1 de junio de 2006

El mesías tropical

Enrique Krauze
Letras Libres
Junio de 2006

López Obrador ha proclamado que sus modelos son Cárdenas y Juárez.
A través de una puntual interpretación biográfica, Enrique Krauze descubre en él inspiraciones mucho más profundas y perturbadoras, experiencias teológico-políticas y psicológicas que tuvieron lugar en su natal Tabasco.


Hay en el sureste
Un hombre de acción
Que a todas las huestes
Trajo redención
Corrido tabasqueño

Desayuno con “el Peje”

Conocí a Andrés Manuel López Obrador, el famoso y controvertido jefe de gobierno del Distrito Federal, una mañana (casi una madrugada) de agosto de 2003. Tempranero como un gallo, rijoso símbolo con el que le gusta compararse, elusivo como el pejelagarto, típico pez de las aguas de Tabasco, del que proviene su sobrenombre, López Obrador convocaba diariamente a los medios a una conferencia a las seis de la mañana para informarles sobre la marcha de su gestión, pero también para sortear ingeniosamente las preguntas comprometedoras y lanzar certeros picotazos sobre el presidente Vicente Fox. El desayuno tendría lugar en sus oficinas, situadas en los altos del antiguo ayuntamiento. En el pequeño anexo a su despacho, mientras observaba sus objetos de culto personal (una imagen de Juárez, una foto de Salvador Allende, otra de Rosario Ibarra de Piedra, una más del propio López Obrador conversando con el “subcomandante Marcos”, la escultura en madera de un indígena), pensaba que su presencia cotidiana en aquel espacio casi teocrático de México revelaba su sagacidad política: entendía la gravitación histórica del lugar y por eso no salía de él. En cambio Fox despachaba exclusivamente en la residencia oficial de Los Pinos y sólo llegaba al Zócalo de vez en cuando.

Jovial, directo y sencillo, con una sonrisa maliciosa pegada al rostro, era difícil no simpatizar con López Obrador. Nos acompañaba un hombre de sus confianzas, José Agustín Ortiz Pinchetti, veterano luchador democrático. López Obrador comenzó a hablar de historia. En los años ochenta, en un receso involuntario de su agitada vida política, había escrito dos libros sobre Tabasco en el siglo XIX. “Están muy basados en don Daniel”, reconoció, y la alusión al mayor historiador liberal del siglo XX me llevó a recordar la opinión que alguna vez me confió el propio Cosío Villegas sobre el general Lázaro Cárdenas: “Yo siempre lo admiré por su instinto popular.” Le dije que advertía en él la misma cualidad, y que bien usada podría enfilarlo a la Presidencia. López Obrador lo tomó como la constatación de algo evidente: “El pueblo no se equivoca.” Yo tenía curiosidad de saber si era cierto que no tenía pasaporte. “Es extraño –me dijo– que me reclamen eso. El presidente Venustiano Carranza nunca cruzó la frontera.” “Es verdad –le expliqué–, pero Carranza fue presidente entre 1916 y 1920, los tiempos han cambiado mucho.” Traje a cuento el caso de Plutarco Elías Calles, que antes de ocupar la Presidencia, y para preparar la serie de reformas económicas que llevó a cabo (entre ellas la fundación del Banco de México), había viajado por Europa. ¿Por qué no seguir sus pasos y luego entrevistarse con la prensa liberal en Nueva York? No fui convincente. Años atrás había pasado unos días en Estados Unidos, y con su esposa (Rocío Beltrán, fallecida en 2003) solía visitar Cuba. Eso era todo: “Hay que concentrarse en México –me dijo–. Para mí la mejor política exterior es la buena política interior.”

Era obvio que el mundo lo tenía sin cuidado. Su mundo era México. Y el mundo de su mundo era Tabasco. Nacido el 13 de noviembre de 1953 en el pequeño pueblo de Tepetitán, en el seno de una esforzada familia de clase media dedicada a diversos ramos del comercio, nieto de campesinos veracruzanos y tabasqueños, y de un inmigrante santanderino que había llegado a “hacer las Américas”, López Obrador vivió una niñez tropical, libre y feliz. Sus biografías oficiosas contendrían datos interesantes sobre su carácter temprano. “Fue un niño muy vivaracho –recordaba su padre– pero tenía una enfermedad: no se le podía decir nada ni regañarlo, porque se trababa.” Según parece, le decían “piedra”, porque pegaba duro: “Se peleaba con alguien, le ganaba, y salía con esa sonrisita burlona de ‘te gané’.” Era malo para las matemáticas y muy bueno para el beisbol, aunque “cuando perdía su equipo, terminaba enfurecido”. Tepetitán tenía unas cuantas calles, pero los López Obrador vivían a sus anchas: “No teníamos barreras –recuerda uno de sus hermanos–, teníamos el pueblo entero, era nuestro.” Si la familia salía, era para viajar en automóvil a las playas de Veracruz y Tampico. En los años sesenta se mudaron a Villahermosa, capital del estado; en los setenta, Andrés Manuel estudió ciencias políticas en la UNAM y se hospedó en la Casa del Estudiante Tabasqueño. A partir de 1977, hasta 1996, pasaría la mayor parte del tiempo en su patria chica.

Había dos maneras de animar la conversación con López Obrador: hablar de beisbol o hablar de Tabasco. Opté por la segunda. El desayuno tabasqueño (pescado frito, plátano con arroz), el prehistórico pejelagarto disecado sobre un estante, el manoteo enfático y hasta la pronunciación del personaje (que, como es común en aquella zona del Golfo de México, convierte las “eses” en “jotas”), todo conspiraba para llevar la plática a Tabasco: cuna de la cultura madre de Mesoamérica, la olmeca; puerta de la Conquista (allí desembarcó Cortés y conoció a “la Malinche”). La historia de Tabasco lo apasionaba tanto o más que la historia de México. Con evidente gusto me refirió su buena impresión de los dos grandes jefes del siglo XX en Tabasco (Tomás Garrido Canabal y Carlos Madrazo). Y con mayor placer aún recordó su amistad con el poeta Carlos Pellicer (“el tabasqueño más grande del siglo XX”) y reconoció la obra de Andrés Iduarte (“nuestro mejor escritor”).

Yo recordaba que Tabasco –caso no único pero sí excepcional entre los 32 estados de México– no había dado un solo presidente a México y quise plantearle la cuestión, pero López Obrador abrió sin querer una posible pista: “a los tabasqueños se nos dificulta mucho acostumbrarnos al Altiplano –me dijo–, es otra cultura; también a mí me ha costado trabajo adaptarme.” Para explicarse mejor, me leyó en voz alta un párrafo extraído de uno de los libros que escribió sobre su estado:

En Tabasco la naturaleza tiene un papel relevante en el ejercicio del poder público. En consonancia con nuestro medio, los tabasqueños no sabemos disimular. Aquí todo aflora y se sale de cauce. En esta porción del territorio nacional, la más tropical de México, los ríos se desbordan, el cielo es proclive a la tempestad, los verdes se amotinan y el calor de la primavera o la ardiente canícula enciende las pasiones y brota con facilidad la ruda franqueza.

“De aquí parte –dijo–mi teoría sobre el ‘poder tropical’: el tabasqueño debe controlar sus pasiones.” Me había dado una clave biográfica que yo tardaría en descifrar. “Quizá en el futuro –le dije, al despedirme– tenga usted que hacer una adaptación aún mayor: pasar del Altiplano a la aldea global.”

Lejos de Cárdenas

Era difícil que un hombre sin mundo entendiera el mundo y el lugar de su país en el mundo. Era difícil que un hombre encerrado en su mundo viera la necesidad de reformarlo en un sentido a la vez realista y moderno. En el concepto de López Obrador, todo lo que México requería para su futuro estaba en su pasado. “La cosa es simple –me dijo meses más tarde, en una segunda y última conversación formal: hay que ser como Lázaro Cárdenas en lo social y como Benito Juárez en lo político.” Me propuse observar desde entonces los actos de su gobierno (anteriores y posteriores), para ver si confirmaban o desmentían su declarada fidelidad a aquellos dos modelos históricos.

Lázaro Cárdenas fue un presidente popular pero no populista. De temple suave, pacífico y moderado, tan silencioso y ajeno a la retórica que lo apodaban “La esfinge”, en los años treinta repartió dieciocho millones de hectáreas entre un millón de campesinos. Cárdenas fue un constructor interesado en los detalles prácticos, quiso que los campesinos llegaran a ser autónomos y prósperos mediante la organización ejidal colectiva o a través de la pequeña propiedad, ambas apoyadas por la banca oficial.

López Obrador se manifestaba cada vez más como un gobernante popular y populista. De temple rudo, combativo y apasionado, orador incendiario, su vía para emular a Cárdenas consistió en ofrecer un abanico de provisiones gratuitas, entre ellas el reparto de vales intercambiables por alimentos, equivalentes a setecientos pesos mensuales, a todas las personas mayores de setenta años. Estos programas, sobre todo el de apoyo a los “adultos mayores” (del cual no existe padrón), le granjeaban una gran simpatía pero no atacaban de fondo los problemas. “Andrés y su equipo no conocían la complejidad de la problemática social de la ciudad”, me dijo Clara Jusidman, su amiga de muchos años y su jefa en los años ochenta, en el Instituto Federal del Consumidor. En el gobierno perredista de Cuauhtémoc Cárdenas (1997-1999), Jusidman y su equipo habían establecido las bases de una amplia y laboriosa red de “facilitadores” que procuraba atender diversas necesidades relacionadas con la ruptura del tejido social en el DF. “Todo eso se desmanteló –lamentaba Jusidman–, se privilegiaron medidas sociales de relativa simplicidad pero con efectos masivos, como fue la entrega de ayudas económicas a los adultos mayores, a las madres solteras y a las familias con personas discapacitadas; o el montaje de dieciséis escuelas preparatorias y de una universidad sin requisitos de ingreso y con muy poco tiempo de planeación.” Claramente, el criterio que las sustentaba era más político e ideológico que práctico y técnico. Lo mismo ocurrió en otros ámbitos. A un costo que nunca se aclaró, en tiempos de López Obrador se construyeron los segundos pisos del Anillo Periférico, pero se relegaron necesidades mucho más urgentes que la fluidez vial para los automovilistas: el transporte público, el abasto de agua, la inseguridad, el empleo. Entre 2000 y 2004, el crecimiento del PIB en el DF fue inferior al crecimiento promedio acumulado en el resto de las entidades. Y el empleo formal entre 2000 y 2005 creció menos que en el resto del país.

La gestión de Lázaro Cárdenas coincidió con el ascenso del nazismo europeo. Se enmarcó en una época en que, para amplios sectores intelectuales y políticos de Occidente, el socialismo soviético constituía una alternativa al capitalismo occidental. Por eso, en tiempos de Cárdenas la educación oficial en México era “socialista”. Con todo, Cárdenas no atizó el odio de clases ni era proclive a las ideologías que lo propugnaban. De hecho, tras la expropiación petrolera, Cárdenas fue el precursor de la industrialización en México y para ello fundó el Instituto Politécnico Nacional.

En sus dichos y sus hechos, López Obrador ha seguido pautas muy distintas. A partir de las ruidosas querellas legales en las que se vio involucrado en 2004 y 2005, el jefe de gobierno recurrió a una retórica de polarización social que Cárdenas no habría avalado. Su vocabulario político se impregnó del conflicto entre las clases. Sus enemigos eran los enemigos del pueblo: “los de arriba”, los ricos, los “camajanes”, los “machucones”, los “finolis”, los “exquisitos”, los “picudos”. La palabra “dinero” era necesariamente sinónimo de abuso, de inmoralidad, de ausencia de decoro, de impureza. “Vamos a establecer –profetizó– una nueva convivencia social, más humana, más igualitaria, tenemos que frenar [...] a esa corriente según la cual el dinero siempre triunfa sobre la moral y la dignidad de nuestro pueblo.” Su argumento central era el tema del Fobaproa, operación de rescate bancario que evitó el colapso del sistema financiero (y la consiguiente pérdida para los cuentahabientes) pero que, sin lugar a dudas, tuvo irregularidades y abusos en verdad flagrantes. Si bien el peso de la operación sobre las finanzas públicas era y es muy oneroso, López Obrador lo utilizaba para concentrar el odio en la figura de los empresarios.

Con López Obrador, la teoría de la conspiración se volvió política de Estado: toda crítica era parte de un “complot” para desbancarlo. El 27 de junio de 2004, cerca de setecientas mil personas de diversas clases sociales, alarmadas por la ola de secuestros y asaltos en la ciudad, marcharon a lo largo del Paseo de la Reforma. Horas más tarde, en vez de considerar la pertinencia objetiva de los reclamos, López Obrador se lanzó al palenque y declaró: “Sigo pensando que metieron la mano [...] para manipular este asunto, y señalo tres cosas: una, la politiquería de ‘las derechas’; dos, el oportunismo del gobierno federal [...] las declaraciones del ciudadano presidente [...] Y también el amarillismo en algunos medios de comunicación” Para remachar, agregó que seguramente los propios secuestradores habían desfilado ese día. Al poco tiempo, aparecieron unas historietas que representaban a los manifestantes como jóvenes de clase alta y pelo rubio, encantados de acudir a la manifestación para “estrenar” ropa nueva y tomarse una foto con sus amigos. “Eran unos pirrurris”, dijo el “Peje”, refiriéndose con desdén a los marchistas. Que la referencia a la piel de los manifestantes fuera racista, y las víctimas de la delincuencia fueran mayoritariamente pobres, no lo inmutaba. Para él, la delincuencia es una función de la desigualdad y la pobreza.

El proyecto nacional de Lázaro Cárdenas se enmarcó siempre en los paradigmas de la Revolución Mexicana: por eso marginó a los comunistas prosoviéticos de la CTM, asiló a Trotsky, y dejó el poder en manos del moderado Ávila Camacho, no del radical Múgica. López Obrador repetiría incansablemente que su proyecto era “de izquierda”. Nunca sentiría la necesidad de explicar el significado de esa palabra en el mundo posterior a la caída del imperio soviético, un mundo en el que China es la estrella ascendente de la economía de mercado. Pero es natural: el mundo no es interesante para López Obrador.

Ajeno a Juárez

López Obrador había afirmado, en innumerables ocasiones, que admiraba a Benito Juárez sobre todos los seres en la tierra. Pero su identificación política con Juárez era, sencillamente, insostenible. Fuera de una apelación formal a la “austeridad republicana” de aquel legendario presidente, o la repetición escolar de algunas de sus frases, López Obrador tenía poco en común con su héroe.

La “austeridad republicana” de los gobiernos juaristas (1858-1872) debía hallar su contraparte en un manejo impecable de las finanzas públicas. No fue el caso. La opacidad en las cuentas públicas del gobierno del DF era ya entonces (y sigue siendo, hasta la fecha) la zona más turbia en su desempeño. Fox había sacado adelante una Ley de Transparencia que abría a cualquier ciudadano las cuentas públicas del gobierno federal. Muchos gobiernos estatales hicieron lo mismo, pero el del DF frenó y limitó la idea, aduciendo que era muy onerosa, y, cuando no tuvo más remedio que aceptarla, durante mucho tiempo se negó a dar oficinas al nuevo organismo. Finalmente, inconforme con el consejo nombrado, modificó la ley para disolverlo y nombrar otro.

López Obrador decía admirar a Juárez por haber integrado su gabinete con los mejores mexicanos, pero de su propio gabinete no podía predicar lo mismo. Un video que se trasmitió en 2004 por la televisión abierta mostraba a su secretario de Finanzas del gobierno del DF apostando cuantiosas sumas en una habitación reservada a clientes VIP en Las Vegas. A los pocos días, un nuevo video mostraba a su principal operador político tomando fajos de dinero de manos de un empresario consentido por los anteriores gobiernos del PRD. Aunque ambos funcionarios fueron separados de sus cargos y sometidos a juicio, la estrategia política de López Obrador no consistió en honrar su lema de gobierno (la “honestidad valiente”) sino en relativizar los hechos, desmarcarse de toda responsabilidad, y por primera vez declararse víctima de un “complot” orquestado por “las fuerzas oscuras”, por “los de arriba”.

La generación de Juárez produjo en 1857 una admirable constitución de corte liberal clásico que limitó el poder presidencial, instituyó la división de poderes y consignó las más amplias libertades y garantías individuales. Aquellos legisladores y juristas creyeron en el imperio de la ley y lo respetaron escrupulosamente. El presidente Juárez tenía adversarios de peso en la Suprema Corte y el Congreso, pero jamás utilizó contra ellos las más mínimas triquiñuelas, ni afectó o anuló su esfera autónoma. En cambio López Obrador, aunque rindiera homenaje retórico a Juárez, mostró muy pronto que no comulgaba con los preceptos esenciales de la democracia liberal.

Al despuntar su sexenio, había ocurrido un linchamiento en el pueblo indígena de Magdalena Petlacalco. López Obrador dio a entender que había normas tradicionales más altas que la ley: “el caso hay que verlo en lo que es la historia de México, es un asunto que viene de lejos, es la cultura, son las creencias, es la manera comunitaria en que actúan los pueblos originarios... No nos metamos con las creencias de la gente.” En un problema similar (una sublevación indígena en Chiapas en 1869), Juárez no dudó en enviar a la fuerza pública y aplicar la ley.

En octubre de 2003, una sentencia judicial dictada por un tribunal de circuito obligaba al gobierno del Distrito Federal a pagar una suma (en verdad absurda) por la expropiación de unos terrenos. López Obrador declaró, con tonos extrañamente evangélicos: “Ley que no es justa no sirve. La ley es para el hombre, no el hombre para la ley. Una ley que no imparte justicia no tiene sentido”, y agregó:

La Corte no puede estar por encima de la soberanía del pueblo. La jurisprudencia tiene que ver, precisamente, con el sentimiento popular. O sea que si una ley no recoge el sentir de la gente, no puede tener una función eficaz [...] La Corte no es una junta de notables ni un poder casi divino.

Si la ley era injusta, había caminos institucionales para cambiarla. Si el juez, como era el caso, había dado una sentencia excesiva, existían instancias jurídicas para combatirla. Los abogados del gobierno del Distrito Federal (los había, excelentes) hicieron uso de esas instancias y, al cabo del tiempo, lograron reducir sustancialmente la cantidad que se reclamaba. Pero el tema no era legal sino político. Al litigar el asunto en los medios y negar la autoridad de la Suprema Corte de Justicia, el “Peje” había dado una primera muestra de su idea de la justicia, y su imagen condicionada de la división de poderes. Un paisano suyo explicó el fundamento de su actitud: “Tiene un concepto marxista del derecho, para él es un arma de la burguesía para dominar al proletariado.”

En mayo de 2004, otro proceso judicial comenzaría a ocupar las planas de los diarios y el espacio de los noticieros. El gobierno del DF se había negado a respetar una orden de suspensión dictada por un juez dentro de un juicio de amparo. El juez turnó el asunto a la Procuraduría para su consignación. Ante la posibilidad real de verse privado del fuero por la Cámara de diputados y ser sometido a juicio (proyecto que tanto el PAN como el PRI alentaban con la peregrina idea de inhabilitarlo como candidato a la Presidencia), López Obrador pasó de nuevo a la ofensiva, dobló las apuestas, declaró que no emplearía abogados ni se defendería y que –como admirador de Gandhi y Mandela– prefería ir a la cárcel en vez de acatar una orden que consideraba injusta. La responsabilidad directa recaía sobre un subordinado que había firmado la documentación, pero López Obrador se negó a involucrarlo y así liberarse legítimamente del problema. En términos legales, el caso era discutible. Para los defensores de López Obrador era inexistente o nimio; para sus críticos tenía un valor de principio, no debía permitirse el desacato a una sentencia judicial. López Obrador declaró que el poder judicial actuaba en connivencia con las “fuerzas oscuras” y dijo que lo reformaría al llegar a la Presidencia. Su “ruda franqueza” tabasqueña necesitaba de enemigos, y los encontró en la Suprema Corte.

Años atrás, al tomar posesión, el “Peje” había delineado su concepto de la verdadera democracia, no la democracia liberal sino la “democracia popular”: “El gobierno es el pueblo organizado o, para decirlo de otra manera, el mejor gobierno es cuando el pueblo se organiza. La democracia es cuando el pueblo se organiza y se gobierna a sí mismo.” Pero esa democracia requería la presencia cotidiana de un líder social que midiera “el pulso a la gente”, que “metiéndose abajo” escuchara y canalizara –sin intermediaciones burocráticas o institucionales– las demandas de “la gente”. Ésa era, a su juicio, la función del jefe de gobierno.

¿A qué tradición correspondían estas ideas? “La nación –había escrito hacia 1837 el pensador conservador Lucas Alamán al carismático dictador Antonio López de Santa Anna– le ha confiado a usted un poder tal como el que se constituyó en la primera formación de las sociedades, superior al que pueden dar las formas de elección des-pués de convenidas, porque procede de la manifestación directa de la voluntad popular, que es el origen presunto de toda autoridad pública.” Precisamente contra esa concepción “directa” del poder –de raíz medieval y monárquica–, la generación de Juárez concibió una constitución liberal en la que la “voluntad popular” se expresaba en votos individuales y el poder presidencial permanecía acotado por los otros poderes.

Curiosamente, a fines de 2004 López Obrador se hizo fotografiar con un ejemplar de la biografía de santo Tomás de Aquino, en cuya Summa teologica la división de poderes no es siquiera imaginable. En esa visión orgánica del poder público (muy arraigada en la cultura política de los países hispánicos), la soberanía popular emana de Dios hacia el pueblo, y quien debe interpretarla correctamente es la autoridad elegida por Dios. (Por eso “no había que meterse con las creencias de la gente”). ¿Y quién interpreta el divino poder de la “soberanía popular”? El líder social que se autodesignaba “el rayo de esperanza”: López Obrador.

En ningún momento quedó más clara esta inspiración divina que sentía encarnar el jefe de gobierno como en la fervorosa concentración del Zócalo, el día del desafuero. Ni en los tiempos dorados del PRI se había visto algo similar, porque en el viejo sistema político mexicano la gente acudía al Zócalo para apoyar al detentador temporal de la investidura presidencial. Ahora no, ahora acudía a mostrar su apego solidario al “hombre providencial”. Un grupo de ancianas portaban un letrero que decía “Que Dios te cuide, rayito de esperanza”.

“La doble valla metálica que corta por la mitad a la multitud y dentro de la cual camina solitario el Jefe hacia la gran tribuna de la plaza”. ¿Qué recordaba la escena? Adolfo Gilly, historiador respetado y viejo militante de izquierda, señalaría tiempo después que la inspiración de aquella “coreografía y escenografía”, de aquel “método de centralización personal de la organización en la figura del Jefe”, provenía “de los años treinta, en la figura y las ideas del tabasqueño Tomás Garrido Canabal”.

Tenía razón. La clave para comprender mejor la formación, la imaginería, el estilo y sobre todo la actitud política de Andrés Manuel López Obrador no estaba en la historia de México, en Cárdenas o Juárez. La clave –como él mismo me había dado a entrever en aquel desayuno de agosto de 2003– estaba en la historia de Tabasco, la tierra del “poder tropical”.

Un “ferviente deseo de gobernar”

“Ese estado pantanoso y aislado, puritano e impío”, escribió Graham Greene en Caminos sin ley (1939), libro de viaje complementario a El poder y la gloria (1940). A Graham Greene, que recorrió Tabasco en 1938, tres años después de terminada la era de Garrido, lo intrigaba la “oscura neurosis personal” de aquel “dictador incorruptible”. Su sombra seguía rondando. Ahí estaban las “escuelas racionalistas”, instituciones de disciplina casi militar donde los niños era adoctrinados “científicamente”, aprendían las virtudes de la razón, la técnica agrícola y los ejercicios físicos. Greene se impresionó con los carteles que vio en las escuelas: una mujer crucificada a la que un fraile le besa los pies, un cura borracho bebiendo vino en la Eucaristía, otro tomando dinero de manos indigentes. Su confesor en Orizaba se lo había advertido: “A very evil land”, y Greene, converso al catolicismo, creyó constatarlo a cada paso: “Supongo que siempre ha existido odio en México –apuntó–, pero ahora el odio es la enseñanza oficial: ha superado al amor en el plan de estudios [...] Uno se niega a creer que logrará algo bueno: y es que ese odio envenena los pozos de humanidad.”

Ahí estaba también la huella de una existencia puritana (las luces se apagaban todavía a las 21:30, la venta y consumo de alcohol estaban prohibidos) y el recuerdo de una sociedad regimentada: cooperativas de distribución agrícola controladas por el gobierno, “ligas de resistencia” obligatorias para cada gremio de trabajadores o empleados, y, sobresaliendo entre todas, los llamados “camisas rojas”, contingentes estudiantiles de ambos sexos uniformados con colores rojinegros, recorriendo las calles con disciplina fascista y sirviendo como tropas de adoctrinamiento y choque para la intensa campaña “contra Dios y la religión”.

En escenas filmadas por el gobierno de Garrido para fines de propaganda se veía cómo los “camisas rojas” (precursores de los “guardias rojos” chinos) empuñaban la piqueta para destruir, piedra por piedra, la Catedral de Villahermosa; arrojaban a las llamas imágenes piadosas de los templos destruidos y los objetos de culto que la gente guardaba en sus casas, y escenificaban tumultuosos “autos de fe” donde los niños, maestros, jóvenes y viejos se turnaban para destruir con la piqueta grandes esculturas de Cristo crucificado.

A juicio de López Obrador, el mérito de Garrido fue convertir a Tabasco “en la Meca política del país”. El uso de la metáfora religiosa no era casual. Tabasco, en efecto, creció a través de los siglos con una población alimentada por la madre naturaleza, pero literalmente dejada de la mano de Dios: sin la presencia de los misioneros que evangelizaron a la mayor parte del país, casi sin templos ni parroquias (el Obispado, muy tardío, es de 1880), y con una cuota de sacerdotes pequeñísima frente al promedio nacional. Tampoco las instituciones de enseñanza –colegios o seminarios, comunes también en el resto de la República– se arraigaron en el lugar (el Instituto Juárez, único plantel de enseñanza superior, no se fundó hasta 1879). Además de su aislamiento geográfico, Tabasco resentía su marginalidad espiritual, y esperaba su oportunidad para afirmarse en la historia nacional, para convertirse en su Meca. Esa oportunidad arribó con la Revolución Mexicana.

Había llegado de fuera, traída por los generales del norte y del Altiplano. El primero que puso su sello en Tabasco fue el general Francisco J. Múgica, antiguo seminarista de la seráfica ciudad de Zamora que, en un movimiento muy típico de los revolucionarios de la época, se había rebelado contra su formación católica llevando el jacobinismo a extremos de profanación sólo vistos en la Revolución Francesa o antes, en la Inglaterra isabelina. Al llegar a Tabasco en 1916, Múgica ocupó con sus tropas la catedral, cambió el nombre de la capital de San Juan Bautista a Villahermosa, y dio inicio a un reparto agrario. Múgica estaba orgulloso de la naturalidad con que los tabasqueños parecían adoptar su radicalismo antirreligioso: “Hay que tabasqueñizar a México”, llegó a decir. Según Andrés Manuel López Obrador, Múgica –tutor de Garrido– fue “el más idealista de los revolucionarios”.

En su libro Entre la historia y la esperanza (1995), López Obrador describe este proceso como un historiador oficial, sin mayor distancia crítica. Gracias a Garrido –recuerda–, Álvaro Obregón había dicho: “Tabasco es el baluarte de la Revolución.” Debido a su falta de tradición religiosa –escribió–, Tabasco tenía “condiciones ideales” para la política anticlerical. Aunque entrecomilló la “obsesión” de Garrido por destruir de raíz “el virus religioso”, su recuento de aquella gestión era neutro o francamente positivo, como cuando refería la “extraordinaria” labor educativa, la organización de las Ligas de Resistencia obreras y campesinas, las ferias y los conciertos. Si bien le objetaba que, “en sentido estricto, no fuera socialista” y que “sin ser un dictador, fuese un caudillo autoritario”, lo consideraba “un visionario de gran sensibilidad que supo combinar armónicamente economía y política”. Para López Obrador, su verdadero error fue táctico y posterior a su gubernatura: “Querer trasladar la política anticlerical del trópico al altiplano [...] Eran otras las condiciones.” (En 1935, siendo ya ministro de Agricultura en el gobierno de Cárdenas, Garrido ordenó una matanza de católicos en la ciudad de México, hecho que le valió su dimisión y exilio a Costa Rica.) “Don Tomás”, en definitiva, era objeto de su admiración: “Era muy hábil, muy eficaz, muy sensible [...] Tenía un instinto certero [...] tenía otra cosa que también es fundamental [...] era un hombre con aplomo.”

López Obrador admiraba al político en Garrido, pero no veía que el político era inseparable del teólogo. El celo antirreligioso de Garrido Canabal era en sí mismo “religioso”, un reverso torcido y cruel del celo que furiosamente combatía. Esa dialéctica está en el centro de la novela de Greene. Al describir al teniente garridista, puritano y ateo, Greene percibe “algo sacerdotal en su andar decidido y vigilante, parecía un teólogo que volvía sobre los errores de su pasado para destruirlos nuevamente [...] Hay místicos que dicen haber conocido directamente a Dios. Él también era un místico y lo que había conocido es el vacío”. El espacio de ese vacío, el espacio de la fe, no se llenó en Tabasco con un humanismo laico. Se llenó, sobre todo, con una fe agresiva y militante. En la Meca tabasqueña no se enseñaba la ciencia: se la predicaba. En términos históricos y culturales, en el Tabasco de entonces no había Ilustración: había una religiosidad invertida, y había iconoclasia.

Esa paradójica inserción de Garrido en la sociología religiosa es un dato crucial: se daría también –aunque con un perfil distinto– en Andrés Manuel López Obrador. Según algunas versiones, su religión, como la de más de un veinte por ciento de tabasqueños, era evangélica. Según su propio testimonio, es católico, aunque no practicante. Una biografía oficiosa consigna que, siendo adolescente en Macuspana, fue monaguillo y recorría los pueblos pobres con los curas. La familia creyó que tenía vocación sacerdotal. Su amistad posterior con el poeta Carlos Pellicer (hermano espiritual de Neruda, hombre de izquierda, cantor de la naturaleza, de la América hispana y de la religiosidad cristiana) fue, seguramente, otro momento de inspiración. ¿Frecuentó en algún período posterior a los jesuitas postconciliares? En todo caso, su religiosidad fue buscando cauces propios, políticos, pero habría de tener una inspiración garridista: puritana, dogmática, autoritaria, proclive al odio y, sobre todas las cosas, redentorista.

Gilly tenía razón, pero no sólo la coreografía, la escenografía, el culto a la personalidad que rodeaban a López Obrador provenían del Tabasco de Garrido Canabal. También la propensión al liderazgo religioso en la política. En la era de Garrido (que duró catorce años: un salvador, como se sabe, necesita tiempo), el diario oficial se llamaba Redención, se publicaban poemas religiosamente ateos, se escribían nuevos “credos” y loas al salvador: “Ese hombre es Garrido / el hombre de acción / que al pueblo oprimido / trajo redención.”

Hacia mediados de 2004, el tema del liderazgo religioso comenzó a aparecer explícitamente en las entrevistas de López Obrador. Él no buscaba el poder, sino la oportunidad de servir al prójimo. Su desapego de los bienes terrenales, su pureza, no eran sólo virtudes personales sino argumentos de autoridad política indisputable, pruebas de que él tenía la razón, que sus adversarios estaban equivocados o actuaban de mala fe. Para entonces ya se refería a su persona en términos inconfundiblemente mesiánicos:

yo estoy convocando a un movimiento de conciencia, un movimiento espiritual, mucha gente que me ve, gente humilde, lo que me dice es que está orando [...] Yo soy muy demócrata y muy místico, estoy en manos de la gente.

El otro gran líder de Tabasco (mitad cacique, mitad caudillo) había sido Carlos Madrazo. López Obrador se refirió a él también en Entre la historia y la esperanza y en entrevistas posteriores. Becado desde joven por Garrido –fundador de los “camisas rojas”, impulsor de la “educación socialista”–, se incorporó en los años treinta a las filas del PRI (entonces el Partido Nacional Revolucionario). En 1958 alcanzó su sueño, llegó a Tabasco con “el ferviente deseo de gobernar”:

Tengo recuerdos de él cuando llegaba a mi pueblo –rememoraba López Obrador–. Había cierta veneración por los hombres del poder. Cuando Madrazo visitaba Tepetitán se ponían arcos de triunfo con palmas, las calles se adornaban [...] lo recibían las mujeres más bellas del pueblo.

Madrazo presidió una nueva etapa de crecimiento económico, obra pública y concentración de poder. A los ojos de López Obrador, Madrazo era admirable pero imperfecto: “no era un idealista, no actuaba motivado por las necesidades de la gente [...] del pueblo raso, de los de abajo.” Sin embargo, en los años sesenta, siendo presidente nacional del PRI, había intentado una audaz reforma democrática, la celebración de elecciones internas en el partido. El sistema no lo toleró y Madrazo dimitió. Durante el movimiento estudiantil del 68, pudo haber fundado una corriente política de oposición. López Obrador recuerda cuánto se reprochaba a sí mismo su indefinición. En junio de 1969, meses antes del período preelectoral, el avión comercial en que viajaban Madrazo y su esposa se estrelló en la sierra de Monterrey. Dejaban huérfanos a sus hijos, entre ellos a Roberto, que desde 1994 se volvería el principal enemigo político de López Obrador. “Yo tengo razones suficientes para sostener que fue un asesinato político, iba a lanzarse como candidato independiente”, sostenía López Obrador.

Carlos Madrazo era su modelo político. Los adjetivos que le dedicaba en su libro eran caudalosos como el Usumacinta: avispado, ejecutivo, eficiente, de mucho carácter, todo él era nervio y acción, apasionado, abierto, desbordante, caliente, auténtico. Al hablar de Madrazo estaba hablando de sí mismo.


Finalmente, junto a Garrido y Madrazo, en el libro Entre la historia y la esperanza aparecía un tercer personaje. Era el sucesor natural de ambos. Como ellos, gustaba de sentir “la veneración por los hombres del poder”, y compartía con ellos “el ferviente deseo de gobernar”. Heredaría sus virtudes y corregiría sus defectos; él era un idealista de izquierda; nunca se reprocharía su indefinición porque se había atrevido a salir del espacio institucional; no se identificaba con “los de arriba”, él sólo quería el poder para servir a “los de abajo”. Él sí sabría cómo purificar a la Revolución. En él terminaba la historia y comenzaba la esperanza. Era, naturalmente, Andrés Manuel López Obrador.

El “rayo de esperanza”

Su trayectoria de líder social y activista político, recogida en ese libro y en varias biografías subsiguientes, es notable por su tenacidad y eficacia. Su carrera había comenzado en 1976, como director de campaña de Carlos Pellicer, cuando el viejo poeta lanzó su candidatura como senador del PRI (y de los indígenas chontales, decía él) por Tabasco. Quizá fue suya la idea de no gastarse en publicidad todo el dinero que el PRI les dio para la campaña, sino comprar máquinas de coser y regalarlas a las comunidades pobres, como se hizo. Pellicer moriría en 1977, pero recomendaría a su discípulo con el gobernador Leandro Rovirosa, que al advertir de inmediato la “emoción social” de aquel joven impetuoso, le encomienda la dirección del centro que atendía a los indígenas de Tabasco, los “chontales”. “Andrés lo tomó como si se hubiera tratado de una misión –recordaba su esposa–. Muchas veces, en lugar de ir al cine o a un parque conmigo, yo lo acompañaba a reuniones o a asambleas para aprovechar el poco tiempo que teníamos para vernos.” Gracias al súbito y fugaz boom petrolero de esos años, el gobierno pudo apoyarlo para financiar la construcción de obras sanitarias, pisos de concreto, letrinas y viviendas para los indígenas. Los “camellones chontales” creados por López Obrador (islotes de tierra firme ganados al agua, inspirados en técnicas de los aztecas) serían sus primeras “obras públicas”, visibles y útiles.

En 1982 tomó posesión un nuevo gobernador, Enrique González Pedrero. Brillante maestro de la UNAM, hombre de izquierda y teórico de la política, González Pedrero y su esposa, la escritora Julieta Campos, reconocieron la vocación social del fogoso líder, y el gobernador le encomendó la dirección del PRI estatal. López Obrador puso en marcha una reforma democrática interna no muy distinta de la que Carlos Madrazo había intentado en su momento. Se dice que, al advertir en el proyecto ecos de la organización territorial del Partido Comunista Cubano, González Pedrero le advirtió “esto no es Cuba”, pero el líder persistió en su plan. Igual que con Madrazo, los jefes políticos locales se rebelaron y, de manera intempestiva, el gobernador le exigió la renuncia, ofreciéndole la Oficialía mayor. López Obrador declinó, y emigró con su familia a México. Del exilio lo sacó la siguiente elección estatal. Todavía dentro del PRI, buscó la candidatura a la Presidencia municipal de Macuspana y, al serle denegada, la fraguó con una coalición de partidos de izquierda.

Su trayectoria correría en paralelo a la de Cuauhtémoc Cárdenas que, sintiéndose verosímilmente despojado del triunfo legítimo en las elecciones presidenciales de 1988, optaría por fundar el PRD. Su hombre en Tabasco fue López Obrador. Recorriendo los pueblos, pernoctando en las comunidades, editando un periódico combativo –Corre la voz–, López Obrador edificó exitosamente al PRD tabasqueño. Su primera gran campanada fueron las elecciones intermedias de 1991. El PRI reclamó, como siempre, el triunfo completo, pero López Obrador había construido una poderosa base social y, para protestar por el fraude, encabezó un “éxodo por la democracia” (de obvias resonancias bíblicas) a la ciudad de México. Una multitud de campesinos recorrió el país, del Trópico al Altiplano, y acampó en el Zócalo (la zona teocrática). El gobierno de Salinas de Gortari no tuvo más remedio que ceder a la presión. López Obrador regresó a Tabasco con una buena cosecha: tres municipios reconocidos para el PRD y la inminente renuncia del gobernador. De aquel movimiento, López Obrador extrajo una experiencia clave, que le confió a un amigo: “Diálogo verdaderamente sustantivo para el avance de la democracia es el que se acompaña de la movilización ciudadana.”

En 1992, López Obrador amplía su radio de acción: organiza exitosas movilizaciones y marchas en defensa de trabajadores transitorios despedidos por Pemex. “La empresa –recuerda en su libro– tuvo que acceder a pagar las prestaciones básicas de miles de transitorios, no sólo en Tabasco sino en todas las zonas petroleras del país.” Dos años más tarde, va tras la huella de Garrido y Madrazo: se lanza a la gubernatura de Tabasco. Su contrincante es nada menos que Roberto Madrazo que, a diferencia de su padre, ha seguido una trayectoria de ortodoxia partidista y ha operado de manera turbia en no pocos procesos electorales. En su campaña, López Obrador ofrece 32 compromisos muy similares a los que aplicará en el gobierno del DF. Visita todos los municipios, conoce a cientos de miles de ciudadanos. “La gente estaba prendida”, recuerda. Las elecciones son disputadas, y por una diferencia de apenas veinte mil votos se declara el triunfo de Madrazo. López Obrador busca deliberadamente una proyección nacional y organiza una “caravana por la democracia” hacia la ciudad de México. En Tabasco, la protesta incluye nuevas tomas de las instalaciones petroleras. Sus simpatizantes se posesionan de la plaza de armas en Villahermosa, se declaran en desobediencia civil e instalan un gobierno paralelo.

A principios de 1995, decidido a abrir de verdad el sistema político, el presidente Zedillo pacta con todas las fuerzas –incluido el PRD– una reforma que consolidaría la autonomía del Instituto Federal Electoral y echaría a andar la transición democrática. Zedillo no acude a la toma de protesta de Madrazo, que habita un “búnker” en Villahermosa. Ante el peligro inminente de una represión, López Obrador disuelve el plantón en Villahermosa, pero al poco tiempo convierte su derrota en victoria al exhibir, en un segundo “éxodo” de campesinos tabasqueños al Zócalo de México, las cajas con documentos que contenían pruebas del fraude electoral en Tabasco.

En el horizonte se dibuja la oportunidad de incidir, no ya en la política de Tabasco, sino en la nacional. En 1996 moviliza a las organizaciones indígenas de La Chontalpa para tomar cincuenta pozos petroleros. Protestan por el daño ecológico causado por la empresa y apoyan a productores con carteras vencidas. La fuerza pública encarcela a doscientos seguidores. López Obrador cumple ya veinte años como líder social, siempre en ascenso: “Este país no avanza con procesos electorales –le confía entonces a su paisano, Arturo Núñez–, avanza con movilizaciones sociales.” Había arribado a su teoría de la movilización permanente. El problema, claro, era que la movilización y algunas formas de resistencia (como la negativa a pagar la luz) podían entrar en conflicto con el estado de derecho. Pero el derecho para López Obrador –apunta el propio Núñez– no era (ni es) más que una “superestructura” creada por los burgueses para oprimir al trabajador. El 10 de noviembre escribió la última línea de su libro, con una profecía:

Hemos aprendido que se puede gobernar desde abajo y con la gente; desde las comunidades y las colonias; desde las carreteras y las plazas públicas; que no hace falta tener asesores ni secretarías ni guaruras; que lo indispensable es poseer autoridad moral y autoridad política; y tenemos la convicción de que mientras no haya ambiciones de dinero y no estemos pensando nada más en los puestos públicos, seremos políticamente indestructibles.

Gobernar es una palabra que le gusta a López Obrador. La usa como sinónimo de mando. Gobernaba sin ser gobernador. Y seguiría su incontenible ascenso hasta volverse “el rayo de esperanza”: la Presidencia nacional del PRD en 1996 (muy exitosa en lo electoral pero no en el avance de la democracia interna del partido), la Jefatura al gobierno del DF en el 2000 y, a fines de 2005, la candidatura a la Presidencia de la República por el PRD.

“Tabasco en sangre madura”

En términos sociológicos, su misión “providencial” proviene del redentorismo garridista. Pero ¿cuál es el resorte psicológico de su actitud? Sus hagiografías refieren el episodio de una excursión con el poeta Pellicer y unos amigos, en el que la traicionera corriente de un río en Tabasco puso al joven Andrés Manuel en trance de muerte. Según esa versión, López Obrador habría interpretado su salvación como un llamado a cumplir con una misión trascendental. Pero otras publicaciones consignan un hecho anterior, íntimo, que tuvo lugar en Tabasco.

Graham Greene había escrito que Tabasco “era como África viéndose a sí misma en un espejo a través del Atlántico”. Extrañamente, Andrés Iduarte –“el mejor escritor de Tabasco” según López Obrador– tenía una línea similar: “Tabasco es un país de nombres griegos y alma africana.” En su obra Un niño en la Revolución Mexicana, uno de los textos clásicos del género, Iduarte se refiere con insistencia a los rostros de la violencia en Tabasco: “El desprecio a la muerte, presente en todo mexicano, adquiere en Tabasco un diapasón subido [...] El tabasqueño peleaba y mataba sin saber que hacía algo malo [...] Lo malo no es que maten [en Tabasco], lo malo es que crean que matar es algo natural.”

“Estábamos envenenados de una hombría bárbara” –apuntaba Iduarte–, recordando cómo los muchachos “usaban una pistola encajada en el pantalón, bajo la blusa” y se liaban “con brutalidad”, en “verdaderas batallas [...] con rifles de salón bajo los platanares”. ¿Cómo explicarlo? Era el “ambiente de Tabasco, cargado de pasiones tempestuosas”, era el “individualismo tropicalmente vital, impetuoso, desorbitado”, era la voz de la selva a cuya escucha los hombres se “agujereaban a tiros por la más leve ofensa”. Iduarte hablaba por experiencia propia. Hombre culto y gentil, escribía su memoria en 1937, fuera del país. Autor de una obra literaria e histórica vastísima, Iduarte llegaría a ser Profesor Emérito de la Universidad de Columbia en Nueva York, pero viviría casi todo el resto de su vida en destierro voluntario. Presa de la “pasión tropical”, el caballeroso Iduarte había matado a un hombre.

Andrés Manuel López Obrador vivió también una dolorosa experiencia con la muerte. En su edición del 9 de julio de 1969, los periódicos Rumbo nuevo, Diario de Tabasco y Diario Presente consignaban la muerte de su hermano, José Ramón López Obrador. Los hechos habían ocurrido a las dieciséis horas del día anterior, en el interior del almacén de telas “Novedades Andrés”, propiedad de la familia en Villahermosa. De la declaración que rindió Andrés Manuel López Obrador ante el agente del ministerio público (recogida parcialmente en la prensa), se desprendía que los dos hermanos habían tenido una discusión. Tomando un arma, José Ramón había querido convencer a su hermano de “espantar” a un empleado de una zapatería cercana. Andrés Manuel habría intentado disuadirlo, pero José Ramón lo tildaba de miedoso. De pronto, al darle la espalda a su hermano, Andrés Manuel escuchó un disparo. Trató de auxiliarlo y quiso llevarlo rápidamente con un médico, pero al poco tiempo José Ramón dejó de existir. Versiones distintas consignaban que a Andrés Manuel, accidentalmente, se le había escapado un tiro. La declaración ministerial desapareció de los archivos.

Cabe conjeturar que la muerte de su hermano no pudo menos que pesar profundamente en la vida de Andrés Manuel. Tal vez de allí proviene su conciencia de los peligros de la “pasión tropical”, de esa “ruda franqueza”, tempestuosa, desbordante, que sin embargo aflora en él saliéndose de cauce con mucha frecuencia. Y quizá también de allí provenga su actitud mesiánica. Él no había sido culpable de los hechos, pero tal vez pensaría que podía haberlos evitado. En un cuadro así parece difícil liberarse de la culpa. Y la culpa, a su vez, busca liberarse a través de una agresividad vehemente, tan temeraria como para tomar pozos petroleros. O mediante vastas mutaciones espirituales. López Obrador pudo haber encontrado su forma de expiación llenando su existencia con una misión redentora. Dedicaría la vida al servicio de los chontales, de los tabasqueños, de los mexicanos, del “pueblo”. “Tabasco en sangre madura”, había escrito Carlos Pellicer. Andrés Iduarte y Andrés Manuel López Obrador sabían con cuánta verdad.

Personalidad “maná”

Ése es “el hombre de acción que a todas sus huestes trae redención”. La versión actual de Garrido Canabal que desde el poder purificará y organizará a la sociedad, mostrándole el camino de la verdadera convivencia, liberándola de sus opresores. En sus ratos de ocio lee cuentos sobre Pancho Villa, y –dato curioso– recomienda la lectura de El poder y la gloria. Lo inquietante no es su ideología: la opinión liberal en México podría ver con naturalidad y con buenos ojos la llegada al poder de una izquierda democrática, responsable y moderna, como ocurrió en Brasil y Chile. Tampoco preocupa demasiado su programa: da la espalda a las ineludibles realidades del mundo globalizado e incluye planes extravagantes e irrealizables, pero contiene también ideas innovadoras, socialmente necesarias. Lo que preocupa de López Obrador es López Obrador. No representa a la izquierda moderna que, a mi juicio, sería la alternativa ideal frente a un PAN ultramontano, sin autoridad política, y un PRI anquilosado, sin autoridad moral. Representa a la izquierda autoritaria. “No es un pragmático –comenta Gustavo Rosario Torres, perspicaz tabasqueño, psicólogo de tabasqueños–, el altiplano no lo atempera, le gana la ‘pasión tropical’.” Pero la suya no es una simple pasión política, sino una pasión nimbada por una misión providencial que no podrá dejar de ser esencialmente disruptiva, intolerante.

En una entrevista de televisión, al preguntársele por su religión, contestó que era “católico, fundamentalmente cristiano, porque me apasiona la vida y la obra de Jesús; fue perseguido en su tiempo, espiado por los poderosos de su época, y lo crucificaron”. López Obrador no era cristiano porque admirara la doctrina de amor de los Evangelios, porque creyera en el perdón, la misericordia, la “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Él era “fundamentalmente cristiano” porque admiraba a Jesús en la justa medida en que la vida de Jesús se parecía a la suya propia: comprometida con los pobres hasta ser perseguido por los poderosos. La doble referencia a “su época” y “su tiempo” implicaba necesariamente la referencia tácita a nuestra época y a nuestro tiempo, donde otro rebelde, oriundo no de Belén sino de Tepetitán, había sido perseguido y espiado por los poderosos, y estuvo a punto de ser crucificado en el calvario del desafuero. No había sombra de cinismo en esta declaración: había candor, el candor de un líder mesiánico que, para serlo cabalmente, y para convocar la fe, tiene que ser el primero en creer en su propio llamado. No se cree Jesús, pero sí algo parecido.

Hay diversos escenarios para la mañana del 3 de julio, pero son tres los que, en mi opinión, tienen mayor posibilidad. El menos probable es la derrota de López Obrador por un margen amplio, digamos más de un siete por ciento: en ese caso, el tabasqueño esperaría una nueva oportunidad en el 2012. Si el margen fuera menor que un siete por ciento, López Obrador repetirá su experiencia en Tabasco: desconocerá los resultados, aducirá fraude, hablará de complot, fustigará a los ricos, redoblará sus apuestas, invocará la resistencia civil, llamará a movilizaciones en todo el país para convocar a nuevos comicios y hasta intentará formar un gobierno paralelo. Si Madrazo se suma a las protestas, la situación sería caótica: aunque, en teoría, ese endurecimiento le daría una posición más fuerte para negociar un pacto de gobernabilidad, las fuerzas desatadas en el proceso podrían resultar incontenibles. En caso de darse la convergencia, ésta tendería a desacreditar la movilización del PRD, aunque no necesariamente a detenerla, porque para ello haría falta también negociar con López Obrador y el PRD. La tercera posibilidad –que es alta en este momento–, es el triunfo de López Obrador en las elecciones. En ese caso, la democracia en México también enfrentará una prueba histórica, aunque en otros términos.

Hace treinta años, en su ensayo “El 18 Brumario de Luis Echeverría” (Vuelta, diciembre de 1976), Gabriel Zaid recordaba los estudios de Jung sobre la “personalidad maná”: “El inconsciente colectivo puede arrastrar a un hombre al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas”. Para compensar su responsabilidad en el crimen del 68, Echeverría asumió una personalidad mesiánica. Pero para acotarlo –además del límite infranqueable de los seis años–, el sistema político mexicano tenía sus propios valladares internos, como la fuerza de los sindicatos.

Ahora, mucho más que en la época de Echeverría, la dialéctica descrita por Jung está operando. El “inconsciente colectivo” de muchos mexicanos está arrastrando a López Obrador al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas: “Acá Andrés Manuel es como una creencia, nosotros pedimos en la iglesia para él” –dijo una mujer de la comunidad Pentecostés, durante la gira por Tabasco–. “Yo que soy católica también pido que gane”, dijo otra. “México necesitaba un Mesías y ya llegó López Obrador”, decía una pancarta en el pueblo natal de Juárez. Pero él ha sido el primero en alentar esas expectativas y en creer que puede cumplirlas. “Ungido”, más que electo, por el pueblo, podría tener la tentación revolucionaria y autocrática de disolver de un golpe o poco a poco las instituciones democráticas, incluyendo la no reelección. Ésta parece ser, por cierto, la preocupación de Cuauhtémoc Cárdenas, líder histórico de la izquierda mexicana, hombre tan ajeno a la explotación de la religiosidad popular para fines políticos como lo fue su padre, que por ese motivo rompió con Garrido Canabal. En una charla, Cárdenas me dio a entender que no descarta la perpetuación de su antiguo discípulo en el poder. Quizá tenga razón. Un proyecto mesiánico aborrece los límites y necesita tiempo: no cabe en el breve período de un sexenio.

Pero México no es Venezuela. Si bien ya no existen los antiguos valladares del sistema que autolimitaban un poco los excesos del poder absoluto, ahora contamos con otros, nuevos pero más sólidos: la división de poderes, la independencia del poder judicial, la libertad de opinión en la prensa y los medios, el Banco de México, el IFE. México es, además, un país sumamente descentralizado en términos políticos y diversificado en su economía. El federalismo es una realidad tangible: los gobernadores y los estados tienen un margen notable de autonomía y fuerza propia frente al centro. Adicionalmente, dos protagonistas históricos, la Iglesia y el Ejército, representarán un límite a las pretensiones de poder absoluto, o a un intento de desestabilización revolucionaria: la Iglesia se ha pronunciado ya por el respecto irrestricto al voto, y el Ejército es institucional. Por sobre todas las cosas, México cuenta con una ciudadanía moderna y alerta. Los instintos dominantes del mexicano son pacíficos y conservadores: teme a la violencia porque en su historia la ha padecido en demasía.

Costó casi un siglo transitar pacíficamente a la democracia. El mexicano lo sabe y lo valora. De optar por la movilización interminable, potencialmente revolucionaria, López Obrador jugará con un fuego que acabará por devorarlo. Y de llegar al poder, el “hombre maná”, que se ha propuesto purificar, de una vez por todas, la existencia de México, descubrirá tarde o temprano que los países no se purifican: en todo caso se mejoran. Descubrirá que el mundo existe fuera de Tabasco y que México es parte del mundo. Descubrirá que, para gobernar democráticamente a México, no sólo tendrá que pasar del trópico al Altiplano sino del Altiplano a la aldea global. En uno u otro caso, la desilusión de las expectativas mesiánicas sobrevendrá inevitablemente. En cambio la democracia y la fe sobrevivirán, cada una en su esfera propia. Pero en el trance, México habrá perdido años irrecuperables.

Entre Poseidón y La Profecía

David Páramo
Excélsior - Personajes de Renombre

01-06-06

A principios de este mes se estrenarán dos versiones de películas de la década de los 70. Poseidón (que originalmente se llamó La tragedia del Poseidón) y La Profecía. Andrés López Obrador plantea otro reestreno: La Inflación.


A pesar de lo muy confuso del anuncio del candidato del PRD la noche del martes, quedó claro que este hombre y sus asesores económicos creen en el expansionismo económico y la inflación.

Cuando se estrenaron las versiones originales de las películas había una corriente económica según la cual se decía que para crecer era necesaria la inflación. Muy rápidamente el mundo se dio cuenta de que se podría tener inflación sin crecimiento. Hoy los perredistas dicen que es preciso probar este modelo como si fuera nuevo, cuando ya demostró haber sido un churro para la mayoría de los mexicanos.

Si se analiza la correlación entre inflación, crecimiento económico y disminución de la pobreza, queda claro que, a mayor crecimiento en los precios, la economía se frena y aumenta el número de pobres. Sólo vea cómo creció el número de personas en la miseria durante 1988 o 1995 y cómo han disminuido en tanto que el Banco de México, gobernado por Guillermo Ortiz, ha logrado controlar la inflación.

AMLO prácticamente basa toda su propuesta económica en que logrará ahorros por 100 mil millones de pesos. Ningún economista ha podido cuadrar sus cifras. En un documento secreto que guardan junto con las encuestas en las cuales van ganando por diez puntos y a ver si logran explicar cómo le harían.

Según los perredistas, bajando sueldos de altos funcionarios (aun cuando eso sólo serían tres mil millones de pesos) y acabando con otros despilfarros, sin especificar cuáles, van a ahorrar 80 mil millones. Dicen que no se han hecho esfuerzos de ahorro durante esta administración, pero ello es una mentira y ahí están los números de la Secretaría de Hacienda.

En la simplificación hasta el absurdo de los perredistas, afirman que, sí pudieron disminuir 11 mil millones de pesos el Presupuesto del DF, cuyo monto es de 80 mil millones de pesos, ¿por qué no 100 mil millones del federal? Una de las primeras razones es porque los gobiernos perredistas de la capital, en el poder desde 1997, no hicieron ningún esfuerzo para disminuir el gasto corriente.

Los seguidores de AMLO consideran necesario disminuir el gasto corriente, pero la única pregunta es si le bajarán primero el sueldo a maestros o burócratas, quienes reciben la mayoría del gasto corriente de la Federación. Vamos, ni siquiera entran al centro del problema: la urgente necesidad de reformar el sistema de pensiones de la burocracia.

Los trenes bala, convertir a las Islas Marías en parque de diversiones y otras obras prometidas por los perredistas costarían más de los 100 mil millones de pesos… Entonces, es válido suponer que estas obras o no se harán o se van a financiar con deuda o a base de déficit fiscal.

En sus cuentas apuntan que podrían aumentar 20% el bienestar de quienes ganan menos de nueve mil pesos mensuales al reducir el costo de energéticos, electricidad y gasolina, así como ampliar apoyos monetarios para adultos mayores y la distribución gratuita de útiles escolares.

Vale la pena destacar que los economistas de la campaña de Felipe Calderón opinan que un programa como el anunciado por AMLO tendría un costo fiscal de 300 mil millones de pesos.
Bajar los energéticos en esta época de altísimos precios internacionales sólo haría más delicada la situación financiera de Pemex, la CFE y Luz y Fuerza del Centro, que viven momentos de gravísimo apremio financiero.

Según las cuentas perredistas, cuatro quintas partes serían un costo fiscal, pero, evidentemente, ni AMLO ni Rogelio Ramírez de la O explicaron de qué partidas saldrían estos fondos y, los 20 mil millones de pesos restantes, por la disminución de precios provocados por la baja de los energéticos. Es un hecho que los precios no disminuyen por mayores subsidios, según se vio en los años de mayores subsidios del populismo de José López Portillo y Luis Echeverría.

Al tratarse de subsidios generalizados se beneficia más a quienes más tienen y no a los que ganan menos de nueve mil pesos. Si bajan las tarifas de los energéticos, quien se queda con mayor proporción del subsidio es el que consume más.

La cartelera de estrenos setenteros se puede evitar. Ya sea no yendo al cine o no votando por un churro populista.


dinero@nuevoexcelsior.com.mx

La economía de AMLO: bienvenidos al pasado

Jorge Fernández Menéndez
Excélsior - Razones
01-06-06


Como lo dijimos en este espacio, realmente parecía que la decisión de López Obrador de enlazar a varios medios nacionales (incluso presentándolo pomposamente como un "mensaje a la nación" en "cadena nacional"), para anunciar los "principios de su propuesta económica", era una buena idea: se concentraría, por supuesto, en las promesas, pero podía servir con el fin de presentarse como un político responsable que sabe y entiende el funcionamiento de la economía de un país. Resultó una mezcla de fracaso y absurdo, por la forma y por el fondo. En la forma, López Obrador se veía fatal: hasta el nudo de la corbata traía mal atado (¿cuál de sus asesores de imagen considera que una corbata rosa se ve presidencial en televisión?). El mensaje, anunciado en tres minutos, apenas superó el minuto y su realización era tan mala que parecía un ejercicio estudiantil.

Pero el fondo de lo anunciado es mucho peor: López Obrador se limitó a decir que "incrementaría" los salarios de todas las personas que ganan menos de nueve mil pesos. Por supuesto, no dijo cómo, lo dejó en una nebulosa en la cual se supone que ello se logrará mediante una combinación de elementos que van desde el subsidio sistemático a personas de la tercera edad (el martes en la mañana también había anunciado subsidios a los intelectuales y a los creadores, confundiendo la entrega de dinero estilo Echeverría con una política cultural seria), madres solteras y demás, hasta un incremento al subsidio de los energéticos con el fin de reducir su costo y se supone que por una eliminación del ISR para ese sector de la población. Pomposamente, al final del anuncio, AMLO dice que con mayores ingresos salariales habrá mayor consumo y, por ende, mayor crecimiento económico. Si eso se parece a un programa económico, los operadores financieros internacionales deben prepararse, ya, a retirar cualquier inversión seria de México si él gana, porque decir que se trata de una propuesta sin pies ni cabeza resulta suave.

Horas antes, el economista de cabecera de López Obrador, Rogelio Ramírez de la O, convocó a una rueda de prensa para "explicar" lo que querría decir su jefe. Por supuesto, Rogelio fue más articulado, pero se limitó a repetir lo ya dicho en el llamado proyecto alternativo de nación. Se habló de la reducción del precio de los energéticos, la del ISR, la construcción de refinerías, viviendas, obras de infraestructura, de un aeropuerto internacional en Tizayuca y de mucho más. Cuando se hacía la pregunta obvia: ¿cómo se pagaría todo eso?, la única respuesta era que con ahorro en el gasto burocrático: se gastarán cien mil millones de pesos anuales menos y con eso se pagará todo.

El pequeño problema es que ese ahorro, como está planteado, es lisa y llanamente imposible. Se dice por ejemplo que se reducirá 50% del salario del presidente para abajo, hasta llegar a todos los directores generales en el gobierno. Se dice que así se ahorrarán seis mil millones de pesos. El problema es que el salario total de toda la plantilla de mandos superiores del sector público suma un poco menos que eso: cinco mil 900 millones. ¿Espera López Obrador trabajar con un gobierno que no gane ni un peso de sueldo? Se habla también de la reducción salarial de los mandos medios del gobierno: pues todos ellos ganan 38 mil millones de pesos al año, ¿en cuánto piensa reducirles el ingreso?

¿Cuánto es lo destinado para personal de todo el gobierno federal? Suma, según el Presupuesto 2005, unos 150 mil 323 millones de pesos y 70% de ello se concentra en los sueldos de maestros, personal médico (incluidas las enfermeras), Fuerzas Armadas, policías y todo el personal relacionado con la justicia. Eso quiere decir que, si se piensa reducir 100 mil millones de pesos en ese ámbito, estamos hablando de que más de 75% del gasto actual desaparecería, o sea el salario del presidente, pero también de médicos, enfermeras, maestros, policías, Fuerzas Armadas y mucho más. No hay posibilidades de realizar ese recorte: es pura demagogia.

Se habla de reducir el precio a los energéticos, en realidad, debería decirse, de aumentar el subsidio. Sólo en electricidad, hoy el subsidio alcanza los 55 mil millones de pesos, ¿se puede aumentar?, por supuesto, la pregunta, una vez más, es de dónde saldrán los recursos. Eliminar el ISR a quienes ganan menos de nueve mil pesos mensuales implicaría una reducción de los ingresos por 30 mil millones de pesos, ¿cómo se van a compensar? Dice López Obrador que ello aumentaría el consumo, pero al mismo tiempo afirma que no gravará más el consumo vía IVA. Una vez más, ¿de dónde saldrían, entonces, esos recursos?

Jaime Sánchez Susarrey, analizando estas propuestas en su libro Un Proyecto Irresponsable de Nación, hace un estimado del costo de sólo algunas de las promesas de López Obrador que no explica cómo las va a financiar. La cifra es ridículamente alta: unos 350 mil millones de pesos, incluidos 62 mil millones para la construcción de cuatro nuevas refinerías; 75 mil millones adicionales en combate a la pobreza; 45 mil millones para apoyos a la tercera edad; 19 mil millones en medicinas gratuitas; 123 mil millones para la creación de 30 universidades y 200 preparatorias. Y, por supuesto, no se contemplan, en estas cifras, aeropuertos, carreteras y la enorme cantidad de obra pública con la cual según López Obrador detonará la economía.

El problema, insistimos, no está en la obra pública, las pensiones a la tercera edad o las medicinas gratuitas: el tema es cómo se pueden financiar esa obra y esos proyectos. Y López Obrador no dice cómo lo hará, salvo el mítico recorte de cien mil millones de pesos al gasto público. En todo caso, el resultado será, como en su gestión en el DF, decrecimiento económico, pérdida de competitividad, reducción de fuentes de empleos y un fuerte endeudamiento público. O sea, indisciplina fiscal e inflación. Bienvenidos al pasado.


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El mensaje pirata a la nación de AMLO

Enrique Campos
Radio Fórmula
31 de mayo del 2006

Antes, regularmente se usaban los medios para anunciar medidas emergentes para tratar de resolver los problemas económicos, pero ahora es la primera vez que se utiliza una cadena nacional para anunciar que se pretende desatar una crisis económica.

Amlo pretende que los mexicanos estiren la mano para recibir regalado y su paquetazo es una vía rápida y sin escalas para llegar a una debacle económica, que desatará la guerra precios-salarios que siempre pierden los trabajadores.

Subsidiar sin tener asegurada la fuente de ingreso es un acto de suicidio financiero. Lo que es cierto es que si logra desatar una nueva crisis, entre todos los afectados estarán sin duda, “primero los pobres”.

Olvido y traición

Ricardo Alemán
El Universal - Itinerario Político
01 de junio de 2006

Priístas que combatían a la izquierda hoy son la corte del más aventajado de sus candidatos

Y a no hablemos de aquellos militantes de la izquierda mexicana que en las décadas de los 60 y 70 dieron la vida por las causas que enarbolaron -y que seguramente se revuelven en sus tumbas-, sino de los que lograron sobrevivir esos años y que en la década siguiente fueron víctimas no de las balas de Díaz Ordaz y de Echeverría, sino de persecución, cárcel y fraude electoral.

¿Qué les dice a esos mexicanos, entre quienes se encuentran dirigentes, activistas, intelectuales, luchadores sociales y periodistas, que el prohombre de la izquierda mexicana, Andrés Manuel López Obrador, responda alegremente que no juzgará a personajes como Manuel Bartlett Díaz? Más aún, que le dé la bienvenida a su causa.

Algo grave está pasando entre esa izquierda mexicana, si dirigentes y luchadores sociales, intelectuales, activistas y periodistas han sido incapaces de alzar la voz contra el reclutamiento -en las filas de esa izquierda- de personajes como Manuel Camacho, Socorro Díaz, José Guadarrama, Ricardo Monreal, Marcelo Ebrard, Ricardo García Sáinz, Dante Delgado, Alberto Anaya, Leonel Cota, Arturo Núñez, César Raúl Ojeda, Víctor Emilio Anchondo, Alfonso Durazo, Roberto Vega Galina, Elías Dip Ramé, Víctor Gandarilla y Raúl Sifuentes Guerrero, por mencionar sólo algunos.

¿Qué no todos ellos representaron, en la larga marcha de la izquierda mexicana, los adversarios y hasta los enemigos a vencer? ¿Qué no algunos de ellos son responsables intelectuales, por omisión o por comisión, de la persecución de esa izquierda, de los fraudes electorales y las elecciones de Estado, y hasta de crímenes contra militantes de esa izquierda? ¿Ya se les olvidó a dirigentes y luchadores sociales, a intelectuales y periodistas de esa izquierda, que el PRI de los Muñoz Ledo, de los Manuel Bartlett, Manuel Camacho, Marcelo Ebrard, Ricardo Monreal y Socorro Diaz -entre muchos otros- fue el PRI responsable de las masacres del 68, del 71, de las elecciones de Estado y los despojos electorales como los de 88, y que esos personajes no fueron ajenos a esas purgas políticas y electorales que sufrió la izquierda mexicana?

En un insólito, en lo que parece la negación de la memoria y de la historia recientes, esos priístas que antaño combatían a la izquierda, la perseguían y la defraudaban electoralmente, hoy son la corte del más aventajado de los presidenciables que haya tenido la izquierda mexicana y quien -como buen mesías que se respete-, reparte indulgencias y perdona vidas pasadas para que el rebaño descarriado pueda entrar a su reino, que es el de la verdad, la honestidad y la valentía. Ser aceptado en el rebaño de AMLO es lo mismo que borrar el pasado ominoso, que perdonar los crímenes del poder, que alcanzar la purificación del alma y del cuerpo. Afiliarse a la izquierda que él representa, y a la causa de los pobres que dice enarbolar, convierte a los ex priístas en cruzados por el bien de todos.

Curiosa conversión, que anula la memoria, que borra el pasado, que aniquila la congruencia y, sobre todo, las capacidades de asombro e indignación de quienes fueron verdaderos líderes y militantes de izquierda, de luchadores y luchadoras sociales que lo fueron por la vida de los suyos; de intelectuales, hombres de ciencia y periodistas hoy deslumbrados por la proximidad al poder. ¿Qué bicho les picó para compartir causa y proyecto con los que ayer promovían el exterminio de la izquierda y a los que hoy convidan del banquete del poder?

Y no parece haber otra respuesta que esa, la del poder. Para alcanzar el poder y para ejercerlo, estorban memoria, principios, historia, congruencia, aunque sean las de la izquierda mexicana. ¿Cuántos luchadores sociales, dirigentes, intelectuales y periodistas de esa izquierda imaginaron, hace 10, 20 o más años, que compartirían la mesa del poder con apellidos lustrosos como Muñoz Ledo, Bartlett, Sáinz, Camacho, Díaz, Monreal, Ebrard, Guadarrama...? Seguramente ninguno. ¿Y cuántos de los sobrevivientes de esa izquierda esperan la señal, el 2 de julio, para compartir el banquete del poder con esos apellidos? Dolorosa confirmación: "el poder los hace iguales".

¿De veras los volvió amnésicos y cínicos el poder? Dice un viejo militante de izquierda, olvidado y relegado, que no. Y explica: "Lo que pasa es que se hicieron viejos". No es el poder, "es el miedo al fracaso", dice. Y puede tener razón. Toda una generación de luchadores de izquierda, que se jugó la vida en su lucha contra el PRI y por la democracia, no puede dejar la vida sin haber visto un gobierno de izquierda, aunque sea de esa izquierda. Apelar a la congruencia, a la conciencia, a la memoria y la historia sería decirle "no" a AMLO. Sería reconocer el fracaso propio. Pero si es así, ¡valiente triunfo de la izquierda! Porque de suyo, cuando AMLO nutre su candidatura presidencial de izquierda y a su partido de izquierda, con los ex priístas que combatieron a la izquierda, entonces estaría reconociendo que 30, 40 o más años de lucha en la izquierda mexicana fueron inútiles, porque no llegará al poder esa izquierda, sino un PRI reciclado. Gane o pierda, AMLO pasará a la historia como el aniquilador de la izquierda mexicana. Al tiempo.


aleman2@prodigy.net.mx

Propuesta AMLO

Sergio Sarmiento
Reforma - Jaque Mate
31 de mayo del 2006


“El problema del capitalismo
es la desigual distribución de la riqueza,
mientras que la virtud del socialismo
es la igual distribución de la miseria”.
Winston Churchill

Andrés Manuel López Obrador ofreció ayer una nueva versión de su proyecto económico. La propuesta implica reducir en un 1 por ciento del Producto Interno Bruto el gasto burocrático y aumentar en esa misma cantidad el gasto social del gobierno.

Rogelio Ramírez de la O, el economista a quien López Obrador ha señalado como su posible secretario de Hacienda, explicó ayer en una conferencia de prensa los detalles que de una manera más política explicaría el candidato en un mensaje a la nación a través de los medios electrónicos a las 9 de la noche.

La iniciativa, como la explicó Ramírez de la O, no es en realidad algo nuevo. En varias ocasiones López Obrador ya ha presentado detalles de este proyecto. La propuesta de recortar el gasto público en 100 mil millones de pesos y utilizar el dinero para aumentar el gasto social ha sido, en efecto, uno de los fundamentos de la campaña de López Obrador desde un principio.

Hay dudas serias, por supuesto, acerca de si este recorte es posible. Quizá sea posible hacer una disminución de 100 mil millones de pesos en los gastos del gobierno, lo cual representaría aproximadamente un 5 por ciento del total, pero esto obligaría a hacer ajustes en el costo de los trabajadores de base y sindicalizados, cosa que López Obrador ha prometido no hacer. La Compañía de Luz y Fuerza del Centro, la Comisión Federal de Electricidad y Pemex seguramente podrían operar con la mitad del personal que tienen actualmente. Pero los contratos que tienen los trabajadores de estas empresas los hacen inamovibles.

El gasto corriente del gobierno ha aumentado, es verdad, de forma muy importante durante el sexenio de Vicente Fox. Pero una parte significativa de este gasto procede del crecimiento de las pensiones. El gobierno, sin embargo, se enfrentaría a una avalancha de demandas si recortara esas pensiones y seguramente perdería los juicios en los tribunales.

El ahorro de los 100 mil millones de pesos se emplearía en subsidios de distinta índole. Según Ramírez de la O, el gobierno de López Obrador gastaría aproximadamente 35 mil millones de pesos en un programa de apoyo a los adultos mayores. Otros 20 mil millones se utilizarían para la entrega gratuita de útiles escolares y otros apoyos. Habría además disminuciones en los precios de la gasolina y la energía eléctrica en sus tarifas residenciales, comerciales e industriales.

Pero, ¿estas cifras cuadran? En principio parece que no. Un 5 por ciento de la población de nuestro país tiene 65 años o más. Estamos hablando de alrededor de 5 millones 150 mil personas. Simplemente para darles a cada una 650 pesos al mes se requerirían más de 40 mil millones de pesos. A esto habría que sumar el costo administrativo de este programa y es difícil pensar que esto costaría menos de 20 mil millones de pesos al año. Tan sólo en este programa se irían, pues, 60 mil millones de pesos.

Pero además la factura crecería cada año. La población mexicana de más de 65 años está aumentando a un ritmo de casi 4 por ciento al año, mientras que la población en general lo hace a un ritmo de apenas 1 por ciento anual. ¿Ha pensado López Obrador en el costo, no el año que viene, sino en 20 años, de crear un nuevo programa de beneficios sociales sin ningún ingreso que lo sostenga sanamente?

Es mucho más fácil reducir los precios de los energéticos: de la electricidad y la gasolina, por ejemplo. En esto no hay costo administrativo alguno. Pero la medida sería un gravísimo error económico, similar al que han cometido los países petroleros tantas veces en el pasado.

Si los monopolios mexicanos lograran realmente reducir los costos de producción de la electricidad, el petróleo crudo y las gasolinas, podrían repercutirse estos ahorros al consumidor. Pero en la propuesta de López Obrador no hay una iniciativa para disminuir los costos de producción de las empresas de energía.

No hay duda, sin embargo, que en la competencia electoral tan cerrada que estamos viviendo, muchos mexicanos se sentirán atraídos por la propuesta de López Obrador. La tradición en nuestro país es que los gobernantes repartan dádivas al pueblo. De esta manera el PRI se sostuvo en el poder 71 años. Esto es lo que propone Andrés Manuel.

Mucho más difícil es tomar medidas que realmente aumenten la producción y generen empleos. López Obrador ha preferido no ver el ejemplo de países como España, Irlanda o Chile. Éstos han entendido que para disminuir la pobreza primero hay que generar riqueza. En México estamos yendo en sentido contrario: primero repartimos y después averiguamos de dónde sacaremos el dinero.

Peligro para México

Catón
Reforma - De Política y Cosas Peores
31 de Mayo del 2006

Yo creo, en recta conciencia, que Andrés Manuel López Obrador es un peligro para México. ¿Seré por eso reo del delito de calumnia o de difamación? Las críticas, los juicios y opiniones no pueden ser objeto de censura, ni coartados, pues eso anula por completo la libertad de pensamiento y expresión. Nada puedo yo hacer, por ejemplo, para impedir que los dogmáticos partidarios de AMLO me llamen reaccionario por haber pensado y dicho que Cuauhtémoc Cárdenas debía ser el candidato del PRD, y no López Obrador. Habría tenido mayores posibilidades de ganar. De hecho ya ganó una elección presidencial, que le fue arrebatada por los entonces todopoderosos señores del fraude electoral. Entre ellos, el principal era Manuel Bartlett, quien ahora se suma, oportunista, a la causa del ex jefe de Gobierno del Distrito Federal. El peligro que para México representa López Obrador no sólo se muestra en su discurso populista, su talante mesiánico y su evidente demagogia. Deriva sobre todo de su desdén por la legalidad, de su rechazo a la transparencia -es el mayor enemigo que en el País tiene la transparencia, elemento indispensable del ejercicio democrático-, de su palmaria falta de preparación y de su tendencia a considerar que su voluntad es la voluntad del pueblo. Yo no creo -contrariamente a lo que piensan algunos críticos de AMLO- que López Obrador intentaría perpetuarse en el poder. México tiene todavía la memoria de una Revolución que se hizo para evitar la reelección, y sólo mediante un supremo esfuerzo manipulador, y quizá con el empleo de la violencia, conseguiría este señor hacer lo que ya Chávez pretende hacer en Venezuela. Pero en su sexenio muy probablemente México retrocedería; su economía, ahora firme, se quebrantaría con los malos efectos -devaluaciones, inflación- que suelen traer consigo la prácticas del populismo; el País quedaría dividido en buenos (los partidarios de López Obrador) y malos (quienes se opongan a él), y se instaurarían en toda la nación el caos y anarquía, el desorden administrativo y las prácticas de corrupción que privan en el Distrito Federal. Por pensar todo esto, es decir que AMLO es un peligro para México, ¿podré ser censurado? Tal cosa es de temerse, pues el Trife ordenó el retiro de un mensaje publicitario en que el PAN manifiesta ese mismo pensamiento. Al actuar así ese órgano de la justicia excedió notoriamente sus atribuciones, dio la impresión de ser parcial a López Obrador y violó la Constitución General de la República, pues coartó indebidamente la libertad de expresión, como con oportunidad y tino señaló Sergio Sarmiento. Se convirtió así ese Tribunal en una non sancta Inquisición. El PRD tiene ahora un mensaje publicitario en que llama mentiroso a Calderón, y muestra una mano -supuestamente la del candidato de Acción Nacional- en el momento de firmar el Fobaproa. Pero la mano que aparece es una mano derecha, y sucede que Calderón es zurdo. Así, la mentira aparece más del lado de la gente de López Obrador que de los panistas. Veremos qué hace el Trife en relación con eso… En una ciudad sureña de los Estados Unidos, un granjero de 80 años se casó con una muchacha de 20. “-Hay que mantener el motor funcionando” -explicó muy sonriente el veterano. Al año la muchacha tuvo un bebé. “-Hay que mantener el motor funcionando” -repitió con orgullo el maduro caballero. El segundo año la muchacha dio a luz otro bebé. “-Hay que mantener el motor funcionando” -volvió a decir el granjero, jactancioso. Y le sugiere la enfermera: “-Pues ya cámbiele de aceite a ese motor, porque ahora el bebé salió negro”… FIN.

El eje del Peje

Jorge G. Castañeda
Reforma
31 de mayo de 2006

Existe en francés la expresión "faire le plein", que se usa en referencia a llenar un tanque de gasolina, pero que también, al agregársele "des voix", significa juntar todos los votos potenciales en una elección. Si se quiere, la traducción podría ser: "que no se quede un voto fuera de la buchaca". Éste es el reto que enfrenta AMLO, y para el cual parece estar recurriendo a una solución muy a la mexicana.

En efecto, las encuestas de finales de abril y ahora de finales de mayo muestran que el candidato del PRD ha perdido votos, sobre todo los votos que le dieran su amplia ventaja inicial: votos foxistas no panistas del año 2000 (el voto útil o la izquierda azul). Los perdió, como ya es bien sabido, por el "efecto chachalaca", la hábil asociación que Calderón hizo de él con Chávez, la campaña del miedo de Morris, y por la segunda campaña de Fox. Los empezó a recuperar a partir de principios de mayo con una triple estrategia: maniatar a Fox; volver a los medios con serenidad y la docilidad de sus interlocutores mediáticos; y al desplazarse hacia el centro sin desproteger su flanco izquierdo. Ésta es la parte más interesante.

Correrse hacia el centro sin el adecuado aderezo ideológico es peligroso, ya que puede no convencer a los electores foxistas a la deriva, pero sí ahuyentar al voto duro del PRD y a la carne de cañón de la ultra-izquierda para la posible salida a la calle del no pasarán. La solución parece ser recurrir a la Revolución Mexicana y al priismo "bueno y puro" que puede funcionar bajo determinadas condiciones. Éstas consisten en plantear la elección como una disputa entre el bando de la Revolución nacionalista, laica, social y liberal, y la ultraderecha clerical, entreguista, intolerante, y sobre todo, plutocrática. AMLO es en esta óptica el candidato de los pobres, pero también de los laico-juaristas, de los patriotas antiimperialistas, y de todos aquellos que creen en la salvación del espíritu depurado de la Revolución Mexicana.

Colocar la elección en este contexto puede permitirle a AMLO rehacer "le plein" de votos: jalar la cobija desde el priismo de Echeverría (Muñoz Ledo), López Portillo (García Sáinz), De la Madrid (Bartlett), y hasta de Salinas (Camacho-Ebrard); tratar de conservar al cardenismo sin Cuauhtémoc; y a la ultraizquierda zapatista y atenquista (aunque Marcos venda caro su amor).

Además de sus desgracias, ¿qué puede unificar a todos estos sectores y a muchos más que aún no caen en las redes de la restauración de la Revolución Mexicana? Pues justamente los apotegmas del nacionalismo revolucionario acompañado de la "honestidad valiente", es decir, el PRI "bueno fiel a sus orígenes y honrado". ¿Cuáles son esos apotegmas? Los de siempre: nacionalismo antiamericano; laicismo anticlerical; estatismo antineoliberal; populismo antimercado; identificación con "los pobres", es decir, con la gente de escasos recursos organizada principalmente en las ciudades gracias a los métodos clientelares del PRI reconvertidos al PRD (Bejarano); a un cierto liberalismo o tolerancia cultural mientras no importe, es decir, mientras se mantenga en los murales de Palacio, en la literatura ortodoxa o en el cine irreverente, pero sin invadir los ámbitos de la vida privada de la gente (matrimonio del mismo género, interrupción de embarazos).

¿Qué puede movilizar a los adeptos de todas estas tesis anacrónicas, aberrantes y aplastantes del intelecto? El miedo a sus antinomias. De ahí la campaña del miedo de AMLO, que puede resultar igual de eficaz que la de Calderón. Consiste en tildar a Calderón de anverso de cada una de estas medallas o perlas priistas. Calderón es la ultraderecha del Yunque, no sólo la derecha como Fox sino la intolerancia cultural y social de Abascal, pero en Los Pinos y no en Bucareli; Calderón es el entreguismo proyanqui en la era del resurgimiento de la izquierda latinoamericana, ya no en el mundo unipolar de finales del siglo XX; y sobre todo, Calderón es la plutocracia, como el Fobaproa, como Roberto Hernández, en una palabra: los ricos, al igual que Fox, pero peor. Este discurso puede pegar: según varias encuestas los spots perredistas asociando a Calderón con el Fobaproa han calado, el no pasarán de los intelectuales ha logrado partidarios (trasnochados). Y la tesis del Yunque, repetida una y otra vez, al igual que la de Calderón sobre López y Chávez, empieza a convertirse en verdad para muchos.

Con la excepción de los gobernadores priistas del norte, que obviamente prefieren a Calderón que al Peje o incluso a Madrazo, este discurso penetra en el alma priista. Y convence a los intelectuales, a los sectores políticamente correctos y a ciertos sectores -no todos- del foxismo no panista. La amenaza del fascismo blanquiazul puede despistar/convencer a muchos, y no se necesitan tantos.

Veremos en el mensaje a la nación y en su desempeño en el debate qué tan articulado tiene este discurso. Sabremos si sus propuestas y sus ataques a Calderón -entreguista, mocho e intolerante- se inscriben en el cuadro abstracto del nacionalismo revolucionario y la ideología de la Revolución Mexicana, o no. Comprobaremos si la restauración priista pintada de amarillo se da sin la parafernalia, la demagogia y el bagaje ideológico del viejo PRI o no; y veremos si puede construir el Gran Frente Nacional y Popular contra el Fascismo, o no.

Sobre todo veremos, como lo espero, si Calderón sabe salirse de la trampa y mostrar que el peligro para México no es él, sino un presidente de México colocado en la foto del absurdo, publicada en este diario y en el mundo el sábado: Chávez, Morales, Lage, y López Obrador vestidos de aymara, conformando el eje del Peje.

31 de mayo de 2006

Así van los pronósticos...

Razona tu voto

Cuando Leo Zuckermann sacó el tema de los mercados de predicción de futuros ("apuestas") en la elección presidencial de México, muchos lo tacharon de "poco serio" y de darle espacio a una "vacilada", o en el mejor de los casos de presentar un método "sesgado" para revisar las preferencias electorales.

La verdad es que, tal y como lo mencionó Leo en su artículo "¿Y cómo van las apuestas?" del 18 de abril, este instrumento ha resultado ser un excelente indicador de como se han ido moviendo las preferencias electorales durante la contienda.

Traigo el tema a colación porque a últimas fechas se ha hablado de la caída Felipe Calderón y un nuevo repunte de López Obrador, e inclusive de una competencia cerrada a tercios con Madrazo (después de la publicación de la encuesta de María de las Heras/Milenio de mayo).

Si vemos el comportamiento de la gráfica del "contrato de futuros" de la elección a la fecha, notamos que, efectivamente, la distancia entre Calderón y López Obrador se redujo mostrando una competencia más cerrada, sin embargo de unos días para acá, esta tendencia parece haber quedado "estabilizada".


En los siguientes días saldrán nuevas encuestas que confirmarán o generarán una corrección en la tendencia de esta gráfica, así como seguramente también influirá en ella el resultado del segundo debate (y sobre todo del posdebate) del 6 de junio.

A quienes no les gusta lo que se ve en la gráfica, de seguro también la descalificarán por ser "poco seria y sesgada". Ni modo.

Ahhh ya casi se me olvidaba... de Madrazo y el PRI... mejor ni hablamos.

razona2voto@yahoo.com

¿Y cómo van las apuestas?

Artículo publicado originalmente el 18 de abril del 2006

Leo Zuckermann
Excélsior - Juegos de poder
18-04-2006

No sólo las encuestas registran una caída en las intenciones de voto en favor de López Obrador. También en las apuestas hay una disminución en las probabilidades de que éste gane la elección presidencial.

Procede recordar que en Estados Unidos, desde 1988, cuando el Iowa Electronic Market abrió los denominados "mercados de predicción de eventos políticos futuros", este tipo de apuestas han resultado mejores indicadores que las encuestas para predecir los resultados de unos comicios.

A diferencia de las encuestas que miden las intenciones de los probables votantes, en los mercados de predicción se agrupa la información de distintos inversionistas que están apostando para tratar de capturar una ganancia económica. Puede ser, de hecho, que un apostador adore a un candidato, quiera a toda costa que sea el ganador, pero a la hora de apostar su dinero deja a un lado su emotividad y actúa con objetividad. Trata de predecir quién ganará, lo cual, incluso, lo puede llevar a meterle dinero al candidato que más odia de todos.

El sitio www.intrade.com, que opera en Irlanda, abrió el 25 de febrero un mercado para predecir los resultados de los comicios presidenciales mexicanos. El mecanismo es sencillo, se abre una cuenta, se deposita dinero con una tarjeta de crédito y se compran o venden "contratos de predicción". Intrade cobra una comisión por transacción. Los contratos adquiridos no son apuestas tradicionales donde hay que esperarse hasta el final para ver si uno gana o pierde. En cualquier momento pueden venderse para capturar una ganancia o minimizar una pérdida. Si, por ejemplo, alguien compra al candidato X en 40 y al día siguiente ya cotiza en 60, pues puede vender de inmediato y obtener una ganancia neta de 20.

El día de ayer, López Obrador cotizaba en 52 dólares, Calderón en 40 y Madrazo en nueve. Intrade paga 100 dólares a quienes tengan contratos del candidato que efectivamente gane en la elección. Los otros pierden su dinero. De esta forma, por ejemplo, si AMLO gana los comicios, se obtiene una utilidad de 48 dólares, pero si fracasa, el apostador pierde su inversión original de 52 dólares.

Compárense las cotizaciones actuales con las del primero de abril, cuando AMLO cotizaba a 75 dólares, Calderón a 17 y Madrazo a 9. No hay duda de que los apostadores, como también los encuestadores, perciben ahora una contienda más cerrada, pero sólo entre el perredista y el panista. Al priísta le siguen otorgando una probabilidad de ganar muy baja (en el argot se diría que es la apuesta "chica", ya que de ganar Madrazo habría una utilidad de 91 dólares por cada nueve apostados).

Para concluir, los precios de los contratos pueden leerse como las probabilidades de ganar que los apostadores le están dando a cada uno de los contendientes. Y resulta que quienes meten su dinero para adivinar el futuro (que son cada día más, si se observa el incremento en el volumen de contratos negociados) piensan que la contienda presidencial está peleada. De hecho, por primera vez desde el 15 de febrero, el 15 de abril los contratos en favor de Calderón cerraron a un precio mayor que los de AMLO. Hoy, el perredista ha regresado a ser el puntero, pero los apostadores ya ven al panista como un candidato con buenas probabilidades de ganar.

Salinista, chafa e… ¡imposible!

Yuriria Sierra
Excélsior - Nudo Gordiano

31-05-06

Nos tenía en un hilo a todos (a quienes ganan menos de nueve mil pesos y a los que no): ayer, por fin, El Peje (y horas antes, su asesor económico, Rogelio Ramírez de la O) presentó su propuesta económica. Carlos Salinas de Gortari debe sonreír a todo lo amplio de su carita, porque López Obrador no hizo sino retomar los principios fundamentales del que fue el gran proyecto del salinismo: el liberalismo social (pero en bizarro). Me explico, por partes:

1. Adelgazamiento del Estado. El proyecto supuestamente alternativo de nación se propone continuar por la ruta que se propusieron los gobiernos tecnócratas, sin lograrlo a cabalidad: el adelgazamiento de la burocracia y el aparato estatal para reducir el llamado "gasto corriente" y reorientarlo a programas de corte social. AMLO anuncia que será 1% del producto interno bruto el porcentaje que se va a sustraer del presupuesto para nóminas del gobierno y se reorientará a gasto social. Esta vez no serán canchas de básquet, sino útiles escolares, pensiones a viejitos y "otros apoyos". Salinas sonríe.

2. Subsidios a empresarios y competencia económica. De los 100 mil millones que dicen que van a recortar del gasto gubernamental, 25 mil millones estarían destinados a subsidiar la reducción del costo de electricidad y gasolinas. Consumo doméstico e industrial al parejo. Para disminuirles los costos de producción y, en teoría, que esto redunde en la reducción de precios al consumidor. Cosa que nunca sucede si no hay competencia. Y por eso AMLO y Ramírez de la O explican que "se reducirán precios en un efecto cascada, en un clima de competencia entre oferentes de bienes y servicios, los cuales registrarían menores costos de insumos, especialmente de electricidad". ¿Clima de competencia? Ramírez de la O aseguró en su rueda de prensa que las reducciones de precios se esperan en compras en supermercado, entretenimiento y transporte colectivo. Lo que no aclararon Ramírez de la O ni Andrés Manuel es cómo piensan fomentar la competencia en el área de "entretenimiento" (suponemos que habla de las televisoras) ni en el de transporte colectivo (¿acaso piensa privatizar, por lados diferentes, el metro, los camiones, el metrobús o ponerlos a competir contra las trajineras de Xochimilco?). ¿O tal vez, simplemente, piensa subsidiar la privatización? Salinas vuelve a sonreír.

3. ¿100 mil millones de pesos? ¡Imposible! Lo que no es muy salinista que digamos es la contabilidad presupuestaria del Peje. Veamos: justamente ayer se dio a conocer el PIB actual de México: casi nueve billones de pesos. En efecto, 1%, como lo anuncian los lopezobradoristas, son alrededor de 100 mil millones de pesos. Eso pretenden ahorrar adelgazando al Estado, pero habría que aclarar que 100 mil millones de pesos de recorte a la burocracia (y por lo tanto al Presupuesto de Egresos) equivalen a diez IFE o, lo que es lo mismo, a desaparecer en su totalidad al IFE, al TEPJF, a la SCJN, al Congreso de la Unión y unas dos o tres secretarías de Estado de cabo a rabo. Y otro dato: la recaudación en México no llega a 5% del PIB.

Salinas sonríe más: es una copia, sí, pero pirata, de su "liberalismo social". ¡Imposible de reproducir en la región 4!


yuriria.sierra@yahoo.com

El talón de Aquiles de Andrés

Francisco Garfias
Excélsior - Arsenal
31-05-06

"Es una pendejada", soltó en forma espontánea Jorge Castañeda Gutman, ex secretario de Relaciones Exteriores. Reaccionaba de este modo a las declaraciones de Andrés Manuel López Obrador, en el sentido de que, si llega a la Presidencia de la República, no piensa salir del país. Al Güero le parece "increíble" que un aspirante a la Presidencia de México se atreva a decir que no va a viajar al exterior.

Las declaraciones vienen al caso porque uno de los temas centrales del segundo debate entre los candidatos presidenciales será la política exterior.

La diplomacia no es el fuerte de López Obrador. El candidato de la Coalición por el Bien de Todos, convencido de que la mejor política exterior es una buena política interior, ha repetido en todos los foros que viajará lo menos posible al extranjero. "Para eso está el canciller", ha declarado el tabasqueño.

Enrique Krauze, en el ensayo "López Obrador, el mesías tropical", aparecido en Letras Libres, expresa idéntica preocupación, aunque en forma más sutil. El historiador cuenta que en agosto del 2003 le preguntó al Peje si era cierto que no tenía pasaporte. "Es extraño que me reclamen eso, el presidente Carranza nunca cruzó la frontera", repuso el perredista.

La respuesta a Krauze ilustra el relegado lugar que la diplomacia tiene en las prioridades de Andrés Manuel. El hombre de Macuspana no parece tener claro que el presidente es el jefe de Estado y que, por lo mismo, nos representa ante las naciones. Renunciar a los viajes no parece la mejor receta en un mundo globalizado.

Castañeda, por otra parte, adelantó que va a votar por Calderón Hinojosa, a pesar de que últimamente ha visto al candidato presidencial del PAN "gris y apagadón". Alguna vez lo invitaron a formar parte del war room del candidato del PAN, pero ni Felipe ni su gente han vuelto a entrar en contacto con él. "Lo tiene totalmente prohibido por… (Televisa)", afirma.

AMLO: nosotros los pobres y ustedes los ricos

Marco A. Mares
Crónica - Ricos y Poderosos
31 de Mayo de 2006

El discurso de Andrés Manuel López Obrador y sus seguidores se basa en el guión de la película de Ismael Rodríguez Nosotros los pobres y ustedes los ricos. El candidato perredista a la Presidencia de la República ha buscado y sigue buscando radicalizar las diferencias de la población nacional por estratos socioeconómicos: los pobres y los ricos; y, pretende autoerigirse en el candidato del pueblo. Por eso López Obrador y sus seguidores han tenido tanto éxito con el ataque del Fobaproa y los banqueros.

Obviamente la mayoría del pueblo de México es pobre; más de tres décadas consecutivas de crisis económicas han aumentado el número de mexicanos pobres.

Lo que nunca dice el candidato perredista a la Presidencia de la República es que fueron los años de gobiernos populistas —y no las medidas y programas dispuestos para resolver los problemas económicos— , los que han provocado que la pobreza aumente.

Al contrario, López Obrador y sus seguidores tienen en el discurso populista una mina de oro. Atacan al Fobaproa y al rescate bancario porque todos resultamos grave o por lo menos seriamente afectados en nuestros patrimonios. El Fobaproa y el rescate bancario son temas muy complicados y en general la gente no los entiende. El Fobaproa y el rescate bancario permitieron una salida costosa, indudablemente, pero salida al fin, de la crisis sistémica que vivió la industria bancaria del país.

Aunque el Fobaproa rescató a los ahorradores, es mucho más sencillo —y rentable, políticamente— decir que se salvó a los banqueros.

Muy pocos comprenden que por cada peso depositado en los bancos, 80 centavos son de los ahorradores y el resto es capital que obligadamente tenían que poner los banqueros. Muy pocos entienden que los 80 centavos de cada peso depositado en los bancos eran de los ahorradores que tenían cuentas de menos de 10 mil pesos, pero también de los grandes, de los medianos y de los microempresarios del país.

Nadie cree que los banqueros perdieron sus capitales y sus bancos, hoy en manos mayoritariamente de extranjeros.

Nadie cree que los banqueros que se convirtieron en delincuentes de cuello blanco siguen libres por la falta de oportunidad para aplicar la justicia, pero al final por problemas y vicios en el sistema judicial, mas no por una voluntad política para evitar su castigo.

Por eso, cuando los seguidores de López Obrador afirman que el costo del rescate bancario se disparó por la protección a banqueros y grandes ahorradores y no a los pequeños cuentahabientes, la nota cala tan hondo y profundo en los sentimientos de los pobres.

Duele que digan que el 96% del Fobaproa fue para el apoyo a empresarios. Y duele que digan que la cuenta del rescate bancario se elevó a 1 billón 320 mil millones de pesos por respaldar al gran capital.

Y duele más cuando en el manejo maquiavélico de las cifras se dice que salvar a los pequeños ahorradores sólo costo 4% del total.

Es un manejo maquiavélico de las diferencias socieconómicas: Nosotros los pobres y ustedes los ricos.

Por eso se oye tan fuerte y ayuda tanto a López Obrador atacar a un ex banquero como Roberto Hernández cuando lo acusa de no haber pagado impuestos al vender Banamex a Citigroup.

Lo que no dice es que la ley así lo permite y que la mayoría de los empresarios cuyas empresas cotizan en bolsa y han podido realizar operaciones de compra-venta a través del mercado bursátil lo ha hecho basada en la ley.

Como tampoco López Obrador ni sus seguidores aclaran que el Fobaproa rescató a ricos y pobres, porque así lo establecía el seguro de depósito que privó hasta antes de 1999, cuando nació el Instituto Nacional de Protección al Ahorro Bancario (IPAB).

El gobierno, a través del Fobaproa, era el prestamista de última instancia, es decir era el que obligatoriamente tenía que pagar los platos rotos. Era un sistema de tipo implícito e ilimitado, es decir, las autoridades a través del Fobaproa fungían como prestamistas de última instancia de todos los pasivos del sistema.

Es decir, aun concediendo —sin aceptar, por supuesto— que las cifras manejadas por el asesor perredista Mario Di Costanzo son ciertas, el marco institucional imperante obligaba a proteger no sólo al 90% de las cuentas de pequeños ahorradores, sino también al 10% restante, pasivos que incorporan las líneas interbancarias y otras operaciones de gran volumen y complejidad.
El día de hoy esto no sucedería, ya que la Ley de Protección al Ahorro Bancario establece que la protección aplica solamente a aquellos instrumentos bancarios de captación más comunes y hasta por el equivalente a 400 mil Udis (aproximadamente un millón cuatrocientos mil pesos) por cliente por banco.


Las autoridades financieras tenían que cumplir con sus obligaciones. El apoyo “indiscriminado” no fue decisión de las autoridades financieras, era la manera como estaban hechas las leyes en ese momento.

Por cuanto a las cifras, las reales están publicadas y sancionadas por el Auditor Superior de la Federación, Arturo González de Aragón: a valores actualizados al 31 de diciembre de 2004, el monto de los recursos transferidos a los programas de ahorradores fue de 1,079.8 miles de millones de pesos y a los programas de deudores fue de 168.3 miles de millones de pesos. El 89.7% de los recursos se destinó a garantizar los fondos de los ahorradores en aquellos bancos que fracasaron, ahorradores que en todo momento pudieron disponer de su patrimonio. Lo demás, ¡es pura grilla!

marcomares@prodigy.net.mx

30 de mayo de 2006

El paternalismo, nuevamente

Jesús Silva-Herzog Márquez
Reforma
29 de mayo de 2006

Hace 200 años nació John Stuart Mill. En muchas universidades y publicaciones del mundo se recordó al gran defensor de la libertad, el abogado de la excentricidad, el patrono de la polémica. No es extraña esta profusión de homenajes. Mill sigue aportando su lucidez al combate contra los dogmatismos que no terminan de reinventarse. Su convicción más apasionada fue que el hombre se hace humano al elegir. Por eso sostenía que hay que defender el derecho a equivocarnos. Si nos arrancan esa libertad de errar nos convierten en esclavos, en actores de un drama impuesto. Sus contemporáneos lo describen como un hombre triste y serio pero sus escritos están impregnados de optimismo. Estaba convencido de que la discusión libre, la confrontación de ideas, la diversidad de estilos de vida nos conducirían a la plenitud individual y al progreso colectivo. En su ensayo sobre la libertad revela que las víctimas de la censura no son solamente los censurados sino la colectividad en su conjunto. Al callar a un hombre de ideas antipáticas no solamente se le tapa la boca a él. Somos el resto de los humanos quienes más padeceremos su silencio.

En México hemos decidido honrar la memoria de John Stuart Mill con severísimos ataques a la discusión pública. Como a Darwin lo alaban hoy los charlatanes que promueven la idea del diseño inteligente, a John Stuart Mill lo enaltecen los paternalistas que nos dicen qué debemos escuchar y qué es conveniente silenciar. Las autoridades electorales mexicanas han determinado que hay ideas y opiniones que no es prudente ventilar públicamente; que resulta democrático castigar algunas expresiones descorteses y que los ciudadanos no son competentes para evaluar la sensatez de las palabras. Porque somos niños, necesitamos el ciudado de nuestros protectores.

Así han razonado los tutores electorales. Hace unos días el tribunal electoral decidió que los anuncios del Partido Acción Nacional debían salir inmediatamente del aire. Las razones que aportó el tribunal, de acuerdo con la propuesta del magistrado José Alejandro Luna Ramos son la consumación del paternalismo antiliberal. El magistrado concluye que los mensajes panistas son ilegales por tres razones:

  1. enfatizan los rasgos negativos del candidato perredista;
  2. son manifestaciones sobre acciones pasadas y no trazan un proyecto de futuro y
  3. son discursos ajenos a la plataforma electoral del PAN.

Nótese que no se determina que los mensajes han de prohibirse por divulgar falsedades (cosa que sería entendible) sino por promover valores que los magistrados rechazan. La sentencia del tribunal es farragosa e incoherente. Los resolutivos del fallo no se respaldan con solidez en las consideraciones jurídicas que se hacen en ella. Admite el ponente que las expresiones no son injuriosas pero, en virtud de que no promueven un programa político, sino que pretenden empañar la imagen del adversario deben ser silenciadas.

Independientemente de quién haya sido afectado o beneficiado por esta resolución, vale la pena analizar la lógica y los efectos de esta resolución. Siguiendo la hipocresía de moda, el tribunal ha decidido prohibir las campañas negativas. Enfatizar los defectos del adversario y cuestionar su trayectoria pública es una estrategia política perfectamente legítima en cualquier democracia. En la nuestra, ha quedado vedada por la absurda sentencia. ¿Qué tipo de debate público puede escenificarse en nuestro país cuando se establece que resulta ilegal proyectar mensajes que tengan como propósito fundamental el criticar al adversario? De acuerdo cono el tribunal, a partir de ahora, el candidato perredista, por ejemplo, no podría preparar un mensaje televisivo dedicado a cuestionar la falta de experiencia del candidato panista, ni podría cuestionar su desempeño como efímero secretario de Estado, ni podría poner en duda su honorabilidad. Nada de ataques ni asuntos del pasado. Deberá dedicarse a publicitar su proyecto agropecuario y su plataforma cultural. La concepción democrática del tribunal resultará popular y políticamente correcta pero es francamente pueril. Imagina el proceso electoral como una confrontación filosófica en la que los ciudadanos examinan desapasionadamente las propuestas de los partidos. Una comparación fría de ideas y planes que desemboca en la razonada decisión del sufragio. No sé dónde se verifique tan admirable escrutinio intelectual. En las democracias que conozco el voto se mueve por programas y recuerdos, por simpatías y antipatías, por cálculos y emociones.

No quiero decir que la propaganda electoral esté libre de restricciones legales. Pero el trazo de sus linderos es una labor compleja de la que se desentendió el voto mayoritario del tribunal. En contraste, el voto particular del magistrado José de Jesús Orozco Henríquez es un elegante razonamiento que logra cuidar la libertad en beneficio del debate público. Orozco enfatiza el contexto y la naturaleza de los sujetos que polemizan. Un partido cuestiona con severidad a un candidato en una campaña electoral. En esta situación es necesario cuidar el vigor del debate, incluso con protecciones adicionales. El magistrado disidente concluía que los mensajes cuestionados estaban constitucionalmente protegidos. "Sostener lo contrario, por ejemplo, exigir un estricto canon de veracidad con respecto a expresiones dirigidas a personas públicas durante un debate público, o bien, en relación con cuestiones de interés público o general, como las políticas económicas que un candidato propone o ha implementado cuando fue gobernante, fomentaría la autocensura, incompatible con la libertad de pensamiento y de expresión". Lamentablemente, la mayoría decidió afiliarse a la causa del paternalismo.

29 de mayo de 2006

Madrazo: su juego

Rosa Albina Garavito
El Universal
27 de mayo de 2006

Desde 1999 señalé que el riesgo del PRD era reeditar al PRI. Ese riesgo ya se hizo realidad. Durante los últimos siete años el PRD se convirtió en el espacio de recomposición del PRI. Y uno de los grandes damnificados de esa ya no tan nueva esencia del PRD, se llama Roberto Madrazo. Por otra parte, si el proyecto económico que él representa es el mismo que el del PAN, ¿cuál es la funcionalidad de su candidatura? Más allá de conservar espacios políticos para una parte de los priístas, cierto es que históricamente es un proyecto agonizante.

La historia de la agonía priísta no empezó en este proceso electoral, sino en 1982, con la llegada de la llamada tecnocracia al poder. Bastaron seis años de modernización autoritaria y los profundos costos sociales que generó, para que en 1988 se produjera una rebelión ciudadana en las urnas. Detrás de esa rebelión estuvo el derrumbe del control corporativo que hasta entonces había garantizado el PRI.

De esa herida, el PRI ya nunca se recuperó. Frente a su evidente obsolescencia, Carlos Salinas intentó botarlo en el camino y construir otro bajo el paraguas del Programa Nacional de Solidaridad. Pero aun cuando no hubiera dado la pelea, matar a un dinosaurio no es cosa sencilla. Por eso, frente al infructuoso resultado de impulsar el proyecto de territorializar al PRI y hacer a un lado su organización sectorial, Luis Donaldo Colosio, el entonces presidente priísta, tuvo que hacer las paces con Fidel Velázquez en aquel abrazo de Mérida, Yucatán, en 1990. No obstante, el eficaz control electoral del Pronasol sobre la extendida población en pobreza extrema, hizo cada vez más evidente lo caduco del otrora poderoso control corporativo del PRI.

Para garantizar el control político, Carlos Salinas se sirvió no sólo del clientelismo electoral del Pronasol, sino también de la legitimidad que el PAN le otorgó mediante su alianza histórica. Un apoyo invaluable, y más que bien pagado, para legalizar todas las reformas estructurales de ese ciclo. En ese proceso, el PRI fue sólo comparsa de la consolidación de un proyecto económico que se le impuso, y del cual los panistas, con toda razón, reclamaban los derechos de autor. Un golpe más a la funcionalidad política priísta. Pero ¿qué le quedaba a un partido que fue creado desde el Estado, y que como tal cumplió con las funciones de una dependencia gubernamental? Sólo obedecer.

Y ahora todo indica que el gran capital al que diligentemente sirvió, prefiere continuar gozando de los servicios que el panismo le ha brindado durante el gobierno foxista. A esa tragedia, el PRI debe sumar la que significa que el PRD haya reeditado al PRI, no sólo por la apertura indiscriminada a personajes del PRI, cualquiera que sea su trayectoria política; sino también por la reivindicación del programa nacionalista que el PRI hizo a un lado. De manera que en la disputa sobre cómo continuar gobernando al país, si con un proyecto económico excluyente y con la entrega de las dos industrias estratégicas que aún son propiedad de la nación, o quitándole las aristas más filosas a ese proyecto y conservando el control del Estado sobre las mismas, el PRI ya nada tiene que hacer. El posible triunfo del PAN recuperaría por segunda ocasión la gestión del proyecto neoliberal inaugurado por el PRI en 1982; por su parte, en el probable triunfo de AMLO se reconocerían amplios sectores de sus cuadros dirigentes y de sus bases militantes. La más reciente evidencia es la convocatoria de Manuel Bartlett en ese sentido.

Madrazo está consciente de la pérdida de representatividad de su partido. Como indicadores de su tragedia tiene no solamente los resultados de las encuestas sobre preferencias electorales de las que ya difícilmente saldrá del tercer lugar. Además, los reductos de poder priísta que son los gobernadores lo han dejado solo. Están apoyando a sus candidatos al Congreso, pero no a su candidato a la Presidencia. Pero Madrazo no es tonto. Por eso está ofreciendo la alianza política con el PRD. Ello le es útil en dos sentidos: si AMLO gana la próxima elección, su acercamiento le permite negociar desde ahora su sobrevivencia política. Pero también le sirve en caso de que gane Calderón, porque en ese caso tratará de negociar lo posible después del 2 de julio, bajo la amenaza de impugnar la elección; camino que está intentando legitimar desde ahora. En ambas situaciones ganará lo que pueda, que siempre será más que cruzarse de brazos frente a su derrota anunciada.

Por su parte, con la aceptación del juego de Madrazo, AMLO está guiñando el ojo al voto útil del PRI. Pero es un guiño innecesario porque ese voto priísta a su favor de cualquier manera se producirá. En cambio, seguir el juego a Madrazo, aun con discreción, lo contamina de la imagen perdedora del priísta y evidencia al PRD como espacio de recomposición del PRI. ¿Y todo ello sin costo electoral?

rosage@prodigy.net.mx
Consejera nacional emérita del PRD

28 de mayo de 2006

La restauración del sistema

Gabriel Zaid
Reforma
20-05-2006

Al día siguiente de las elecciones del 2000, muchos pensaron que, a partir de ahí, todo lo bueno era posible. Otros, por el contrario, creían que la democracia repentina era demasiado bella para ser verdad, después de tantos años de PRI. Algún corresponsal extranjero anduvo preguntando si no era de esperarse un backlash: una respuesta fulminante de los perdedores contra los resultados de las urnas. Era olvidar que el PRI sin la presidencia no es el PRI.


La verdadera constitución política del régimen "emanado de la Revolución Mexicana" no fue la Constitución de 1917, sino un código mafioso:
  1. Todo poder está subordinado a la presidencia. Oponerse al Señor Presidente, no acatar sus indicaciones, resistir (aunque sea pasivamente) sus actos, ya no se diga manifestarse en contra o sabotearlos, es un delito de lesa majestad y una traición a la patria. Los descuidos, errores, latrocinios y abusos se perdonan, la traición no se perdona.
  2. Todo acceso al poder y sus recursos es una concesión del Supremo Dador. Todo mérito, logro y capacidad de convocatoria deben atribuirse al Señor Presidente. Jamás se ostentan como fuerza propia, menos aún para pedir una recompensa o presionar.
  3. El queso se reparte pacíficamente. Se acabaron las guerras, balaceras y asesinatos entre caudillos revolucionarios. Todos son parte de una familia unida bajo la presidencia. Toda disputa se somete al Supremo Árbitro, que parte el queso y lo reparte.
  4. Nadie llega al poder para quedarse, ni siquiera el Señor Presidente. Una vez fuera del poder, nadie estorba a los que están en el poder; que, a su vez, no molestan a los que salieron. No hace falta esconderse, ni salir del país. Los ahorros acumulados se pueden disfrutar tranquilamente y heredar a los hijos, con los honores del buen nombre.
  5. El poder es impune. Sus enjuagues son secretos de Estado. Todos los miembros de la Familia deben taparse unos a otros. Dentro y fuera del poder, el silencio es un deber sagrado.
Esta sabiduría explica la eficacia y longevidad del sistema. También sus puntos débiles, como la transparencia, que se pudo impedir internamente cooptando a los medios; y, externamente, gracias a que el planeta estaba menos comunicado. Todavía hoy, la prensa internacional busca las noticias de mayor mercado, no las noticias aburridas de los países aburridos. Además, el paternalismo suponía que la democracia es un lujo de las sociedades superiores. Para México, era demasiado. Tenía orden y progreso con un régimen que no estorbaba a nadie (ni siquiera a los Estados Unidos, a pesar de las apariencias). Más que suficiente.

Pero el gran punto débil estaba en la presidencia. A diferencia del Porfiriato, que dependía de un hombre insustituible, la monocracia sexenal dependía de un poder insustituible. Un presidente que rompía las reglas y trataba de quedarse, como Carlos Salinas de Gortari, provocaba una crisis constitucional del sistema. Ahí empezó la caída del PRI, reforzada por la apertura comercial y la invitación a los reflectores internacionales, que buscó Salinas, olvidando que el sistema era vulnerable al escrutinio público.

Se ha dicho, con razón, que el PRI y el PRD son "primos hermanos". Dicho sea de paso: los que veían demonios infinitamente astutos y malvados en los comunistas deberían explicarnos cómo fueron sometidos por los políticos del PRI que usaron al PRD para poner casa aparte. En todo caso, la Familia se dividió en dos alas, que hasta hace veinte años convivían en un solo partido: la nacionalista revolucionaria (dominante ahora en el PRD) y la tecnócrata (dominante ahora en el PRI).

La monocracia es impotente sin el poder ejecutivo. Por eso, al perder la presidencia, los bastiones del PRI se replegaron a los ejecutivos estatales, y los gobernadores adquirieron un protagonismo que nunca habían tenido, ni se les hubiera permitido. Por la misma razón, es imposible reconstituir el antiguo régimen desde afuera de la presidencia. Algunos han soñado con darle fuerza propia al partido; lo cual no cuadra con el sistema, ni se puede imponer a los gobernadores. Otros han soñado con reencarnar al Jefe Máximo; que tampoco es el sistema, y terminaría como Calles. La única posibilidad realista de restaurar el sistema es alcanzar la presidencia por vía electoral.

¿Es posible? Es perfectamente posible. Las instituciones democráticas son todavía débiles. Tanto López Obrador como Madrazo pueden lograr la restauración del sistema, si llegan a la presidencia. Y, de llegar, no hay que ser adivinos para saber cuál sería su primer acto de gobierno: apagar la luz, porque la transparencia no les conviene.

Ironías políticas

Andrés Pascoe Rippey
Crónica
28 de Mayo de 2006

Una palabra que nos gusta particularmente es “ironía”. Tiene un toque de inteligencia e intelectualidad poder crear y reconocer una ironía, por lo que siempre las andamos buscando con regocijo. Según el diccionario, la ironía es una “figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice”. Pero una ironía también es, según otras definiciones, “una expresión que manifiesta un contraste deliberado entre el significado aparente y el deseado, o una incongruencia entre lo que podría esperarse y lo que realmente ocurre”. La presente elección es, sin duda, la mayor colección de ironías en la historia contemporánea de México. Hagamos una pequeña revisión:

  1. Roberto Madrazo acusa sobre una “Elección de Estado”. ¿Madrazo? ¿El de las elecciones de Estado en Tabasco? Ese mismo se ha convertido ahora en vigilante de la transparencia y garante de la legalidad.
  2. El sub Marcos, después de años de criticar a Televisa, les da una larga entrevista en estudio. No le preocupa todo lo que ha dicho, y sigue diciendo, contra la tele. Y no sólo eso, dedica su entrevista a hablar sobre su propia belleza física.
  3. PRD pide a Fox dejar de hacerle propaganda a Calderón. Me parece muy bien, pero entonces, ¿por qué defiende a Encinas por hacer lo mismo con Ebrard y AMLO?
  4. El PAN-DF demanda a Encinas por el apoyo a Ebrard. Defiende a Fox por hacer lo mismo.
  5. AMLO no ve mal la creación de una alianza con el PRI, después de años de acusar una alianza “PRIAN”, y en lugar de descartarla la piensa, duda, se desentiende y finge que él no manda en el PRD.
  6. El niño verde, pobre niño verde, acusa a de Fox de negociar con él. Ahora eso es malo. Hace un plantón VIP y parece gritar ¡háganme caso, carajo!
  7. El PRD demanda a Fox con los argumentos... del Niño verde. ¿De plano? ¿Ni siquiera les dio para generar sus propios argumentos?
  8. El PRD asume la defensa de los líderes más charros y corruptos de uno o varios sindicatos corporativizados. Atrás quedaron los días de combate por la libertad sindical. Charros, vengan a nosotros, tráiganos sus huestes y seguirán en el poder. Bonita izquierda.
  9. AMLO asegura que, junto con el PRI, implantará la legalidad, al tiempo que señala “Permanecen acrecentadas (what?) nuestras críticas al clientelismo de invención priista”. Invento muy perfeccionado por el PRD, vale decir.
  10. Manuel Bartlett, prócer de la democracia mexicana, llama al voto útil por el PRD para detener al PAN. ¿Bartlett, aquél que operó el fraude electoral de 1988? ¿Qué está pasando?
  11. Manuel Camacho, otro operador del fraude de 1988, acusa al PAN por la complicidad que tuvo... con él.
Y por último, la mayor ironía de todas: el 3 de julio, si las tendencias siguen como están, AMLO perderá la presidencia y Marcelo Ebrard (junto con su jefe Camacho), priista de cepa que combatió al PRD hasta casi exterminarlo, será el perredista más poderoso de todos al controlar al GDF. El rey ha muerto, viva el rey Marcelo.

Dedico una buena parte de mi tiempo a leer a todos los editorialistas posibles y constato, con extrañeza, que la palabra definitoria de esta elección es “polarización”. Hay una bola de nieve de terror a la polarización social. “Nos acercamos a una catástrofe” dicen muchos. Todos, según sus propias convicciones partidistas, acusan a los otros de la campaña del miedo. Se usan, con total irresponsabilidad, términos como “guerra sucia” o “elección de Estado”, etcétera.

Sin embargo, no deja de llamarme la atención el nivel de angustia que retuerce a la mayor parte de los llamados “formadores de opinión”. Muchos parecen estar al borde de un quiebre nervioso.

Miro a París y, francamente, no veo que México esté en una situación tan melodramática. ¿Ha habido en México, en esta elección, vandalismo generalizado y fuera de control que se extienda por todo el territorio? Eso pasó aquí hace sólo unos meses, cuando los barrios pobres se rebelaron. ¿Ha habido manifestaciones de más de 4 millones de personas que, a lo largo de todo el país, exigen la renuncia de dos de los hombres más importantes del gobierno? Aquí sí.

La violencia social y la rudeza política que hay en Francia son muy superiores a las mexicanas y nadie piensa que el país va a dejar de existir.

Sí ha habido violencia —como en Atenco— y no es nada despreciable. Sí debe preocuparnos y sí debemos ponerle atención; también ha habido conflictos sindicales y violencia criminal y también son importantes. Pero me van a perdonar: México no se está colapsando. ¿Las familias se están fragmentando irremediablemente? ¿Los amigos se dejan de hablar? ¿La sociedad se colapsa por sus ideas políticas?

La neta, creo que lo que nos gusta entender como “polarización” es más bien una natural tensión política (“pasión electoral”) que se da en cualquier elección apretada, que no termina de definirse, y donde se están jugando proyectos muy distintos de nación.

La angustia que domina a los pensadores tiene más que ver, creo, con una nueva realidad que nadie se está preocupando por analizar: esta es la primera elección que nos toca en la que el PRI está fuera de la jugada. ¿Cómo entender la política mexicana sin el PRI? ¿A dónde se van todos los ex votantes priistas? ¿Quién controla a las huestes que solían votar de forma mecánica? Nadie sabe, nadie supo. Por mucho que Madrazo quiera fingir que él puede decidir quién gana, la verdad es que ya no controla a nadie.

Y por eso los cambios en las encuestas que todos tratan de explicarse y nadie termina de lograr. El motivo por el que la gente ha cambiado de opinión en esta elección es muy sencillo: cambiamos de candidato porque podemos. Es decisión nuestra.

Ese es el verdadero problema de esta elección. Sin un PRI malvado que maneja todo, que domina todo, no podemos entender la realidad electoral. Y lo que no entendemos nos asusta harto. ¿Podrá Madrazo, con su credibilidad, tronar la elección? ¿La sociedad lo aceptará?

Me sospecho que habrá gritos y sombrerazos después de la elección, pero que México seguirá en pie. Y la ironía final será que todos pronosticaron el final de los tiempos, pero los tiempos los ignoraron.

Es importante entender estas ironías, observarlas y darles seguimiento, porque es sólo a través de ellas que podremos ver quién es quién en esta elección. Sólo mirándolas de cerca nos quedará clara la hipocresía de AMLO, la necedad de Fox y la mediocridad de Madrazo.

Entonces, la palabra clave de esta elección no es polarización: es ironía.

apascoe@cronica.com.mx