario argumentar las razones, con base en la ley, para presumir alguna alteración casilla por casilla. Además de todo presentaron mal sus escritos jurídicos, pues en un solo juicio —al que llaman madre— correspondiente al Distrito 15 del DF pidieron que se juntaran todos los juicios para anular la elección presidencial; sus argumentos, si es que así pueden llamarse, son por completo especulativos y permiten observar la inexistencia del fraude: una supuesta injerencia del gobierno federal, gobiernos extranjeros, ámbito empresarial e Iglesia católica en contra de sus pretensiones; omisiones de la autoridad electoral para detener la guerra sucia (como si él no hubiera participado en ella) y por no sancionar a Felipe Calderón por su precampaña, cuando él la hizo desde tres años antes de la elección; bueno, incluso sostienen que hubo inequidad en los comicios por que el IFE permitió la campaña mediática del doctor Simi y de grupos empresariales, como si el Instituto fuera órgano competente para conocer contenidos publicitarios de personas ajenas a la elección.
Se dice liberal y pide censura; se dice razonable y alienta a la toma y el plantón; se dice popular y paga acarreados; se dice democrático y quiere cambiar las instituciones por cualquier modo. Ha hecho señalamientos graves: el color de la piel o la división entre ricos y pobres; se ha salido del rumbo. Sus dislates han sido sucesivos y crecientes.
El conteo no alterará los resultados. Mienten cuando hacen proyecciones. Hay estudios serios, como el de Javier Aparicio del CIDE que explican con nitidez que al abrir paquetes de casillas ganadas por un candidato, el margen de error juega a favor del otro. De las 11,839 casillas abiertas, más del 91% pertenecen a distritos ganados por Calderón. En esa misma prospectiva, si se contara la totalidad, cambiarían un poco los números a favor de Felipe. Así que de nueva cuenta todo lo dicho y hecho por los lopezobradoristas se suman a las mentiras que acostumbran. Ahora dicen que las urnas fueron embarazadas, que los paquetes estaban abiertos, que se cambiaron votos. Pamplinas. Mienten y pasan por alto errores humanos imposibles de evitar cuando son 130,477 cajas las que se resguardan; no hay incidentes graves y los números no alcanzan para dar la vuelta; total, puros cuentos sobre el recuento.
El autor es Director de la Escuela de Derecho de la Universidad Anáhuac México Sur.
snava@derechopolitica.com
Voto por voto, el engaño
Ricardo Alemán
El Universal - Itinerario Político
13 de agosto de 2006
Ni cibernético ni a la antigüita; simplemente el fraude no apareció
¿Qué van a decir ahora, qué nueva mentira colectiva van a sacar?
¿Qué van a decir ahora, cuando al recontar casi en su totalidad 9% de las casillas impugnadas por la coalición Por el Bien de Todos, no apareció el fraude buscado? ¿Qué van a argumentar? ¿De qué nuevo engaño echarán mano para mantener prendida, de manera irresponsable, la esperanza de miles o millones de mexicanos que creyeron en ellos?
La realidad es muy distinta a lo que suponían quienes intentaron descalificar la elección presidencial del pasado 2 de julio. Y es que paso a paso se confirma que el reclamo de "voto por voto" para denunciar un supuesto fraude electoral, no fue más que un discurso demagógico producto de una estrategia política cuyo fin último era y sigue siendo impedir, a costa de lo que sea, que Felipe Calderón asuma el cargo que por una limitada mayoría le entregaron los electores.
Hoy se sabe, según la versión de perredistas cercanos a AMLO, que para el caudillo de la coalición Por el Bien de Todos, lo importante no era el recuento de los votos y menos limpiar la elección, porque desde la noche del 2 de julio sabían que no les favoreció el sufragio mayoritario. Frente al revés electoral inesperado para todos en el PRD -que tomó mal parados a los estrategas de la coalición-, el primero en reaccionar fue el propio López Obrador, quien echó a caminar una estrategia en donde la prioridad no era demostrar las supuestas o reales irregularidades electorales, sino fomentar una engañosa sensación de fraude, debilitar la credibilidad de las instituciones electorales y, con ello, forzar la anulación del proceso electoral. ¿Por qué? Porque AMLO considera que si no es él el nuevo presidente, entonces es el caos.
Engaño colectivo
Así, desde el 3 de julio arrancó la estrategia de descrédito de todo el proceso electoral y de las instituciones que lo hicieron posible. Con López Obrador a la cabeza y con el apoyo decidido de estrategas y aliados mediáticos y por muchos personajes que ya se veían tripulando importantes cargos en el gobierno de la dizque izquierda, se inició la demolición de las instituciones, no porque existiera fraude alguno, sino porque el voto mayoritario los derrotó.
Entonces aparecieron insultantes engaños colectivos como la supuesta desaparición de 3 millones de votos, que no era más que la separación de los votos inconsistentes; la supuesta apertura de casillas por parte del IFE dizque para alterar los resultados, que no era más que la apertura de casillas a petición de los partidos y sobre todo el PRD, para revisar presuntas irregularidades.
Luego aparecieron denuncias de que se había realizado un fraude generalizado mediante métodos cibernéticos, a través de la introducción de un supuesto algoritmo. La chistosa versión terminó en una vacilada y en el ridículo de quienes desde sus trincheras mediáticas inventaron tal despropósito. El propio AMLO dijo que el fraude no fue cibernético, sino "a la antigüita". Pero el recuento de votos ordenado por el Tribunal Electoral mostró que ni cibernético ni a la antigüita; simplemente no existió el supuesto fraude que alardeó el candidato perdedor, Andrés Manuel López Obrador.
Lo que sí existió fue un monumental engaño colectivo que se alimentó con la frustración de millones de simpatizantes a los que se les hizo creer que López Obrador era indestructible. Con ese combustible, el del supuesto fraude y con la siempre combustible irritación de los frustrados simpatizantes de la coalición Por el Bien de Todos, aparecieron las gigantescas movilizaciones de miles de simpatizantes que más que en el fraude, descreían de la derrota de su caudillo. Pero hubo más: las movilizaciones fueron también alimentadas con el dinero público y con el apoyo de todo el peso político y operativo del Gobierno del DF. Y por si fuera poco, con esa mezcla explosiva -que combinó engaños deliberados, frustración por la derrota, rencor social y el uso del gobierno capitalino para organizar la protesta-, se prendió el fuego de la también supuesta resistencia civil.
Recuento de daños
Hasta ese momento, hasta que se echó a caminar la supuesta resistencia civil, la estrategia mediática de presunto fraude le resultó exitosa a López Obrador, quien sin duda convocó a las más numerosas concentraciones en el zócalo capitalino -aunque para ello contó con dinero y apoyos logísticos del Gobierno del DF y de gobierno estatales del PRD-, que mostraron de manera contundente la capacidad de AMLO para el engaño colectivo. Y no se pretende decir que son tontos o limitados los miles o millones que creen y simpatizan con la causa de López Obrador. No, los millones que votaron por esa alternativa electoral, que creen en el discurso de AMLO y que llenaron el zócalo, son mexicanos que de manera legítima aspiran a un cambio, que rechazan al PRI y al PAN como alternativa de gobierno y que creyeron que esa, la de López Obrador, era su alternativa real. El problema no está en el credo y menos en los creyentes -porque todos tenemos el derecho a creer y simpatizar en quien nos plazca-, sino que el problema son los sacerdotes que manipulan el credo y sus devotos.
Frente a esa contradicción, la de manipular una esperanza legítima de cambio, pronto aparecieron los críticos a las formas, y que antes eran fervientes convencidos del fondo. Las acciones de resistencia civil fueron la gota que de derramó el vaso. Por su origen autoritario, por sus objetivos poco claros, por sus efectos desastrosos contra el ciudadano de la calle, el bloqueo de Reforma fue rechazado por reputados aliados de López Obrador. Ahí empezó el declive de la exitosa -aunque engañosa- estrategia postelectoral del candidato de la coalición Por el Bien de Todos. Luego vinieron los desmarques obligados. El costo de la resistencia civil pegó en la línea de flotación de la credibilidad, la confianza y la popularidad del caudillo, quien dio un paso atrás -no en sus objetivos, sino en los métodos-, para ordenar que los dirigentes de la coalición, del PRD, PT y Convergencia, se involucraran en la resistencia civil, y que no lo dejaran solo.
Y en efecto, aparecieron como promotores de la resistencia civil los dirigentes partidistas. Pero en contraste, los jefes de los partidos que integran la alianza Por el Bien de Todos -PRD, PT y Convergencia-, se negaron a renunciar a sus diputaciones y senadurías, los trofeos de guerra de la contienda del 2 de julio, pero que no quedaron en manos de AMLO.
Así, cada vez son más los cuadros de primer nivel de la coalición Por el Bien de Todos, que se alejan de las estrategias radicales de AMLO. Más aún, cada vez son más los perredistas, petistas y convergentes que reconocen la derrota, que aceptan que resulta suicida la locuaz resistencia civil, y que han empezado clandestinos acercamientos con el equipo de Felipe Calderón. Y es que junto con AMLO, los partidos coaligados y sus centros de poder, pierden imagen, confianza y credibilidad confirme siguen en la resistencia civil.
El golpe mortal
Pero como no existe mal que dure 100 años ni mortal que lo aguante, el golpe definitivo que recibió la estrategia postelectoral emprendida por AMLO se lo dio el Tribunal Electoral -la máxima instancia electoral mexicana a la que se reclamó el voto por voto-, cuando rechazó la demanda de la coalición para llevar a cabo un nuevo conteo del total de los votos depositados en las urnas. El golpe fue demoledor para el ánimo de miles de simpatizantes de AMLO, cuando descubrieron lo que siempre quisieron ocultar los mariscales de López Obrador: que el reclamo de voto por voto no era ni sería posible por una razón elemental. Porque la coalición Por el Bien de Todos nunca impugnó el recuento del total de las casillas. Más aún, porque no logró siquiera tener representantes de casilla en el 30% del universo total de los centros de votación.
Nadie en el círculo cercano de AMLO calculó el golpe que provocó en el ánimo de sus simpatizantes el hecho de enterarse que habían sido engañados, que el recuento de voto por voto no fue siquiera demandado ante el Tribunal Electoral, y que por esa razón no fue siquiera analizado por el propio tribunal. En efecto, en el discurso de dijo que existían irregularidades en 70 mil casillas, pero sólo se impugnaron poco más de 40 mil, de las cuales por lo menos el 50% -es decir, cerca de 20 mil casillas-, fueron impugnadas con argumentos insostenibles. Por eso el tribunal sólo ordenó abrir los paquetes y recontar los votos en cerca de 12 mil casillas, porque en el resto las impugnaciones resultaron inconsistentes.
Cuando el engaño quedó al descubierto, el caudillo decidió mudar de piel y gritó que lo importante no era el recuento del voto por voto, sino la lucha por la "purificación de las instituciones". Luego advirtió que "el triunfo de la derecha era moralmente imposible". ¿Qué se desprende de esos dos obuses declarativos? Una vez decantado el contenido de las arengas, queda claro que el objetivo de López Obrador, a lo largo de todo el proceso presidencial, siempre fue alcanzar el cargo de presidente de los mexicanos para imponer su mística concepción de poder. Él, López Obrador, es el elegido por una fuerza superior, para terminar desde el poder público con todos los males de los mexicanos, del sistema político corrupto.
Hasta aquí no existe problema alguno. En su lucha por alcanzar el poder presidencial, en realidad AMLO tiene el derecho de promover el credo político o religioso que le plazca y el programa social, político y económico que crea conveniente para llevarlo a cabo. López Obrador tiene el derecho de creer que es el mesías tropical o del altiplano, y de suponer y hasta proponer que su misión en Tabasco, en México y entre los mortales es la "purificación de las instituciones". De eso se trata la democracia, de confrontar ante los ciudadanos las propuestas de gobierno.
A su vez, los ciudadanos, sean ricos o pobres, prietos o güeros, gordos o flacos, hombres o mujeres, nacos o no, también tienen el derecho de afiliarse al credo político que les convenza, el que les parezca que resuelve sus problemas, sea el de los amarillos, los azules o los tricolores. Hasta aquí, hay que insistir, no hay problema.
El problema viene cuando a la arenga de "purificar las instituciones" se le asocia esa de que "el triunfo de la derecha es moralmente imposible". ¿Qué quiere decir que un credo político, como la derecha -a la cual no defendemos y por la cual no votamos y nunca votaríamos, pero que tiene tanto derecho a existir como la trasnochada izquierda que dice representar AMLO-, es moralmente imposible? ¿Quiere decir que sólo la moralidad está del lado de la izquierda de AMLO? ¿Que la suya es la causa buena, la causa moral y las otras causas son inmorales? ¿Significa que vivimos una disputa político-electoral entre buenos y malos?
Puede ser todo eso y mucho más, pero el mensaje de fondo es otro, el que va dirigido contra la concepción elemental de democracia electoral. Es decir, que AMLO nunca creyó que alcanzaría el poder en una contienda electoral como la que vivimos y menos en una contienda regulada por instituciones creadas para soportar precisamente la democracia electoral. No, la democracia electoral es lo de menos, porque en el fondo López Obrador siempre creyó en la imposición a partir de la popularidad y la justeza de sus causas.
Según AMLO, sus causas son justas para "la gente", su imagen y su mensaje son los de un mesías, y su popularidad es imbatible. Lo demás no existe; ni la democracia ni las instituciones, ni el voto mayoritario. Nada de eso sirve. Es más, su causa debe "purificar" esas instituciones impías. Lo único que vale es la justeza de su causa, por encima de las reglas y las instituciones. Por eso arenga a que "el triunfo de la derecha es moralmente imposible".
Pero resulta que no todos los ciudadanos, no todos los electores, ni todos los que acudieron a las urnas el 2 de julio, piensan como AMLO. Es más, 65% de quienes acudieron a votar dijeron que no quieren a AMLO. Y como los mercaderes del templo, esos renegados son castigados por un mesías que reclama fraude, no porque tenga pruebas, sino como una fórmula para imponer, a costa de lo que sea, su verdad y su credo; para impedir, a costa de lo que sea, que la perversa derecha llega al poder, precisamente cuando se enfrentó a la pureza y la justeza de esa izquierda que representa AMLO.
Ese es el problema, no la democracia.
El recuento
Por lo pronto en los próximos días el Tribunal Electoral comprobará que el recuento de votos en casi 12 mil casillas no permitió ver más que las fallas normales en una elección de la complejidad de la del domingo 2 de julio, y no apareció el fraude anunciado. ¿Qué van a decir ahora? ¿Qué nuevo engaño colectivo van a argumentar? Tienen razón quienes aseguran que López Obrador no va a reconocer nada que no sea su presunto triunfo. Y es que en efecto, luego de su derrota en las urnas el domingo 2 de julio, el paso siguiente es la destrucción de la democracia electoral mexicana, de sus instituciones. Pero el engaño no puede atrapar a todos todo el tiempo. Al tiempo.
aleman2@prodigy.net.mx
El Universal - Itinerario Político
13 de agosto de 2006
Ni cibernético ni a la antigüita; simplemente el fraude no apareció
¿Qué van a decir ahora, qué nueva mentira colectiva van a sacar?
¿Qué van a decir ahora, cuando al recontar casi en su totalidad 9% de las casillas impugnadas por la coalición Por el Bien de Todos, no apareció el fraude buscado? ¿Qué van a argumentar? ¿De qué nuevo engaño echarán mano para mantener prendida, de manera irresponsable, la esperanza de miles o millones de mexicanos que creyeron en ellos?
La realidad es muy distinta a lo que suponían quienes intentaron descalificar la elección presidencial del pasado 2 de julio. Y es que paso a paso se confirma que el reclamo de "voto por voto" para denunciar un supuesto fraude electoral, no fue más que un discurso demagógico producto de una estrategia política cuyo fin último era y sigue siendo impedir, a costa de lo que sea, que Felipe Calderón asuma el cargo que por una limitada mayoría le entregaron los electores.
Hoy se sabe, según la versión de perredistas cercanos a AMLO, que para el caudillo de la coalición Por el Bien de Todos, lo importante no era el recuento de los votos y menos limpiar la elección, porque desde la noche del 2 de julio sabían que no les favoreció el sufragio mayoritario. Frente al revés electoral inesperado para todos en el PRD -que tomó mal parados a los estrategas de la coalición-, el primero en reaccionar fue el propio López Obrador, quien echó a caminar una estrategia en donde la prioridad no era demostrar las supuestas o reales irregularidades electorales, sino fomentar una engañosa sensación de fraude, debilitar la credibilidad de las instituciones electorales y, con ello, forzar la anulación del proceso electoral. ¿Por qué? Porque AMLO considera que si no es él el nuevo presidente, entonces es el caos.
Engaño colectivo
Así, desde el 3 de julio arrancó la estrategia de descrédito de todo el proceso electoral y de las instituciones que lo hicieron posible. Con López Obrador a la cabeza y con el apoyo decidido de estrategas y aliados mediáticos y por muchos personajes que ya se veían tripulando importantes cargos en el gobierno de la dizque izquierda, se inició la demolición de las instituciones, no porque existiera fraude alguno, sino porque el voto mayoritario los derrotó.
Entonces aparecieron insultantes engaños colectivos como la supuesta desaparición de 3 millones de votos, que no era más que la separación de los votos inconsistentes; la supuesta apertura de casillas por parte del IFE dizque para alterar los resultados, que no era más que la apertura de casillas a petición de los partidos y sobre todo el PRD, para revisar presuntas irregularidades.
Luego aparecieron denuncias de que se había realizado un fraude generalizado mediante métodos cibernéticos, a través de la introducción de un supuesto algoritmo. La chistosa versión terminó en una vacilada y en el ridículo de quienes desde sus trincheras mediáticas inventaron tal despropósito. El propio AMLO dijo que el fraude no fue cibernético, sino "a la antigüita". Pero el recuento de votos ordenado por el Tribunal Electoral mostró que ni cibernético ni a la antigüita; simplemente no existió el supuesto fraude que alardeó el candidato perdedor, Andrés Manuel López Obrador.
Lo que sí existió fue un monumental engaño colectivo que se alimentó con la frustración de millones de simpatizantes a los que se les hizo creer que López Obrador era indestructible. Con ese combustible, el del supuesto fraude y con la siempre combustible irritación de los frustrados simpatizantes de la coalición Por el Bien de Todos, aparecieron las gigantescas movilizaciones de miles de simpatizantes que más que en el fraude, descreían de la derrota de su caudillo. Pero hubo más: las movilizaciones fueron también alimentadas con el dinero público y con el apoyo de todo el peso político y operativo del Gobierno del DF. Y por si fuera poco, con esa mezcla explosiva -que combinó engaños deliberados, frustración por la derrota, rencor social y el uso del gobierno capitalino para organizar la protesta-, se prendió el fuego de la también supuesta resistencia civil.
Recuento de daños
Hasta ese momento, hasta que se echó a caminar la supuesta resistencia civil, la estrategia mediática de presunto fraude le resultó exitosa a López Obrador, quien sin duda convocó a las más numerosas concentraciones en el zócalo capitalino -aunque para ello contó con dinero y apoyos logísticos del Gobierno del DF y de gobierno estatales del PRD-, que mostraron de manera contundente la capacidad de AMLO para el engaño colectivo. Y no se pretende decir que son tontos o limitados los miles o millones que creen y simpatizan con la causa de López Obrador. No, los millones que votaron por esa alternativa electoral, que creen en el discurso de AMLO y que llenaron el zócalo, son mexicanos que de manera legítima aspiran a un cambio, que rechazan al PRI y al PAN como alternativa de gobierno y que creyeron que esa, la de López Obrador, era su alternativa real. El problema no está en el credo y menos en los creyentes -porque todos tenemos el derecho a creer y simpatizar en quien nos plazca-, sino que el problema son los sacerdotes que manipulan el credo y sus devotos.
Frente a esa contradicción, la de manipular una esperanza legítima de cambio, pronto aparecieron los críticos a las formas, y que antes eran fervientes convencidos del fondo. Las acciones de resistencia civil fueron la gota que de derramó el vaso. Por su origen autoritario, por sus objetivos poco claros, por sus efectos desastrosos contra el ciudadano de la calle, el bloqueo de Reforma fue rechazado por reputados aliados de López Obrador. Ahí empezó el declive de la exitosa -aunque engañosa- estrategia postelectoral del candidato de la coalición Por el Bien de Todos. Luego vinieron los desmarques obligados. El costo de la resistencia civil pegó en la línea de flotación de la credibilidad, la confianza y la popularidad del caudillo, quien dio un paso atrás -no en sus objetivos, sino en los métodos-, para ordenar que los dirigentes de la coalición, del PRD, PT y Convergencia, se involucraran en la resistencia civil, y que no lo dejaran solo.
Y en efecto, aparecieron como promotores de la resistencia civil los dirigentes partidistas. Pero en contraste, los jefes de los partidos que integran la alianza Por el Bien de Todos -PRD, PT y Convergencia-, se negaron a renunciar a sus diputaciones y senadurías, los trofeos de guerra de la contienda del 2 de julio, pero que no quedaron en manos de AMLO.
Así, cada vez son más los cuadros de primer nivel de la coalición Por el Bien de Todos, que se alejan de las estrategias radicales de AMLO. Más aún, cada vez son más los perredistas, petistas y convergentes que reconocen la derrota, que aceptan que resulta suicida la locuaz resistencia civil, y que han empezado clandestinos acercamientos con el equipo de Felipe Calderón. Y es que junto con AMLO, los partidos coaligados y sus centros de poder, pierden imagen, confianza y credibilidad confirme siguen en la resistencia civil.
El golpe mortal
Pero como no existe mal que dure 100 años ni mortal que lo aguante, el golpe definitivo que recibió la estrategia postelectoral emprendida por AMLO se lo dio el Tribunal Electoral -la máxima instancia electoral mexicana a la que se reclamó el voto por voto-, cuando rechazó la demanda de la coalición para llevar a cabo un nuevo conteo del total de los votos depositados en las urnas. El golpe fue demoledor para el ánimo de miles de simpatizantes de AMLO, cuando descubrieron lo que siempre quisieron ocultar los mariscales de López Obrador: que el reclamo de voto por voto no era ni sería posible por una razón elemental. Porque la coalición Por el Bien de Todos nunca impugnó el recuento del total de las casillas. Más aún, porque no logró siquiera tener representantes de casilla en el 30% del universo total de los centros de votación.
Nadie en el círculo cercano de AMLO calculó el golpe que provocó en el ánimo de sus simpatizantes el hecho de enterarse que habían sido engañados, que el recuento de voto por voto no fue siquiera demandado ante el Tribunal Electoral, y que por esa razón no fue siquiera analizado por el propio tribunal. En efecto, en el discurso de dijo que existían irregularidades en 70 mil casillas, pero sólo se impugnaron poco más de 40 mil, de las cuales por lo menos el 50% -es decir, cerca de 20 mil casillas-, fueron impugnadas con argumentos insostenibles. Por eso el tribunal sólo ordenó abrir los paquetes y recontar los votos en cerca de 12 mil casillas, porque en el resto las impugnaciones resultaron inconsistentes.
Cuando el engaño quedó al descubierto, el caudillo decidió mudar de piel y gritó que lo importante no era el recuento del voto por voto, sino la lucha por la "purificación de las instituciones". Luego advirtió que "el triunfo de la derecha era moralmente imposible". ¿Qué se desprende de esos dos obuses declarativos? Una vez decantado el contenido de las arengas, queda claro que el objetivo de López Obrador, a lo largo de todo el proceso presidencial, siempre fue alcanzar el cargo de presidente de los mexicanos para imponer su mística concepción de poder. Él, López Obrador, es el elegido por una fuerza superior, para terminar desde el poder público con todos los males de los mexicanos, del sistema político corrupto.
Hasta aquí no existe problema alguno. En su lucha por alcanzar el poder presidencial, en realidad AMLO tiene el derecho de promover el credo político o religioso que le plazca y el programa social, político y económico que crea conveniente para llevarlo a cabo. López Obrador tiene el derecho de creer que es el mesías tropical o del altiplano, y de suponer y hasta proponer que su misión en Tabasco, en México y entre los mortales es la "purificación de las instituciones". De eso se trata la democracia, de confrontar ante los ciudadanos las propuestas de gobierno.
A su vez, los ciudadanos, sean ricos o pobres, prietos o güeros, gordos o flacos, hombres o mujeres, nacos o no, también tienen el derecho de afiliarse al credo político que les convenza, el que les parezca que resuelve sus problemas, sea el de los amarillos, los azules o los tricolores. Hasta aquí, hay que insistir, no hay problema.
El problema viene cuando a la arenga de "purificar las instituciones" se le asocia esa de que "el triunfo de la derecha es moralmente imposible". ¿Qué quiere decir que un credo político, como la derecha -a la cual no defendemos y por la cual no votamos y nunca votaríamos, pero que tiene tanto derecho a existir como la trasnochada izquierda que dice representar AMLO-, es moralmente imposible? ¿Quiere decir que sólo la moralidad está del lado de la izquierda de AMLO? ¿Que la suya es la causa buena, la causa moral y las otras causas son inmorales? ¿Significa que vivimos una disputa político-electoral entre buenos y malos?
Puede ser todo eso y mucho más, pero el mensaje de fondo es otro, el que va dirigido contra la concepción elemental de democracia electoral. Es decir, que AMLO nunca creyó que alcanzaría el poder en una contienda electoral como la que vivimos y menos en una contienda regulada por instituciones creadas para soportar precisamente la democracia electoral. No, la democracia electoral es lo de menos, porque en el fondo López Obrador siempre creyó en la imposición a partir de la popularidad y la justeza de sus causas.
Según AMLO, sus causas son justas para "la gente", su imagen y su mensaje son los de un mesías, y su popularidad es imbatible. Lo demás no existe; ni la democracia ni las instituciones, ni el voto mayoritario. Nada de eso sirve. Es más, su causa debe "purificar" esas instituciones impías. Lo único que vale es la justeza de su causa, por encima de las reglas y las instituciones. Por eso arenga a que "el triunfo de la derecha es moralmente imposible".
Pero resulta que no todos los ciudadanos, no todos los electores, ni todos los que acudieron a las urnas el 2 de julio, piensan como AMLO. Es más, 65% de quienes acudieron a votar dijeron que no quieren a AMLO. Y como los mercaderes del templo, esos renegados son castigados por un mesías que reclama fraude, no porque tenga pruebas, sino como una fórmula para imponer, a costa de lo que sea, su verdad y su credo; para impedir, a costa de lo que sea, que la perversa derecha llega al poder, precisamente cuando se enfrentó a la pureza y la justeza de esa izquierda que representa AMLO.
Ese es el problema, no la democracia.
El recuento
Por lo pronto en los próximos días el Tribunal Electoral comprobará que el recuento de votos en casi 12 mil casillas no permitió ver más que las fallas normales en una elección de la complejidad de la del domingo 2 de julio, y no apareció el fraude anunciado. ¿Qué van a decir ahora? ¿Qué nuevo engaño colectivo van a argumentar? Tienen razón quienes aseguran que López Obrador no va a reconocer nada que no sea su presunto triunfo. Y es que en efecto, luego de su derrota en las urnas el domingo 2 de julio, el paso siguiente es la destrucción de la democracia electoral mexicana, de sus instituciones. Pero el engaño no puede atrapar a todos todo el tiempo. Al tiempo.
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