Juan Molinar Horcasitas
El Universal
26 de julio de 2006
El lunes pasado, la política mexicana se hizo epistolar. Andrés Manuel López Obrador le envió una carta a Felipe Calderón, en la que le hace afirmaciones y peticiones diversas. El mismo día, Felipe Calderón respondió. Las cartas se distinguen tanto por su estilo como por su contenido.
El texto del tabasqueño afirma que el proceso electoral "estuvo plagado de irregularidades y actos fraudulentos". Entre los culpables, enumera explícitamente al IFE, al presidente Fox, a los medios de comunicación y a "grupos de intereses creados" que, por supuesto, no identifica, aunque en otras ocasiones ha señalado a empresas como Jumex, Sabritas y Bimbo (aunque usted no lo crea).
Pero también incluye implícitamente, aunque luego trate de negarlo, a cientos de miles de ciudadanos que cumplieron su deber cívico el domingo 2 de julio, pues afirma que "se falsificaron los resultados en miles de actas". ¿Cuántas? No lo dice en su carta, pero en boca de sus voceros ha estado diciendo distintos números. Empezaron con 20 mil, subieron a 50 mil y ya van en 70 mil. Esto implica que en el fraude que su desesperación ha inventado, participaron alrededor de un cuarto de millón de personas, la mayoría de ellos vecinos de los lugares en donde se instalaron las casillas, pero también muchos representantes de partidos y coaliciones, incluyendo a los de la coalición del propio López Obrador.
AMLO también afirma que los medios de comunicación fueron parciales. La verdad es que todos los estudios hechos demuestran que el candidato que más cobertura obtuvo fue precisamente él. Esos estudios también demuestran que su cobertura fue, en general, objetiva y que las notas editorializadas favorablemente superaron a las negativas.
Luego afirma que se gastó mucho dinero, de origen dudoso. El tabasqueño repite una y mil veces, machaconamente, que sus adversarios gastaron mucho dinero en spots de radio y televisión. ¿Qué dicen los datos duros? Dicen que el candidato que compró más spots de propaganda comercial en radio y televisión fue López Obrador, especialmente en las fases finales de la campaña. Las mediciones de "puntos de rating totales" y las de share of voice coinciden en ello. Un dato mide audiencias, otro mide tiempo de emisión. En este último caso, por ejemplo, López Obrador tuvo 37% del tiempo de emisión, contra 33% de Calderón y 30% de Madrazo. López Obrador nunca ha explicado quién le pagó ese gasto.
López Obrador también acusa al gobierno de manipular el gasto social a favor del candidato panista. Una vez más, los hechos muestran lo contrario. Los datos señalan que el gasto social está correlacionado con el grado de marginación, como debía ser, pero también muestran que su correlación con el voto del PAN fue negativa, pero positiva para el PRI y para el PRD. En términos de resultados, el PRD fue el ganador en 153 de los 200 municipios con más gasto social.
Aunque la realidad niega una y otra vez lo que López Obrador afirma reiteradamente, él insiste en construir una historia de fraude y en movilizar a sus simpatizantes con base en ello. Basado en esos argumentos frívolos, exige que se vuelvan a contar los votos, a sabiendas de que la ley no lo permite; señala con su dedo flamígero a Calderón, sentenciándolo a no gozar de la legitimidad de la que él cree ser dueño, y amenaza con aumentar sus movilizaciones si no se le place.
La respuesta de Calderón contrasta en forma y fondo. Para empezar, le recuerda que las elecciones fueron limpias y que así lo atestiguaron los medios de comunicación, los observadores electorales y, sobre todo, el millón de ciudadanos que estuvieron en las casillas como funcionarios y representantes de partidos. Más aún: le recuerda que así lo reconocieron públicamente todos los candidatos la tarde del 2 de julio. Eso incluye a López Obrador.
Sobre la petición de volver a contar los votos, Calderón le recuerda que esa decisión no corresponde a los candidatos ni a los partidos, sino al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en los términos de la ley. Calderón también lo invita a entablar un diálogo constructivo a favor de México. Ahí están dos actitudes distintas ante la realidad.
juanmolinarhorcasitas@hotmail.com
Diputado Federal (PAN)
26 de julio de 2006
25 de julio de 2006
Uncivilly resistant
The Economist (Inglaterra)
Country Briefing
July 21st 2006
The loser looks unlikely ever to concede defeat
IF THE loser gets his way, the battle for Mexico's presidential election will be settled on the streets. On July 16th, several hundred thousand supporters of Andrés Manuel López Obrador, the left-of-centre candidate, gathered in Mexico City to support their man's claim that he was robbed of victory in the election on July 2nd by fraud, or at least miscounting. He now plans a campaign of "civil resistance", another big rally on July 30th, and 24-hour vigils at 300 district offices where the ballot boxes are kept under military guard. Yet he risks overplaying his hand.
His disappointment is not hard to understand. Having long led in the opinion polls, the official count found that he had lost the election by 244,000 votes (0.58%) to Felipe Calderón of the ruling National Action Party. In papers filed with the Federal Electoral Tribunal, Mr López Obrador has challenged the count at 50,000 of the 130,000 polling stations. He wants a full recount--something which it is not clear that the tribunal can order.
The tribunal has until September 6th to rule. The challenger has yet to offer Mexicans any convincing evidence of irregularities. His campaign has also undermined its own case by wavering as to whether or not he will accept the tribunal's verdict if it goes against him. Jesús Ortega, one of Mr López Obrador's advisers, has said that even if Mr Calderón were to come out ahead in a recount, his victory would be illegitimate. That is because, Mr Ortega claims, Mexico's president, Vicente Fox, campaigned on Mr Calderón's behalf. This suggests Mr López Obrador's real aim is to have the election annulled, and a new one called.
Yet that might be a step too far even for some of Mr López Obrador's own supporters. Mexico has battled for years to eradicate fraud and to set up independent electoral institutions. The loser has every right to call for the tribunal to investigate any irregularities. But if he refuses to accept its verdict, he will have confirmed the charge that Mr Calderón threw at him during the campaign: that he is not a true believer in democracy and its institutions.
Source: The Economist
Country Briefing
July 21st 2006
The loser looks unlikely ever to concede defeat
IF THE loser gets his way, the battle for Mexico's presidential election will be settled on the streets. On July 16th, several hundred thousand supporters of Andrés Manuel López Obrador, the left-of-centre candidate, gathered in Mexico City to support their man's claim that he was robbed of victory in the election on July 2nd by fraud, or at least miscounting. He now plans a campaign of "civil resistance", another big rally on July 30th, and 24-hour vigils at 300 district offices where the ballot boxes are kept under military guard. Yet he risks overplaying his hand.
His disappointment is not hard to understand. Having long led in the opinion polls, the official count found that he had lost the election by 244,000 votes (0.58%) to Felipe Calderón of the ruling National Action Party. In papers filed with the Federal Electoral Tribunal, Mr López Obrador has challenged the count at 50,000 of the 130,000 polling stations. He wants a full recount--something which it is not clear that the tribunal can order.
The tribunal has until September 6th to rule. The challenger has yet to offer Mexicans any convincing evidence of irregularities. His campaign has also undermined its own case by wavering as to whether or not he will accept the tribunal's verdict if it goes against him. Jesús Ortega, one of Mr López Obrador's advisers, has said that even if Mr Calderón were to come out ahead in a recount, his victory would be illegitimate. That is because, Mr Ortega claims, Mexico's president, Vicente Fox, campaigned on Mr Calderón's behalf. This suggests Mr López Obrador's real aim is to have the election annulled, and a new one called.
Yet that might be a step too far even for some of Mr López Obrador's own supporters. Mexico has battled for years to eradicate fraud and to set up independent electoral institutions. The loser has every right to call for the tribunal to investigate any irregularities. But if he refuses to accept its verdict, he will have confirmed the charge that Mr Calderón threw at him during the campaign: that he is not a true believer in democracy and its institutions.
Source: The Economist
Yo le entro
Luis González de Alba
Milenio
24/07/2006
Si alguna virtud tiene López Obrador, es la de emplear de manera consistente sus mismas tácticas. Otra vez se enfila a anular una elección que perdió. Lo dice el propio documento de impugnación: exige al tribunal electoral “no validar la elección”. ¿Y qué es “no validar”, sino declararla nula? Además ha repetido en cuanto espacio le han abierto, con Granados Chapa, con Carmen Aristegui, con Loret de Mola, que exige un tercer recuento voto por voto, pero no garantiza que aceptará el resultado si vuelve a serle desfavorable. O sea que tampoco reconocerá el recuento que exige. Va por la anulación. Pone en riesgo el triunfo de Ebrard en el DF y de sus nuevos diputados y senadores, pero eso no lo detendrá en su destino manifiesto: salvar a la Patria.
No ve que el remolino causado se lo tragará a él en primer lugar. Que México apareciera con un Presidente interino, encargado de llamar a elecciones no antes de catorce meses, causaría una crisis económica mayor: las compras de dólares harían caer al peso, la inflación se llevaría pronto el salario de los más pobres. El dueño de un negocio, pequeño o grande, tiene una salida a la inflación: eleva sus precios. Pierde clientela, pero puede resistir. El panorama es negro para los más pobres, quienes viven de un salario que seguirán recibiendo idéntico a pesar de las alzas. Eso que ocurrió durante los sexenios de Echeverría y de López Portillo. La película ya la vimos. ¿Exagero? Pues me la juego con el PRD y con El Peje. Entrémosle a la anulación. No tengo casa que perder ni nietos por socorrer.
Los más pobres, donde caló el asistencialismo de López Obrador, serán los primeros en probar los resultados: el frijol cuesta el doble, luego el triple. Y hay un responsable claro del desastre: quien exigió y logró “no validar” las elecciones. A menos de que se piense (y habrá quién), que con decirle al mundo en agosto que México no tendrá Presidente constitucional por otros dos años “no pasará nada”. “Qué histeria”, dirán. Y los ocurrentes nos harán chistoretes.
Yo, por mi parte, como simple ciudadano, me la juego con la apuesta del PRD: le doy mi voto por la anulación. Estoy convencido, por algo más que fe de carbonero, de que el país se la cobrará a López Obrador y Calderón arrasará en segundos comicios. Así tendremos una Presidencia fuerte y nos dejaremos de “maistros” que prenden fuego al escenario de la Guelaguetza y de mineros que causan pérdidas por cientos de millones de dólares en defensa de un líder ladrón.
Hace una semana, Calderón ya estaba arriba del Peje por ocho puntos en la encuesta GEA-ISA comentada aquí por Ciro Gómez Leyva. Añadamos que en las 2 mil 800 casillas impugnadas, donde se abrieron los paquetes con irregularidades y ya se volvió a contar, voto por voto, Felipe Calderón subió su porcentaje. ¿Como fue? Sencillo: si alguien tiene experiencia en fraudes es el PRI, y su mapache más hábil era José Guadarrama, de tan mala reputación que ni los servicios a su partido lo hicieron candidato a gobernar Hidalgo. Un sujeto acusado por el PRD de asesinar perredistas. Un mapache mayor cuya experiencia fue puesta al servicio de su nuevo partido, el PRD, que lo acaba de hacer senador. Tiene, además, el PRD su propia experiencia en fraudes: en las elecciones para presidente nacional fue tal el cochinero que su tribunal anuló esa elección y llamó a otra, que no fue tampoco limpia. Tantos expertos bien pudieron colar fraudes. Si el tercer recuento voto por voto sigue la tendencia de esas 2 mil 800 casillas, Calderón puede recuperar varios puntos.
Luego, pongamos en la cuenta a los ofendidos por la anulación: Las elecciones estuvieron a cargo de casi un millón de ciudadanos escogidos al azar, entrenados por el IFE y vigilados por una cantidad similar de representantes de los partidos y observadores nacionales e internacionales. Sostiene López Obrador que esa estructura ciudadana aceptó sobornos. Son un millón de ciudadanos ofendidos por el Pejelagarto, miles de sus representantes que no aceptarán volver a serlo ni votarán por quien los llama corruptos.
Una cosa es cierta: con la crisis por la anulación no se acabaría México. Pero estará claro quién produjo el desastre. Los arrepentidos de haber votado por el responsable serán multitud. Por eso creo que la anulación es una apuesta donde el país pierde mucho, pero el PRD todo.
Milenio
24/07/2006
Si alguna virtud tiene López Obrador, es la de emplear de manera consistente sus mismas tácticas. Otra vez se enfila a anular una elección que perdió. Lo dice el propio documento de impugnación: exige al tribunal electoral “no validar la elección”. ¿Y qué es “no validar”, sino declararla nula? Además ha repetido en cuanto espacio le han abierto, con Granados Chapa, con Carmen Aristegui, con Loret de Mola, que exige un tercer recuento voto por voto, pero no garantiza que aceptará el resultado si vuelve a serle desfavorable. O sea que tampoco reconocerá el recuento que exige. Va por la anulación. Pone en riesgo el triunfo de Ebrard en el DF y de sus nuevos diputados y senadores, pero eso no lo detendrá en su destino manifiesto: salvar a la Patria.
No ve que el remolino causado se lo tragará a él en primer lugar. Que México apareciera con un Presidente interino, encargado de llamar a elecciones no antes de catorce meses, causaría una crisis económica mayor: las compras de dólares harían caer al peso, la inflación se llevaría pronto el salario de los más pobres. El dueño de un negocio, pequeño o grande, tiene una salida a la inflación: eleva sus precios. Pierde clientela, pero puede resistir. El panorama es negro para los más pobres, quienes viven de un salario que seguirán recibiendo idéntico a pesar de las alzas. Eso que ocurrió durante los sexenios de Echeverría y de López Portillo. La película ya la vimos. ¿Exagero? Pues me la juego con el PRD y con El Peje. Entrémosle a la anulación. No tengo casa que perder ni nietos por socorrer.
Los más pobres, donde caló el asistencialismo de López Obrador, serán los primeros en probar los resultados: el frijol cuesta el doble, luego el triple. Y hay un responsable claro del desastre: quien exigió y logró “no validar” las elecciones. A menos de que se piense (y habrá quién), que con decirle al mundo en agosto que México no tendrá Presidente constitucional por otros dos años “no pasará nada”. “Qué histeria”, dirán. Y los ocurrentes nos harán chistoretes.
Yo, por mi parte, como simple ciudadano, me la juego con la apuesta del PRD: le doy mi voto por la anulación. Estoy convencido, por algo más que fe de carbonero, de que el país se la cobrará a López Obrador y Calderón arrasará en segundos comicios. Así tendremos una Presidencia fuerte y nos dejaremos de “maistros” que prenden fuego al escenario de la Guelaguetza y de mineros que causan pérdidas por cientos de millones de dólares en defensa de un líder ladrón.
Hace una semana, Calderón ya estaba arriba del Peje por ocho puntos en la encuesta GEA-ISA comentada aquí por Ciro Gómez Leyva. Añadamos que en las 2 mil 800 casillas impugnadas, donde se abrieron los paquetes con irregularidades y ya se volvió a contar, voto por voto, Felipe Calderón subió su porcentaje. ¿Como fue? Sencillo: si alguien tiene experiencia en fraudes es el PRI, y su mapache más hábil era José Guadarrama, de tan mala reputación que ni los servicios a su partido lo hicieron candidato a gobernar Hidalgo. Un sujeto acusado por el PRD de asesinar perredistas. Un mapache mayor cuya experiencia fue puesta al servicio de su nuevo partido, el PRD, que lo acaba de hacer senador. Tiene, además, el PRD su propia experiencia en fraudes: en las elecciones para presidente nacional fue tal el cochinero que su tribunal anuló esa elección y llamó a otra, que no fue tampoco limpia. Tantos expertos bien pudieron colar fraudes. Si el tercer recuento voto por voto sigue la tendencia de esas 2 mil 800 casillas, Calderón puede recuperar varios puntos.
Luego, pongamos en la cuenta a los ofendidos por la anulación: Las elecciones estuvieron a cargo de casi un millón de ciudadanos escogidos al azar, entrenados por el IFE y vigilados por una cantidad similar de representantes de los partidos y observadores nacionales e internacionales. Sostiene López Obrador que esa estructura ciudadana aceptó sobornos. Son un millón de ciudadanos ofendidos por el Pejelagarto, miles de sus representantes que no aceptarán volver a serlo ni votarán por quien los llama corruptos.
Una cosa es cierta: con la crisis por la anulación no se acabaría México. Pero estará claro quién produjo el desastre. Los arrepentidos de haber votado por el responsable serán multitud. Por eso creo que la anulación es una apuesta donde el país pierde mucho, pero el PRD todo.
El tribunal: entre Wikipedia y el recuento
Francisco Báez Rodríguez
Crónica
25 de Julio de 2006
La coalición Por el Bien de Todos ha elegido un camino de dos vías en la impugnación que presentó ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Por un lado, objeta los resultados de aproximadamente 50 mil casillas, en las que presuntamente hay irregularidades e inconsistencias. Por el otro, levanta un recurso general, con causales abstractas, en contra de todo el proceso electoral.
A estas dos vías agrega otra, política, que consiste en las movilizaciones de los seguidores de Andrés Manuel López Obrador, con una consigna que no corresponde a ninguna de las vías legales: la del recuento voto por voto, casilla por casilla.
El primero es, por decirlo así, el camino tradicional de las impugnaciones electorales en México. A través de la demostración de irregularidades, se recuentan los votos de las casillas en las que no hay forma de saber cómo se sufragó y, en los casos extremos, se anulan los resultados de esa casilla. Este proceso puede terminar en que el ganador fue el mismo, en que cambia el ganador o en que el número de casillas anuladas es tal que obliga a repetir la elección.
Las condiciones en las que se desarrollaron las elecciones del 2 de julio hacen extremamente improbable, si no es que imposible que, a través de este método, se genere un recuento que cambie el ganador de la contienda presidencial u obligue a repetir la elección. Sin embargo, es lo que el PRD maneja en su propaganda dirigida a la población en general, con la salvedad de que ante el TEPJF no pidió la revisión de todos los paquetes electorales, sino de una parte.
La segunda vía legal es la que impugna la elección a través de causales abstractas. No tiene como objetivo limpiar la elección de presuntas irregularidades, sino anularla, y ya los coordinadores de las Redes Ciudadanas empiezan a admitirlo.
En ese sentido, resulta por lo menos sorprendente que buena parte del argumento realizado por la coalición Por el Bien de Todos haya sido bajado de Internet. No fue un grupo de abogados y politólogos que hubiera estudiado el desarrollo de las campañas y de la jornada electoral. Fue, en primer lugar, un trabajo de copiado y pegado de los documentos que aparecen en Internet, luego de que en Google uno teclea “fraude electoral”. Es nada más cuestión de hacerlo y verificar.
¿Qué quiere decir esto? Por una parte, que no hay seriedad. Por otra, que, sin querer queriendo, la coalición Por el Bien de Todos retoma los argumentos que presentaron los demócratas de Estados Unidos, en el 2000, cuando George Bush ganó la presidencia a Al Gore en medio del escándalo de las votaciones en Florida.
Lamentablemente para la coalición Por el Bien de Todos, hay muchas diferencias entre aquellas elecciones estadunidenses y estas mexicanas. Señalaré sólo las principales: allá la disputa era sobre los votos de una región específica, y aquí es de un área dispersa y prácticamente indefinida; allá la elección de Florida fue presidida por la secretaria de Gobierno de ese estado, quien —entre otras cosas— era parte del equipo de campaña de Bush, y aquí es presidida por el Instituto Federal Electoral, que es un organismo ciudadano; allá las papeletas eran distintas según el condado, aquí son únicas; allá hubo una serie de juicios entre las partes hasta llegar a la Suprema Corte, aquí existe un Tribunal creado ex profeso para estos casos.
Ahora bien, al argumento de Wikipedia se le agregan, por fuera de lo llevado al Tribunal, otros más. Estos se refieren, explícitamente, a la presunta intervención del presidente Fox en el proceso, a lo que el grupo cercano a López Obrador percibe como una política desigual de los medios ante los distintos candidatos, a las presiones que habrían ejercido algunas empresas sobre los votantes. Se trata, claramente, de una lucha por la opinión pública.
Por otra parte, los magistrados ya saben —porque son personas informadas— que, si Calderón es ratificado, AMLO de todas maneras considerará que es un mandatario ilegitimo y seguirá sus movilizaciones.
¿Cuál será la reacción de TEPJF ante este complejo entramado legal y político? Los calderonistas de más pura cepa esperan una respuesta formalista: la revisión caso por caso de las casillas impugnadas, con apertura de paquetes limitada a su mínima expresión. De la parte de López Obrador quisieran que el proceso se anulara por las causales abstractas, pero —a sabiendas de que no es así— se conformarían con una votación dividida en ese aspecto y con la apertura y recuento de las 50 mil casillas impugnadas (y la subsiguiente alharaca por las 80 mil que faltaron).
Debería ser evidente —más aún con la debilidad formal del recurso “madre” de la coalición Por el Bien de Todos— que el tribunal difícilmente se irá por cualquiera de los caminos que proponen las partes en disputa. El otro lo interpretaría como una toma de posición.
Por eso, la tercera vía es la que más tranquilidad y certidumbre puede darnos. ¿En qué consiste? En abrir una muestra representativa de los paquetes electorales de las casillas impugnadas. Si se encuentra en esta muestra que hay suficientes errores o inconsistencias como para abrir otros paquetes, seguir adelante con ese proceso. Si no las hay, darlo por terminado y proceder a la declaratoria de Presidente Electo.
De esa forma, sin ceder a ninguna de las partes, el tribunal habrá demostrado no sólo transparencia legal, sino también sensibilidad ante la demanda —manipulada o no— de un recuento, habrá terminado con el espantajo del fraude electoral y habrá apuntalado las instituciones electorales mexicanas, tan irresponsablemente golpeadas en tiempos recientes.
fabaez@gmail.com
Crónica
25 de Julio de 2006
La coalición Por el Bien de Todos ha elegido un camino de dos vías en la impugnación que presentó ante el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Por un lado, objeta los resultados de aproximadamente 50 mil casillas, en las que presuntamente hay irregularidades e inconsistencias. Por el otro, levanta un recurso general, con causales abstractas, en contra de todo el proceso electoral.
A estas dos vías agrega otra, política, que consiste en las movilizaciones de los seguidores de Andrés Manuel López Obrador, con una consigna que no corresponde a ninguna de las vías legales: la del recuento voto por voto, casilla por casilla.
El primero es, por decirlo así, el camino tradicional de las impugnaciones electorales en México. A través de la demostración de irregularidades, se recuentan los votos de las casillas en las que no hay forma de saber cómo se sufragó y, en los casos extremos, se anulan los resultados de esa casilla. Este proceso puede terminar en que el ganador fue el mismo, en que cambia el ganador o en que el número de casillas anuladas es tal que obliga a repetir la elección.
Las condiciones en las que se desarrollaron las elecciones del 2 de julio hacen extremamente improbable, si no es que imposible que, a través de este método, se genere un recuento que cambie el ganador de la contienda presidencial u obligue a repetir la elección. Sin embargo, es lo que el PRD maneja en su propaganda dirigida a la población en general, con la salvedad de que ante el TEPJF no pidió la revisión de todos los paquetes electorales, sino de una parte.
La segunda vía legal es la que impugna la elección a través de causales abstractas. No tiene como objetivo limpiar la elección de presuntas irregularidades, sino anularla, y ya los coordinadores de las Redes Ciudadanas empiezan a admitirlo.
En ese sentido, resulta por lo menos sorprendente que buena parte del argumento realizado por la coalición Por el Bien de Todos haya sido bajado de Internet. No fue un grupo de abogados y politólogos que hubiera estudiado el desarrollo de las campañas y de la jornada electoral. Fue, en primer lugar, un trabajo de copiado y pegado de los documentos que aparecen en Internet, luego de que en Google uno teclea “fraude electoral”. Es nada más cuestión de hacerlo y verificar.
¿Qué quiere decir esto? Por una parte, que no hay seriedad. Por otra, que, sin querer queriendo, la coalición Por el Bien de Todos retoma los argumentos que presentaron los demócratas de Estados Unidos, en el 2000, cuando George Bush ganó la presidencia a Al Gore en medio del escándalo de las votaciones en Florida.
Lamentablemente para la coalición Por el Bien de Todos, hay muchas diferencias entre aquellas elecciones estadunidenses y estas mexicanas. Señalaré sólo las principales: allá la disputa era sobre los votos de una región específica, y aquí es de un área dispersa y prácticamente indefinida; allá la elección de Florida fue presidida por la secretaria de Gobierno de ese estado, quien —entre otras cosas— era parte del equipo de campaña de Bush, y aquí es presidida por el Instituto Federal Electoral, que es un organismo ciudadano; allá las papeletas eran distintas según el condado, aquí son únicas; allá hubo una serie de juicios entre las partes hasta llegar a la Suprema Corte, aquí existe un Tribunal creado ex profeso para estos casos.
Ahora bien, al argumento de Wikipedia se le agregan, por fuera de lo llevado al Tribunal, otros más. Estos se refieren, explícitamente, a la presunta intervención del presidente Fox en el proceso, a lo que el grupo cercano a López Obrador percibe como una política desigual de los medios ante los distintos candidatos, a las presiones que habrían ejercido algunas empresas sobre los votantes. Se trata, claramente, de una lucha por la opinión pública.
Por otra parte, los magistrados ya saben —porque son personas informadas— que, si Calderón es ratificado, AMLO de todas maneras considerará que es un mandatario ilegitimo y seguirá sus movilizaciones.
¿Cuál será la reacción de TEPJF ante este complejo entramado legal y político? Los calderonistas de más pura cepa esperan una respuesta formalista: la revisión caso por caso de las casillas impugnadas, con apertura de paquetes limitada a su mínima expresión. De la parte de López Obrador quisieran que el proceso se anulara por las causales abstractas, pero —a sabiendas de que no es así— se conformarían con una votación dividida en ese aspecto y con la apertura y recuento de las 50 mil casillas impugnadas (y la subsiguiente alharaca por las 80 mil que faltaron).
Debería ser evidente —más aún con la debilidad formal del recurso “madre” de la coalición Por el Bien de Todos— que el tribunal difícilmente se irá por cualquiera de los caminos que proponen las partes en disputa. El otro lo interpretaría como una toma de posición.
Por eso, la tercera vía es la que más tranquilidad y certidumbre puede darnos. ¿En qué consiste? En abrir una muestra representativa de los paquetes electorales de las casillas impugnadas. Si se encuentra en esta muestra que hay suficientes errores o inconsistencias como para abrir otros paquetes, seguir adelante con ese proceso. Si no las hay, darlo por terminado y proceder a la declaratoria de Presidente Electo.
De esa forma, sin ceder a ninguna de las partes, el tribunal habrá demostrado no sólo transparencia legal, sino también sensibilidad ante la demanda —manipulada o no— de un recuento, habrá terminado con el espantajo del fraude electoral y habrá apuntalado las instituciones electorales mexicanas, tan irresponsablemente golpeadas en tiempos recientes.
fabaez@gmail.com
El fin del autoritarismo
Macario Schettino
El Universal
25 de julio de 2006
A tres semanas de la elección, seguimos sin tener pruebas de la existencia de un fraude. No parece que sea por falta de esfuerzo en buscarlas, porque la alianza que impulsó a López Obrador ha presentado varias, aunque hasta ahora todas en falso. Sí hay, sin duda, evidencia de casillas en las que se contó mal, o se sumó erróneamente. De hecho, varias de ellas fueron revisadas y corregidas durante el conteo distrital que terminó el jueves 6. Pero no hay manera de pasar de un conjunto de errores, aunque sea grande, a un fraude electoral.
Así pues, durante la última semana ha ido cambiando la apuesta. Ya no se habla tanto del voto por voto, sino que crece la discusión acerca de una posible anulación de la elección presidencial. La razón sería la inequidad en la elección, aderezada con el tema de la "campaña sucia". Como en el caso del fraude, no parece que haya pruebas relevantes al respecto. Para consumo de la galería, se puede acusar a Vicente Fox de parcialidad, aprovechando sus abundantes discursos contra el populismo. Pero es difícil considerar estos exabruptos presidenciales como evidencia concreta, puesto que Fox jamás mencionó por su nombre a algún candidato o partido. La publicidad del gobierno tampoco parece que pueda servir de mucho a la alianza, puesto que terminó cuando el IFE así lo dijo, y se mantuvo dentro del presupuesto aprobado por el Congreso.
En pocas palabras, no es fácil probar inequidad durante la campaña, y menos cuando la gran popularidad de López Obrador se mantuvo hasta mediados de marzo, cuando cometió el grave error de mostrar que la propaganda en su contra, acusándolo de ser un peligro, tenía bases ciertas.
Sin embargo, los epígonos del líder anacrónico buscan crear una atmósfera propicia a la anulación de las elecciones. No es de extrañar, puesto que ni el líder ni los seguidores son demócratas, y de ello sobran pruebas. En cualquier elección democrática, los políticos defienden sus ideas, y los que pueden apoyan a sus candidatos. En todas las elecciones, los competidores no sólo enfatizan sus virtudes, sino que magnifican los defectos y errores de sus contrarios. Al final, uno gana y los demás pierden. Y cuando no se tiene evidencia cierta de lo contrario, se acepta la derrota.
Aquí no ha sido así. El perdedor no quiere aceptarlo, y ha buscado hasta debajo de las piedras para cambiar el resultado. Ahora que queda claro que no podrá hacerlo, quiere aventar el tablero. Pero el accionar antidemocrático de López Obrador está a la vista, y él cosechará lo que está sembrando. En cambio, sus seguidores, como lo han hecho tantas veces, se seguirán escudando en sus columnas, noticieros y cátedras, argumentando que ellos sólo analizan la realidad política, y que sólo buscan reflejar en sus opiniones el "sentir popular".
La libertad de expresar ideas, y el gran privilegio de poder hacerlo a través de los medios de comunicación tiene que tener correspondencia con la responsabilidad. Criticar la incompetencia del gobierno de Vicente Fox, por ejemplo, es no sólo perfectamente posible, sino obligado. Tomar partido por un candidato durante el proceso electoral es algo natural. Defender las convicciones, e incluso hacer proselitismo, tiene sentido.
Pero atacar instituciones, y hacerlo sin pruebas, es algo diferente. Promover, aunque sea veladamente, la anulación de la elección y a un presidente interino, me parece francamente irresponsable.
El régimen de la Revolución fue enormemente exitoso. A 20 años del inicio de su caída, casi 15 millones votaron por su resurrección. No fue suficiente, y por eso quieren ahora, con el autoritarismo de costumbre, anular la voluntad de los demás. Y quieren hacerlo a golpe de amenazas, de manifestaciones y de sesudos comentarios.
Esto no es democracia. Se trata de un último intento, éste sí fascista, de romper la legalidad movilizando a la turba. Aunque en ella vayan, como siempre, ingenuos y bienintencionados.
Dejemos que el Tribunal decida. Impidamos que se le presione buscando conteos irracionales o anulaciones imaginarias. Rechacemos absolutamente la aceptación condicional de sus decisiones. Es el último estertor del régimen autoritario, no nos dejemos vencer.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
El Universal
25 de julio de 2006
A tres semanas de la elección, seguimos sin tener pruebas de la existencia de un fraude. No parece que sea por falta de esfuerzo en buscarlas, porque la alianza que impulsó a López Obrador ha presentado varias, aunque hasta ahora todas en falso. Sí hay, sin duda, evidencia de casillas en las que se contó mal, o se sumó erróneamente. De hecho, varias de ellas fueron revisadas y corregidas durante el conteo distrital que terminó el jueves 6. Pero no hay manera de pasar de un conjunto de errores, aunque sea grande, a un fraude electoral.
Así pues, durante la última semana ha ido cambiando la apuesta. Ya no se habla tanto del voto por voto, sino que crece la discusión acerca de una posible anulación de la elección presidencial. La razón sería la inequidad en la elección, aderezada con el tema de la "campaña sucia". Como en el caso del fraude, no parece que haya pruebas relevantes al respecto. Para consumo de la galería, se puede acusar a Vicente Fox de parcialidad, aprovechando sus abundantes discursos contra el populismo. Pero es difícil considerar estos exabruptos presidenciales como evidencia concreta, puesto que Fox jamás mencionó por su nombre a algún candidato o partido. La publicidad del gobierno tampoco parece que pueda servir de mucho a la alianza, puesto que terminó cuando el IFE así lo dijo, y se mantuvo dentro del presupuesto aprobado por el Congreso.
En pocas palabras, no es fácil probar inequidad durante la campaña, y menos cuando la gran popularidad de López Obrador se mantuvo hasta mediados de marzo, cuando cometió el grave error de mostrar que la propaganda en su contra, acusándolo de ser un peligro, tenía bases ciertas.
Sin embargo, los epígonos del líder anacrónico buscan crear una atmósfera propicia a la anulación de las elecciones. No es de extrañar, puesto que ni el líder ni los seguidores son demócratas, y de ello sobran pruebas. En cualquier elección democrática, los políticos defienden sus ideas, y los que pueden apoyan a sus candidatos. En todas las elecciones, los competidores no sólo enfatizan sus virtudes, sino que magnifican los defectos y errores de sus contrarios. Al final, uno gana y los demás pierden. Y cuando no se tiene evidencia cierta de lo contrario, se acepta la derrota.
Aquí no ha sido así. El perdedor no quiere aceptarlo, y ha buscado hasta debajo de las piedras para cambiar el resultado. Ahora que queda claro que no podrá hacerlo, quiere aventar el tablero. Pero el accionar antidemocrático de López Obrador está a la vista, y él cosechará lo que está sembrando. En cambio, sus seguidores, como lo han hecho tantas veces, se seguirán escudando en sus columnas, noticieros y cátedras, argumentando que ellos sólo analizan la realidad política, y que sólo buscan reflejar en sus opiniones el "sentir popular".
La libertad de expresar ideas, y el gran privilegio de poder hacerlo a través de los medios de comunicación tiene que tener correspondencia con la responsabilidad. Criticar la incompetencia del gobierno de Vicente Fox, por ejemplo, es no sólo perfectamente posible, sino obligado. Tomar partido por un candidato durante el proceso electoral es algo natural. Defender las convicciones, e incluso hacer proselitismo, tiene sentido.
Pero atacar instituciones, y hacerlo sin pruebas, es algo diferente. Promover, aunque sea veladamente, la anulación de la elección y a un presidente interino, me parece francamente irresponsable.
El régimen de la Revolución fue enormemente exitoso. A 20 años del inicio de su caída, casi 15 millones votaron por su resurrección. No fue suficiente, y por eso quieren ahora, con el autoritarismo de costumbre, anular la voluntad de los demás. Y quieren hacerlo a golpe de amenazas, de manifestaciones y de sesudos comentarios.
Esto no es democracia. Se trata de un último intento, éste sí fascista, de romper la legalidad movilizando a la turba. Aunque en ella vayan, como siempre, ingenuos y bienintencionados.
Dejemos que el Tribunal decida. Impidamos que se le presione buscando conteos irracionales o anulaciones imaginarias. Rechacemos absolutamente la aceptación condicional de sus decisiones. Es el último estertor del régimen autoritario, no nos dejemos vencer.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
24 de julio de 2006
La inmolación
Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma
24 de Julio del 2006
Nadie puede exigirle a Andrés Manuel López Obrador aceptar una derrota que no alcanza un punto de cien y que aún no se formaliza institucionalmente. Resulta perfectamente entendible que se resista a proclamar como vencedor a Felipe Calderón. La ley le ofrece recursos y los está empleando. No puede satanizarse el ejercicio de los derechos. Pero no ha sido esa la única ruta que ha escogido el ex candidato presidencial. No ha sido, siquiera, su ruta principal. Por el contrario, por encima de la impugnación ha optado por la descalificación general de la elección. Una jornada que fue calificada como ejemplar se convirtió de pronto en el episodio central de una estafa que nadie logra probar. López Obrador y sus seguidores sostienen que la elección fue un fraude. A su juicio, un poder dispuso la alteración de la voluntad ciudadana y logró imponerse sobre todos los mecanismos de control de nuestro régimen electoral. Sus pruebas han sido flojas, cuando no le han resultado francamente contraproducentes.
La admisión inmediata de la derrota no era una opción razonable para el PRD. Si ese camino estaba cerrado bajo cualquier criterio estratégico, ¿cuáles eran sus opciones frente a la frustrante información oficial? La alternativa era impugnar o reventar. Seguir el sendero de la impugnación implicaba ratificar un compromiso con el dispositivo institucional y emplearlo para cuestionar lo cuestionable. Hacer acopio de razones y pruebas para demostrar ante los jueces que el cómputo tiene errores que pueden revertir el sentido de la elección. No ha sido esa la opción elegida. La decisión de los perredistas ha sido reventar la elección. En su discurso público y en su petición judicial, pretenden tirar a la basura la elección de Presidente de la República. Valdría la pena detenerse a analizar la lógica y la visión política de los redactores de la demanda perredista. Con frecuencia invocan como fuente de cultura electoral a Wikipedia (la enciclopedia en internet famosa por la ausencia de rigor académico en la redacción de sus notas) y declaran como autoridad democrática a ¡José Stalin! Los abogados lopezobradoristas, en efecto, citan al genocida como un respetable teórico de la democracia. Inteligente estrategia legal: siguiendo este consejo, habría que entregar cualquier petición a la Comisión de Derechos Humanos con el respaldo de los escritos de Hitler.
La ruta de la descalificación es un sendero extraordinariamente riesgoso para López Obrador. Es cierto: se trata de su terruño: el lugar de las movilizaciones, de la confrontación y de la radicalización. Nadie conoce ese paraje como él. Pero ahora ese lugar representa un riesgo que nada tiene que ver con los riesgos conocidos. Ante el desafuero, López Obrador tenía buenas, sólidas razones. Por eso convenció a muchos del atropello. Hoy defiende un caso extremadamente débil. Nadie, que no sea un devoto de su causa, le concede razón. Ayer tenía en su contra las torpezas e ineptitudes de Vicente Fox. Hoy enfrenta a millones de ciudadanos que observaron un proceso competido y una jornada ejemplar. A millones que votaron con tranquilidad. A millones que recibieron y contaron los votos. A miles de observadores nacionales, a cientos de vigías internacionales que no encontraron ninguna evidencia de la terrible estafa. La opción de descalificar todo el proceso electoral significa una determinación de enormes consecuencias para el futuro de su liderazgo.
López Obrador ha optado por reavivar la intensidad de sus respaldos a riesgos de perder la cantidad de sus apoyos. No ha querido conducir su popularidad y su poder para defender ahora su causa en la elección, reservándose capital para el futuro. El político tabasqueño no está dotado de paciencia y está dispuesto a quemar todos sus recursos, a quemarse él mismo, para impedir la asunción de Felipe Calderón. Presenciamos el espectáculo de la inmolación del político más carismático de la historia reciente de México. Un político que, al tiempo que enciende la pasión desbordada de sus seguidores, rompe contacto con ese universo moderado y vacilante de los votantes independientes. Esa parece ser la determinación de López Obrador. Si no soy Presidente hoy, no lo seré nunca. Si nunca seré Presidente de México, que no sea Calderón.
La boca de López Obrador es una hoguera en la que se quema un liderazgo que trascendió al PRD, a la izquierda, a la Ciudad de México. Sus flamas chamuscan a medio mundo: al IFE que es un nido de ratas, a los técnicos que son ladrones con computadora; a sus representantes que se vendieron; la elección toda que fue un cochinero. Pero el fuego retórico también carboniza a un dirigente que, al radicalizarse, se margina y se separa de una ciudadanía que no lo acompaña en su fantasía conspiratista. La inmolación de López Obrador está dañando también al PRD, el partido que tanto ganó en la reciente elección. El liderazgo del tabasqueño está poniendo en riesgo los enormes avances del PRD no solamente como una opción exitosa de gobierno sino como una organización confiable e institucional. Nadie dentro de ese partido ha logrado construir un argumento de sensatez para los días que corren. Todos han seguido la obsesión del caudillo. Es una mala señal el que un partido no encuentre en su propia diversidad los reflejos de moderación y racionalidad que necesita.
López Obrador se incinera y está dispuesto a quemarse en la casa de su partido. Pretende quemar también uno de los grandes avances de México en su historia reciente. El complejísimo, barroco, carísimo pero a fin de cuentas confiable dispositivo electoral. No es un pleito contra el presidente del IFE, es un manifiesto contra los ciudadanos que organizaron y contaron los votos de millones de mexicanos. El héroe pirómano está dispuesto a inmolarse y a destruir la armadura de nuestra democracia.
Reforma
24 de Julio del 2006
Nadie puede exigirle a Andrés Manuel López Obrador aceptar una derrota que no alcanza un punto de cien y que aún no se formaliza institucionalmente. Resulta perfectamente entendible que se resista a proclamar como vencedor a Felipe Calderón. La ley le ofrece recursos y los está empleando. No puede satanizarse el ejercicio de los derechos. Pero no ha sido esa la única ruta que ha escogido el ex candidato presidencial. No ha sido, siquiera, su ruta principal. Por el contrario, por encima de la impugnación ha optado por la descalificación general de la elección. Una jornada que fue calificada como ejemplar se convirtió de pronto en el episodio central de una estafa que nadie logra probar. López Obrador y sus seguidores sostienen que la elección fue un fraude. A su juicio, un poder dispuso la alteración de la voluntad ciudadana y logró imponerse sobre todos los mecanismos de control de nuestro régimen electoral. Sus pruebas han sido flojas, cuando no le han resultado francamente contraproducentes.
La admisión inmediata de la derrota no era una opción razonable para el PRD. Si ese camino estaba cerrado bajo cualquier criterio estratégico, ¿cuáles eran sus opciones frente a la frustrante información oficial? La alternativa era impugnar o reventar. Seguir el sendero de la impugnación implicaba ratificar un compromiso con el dispositivo institucional y emplearlo para cuestionar lo cuestionable. Hacer acopio de razones y pruebas para demostrar ante los jueces que el cómputo tiene errores que pueden revertir el sentido de la elección. No ha sido esa la opción elegida. La decisión de los perredistas ha sido reventar la elección. En su discurso público y en su petición judicial, pretenden tirar a la basura la elección de Presidente de la República. Valdría la pena detenerse a analizar la lógica y la visión política de los redactores de la demanda perredista. Con frecuencia invocan como fuente de cultura electoral a Wikipedia (la enciclopedia en internet famosa por la ausencia de rigor académico en la redacción de sus notas) y declaran como autoridad democrática a ¡José Stalin! Los abogados lopezobradoristas, en efecto, citan al genocida como un respetable teórico de la democracia. Inteligente estrategia legal: siguiendo este consejo, habría que entregar cualquier petición a la Comisión de Derechos Humanos con el respaldo de los escritos de Hitler.
La ruta de la descalificación es un sendero extraordinariamente riesgoso para López Obrador. Es cierto: se trata de su terruño: el lugar de las movilizaciones, de la confrontación y de la radicalización. Nadie conoce ese paraje como él. Pero ahora ese lugar representa un riesgo que nada tiene que ver con los riesgos conocidos. Ante el desafuero, López Obrador tenía buenas, sólidas razones. Por eso convenció a muchos del atropello. Hoy defiende un caso extremadamente débil. Nadie, que no sea un devoto de su causa, le concede razón. Ayer tenía en su contra las torpezas e ineptitudes de Vicente Fox. Hoy enfrenta a millones de ciudadanos que observaron un proceso competido y una jornada ejemplar. A millones que votaron con tranquilidad. A millones que recibieron y contaron los votos. A miles de observadores nacionales, a cientos de vigías internacionales que no encontraron ninguna evidencia de la terrible estafa. La opción de descalificar todo el proceso electoral significa una determinación de enormes consecuencias para el futuro de su liderazgo.
López Obrador ha optado por reavivar la intensidad de sus respaldos a riesgos de perder la cantidad de sus apoyos. No ha querido conducir su popularidad y su poder para defender ahora su causa en la elección, reservándose capital para el futuro. El político tabasqueño no está dotado de paciencia y está dispuesto a quemar todos sus recursos, a quemarse él mismo, para impedir la asunción de Felipe Calderón. Presenciamos el espectáculo de la inmolación del político más carismático de la historia reciente de México. Un político que, al tiempo que enciende la pasión desbordada de sus seguidores, rompe contacto con ese universo moderado y vacilante de los votantes independientes. Esa parece ser la determinación de López Obrador. Si no soy Presidente hoy, no lo seré nunca. Si nunca seré Presidente de México, que no sea Calderón.
La boca de López Obrador es una hoguera en la que se quema un liderazgo que trascendió al PRD, a la izquierda, a la Ciudad de México. Sus flamas chamuscan a medio mundo: al IFE que es un nido de ratas, a los técnicos que son ladrones con computadora; a sus representantes que se vendieron; la elección toda que fue un cochinero. Pero el fuego retórico también carboniza a un dirigente que, al radicalizarse, se margina y se separa de una ciudadanía que no lo acompaña en su fantasía conspiratista. La inmolación de López Obrador está dañando también al PRD, el partido que tanto ganó en la reciente elección. El liderazgo del tabasqueño está poniendo en riesgo los enormes avances del PRD no solamente como una opción exitosa de gobierno sino como una organización confiable e institucional. Nadie dentro de ese partido ha logrado construir un argumento de sensatez para los días que corren. Todos han seguido la obsesión del caudillo. Es una mala señal el que un partido no encuentre en su propia diversidad los reflejos de moderación y racionalidad que necesita.
López Obrador se incinera y está dispuesto a quemarse en la casa de su partido. Pretende quemar también uno de los grandes avances de México en su historia reciente. El complejísimo, barroco, carísimo pero a fin de cuentas confiable dispositivo electoral. No es un pleito contra el presidente del IFE, es un manifiesto contra los ciudadanos que organizaron y contaron los votos de millones de mexicanos. El héroe pirómano está dispuesto a inmolarse y a destruir la armadura de nuestra democracia.
Los venenos del interinato
Leo Zuckermann
Excélsior - Juegos de Poder
24-07-06
A finales de mayo escribí una serie de artículos sobre la posibilidad de que la elección presidencial se anulara. Recibí algunas críticas porque me había atrevido a especular con un escenario que se veía poco probable que sucediera. Sin embargo, López Obrador y su equipo habían hecho ciertas declaraciones que me llevaron a pensar, desde entonces, que estaban contemplando buscar la nulidad abstracta en caso de que perdieran, sobre todo por un margen estrecho. Pues bien, dos meses posteriores a mis artículos y tres semanas después de la elección, cada vez es más claro que la coalición lopezobradorista está buscando la anulación, lo que implicaría tener una Presidencia interina de 14 a 18 meses y la realización de elecciones extraordinarias en algún momento del primer semestre de 2008. De hecho, comienzan a aparecer artículos, como el de Carlos Fuentes en Reforma el jueves pasado, donde se dulcifica la posibilidad del interinato como solución política al conflicto postelectoral cuando, en realidad, la anulación de la elección y la Presidencia interina serían veneno puro para las instituciones políticas del país.
Los siete magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) deben tener muy claras las posibles consecuencias en caso de anular los comicios y dar entrada a un interinato. Para empezar, una decisión de este tipo implicaría la posible destrucción institucional del IFE. No sólo de su actual Consejo General como erróneamente piensan algunos, sino del sistema entero en el que está fincado.
Para ilustrar este punto recupero la declaración del presidente de la casilla 2227 de Cerro Gordo, Juan Gilberto Castro Razo, cuando AMLO lo agravió por supuestamente haber "embarazado" una urna. La mentira generó que el ciudadano en cuestión expresara que no volvería a atender el llamado del IFE para recibir y contar los votos de sus vecinos. Con razón, el maestro pensó que uno no regala todo un domingo de su vida para terminar denostado en la televisión nacional.
De anular la elección, se corre el peligro de que los ciudadanos sorteados para recibir y contar los votos consideren su esfuerzo como vano o, peor aún, como en el caso del señor Castro, motivo para que los insulten. En este sentido, la ciudadanía ya no tendría incentivos para colaborar en la organización de las elecciones y se vulneraría todo el sistema en el que está basado el IFE. Así, se destruiría una institución que ha funcionado y que costó mucho tiempo, dinero y recursos construir.
Pero la anulación de la elección no sólo arruinaría al IFE sino al mismísimo TEPJF. Muchos políticos, comenzando con los panistas que van a tener la mayor cantidad de diputados y senadores en la próxima Legislatura, se sentirían agraviados por esta decisión. Hay que recordar que la nulidad abstracta que ha aplicado el Tribunal en otros casos ha despertado muchas dudas y enfurecido a los partidos que piensan que los magistrados se extralimitan en sus facultades. No por nada el Senado aprobó una iniciativa que quedó varada en la Cámara de Diputados, para reglamentar la causal de nulidad abstracta, de tal suerte que "la autoridad electoral no pueda invocar ninguna otra causal que no esté prevista en la ley de la materia".
Los senadores pretendían imponerles límites a los magistrados para que sólo pudieran invalidar por hechos consumados y probados y no por meros indicios. Querían "acotar la discrecionalidad que tiene el juzgador en materia electoral". Ahora imaginemos que los magistrados se atrevieran a anular la elección presidencial. El nuevo Congreso, sin duda, legislaría para quitarle poder al TEPJF. Por decir lo menos, la instancia jurídica de última instancia se debilitaría y, como en el caso del IFE, se echarían al cesto de la basura muchos años de experiencia institucional en materia de elecciones.
La anulación llevaría a una Presidencia interina que tendría que ser nombrada por el Congreso. Como quedó conformado este órgano, resulta que sería el PRI el partido que, en la práctica, decidiría al presidente interino, pues podría aliarse con el PAN o con el PRD. Paradójicamente, la resolución del Tribunal haría que el partido perdedor de las elecciones nombrara al mandatario que gobernaría el primer tramo del sexenio, lo cual no suena muy democrático que digamos.
Y luego está el asunto de las elecciones extraordinarias de 2008. ¿Cómo podrían llevarse a cabo estos comicios con un IFE y un TEPJF golpeados, quizás hasta destruidos? ¿Podría el Congreso dividido crear nuevas instituciones electorales? Adicionalmente, ¿no estarían los ciudadanos hartos de tener que enfrentar un proceso electoral más? ¿De verdad tendría sentido anular la elección cuando en las regiones donde esto ha sucedido han terminado ganando los mismos partidos en los comicios extraordinarios?
En su artículo, Carlos Fuentes se pregunta: "¿Cuánto puede hacer, en tan breve periodo, el Presidente interino, formalmente mero ‘caretaker’, jardinero o portero de la casa presidencial? Muchísimo si juzgamos por la Presidencia de Portes Gil". Y remata: "Hay que pensar que un Presidente interino, en democracia, tiene la posibilidad de ejercer un poder constructivo, firme e independiente de los factores que lo encumbraron".
¡Por favor! Es una barbaridad andar glorificando la posibilidad de un interinato. En México no se ha roto el orden constitucional sexenal desde cuando Lázaro Cárdenas tomó posesión como Presidente en 1934. La sola idea de un Presidente interino debería erizarnos la piel.
Al momento de tomar su decisión, los magistrados del TEPJF tienen que considerar las gravísimas consecuencias que desencadenarían al anular la elección. Es ridículo y hasta irresponsable endulzar la posibilidad de un interinato. Al revés de lo que piensa el literato mexicano, la anulación de los comicios presidenciales abriría una caja de Pandora llena de venenos políticos.
leo.zuckermann@cide.edu
Excélsior - Juegos de Poder
24-07-06
A finales de mayo escribí una serie de artículos sobre la posibilidad de que la elección presidencial se anulara. Recibí algunas críticas porque me había atrevido a especular con un escenario que se veía poco probable que sucediera. Sin embargo, López Obrador y su equipo habían hecho ciertas declaraciones que me llevaron a pensar, desde entonces, que estaban contemplando buscar la nulidad abstracta en caso de que perdieran, sobre todo por un margen estrecho. Pues bien, dos meses posteriores a mis artículos y tres semanas después de la elección, cada vez es más claro que la coalición lopezobradorista está buscando la anulación, lo que implicaría tener una Presidencia interina de 14 a 18 meses y la realización de elecciones extraordinarias en algún momento del primer semestre de 2008. De hecho, comienzan a aparecer artículos, como el de Carlos Fuentes en Reforma el jueves pasado, donde se dulcifica la posibilidad del interinato como solución política al conflicto postelectoral cuando, en realidad, la anulación de la elección y la Presidencia interina serían veneno puro para las instituciones políticas del país.
Los siete magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) deben tener muy claras las posibles consecuencias en caso de anular los comicios y dar entrada a un interinato. Para empezar, una decisión de este tipo implicaría la posible destrucción institucional del IFE. No sólo de su actual Consejo General como erróneamente piensan algunos, sino del sistema entero en el que está fincado.
Para ilustrar este punto recupero la declaración del presidente de la casilla 2227 de Cerro Gordo, Juan Gilberto Castro Razo, cuando AMLO lo agravió por supuestamente haber "embarazado" una urna. La mentira generó que el ciudadano en cuestión expresara que no volvería a atender el llamado del IFE para recibir y contar los votos de sus vecinos. Con razón, el maestro pensó que uno no regala todo un domingo de su vida para terminar denostado en la televisión nacional.
De anular la elección, se corre el peligro de que los ciudadanos sorteados para recibir y contar los votos consideren su esfuerzo como vano o, peor aún, como en el caso del señor Castro, motivo para que los insulten. En este sentido, la ciudadanía ya no tendría incentivos para colaborar en la organización de las elecciones y se vulneraría todo el sistema en el que está basado el IFE. Así, se destruiría una institución que ha funcionado y que costó mucho tiempo, dinero y recursos construir.
Pero la anulación de la elección no sólo arruinaría al IFE sino al mismísimo TEPJF. Muchos políticos, comenzando con los panistas que van a tener la mayor cantidad de diputados y senadores en la próxima Legislatura, se sentirían agraviados por esta decisión. Hay que recordar que la nulidad abstracta que ha aplicado el Tribunal en otros casos ha despertado muchas dudas y enfurecido a los partidos que piensan que los magistrados se extralimitan en sus facultades. No por nada el Senado aprobó una iniciativa que quedó varada en la Cámara de Diputados, para reglamentar la causal de nulidad abstracta, de tal suerte que "la autoridad electoral no pueda invocar ninguna otra causal que no esté prevista en la ley de la materia".
Los senadores pretendían imponerles límites a los magistrados para que sólo pudieran invalidar por hechos consumados y probados y no por meros indicios. Querían "acotar la discrecionalidad que tiene el juzgador en materia electoral". Ahora imaginemos que los magistrados se atrevieran a anular la elección presidencial. El nuevo Congreso, sin duda, legislaría para quitarle poder al TEPJF. Por decir lo menos, la instancia jurídica de última instancia se debilitaría y, como en el caso del IFE, se echarían al cesto de la basura muchos años de experiencia institucional en materia de elecciones.
La anulación llevaría a una Presidencia interina que tendría que ser nombrada por el Congreso. Como quedó conformado este órgano, resulta que sería el PRI el partido que, en la práctica, decidiría al presidente interino, pues podría aliarse con el PAN o con el PRD. Paradójicamente, la resolución del Tribunal haría que el partido perdedor de las elecciones nombrara al mandatario que gobernaría el primer tramo del sexenio, lo cual no suena muy democrático que digamos.
Y luego está el asunto de las elecciones extraordinarias de 2008. ¿Cómo podrían llevarse a cabo estos comicios con un IFE y un TEPJF golpeados, quizás hasta destruidos? ¿Podría el Congreso dividido crear nuevas instituciones electorales? Adicionalmente, ¿no estarían los ciudadanos hartos de tener que enfrentar un proceso electoral más? ¿De verdad tendría sentido anular la elección cuando en las regiones donde esto ha sucedido han terminado ganando los mismos partidos en los comicios extraordinarios?
En su artículo, Carlos Fuentes se pregunta: "¿Cuánto puede hacer, en tan breve periodo, el Presidente interino, formalmente mero ‘caretaker’, jardinero o portero de la casa presidencial? Muchísimo si juzgamos por la Presidencia de Portes Gil". Y remata: "Hay que pensar que un Presidente interino, en democracia, tiene la posibilidad de ejercer un poder constructivo, firme e independiente de los factores que lo encumbraron".
¡Por favor! Es una barbaridad andar glorificando la posibilidad de un interinato. En México no se ha roto el orden constitucional sexenal desde cuando Lázaro Cárdenas tomó posesión como Presidente en 1934. La sola idea de un Presidente interino debería erizarnos la piel.
Al momento de tomar su decisión, los magistrados del TEPJF tienen que considerar las gravísimas consecuencias que desencadenarían al anular la elección. Es ridículo y hasta irresponsable endulzar la posibilidad de un interinato. Al revés de lo que piensa el literato mexicano, la anulación de los comicios presidenciales abriría una caja de Pandora llena de venenos políticos.
leo.zuckermann@cide.edu
El regreso del dedazo
Pedro Ferriz de Con
Excélsior - El búho no ha muerto
24-07-06
El silencio que se guarda ante la espera para que una institución procese, dictamine, emita decisiones y por ende una sentencia —en este caso, el Tribunal Electoral de la Federación—, resulta indispensable, si se parte de la base de que somos una sociedad desarrollada, inteligente y democrática que entiende de diferencias y sabe que éstas se dirimen por el acatamiento a las leyes. Siendo así, deberíamos estar tranquilos… Como no lo es, entonces interpreto que algo de eso no somos… ni desarrollados ni inteligentes ni demócratas. Una de ésas… dos o todas. Prueba que habremos de superar unos cuantos, que tenemos educación para transitar por estos días, con el respeto y la paciencia que implica. Entonces, descalificaciones, insultos y acciones de rebeldía habremos de dejarlas a aquellos que, al no tener la vocación, "perciben" a su modo la coyuntura por la que atravesamos.
Los primeros —los educados— tenemos que hacer acopio de tolerancia, impulsar actitudes racionales que quiten parte del peso que deben estar sintiendo nuestras instituciones ante lo difícil del momento. Si meditamos con una mayor profundidad, veremos fácil que en el pasado el statu quo retaba a la sociedad y partidos políticos de oposición para imponer a un Presidente —era el dedazo—… hoy —ante nuestra joven democracia— hay quien se quiere dar el lujo de retar al mismo "poder que a todos representa", para tratar de imponer un resultado —obviamente— favorable a las pretensiones de quienes se habían imaginado que arrasarían en las pasadas elecciones. ¡Victoria!, "el pueblo me eligió". ¡Derrota!, "fui víctima de un fraude escandaloso". Una especie rara de dedazo a la inversa… no desde el poder, sino por la presión al poder. Posición a todas luces primitiva, si dejamos de entendernos como un pueblo que se hace fraude a sí mismo, por lo ciudadano de un IFE que organiza, convoca, contabiliza y emite un resultado en el que por fuerza hay sólo un ganador. Amenaza públicamente al triunfador y su familia. Llama espurio a lo legítimo, fraudulento al proceso y a los ciudadanos que intervinieron. Reconocer las reglas del "juego" electoral para, una vez perdido, desconocerlas, resulta irresponsable y hasta cierto grado pueril. La colocación de mantas en la sede del Gobierno de la Ciudad de México, en las que se toma partido por un ex candidato en rebeldía, es tan grave como si pensáramos que en Palacio Nacional hubiera otras, en las que se apoyara al ganador. La polarización que propone Alejandro Encinas llamando "manifestaciones artísticas", a la estrategia, resulta un insulto a la inteligencia. "Las sonrisas se pueden convertir en puños", dice, irresponsablemente, Manuel Camacho Solís. Habla un "experto en puños", como los que cinceló con el EZLN en su oportunidad. Otra vez, Manuel, se te fue la oportunidad de llegar al poder y lo tratas de arrebatar como le hiciste con tus 15 días al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores —una evidente rabieta— y, después, tu representación "ciudadana" —para seguir teniendo la oportunidad de ser candidato en el 94— en el conflicto en Chiapas. Apuestas a la desmemoria, ante lo claro de tu intransigencia. Hace 12 años fuiste usado por Salinas y hoy pretendes hacerlo tú con López Obrador. Entiendo que tu necedad se convirtió en obsesión. Además… tanto Manuel Camacho como Alejandro Encinas se quedarán sin trabajo y, por lo que se ve, también sin proyecto. Es claro que algunos van por "todo o nada". Llevarse al país "entre las patas" no es sino un incidente del fin que se persigue.
Pronto vencerán los tiempos legales para que el Tribunal Electoral defina a un vencedor. Entonces hablará la evidencia, no la descalificación. Las protestas serán llevadas hasta el descontrol y de ahí al aburrimiento, en la medida que al PRD se le acabe el dinero para la movilización. Ayer fue la toma de pozos petroleros por el descontento de no haber ganado una gubernatura. Hoy será la toma del IFE, del TEPJF o tal vez el intento de ocupar las conciencias de quienes hoy guardamos la calma. ¡Que esto no desborde pasiones!, no de quienes México espera que mantendremos la calma y el respeto al suave ritmo de nuestras instituciones democráticas. A millones de mexicanos les preocupa que la rebeldía entre a una escalada sin sentido… Pierdan cuidado… Los movimientos así se alimentan de causas legítimas y, en este caso, la coalición Por el Bien de Todos quedará registrada en la historia de México como "la camarilla para el bien de unos cuantos".
Excélsior - El búho no ha muerto
24-07-06
El silencio que se guarda ante la espera para que una institución procese, dictamine, emita decisiones y por ende una sentencia —en este caso, el Tribunal Electoral de la Federación—, resulta indispensable, si se parte de la base de que somos una sociedad desarrollada, inteligente y democrática que entiende de diferencias y sabe que éstas se dirimen por el acatamiento a las leyes. Siendo así, deberíamos estar tranquilos… Como no lo es, entonces interpreto que algo de eso no somos… ni desarrollados ni inteligentes ni demócratas. Una de ésas… dos o todas. Prueba que habremos de superar unos cuantos, que tenemos educación para transitar por estos días, con el respeto y la paciencia que implica. Entonces, descalificaciones, insultos y acciones de rebeldía habremos de dejarlas a aquellos que, al no tener la vocación, "perciben" a su modo la coyuntura por la que atravesamos.
Los primeros —los educados— tenemos que hacer acopio de tolerancia, impulsar actitudes racionales que quiten parte del peso que deben estar sintiendo nuestras instituciones ante lo difícil del momento. Si meditamos con una mayor profundidad, veremos fácil que en el pasado el statu quo retaba a la sociedad y partidos políticos de oposición para imponer a un Presidente —era el dedazo—… hoy —ante nuestra joven democracia— hay quien se quiere dar el lujo de retar al mismo "poder que a todos representa", para tratar de imponer un resultado —obviamente— favorable a las pretensiones de quienes se habían imaginado que arrasarían en las pasadas elecciones. ¡Victoria!, "el pueblo me eligió". ¡Derrota!, "fui víctima de un fraude escandaloso". Una especie rara de dedazo a la inversa… no desde el poder, sino por la presión al poder. Posición a todas luces primitiva, si dejamos de entendernos como un pueblo que se hace fraude a sí mismo, por lo ciudadano de un IFE que organiza, convoca, contabiliza y emite un resultado en el que por fuerza hay sólo un ganador. Amenaza públicamente al triunfador y su familia. Llama espurio a lo legítimo, fraudulento al proceso y a los ciudadanos que intervinieron. Reconocer las reglas del "juego" electoral para, una vez perdido, desconocerlas, resulta irresponsable y hasta cierto grado pueril. La colocación de mantas en la sede del Gobierno de la Ciudad de México, en las que se toma partido por un ex candidato en rebeldía, es tan grave como si pensáramos que en Palacio Nacional hubiera otras, en las que se apoyara al ganador. La polarización que propone Alejandro Encinas llamando "manifestaciones artísticas", a la estrategia, resulta un insulto a la inteligencia. "Las sonrisas se pueden convertir en puños", dice, irresponsablemente, Manuel Camacho Solís. Habla un "experto en puños", como los que cinceló con el EZLN en su oportunidad. Otra vez, Manuel, se te fue la oportunidad de llegar al poder y lo tratas de arrebatar como le hiciste con tus 15 días al frente de la Secretaría de Relaciones Exteriores —una evidente rabieta— y, después, tu representación "ciudadana" —para seguir teniendo la oportunidad de ser candidato en el 94— en el conflicto en Chiapas. Apuestas a la desmemoria, ante lo claro de tu intransigencia. Hace 12 años fuiste usado por Salinas y hoy pretendes hacerlo tú con López Obrador. Entiendo que tu necedad se convirtió en obsesión. Además… tanto Manuel Camacho como Alejandro Encinas se quedarán sin trabajo y, por lo que se ve, también sin proyecto. Es claro que algunos van por "todo o nada". Llevarse al país "entre las patas" no es sino un incidente del fin que se persigue.
Pronto vencerán los tiempos legales para que el Tribunal Electoral defina a un vencedor. Entonces hablará la evidencia, no la descalificación. Las protestas serán llevadas hasta el descontrol y de ahí al aburrimiento, en la medida que al PRD se le acabe el dinero para la movilización. Ayer fue la toma de pozos petroleros por el descontento de no haber ganado una gubernatura. Hoy será la toma del IFE, del TEPJF o tal vez el intento de ocupar las conciencias de quienes hoy guardamos la calma. ¡Que esto no desborde pasiones!, no de quienes México espera que mantendremos la calma y el respeto al suave ritmo de nuestras instituciones democráticas. A millones de mexicanos les preocupa que la rebeldía entre a una escalada sin sentido… Pierdan cuidado… Los movimientos así se alimentan de causas legítimas y, en este caso, la coalición Por el Bien de Todos quedará registrada en la historia de México como "la camarilla para el bien de unos cuantos".
AMLO y la UNAM
Ricardo Alemán
El Universal - Itinerario Político
24 de julio de 2006
Se habría mandado el mensaje de que en el PRD ya se trabaja en el cabildeo de una eventual presidencia interina
En efecto, no debiera tener nada de particular un encuentro privado entre Andrés Manuel López Obrador y Juan Ramón de la Fuente. Los dos son mexicanos con derechos plenos y libres de hablar con quien les plazca, sobre temas que son de su estricta incumbencia. Pero la mañana del pasado jueves se reunieron en la rectoría de la UNAM no sólo los ciudadanos López Obrador y De la Fuente, sino que se encontraron ahí el aún candidato presidencial y el rector de la UNAM. Por eso, el lugar en el que platicaron, el cargo que ostenta cada uno de los personajes y, sobre todo, el entorno político electoral que los vincula, convierten a ese encuentro en parte de la compleja trama postelectoral que nos ocupa.
Y es que en efecto, si los amigos López Obrador y De la Fuente sólo quisieran charlas sobre asuntos que competen a su amistad, lo pudieran haber hecho en la casa de uno de ellos, en un lugar privado, y no se habría tenido el cuidado de que se enterara la prensa. Pero no, el lugar elegido fue precisamente el inmueble que simboliza a la máxima casa de estudios, mientras que alguna mano interesada hizo saber a algunos medios que se llevaría o que se llevó a cabo el encuentro. Por eso es posible señalar que se trata, sin duda, de una nada insignificante señal política.
Y esa percepción la confirman las rigurosas lecturas que tanto sectores del PRD como del PAN hicieron del encuentro. Y en los dos casos -a pesar de que cualquiera podría suponer que se darían lecturas antagónicas- se coincidió en que lo menos importante es lo que hablaron los señores López Obrador y De la Fuente. Lo verdaderamente interesante es que se habría mandado el mensaje - por lo menos así se entendió- que en el PRD ya se trabaja en el cabildeo de una eventual presidencia interina. Todos saben de la estrecha relación política de los señores López Obrador y De la Fuente, del candidato presidencial que se aventó la puntada de destapar como su probable secretario de Gobernación al rector de la UNAM, como también todos saben que De la Fuente nunca se descartó como un presidenciable; primero como parte de un proyecto independiente, y luego como eso, como producto de una "tercería" en momentos de crisis.
Tampoco es una novedad -y aquí se dijo- que una buena parte del primer círculo de colaboradores del rector no sólo se declararon simpatizantes de la causa político electoral de López Obrador -lo que de suyo es una legítima expresión de las libertades fundamentales-, sino que usaron sus cargos y a la UNAM como plataforma de promoción del aspirante de la coalición Por el Bien de Todos, señalamiento que en su momento provocó airadas respuestas de esos propagandistas y reacciones de condena por diversos sectores universitarios.
Pero más allá de las evidencias del pasado, los acontecimientos del presente nos dejan ver que en efecto, entre los hombres más cercanos a López Obrador y en el ánimo del candidato mismo, se maneja insistentemente el escenario de la anulación de las elecciones del 2 de julio y la posibilidad de impulsar a un tercero en calidad, probablemente, de interino. Lo interesante en este caso, más que pulsar las posibilidades reales de un tercero en discordia -lo cual un político experimentado llevaría a cabo con absoluto sigilo-, era sembrar la especie de que se camina en esa dirección.
Pero hay más. En las horas previas al encuentro entre López Obrador y De la Fuente, desde el cuartel de guerra del perredista se había deslizado la especie de que en la derrota electoral de AMLO uno de los factores determinantes había sido el gobernador de Michoacán, Cárdenas Batel, hijo del otrora "líder moral" del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas. Se trató, como se puede apreciar, si se revisan los resultados del 2 de julio en la elección presidencial y al Congreso, de una filtración manipulada que intentó descalificar a Cárdenas frente al proyecto de López Obrador.
¿Por qué desprestigiar a Cárdenas Batel -y con ello a Cuauhtémoc- frente a la elección presidencial y, sobre todo, frente al resultado adverso para López Obrador? Muy fácil. Quitar del camino de la "tercería" a Cárdenas. Y es que en el ánimo de no pocos políticos de izquierda y de derecha, el ingeniero Cárdenas sería el hombre ideal para entrar al relevo ante un escenario que conduzca a la anulación del proceso electoral. Pero López Obrador nada quiere saber de Cárdenas, al que considera algo más que "un traidor". Y por eso en su mensaje de negociación al estilo de las concertacesiones entre el PRI y el PAN -acuerdos extralegales operados nada menos que por Arturo Núñez, el hoy operador lopista del espantajo del fraude-, AMLO manda la señal de que su elegido será De la Fuente. Amor con amor se paga. Decenas de académicos de la UNAM que ayer quemaron incienso al EZLN y a Marcos, al que hoy lanzaron al cesto de basura, hoy queman incienso a AMLO, y seguramente mañana impulsarán la "concertacesión". Al tiempo.
aleman2@prodigy.net.mx
El Universal - Itinerario Político
24 de julio de 2006
Se habría mandado el mensaje de que en el PRD ya se trabaja en el cabildeo de una eventual presidencia interina
En efecto, no debiera tener nada de particular un encuentro privado entre Andrés Manuel López Obrador y Juan Ramón de la Fuente. Los dos son mexicanos con derechos plenos y libres de hablar con quien les plazca, sobre temas que son de su estricta incumbencia. Pero la mañana del pasado jueves se reunieron en la rectoría de la UNAM no sólo los ciudadanos López Obrador y De la Fuente, sino que se encontraron ahí el aún candidato presidencial y el rector de la UNAM. Por eso, el lugar en el que platicaron, el cargo que ostenta cada uno de los personajes y, sobre todo, el entorno político electoral que los vincula, convierten a ese encuentro en parte de la compleja trama postelectoral que nos ocupa.
Y es que en efecto, si los amigos López Obrador y De la Fuente sólo quisieran charlas sobre asuntos que competen a su amistad, lo pudieran haber hecho en la casa de uno de ellos, en un lugar privado, y no se habría tenido el cuidado de que se enterara la prensa. Pero no, el lugar elegido fue precisamente el inmueble que simboliza a la máxima casa de estudios, mientras que alguna mano interesada hizo saber a algunos medios que se llevaría o que se llevó a cabo el encuentro. Por eso es posible señalar que se trata, sin duda, de una nada insignificante señal política.
Y esa percepción la confirman las rigurosas lecturas que tanto sectores del PRD como del PAN hicieron del encuentro. Y en los dos casos -a pesar de que cualquiera podría suponer que se darían lecturas antagónicas- se coincidió en que lo menos importante es lo que hablaron los señores López Obrador y De la Fuente. Lo verdaderamente interesante es que se habría mandado el mensaje - por lo menos así se entendió- que en el PRD ya se trabaja en el cabildeo de una eventual presidencia interina. Todos saben de la estrecha relación política de los señores López Obrador y De la Fuente, del candidato presidencial que se aventó la puntada de destapar como su probable secretario de Gobernación al rector de la UNAM, como también todos saben que De la Fuente nunca se descartó como un presidenciable; primero como parte de un proyecto independiente, y luego como eso, como producto de una "tercería" en momentos de crisis.
Tampoco es una novedad -y aquí se dijo- que una buena parte del primer círculo de colaboradores del rector no sólo se declararon simpatizantes de la causa político electoral de López Obrador -lo que de suyo es una legítima expresión de las libertades fundamentales-, sino que usaron sus cargos y a la UNAM como plataforma de promoción del aspirante de la coalición Por el Bien de Todos, señalamiento que en su momento provocó airadas respuestas de esos propagandistas y reacciones de condena por diversos sectores universitarios.
Pero más allá de las evidencias del pasado, los acontecimientos del presente nos dejan ver que en efecto, entre los hombres más cercanos a López Obrador y en el ánimo del candidato mismo, se maneja insistentemente el escenario de la anulación de las elecciones del 2 de julio y la posibilidad de impulsar a un tercero en calidad, probablemente, de interino. Lo interesante en este caso, más que pulsar las posibilidades reales de un tercero en discordia -lo cual un político experimentado llevaría a cabo con absoluto sigilo-, era sembrar la especie de que se camina en esa dirección.
Pero hay más. En las horas previas al encuentro entre López Obrador y De la Fuente, desde el cuartel de guerra del perredista se había deslizado la especie de que en la derrota electoral de AMLO uno de los factores determinantes había sido el gobernador de Michoacán, Cárdenas Batel, hijo del otrora "líder moral" del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas. Se trató, como se puede apreciar, si se revisan los resultados del 2 de julio en la elección presidencial y al Congreso, de una filtración manipulada que intentó descalificar a Cárdenas frente al proyecto de López Obrador.
¿Por qué desprestigiar a Cárdenas Batel -y con ello a Cuauhtémoc- frente a la elección presidencial y, sobre todo, frente al resultado adverso para López Obrador? Muy fácil. Quitar del camino de la "tercería" a Cárdenas. Y es que en el ánimo de no pocos políticos de izquierda y de derecha, el ingeniero Cárdenas sería el hombre ideal para entrar al relevo ante un escenario que conduzca a la anulación del proceso electoral. Pero López Obrador nada quiere saber de Cárdenas, al que considera algo más que "un traidor". Y por eso en su mensaje de negociación al estilo de las concertacesiones entre el PRI y el PAN -acuerdos extralegales operados nada menos que por Arturo Núñez, el hoy operador lopista del espantajo del fraude-, AMLO manda la señal de que su elegido será De la Fuente. Amor con amor se paga. Decenas de académicos de la UNAM que ayer quemaron incienso al EZLN y a Marcos, al que hoy lanzaron al cesto de basura, hoy queman incienso a AMLO, y seguramente mañana impulsarán la "concertacesión". Al tiempo.
aleman2@prodigy.net.mx
23 de julio de 2006
Cuando éramos huérfanos
Ya en ocasiones anteriores hemos citado a Denise Dresser reconociendo el valor de sus argumentos y razonamientos, aunque no los compartamos del todo. Hoy, con su artículo publicado en Proceso, se suma al grupo de personas que, habiendo votado por López Obrador, expresa públicamente que no está de acuerdo y le preocupa la estrategia de confrontación y descalificaciones que AMLO está siguiendo para reventar el proceso electoral y buscar su anulación. Al decir claramente que no puede dejar de creer en todo lo que cree para entregar a ciegas su confianza a AMLO, Denise confirma, una vez más, que es una mujer coherente y ante todo muy valiente.
Denise Dresser
Revista Proceso (Número 1551)
23 de julio de 2006
Siempre me ha gustado vivir en México. Todos los días doy gracias por vivir en un país con tanta belleza, con tanta historia, con tanta cultura, con tanta vida, con tanta dignidad. Lo digo cada vez que puedo: amo a México con un amor perro. Amo sus olores y sus sabores, sus regiones más transparentes y sus rincones más oscuros, sus volcanes y sus valles y todo lo de en medio. La vida en México para una persona de clase media alta como yo es, en muchos sentidos, envidiable. Vivo en una casa rentada y muy linda; mando a mis hijos a una escuela privada y no excesivamente cara; soy dueña de dos autos usados y en buena condición; vivo de mi trabajo y puedo mantener a mi familia con él; empleo a un par de personas que ayudan en casa y me alcanza el sueldo para pagarles; tomo vacaciones anuales y estoy ahorrando para asegurarle una educación universitaria a mis hijos. Tengo la vida que siempre he querido, llena de ideas y libros y arte y alumnos y amigos y la oportunidad de escribir en Proceso y una profesión socialmente útil. Este país me la ha dado.
Soy producto de la movilidad social que aún existía en los sesenta cuando nací. De beca en beca obtuve una buena educación y con ella he ido ascendiendo la escalera social. En un país con 40 millones de pobres, soy de las privilegiadas. Aún así, me doy cuenta de manera cotidiana que algo está mal. Y podría usar el lenguaje sofisticado de la ciencia política para explicarlo, pero en esta columna prefiero hablar como simple ciudadana. Algo está mal cuando las personas que trabajan para mí -la nana y el chofer y el jardinero- no tienen ninguna expectativa de ser más de lo que son hoy. Cuando no tienen ninguna posibilidad de aspirar a algo más porque el país no se los ofrece. Cuando sexenio tras sexenio un presidente u otro les da tan sólo más de lo mismo. Cuando saben que la vida de sus hijos será -en el mejor de los casos- una versión facsimilar de la suya. Esa vida precaria, estancada, difícil. La que tantos con quienes comparto el país padecen.
Y por eso el 2 de julio voté por Andrés Manuel López Obrador. Fui de esos votantes indecisos hasta el momento de entrar a la casilla y una vez adentro opté en función de una sola razón: no podía votar por una persona que piensa que el país está bien. No podía votar por un partido que ofrece sólo la continuidad. No podía formar parte de aquellos que piensan que el país funciona aunque para mí lo hace. Ni más ni menos. Pero voté con ambivalencia, porque a lo largo de la campaña siempre pensé que AMLO tenía el diagnóstico correcto pero no las soluciones adecuadas. Que peleaba por una buena causa pero no con armas modernas. Que sabía lo que no funcionaba pero no tenía propuestas coherentes de política pública para arreglarlo. Nunca me convenció la idea de sembrar árboles por el sureste o construir trenes bala. Recuerdo habérselo dicho: “Andrés Manuel, estás ofreciendo pobreza con dignidad. Estás ofreciendo darle a cada mexicano una pala para que construya un segundo piso”. Los pobres merecen y necesitan más.
Aún así pensé que una victoria de AMLO ofrecía la oportunidad para sacudir las cosas; para nivelar el terreno de juego; para pensar en cómo construir un país más justo y menos rapaz. Y López Obrador no me asustaba como asustaba a otros miembros de mi clase social. De hecho en reunión tras reunión, en conferencia tras conferencia, me convertí en su defensora involuntaria. Porque los argumentos sobre su personalidad mesiánica me parecían exagerados. Porque pensaba que a demasiados de sus detractores les salía espuma por la boca. Incluso una semana antes de la elección publiqué un artículo en Los Angeles Times argumentando que antes de odiar a López Obrador, las élites económicas y políticas deberían odiar las condiciones que lo produjeron: un sistema socioeconómico que concentra la riqueza y no tiene ningún incentivo para distribuirla mejor.
Pero desde la noche de la elección miro lo que está haciendo Andrés Manuel López Obrador y me desconcierta. Me preocupa. Veo a un hombre cada vez más combativo, cada vez más confrontacional, cada vez más antiinstitucional. Veo a alguien que confirma, paso a paso, todo lo malo que se decía de él. Alguien que habla del “crimen” monumental cometido contra el pueblo de México, pero que no lo ha podido probar. Alguien que un día sugiere fraudes cibernéticos y al otro día aclara que más bien fueron “a la antigüita”. Alguien cuyas posturas poco claras -y con frecuencia contradictorias- me inspiran desconfianza. Porque no puedo evitarlo: fui entrenada en el doctorado para examinar evidencias, ponderar datos, analizar argumentos. Y los que presenta AMLO hasta hoy para sustentar su caso no me convencen. He leído todos los correos electrónicos sobre el famoso algoritmo y dudo de su existencia; he discutido las irregularidades detectadas hasta ahora y no me parecen determinantes; he escuchado todas las denuncias sobre la “elección de Estado” y no creo que podamos clasificarla así.
Con lo que sabemos hasta el momento, no me parece inconcebible pensar que López Obrador perdió la elección. Por la multiplicidad de motivos que ya conocemos: el voto de miedo, la campaña mediática de Vicente Fox, la compra de publicidad por terceros, el apoyo de gobernadores priistas a Felipe Calderón y los errores que el propio AMLO -aunque se niegue a aceptarlo- cometió. Pero para despejar dudas y rescatar la confianza perdida, he apoyado la propuesta de contar de nuevo, ya sea parcial o totalmente, los votos. Si el recuento revela que López Obrador en realidad ganó, México tendrá que aceptarlo. Y si ocurre lo contrario, también. Esa debería ser la apuesta de todos, pero sobre todo de una izquierda responsable que quiere gobernar al país y no sólo partirlo en dos.
Lo más preocupante es que AMLO no parece estar pensando así. Declaración tras declaración, López Obrador se está radicalizando. Y todo lo que dice sugiere que -en realidad- no está buscando el recuento de los votos, sino la anulación. Ya no busca ganar sino seguir peleando. Ya no quiere que se respeten los resultados “reales” de esta elección sino reventarla. Ya no tiene la mira puesta en las próximas semanas sino en los próximos años. Quiere consolidar su base y ser una fuerza política de largo plazo. Quiere exaltar los ánimos de 10 millones de votantes enojados aunque pierda a los moderados que votaron por él. Su papel ya no es seguir las reglas del juego sino romperlas. Su papel ya no es atemperar para gobernar sino azuzar para polarizar. Para ser el presidente moral del sur de México. Para seguir confrontando al resto del país desde allí.
Y ése va a ser un viaje peligroso porque recorre la ruta de la división. Su brújula es la polarización. Su mapa es la radicalización. Su destino es destruir primero para reconstruir después. Entraña incendiar institución tras institución y eso es lo que le está ocurriendo actualmente al IFE. Al actuar como lo está haciendo AMLO, coloca a personas como yo que votamos por su causa en una posición difícil. Pide que dejemos de confiar en todo para tan sólo confiar en él. Pide que formemos parte de lo que José Woldenberg ha llamado una “comunidad de fe”, y dejemos a un lado la razón para pertenecer a ella. Pide que depositemos toda nuestra confianza en un solo hombre, cuando las democracias reales se construyen precisamente para evitar que eso ocurra. Pide que creamos en la palabra de operadores políticos como Jesús Ortega y Leonel Cota y Fernández Noroña y Martí Batres, cuya trayectoria suscita grandes dudas. Pide que destacemos a la única institución política creíble que hemos logrado erigir, y que nos sumemos a la cruzada para desacreditarla.
Y nos deja con las siguientes preguntas: Si tiramos al IFE por la ventana, ¿con qué otro instrumento va a contar el país para transferir pacíficamente el poder? Si las elecciones no son confiables nunca, ¿qué otro proceso funcionará para representar a los ciudadanos? Si el voto no es confiable, ¿no nos queda otro remedio más que renunciar a él? Si quienes están al frente de una institución cometen errores, ¿entonces hay que descalificarla de tajo? ¿La elección será vista como legítima por el PRD sólo si AMLO es declarado el ganador? Si no es posible creer en nada, ¿no hay otra opción más que creer en López Obrador? Planteo estas preguntas con dolor. De manera apesadumbrada. Veo la certeza que anima las posiciones de apoyo a AMLO que han asumido personas a quienes respeto como Julio Scherer, quienes admiro como Carlos Monsiváis, quienes quiero como Elena Poniatowska, quienes adoro como Eugenia León. He estado a su lado en otras batallas -como la librada contra el desafuero- y me entristece no poder estar allí, mano a mano, en ésta.
Y me angustia aún más ver que el otro lado tampoco tiene buenas respuestas. Las élites atrincheradas se comportan como siempre lo han hecho: saboteando, obstaculizando, posponiendo soluciones difíciles a problemas ancestrales. Pagando spots para promover sus posiciones aunque constituyan una violación a la legislación electoral. Preservando sus privilegios, blindando sus cotos, sacando legislación a modo -como la Ley de Radio y Televisión- y evidenciando todo lo que quieren proteger con ella. Los complacidos y los complacientes. Esos que escuchan los gritos del México que apoya a López Obrador y se tapan los oídos. Esos que miran la radiografía del país partido que esta elección arroja, y creen que bastará ampliar el Programa Oportunidades para reconciliarlo. Esos que produjeron a AMLO y hoy no saben cómo lidiar con él.
Ante este escenario es difícil no padecer una sensación de orfandad. De desconsuelo. Ese sentimiento que describe tan bien Kazuo Ishiguro en su novela Cuando éramos huérfanos. Esa soledad que produce estar parada en tierra de nadie, entre fuego cruzado, sin complacer a un bando y sin apoyar al otro. Intentando izar la bandera blanca entre las bazukas. Intentando suplantar la incondicionalidad partidista por la reflexión ciudadana. Preocupada por la construcción de un centro vital donde sea posible construir, conversar, reconciliar, institucionalizar. Pelear menos por el poder, y más por formas de compartirlo mejor. Pelear menos por quién ganó la elección, y más por el país herido que ambos bandos están dejando tras de sí.
Denisse Dresser es profesora de ciencias políticas en el Instituto Tecnológico de México.
Denise Dresser
Revista Proceso (Número 1551)
23 de julio de 2006
Siempre me ha gustado vivir en México. Todos los días doy gracias por vivir en un país con tanta belleza, con tanta historia, con tanta cultura, con tanta vida, con tanta dignidad. Lo digo cada vez que puedo: amo a México con un amor perro. Amo sus olores y sus sabores, sus regiones más transparentes y sus rincones más oscuros, sus volcanes y sus valles y todo lo de en medio. La vida en México para una persona de clase media alta como yo es, en muchos sentidos, envidiable. Vivo en una casa rentada y muy linda; mando a mis hijos a una escuela privada y no excesivamente cara; soy dueña de dos autos usados y en buena condición; vivo de mi trabajo y puedo mantener a mi familia con él; empleo a un par de personas que ayudan en casa y me alcanza el sueldo para pagarles; tomo vacaciones anuales y estoy ahorrando para asegurarle una educación universitaria a mis hijos. Tengo la vida que siempre he querido, llena de ideas y libros y arte y alumnos y amigos y la oportunidad de escribir en Proceso y una profesión socialmente útil. Este país me la ha dado.
Soy producto de la movilidad social que aún existía en los sesenta cuando nací. De beca en beca obtuve una buena educación y con ella he ido ascendiendo la escalera social. En un país con 40 millones de pobres, soy de las privilegiadas. Aún así, me doy cuenta de manera cotidiana que algo está mal. Y podría usar el lenguaje sofisticado de la ciencia política para explicarlo, pero en esta columna prefiero hablar como simple ciudadana. Algo está mal cuando las personas que trabajan para mí -la nana y el chofer y el jardinero- no tienen ninguna expectativa de ser más de lo que son hoy. Cuando no tienen ninguna posibilidad de aspirar a algo más porque el país no se los ofrece. Cuando sexenio tras sexenio un presidente u otro les da tan sólo más de lo mismo. Cuando saben que la vida de sus hijos será -en el mejor de los casos- una versión facsimilar de la suya. Esa vida precaria, estancada, difícil. La que tantos con quienes comparto el país padecen.
Y por eso el 2 de julio voté por Andrés Manuel López Obrador. Fui de esos votantes indecisos hasta el momento de entrar a la casilla y una vez adentro opté en función de una sola razón: no podía votar por una persona que piensa que el país está bien. No podía votar por un partido que ofrece sólo la continuidad. No podía formar parte de aquellos que piensan que el país funciona aunque para mí lo hace. Ni más ni menos. Pero voté con ambivalencia, porque a lo largo de la campaña siempre pensé que AMLO tenía el diagnóstico correcto pero no las soluciones adecuadas. Que peleaba por una buena causa pero no con armas modernas. Que sabía lo que no funcionaba pero no tenía propuestas coherentes de política pública para arreglarlo. Nunca me convenció la idea de sembrar árboles por el sureste o construir trenes bala. Recuerdo habérselo dicho: “Andrés Manuel, estás ofreciendo pobreza con dignidad. Estás ofreciendo darle a cada mexicano una pala para que construya un segundo piso”. Los pobres merecen y necesitan más.
Aún así pensé que una victoria de AMLO ofrecía la oportunidad para sacudir las cosas; para nivelar el terreno de juego; para pensar en cómo construir un país más justo y menos rapaz. Y López Obrador no me asustaba como asustaba a otros miembros de mi clase social. De hecho en reunión tras reunión, en conferencia tras conferencia, me convertí en su defensora involuntaria. Porque los argumentos sobre su personalidad mesiánica me parecían exagerados. Porque pensaba que a demasiados de sus detractores les salía espuma por la boca. Incluso una semana antes de la elección publiqué un artículo en Los Angeles Times argumentando que antes de odiar a López Obrador, las élites económicas y políticas deberían odiar las condiciones que lo produjeron: un sistema socioeconómico que concentra la riqueza y no tiene ningún incentivo para distribuirla mejor.
Pero desde la noche de la elección miro lo que está haciendo Andrés Manuel López Obrador y me desconcierta. Me preocupa. Veo a un hombre cada vez más combativo, cada vez más confrontacional, cada vez más antiinstitucional. Veo a alguien que confirma, paso a paso, todo lo malo que se decía de él. Alguien que habla del “crimen” monumental cometido contra el pueblo de México, pero que no lo ha podido probar. Alguien que un día sugiere fraudes cibernéticos y al otro día aclara que más bien fueron “a la antigüita”. Alguien cuyas posturas poco claras -y con frecuencia contradictorias- me inspiran desconfianza. Porque no puedo evitarlo: fui entrenada en el doctorado para examinar evidencias, ponderar datos, analizar argumentos. Y los que presenta AMLO hasta hoy para sustentar su caso no me convencen. He leído todos los correos electrónicos sobre el famoso algoritmo y dudo de su existencia; he discutido las irregularidades detectadas hasta ahora y no me parecen determinantes; he escuchado todas las denuncias sobre la “elección de Estado” y no creo que podamos clasificarla así.
Con lo que sabemos hasta el momento, no me parece inconcebible pensar que López Obrador perdió la elección. Por la multiplicidad de motivos que ya conocemos: el voto de miedo, la campaña mediática de Vicente Fox, la compra de publicidad por terceros, el apoyo de gobernadores priistas a Felipe Calderón y los errores que el propio AMLO -aunque se niegue a aceptarlo- cometió. Pero para despejar dudas y rescatar la confianza perdida, he apoyado la propuesta de contar de nuevo, ya sea parcial o totalmente, los votos. Si el recuento revela que López Obrador en realidad ganó, México tendrá que aceptarlo. Y si ocurre lo contrario, también. Esa debería ser la apuesta de todos, pero sobre todo de una izquierda responsable que quiere gobernar al país y no sólo partirlo en dos.
Lo más preocupante es que AMLO no parece estar pensando así. Declaración tras declaración, López Obrador se está radicalizando. Y todo lo que dice sugiere que -en realidad- no está buscando el recuento de los votos, sino la anulación. Ya no busca ganar sino seguir peleando. Ya no quiere que se respeten los resultados “reales” de esta elección sino reventarla. Ya no tiene la mira puesta en las próximas semanas sino en los próximos años. Quiere consolidar su base y ser una fuerza política de largo plazo. Quiere exaltar los ánimos de 10 millones de votantes enojados aunque pierda a los moderados que votaron por él. Su papel ya no es seguir las reglas del juego sino romperlas. Su papel ya no es atemperar para gobernar sino azuzar para polarizar. Para ser el presidente moral del sur de México. Para seguir confrontando al resto del país desde allí.
Y ése va a ser un viaje peligroso porque recorre la ruta de la división. Su brújula es la polarización. Su mapa es la radicalización. Su destino es destruir primero para reconstruir después. Entraña incendiar institución tras institución y eso es lo que le está ocurriendo actualmente al IFE. Al actuar como lo está haciendo AMLO, coloca a personas como yo que votamos por su causa en una posición difícil. Pide que dejemos de confiar en todo para tan sólo confiar en él. Pide que formemos parte de lo que José Woldenberg ha llamado una “comunidad de fe”, y dejemos a un lado la razón para pertenecer a ella. Pide que depositemos toda nuestra confianza en un solo hombre, cuando las democracias reales se construyen precisamente para evitar que eso ocurra. Pide que creamos en la palabra de operadores políticos como Jesús Ortega y Leonel Cota y Fernández Noroña y Martí Batres, cuya trayectoria suscita grandes dudas. Pide que destacemos a la única institución política creíble que hemos logrado erigir, y que nos sumemos a la cruzada para desacreditarla.
Y nos deja con las siguientes preguntas: Si tiramos al IFE por la ventana, ¿con qué otro instrumento va a contar el país para transferir pacíficamente el poder? Si las elecciones no son confiables nunca, ¿qué otro proceso funcionará para representar a los ciudadanos? Si el voto no es confiable, ¿no nos queda otro remedio más que renunciar a él? Si quienes están al frente de una institución cometen errores, ¿entonces hay que descalificarla de tajo? ¿La elección será vista como legítima por el PRD sólo si AMLO es declarado el ganador? Si no es posible creer en nada, ¿no hay otra opción más que creer en López Obrador? Planteo estas preguntas con dolor. De manera apesadumbrada. Veo la certeza que anima las posiciones de apoyo a AMLO que han asumido personas a quienes respeto como Julio Scherer, quienes admiro como Carlos Monsiváis, quienes quiero como Elena Poniatowska, quienes adoro como Eugenia León. He estado a su lado en otras batallas -como la librada contra el desafuero- y me entristece no poder estar allí, mano a mano, en ésta.
Y me angustia aún más ver que el otro lado tampoco tiene buenas respuestas. Las élites atrincheradas se comportan como siempre lo han hecho: saboteando, obstaculizando, posponiendo soluciones difíciles a problemas ancestrales. Pagando spots para promover sus posiciones aunque constituyan una violación a la legislación electoral. Preservando sus privilegios, blindando sus cotos, sacando legislación a modo -como la Ley de Radio y Televisión- y evidenciando todo lo que quieren proteger con ella. Los complacidos y los complacientes. Esos que escuchan los gritos del México que apoya a López Obrador y se tapan los oídos. Esos que miran la radiografía del país partido que esta elección arroja, y creen que bastará ampliar el Programa Oportunidades para reconciliarlo. Esos que produjeron a AMLO y hoy no saben cómo lidiar con él.
Ante este escenario es difícil no padecer una sensación de orfandad. De desconsuelo. Ese sentimiento que describe tan bien Kazuo Ishiguro en su novela Cuando éramos huérfanos. Esa soledad que produce estar parada en tierra de nadie, entre fuego cruzado, sin complacer a un bando y sin apoyar al otro. Intentando izar la bandera blanca entre las bazukas. Intentando suplantar la incondicionalidad partidista por la reflexión ciudadana. Preocupada por la construcción de un centro vital donde sea posible construir, conversar, reconciliar, institucionalizar. Pelear menos por el poder, y más por formas de compartirlo mejor. Pelear menos por quién ganó la elección, y más por el país herido que ambos bandos están dejando tras de sí.
Denisse Dresser es profesora de ciencias políticas en el Instituto Tecnológico de México.
22 de julio de 2006
Siete falsedades y…
Jaime Sánchez Susarrey
Reforma
22 de Julio del 2006
1. Hubo un gran fraude electoral. Falso. AMLO y el PRD no han presentado ninguna evidencia consistente. Los ejemplos de irregularidades son aislados. Unas cuantas urnas en un mar de 130 mil casillas. Peor aún. Las quejas contra los resultados de la elección presidencial no se han extendido a las elecciones de diputados y senadores. Sin embargo, fueron los mismos ciudadanos los que contabilizaron los votos en los tres casos. ¿Cómo explicar, entonces, que haya habido irregularidades mayúsculas en una urna y no en las otras? ¿Por qué unas actas están alteradas y las otras son inmaculadas? Es simplemente imposible. No hay lógica ni coherencia. La denuncia de que hubo un gran fraude no es más que eso… un gran fraude.
2. AMLO es un político pragmático con el que se puede negociar; no hay que cerrarle las puertas. Falso. No hay ningún elemento en su biografía política que avale esta afirmación. Antes al contrario, toda su trayectoria está plagada de protestas y movilizaciones. Jamás ha creído en las instituciones. Desconfía de ellas por principio. Pero no sólo eso. Su estructura psicológica no le permite reconocer la realidad. De haber alcanzado la Presidencia, los pronósticos más negros y ominosos se habrían cumplido. Su reacción frente al fracaso confirma lo que algunos advertimos. Es un líder mesiánico que prefiere inmolarse a aceptar la derrota. Su apuesta es el todo por el todo. No hay mediaciones ni matices. Ahora ya nadie lo puede dudar: AMLO es un gran peligro para México.
3. El conteo voto por voto y casilla por casilla despejará las dudas y abrirá la puerta para que Andrés Manuel reconozca su derrota; de otro modo, las sonrisas se convertirán en puños y habrá conflictos e inestabilidad. Falso. López Obrador se comprometió públicamente en tres ocasiones (con Adela Micha, Víctor Trujillo y López-Dóriga) a aceptar su derrota aun cuando fuese por un solo voto de diferencia. No cumplió. Hoy exige el recuento de nuevo, pero no se compromete a aceptar el resultado. Por el contrario, denuncia que la elección está viciada de origen y que bajo ninguna circunstancia reconocerá a Felipe Calderón como un Presidente legítimo. A confesión de parte, dicen los abogados, relevo de pruebas.
4. AMLO y el PRD no pretenden anular la elección; lo que quieren es limpiar el proceso y confirmar que es él quien efectivamente obtuvo la mayoría. Falso. López Obrador, dentro de su demencia, sabe que es imposible que la ventaja de 244 mil votos a favor de Calderón se revierta. Sus colaboradores más cercanos también lo entienden. Su estrategia de abrir todos los paquetes electorales y contar voto por voto busca crear confusión. Porque una vez que aparezca un nuevo resultado, utilizarán ese dato como un argumento más de que hubo un gran fraude y que la elección es un cochinero. Su objetivo fundamental está en otra parte: anular la elección para que AMLO pueda competir de nuevo dentro de 14 ó 18 meses. De hecho, un fallo del Trife anulando los comicios es el único escenario que le resulta admisible al candidato de la Alianza por el Bien de Todos.
5. La resistencia es pacífica; la violencia y la presión por medio de las movilizaciones y las protestas es inexistente. Falso. AMLO amenazó públicamente, ante 1 millón de personas en el Zócalo, a la familia de Felipe Calderón. A los tres días, el candidato victorioso fue objeto de una agresión por un grupo de mujeres y de jóvenes. López Obrador no sólo no la condenó, sino que la justificó: los ciudadanos están irritados por el fraude, le dijo a Loret de Mola. Ahora sabemos, además, que el más violento de los agresores se llama Diego Valle y trabaja en la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal. Todo indica, pues, que el ataque fue orquestado. El mensaje ya fue enviado y es muy claro: mis amenazas, Felipe, no son vanas, cuídate y cuida a tu familia. Y ustedes, el resto de los ciudadanos, incluidos empresarios, periodistas e intelectuales, tomen nota: porque si esto hago a plena luz del día con el candidato vencedor, imagínense lo que puede sucederles a ustedes.
6. La anulación de la elección y la designación de un Presidente interino que convocara a nuevos comicios dentro de 15 meses sería un mal menor; porque de otro modo, habrá inestabilidad, conflictos y Felipe Calderón no podrá gobernar. Falso. La anulación de la elección y la designación de un Presidente interino es el peor de los escenarios. Crearía inestabilidad política y financiera. La fuga de capitales y la devaluación estarían a la orden del día. El País se hundiría en una nueva y larga campaña por la Presidencia de la República en un clima de confrontación y polarización sin precedente. Las presiones sobre los medios de comunicación y sobre el Presidente interino serían enormes. Lo que hoy estamos viendo es apenas la punta del iceberg. AMLO encabezaría personalmente los movimientos para sitiar al Estado. A final de cuentas, él no cree en la imparcialidad de ninguna institución. Los opositores y críticos serían perseguidos y amenazados. Sería, en suma, ponerle la alfombra a una insurrección disfrazada de campaña electoral.
7. Los nuevos comicios son la única forma en que puede haber una reconciliación nacional. De ellos resultará un ganador indiscutible que será reconocido por sus oponentes y podrá gobernar con plena legitimidad. Falso. No hay, de nuevo, ningún elemento que abone esta tesis. Y no lo hay por una razón muy simple: si AMLO pierde otra vez, desconocerá los resultados y clamará fraude. No importará entonces, como no importa ahora, lo absurdos o estúpidos que resulten sus pruebas y sus argumentos. La única elección que López Obrador reconocerá como válida y legítima será aquella que lo convierta en Presidente de la República; todas las demás, no importa cuántas veces ocurran ni cómo se realicen, serán siempre espurias y confirmarán que hay un complot en su contra.
Corolario. Lo que hoy está en juego es el futuro de la República y de las instituciones democráticas que se han venido edificando a lo largo de décadas. Para preservarlas hay que ajustarse a la ley. Los conflictos no se van a solucionar cediendo a los chantajes ni a las presiones. Ya basta. Porque si se trata de evitar la confrontación a cualquier costo, más vale declarar a Andrés Manuel López Obrador Presidente electo desde ahora y proponerle al nuevo Congreso que el 1 de septiembre lo eleve a Presidente vitalicio. Sólo de ese modo su Alteza Serenísima tendrá satisfacción plena y regresará a la República la calma, la paz, la esperanza y, sobre todo, la alegría, sí señor, la verdadera alegría.
Reforma
22 de Julio del 2006
1. Hubo un gran fraude electoral. Falso. AMLO y el PRD no han presentado ninguna evidencia consistente. Los ejemplos de irregularidades son aislados. Unas cuantas urnas en un mar de 130 mil casillas. Peor aún. Las quejas contra los resultados de la elección presidencial no se han extendido a las elecciones de diputados y senadores. Sin embargo, fueron los mismos ciudadanos los que contabilizaron los votos en los tres casos. ¿Cómo explicar, entonces, que haya habido irregularidades mayúsculas en una urna y no en las otras? ¿Por qué unas actas están alteradas y las otras son inmaculadas? Es simplemente imposible. No hay lógica ni coherencia. La denuncia de que hubo un gran fraude no es más que eso… un gran fraude.
2. AMLO es un político pragmático con el que se puede negociar; no hay que cerrarle las puertas. Falso. No hay ningún elemento en su biografía política que avale esta afirmación. Antes al contrario, toda su trayectoria está plagada de protestas y movilizaciones. Jamás ha creído en las instituciones. Desconfía de ellas por principio. Pero no sólo eso. Su estructura psicológica no le permite reconocer la realidad. De haber alcanzado la Presidencia, los pronósticos más negros y ominosos se habrían cumplido. Su reacción frente al fracaso confirma lo que algunos advertimos. Es un líder mesiánico que prefiere inmolarse a aceptar la derrota. Su apuesta es el todo por el todo. No hay mediaciones ni matices. Ahora ya nadie lo puede dudar: AMLO es un gran peligro para México.
3. El conteo voto por voto y casilla por casilla despejará las dudas y abrirá la puerta para que Andrés Manuel reconozca su derrota; de otro modo, las sonrisas se convertirán en puños y habrá conflictos e inestabilidad. Falso. López Obrador se comprometió públicamente en tres ocasiones (con Adela Micha, Víctor Trujillo y López-Dóriga) a aceptar su derrota aun cuando fuese por un solo voto de diferencia. No cumplió. Hoy exige el recuento de nuevo, pero no se compromete a aceptar el resultado. Por el contrario, denuncia que la elección está viciada de origen y que bajo ninguna circunstancia reconocerá a Felipe Calderón como un Presidente legítimo. A confesión de parte, dicen los abogados, relevo de pruebas.
4. AMLO y el PRD no pretenden anular la elección; lo que quieren es limpiar el proceso y confirmar que es él quien efectivamente obtuvo la mayoría. Falso. López Obrador, dentro de su demencia, sabe que es imposible que la ventaja de 244 mil votos a favor de Calderón se revierta. Sus colaboradores más cercanos también lo entienden. Su estrategia de abrir todos los paquetes electorales y contar voto por voto busca crear confusión. Porque una vez que aparezca un nuevo resultado, utilizarán ese dato como un argumento más de que hubo un gran fraude y que la elección es un cochinero. Su objetivo fundamental está en otra parte: anular la elección para que AMLO pueda competir de nuevo dentro de 14 ó 18 meses. De hecho, un fallo del Trife anulando los comicios es el único escenario que le resulta admisible al candidato de la Alianza por el Bien de Todos.
5. La resistencia es pacífica; la violencia y la presión por medio de las movilizaciones y las protestas es inexistente. Falso. AMLO amenazó públicamente, ante 1 millón de personas en el Zócalo, a la familia de Felipe Calderón. A los tres días, el candidato victorioso fue objeto de una agresión por un grupo de mujeres y de jóvenes. López Obrador no sólo no la condenó, sino que la justificó: los ciudadanos están irritados por el fraude, le dijo a Loret de Mola. Ahora sabemos, además, que el más violento de los agresores se llama Diego Valle y trabaja en la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal. Todo indica, pues, que el ataque fue orquestado. El mensaje ya fue enviado y es muy claro: mis amenazas, Felipe, no son vanas, cuídate y cuida a tu familia. Y ustedes, el resto de los ciudadanos, incluidos empresarios, periodistas e intelectuales, tomen nota: porque si esto hago a plena luz del día con el candidato vencedor, imagínense lo que puede sucederles a ustedes.
6. La anulación de la elección y la designación de un Presidente interino que convocara a nuevos comicios dentro de 15 meses sería un mal menor; porque de otro modo, habrá inestabilidad, conflictos y Felipe Calderón no podrá gobernar. Falso. La anulación de la elección y la designación de un Presidente interino es el peor de los escenarios. Crearía inestabilidad política y financiera. La fuga de capitales y la devaluación estarían a la orden del día. El País se hundiría en una nueva y larga campaña por la Presidencia de la República en un clima de confrontación y polarización sin precedente. Las presiones sobre los medios de comunicación y sobre el Presidente interino serían enormes. Lo que hoy estamos viendo es apenas la punta del iceberg. AMLO encabezaría personalmente los movimientos para sitiar al Estado. A final de cuentas, él no cree en la imparcialidad de ninguna institución. Los opositores y críticos serían perseguidos y amenazados. Sería, en suma, ponerle la alfombra a una insurrección disfrazada de campaña electoral.
7. Los nuevos comicios son la única forma en que puede haber una reconciliación nacional. De ellos resultará un ganador indiscutible que será reconocido por sus oponentes y podrá gobernar con plena legitimidad. Falso. No hay, de nuevo, ningún elemento que abone esta tesis. Y no lo hay por una razón muy simple: si AMLO pierde otra vez, desconocerá los resultados y clamará fraude. No importará entonces, como no importa ahora, lo absurdos o estúpidos que resulten sus pruebas y sus argumentos. La única elección que López Obrador reconocerá como válida y legítima será aquella que lo convierta en Presidente de la República; todas las demás, no importa cuántas veces ocurran ni cómo se realicen, serán siempre espurias y confirmarán que hay un complot en su contra.
Corolario. Lo que hoy está en juego es el futuro de la República y de las instituciones democráticas que se han venido edificando a lo largo de décadas. Para preservarlas hay que ajustarse a la ley. Los conflictos no se van a solucionar cediendo a los chantajes ni a las presiones. Ya basta. Porque si se trata de evitar la confrontación a cualquier costo, más vale declarar a Andrés Manuel López Obrador Presidente electo desde ahora y proponerle al nuevo Congreso que el 1 de septiembre lo eleve a Presidente vitalicio. Sólo de ese modo su Alteza Serenísima tendrá satisfacción plena y regresará a la República la calma, la paz, la esperanza y, sobre todo, la alegría, sí señor, la verdadera alegría.
Mito y Mitote
Catón
Reforma
22 de Julio del 2006
Aquel señor entró en un elegante bar de Nueva York y se tomó tres whiskies. Pidió su cuenta, la revisó y dijo al cantinero: “-Debe haber un error, amigo. Me tomé tres copas, y mi cuenta es de 30 centavos”. “-No hay ningún error, caballero -responde el individuo-. Estoy cobrando todas las bebidas a 10 centavos”. “-¿Por qué? -se asombra el visitante. Explica el barman: “-Mire usted: mi esposa está en estos momentos con el dueño del negocio. Y lo que él le está haciendo a ella yo se lo estoy haciendo a él”… Alguien le dijo a Empédocles Etílez: “-El vino mejora con los años”. “-Es cierto -confirma el temulento-. Mientras más viejo me hago más me gusta”… Dulcilí llegó feliz a su casa. Les dice alegremente a sus papás: “-¡Por fin conocí el juego del hombre! ¡Y no es el futbol!”… Babalucas era agente viajero. Muy orgulloso comentaba ante sus amigos: “-Mi mujer se pone feliz cuando regreso de un viaje. Llega el lechero y le dice: ‘Mi marido está en casa’. Llega el cartero y le dice: ‘Mi marido está en casa’. Llega el vecino y le dice: ‘Mi marido está en casa’. ¡Y además se los dice en voz baja, para no despertarme!”… La buena noticia para los seguidores de AMLO es que Fox ya no habla. La mala noticia para los seguidores de AMLO es que AMLO habla demasiado. Hace unos días López Obrador puso a temblar a sus devotos seguidores cuando dijo que el fraude electoral no fue cibernético -siempre no-, sino a la antigüita. Ahora los convulsiona al declarar desde su Olimpo la inexistencia de aquella famosa “caída del sistema” que privó de su triunfo a Cuauhtémoc Cárdenas, y al decretar que el fraude cometido en contra del fundador del PRD es sólo “un mito histórico”. Con eso López Obrador busca justificar la presencia a su lado de Manuel Bartlett, a quien los perredistas han considerado siempre autor de aquel monumental engaño, y que es ahora cercano coadyuvante suyo. Jamás imaginó “El Innombrable”, o sea Salinas de Gortari, que López Obrador legitimaría así su llegada a la Presidencia, tan cuestionada siempre por la gente de la izquierda. Cosas risibles y patéticas se ven a diario en la política, pero cuando esas cosas se vuelven demenciales es hora de que la gente pensante se ponga a pensar. Y sin embargo AMLO se da un agasajo postinero con la crema -un poco rancia ya- de la intelectualidad, que le ofrenda la guirnalda de sus dogmas y sus anacronismos. Hay quienes no se explican la entrega incondicional de esos pilares de la cultura a López Obrador. Pero recordemos las “ineptitudes de la inepta cultura” que dijo el inmortal poeta de Jerez, y asistamos como él, con sonrisa depravada, a la visión de ese esnobismo que a fuerza de serlo pisa ya los linderos de lo cursi… En tono de queja le dice el marido a su mujer: “-Cuando hacemos el amor nunca me dices si te gustó”. Replica ella: “-Es que cuando me gusta tú no estás ahí”… La noche era de las más frías del invierno, y el galán observó que su dulcinea se ponía las manos entre los muslos. “-¿Por qué haces eso?” -le pregunta. “-Para calentármelas” -responde la muchacha. Y exclama él: “-¡Qué fría tengo la cara!”… El encargado del censo entrevistaba a la señora. “-¿Estado civil?”. “-Casada”. “-¿Ocupación de su esposo?”. “-Fabricante”. “-¿Hijos?”. “-No. Muebles”… Capronio y su amigo Canuto Capachangos hablaban de mujeres. Le dice Capronio a Canuto: “-Hay cuatro tipos de orgasmos femeninos: el positivo, el vocálico, el religioso y el fingido. En el positivo la mujer grita: ‘¡Oh sí! ¡Oh sí!’. En el vocálico grita: ‘¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah!’. En el religioso grita: ‘¡Oh Dios! ¡Oh Dios!’. Y en el fingido grita: ‘¡Oh Canuto! ¡Oh Canuto!’”… FIN.
afacaton@prodigy.net.mx
Reforma
22 de Julio del 2006
Aquel señor entró en un elegante bar de Nueva York y se tomó tres whiskies. Pidió su cuenta, la revisó y dijo al cantinero: “-Debe haber un error, amigo. Me tomé tres copas, y mi cuenta es de 30 centavos”. “-No hay ningún error, caballero -responde el individuo-. Estoy cobrando todas las bebidas a 10 centavos”. “-¿Por qué? -se asombra el visitante. Explica el barman: “-Mire usted: mi esposa está en estos momentos con el dueño del negocio. Y lo que él le está haciendo a ella yo se lo estoy haciendo a él”… Alguien le dijo a Empédocles Etílez: “-El vino mejora con los años”. “-Es cierto -confirma el temulento-. Mientras más viejo me hago más me gusta”… Dulcilí llegó feliz a su casa. Les dice alegremente a sus papás: “-¡Por fin conocí el juego del hombre! ¡Y no es el futbol!”… Babalucas era agente viajero. Muy orgulloso comentaba ante sus amigos: “-Mi mujer se pone feliz cuando regreso de un viaje. Llega el lechero y le dice: ‘Mi marido está en casa’. Llega el cartero y le dice: ‘Mi marido está en casa’. Llega el vecino y le dice: ‘Mi marido está en casa’. ¡Y además se los dice en voz baja, para no despertarme!”… La buena noticia para los seguidores de AMLO es que Fox ya no habla. La mala noticia para los seguidores de AMLO es que AMLO habla demasiado. Hace unos días López Obrador puso a temblar a sus devotos seguidores cuando dijo que el fraude electoral no fue cibernético -siempre no-, sino a la antigüita. Ahora los convulsiona al declarar desde su Olimpo la inexistencia de aquella famosa “caída del sistema” que privó de su triunfo a Cuauhtémoc Cárdenas, y al decretar que el fraude cometido en contra del fundador del PRD es sólo “un mito histórico”. Con eso López Obrador busca justificar la presencia a su lado de Manuel Bartlett, a quien los perredistas han considerado siempre autor de aquel monumental engaño, y que es ahora cercano coadyuvante suyo. Jamás imaginó “El Innombrable”, o sea Salinas de Gortari, que López Obrador legitimaría así su llegada a la Presidencia, tan cuestionada siempre por la gente de la izquierda. Cosas risibles y patéticas se ven a diario en la política, pero cuando esas cosas se vuelven demenciales es hora de que la gente pensante se ponga a pensar. Y sin embargo AMLO se da un agasajo postinero con la crema -un poco rancia ya- de la intelectualidad, que le ofrenda la guirnalda de sus dogmas y sus anacronismos. Hay quienes no se explican la entrega incondicional de esos pilares de la cultura a López Obrador. Pero recordemos las “ineptitudes de la inepta cultura” que dijo el inmortal poeta de Jerez, y asistamos como él, con sonrisa depravada, a la visión de ese esnobismo que a fuerza de serlo pisa ya los linderos de lo cursi… En tono de queja le dice el marido a su mujer: “-Cuando hacemos el amor nunca me dices si te gustó”. Replica ella: “-Es que cuando me gusta tú no estás ahí”… La noche era de las más frías del invierno, y el galán observó que su dulcinea se ponía las manos entre los muslos. “-¿Por qué haces eso?” -le pregunta. “-Para calentármelas” -responde la muchacha. Y exclama él: “-¡Qué fría tengo la cara!”… El encargado del censo entrevistaba a la señora. “-¿Estado civil?”. “-Casada”. “-¿Ocupación de su esposo?”. “-Fabricante”. “-¿Hijos?”. “-No. Muebles”… Capronio y su amigo Canuto Capachangos hablaban de mujeres. Le dice Capronio a Canuto: “-Hay cuatro tipos de orgasmos femeninos: el positivo, el vocálico, el religioso y el fingido. En el positivo la mujer grita: ‘¡Oh sí! ¡Oh sí!’. En el vocálico grita: ‘¡Oh! ¡Ah! ¡Oh! ¡Ah!’. En el religioso grita: ‘¡Oh Dios! ¡Oh Dios!’. Y en el fingido grita: ‘¡Oh Canuto! ¡Oh Canuto!’”… FIN.
afacaton@prodigy.net.mx
21 de julio de 2006
Elenita la Provocadora
Carlos Mota
Milenio - Cubículo Estratégico
19/07/2006
Había una vez, hace muchos, muchos años, un reino en el que habitaba un rey, muchos comerciantes, campesinos, niños y animales. Como en todos los reinos, había especial admiración por los curas; y como en esas épocas había poca ciencia y muchos mitos, hasta los animales hablaban.
La anciana más famosa del reino, Elenita, había sido muy respetada por décadas. Su aparente sabiduría había hecho la admiración de muchos, que se decían sus amigos. Ella, sin embargo, con quien realmente tenía amistad era con algunos animales: la arpía, el zopilote, la hiena, el avestruz, el chacal, la zorra, así como varios reptiles de la suborden animal de las serpientes. Todo un zoológico.
Un mal día Elenita, quizá por la edad, quizá por sus amistades, pareció haber perdido el juicio, o cuando menos la cordura. En un arranque atípico de las personas de su talante, la anciana encabezó un bloqueo contra el dueño del comercio más importante del reino. Algunas versiones señalaban que sus amigos del reino animal le habían calentado la cabeza, que casi inerte de su anterior vida intelectual, tragose cuanta falacia le hicieron creer para llevar a cabo aquella manifestación que iba contra las buenas costumbres del reino.
“No dejes que la gente le compre mercancía hoy a este usurero”, le decía la zorra a Elenita. “Pícale un ojo al dueño”, arremetía el zopilote. “Ponte hasta enfrente y no dejes entrar a los aprendices ni a los otros empleados”, le dijo una hiena, mientras reía de ella.
Los animales del reino habían confabulado para lanzar a Elenita contra el comerciante del reino. Estaban enojados porque aquel había realizado la primera gran transacción de negocios de la historia de la humanidad, al fusionar su tiendita con otra del reino vecino. Ello había enfurecido al escorpión, que amenazó con picar a todos los demás si no se unían a su protesta. Según él, la unión de las dos tienditas era cosa del diablo, y antes de que llegara la Inquisición había que hacer algo al respecto.
Pasó el tiempo y Elenita perdió amigos y ganó enemigos. Al final ya ni los zorrillos se le acercaban. Un muy mal día su ex amigo el escorpión la picó. Y así, tristemente, termina la fábula de Elenita La Provocadora.
Milenio - Cubículo Estratégico
19/07/2006
Había una vez, hace muchos, muchos años, un reino en el que habitaba un rey, muchos comerciantes, campesinos, niños y animales. Como en todos los reinos, había especial admiración por los curas; y como en esas épocas había poca ciencia y muchos mitos, hasta los animales hablaban.
La anciana más famosa del reino, Elenita, había sido muy respetada por décadas. Su aparente sabiduría había hecho la admiración de muchos, que se decían sus amigos. Ella, sin embargo, con quien realmente tenía amistad era con algunos animales: la arpía, el zopilote, la hiena, el avestruz, el chacal, la zorra, así como varios reptiles de la suborden animal de las serpientes. Todo un zoológico.
Un mal día Elenita, quizá por la edad, quizá por sus amistades, pareció haber perdido el juicio, o cuando menos la cordura. En un arranque atípico de las personas de su talante, la anciana encabezó un bloqueo contra el dueño del comercio más importante del reino. Algunas versiones señalaban que sus amigos del reino animal le habían calentado la cabeza, que casi inerte de su anterior vida intelectual, tragose cuanta falacia le hicieron creer para llevar a cabo aquella manifestación que iba contra las buenas costumbres del reino.
“No dejes que la gente le compre mercancía hoy a este usurero”, le decía la zorra a Elenita. “Pícale un ojo al dueño”, arremetía el zopilote. “Ponte hasta enfrente y no dejes entrar a los aprendices ni a los otros empleados”, le dijo una hiena, mientras reía de ella.
Los animales del reino habían confabulado para lanzar a Elenita contra el comerciante del reino. Estaban enojados porque aquel había realizado la primera gran transacción de negocios de la historia de la humanidad, al fusionar su tiendita con otra del reino vecino. Ello había enfurecido al escorpión, que amenazó con picar a todos los demás si no se unían a su protesta. Según él, la unión de las dos tienditas era cosa del diablo, y antes de que llegara la Inquisición había que hacer algo al respecto.
Pasó el tiempo y Elenita perdió amigos y ganó enemigos. Al final ya ni los zorrillos se le acercaban. Un muy mal día su ex amigo el escorpión la picó. Y así, tristemente, termina la fábula de Elenita La Provocadora.
Comunidades en la fe
José Woldenberg
Reforma
20 de Julio del 2006
A diferencia de los pronósticos de los ideólogos de la ilustración que esperaban que a través del avance de la educación, la ciencia, el conocimiento, las relaciones sociales se empezaran a fundar en la razón y la independencia de criterio de los individuos, la fe -es decir, la confianza ciega e incluso irracional en algo o en alguien- sigue presidiendo la "comprensión" de las "cosas" que nos rodean. La fe es -al parecer- una necesidad profunda.
Las personas necesitan creer, sentirse integrantes de un conjunto más amplio, ver y anhelar lo que otros ven y anhelan, ser parte de una identidad común que les ofrezca calidez, seguridad, sentido de vida; sin ese fervor de pertenencia se encontrarían solos, desorientados, inseguros. Resulta difícil vivir a la intemperie.
Y si bien la religión sigue ofreciendo esa red anímica y espiritual a millones de personas, los procesos secularizadores de la vida moderna la han erosionado -sobre todo en las capas más abiertas a influencias tan disímiles como las de la ciencia y el mundo del espectáculo, de las expresiones "contraculturales" y las modas-, y muchos encuentran en los movimientos políticos una nueva fe, un sustituto de las añejas religiones.
Desde Descartes hasta Voltaire, desde Adam Smith hasta Marx, pasando por Fourier, es decir, los ilustrados, los socialistas, los primeros marxistas y los liberales -todos ellos con visiones universalistas- apostaron y confiaron en que el avance de la razón paulatinamente arrinconaría a las convicciones derivadas de la fe. No obstante, quizá lo que no pudieron presagiar fue el trayecto a través del cual la política -incluso la de raigambre laico- se convertiría en una nueva religión, en un culto tan apasionado y cerrado como los de cuño trascendente.
Nuevos sacerdotes y oficiantes, nuevos santos y fieles, pero ahora integrados en una nueva comunidad de la fe con bases, presupuestos, instrumentos y fines políticos. Y ya lo sabemos: las evidencias empíricas no trastocan las certezas del creyente, las explicaciones racionales no carcomen a la fe. La duda es el principal corrosivo de las verdades reveladas, y quien se aleja del círculo de los "verdaderos", de los devotos, es tratado como hereje, apóstata, renegado.
En todo creyente hay algo de infantilismo. La necesidad de ser guiado, arropado, protegido. Volver a contar con una entidad tutelar que no sólo le evita el penoso trayecto de pensar por sí mismo, sino que además le ofrece el tibio ambiente de un "nosotros" enfrentado a "otros" que encarnan al engaño, a la traición, al Mal.
En las comunidades de la fe política caben todos: el trabajador, el ama de casa, el profesionista, el joven, el científico; los de distintas trayectorias y méritos, el viejo luchador social y el convencido en el instante. Sólo un requisito es necesario cumplir: no disentir, creer, seguir al mensajero, pasar a engrosar las filas de los fieles.
Y la masa de creyentes tiene un poder de atracción nada despreciable. No es sólo su volumen -que de por sí impresiona y atrae como un imán-, sino la seducción de pertenencia a algo más grande, más valioso, único e irrepetible. Se trata de una comunidad abierta a recibir a todos porque su vocación es la de crecer, pero siempre a cambio de una sola y fundamental cesión: la autonomía de juicio.
Porque autonomía de juicio y pertenencia a una comunidad de la fe resultan antónimos. La primera es subversiva al poner en duda las certidumbres consagradas -argamasa que cohesiona a los creyentes-, mientras la segunda necesita y reclama sumisión, integración y adoración.
Esas comunidades son un juego de espejos que siempre reflejan la misma imagen. Una vez que se desencadena la línea argumental, cada eslabón contribuye con un nuevo elemento para reforzar las verdades preconstruidas. Se explotan los prejuicios existentes, se alimenta el sentido común arraigado, se manipula la sensibilidad más extendida. Y al final la comunidad comulga con las creencias menos elaboradas pero fáciles de compartir. Se llega así al reino del mínimo común denominador. Ello cierra el círculo y fomenta la cohesión.
Las comunidades de la fe tienen la necesidad de reunirse. En pequeños o grandes espacios, porque requieren sentir el peso de los acompañantes o la presencia de la multitud. De tal suerte que el sentido de pertenencia se refuerza por y en el encuentro. Las grandes reuniones masivas resultan fascinantes para aquellos que participan en ellas; se genera un "nosotros" potente e indestructible (en apariencia), todopoderoso, lo cual hace que las convicciones se fortalezcan, que el sentido de pertenencia se haga tangible. Pero para muchos de quienes se encuentran más allá del círculo de la fe, "desde fuera", esos rituales resultan amenazantes. Esas demostraciones suelen fundir a los de dentro y alertar a los de fuera. Mientras unos dan rienda suelta a su energía y entusiasmo, gritan y se exaltan, otros sienten miedo.
Las comunidades de la fe tienen y generan liderazgos. La voz del guía es la luz y es más potente y poderosa que cualquier razonamiento. Creer o conocer se vuelve un dilema. Verdades pedestres y hasta elementales resultan impertinentes. No es extraño que incluso saberes y destrezas especializadas hagan su contribución al fortalecimiento del dogma compartido. Cada uno intenta contribuir a la causa con sus propias aportaciones. La misión lo requiere y reclama.
Y aunque no me atrevería a formularlo con tanta contundencia, vale la pena releer a Condorcet: "Mientras existan hombres que no obedezcan a su exclusiva razón, que reciban sus opiniones de una opinión extraña, todas las cadenas se habrán roto en vano".
Reforma
20 de Julio del 2006
A diferencia de los pronósticos de los ideólogos de la ilustración que esperaban que a través del avance de la educación, la ciencia, el conocimiento, las relaciones sociales se empezaran a fundar en la razón y la independencia de criterio de los individuos, la fe -es decir, la confianza ciega e incluso irracional en algo o en alguien- sigue presidiendo la "comprensión" de las "cosas" que nos rodean. La fe es -al parecer- una necesidad profunda.
Las personas necesitan creer, sentirse integrantes de un conjunto más amplio, ver y anhelar lo que otros ven y anhelan, ser parte de una identidad común que les ofrezca calidez, seguridad, sentido de vida; sin ese fervor de pertenencia se encontrarían solos, desorientados, inseguros. Resulta difícil vivir a la intemperie.
Y si bien la religión sigue ofreciendo esa red anímica y espiritual a millones de personas, los procesos secularizadores de la vida moderna la han erosionado -sobre todo en las capas más abiertas a influencias tan disímiles como las de la ciencia y el mundo del espectáculo, de las expresiones "contraculturales" y las modas-, y muchos encuentran en los movimientos políticos una nueva fe, un sustituto de las añejas religiones.
Desde Descartes hasta Voltaire, desde Adam Smith hasta Marx, pasando por Fourier, es decir, los ilustrados, los socialistas, los primeros marxistas y los liberales -todos ellos con visiones universalistas- apostaron y confiaron en que el avance de la razón paulatinamente arrinconaría a las convicciones derivadas de la fe. No obstante, quizá lo que no pudieron presagiar fue el trayecto a través del cual la política -incluso la de raigambre laico- se convertiría en una nueva religión, en un culto tan apasionado y cerrado como los de cuño trascendente.
Nuevos sacerdotes y oficiantes, nuevos santos y fieles, pero ahora integrados en una nueva comunidad de la fe con bases, presupuestos, instrumentos y fines políticos. Y ya lo sabemos: las evidencias empíricas no trastocan las certezas del creyente, las explicaciones racionales no carcomen a la fe. La duda es el principal corrosivo de las verdades reveladas, y quien se aleja del círculo de los "verdaderos", de los devotos, es tratado como hereje, apóstata, renegado.
En todo creyente hay algo de infantilismo. La necesidad de ser guiado, arropado, protegido. Volver a contar con una entidad tutelar que no sólo le evita el penoso trayecto de pensar por sí mismo, sino que además le ofrece el tibio ambiente de un "nosotros" enfrentado a "otros" que encarnan al engaño, a la traición, al Mal.
En las comunidades de la fe política caben todos: el trabajador, el ama de casa, el profesionista, el joven, el científico; los de distintas trayectorias y méritos, el viejo luchador social y el convencido en el instante. Sólo un requisito es necesario cumplir: no disentir, creer, seguir al mensajero, pasar a engrosar las filas de los fieles.
Y la masa de creyentes tiene un poder de atracción nada despreciable. No es sólo su volumen -que de por sí impresiona y atrae como un imán-, sino la seducción de pertenencia a algo más grande, más valioso, único e irrepetible. Se trata de una comunidad abierta a recibir a todos porque su vocación es la de crecer, pero siempre a cambio de una sola y fundamental cesión: la autonomía de juicio.
Porque autonomía de juicio y pertenencia a una comunidad de la fe resultan antónimos. La primera es subversiva al poner en duda las certidumbres consagradas -argamasa que cohesiona a los creyentes-, mientras la segunda necesita y reclama sumisión, integración y adoración.
Esas comunidades son un juego de espejos que siempre reflejan la misma imagen. Una vez que se desencadena la línea argumental, cada eslabón contribuye con un nuevo elemento para reforzar las verdades preconstruidas. Se explotan los prejuicios existentes, se alimenta el sentido común arraigado, se manipula la sensibilidad más extendida. Y al final la comunidad comulga con las creencias menos elaboradas pero fáciles de compartir. Se llega así al reino del mínimo común denominador. Ello cierra el círculo y fomenta la cohesión.
Las comunidades de la fe tienen la necesidad de reunirse. En pequeños o grandes espacios, porque requieren sentir el peso de los acompañantes o la presencia de la multitud. De tal suerte que el sentido de pertenencia se refuerza por y en el encuentro. Las grandes reuniones masivas resultan fascinantes para aquellos que participan en ellas; se genera un "nosotros" potente e indestructible (en apariencia), todopoderoso, lo cual hace que las convicciones se fortalezcan, que el sentido de pertenencia se haga tangible. Pero para muchos de quienes se encuentran más allá del círculo de la fe, "desde fuera", esos rituales resultan amenazantes. Esas demostraciones suelen fundir a los de dentro y alertar a los de fuera. Mientras unos dan rienda suelta a su energía y entusiasmo, gritan y se exaltan, otros sienten miedo.
Las comunidades de la fe tienen y generan liderazgos. La voz del guía es la luz y es más potente y poderosa que cualquier razonamiento. Creer o conocer se vuelve un dilema. Verdades pedestres y hasta elementales resultan impertinentes. No es extraño que incluso saberes y destrezas especializadas hagan su contribución al fortalecimiento del dogma compartido. Cada uno intenta contribuir a la causa con sus propias aportaciones. La misión lo requiere y reclama.
Y aunque no me atrevería a formularlo con tanta contundencia, vale la pena releer a Condorcet: "Mientras existan hombres que no obedezcan a su exclusiva razón, que reciban sus opiniones de una opinión extraña, todas las cadenas se habrán roto en vano".
México: democracia secuestrable
Enrique Krauze
El País (España)
20/07/2006
Para ilustrar el argumento ad terrorem con el que las ideologías totalitarias imponían su verdad a la sociedad, el filósofo polaco Leszek Kolakowski contaba una fábula: dos niñas emprenden una carrera en un parque; la que va atrás exclama continuamente, a grandes voces, "¡voy ganando!, ¡voy ganando!", hasta que la que lleva la delantera abandona la carrera y se echa a llorar en brazos de su madre, diciendo: "No puedo con ella, siempre me gana".
Sin el desenlace, algo similar está ocurriendo en México en estos días. Tras una jornada electoral libre, ordenada y pacífica en la que sufragaron 42.249.541 mexicanos cuyos votos fueron computados en 130.477 casillas por 909.575 ciudadanos (no funcionarios), el candidato del PRD a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, resultó perdedor por un margen de 0,57%, equivalente a 240.822 votos, frente al candidato del PAN, Felipe Calderón. Los números del sistema electrónico de conteo preliminar, avalado por la Universidad Nacional Autónoma de México, coincidieron con el recuento final efectuado en los 300 distritos electorales que concentraron las actas de las casillas. Fuera del resultado adverso en la elección presidencial, en la misma jornada electoral el PRD logró convertirse en la segunda fuerza en el Poder Legislativo (aumentando considerablemente su posición en ambas Cámaras), mientras que su candidato a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, triunfó con el 47%. Por si fuese poco, el PRD arrasó con casi todos los puestos ejecutivos (las delegaciones en las cuales está dividido el Distrito Federal) y en la Asamblea legislativa del propio Distrito Federal.
Ésa es la realidad que atestiguaron 1.800 consejeros distritales, 970.000 representantes de todos los partidos, 24.769 observadores nacionales y 639 internacionales. No obstante, y a pesar de que López Obrador considera válidas las elecciones que produjeron triunfos nunca vistos para su partido, no acepta su derrota personal. Dado el estrecho margen de la elección presidencial, ha decidido ejercer su derecho a impugnar los resultados en el Tribunal Electoral de la Federación. Esta instancia final e inapelable será la que decida, en un plazo cuya fecha límite es el 6 de septiembre próximo, cuáles irregularidades reclamadas son válidas, en cuáles casillas procede o no un recuento de los votos, y cuál es el resultado final de la elección presidencial.
Si el candidato del PRD se hubiese limitado a instrumentar esa estrategia jurídica, su actitud no habría dañado inadmisiblemente el proceso electoral ni socavado a la frágil democracia mexicana. Pero, como era previsible, López Obrador no podía conformarse con una estrategia legal, que él mismo, despectivamente, ha llamado "formal". Tal y como ha hecho a lo largo de su vida, él tenía que ir por más, ir por todo, y es allí donde encaja la fábula de Kolakowski: tenía que recurrir al argumento ad terrorem para lograr su propósito.
Como la niña del cuento, sabedor desde el 2 de julio por la noche de que las tendencias no le favorecían, acudió al Zócalo (ese lugar teológico-político en el centro histórico de la ciudad de México) para declarar: "Hemos ganado la presidencia de la república". Días más tarde, luego del recuento oficial que en el mismo sentido hizo el Instituto Federal Electoral (organismo ciudadano autónomo que, revirtiendo una larga historia de fraudes, desde 1996 organiza con éxito y probidad las elecciones en todos los niveles federales), López Obrador congregó al "pueblo" a una "asamblea" en la que llamó a Fox "traidor a la democracia", y utilizó la palabra más ominosa del diccionario político mexicano: la palabra "fraude". Esta descalificación de la institución electoral mexicana (que acababa de dar el triunfo a cientos de sus candidatos) y los discursos incendiarios que han seguido desde entonces, hasta culminar, el pasado domingo, en un llamado "a la resistencia civil", representan una táctica nada "formal"; representan precisamente el recurso ad terrorem aplicado con un riesgo enorme para la paz de México. Además de proclamarse vencedor, insultar al presidente Fox, amenazar a Felipe Calderón y a su familia, llamar delincuentes a los funcionarios del IFE, considerarse traicionado por miembros de su propio partido y adelantarse al veredicto del Tribunal Electoral, López Obrador ha echado mano de un repertorio digno de una novela de Orwell.
Irregularidades aisladas, presuntas y, en todo caso, no dictaminadas por el Tribunal, son presentadas al público como evidencia palmaria de que todo el proceso estuvo viciado, ignorando el testimonio de los observadores extranjeros y de millones de mexicanos. Cuando sus propios representantes de casilla negaron la supuesta irregularidad que López Obrador pretendió demostrar en un vídeo, el líder aseguró que fueron "comprados". A la mentira insustanciada y generalizada aúna la inconsistencia: aunque pide "abrir todas las casillas y contar voto por voto", ante el Tribunal Electoral sólo presentó impugnaciones en el 39% de las casillas. Pero lo más preocupante, desde luego, es que López Obrador ha convocado a movilizaciones de centenares de miles de personas en toda la república "en defensa de la democracia", la misma democracia cuyas instituciones ha puesto en entredicho. Si bien ha insistido en que las marchas serán "pacíficas" y "no caerán en provocaciones", sabe muy bien que en el actual ambiente de extrema polarización, la provocación puede provenir de cualquier lado. Para calibrar sus intenciones no hace falta ser adivino, él mismo lo ha expresado con todas sus letras, y es preciso creerle: él nunca aceptará un resultado adverso, ni de los votantes, ni del Tribunal Electoral; él "ganó la presidencia" e irá "tan lejos como la gente quiera". "La gente", "el pueblo", no son, por principio, los 27.034.972 mexicanos de todas las clases que no votaron por él; no son siquiera los 14.756.350 ciudadanos que lo apoyaron en las urnas. "La gente", "el pueblo", son aquellos que puede movilizar en las calles y plazas del país, y que lo ven como él se ve a sí mismo, como el Mesías de México. ¿Y quién interpreta los deseos de ese "pueblo", depositario de la ley natural y divina, no de la despreciable ley escrita por los hombres? El líder carismático que encarna la Verdad, la Razón, la Historia y el Bien, el líder que prometió salvar a México de la opresión, la desigualdad, la injusticia y la miseria, el que "purificará la vida nacional": Andrés Manuel López Obrador.
El mundo ha visto muchas veces esa película. Es el huevo de la serpiente dictatorial. Un hombre impermeable a la razón, un Mesías que se ha proclamado "indestructible" y se ha equiparado públicamente con Jesucristo, quiere secuestrar la democracia mexicana y, de no obtener el rescate exigido, incendiar al país. No exagero. De hecho, el vocero del PRD, Gerardo Fernández Noreña, declaró hace unos días a Los Angeles Times que, en última instancia, está abierta la vía de la "insurrección". Pero en una democracia (y México es ahora una democracia, aunque su larga historia se empeñe en desmentirlo) no son las teas ardientes, los comités de salud pública, ni los líderes iluminados los que deciden: es el voto ciudadano, es el imperio de la ley.
Enrique Krauze es escritor mexicano, director de la revista Letras Libres.
El País (España)
20/07/2006
Para ilustrar el argumento ad terrorem con el que las ideologías totalitarias imponían su verdad a la sociedad, el filósofo polaco Leszek Kolakowski contaba una fábula: dos niñas emprenden una carrera en un parque; la que va atrás exclama continuamente, a grandes voces, "¡voy ganando!, ¡voy ganando!", hasta que la que lleva la delantera abandona la carrera y se echa a llorar en brazos de su madre, diciendo: "No puedo con ella, siempre me gana".
Sin el desenlace, algo similar está ocurriendo en México en estos días. Tras una jornada electoral libre, ordenada y pacífica en la que sufragaron 42.249.541 mexicanos cuyos votos fueron computados en 130.477 casillas por 909.575 ciudadanos (no funcionarios), el candidato del PRD a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, resultó perdedor por un margen de 0,57%, equivalente a 240.822 votos, frente al candidato del PAN, Felipe Calderón. Los números del sistema electrónico de conteo preliminar, avalado por la Universidad Nacional Autónoma de México, coincidieron con el recuento final efectuado en los 300 distritos electorales que concentraron las actas de las casillas. Fuera del resultado adverso en la elección presidencial, en la misma jornada electoral el PRD logró convertirse en la segunda fuerza en el Poder Legislativo (aumentando considerablemente su posición en ambas Cámaras), mientras que su candidato a la Jefatura de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, triunfó con el 47%. Por si fuese poco, el PRD arrasó con casi todos los puestos ejecutivos (las delegaciones en las cuales está dividido el Distrito Federal) y en la Asamblea legislativa del propio Distrito Federal.
Ésa es la realidad que atestiguaron 1.800 consejeros distritales, 970.000 representantes de todos los partidos, 24.769 observadores nacionales y 639 internacionales. No obstante, y a pesar de que López Obrador considera válidas las elecciones que produjeron triunfos nunca vistos para su partido, no acepta su derrota personal. Dado el estrecho margen de la elección presidencial, ha decidido ejercer su derecho a impugnar los resultados en el Tribunal Electoral de la Federación. Esta instancia final e inapelable será la que decida, en un plazo cuya fecha límite es el 6 de septiembre próximo, cuáles irregularidades reclamadas son válidas, en cuáles casillas procede o no un recuento de los votos, y cuál es el resultado final de la elección presidencial.
Si el candidato del PRD se hubiese limitado a instrumentar esa estrategia jurídica, su actitud no habría dañado inadmisiblemente el proceso electoral ni socavado a la frágil democracia mexicana. Pero, como era previsible, López Obrador no podía conformarse con una estrategia legal, que él mismo, despectivamente, ha llamado "formal". Tal y como ha hecho a lo largo de su vida, él tenía que ir por más, ir por todo, y es allí donde encaja la fábula de Kolakowski: tenía que recurrir al argumento ad terrorem para lograr su propósito.
Como la niña del cuento, sabedor desde el 2 de julio por la noche de que las tendencias no le favorecían, acudió al Zócalo (ese lugar teológico-político en el centro histórico de la ciudad de México) para declarar: "Hemos ganado la presidencia de la república". Días más tarde, luego del recuento oficial que en el mismo sentido hizo el Instituto Federal Electoral (organismo ciudadano autónomo que, revirtiendo una larga historia de fraudes, desde 1996 organiza con éxito y probidad las elecciones en todos los niveles federales), López Obrador congregó al "pueblo" a una "asamblea" en la que llamó a Fox "traidor a la democracia", y utilizó la palabra más ominosa del diccionario político mexicano: la palabra "fraude". Esta descalificación de la institución electoral mexicana (que acababa de dar el triunfo a cientos de sus candidatos) y los discursos incendiarios que han seguido desde entonces, hasta culminar, el pasado domingo, en un llamado "a la resistencia civil", representan una táctica nada "formal"; representan precisamente el recurso ad terrorem aplicado con un riesgo enorme para la paz de México. Además de proclamarse vencedor, insultar al presidente Fox, amenazar a Felipe Calderón y a su familia, llamar delincuentes a los funcionarios del IFE, considerarse traicionado por miembros de su propio partido y adelantarse al veredicto del Tribunal Electoral, López Obrador ha echado mano de un repertorio digno de una novela de Orwell.
Irregularidades aisladas, presuntas y, en todo caso, no dictaminadas por el Tribunal, son presentadas al público como evidencia palmaria de que todo el proceso estuvo viciado, ignorando el testimonio de los observadores extranjeros y de millones de mexicanos. Cuando sus propios representantes de casilla negaron la supuesta irregularidad que López Obrador pretendió demostrar en un vídeo, el líder aseguró que fueron "comprados". A la mentira insustanciada y generalizada aúna la inconsistencia: aunque pide "abrir todas las casillas y contar voto por voto", ante el Tribunal Electoral sólo presentó impugnaciones en el 39% de las casillas. Pero lo más preocupante, desde luego, es que López Obrador ha convocado a movilizaciones de centenares de miles de personas en toda la república "en defensa de la democracia", la misma democracia cuyas instituciones ha puesto en entredicho. Si bien ha insistido en que las marchas serán "pacíficas" y "no caerán en provocaciones", sabe muy bien que en el actual ambiente de extrema polarización, la provocación puede provenir de cualquier lado. Para calibrar sus intenciones no hace falta ser adivino, él mismo lo ha expresado con todas sus letras, y es preciso creerle: él nunca aceptará un resultado adverso, ni de los votantes, ni del Tribunal Electoral; él "ganó la presidencia" e irá "tan lejos como la gente quiera". "La gente", "el pueblo", no son, por principio, los 27.034.972 mexicanos de todas las clases que no votaron por él; no son siquiera los 14.756.350 ciudadanos que lo apoyaron en las urnas. "La gente", "el pueblo", son aquellos que puede movilizar en las calles y plazas del país, y que lo ven como él se ve a sí mismo, como el Mesías de México. ¿Y quién interpreta los deseos de ese "pueblo", depositario de la ley natural y divina, no de la despreciable ley escrita por los hombres? El líder carismático que encarna la Verdad, la Razón, la Historia y el Bien, el líder que prometió salvar a México de la opresión, la desigualdad, la injusticia y la miseria, el que "purificará la vida nacional": Andrés Manuel López Obrador.
El mundo ha visto muchas veces esa película. Es el huevo de la serpiente dictatorial. Un hombre impermeable a la razón, un Mesías que se ha proclamado "indestructible" y se ha equiparado públicamente con Jesucristo, quiere secuestrar la democracia mexicana y, de no obtener el rescate exigido, incendiar al país. No exagero. De hecho, el vocero del PRD, Gerardo Fernández Noreña, declaró hace unos días a Los Angeles Times que, en última instancia, está abierta la vía de la "insurrección". Pero en una democracia (y México es ahora una democracia, aunque su larga historia se empeñe en desmentirlo) no son las teas ardientes, los comités de salud pública, ni los líderes iluminados los que deciden: es el voto ciudadano, es el imperio de la ley.
Enrique Krauze es escritor mexicano, director de la revista Letras Libres.
Un café con el Rector
Joaquín López Dóriga
Milenio - En Privado
21/07/2006
Hay juegos que no se ganan; sólo se juegan. Florestán
Ayer, unos minutos antes de las ocho y media de la noche, el coche blanco de Andrés Manuel López Obrador entró por el largo túnel que da acceso al estacionamiento subterráneo de la Torre de la Rectoría, símbolo de la Ciudad Universitaria.
Subió al sexto piso, entró al despacho del doctor Juan Ramón de la Fuente y hablaron durante una hora sobre temas que sólo ellos saben, porque del encuentro, privado, no se dieron detalles.
Esta visita provocó muchos comentarios, pero yo la quisiera ubicar como un ejercicio del rector de la UNAM para construir el puente, hoy inexistente, entre uno y otro candidato, entre ellos y la realidad, ellos y las necesidades del país, y que ese puente alcanzara los espacios de la sensatez perdida.
No lo veo como parte de un bando ni del conflicto sino, al contrario, como parte de la solución, de la construcción de una estructura de entendimiento.
Es cierto, hay quienes lo identifican más de un lado que del otro, a raíz del anuncio que López Obrador me hiciera dándolo como su secretario de Gobernación, revelación de la que el rector fue el más sorprendido pues nunca lo hablaron, además de crearle un conflicto en la UNAM al hacerlo parte de un proyecto político.
El rector lo resolvió desde su distancia.
Hoy tengo claro que en este encuentro, su prioridad fue, en una mano, vacunar a la UNAM de la lucha postelectoral, de la “resistencia civil” y, en la otra, la urgencia de distender el conflicto por los caminos de la serenidad, la prudencia y la aproximación de los oponentes.
Si ayer el rector se sentó a hablar con López Obrador, en los próximos días se sentaría con Felipe Calderón, y no como cercano al primero, sino como puente entre ambos, una vía de entendimiento, insisto, entre todos, puente y enlace que hoy no existe.
Por eso hay que saludar el diálogo.
Retales
1. IMPENSABLE. Ayer un joven, pero serio analista económico, me dijo: “Si hace un mes me hubieras dicho que Calderón iba a ganar por 200 mil votos, que no habría Presidente electo y que López Obrador llamaría a la resistencia civil en medio de manifestaciones, nunca hubieras visto el dólar a 10.88, la bolsa encima de los 19 mil 500 puntos y las tasas de interés donde están hoy”. “No cabe duda —agregó— que en el extranjero hay más confianza por las instituciones que en México”. Y sí;
2. ANULACIÓN. López Obrador reiteró ayer con Carlos Loret que no va por la anulación del proceso electoral. Lo mismo sostuvo Leonel Cota. ¿Aires de la rectoría?; y
3. MANCUERNA. Hablan de Enrique Jackson para el PRI y de Emilio Gamboa para la coordinación priista en San Lázaro. Se oponen José Murat y Héctor Hugo Olivares, que la quieren. De ahí el retraso en la elección de ayer al lunes. Anoche aún discutían.
Por vacaciones nos veremos el martes, pero 8 de agosto. Gracias.
Milenio - En Privado
21/07/2006
Hay juegos que no se ganan; sólo se juegan. Florestán
Ayer, unos minutos antes de las ocho y media de la noche, el coche blanco de Andrés Manuel López Obrador entró por el largo túnel que da acceso al estacionamiento subterráneo de la Torre de la Rectoría, símbolo de la Ciudad Universitaria.
Subió al sexto piso, entró al despacho del doctor Juan Ramón de la Fuente y hablaron durante una hora sobre temas que sólo ellos saben, porque del encuentro, privado, no se dieron detalles.
Esta visita provocó muchos comentarios, pero yo la quisiera ubicar como un ejercicio del rector de la UNAM para construir el puente, hoy inexistente, entre uno y otro candidato, entre ellos y la realidad, ellos y las necesidades del país, y que ese puente alcanzara los espacios de la sensatez perdida.
No lo veo como parte de un bando ni del conflicto sino, al contrario, como parte de la solución, de la construcción de una estructura de entendimiento.
Es cierto, hay quienes lo identifican más de un lado que del otro, a raíz del anuncio que López Obrador me hiciera dándolo como su secretario de Gobernación, revelación de la que el rector fue el más sorprendido pues nunca lo hablaron, además de crearle un conflicto en la UNAM al hacerlo parte de un proyecto político.
El rector lo resolvió desde su distancia.
Hoy tengo claro que en este encuentro, su prioridad fue, en una mano, vacunar a la UNAM de la lucha postelectoral, de la “resistencia civil” y, en la otra, la urgencia de distender el conflicto por los caminos de la serenidad, la prudencia y la aproximación de los oponentes.
Si ayer el rector se sentó a hablar con López Obrador, en los próximos días se sentaría con Felipe Calderón, y no como cercano al primero, sino como puente entre ambos, una vía de entendimiento, insisto, entre todos, puente y enlace que hoy no existe.
Por eso hay que saludar el diálogo.
Retales
1. IMPENSABLE. Ayer un joven, pero serio analista económico, me dijo: “Si hace un mes me hubieras dicho que Calderón iba a ganar por 200 mil votos, que no habría Presidente electo y que López Obrador llamaría a la resistencia civil en medio de manifestaciones, nunca hubieras visto el dólar a 10.88, la bolsa encima de los 19 mil 500 puntos y las tasas de interés donde están hoy”. “No cabe duda —agregó— que en el extranjero hay más confianza por las instituciones que en México”. Y sí;
2. ANULACIÓN. López Obrador reiteró ayer con Carlos Loret que no va por la anulación del proceso electoral. Lo mismo sostuvo Leonel Cota. ¿Aires de la rectoría?; y
3. MANCUERNA. Hablan de Enrique Jackson para el PRI y de Emilio Gamboa para la coordinación priista en San Lázaro. Se oponen José Murat y Héctor Hugo Olivares, que la quieren. De ahí el retraso en la elección de ayer al lunes. Anoche aún discutían.
Por vacaciones nos veremos el martes, pero 8 de agosto. Gracias.
Querido pueblo de México
Francisco Martín Moreno
Excélsior
21-07-06
No creo en nadie. No creo en mis conciudadanos.
No creo en los presidentes de casilla. No creo en las instituciones.
No creo en la ley, no creo en Camacho…
Querido pueblo, pueblo mío al que tanto le debo. Pueblo que me vio nacer en mi natal Tabasco. Pueblo con el que todos los mexicanos tenemos contraída una deuda: ¡Perdóname! No me comprenderás, lo sé, pero debes saber que tengo que destruirte, incendiarte, matarte y enterrarte.
Propios y extraños me han comunicado que perdí las elecciones pasadas a pesar de ser indestructible y de tener el éxito asegurado en el bolsillo mucho antes de que se llevaran a cabo los comicios. ¡Juro, lo juro, que yo aventajaba, cuando menos por 10 puntos, a mi más cercano competidor! No puedo probar el fraude a la moderna, al más decantado estilo cibernético, ni a la antigüita, como establecen los más elementales cánones de la mapachería que yo tanto practiqué en mis años mozos… No puedo probar nada, no: pero eso sí, que se sepa que no estoy en estado de indefensión. Me estafó el millón de compatriotas que contaron los sufragios. Me estafaron todos los representantes de casilla de mi propio partido. Me estafó el IFE y me saqueará el TEPJF. No creo en nadie. No creo en mis conciudadanos. No creo en los presidentes de casilla. No creo en las instituciones. No creo en la ley, no creo en Camacho… ¿Cómo voy a creer en Camacho ni en Batres ni en Ortega ni en sus tías..? Entre cueteros no nos olemos…
Mi primera obligación consiste en proteger a los pobres. Primero los pobres: ellos son intocables. Ellos tienen toda la prioridad, al igual que la patria, sí, pero no en las actuales circunstancias. En la presente coyuntura yo estoy antes que el pueblo, al que tanto le debo, quiero y respeto, y antes, mucho antes, que la patria misma, porque no sé cómo administrar el vacío que se producirá en mi persona cuando me vea obligado a aceptar mi derrota en unas elecciones que tenía ganadas. Si las perdí fue, además, por la arrogancia, la prepotencia, la suficiencia, no mías, claro está, sino de mi equipo de colaboradores. Ellos jamás supieron interpretar la luz flamígera que irradiaba del halo estacionado sobre mi frente inmaculada.
Mi carrera política la he hecho violando la ley. La estrategia me ha reportado jugosísimos dividendos, porque desde siempre supe acobardar y arrinconar a una autoridad enemiga de los problemas, adicta a la conciliación, temerosa de la violencia. ¿No quieres violencia? ¿No..? ¡Ya te tengo..! Bastó mostrarle las dimensiones de mi garrote para obligarla a humillar su mirada y someterla a los designios de mi voluntad infalible. La ley, que quede claro, es un instrumento creado a favor de la burguesía.
No respeté la Constitución cuando tomé pozos petroleros ni cuando cerré el paso en las carreteras ni cuando llegué a ser jefe de Gobierno sin demostrar los cinco años de residencia en el DF ni cuando me negué a acatar las sentencias de la Suprema Corte de Justicia ni cuando cerré las calles aledañas al Senado de la República para impedir que los senadores votaran una ley contraria a mis intereses políticos… Una vez demostrado el éxito obtenido a través de la intimidación, esta vez ignoraré al IFE y al TEPJF y, como te dije, querido pueblo, tendré que continuar esta escalada de ilegalidad por el camino que la Divinidad ha reservado exclusivamente para mí.
Perdóname, pueblo, perdóname, pero tendré que mandar 20 mil personas a que se acuesten encima de las pistas del aeropuerto de la Ciudad de México. Gahndih, ¿así se escribe?, nos enseñó el camino. Perdóname, pueblo, perdóname, patria mía, perdónenme todos los pobres, pero tendré que dinamitar las cortinas de las presas para que el país se quede sin luz y las empresas no puedan operar por falta de energía eléctrica. Nadie en nuestro amadísimo México podrá volver a trabajar, sean cuales sean las consecuencias. Yo he perdido la paz y por lo tanto la habrá de perder mi patria entera. Sépanlo todos: al igual que Juzein (demonios con la ortografía…) haré estallar todos los pozos petroleros de mi pobre México. Pondré cargas de dinamita en los puentes ultramodernos. Los lujosos hoteles de las capitales turísticas volarán por los aires de modo que ningún extranjero venga a gastar sus mugrosas divisas en un México llamado a la desaparición porque dicen que perdí las elecciones…
Induciré a las huelgas a lo largo y ancho del país. Llamaré a la violencia. Crearé una trinchera infinita para colocar y armar a los pobres en la lucha contra los ricos. Juro que colgaré de árboles y postes a todos los encorbatados. Juro que no quedará una piedra sobre la otra. Si no hay nada para mí, no hay nada para nadie.
Yo no tengo la culpa de nada. Si este país se incendia yo pereceré como una víctima más. Siempre he sido una víctima, seguiré siendo una víctima y moriré siendo una víctima a la que invariablemente le quieren arrebatar algo. Llegó la hora de recuperarlo…
Pobre de mí, pobrecito de mí, ¿qué voy a hacer conmigo si pierdo mi empleo de presidente y me quedo sin patria donde vivir, porque la convertiré en cenizas por culpa de otros? A mí nunca nadie me destruirá.
fmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior
21-07-06
No creo en nadie. No creo en mis conciudadanos.
No creo en los presidentes de casilla. No creo en las instituciones.
No creo en la ley, no creo en Camacho…
Querido pueblo, pueblo mío al que tanto le debo. Pueblo que me vio nacer en mi natal Tabasco. Pueblo con el que todos los mexicanos tenemos contraída una deuda: ¡Perdóname! No me comprenderás, lo sé, pero debes saber que tengo que destruirte, incendiarte, matarte y enterrarte.
Propios y extraños me han comunicado que perdí las elecciones pasadas a pesar de ser indestructible y de tener el éxito asegurado en el bolsillo mucho antes de que se llevaran a cabo los comicios. ¡Juro, lo juro, que yo aventajaba, cuando menos por 10 puntos, a mi más cercano competidor! No puedo probar el fraude a la moderna, al más decantado estilo cibernético, ni a la antigüita, como establecen los más elementales cánones de la mapachería que yo tanto practiqué en mis años mozos… No puedo probar nada, no: pero eso sí, que se sepa que no estoy en estado de indefensión. Me estafó el millón de compatriotas que contaron los sufragios. Me estafaron todos los representantes de casilla de mi propio partido. Me estafó el IFE y me saqueará el TEPJF. No creo en nadie. No creo en mis conciudadanos. No creo en los presidentes de casilla. No creo en las instituciones. No creo en la ley, no creo en Camacho… ¿Cómo voy a creer en Camacho ni en Batres ni en Ortega ni en sus tías..? Entre cueteros no nos olemos…
Mi primera obligación consiste en proteger a los pobres. Primero los pobres: ellos son intocables. Ellos tienen toda la prioridad, al igual que la patria, sí, pero no en las actuales circunstancias. En la presente coyuntura yo estoy antes que el pueblo, al que tanto le debo, quiero y respeto, y antes, mucho antes, que la patria misma, porque no sé cómo administrar el vacío que se producirá en mi persona cuando me vea obligado a aceptar mi derrota en unas elecciones que tenía ganadas. Si las perdí fue, además, por la arrogancia, la prepotencia, la suficiencia, no mías, claro está, sino de mi equipo de colaboradores. Ellos jamás supieron interpretar la luz flamígera que irradiaba del halo estacionado sobre mi frente inmaculada.
Mi carrera política la he hecho violando la ley. La estrategia me ha reportado jugosísimos dividendos, porque desde siempre supe acobardar y arrinconar a una autoridad enemiga de los problemas, adicta a la conciliación, temerosa de la violencia. ¿No quieres violencia? ¿No..? ¡Ya te tengo..! Bastó mostrarle las dimensiones de mi garrote para obligarla a humillar su mirada y someterla a los designios de mi voluntad infalible. La ley, que quede claro, es un instrumento creado a favor de la burguesía.
No respeté la Constitución cuando tomé pozos petroleros ni cuando cerré el paso en las carreteras ni cuando llegué a ser jefe de Gobierno sin demostrar los cinco años de residencia en el DF ni cuando me negué a acatar las sentencias de la Suprema Corte de Justicia ni cuando cerré las calles aledañas al Senado de la República para impedir que los senadores votaran una ley contraria a mis intereses políticos… Una vez demostrado el éxito obtenido a través de la intimidación, esta vez ignoraré al IFE y al TEPJF y, como te dije, querido pueblo, tendré que continuar esta escalada de ilegalidad por el camino que la Divinidad ha reservado exclusivamente para mí.
Perdóname, pueblo, perdóname, pero tendré que mandar 20 mil personas a que se acuesten encima de las pistas del aeropuerto de la Ciudad de México. Gahndih, ¿así se escribe?, nos enseñó el camino. Perdóname, pueblo, perdóname, patria mía, perdónenme todos los pobres, pero tendré que dinamitar las cortinas de las presas para que el país se quede sin luz y las empresas no puedan operar por falta de energía eléctrica. Nadie en nuestro amadísimo México podrá volver a trabajar, sean cuales sean las consecuencias. Yo he perdido la paz y por lo tanto la habrá de perder mi patria entera. Sépanlo todos: al igual que Juzein (demonios con la ortografía…) haré estallar todos los pozos petroleros de mi pobre México. Pondré cargas de dinamita en los puentes ultramodernos. Los lujosos hoteles de las capitales turísticas volarán por los aires de modo que ningún extranjero venga a gastar sus mugrosas divisas en un México llamado a la desaparición porque dicen que perdí las elecciones…
Induciré a las huelgas a lo largo y ancho del país. Llamaré a la violencia. Crearé una trinchera infinita para colocar y armar a los pobres en la lucha contra los ricos. Juro que colgaré de árboles y postes a todos los encorbatados. Juro que no quedará una piedra sobre la otra. Si no hay nada para mí, no hay nada para nadie.
Yo no tengo la culpa de nada. Si este país se incendia yo pereceré como una víctima más. Siempre he sido una víctima, seguiré siendo una víctima y moriré siendo una víctima a la que invariablemente le quieren arrebatar algo. Llegó la hora de recuperarlo…
Pobre de mí, pobrecito de mí, ¿qué voy a hacer conmigo si pierdo mi empleo de presidente y me quedo sin patria donde vivir, porque la convertiré en cenizas por culpa de otros? A mí nunca nadie me destruirá.
fmartinmoreno@yahoo.com
Woldenberg versus Poniatowska
Yuriria Sierra
Excélsior - Nudo Gordiano
21-07-06
Pepe y Elenita. Dos imágenes que resumen el fondo del conflicto: el fabuloso y lúcido texto publicado por José Woldenberg apenas ayer ("Comunidades en la fe"), y la fotografía de Elena Poniatowska "clausurando" el Banamex del Centro Histórico. Dos intelectuales de izquierda que, cada uno a su manera, contribuyeron en enorme medida a la difícil construcción democrática de nuestro país. Pero ayer quedó clara como nunca la gran brecha que a ambos separa (y cada uno de ellos como metáfora de la clase intelectual mexicana en su conjunto): ayer se leía —y se sentía— la enorme diferencia que hay entre la inteligencia y el dogmatismo.
Woldenberg. En su editorial de ayer, el ex consejero presidente del IFE ilustra con gran lucidez lo que sucede con la política en la actualidad. Argumenta que ésta no se convirtió —como lo hubieran esperado los ilustrados— en un ejercicio dominado por la razón y la inteligencia: al contrario, las dinámicas propias del pensamiento religioso son las que han terminado por pautar la ejecución de lo político (puras cuestiones de fe, en las que la duda y el pensamiento autónomo son castigados con las llamas del infierno eterno). Escribe Woldenberg: "La política se ha convertido en una nueva religión (…) En las comunidades de la fe política caben todos (...) Sólo un requisito es necesario cumplir: no disentir, creer, seguir al mensajero, pasar a engrosar las filas de los fieles (...) Se trata de una comunidad abierta a recibir a todos porque su vocación es la de crecer, pero siempre a cambio de una sola y fundamental cesión: la autonomía de juicio".
Poniatowska. Y ahí, justamente ahí, vimos a "Elenita" hace dos días: en la profesión de fe que da a cambio de la autonomía de juicio, envuelta en el éxtasis de la feligresía invidente, en el frenesí de la verdad revelada por el nuevo evangelio de una izquierda a merced de su mesías. Ahí, Elenita: sacerdotisa de una causa que no quiere/puede cuestionar. Se ha lanzado a los pies de su redentor para lavárselos con el carísimo perfume de su fama y su prestigio. Apedreada por el subcomandante, Elenita es salvada en cadena nacional por López Obrador. Y de ahí en avante, la magdalena se arrepentirá de sus pecados pasados y dedicará sus días y sus noches a repetir el mágico mantra de los iniciados: fraude, fraude, fraude... amén. Y junto a Poniatowska de Magdala, vemos a todos los apóstoles haciendo últimas cenas cada día, acusándose los unos a los otros de traidores (a la causa, a la verdad, al maestro) y frotándose las manos porque alguno de ellos será el fundador de su futura iglesia. Así la fe y así la política de culto.
Las trampas de la fe. No puedo evitar la Respuesta a sor Filotea, en la que sor Juana defiende genialmente su autonomía de pensamiento para zafarse de las trampas de la fe: "Lo que sí es verdad que no negaré (porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones —que he tenido muchas—, ni propias reflejas —que he hecho no pocas—, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos".
yuriria_sierra@yahoo.com
Excélsior - Nudo Gordiano
21-07-06
Pepe y Elenita. Dos imágenes que resumen el fondo del conflicto: el fabuloso y lúcido texto publicado por José Woldenberg apenas ayer ("Comunidades en la fe"), y la fotografía de Elena Poniatowska "clausurando" el Banamex del Centro Histórico. Dos intelectuales de izquierda que, cada uno a su manera, contribuyeron en enorme medida a la difícil construcción democrática de nuestro país. Pero ayer quedó clara como nunca la gran brecha que a ambos separa (y cada uno de ellos como metáfora de la clase intelectual mexicana en su conjunto): ayer se leía —y se sentía— la enorme diferencia que hay entre la inteligencia y el dogmatismo.
Woldenberg. En su editorial de ayer, el ex consejero presidente del IFE ilustra con gran lucidez lo que sucede con la política en la actualidad. Argumenta que ésta no se convirtió —como lo hubieran esperado los ilustrados— en un ejercicio dominado por la razón y la inteligencia: al contrario, las dinámicas propias del pensamiento religioso son las que han terminado por pautar la ejecución de lo político (puras cuestiones de fe, en las que la duda y el pensamiento autónomo son castigados con las llamas del infierno eterno). Escribe Woldenberg: "La política se ha convertido en una nueva religión (…) En las comunidades de la fe política caben todos (...) Sólo un requisito es necesario cumplir: no disentir, creer, seguir al mensajero, pasar a engrosar las filas de los fieles (...) Se trata de una comunidad abierta a recibir a todos porque su vocación es la de crecer, pero siempre a cambio de una sola y fundamental cesión: la autonomía de juicio".
Poniatowska. Y ahí, justamente ahí, vimos a "Elenita" hace dos días: en la profesión de fe que da a cambio de la autonomía de juicio, envuelta en el éxtasis de la feligresía invidente, en el frenesí de la verdad revelada por el nuevo evangelio de una izquierda a merced de su mesías. Ahí, Elenita: sacerdotisa de una causa que no quiere/puede cuestionar. Se ha lanzado a los pies de su redentor para lavárselos con el carísimo perfume de su fama y su prestigio. Apedreada por el subcomandante, Elenita es salvada en cadena nacional por López Obrador. Y de ahí en avante, la magdalena se arrepentirá de sus pecados pasados y dedicará sus días y sus noches a repetir el mágico mantra de los iniciados: fraude, fraude, fraude... amén. Y junto a Poniatowska de Magdala, vemos a todos los apóstoles haciendo últimas cenas cada día, acusándose los unos a los otros de traidores (a la causa, a la verdad, al maestro) y frotándose las manos porque alguno de ellos será el fundador de su futura iglesia. Así la fe y así la política de culto.
Las trampas de la fe. No puedo evitar la Respuesta a sor Filotea, en la que sor Juana defiende genialmente su autonomía de pensamiento para zafarse de las trampas de la fe: "Lo que sí es verdad que no negaré (porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones —que he tenido muchas—, ni propias reflejas —que he hecho no pocas—, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí: Su Majestad sabe por qué y para qué; y sabe que le he pedido que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su Ley, pues lo demás sobra, según algunos".
yuriria_sierra@yahoo.com
Las elecciones y el racionalismo
Ciro Murayama
Crónica
21 de Julio de 2006
Hay una fórmula muy simple pero útil del racionalismo para conocer la veracidad de cualquier aseveración: toda afirmación para probarse cierta tiene que ser demostrada, mientras que toda negación es válida hasta que se demuestre lo contrario. Así, si digo que existen los fantasmas, para que sea algo más que una ocurrencia debo comprobarlo; en cambio, si digo que no existen los fantasmas, estoy en lo cierto hasta que alguien demuestre lo contrario y nos presente a un señor o señora fantasma. La ciencia es tal porque sustenta sus dichos: la existencia del átomo, la evolución de las especies, la erosión de la capa de ozono, la circulación de la sangre, que la tierra es redonda. En cambio, las religiones escapan del campo de la racionalidad porque sus axiomas prescinden de la demostración: Dios existe, venimos de Adán y Eva, tras la vida te espera el cielo o el purgatorio, etcétera.
Entre el racionalismo y los actos de fe hay un océano inmenso. A diario vemos y conocemos explicaciones racionales y otras fundadas en supercherías. Que si alguien no encuentra empleo no es por la situación del mercado de trabajo, sino porque su ascendente en el zodiaco no lo está ayudando, y así por el estilo.
Pero hay temas que conciernen a todos donde las aseveraciones más drásticas deberían pasar por el cernidor del análisis racional y no sustraerse al ámbito de la mera creencia. Un tema que merece ser tratado de forma estrictamente racional, es lo referido a lo que ocurrió en las elecciones.
De esta manera, quien diga que las elecciones fueron limpias lo debe de probar y lo mismo debe hacer quien afirme que hubo alteración de la voluntad popular –quedémonos con la última versión, es decir, la que descarta al “fraude cibernético” y reconoce, nada más el hecho “a la antigüita”.
Para sustentar que las elecciones fueron limpias, aporto los siguientes elementos:
1) El padrón electoral fue aprobado con el respaldo del conjunto de los partidos que lo escudriñaron, a nivel nacional, estatal y distrital. Nadie ha presentado a una sola persona, o proporcionado un nombre, de alguien que haya obtenido dos credenciales para tratar de votar dos veces, ni hay un solo caso de una persona excluida del padrón de forma arbitraria.
2) No hay una sola evidencia de “embarazo de urnas”. Esa coloquial expresión se refería a que, antes de iniciar la elección, la urna ya estaba rellena de votos a favor de cierto partido. Para evitar eso, se utilizan urnas transparentes que, además, se arman en el mismo lugar de instalación de la casilla al inicio de la elección. Imposible que contengan algo previamente.
3) Nadie pudo introducir “tacos” de boletas. Sólo se depositaron boletas electorales legítimas. Los votos se contaron el domingo 2 de julio y en los conteos distritales se volvieron a abrir 2,800 casillas y en ninguno de esos ejercicios alguien dijo que existieran boletas falsificadas a favor de uno u otro candidato —las originales tienen tantas medidas de seguridad como un billete y fueron producidas bajo estrictas medidas de seguridad en archivos gráficos de la nación—. Además los funcionarios de casilla y los representantes de los partidos cuentan las boletas antes de que inicie la votación para comprobar que no falte una sola y, por si fuera poco, las firman en su reverso y al hacer el conteo comprueban que se trate efectivamente de las boletas que ellos entregaron, una a una, a cada ciudadano que legítimamente acudió a votar.
4) No se puede votar más de una vez. Antes llegó a ocurrir que se organizaba un tour de grupos de personas por distintas casillas, en las que sufragaban una y otra vez. Ahora hay que identificarse con la credencial de elector con fotografía, aparecer en la lista nominal correspondiente y, luego de votar, cada ciudadano es literalmente marcado en el pulgar con un líquido indeleble que tarda en desaparecer varios días. Así, aunque alguien tuviera varias credenciales —supuesto difícil— y apareciera en la lista nominal de diferentes casillas –cosa prácticamente imposible porque el IFE opera un programa para evitar duplicados—, además se tendría que cortar el dedo pulgar para esconder la marca del líquido indeleble. Dudo que hubiera alguien en esa disposición.
5) Si de las maneras anteriores no se pudo hacer fraude, ¿cómo sí? Con la connivencia de: a) el presidente de casilla, b) el secretario de casilla, c) el primer escrutador de la casilla, d) el segundo escrutador de la casilla y, e) los representantes de los partidos. Es decir, de por lo menos cinco personas por casilla. Cuatro de las primeras, fueron ciudadanos sorteados —nacieron en enero— y capacitados para recibir la votación de sus vecinos. La quinta persona o la sexta —pueden ser más, porque en cada casilla, en promedio, asistieron al menos dos representantes de partidos diferentes— las escogieron los propios partidos. Es decir, tendría que haber, en una manzana, en un pueblo, al menos cinco ciudadanos elegidos al azar y por los partidos que resultaran ser, todos, unos perfectos corruptos. ¿Dónde ocurrió eso? No se reporta un solo caso.
Queda ahora que quien afirma que sí hubo fraude, lo pruebe.
ciromurayama@yahoo.com
Crónica
21 de Julio de 2006
Hay una fórmula muy simple pero útil del racionalismo para conocer la veracidad de cualquier aseveración: toda afirmación para probarse cierta tiene que ser demostrada, mientras que toda negación es válida hasta que se demuestre lo contrario. Así, si digo que existen los fantasmas, para que sea algo más que una ocurrencia debo comprobarlo; en cambio, si digo que no existen los fantasmas, estoy en lo cierto hasta que alguien demuestre lo contrario y nos presente a un señor o señora fantasma. La ciencia es tal porque sustenta sus dichos: la existencia del átomo, la evolución de las especies, la erosión de la capa de ozono, la circulación de la sangre, que la tierra es redonda. En cambio, las religiones escapan del campo de la racionalidad porque sus axiomas prescinden de la demostración: Dios existe, venimos de Adán y Eva, tras la vida te espera el cielo o el purgatorio, etcétera.
Entre el racionalismo y los actos de fe hay un océano inmenso. A diario vemos y conocemos explicaciones racionales y otras fundadas en supercherías. Que si alguien no encuentra empleo no es por la situación del mercado de trabajo, sino porque su ascendente en el zodiaco no lo está ayudando, y así por el estilo.
Pero hay temas que conciernen a todos donde las aseveraciones más drásticas deberían pasar por el cernidor del análisis racional y no sustraerse al ámbito de la mera creencia. Un tema que merece ser tratado de forma estrictamente racional, es lo referido a lo que ocurrió en las elecciones.
De esta manera, quien diga que las elecciones fueron limpias lo debe de probar y lo mismo debe hacer quien afirme que hubo alteración de la voluntad popular –quedémonos con la última versión, es decir, la que descarta al “fraude cibernético” y reconoce, nada más el hecho “a la antigüita”.
Para sustentar que las elecciones fueron limpias, aporto los siguientes elementos:
1) El padrón electoral fue aprobado con el respaldo del conjunto de los partidos que lo escudriñaron, a nivel nacional, estatal y distrital. Nadie ha presentado a una sola persona, o proporcionado un nombre, de alguien que haya obtenido dos credenciales para tratar de votar dos veces, ni hay un solo caso de una persona excluida del padrón de forma arbitraria.
2) No hay una sola evidencia de “embarazo de urnas”. Esa coloquial expresión se refería a que, antes de iniciar la elección, la urna ya estaba rellena de votos a favor de cierto partido. Para evitar eso, se utilizan urnas transparentes que, además, se arman en el mismo lugar de instalación de la casilla al inicio de la elección. Imposible que contengan algo previamente.
3) Nadie pudo introducir “tacos” de boletas. Sólo se depositaron boletas electorales legítimas. Los votos se contaron el domingo 2 de julio y en los conteos distritales se volvieron a abrir 2,800 casillas y en ninguno de esos ejercicios alguien dijo que existieran boletas falsificadas a favor de uno u otro candidato —las originales tienen tantas medidas de seguridad como un billete y fueron producidas bajo estrictas medidas de seguridad en archivos gráficos de la nación—. Además los funcionarios de casilla y los representantes de los partidos cuentan las boletas antes de que inicie la votación para comprobar que no falte una sola y, por si fuera poco, las firman en su reverso y al hacer el conteo comprueban que se trate efectivamente de las boletas que ellos entregaron, una a una, a cada ciudadano que legítimamente acudió a votar.
4) No se puede votar más de una vez. Antes llegó a ocurrir que se organizaba un tour de grupos de personas por distintas casillas, en las que sufragaban una y otra vez. Ahora hay que identificarse con la credencial de elector con fotografía, aparecer en la lista nominal correspondiente y, luego de votar, cada ciudadano es literalmente marcado en el pulgar con un líquido indeleble que tarda en desaparecer varios días. Así, aunque alguien tuviera varias credenciales —supuesto difícil— y apareciera en la lista nominal de diferentes casillas –cosa prácticamente imposible porque el IFE opera un programa para evitar duplicados—, además se tendría que cortar el dedo pulgar para esconder la marca del líquido indeleble. Dudo que hubiera alguien en esa disposición.
5) Si de las maneras anteriores no se pudo hacer fraude, ¿cómo sí? Con la connivencia de: a) el presidente de casilla, b) el secretario de casilla, c) el primer escrutador de la casilla, d) el segundo escrutador de la casilla y, e) los representantes de los partidos. Es decir, de por lo menos cinco personas por casilla. Cuatro de las primeras, fueron ciudadanos sorteados —nacieron en enero— y capacitados para recibir la votación de sus vecinos. La quinta persona o la sexta —pueden ser más, porque en cada casilla, en promedio, asistieron al menos dos representantes de partidos diferentes— las escogieron los propios partidos. Es decir, tendría que haber, en una manzana, en un pueblo, al menos cinco ciudadanos elegidos al azar y por los partidos que resultaran ser, todos, unos perfectos corruptos. ¿Dónde ocurrió eso? No se reporta un solo caso.
Queda ahora que quien afirma que sí hubo fraude, lo pruebe.
ciromurayama@yahoo.com
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