Raymundo Riva Palacio
El Universal - Estrictamente personal
14 de agosto de 2006
Vivimos en dos Méxicos: el que aspira tener un país de leyes, y el mayoritario, proclive a mantener el ´statu quo´ y la politización de la justicia
Si México fuera una democracia, tendría una cultura jurídica que le diera sustento a su orden democrático, pues no hay democracia plena sin un estado de derecho. Afortunadamente para el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Alejandro Encinas, para la coalición Por el Bien de Todos, para su candidato Andrés Manuel López Obrador, para los autores intelectuales y materiales del megaplantón en la ciudad de México y para muchos de los que ahí participan, somos todavía un país de carcajada donde la ley se usa a discreción y forma parte, sobre todo, del folclor nacional. De otra manera, más de 17 violaciones a la Constitución, a los códigos penales federales y del Distrito Federal, a la ley electoral y a la de responsabilidades de funcionarios públicos en las que incurrieron colectivamente, les significarían juicio político, destitución, pérdida de registro de candidatos, multas por 10 mil días de salarios mínimos y cárcel hasta por nueve años.
La parte más clara de la picota la tiene Encinas, un político de buena trayectoria que está atrapado en el sitio lopezobradorista donde el primero que recule al radicalismo es ajusticiado. En su balance debe pesar más esa lealtad o ese temor a la guillotina de su candidato, acompañado con la certeza de que en este país lo anormal es cumplir la ley, por lo que es irrelevante que él la viole pues no habrá poder alguno que lo sancione. Razones habría, de sobra, pues el jefe de Gobierno es el principal violador de leyes a propósito del megaplantón. El más importante que vulnera es el 11 constitucional, que se refiere a la libertad de tránsito, pues incumple su función de ser garante de que ello suceda. Al hacerlo, incumple las obligaciones en los artículos octavo y 47 de la Ley Federal de Responsabilidades de los Servidores Públicos, por lo que procede un juicio político por el cual podría ser destituido. Otro artículo constitucional que viola es el quinto, sobre la libertad de trabajo. Al avalar con los bloqueos a bancos y con la crisis económica derivada del plantón -que redundó en despidos y cierres de pequeños negocios-, privó a los trabajadores de su trabajo.
No es lo único. Encinas y otros funcionarios del gobierno capitalino están violando el Código Penal Federal al facilitar recursos y medios para apoyar a la coalición en el megaplantón. Por ese delito del artículo 407, alcanzarían hasta 400 días de salario mínimo de multa y nueve años de prisión, que es una pena similar por la violación del artículo 412 por hacerlo "a sabiendas", como el mismo Encinas declaró que respaldaría asumiendo todos los costos que ello implicaba. Por estas mismas razones violó el artículo 214 de ejercicio indebido de servicio público, además del octavo, por haber incumplido sus funciones de cumplir "con la máxima diligencia" el servicio que le fue encomendado. Como ejemplos bastaría señalar la ruptura del orden, la violación de las garantías individuales de los ciudadanos afectados por el megaplantón, el respaldo de la policía para el mismo y, por si no fueran suficientes los agravantes, la participación en turnos de trabajadores del gobierno capitalino en el mismo con el financiamiento colateral, lo que, adicionalmente, los llevaría a fincarles responsabilidades por el delito de peculado, dispuesto en el artículo 223 del Código Penal Federal. Visto de una manera grotesca, Encinas se dio un golpe de Estado como gobernante del Distrito Federal con el único propósito de cortarse la cabeza.
La paradoja de todo es que no puede enmarcarse la ciudad de México dentro de la ingobernabilidad. No hay un grupo fuera de la ley que controla la vida de varios millones de capitalinos todos los días, sino los responsables de aplicar la ley, quienes lo hacen de manera geográficamente discrecional. Sólo hay ingobernabilidad donde lo desean y cuando lo desean. En ello, solaparon las violaciones que en sí mismo, cometieron los autores intelectuales y materiales del megaplantón. Quienes ahí están violaron el artículo 165 del Código Penal Federal por paralizar en parte el libre tránsito, que los haría merecedores de multas hasta de 10 mil días de salario mínimo y cárcel hasta por nueve años. Infringieron también el 185 al impedir la prestación de servicios públicos, el 331 por hacer lo mismo con el transporte público, y el 343, la ocupación de áreas verdes, que es un delito considerado grave con penas de prisión hasta de nueve años. No es menos importante otra violación, al 221, por estar utilizando de manera ilegal la energía eléctrica.
Aunque hay decenas de ciudadanos que por su propia voluntad se han sumado a la protesta, el megaplantón tiene una estructura netamente partidista, y quien recorre las carpas políticas sobre Paseo de la Reforma puede apreciar en las tiendas de campaña las fotografías de diputados y senadores electos -a quienes López Obrador encargó parte de esa protesta-, y de los líderes del partido, o participando directamente en las actividades diarias, o afinando todo el tiempo la organización. Ellos también violan el artículo 412 del Código Penal Federal, que establece prisión de dos a nueve años al funcionario partidista o a los organizadores de actos de campaña que, a sabiendas, aprovechen ilícitamente fondos, bienes o servicios, sin otorgarles la libertad provisional.
No sólo los dirigentes perredistas estarían en problemas en un país de leyes. Todos los partidos de la coalición, el PRD, Convergencia y el Partido del Trabajo, incurrieron en la violación del artículo 49 del Cofipe, que establece la prohibición de desvío de recursos de los contribuyentes -pues es dinero de impuestos que les entregan a los partidos vía IFE- para cualquier tipo de actividad fuera del sostenimiento de sus actividades ordinarias. Aunque podrían alegar que la resistencia civil postelectoral incluye el megaplantón, difícilmente un estado de derecho les quitaría la sanción establecida en el artículo 269, con una "amonestación, multa, reducción o suspensión de sus ministraciones, suspensión o cancelación de registros como candidatos", fundamentadas en el artículo 38 que les exige conducir sus actividades "dentro de los cauces legales, y ajustar su conducta y la de sus militantes a los principios de Estado democrático, respetando la libre participación política de los demás partidos políticos y los derechos de los ciudadanos".
Pero no tienen de qué preocuparse las personas más legalistas dentro de la coalición o entre sus simpatizantes. Este fue sólo un ejercicio retórico pues no importa qué tan sustentada pueda estar una violación a la ley, ni qué tan sistemática es su vulneración; no pasará nada. Hay un México que aspira a tener un país de leyes, pero hay un México, evidentemente más grande, que suspira por mantener la ley dentro de los parámetros de los regímenes autoritarios: se aplica únicamente a los enemigos; con los amigos y los adversarios políticos, se negocia. Para eso sirve aquí la justicia, como divisa de cambio.
rriva@eluniversal.com.mx
r_rivapalacio@yahoo.com
14 de agosto de 2006
Golpismo 'democratico'
Enrique Krauze
Reforma
13 de Agosto del 2006
Para entender el peculiar concepto "democrático" de AMLO viene a cuento una anécdota de Alemania del Este durante la dominación soviética. Se la debo, una vez más, al filósofo Leszek Kolakowski, experto en la disección de mentalidades totalitarias. En los magros estantes de sus ciudades había dos clases de mantequilla: una era, propiamente, mantequilla; otra tenía la marca "verdadera mantequilla". Los compradores sabían muy bien que el producto con la palabra "mantequilla", realmente contenía mantequilla; mientras que el llamado "verdadera mantequilla", contenía una falsa mantequilla.
Una tergiversación similar cunde en México, pero muchos no se han dado cuenta. Un caudillo carismático ha logrado persuadir a un sector de la sociedad de que la democracia no es la democracia: que la democracia es la "verdadera democracia", según él la decreta en "asambleas informativas" que suplantan al Congreso de la Unión, en votaciones plebiscitarias de decenas de miles que suplantan la voluntad de millones, en atentados a la libertad perpetrados en nombre de la libertad.
Lo cierto es que la democracia mexicana (la genuina, sin adjetivos) está viviendo su tercera oportunidad histórica. La primera fue la República Restaurada, remoto experimento de legalidad constitucional que duró un decenio y culminó con el golpe de Estado de Porfirio Díaz. La segunda fue el episodio aún más fugaz del maderismo, en el que por quince meses México trató de vivir respetando al pie de la letra las leyes e instituciones republicanas: el orden federal, la división de poderes, la autonomía del Poder Judicial y todas las libertades, sobre todo la de asociación, expresión y elección. Ese gobierno terminó en el golpe de Estado de Victoriano Huerta (apoyado, hay que recordarlo, por buena parte de la clase intelectual). Desde 1997 vivimos nuestra tercera oportunidad, que puede muy bien ser "la vencida", porque el peligro de que la historia se repita y la democracia se pierda es real.
Porfirio Díaz no disfrazó su golpe de Estado con una fraseología democrática. Sabía que su dominación era ilegítima y por eso convocó a elecciones inmediatas para darle (inútilmente) ese carácter. Victoriano Huerta tampoco justificó su atentado con razones democráticas. En cambio AMLO intenta llegar al poder utilizando una retórica democrática pero desvirtuando la esencia misma de la democracia: la efectividad del sufragio, el mandato de las urnas, el respeto a las libertades, las leyes y las instituciones, la cultura de la tolerancia. En pleno frenesí, ha hecho creer a sus simpatizantes que la "verdadera democracia" está en peligro y hay que defenderla con lo que él llama "resistencia civil pacífica", que en realidad constituye ya una "revolución blanda" en proceso de endurecerse.
El propio AMLO, que tanto se queja del miedo infundido en contra suya, ha sido el primero en infundir el miedo específicamente al trazar (en su artículo en The New York Times del 11 de agosto) el paralelo explícito de nuestra circunstancia con "la elección de 1910 que encendió la revolución". No es ésa la única referencia amenazante que ha utilizado. Como todo mesianismo, el de AMLO requiere de un evangelio y el suyo proviene de su propia (desvariada) interpretación de la historia mexicana, en la que él (modestamente) encarna a Hidalgo, Morelos, Juárez, Zapata y Villa, y sus adversarios representan el régimen colonial, el imperio de Maximiliano, el porfiriato. En todos esos casos, la remoción del viejo régimen se dio por la violencia. La misma actitud está presente también en su programa ("purificador" de todas las instituciones), en el contenido polarizante y el tono "ad terrorem" de su discurso (gestos desafiantes, admoniciones, anatemas, puños cerrados, dedos flamígeros), en la obediencia de sus huestes (que por momentos recuerdan las "turbas divinas" del sandinismo) y en su desdén por el Derecho (arma burguesa en contra de los pobres).
Si en los próximos días el recuento del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación no lo favorece, AMLO procederá, como siempre, a redoblar sus apuestas y radicalizará su movimiento. Tomará instalaciones federales, anunciará tal vez un "gobierno paralelo", y podrá dar inicio a una huelga de hambre. Los ánimos se crisparán, quizá hasta el estallido.
En 1928 -tras una revolución que costó un millón de muertos, en medio de la guerra cristera (que mató a 70,000 personas) y luego del asesinato de Obregón-, Plutarco Elías Calles declaró que México pasaba de "la era de los caudillos a la de las instituciones". Sería una tragedia que casi ochenta años después México viviera una espantosa regresión y pasara de "la era de las instituciones a la de los caudillos" o, peor aún, a "la era del caudillo". Sería una desgracia que, dando la espalda a la democracia, nuestro país volviera al "México bronco" de los años veinte y de allí derivara irremisiblemente hacia una violencia revolucionaria que la inmensa mayoría no quiere. Frente a ese amago, a los ciudadanos no nos queda más que enfrentar lo que venga con valentía y prudencia: la única resistencia civil es la nuestra.
Reforma
13 de Agosto del 2006
Para entender el peculiar concepto "democrático" de AMLO viene a cuento una anécdota de Alemania del Este durante la dominación soviética. Se la debo, una vez más, al filósofo Leszek Kolakowski, experto en la disección de mentalidades totalitarias. En los magros estantes de sus ciudades había dos clases de mantequilla: una era, propiamente, mantequilla; otra tenía la marca "verdadera mantequilla". Los compradores sabían muy bien que el producto con la palabra "mantequilla", realmente contenía mantequilla; mientras que el llamado "verdadera mantequilla", contenía una falsa mantequilla.
Una tergiversación similar cunde en México, pero muchos no se han dado cuenta. Un caudillo carismático ha logrado persuadir a un sector de la sociedad de que la democracia no es la democracia: que la democracia es la "verdadera democracia", según él la decreta en "asambleas informativas" que suplantan al Congreso de la Unión, en votaciones plebiscitarias de decenas de miles que suplantan la voluntad de millones, en atentados a la libertad perpetrados en nombre de la libertad.
Lo cierto es que la democracia mexicana (la genuina, sin adjetivos) está viviendo su tercera oportunidad histórica. La primera fue la República Restaurada, remoto experimento de legalidad constitucional que duró un decenio y culminó con el golpe de Estado de Porfirio Díaz. La segunda fue el episodio aún más fugaz del maderismo, en el que por quince meses México trató de vivir respetando al pie de la letra las leyes e instituciones republicanas: el orden federal, la división de poderes, la autonomía del Poder Judicial y todas las libertades, sobre todo la de asociación, expresión y elección. Ese gobierno terminó en el golpe de Estado de Victoriano Huerta (apoyado, hay que recordarlo, por buena parte de la clase intelectual). Desde 1997 vivimos nuestra tercera oportunidad, que puede muy bien ser "la vencida", porque el peligro de que la historia se repita y la democracia se pierda es real.
Porfirio Díaz no disfrazó su golpe de Estado con una fraseología democrática. Sabía que su dominación era ilegítima y por eso convocó a elecciones inmediatas para darle (inútilmente) ese carácter. Victoriano Huerta tampoco justificó su atentado con razones democráticas. En cambio AMLO intenta llegar al poder utilizando una retórica democrática pero desvirtuando la esencia misma de la democracia: la efectividad del sufragio, el mandato de las urnas, el respeto a las libertades, las leyes y las instituciones, la cultura de la tolerancia. En pleno frenesí, ha hecho creer a sus simpatizantes que la "verdadera democracia" está en peligro y hay que defenderla con lo que él llama "resistencia civil pacífica", que en realidad constituye ya una "revolución blanda" en proceso de endurecerse.
El propio AMLO, que tanto se queja del miedo infundido en contra suya, ha sido el primero en infundir el miedo específicamente al trazar (en su artículo en The New York Times del 11 de agosto) el paralelo explícito de nuestra circunstancia con "la elección de 1910 que encendió la revolución". No es ésa la única referencia amenazante que ha utilizado. Como todo mesianismo, el de AMLO requiere de un evangelio y el suyo proviene de su propia (desvariada) interpretación de la historia mexicana, en la que él (modestamente) encarna a Hidalgo, Morelos, Juárez, Zapata y Villa, y sus adversarios representan el régimen colonial, el imperio de Maximiliano, el porfiriato. En todos esos casos, la remoción del viejo régimen se dio por la violencia. La misma actitud está presente también en su programa ("purificador" de todas las instituciones), en el contenido polarizante y el tono "ad terrorem" de su discurso (gestos desafiantes, admoniciones, anatemas, puños cerrados, dedos flamígeros), en la obediencia de sus huestes (que por momentos recuerdan las "turbas divinas" del sandinismo) y en su desdén por el Derecho (arma burguesa en contra de los pobres).
Si en los próximos días el recuento del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación no lo favorece, AMLO procederá, como siempre, a redoblar sus apuestas y radicalizará su movimiento. Tomará instalaciones federales, anunciará tal vez un "gobierno paralelo", y podrá dar inicio a una huelga de hambre. Los ánimos se crisparán, quizá hasta el estallido.
En 1928 -tras una revolución que costó un millón de muertos, en medio de la guerra cristera (que mató a 70,000 personas) y luego del asesinato de Obregón-, Plutarco Elías Calles declaró que México pasaba de "la era de los caudillos a la de las instituciones". Sería una tragedia que casi ochenta años después México viviera una espantosa regresión y pasara de "la era de las instituciones a la de los caudillos" o, peor aún, a "la era del caudillo". Sería una desgracia que, dando la espalda a la democracia, nuestro país volviera al "México bronco" de los años veinte y de allí derivara irremisiblemente hacia una violencia revolucionaria que la inmensa mayoría no quiere. Frente a ese amago, a los ciudadanos no nos queda más que enfrentar lo que venga con valentía y prudencia: la única resistencia civil es la nuestra.
13 de agosto de 2006
Dulces mentiras
Andrés Pascoe Rippey
Crónica
13 de Agosto de 2006
A Pati, gracias por un año maravilloso.
Tengo una frase para el cobre: la esperanza es cruel y persiste. Es cruel porque estar esperanzados nos mantiene en un eterno estado de expectativa, de proyección hacia delante. Y por eso nos lastima: porque la realidad nos decepciona una y otra vez, rompiéndonos el corazón poco a poco. Pero seguimos creyendo y, al hacerlo, nos volvemos a decepcionar.
Este fenómeno se vuelve aún más grave cuando se alimenta de mentiras, mentiras que optamos por creer, aunque en el fondo de nuestra mente sepamos que son mentiras; mentiras que deseamos —con furia— que sean verdad, con tanta furia que haremos cualquier malabar retórico con tal de que se cumpla.
Pero la realidad, al final, vuelve a imponerse y vuelve a dolernos. Las mentiras sólo duran cierto tiempo y se van desgastando, contradiciendo, volviéndose evidentes. Sin embargo, más fuerte que cualquier realidad son las ganas de creer.
Eso es lo que están padeciendo hoy los fervientes seguidores de Andrés Manuel López Obrador. A pesar de que la realidad los sigue desmintiendo día a día, con rudeza a veces, todo elemento es reinterpretado, masticado y adaptado para justificar la mentira original.
Para entender esta mentira original hay que hacer un poco de memoria. Recordemos el día de la elección. AMLO llegó no sólo prometiendo que respetaría el resultado, sino seguro de un éxito rotundo. Su asesor Manuel Camacho escribió, ese día, un artículo que saldría publicado el tres de julio, en el que celebraba la responsabilidad cívica de los mexicanos.
Esa misma noche, el ex jefe de gobierno celebró en el Zócalo: “ganamos la elección” dijo, apoyando su creencia en “actas y encuestas de salida”. Osado, incluso aventuró la cifra con la cual ganó: 500 mil votos.
Las actas jamás las vio nadie. Las encuestas de salida fueron contradichas por otras. Pero ya, esa misma noche, era demasiado tarde. Ya había dicho que ganó, y en la dimensión AMLO retractarse es el suicidio. Así que a partir de ahí empezó la construcción de la teoría del robo, que empezó con “irregularidades”, pasó a “fraude” y acabó en “cochinero”. Las primeras evidencias fueron burdamente desmentidas. Pero no importa: la esperanza persistía. Con nuevas evidencias, cada vez más delirantes (hubo ciberfraude; siempre no; siempre sí), la gran mentira se fue construyendo, para llegar a su culminación máxima: “es moralmente imposible que gane la derecha”. Irónicamente, no había escuchado una retórica tan anticuada desde que estuve en Chile, dónde los ultraderechistas también consideran “moralmente imposible” (¡cita exacta!) que se condene a Pinochet a prisión.
Mientras los críticos de AMLO se sintieron tranquilos al confirmar que, en efecto, es un tipo que no respeta las leyes ni las instituciones, algunos de sus seguidores empezaron a dudar. ¿Era tan claro el “fraude”? ¿Era necesario el plantón en el centro de la ciudad? ¿Por qué las demandas se contradecían? ¿Cómo se pide recuento y al mismo tiempo se rechaza, se preguntó Denise Dresser? Ella, junto con todos los que se atrevieron a criticar los métodos o las formas de protesta de AMLO han sido castigados. El mismo dijo “son intelectuales... no tienen oficio político”. O, en otras palabras: cuestionarme es “moralmente imposible”.
Mentira que cae es respaldada con una nueva. La carta del ex candidato al New York Times es de lo más reveladora. En ella, al pedir apoyo internacional para su causa, asegura que “las encuestas finales pre-elección mostraban a mi coalición adelante o empatada con el PAN de Calderón”. What? ¿No que todas esas encuestas estaban cuchareadeas? ¿No que diez puntos de ventaja? En ese mismo texto asegura que “el Tribunal ordenó un recuento inexplicablemente restrictivo”. Una vez dije en este espacio que AMLO había pedido el “voto por voto” porque sabía que no se lo darían. Ahora se puede ir más lejos: pidió el recuento voto por voto ASEGURANDOSE que no se lo dieran. De lo contrario, habría impugnado todos los distritos. Era muy sencillo. Pero no lo hizo.
Pero esa carta es lo de menos. Es mucho más trágico lo que pasó con el recuento que ordenó el Trife. Por un lado lo considera inútil y se descarta, pero por otro lo parece evidencia clara y suficiente de que hubo fraude. ¿Cómo puede algo al mismo tiempo ser inútil y prueba fehaciente?
La gran frustración de los perredistas es que esperaban que Calderón perdería entre 20 y 60 mil votos: más que suficiente para demostrar que había un manipuleo real. Sin embargo, los cambios no fueron así. Se mostraron errores de sumas, fallas ciudadanas; se mostró que la gente se equivoca a veces y que había variaciones. Pero jamás se logró demostrar que la variación era tan grande como para alterar el resultado. No se constató un intento decidido a alterar la elección. Eso, claro está, no importa: con que cambiase un voto era suficiente para que los fans de AMLO gritaran fraude. Porque, la verdad, AMLO nunca necesitó probar nada. Bastaba con que él opinara que le robaron su “legítimo triunfo”. La esperanza es más que suficiente para alimentar a los duros. La esperanza y algunas mentiras. Por eso ahora su propuesta de “purificar” la vida pública es vista como el eje de su proyecto de Nación. ¿Quién es el Gran Purificador? El y sólo él: el hombre, el mito. Aquél que tiene en sus manos la verdad redentora.
Como sea, y con lo dolorosa que es, la esperanza es importante. Hay que tenerla. Hay que cuidarla. Es una fuerza de cambio, de progreso, de motivación. Pero sobre todo, no hay que desperdiciarla en causas engañosas y que, al final están sustentadas en la vanidad de un hombre.
apascoe@cronica.com.mx
Crónica
13 de Agosto de 2006
A Pati, gracias por un año maravilloso.
Tengo una frase para el cobre: la esperanza es cruel y persiste. Es cruel porque estar esperanzados nos mantiene en un eterno estado de expectativa, de proyección hacia delante. Y por eso nos lastima: porque la realidad nos decepciona una y otra vez, rompiéndonos el corazón poco a poco. Pero seguimos creyendo y, al hacerlo, nos volvemos a decepcionar.
Este fenómeno se vuelve aún más grave cuando se alimenta de mentiras, mentiras que optamos por creer, aunque en el fondo de nuestra mente sepamos que son mentiras; mentiras que deseamos —con furia— que sean verdad, con tanta furia que haremos cualquier malabar retórico con tal de que se cumpla.
Pero la realidad, al final, vuelve a imponerse y vuelve a dolernos. Las mentiras sólo duran cierto tiempo y se van desgastando, contradiciendo, volviéndose evidentes. Sin embargo, más fuerte que cualquier realidad son las ganas de creer.
Eso es lo que están padeciendo hoy los fervientes seguidores de Andrés Manuel López Obrador. A pesar de que la realidad los sigue desmintiendo día a día, con rudeza a veces, todo elemento es reinterpretado, masticado y adaptado para justificar la mentira original.
Para entender esta mentira original hay que hacer un poco de memoria. Recordemos el día de la elección. AMLO llegó no sólo prometiendo que respetaría el resultado, sino seguro de un éxito rotundo. Su asesor Manuel Camacho escribió, ese día, un artículo que saldría publicado el tres de julio, en el que celebraba la responsabilidad cívica de los mexicanos.
Esa misma noche, el ex jefe de gobierno celebró en el Zócalo: “ganamos la elección” dijo, apoyando su creencia en “actas y encuestas de salida”. Osado, incluso aventuró la cifra con la cual ganó: 500 mil votos.
Las actas jamás las vio nadie. Las encuestas de salida fueron contradichas por otras. Pero ya, esa misma noche, era demasiado tarde. Ya había dicho que ganó, y en la dimensión AMLO retractarse es el suicidio. Así que a partir de ahí empezó la construcción de la teoría del robo, que empezó con “irregularidades”, pasó a “fraude” y acabó en “cochinero”. Las primeras evidencias fueron burdamente desmentidas. Pero no importa: la esperanza persistía. Con nuevas evidencias, cada vez más delirantes (hubo ciberfraude; siempre no; siempre sí), la gran mentira se fue construyendo, para llegar a su culminación máxima: “es moralmente imposible que gane la derecha”. Irónicamente, no había escuchado una retórica tan anticuada desde que estuve en Chile, dónde los ultraderechistas también consideran “moralmente imposible” (¡cita exacta!) que se condene a Pinochet a prisión.
Mientras los críticos de AMLO se sintieron tranquilos al confirmar que, en efecto, es un tipo que no respeta las leyes ni las instituciones, algunos de sus seguidores empezaron a dudar. ¿Era tan claro el “fraude”? ¿Era necesario el plantón en el centro de la ciudad? ¿Por qué las demandas se contradecían? ¿Cómo se pide recuento y al mismo tiempo se rechaza, se preguntó Denise Dresser? Ella, junto con todos los que se atrevieron a criticar los métodos o las formas de protesta de AMLO han sido castigados. El mismo dijo “son intelectuales... no tienen oficio político”. O, en otras palabras: cuestionarme es “moralmente imposible”.
Mentira que cae es respaldada con una nueva. La carta del ex candidato al New York Times es de lo más reveladora. En ella, al pedir apoyo internacional para su causa, asegura que “las encuestas finales pre-elección mostraban a mi coalición adelante o empatada con el PAN de Calderón”. What? ¿No que todas esas encuestas estaban cuchareadeas? ¿No que diez puntos de ventaja? En ese mismo texto asegura que “el Tribunal ordenó un recuento inexplicablemente restrictivo”. Una vez dije en este espacio que AMLO había pedido el “voto por voto” porque sabía que no se lo darían. Ahora se puede ir más lejos: pidió el recuento voto por voto ASEGURANDOSE que no se lo dieran. De lo contrario, habría impugnado todos los distritos. Era muy sencillo. Pero no lo hizo.
Pero esa carta es lo de menos. Es mucho más trágico lo que pasó con el recuento que ordenó el Trife. Por un lado lo considera inútil y se descarta, pero por otro lo parece evidencia clara y suficiente de que hubo fraude. ¿Cómo puede algo al mismo tiempo ser inútil y prueba fehaciente?
La gran frustración de los perredistas es que esperaban que Calderón perdería entre 20 y 60 mil votos: más que suficiente para demostrar que había un manipuleo real. Sin embargo, los cambios no fueron así. Se mostraron errores de sumas, fallas ciudadanas; se mostró que la gente se equivoca a veces y que había variaciones. Pero jamás se logró demostrar que la variación era tan grande como para alterar el resultado. No se constató un intento decidido a alterar la elección. Eso, claro está, no importa: con que cambiase un voto era suficiente para que los fans de AMLO gritaran fraude. Porque, la verdad, AMLO nunca necesitó probar nada. Bastaba con que él opinara que le robaron su “legítimo triunfo”. La esperanza es más que suficiente para alimentar a los duros. La esperanza y algunas mentiras. Por eso ahora su propuesta de “purificar” la vida pública es vista como el eje de su proyecto de Nación. ¿Quién es el Gran Purificador? El y sólo él: el hombre, el mito. Aquél que tiene en sus manos la verdad redentora.
Como sea, y con lo dolorosa que es, la esperanza es importante. Hay que tenerla. Hay que cuidarla. Es una fuerza de cambio, de progreso, de motivación. Pero sobre todo, no hay que desperdiciarla en causas engañosas y que, al final están sustentadas en la vanidad de un hombre.
apascoe@cronica.com.mx
El cuento del recuento
Salvador O. Nava Gomar
Crónica
13 de Agosto de 2006
No se puede jugar si no se aceptan las reglas del juego. Para ganar hay que saber perder; y las acciones de perredistas furibundos, que resultan casi tan absurdas como los intentos de razonamiento que pretenden esgrimir, dan cuenta de una causa perdida. AMLO es el líder cada vez más fuerte de un movimiento cada vez más débil. Se va quedando solo, ya nadie le cree. Para él y los suyos todo está mal, todo es en su contra y ya todo forma parte de un megacomplot. Alega democracia y soberanía, legitimidad, justicia y razón; cuando en realidad muestra antidemocracia, viola las reglas del Estado y por tanto vulnera la soberanía; no comprende que la única legitimidad vá-lida en el Estado democrático es la que empata con la legalidad; tampoco comprende que la justicia sólo puede administrarse al tenor de las reglas escritas con anterioridad. Ha perdido la razón, no acierta, se enardece y contagia frustración, soledad y ánimo de revancha.
No acepta el recuento pues dice que pidió que se contara todo, cuando en realidad no lo hizo. Para ello, de acuerdo con la legislación electoral, misma que aprobó su propio partido político, es necesario argumentar las razones, con base en la ley, para presumir alguna alteración casilla por casilla. Además de todo presentaron mal sus escritos jurídicos, pues en un solo juicio —al que llaman madre— correspondiente al Distrito 15 del DF pidieron que se juntaran todos los juicios para anular la elección presidencial; sus argumentos, si es que así pueden llamarse, son por completo especulativos y permiten observar la inexistencia del fraude: una supuesta injerencia del gobierno federal, gobiernos extranjeros, ámbito empresarial e Iglesia católica en contra de sus pretensiones; omisiones de la autoridad electoral para detener la guerra sucia (como si él no hubiera participado en ella) y por no sancionar a Felipe Calderón por su precampaña, cuando él la hizo desde tres años antes de la elección; bueno, incluso sostienen que hubo inequidad en los comicios por que el IFE permitió la campaña mediática del doctor Simi y de grupos empresariales, como si el Instituto fuera órgano competente para conocer contenidos publicitarios de personas ajenas a la elección.
Se dice liberal y pide censura; se dice razonable y alienta a la toma y el plantón; se dice popular y paga acarreados; se dice democrático y quiere cambiar las instituciones por cualquier modo. Ha hecho señalamientos graves: el color de la piel o la división entre ricos y pobres; se ha salido del rumbo. Sus dislates han sido sucesivos y crecientes.
El conteo no alterará los resultados. Mienten cuando hacen proyecciones. Hay estudios serios, como el de Javier Aparicio del CIDE que explican con nitidez que al abrir paquetes de casillas ganadas por un candidato, el margen de error juega a favor del otro. De las 11,839 casillas abiertas, más del 91% pertenecen a distritos ganados por Calderón. En esa misma prospectiva, si se contara la totalidad, cambiarían un poco los números a favor de Felipe. Así que de nueva cuenta todo lo dicho y hecho por los lopezobradoristas se suman a las mentiras que acostumbran. Ahora dicen que las urnas fueron embarazadas, que los paquetes estaban abiertos, que se cambiaron votos. Pamplinas. Mienten y pasan por alto errores humanos imposibles de evitar cuando son 130,477 cajas las que se resguardan; no hay incidentes graves y los números no alcanzan para dar la vuelta; total, puros cuentos sobre el recuento.
El autor es Director de la Escuela de Derecho de la Universidad Anáhuac México Sur.
snava@derechopolitica.com
Crónica
13 de Agosto de 2006
No se puede jugar si no se aceptan las reglas del juego. Para ganar hay que saber perder; y las acciones de perredistas furibundos, que resultan casi tan absurdas como los intentos de razonamiento que pretenden esgrimir, dan cuenta de una causa perdida. AMLO es el líder cada vez más fuerte de un movimiento cada vez más débil. Se va quedando solo, ya nadie le cree. Para él y los suyos todo está mal, todo es en su contra y ya todo forma parte de un megacomplot. Alega democracia y soberanía, legitimidad, justicia y razón; cuando en realidad muestra antidemocracia, viola las reglas del Estado y por tanto vulnera la soberanía; no comprende que la única legitimidad vá-lida en el Estado democrático es la que empata con la legalidad; tampoco comprende que la justicia sólo puede administrarse al tenor de las reglas escritas con anterioridad. Ha perdido la razón, no acierta, se enardece y contagia frustración, soledad y ánimo de revancha.
No acepta el recuento pues dice que pidió que se contara todo, cuando en realidad no lo hizo. Para ello, de acuerdo con la legislación electoral, misma que aprobó su propio partido político, es necesario argumentar las razones, con base en la ley, para presumir alguna alteración casilla por casilla. Además de todo presentaron mal sus escritos jurídicos, pues en un solo juicio —al que llaman madre— correspondiente al Distrito 15 del DF pidieron que se juntaran todos los juicios para anular la elección presidencial; sus argumentos, si es que así pueden llamarse, son por completo especulativos y permiten observar la inexistencia del fraude: una supuesta injerencia del gobierno federal, gobiernos extranjeros, ámbito empresarial e Iglesia católica en contra de sus pretensiones; omisiones de la autoridad electoral para detener la guerra sucia (como si él no hubiera participado en ella) y por no sancionar a Felipe Calderón por su precampaña, cuando él la hizo desde tres años antes de la elección; bueno, incluso sostienen que hubo inequidad en los comicios por que el IFE permitió la campaña mediática del doctor Simi y de grupos empresariales, como si el Instituto fuera órgano competente para conocer contenidos publicitarios de personas ajenas a la elección.
Se dice liberal y pide censura; se dice razonable y alienta a la toma y el plantón; se dice popular y paga acarreados; se dice democrático y quiere cambiar las instituciones por cualquier modo. Ha hecho señalamientos graves: el color de la piel o la división entre ricos y pobres; se ha salido del rumbo. Sus dislates han sido sucesivos y crecientes.
El conteo no alterará los resultados. Mienten cuando hacen proyecciones. Hay estudios serios, como el de Javier Aparicio del CIDE que explican con nitidez que al abrir paquetes de casillas ganadas por un candidato, el margen de error juega a favor del otro. De las 11,839 casillas abiertas, más del 91% pertenecen a distritos ganados por Calderón. En esa misma prospectiva, si se contara la totalidad, cambiarían un poco los números a favor de Felipe. Así que de nueva cuenta todo lo dicho y hecho por los lopezobradoristas se suman a las mentiras que acostumbran. Ahora dicen que las urnas fueron embarazadas, que los paquetes estaban abiertos, que se cambiaron votos. Pamplinas. Mienten y pasan por alto errores humanos imposibles de evitar cuando son 130,477 cajas las que se resguardan; no hay incidentes graves y los números no alcanzan para dar la vuelta; total, puros cuentos sobre el recuento.
El autor es Director de la Escuela de Derecho de la Universidad Anáhuac México Sur.
snava@derechopolitica.com
Voto por voto, el engaño
Ricardo Alemán
El Universal - Itinerario Político
13 de agosto de 2006
Ni cibernético ni a la antigüita; simplemente el fraude no apareció
¿Qué van a decir ahora, qué nueva mentira colectiva van a sacar?
¿Qué van a decir ahora, cuando al recontar casi en su totalidad 9% de las casillas impugnadas por la coalición Por el Bien de Todos, no apareció el fraude buscado? ¿Qué van a argumentar? ¿De qué nuevo engaño echarán mano para mantener prendida, de manera irresponsable, la esperanza de miles o millones de mexicanos que creyeron en ellos?
La realidad es muy distinta a lo que suponían quienes intentaron descalificar la elección presidencial del pasado 2 de julio. Y es que paso a paso se confirma que el reclamo de "voto por voto" para denunciar un supuesto fraude electoral, no fue más que un discurso demagógico producto de una estrategia política cuyo fin último era y sigue siendo impedir, a costa de lo que sea, que Felipe Calderón asuma el cargo que por una limitada mayoría le entregaron los electores.
Hoy se sabe, según la versión de perredistas cercanos a AMLO, que para el caudillo de la coalición Por el Bien de Todos, lo importante no era el recuento de los votos y menos limpiar la elección, porque desde la noche del 2 de julio sabían que no les favoreció el sufragio mayoritario. Frente al revés electoral inesperado para todos en el PRD -que tomó mal parados a los estrategas de la coalición-, el primero en reaccionar fue el propio López Obrador, quien echó a caminar una estrategia en donde la prioridad no era demostrar las supuestas o reales irregularidades electorales, sino fomentar una engañosa sensación de fraude, debilitar la credibilidad de las instituciones electorales y, con ello, forzar la anulación del proceso electoral. ¿Por qué? Porque AMLO considera que si no es él el nuevo presidente, entonces es el caos.
Engaño colectivo
Así, desde el 3 de julio arrancó la estrategia de descrédito de todo el proceso electoral y de las instituciones que lo hicieron posible. Con López Obrador a la cabeza y con el apoyo decidido de estrategas y aliados mediáticos y por muchos personajes que ya se veían tripulando importantes cargos en el gobierno de la dizque izquierda, se inició la demolición de las instituciones, no porque existiera fraude alguno, sino porque el voto mayoritario los derrotó.
Entonces aparecieron insultantes engaños colectivos como la supuesta desaparición de 3 millones de votos, que no era más que la separación de los votos inconsistentes; la supuesta apertura de casillas por parte del IFE dizque para alterar los resultados, que no era más que la apertura de casillas a petición de los partidos y sobre todo el PRD, para revisar presuntas irregularidades.
Luego aparecieron denuncias de que se había realizado un fraude generalizado mediante métodos cibernéticos, a través de la introducción de un supuesto algoritmo. La chistosa versión terminó en una vacilada y en el ridículo de quienes desde sus trincheras mediáticas inventaron tal despropósito. El propio AMLO dijo que el fraude no fue cibernético, sino "a la antigüita". Pero el recuento de votos ordenado por el Tribunal Electoral mostró que ni cibernético ni a la antigüita; simplemente no existió el supuesto fraude que alardeó el candidato perdedor, Andrés Manuel López Obrador.
Lo que sí existió fue un monumental engaño colectivo que se alimentó con la frustración de millones de simpatizantes a los que se les hizo creer que López Obrador era indestructible. Con ese combustible, el del supuesto fraude y con la siempre combustible irritación de los frustrados simpatizantes de la coalición Por el Bien de Todos, aparecieron las gigantescas movilizaciones de miles de simpatizantes que más que en el fraude, descreían de la derrota de su caudillo. Pero hubo más: las movilizaciones fueron también alimentadas con el dinero público y con el apoyo de todo el peso político y operativo del Gobierno del DF. Y por si fuera poco, con esa mezcla explosiva -que combinó engaños deliberados, frustración por la derrota, rencor social y el uso del gobierno capitalino para organizar la protesta-, se prendió el fuego de la también supuesta resistencia civil.
Recuento de daños
Hasta ese momento, hasta que se echó a caminar la supuesta resistencia civil, la estrategia mediática de presunto fraude le resultó exitosa a López Obrador, quien sin duda convocó a las más numerosas concentraciones en el zócalo capitalino -aunque para ello contó con dinero y apoyos logísticos del Gobierno del DF y de gobierno estatales del PRD-, que mostraron de manera contundente la capacidad de AMLO para el engaño colectivo. Y no se pretende decir que son tontos o limitados los miles o millones que creen y simpatizan con la causa de López Obrador. No, los millones que votaron por esa alternativa electoral, que creen en el discurso de AMLO y que llenaron el zócalo, son mexicanos que de manera legítima aspiran a un cambio, que rechazan al PRI y al PAN como alternativa de gobierno y que creyeron que esa, la de López Obrador, era su alternativa real. El problema no está en el credo y menos en los creyentes -porque todos tenemos el derecho a creer y simpatizar en quien nos plazca-, sino que el problema son los sacerdotes que manipulan el credo y sus devotos.
Frente a esa contradicción, la de manipular una esperanza legítima de cambio, pronto aparecieron los críticos a las formas, y que antes eran fervientes convencidos del fondo. Las acciones de resistencia civil fueron la gota que de derramó el vaso. Por su origen autoritario, por sus objetivos poco claros, por sus efectos desastrosos contra el ciudadano de la calle, el bloqueo de Reforma fue rechazado por reputados aliados de López Obrador. Ahí empezó el declive de la exitosa -aunque engañosa- estrategia postelectoral del candidato de la coalición Por el Bien de Todos. Luego vinieron los desmarques obligados. El costo de la resistencia civil pegó en la línea de flotación de la credibilidad, la confianza y la popularidad del caudillo, quien dio un paso atrás -no en sus objetivos, sino en los métodos-, para ordenar que los dirigentes de la coalición, del PRD, PT y Convergencia, se involucraran en la resistencia civil, y que no lo dejaran solo.
Y en efecto, aparecieron como promotores de la resistencia civil los dirigentes partidistas. Pero en contraste, los jefes de los partidos que integran la alianza Por el Bien de Todos -PRD, PT y Convergencia-, se negaron a renunciar a sus diputaciones y senadurías, los trofeos de guerra de la contienda del 2 de julio, pero que no quedaron en manos de AMLO.
Así, cada vez son más los cuadros de primer nivel de la coalición Por el Bien de Todos, que se alejan de las estrategias radicales de AMLO. Más aún, cada vez son más los perredistas, petistas y convergentes que reconocen la derrota, que aceptan que resulta suicida la locuaz resistencia civil, y que han empezado clandestinos acercamientos con el equipo de Felipe Calderón. Y es que junto con AMLO, los partidos coaligados y sus centros de poder, pierden imagen, confianza y credibilidad confirme siguen en la resistencia civil.
El golpe mortal
Pero como no existe mal que dure 100 años ni mortal que lo aguante, el golpe definitivo que recibió la estrategia postelectoral emprendida por AMLO se lo dio el Tribunal Electoral -la máxima instancia electoral mexicana a la que se reclamó el voto por voto-, cuando rechazó la demanda de la coalición para llevar a cabo un nuevo conteo del total de los votos depositados en las urnas. El golpe fue demoledor para el ánimo de miles de simpatizantes de AMLO, cuando descubrieron lo que siempre quisieron ocultar los mariscales de López Obrador: que el reclamo de voto por voto no era ni sería posible por una razón elemental. Porque la coalición Por el Bien de Todos nunca impugnó el recuento del total de las casillas. Más aún, porque no logró siquiera tener representantes de casilla en el 30% del universo total de los centros de votación.
Nadie en el círculo cercano de AMLO calculó el golpe que provocó en el ánimo de sus simpatizantes el hecho de enterarse que habían sido engañados, que el recuento de voto por voto no fue siquiera demandado ante el Tribunal Electoral, y que por esa razón no fue siquiera analizado por el propio tribunal. En efecto, en el discurso de dijo que existían irregularidades en 70 mil casillas, pero sólo se impugnaron poco más de 40 mil, de las cuales por lo menos el 50% -es decir, cerca de 20 mil casillas-, fueron impugnadas con argumentos insostenibles. Por eso el tribunal sólo ordenó abrir los paquetes y recontar los votos en cerca de 12 mil casillas, porque en el resto las impugnaciones resultaron inconsistentes.
Cuando el engaño quedó al descubierto, el caudillo decidió mudar de piel y gritó que lo importante no era el recuento del voto por voto, sino la lucha por la "purificación de las instituciones". Luego advirtió que "el triunfo de la derecha era moralmente imposible". ¿Qué se desprende de esos dos obuses declarativos? Una vez decantado el contenido de las arengas, queda claro que el objetivo de López Obrador, a lo largo de todo el proceso presidencial, siempre fue alcanzar el cargo de presidente de los mexicanos para imponer su mística concepción de poder. Él, López Obrador, es el elegido por una fuerza superior, para terminar desde el poder público con todos los males de los mexicanos, del sistema político corrupto.
Hasta aquí no existe problema alguno. En su lucha por alcanzar el poder presidencial, en realidad AMLO tiene el derecho de promover el credo político o religioso que le plazca y el programa social, político y económico que crea conveniente para llevarlo a cabo. López Obrador tiene el derecho de creer que es el mesías tropical o del altiplano, y de suponer y hasta proponer que su misión en Tabasco, en México y entre los mortales es la "purificación de las instituciones". De eso se trata la democracia, de confrontar ante los ciudadanos las propuestas de gobierno.
A su vez, los ciudadanos, sean ricos o pobres, prietos o güeros, gordos o flacos, hombres o mujeres, nacos o no, también tienen el derecho de afiliarse al credo político que les convenza, el que les parezca que resuelve sus problemas, sea el de los amarillos, los azules o los tricolores. Hasta aquí, hay que insistir, no hay problema.
El problema viene cuando a la arenga de "purificar las instituciones" se le asocia esa de que "el triunfo de la derecha es moralmente imposible". ¿Qué quiere decir que un credo político, como la derecha -a la cual no defendemos y por la cual no votamos y nunca votaríamos, pero que tiene tanto derecho a existir como la trasnochada izquierda que dice representar AMLO-, es moralmente imposible? ¿Quiere decir que sólo la moralidad está del lado de la izquierda de AMLO? ¿Que la suya es la causa buena, la causa moral y las otras causas son inmorales? ¿Significa que vivimos una disputa político-electoral entre buenos y malos?
Puede ser todo eso y mucho más, pero el mensaje de fondo es otro, el que va dirigido contra la concepción elemental de democracia electoral. Es decir, que AMLO nunca creyó que alcanzaría el poder en una contienda electoral como la que vivimos y menos en una contienda regulada por instituciones creadas para soportar precisamente la democracia electoral. No, la democracia electoral es lo de menos, porque en el fondo López Obrador siempre creyó en la imposición a partir de la popularidad y la justeza de sus causas.
Según AMLO, sus causas son justas para "la gente", su imagen y su mensaje son los de un mesías, y su popularidad es imbatible. Lo demás no existe; ni la democracia ni las instituciones, ni el voto mayoritario. Nada de eso sirve. Es más, su causa debe "purificar" esas instituciones impías. Lo único que vale es la justeza de su causa, por encima de las reglas y las instituciones. Por eso arenga a que "el triunfo de la derecha es moralmente imposible".
Pero resulta que no todos los ciudadanos, no todos los electores, ni todos los que acudieron a las urnas el 2 de julio, piensan como AMLO. Es más, 65% de quienes acudieron a votar dijeron que no quieren a AMLO. Y como los mercaderes del templo, esos renegados son castigados por un mesías que reclama fraude, no porque tenga pruebas, sino como una fórmula para imponer, a costa de lo que sea, su verdad y su credo; para impedir, a costa de lo que sea, que la perversa derecha llega al poder, precisamente cuando se enfrentó a la pureza y la justeza de esa izquierda que representa AMLO.
Ese es el problema, no la democracia.
El recuento
Por lo pronto en los próximos días el Tribunal Electoral comprobará que el recuento de votos en casi 12 mil casillas no permitió ver más que las fallas normales en una elección de la complejidad de la del domingo 2 de julio, y no apareció el fraude anunciado. ¿Qué van a decir ahora? ¿Qué nuevo engaño colectivo van a argumentar? Tienen razón quienes aseguran que López Obrador no va a reconocer nada que no sea su presunto triunfo. Y es que en efecto, luego de su derrota en las urnas el domingo 2 de julio, el paso siguiente es la destrucción de la democracia electoral mexicana, de sus instituciones. Pero el engaño no puede atrapar a todos todo el tiempo. Al tiempo.
aleman2@prodigy.net.mx
El Universal - Itinerario Político
13 de agosto de 2006
Ni cibernético ni a la antigüita; simplemente el fraude no apareció
¿Qué van a decir ahora, qué nueva mentira colectiva van a sacar?
¿Qué van a decir ahora, cuando al recontar casi en su totalidad 9% de las casillas impugnadas por la coalición Por el Bien de Todos, no apareció el fraude buscado? ¿Qué van a argumentar? ¿De qué nuevo engaño echarán mano para mantener prendida, de manera irresponsable, la esperanza de miles o millones de mexicanos que creyeron en ellos?
La realidad es muy distinta a lo que suponían quienes intentaron descalificar la elección presidencial del pasado 2 de julio. Y es que paso a paso se confirma que el reclamo de "voto por voto" para denunciar un supuesto fraude electoral, no fue más que un discurso demagógico producto de una estrategia política cuyo fin último era y sigue siendo impedir, a costa de lo que sea, que Felipe Calderón asuma el cargo que por una limitada mayoría le entregaron los electores.
Hoy se sabe, según la versión de perredistas cercanos a AMLO, que para el caudillo de la coalición Por el Bien de Todos, lo importante no era el recuento de los votos y menos limpiar la elección, porque desde la noche del 2 de julio sabían que no les favoreció el sufragio mayoritario. Frente al revés electoral inesperado para todos en el PRD -que tomó mal parados a los estrategas de la coalición-, el primero en reaccionar fue el propio López Obrador, quien echó a caminar una estrategia en donde la prioridad no era demostrar las supuestas o reales irregularidades electorales, sino fomentar una engañosa sensación de fraude, debilitar la credibilidad de las instituciones electorales y, con ello, forzar la anulación del proceso electoral. ¿Por qué? Porque AMLO considera que si no es él el nuevo presidente, entonces es el caos.
Engaño colectivo
Así, desde el 3 de julio arrancó la estrategia de descrédito de todo el proceso electoral y de las instituciones que lo hicieron posible. Con López Obrador a la cabeza y con el apoyo decidido de estrategas y aliados mediáticos y por muchos personajes que ya se veían tripulando importantes cargos en el gobierno de la dizque izquierda, se inició la demolición de las instituciones, no porque existiera fraude alguno, sino porque el voto mayoritario los derrotó.
Entonces aparecieron insultantes engaños colectivos como la supuesta desaparición de 3 millones de votos, que no era más que la separación de los votos inconsistentes; la supuesta apertura de casillas por parte del IFE dizque para alterar los resultados, que no era más que la apertura de casillas a petición de los partidos y sobre todo el PRD, para revisar presuntas irregularidades.
Luego aparecieron denuncias de que se había realizado un fraude generalizado mediante métodos cibernéticos, a través de la introducción de un supuesto algoritmo. La chistosa versión terminó en una vacilada y en el ridículo de quienes desde sus trincheras mediáticas inventaron tal despropósito. El propio AMLO dijo que el fraude no fue cibernético, sino "a la antigüita". Pero el recuento de votos ordenado por el Tribunal Electoral mostró que ni cibernético ni a la antigüita; simplemente no existió el supuesto fraude que alardeó el candidato perdedor, Andrés Manuel López Obrador.
Lo que sí existió fue un monumental engaño colectivo que se alimentó con la frustración de millones de simpatizantes a los que se les hizo creer que López Obrador era indestructible. Con ese combustible, el del supuesto fraude y con la siempre combustible irritación de los frustrados simpatizantes de la coalición Por el Bien de Todos, aparecieron las gigantescas movilizaciones de miles de simpatizantes que más que en el fraude, descreían de la derrota de su caudillo. Pero hubo más: las movilizaciones fueron también alimentadas con el dinero público y con el apoyo de todo el peso político y operativo del Gobierno del DF. Y por si fuera poco, con esa mezcla explosiva -que combinó engaños deliberados, frustración por la derrota, rencor social y el uso del gobierno capitalino para organizar la protesta-, se prendió el fuego de la también supuesta resistencia civil.
Recuento de daños
Hasta ese momento, hasta que se echó a caminar la supuesta resistencia civil, la estrategia mediática de presunto fraude le resultó exitosa a López Obrador, quien sin duda convocó a las más numerosas concentraciones en el zócalo capitalino -aunque para ello contó con dinero y apoyos logísticos del Gobierno del DF y de gobierno estatales del PRD-, que mostraron de manera contundente la capacidad de AMLO para el engaño colectivo. Y no se pretende decir que son tontos o limitados los miles o millones que creen y simpatizan con la causa de López Obrador. No, los millones que votaron por esa alternativa electoral, que creen en el discurso de AMLO y que llenaron el zócalo, son mexicanos que de manera legítima aspiran a un cambio, que rechazan al PRI y al PAN como alternativa de gobierno y que creyeron que esa, la de López Obrador, era su alternativa real. El problema no está en el credo y menos en los creyentes -porque todos tenemos el derecho a creer y simpatizar en quien nos plazca-, sino que el problema son los sacerdotes que manipulan el credo y sus devotos.
Frente a esa contradicción, la de manipular una esperanza legítima de cambio, pronto aparecieron los críticos a las formas, y que antes eran fervientes convencidos del fondo. Las acciones de resistencia civil fueron la gota que de derramó el vaso. Por su origen autoritario, por sus objetivos poco claros, por sus efectos desastrosos contra el ciudadano de la calle, el bloqueo de Reforma fue rechazado por reputados aliados de López Obrador. Ahí empezó el declive de la exitosa -aunque engañosa- estrategia postelectoral del candidato de la coalición Por el Bien de Todos. Luego vinieron los desmarques obligados. El costo de la resistencia civil pegó en la línea de flotación de la credibilidad, la confianza y la popularidad del caudillo, quien dio un paso atrás -no en sus objetivos, sino en los métodos-, para ordenar que los dirigentes de la coalición, del PRD, PT y Convergencia, se involucraran en la resistencia civil, y que no lo dejaran solo.
Y en efecto, aparecieron como promotores de la resistencia civil los dirigentes partidistas. Pero en contraste, los jefes de los partidos que integran la alianza Por el Bien de Todos -PRD, PT y Convergencia-, se negaron a renunciar a sus diputaciones y senadurías, los trofeos de guerra de la contienda del 2 de julio, pero que no quedaron en manos de AMLO.
Así, cada vez son más los cuadros de primer nivel de la coalición Por el Bien de Todos, que se alejan de las estrategias radicales de AMLO. Más aún, cada vez son más los perredistas, petistas y convergentes que reconocen la derrota, que aceptan que resulta suicida la locuaz resistencia civil, y que han empezado clandestinos acercamientos con el equipo de Felipe Calderón. Y es que junto con AMLO, los partidos coaligados y sus centros de poder, pierden imagen, confianza y credibilidad confirme siguen en la resistencia civil.
El golpe mortal
Pero como no existe mal que dure 100 años ni mortal que lo aguante, el golpe definitivo que recibió la estrategia postelectoral emprendida por AMLO se lo dio el Tribunal Electoral -la máxima instancia electoral mexicana a la que se reclamó el voto por voto-, cuando rechazó la demanda de la coalición para llevar a cabo un nuevo conteo del total de los votos depositados en las urnas. El golpe fue demoledor para el ánimo de miles de simpatizantes de AMLO, cuando descubrieron lo que siempre quisieron ocultar los mariscales de López Obrador: que el reclamo de voto por voto no era ni sería posible por una razón elemental. Porque la coalición Por el Bien de Todos nunca impugnó el recuento del total de las casillas. Más aún, porque no logró siquiera tener representantes de casilla en el 30% del universo total de los centros de votación.
Nadie en el círculo cercano de AMLO calculó el golpe que provocó en el ánimo de sus simpatizantes el hecho de enterarse que habían sido engañados, que el recuento de voto por voto no fue siquiera demandado ante el Tribunal Electoral, y que por esa razón no fue siquiera analizado por el propio tribunal. En efecto, en el discurso de dijo que existían irregularidades en 70 mil casillas, pero sólo se impugnaron poco más de 40 mil, de las cuales por lo menos el 50% -es decir, cerca de 20 mil casillas-, fueron impugnadas con argumentos insostenibles. Por eso el tribunal sólo ordenó abrir los paquetes y recontar los votos en cerca de 12 mil casillas, porque en el resto las impugnaciones resultaron inconsistentes.
Cuando el engaño quedó al descubierto, el caudillo decidió mudar de piel y gritó que lo importante no era el recuento del voto por voto, sino la lucha por la "purificación de las instituciones". Luego advirtió que "el triunfo de la derecha era moralmente imposible". ¿Qué se desprende de esos dos obuses declarativos? Una vez decantado el contenido de las arengas, queda claro que el objetivo de López Obrador, a lo largo de todo el proceso presidencial, siempre fue alcanzar el cargo de presidente de los mexicanos para imponer su mística concepción de poder. Él, López Obrador, es el elegido por una fuerza superior, para terminar desde el poder público con todos los males de los mexicanos, del sistema político corrupto.
Hasta aquí no existe problema alguno. En su lucha por alcanzar el poder presidencial, en realidad AMLO tiene el derecho de promover el credo político o religioso que le plazca y el programa social, político y económico que crea conveniente para llevarlo a cabo. López Obrador tiene el derecho de creer que es el mesías tropical o del altiplano, y de suponer y hasta proponer que su misión en Tabasco, en México y entre los mortales es la "purificación de las instituciones". De eso se trata la democracia, de confrontar ante los ciudadanos las propuestas de gobierno.
A su vez, los ciudadanos, sean ricos o pobres, prietos o güeros, gordos o flacos, hombres o mujeres, nacos o no, también tienen el derecho de afiliarse al credo político que les convenza, el que les parezca que resuelve sus problemas, sea el de los amarillos, los azules o los tricolores. Hasta aquí, hay que insistir, no hay problema.
El problema viene cuando a la arenga de "purificar las instituciones" se le asocia esa de que "el triunfo de la derecha es moralmente imposible". ¿Qué quiere decir que un credo político, como la derecha -a la cual no defendemos y por la cual no votamos y nunca votaríamos, pero que tiene tanto derecho a existir como la trasnochada izquierda que dice representar AMLO-, es moralmente imposible? ¿Quiere decir que sólo la moralidad está del lado de la izquierda de AMLO? ¿Que la suya es la causa buena, la causa moral y las otras causas son inmorales? ¿Significa que vivimos una disputa político-electoral entre buenos y malos?
Puede ser todo eso y mucho más, pero el mensaje de fondo es otro, el que va dirigido contra la concepción elemental de democracia electoral. Es decir, que AMLO nunca creyó que alcanzaría el poder en una contienda electoral como la que vivimos y menos en una contienda regulada por instituciones creadas para soportar precisamente la democracia electoral. No, la democracia electoral es lo de menos, porque en el fondo López Obrador siempre creyó en la imposición a partir de la popularidad y la justeza de sus causas.
Según AMLO, sus causas son justas para "la gente", su imagen y su mensaje son los de un mesías, y su popularidad es imbatible. Lo demás no existe; ni la democracia ni las instituciones, ni el voto mayoritario. Nada de eso sirve. Es más, su causa debe "purificar" esas instituciones impías. Lo único que vale es la justeza de su causa, por encima de las reglas y las instituciones. Por eso arenga a que "el triunfo de la derecha es moralmente imposible".
Pero resulta que no todos los ciudadanos, no todos los electores, ni todos los que acudieron a las urnas el 2 de julio, piensan como AMLO. Es más, 65% de quienes acudieron a votar dijeron que no quieren a AMLO. Y como los mercaderes del templo, esos renegados son castigados por un mesías que reclama fraude, no porque tenga pruebas, sino como una fórmula para imponer, a costa de lo que sea, su verdad y su credo; para impedir, a costa de lo que sea, que la perversa derecha llega al poder, precisamente cuando se enfrentó a la pureza y la justeza de esa izquierda que representa AMLO.
Ese es el problema, no la democracia.
El recuento
Por lo pronto en los próximos días el Tribunal Electoral comprobará que el recuento de votos en casi 12 mil casillas no permitió ver más que las fallas normales en una elección de la complejidad de la del domingo 2 de julio, y no apareció el fraude anunciado. ¿Qué van a decir ahora? ¿Qué nuevo engaño colectivo van a argumentar? Tienen razón quienes aseguran que López Obrador no va a reconocer nada que no sea su presunto triunfo. Y es que en efecto, luego de su derrota en las urnas el domingo 2 de julio, el paso siguiente es la destrucción de la democracia electoral mexicana, de sus instituciones. Pero el engaño no puede atrapar a todos todo el tiempo. Al tiempo.
aleman2@prodigy.net.mx
12 de agosto de 2006
El poder: la madre de todas las batallas
Carlos Ramírez
La Crisis - Diario de (Pos) Campaña
12-08-2006
Antes de salir a Chiapas, López Obrador abrió fuego: impedir el triunfo y la toma de posesión de Felipe Calderón. A eso se reduce todo. Y viene, pues, la guerra. Un poco a propósito de lo que ocurre, alguien por ahí me recomendó la relectura de Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides. Y ahí encontré, en la introducción de Edmundo O´Gorman, una cita de Heráclito que cae al dedo: “la guerra es la madre de todo, la reina de todo”, que fue, por cierto, referida por Sadam Hussein cuando se hizo inminente la invasión de los Estados Unidos.
El dictamen final de la elección presidencial será, pues, la madre de todas las batallas.
Los resultados preliminares del reconteo parcial ordenado por el Trife han obligado a López Obrador a definir su estrategia. O a redefinirla. O finalmente a darla a conocer. Pero que tampoco nadie se llame defraudado o engañado. Todo comenzó a las once y quince del domingo 2 de julio cuando López Obrador se presentó ante las cámaras de televisión para anunciar que él había ganado las elecciones, que tenía una ventaja de quinientos mil votos, que la fuente eran encuestas de salida y que le exigía al gobierno reconocer su triunfo. Todo lo que ha ocurrido en estos larguísimos cuarenta días --que no son nada en tiempo pero que se han vivido y padecido cada minuto-- tiene que ver justamente con la conclusión de López Obrador de que él ganó la elección. Lo demás ha sido justamente el camino para llegar a este punto decisivo.
Aquella noche yo estaba en el estudio de Proyecto 40, en las instalaciones de TV Azteca en el Ajusco. Los presentes nos miramos incrédulo. No debía ser así. Yo hice rápidamente mis cuentas. Los quinientos mil votos eran insuficientes para avalar una victoria: alrededor de un punto porcentual. Y acaba de pasar la participación del consejero presidente del IFE, Luis Carlos Ugalde, diciendo que no podía declarar a ningún ganador porque las encuestas de salida y los conteos rápidos marcaban una ventaja mínima. De acuerdo con expertos, una encuesta de salida tiene un margen de error de 2.5-3 puntos porcentuales. Por tanto, López Obrador cantaba su victoria con cifras que estaban dentro del margen de error. Aún cuando fueran ciertas, era una imprudencia. O una provocación. Y además, las encuestas de salida no cuentan votos sino que reproducen al salir de la casilla el mismo proceso con urna. Es decir, no cuentan el voto efectivo.
Ahí comenzó todo. Y este fin de semana ha comenzado a revelarse el destino final de la lucha de López Obrador: como nunca le van a reconocer su presunta victoria, entonces va a buscar el desprestigio nacional e internacional de la elección y la anulación de las elecciones presidenciales; si no lo logra, entonces va a impedir por medio de la violencia política de las masas la toma de posesión de Felipe Calderón el primero de diciembre próximo. Y con ello, llevar al país a una severa crisis constitucional porque entonces el país quedaría sin jefe de Estado.
López Obrador ya decidió irse al maximalismo: o él o nadie, sin importar el costo político y económico de su lucha. Y para lograrlo, no ha vacilado en ir sembrando el camino poselectoral de minas antipersonales: el plantón en las principales avenidas del DF, los bloqueos de calles y empresas, el desprestigio internacional. Y viene lo más fuerte: el escalamiento del conflicto para estallarlo a nivel nacional. Pero como no hay una estrategia política dentro de las instituciones, entonces hay que comenzar también a escalar el análisis: López Obrador pretende repetir el caso del EZLN y convertir su movimiento pacífico en una verdadera rebelión violenta con indicios revolucionarios.
Los rumores comienzan a aumentar de tono. Que mañana domingo López Obrador anunciará, ante el final del recuento de votos que no modificó la tendencia anterior del IFE, el paso a la siguiente fase: instalar el conflicto a nivel nacional y preparar la estrategia para reventar la ceremonia del sexto informe presidencial de Vicente Fox. Por lo pronto, también hoy corrieron los rumores de que mañana podría anunciarse el levantamiento del plantón en el DF. Las críticas han sido severas y los costos políticos para la lucha de López Obrador comenzaron con la fractura de su propia coalición. Pero hay indicios de que López Obrador ha dado la orden de mantenerlo.
La lucha central se va a dar ya no en Paseo de la Reforma sino en el Zócalo. López Obrador va a secuestrar no la plancha sino la entrada oficial a Palacio Nacional, sede institucional del Poder Ejecutivo Federal. Y dejar al presidente de la república sin ese simbolismo del poder. Lo paradójico sería que el juarista de López Obrador --que tiene la imagen del Juárez itinerante porque la invasión le quitó el espacio de la capital de la república-- ahora se vea como ese invasor que le quita al presidente de la república la sede fundamental de su poder. Sin ganar la presidencia, López Obrador podría conformarse con el espacio de Palacio Nacional.
Lo malo, sin embargo, es que su lucha es de resistencia, no de ofensiva política o institucional. El que gane la calle ya no ganará el poder. El plantón en el Zócalo generó protestas pero no le dio a López Obrador ni un átomo de poder adicional. Al contrario, lo presentó como un político agitador. La pregunta que corre en estos días va al centro del debate: ¿así iba a gobernar López Obrador de haber ganado? ¿Confrontándose en las calles con todos los que se opusieran a sus decisiones? Pues sí. López Obrador no es un estadista. Es más, ni siquiera es político. Su perfil es de líder social que no acepta regateos y que siempre quiere obtener todo. Así gobernó el DF. Así se advirtió que gobernaría. Creó instituciones centralizadas en el ejecutivo. Impuso leyes en la asamblea. Nunca reconoció a otros gobernadores y los despreció con tranquilidad. Así iba a ser en Los Pinos.
El país, en cambio, había comenzado una larga y tortuosa transición política desde la masacre en Tlatelolco. Con avances y retrocesos, el país llegó a la alternancia partidista en la presidencia en julio del 2000. López Obrador quería ganar para revolucionar el sistema político y hacer uno nuevo en función de sus intereses. Pero se encontró que el sistema legal tiene sus reglas. Y que el PRD contaba con un voto de un tercio pero con una base política de un cuarto, debido a los votantes no perredistas con votos fluctuantes. En su lucha por el poder, López Obrador tuvo que revelar su lista de instituciones marcadas, aquéllas a las que ha atacado y destruido con cuestionamientos: la Corte, el Congreso, los partidos, el IFE, el Trife, las televisoras, los medios escritos críticos, los gobiernos estatales, los jueces y todas aquellas instituciones que se crucen en su camino.
Las vías del cambio político son sólo dos: la pacífica, legal e institucional y la violenta, revolucionaria y destructiva. México conoció y padeció la revolucionaria. Y decidió por la pacífica. Por eso López Obrador no pudo obtener el triunfo ni logró construir una mayoría. Sólo que se lo han dicho pero no lo ha querido entender. Él va a seguir su camino de movilizaciones. Y buscará construir una nueva alianza con todos los grupos anárquicos y radicales que han quedado a la vera del camino, los mismos que, por cierto, ha tratado de unificar el subcomandante Marcos. Aunque sin mucho éxito. Al final, el México que sostiene a la república es el institucional. Y los grupos contestatarios tienen sus espacios pero no son decisivos.
Este fin de semana será, pues, de definiciones para la siguiente fase. El Trife va a dictaminar legal la elección y pronto decretará la presidencia electa de Calderón. Ahí pasará López Obrador a otra fase de lucha. La que viene en los próximos días será la de la inestabilidad urbana, con más plantones, marchas, bloqueos y ataques. Pero una vez que se declaren legales las elecciones, las instituciones también seguirán su curso. Y los perredistas habrán de legitimar las elecciones cuando instalen el próximo Congreso.
Al final, todo indicaría que la validez de las instituciones para marginar y a aislar la lucha social callejera de López Obrador. Si eso no ocurre, entonces en México habrá un estallamiento revolucionario peor que el de 1910. A este punto hemos llegado: al de los análisis extremos a la orilla del abismo.
La Crisis - Diario de (Pos) Campaña
12-08-2006
Antes de salir a Chiapas, López Obrador abrió fuego: impedir el triunfo y la toma de posesión de Felipe Calderón. A eso se reduce todo. Y viene, pues, la guerra. Un poco a propósito de lo que ocurre, alguien por ahí me recomendó la relectura de Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides. Y ahí encontré, en la introducción de Edmundo O´Gorman, una cita de Heráclito que cae al dedo: “la guerra es la madre de todo, la reina de todo”, que fue, por cierto, referida por Sadam Hussein cuando se hizo inminente la invasión de los Estados Unidos.
El dictamen final de la elección presidencial será, pues, la madre de todas las batallas.
Los resultados preliminares del reconteo parcial ordenado por el Trife han obligado a López Obrador a definir su estrategia. O a redefinirla. O finalmente a darla a conocer. Pero que tampoco nadie se llame defraudado o engañado. Todo comenzó a las once y quince del domingo 2 de julio cuando López Obrador se presentó ante las cámaras de televisión para anunciar que él había ganado las elecciones, que tenía una ventaja de quinientos mil votos, que la fuente eran encuestas de salida y que le exigía al gobierno reconocer su triunfo. Todo lo que ha ocurrido en estos larguísimos cuarenta días --que no son nada en tiempo pero que se han vivido y padecido cada minuto-- tiene que ver justamente con la conclusión de López Obrador de que él ganó la elección. Lo demás ha sido justamente el camino para llegar a este punto decisivo.
Aquella noche yo estaba en el estudio de Proyecto 40, en las instalaciones de TV Azteca en el Ajusco. Los presentes nos miramos incrédulo. No debía ser así. Yo hice rápidamente mis cuentas. Los quinientos mil votos eran insuficientes para avalar una victoria: alrededor de un punto porcentual. Y acaba de pasar la participación del consejero presidente del IFE, Luis Carlos Ugalde, diciendo que no podía declarar a ningún ganador porque las encuestas de salida y los conteos rápidos marcaban una ventaja mínima. De acuerdo con expertos, una encuesta de salida tiene un margen de error de 2.5-3 puntos porcentuales. Por tanto, López Obrador cantaba su victoria con cifras que estaban dentro del margen de error. Aún cuando fueran ciertas, era una imprudencia. O una provocación. Y además, las encuestas de salida no cuentan votos sino que reproducen al salir de la casilla el mismo proceso con urna. Es decir, no cuentan el voto efectivo.
Ahí comenzó todo. Y este fin de semana ha comenzado a revelarse el destino final de la lucha de López Obrador: como nunca le van a reconocer su presunta victoria, entonces va a buscar el desprestigio nacional e internacional de la elección y la anulación de las elecciones presidenciales; si no lo logra, entonces va a impedir por medio de la violencia política de las masas la toma de posesión de Felipe Calderón el primero de diciembre próximo. Y con ello, llevar al país a una severa crisis constitucional porque entonces el país quedaría sin jefe de Estado.
López Obrador ya decidió irse al maximalismo: o él o nadie, sin importar el costo político y económico de su lucha. Y para lograrlo, no ha vacilado en ir sembrando el camino poselectoral de minas antipersonales: el plantón en las principales avenidas del DF, los bloqueos de calles y empresas, el desprestigio internacional. Y viene lo más fuerte: el escalamiento del conflicto para estallarlo a nivel nacional. Pero como no hay una estrategia política dentro de las instituciones, entonces hay que comenzar también a escalar el análisis: López Obrador pretende repetir el caso del EZLN y convertir su movimiento pacífico en una verdadera rebelión violenta con indicios revolucionarios.
Los rumores comienzan a aumentar de tono. Que mañana domingo López Obrador anunciará, ante el final del recuento de votos que no modificó la tendencia anterior del IFE, el paso a la siguiente fase: instalar el conflicto a nivel nacional y preparar la estrategia para reventar la ceremonia del sexto informe presidencial de Vicente Fox. Por lo pronto, también hoy corrieron los rumores de que mañana podría anunciarse el levantamiento del plantón en el DF. Las críticas han sido severas y los costos políticos para la lucha de López Obrador comenzaron con la fractura de su propia coalición. Pero hay indicios de que López Obrador ha dado la orden de mantenerlo.
La lucha central se va a dar ya no en Paseo de la Reforma sino en el Zócalo. López Obrador va a secuestrar no la plancha sino la entrada oficial a Palacio Nacional, sede institucional del Poder Ejecutivo Federal. Y dejar al presidente de la república sin ese simbolismo del poder. Lo paradójico sería que el juarista de López Obrador --que tiene la imagen del Juárez itinerante porque la invasión le quitó el espacio de la capital de la república-- ahora se vea como ese invasor que le quita al presidente de la república la sede fundamental de su poder. Sin ganar la presidencia, López Obrador podría conformarse con el espacio de Palacio Nacional.
Lo malo, sin embargo, es que su lucha es de resistencia, no de ofensiva política o institucional. El que gane la calle ya no ganará el poder. El plantón en el Zócalo generó protestas pero no le dio a López Obrador ni un átomo de poder adicional. Al contrario, lo presentó como un político agitador. La pregunta que corre en estos días va al centro del debate: ¿así iba a gobernar López Obrador de haber ganado? ¿Confrontándose en las calles con todos los que se opusieran a sus decisiones? Pues sí. López Obrador no es un estadista. Es más, ni siquiera es político. Su perfil es de líder social que no acepta regateos y que siempre quiere obtener todo. Así gobernó el DF. Así se advirtió que gobernaría. Creó instituciones centralizadas en el ejecutivo. Impuso leyes en la asamblea. Nunca reconoció a otros gobernadores y los despreció con tranquilidad. Así iba a ser en Los Pinos.
El país, en cambio, había comenzado una larga y tortuosa transición política desde la masacre en Tlatelolco. Con avances y retrocesos, el país llegó a la alternancia partidista en la presidencia en julio del 2000. López Obrador quería ganar para revolucionar el sistema político y hacer uno nuevo en función de sus intereses. Pero se encontró que el sistema legal tiene sus reglas. Y que el PRD contaba con un voto de un tercio pero con una base política de un cuarto, debido a los votantes no perredistas con votos fluctuantes. En su lucha por el poder, López Obrador tuvo que revelar su lista de instituciones marcadas, aquéllas a las que ha atacado y destruido con cuestionamientos: la Corte, el Congreso, los partidos, el IFE, el Trife, las televisoras, los medios escritos críticos, los gobiernos estatales, los jueces y todas aquellas instituciones que se crucen en su camino.
Las vías del cambio político son sólo dos: la pacífica, legal e institucional y la violenta, revolucionaria y destructiva. México conoció y padeció la revolucionaria. Y decidió por la pacífica. Por eso López Obrador no pudo obtener el triunfo ni logró construir una mayoría. Sólo que se lo han dicho pero no lo ha querido entender. Él va a seguir su camino de movilizaciones. Y buscará construir una nueva alianza con todos los grupos anárquicos y radicales que han quedado a la vera del camino, los mismos que, por cierto, ha tratado de unificar el subcomandante Marcos. Aunque sin mucho éxito. Al final, el México que sostiene a la república es el institucional. Y los grupos contestatarios tienen sus espacios pero no son decisivos.
Este fin de semana será, pues, de definiciones para la siguiente fase. El Trife va a dictaminar legal la elección y pronto decretará la presidencia electa de Calderón. Ahí pasará López Obrador a otra fase de lucha. La que viene en los próximos días será la de la inestabilidad urbana, con más plantones, marchas, bloqueos y ataques. Pero una vez que se declaren legales las elecciones, las instituciones también seguirán su curso. Y los perredistas habrán de legitimar las elecciones cuando instalen el próximo Congreso.
Al final, todo indicaría que la validez de las instituciones para marginar y a aislar la lucha social callejera de López Obrador. Si eso no ocurre, entonces en México habrá un estallamiento revolucionario peor que el de 1910. A este punto hemos llegado: al de los análisis extremos a la orilla del abismo.
No es cosa de héroes
Rafael Ruiz Harrell
Reforma
12 de Agosto del 2006
No, no estamos frente a ninguna gesta homérica. Tratándose de héroes puede dársele cabida a la pregunta de quién es la víctima y quién el victimario. En el teatro de aquellas luminosas tragedias la grandeza de las partes daba origen a la duda, pero en este caso -el que estamos ahora padeciendo-, la asimetría es a tal grado abrumadora, es tan mediocremente obvia la ambición que da origen al desastre, que no hay duda, por un lado, que López Obrador y sus kamikazes son los victimarios y, por el otro, que nosotros -usted, yo, los hijos del vecino, quienes vivimos aquí-, somos las víctimas calladas, disciplinadas, propiciatorias. Somos, entiéndase, el sacrificio imprescindible que demanda esa locura.
Conviene no perder de vista una circunstancia. El líder tabasqueño tiene una virtud admirable: la de darle un carácter supuestamente heroico a las borrajas de sus más sucias ambiciones. En violación abierta de la ley, manda a sus huestes a construir un camino en un terreno privado. Sigue en eso a pesar de un amparo en contra y continúa en la sordera cuando un juez federal le ordena suspender los trabajos. Dos preguntas se vuelven manifiestas. ¿Por qué invadió una propiedad privada? La respuesta fue de cándida inocencia: porque quería construir un camino para llegar a un hospital. La segunda es todavía más reveladora: ¿qué lo impulsó a violar, deliberadamente, la disposición expresa de un juez federal cuando sabía que la sanción por desacato era el desafuero?
La última pregunta recibió una linda respuesta: pues por eso. Hombre bueno y limpio, comprometido con las necesidades populares -así se tratara de uno de los hospitales más caros y exclusivos del DF-, López Obrador era un héroe que se arriesgaba a la batalla imposible, el mandatario que se exponía a un castigo trascendental en defensa de ideales comunitarios. Era un Héctor redivivo que frente a la oposición invulnerable del Aquiles del sistema arriesgaba su vida política en defensa de la ciudad. No importaba que los pobres no tuvieran acceso al hospital de marras. López Obrador se exponía a padecer la muerte del desafuero en su defensa. Estaba dispuesto, heroicamente, a apostar por ellos la posibilidad de su candidatura a la Presidencia.
Fue eso, por la hipotética calidad de héroe -o en términos menos cinematográficos: por ser una víctima profesional, que logró parar las consecuencias del desafuero que ya se había dictado en su contra. No era un delincuente que estuviera violando la ley: era un salvador que merecía respeto y espacio. El desafuero aprobado por el Congreso quedó en la nada para que pudiera lanzarse a la carrera presidencial.
Y lo tenemos seis, ocho, nueve meses transfigurándose en el defensor de los pobres. De héroe de traspatio, pasó a héroe histórico y trascendental. No buscaba el poder por ambiciones personales, sino para corregir los defectos todos de nuestra historia. Él pondría bien lo que estaba mal. Corregiría injusticias y alentaría equidades. Era el salvador; el guía esperado; el indestructible; el rayo de esperanza; el líder de una nueva revolución; el único que podía quitarle algo a los ricos para que los pobres fueran menos pobres. ¿Cómo podía perder en una elección democrática, libre, limpia?
Entiéndaselo: hay fraude, y un fraude enorme e inconcebible, porque un héroe tan limpio, tan comprometido, tan honesto, no puede perder ante las fuerzas del mal. Si los votos emitidos dicen otra cosa, los votos están mal y, dicho sea de paso, todas las instituciones que participaron o puedan participar en el enredo están embarradas en lo mismo, como el IFE y el Tribunal Electoral de la Federación. Ahora ya sabemos que contar voto por voto tampoco es la solución. La elección será admisible sólo si se inclina, subyugada, ante el héroe redentor.
Por desgracia el cuento cae en contradicciones y absurdos que lo hacen inaceptable. Vaya una observación totalmente elemental: ¿cómo sabemos en un match de lucha libre quiénes son los buenos y quiénes los malos? Fácil: los buenos, los héroes, quieren ganar sin hacer porquerías. Confían en su destreza y su atletismo. Su apuesta al triunfo está en que son mejores luchadores. La de López Obrador está en el rodillazo en la ingle; en el chile piquín frotado en los ojos del contrario; en bloquear Reforma; en mandar a sus terroristas menores -por supuesto fingiendo que no sabe nada-, a tomar casetas carreteras e instituciones financieras y electorales. Sus técnicas no son las del héroe impoluto que pretende fingirse víctima crucificable, sino las del bárbaro desesperado que quiere ganar a toda costa, aun en contra de la opinión del público.
López Obrador no es un héroe, sino un pobre demagogo desquiciado y ambicioso. En la lucha que le ha declarado a la población capitalina, él es el victimario. Las víctimas hay que buscarlas en los trabajadores que serán despedidos a causa del bloqueo; en los millones de horas perdidas por transeúntes y conductores; en quienes saben que es impredecible llegar a cualquier lado; en quienes vivimos en esta ciudad y no podemos habitarla; en quienes entienden que la ciudad está de rehén no de una solución, sino de las ambiciones tropicales más elementales.
Reforma
12 de Agosto del 2006
No, no estamos frente a ninguna gesta homérica. Tratándose de héroes puede dársele cabida a la pregunta de quién es la víctima y quién el victimario. En el teatro de aquellas luminosas tragedias la grandeza de las partes daba origen a la duda, pero en este caso -el que estamos ahora padeciendo-, la asimetría es a tal grado abrumadora, es tan mediocremente obvia la ambición que da origen al desastre, que no hay duda, por un lado, que López Obrador y sus kamikazes son los victimarios y, por el otro, que nosotros -usted, yo, los hijos del vecino, quienes vivimos aquí-, somos las víctimas calladas, disciplinadas, propiciatorias. Somos, entiéndase, el sacrificio imprescindible que demanda esa locura.
Conviene no perder de vista una circunstancia. El líder tabasqueño tiene una virtud admirable: la de darle un carácter supuestamente heroico a las borrajas de sus más sucias ambiciones. En violación abierta de la ley, manda a sus huestes a construir un camino en un terreno privado. Sigue en eso a pesar de un amparo en contra y continúa en la sordera cuando un juez federal le ordena suspender los trabajos. Dos preguntas se vuelven manifiestas. ¿Por qué invadió una propiedad privada? La respuesta fue de cándida inocencia: porque quería construir un camino para llegar a un hospital. La segunda es todavía más reveladora: ¿qué lo impulsó a violar, deliberadamente, la disposición expresa de un juez federal cuando sabía que la sanción por desacato era el desafuero?
La última pregunta recibió una linda respuesta: pues por eso. Hombre bueno y limpio, comprometido con las necesidades populares -así se tratara de uno de los hospitales más caros y exclusivos del DF-, López Obrador era un héroe que se arriesgaba a la batalla imposible, el mandatario que se exponía a un castigo trascendental en defensa de ideales comunitarios. Era un Héctor redivivo que frente a la oposición invulnerable del Aquiles del sistema arriesgaba su vida política en defensa de la ciudad. No importaba que los pobres no tuvieran acceso al hospital de marras. López Obrador se exponía a padecer la muerte del desafuero en su defensa. Estaba dispuesto, heroicamente, a apostar por ellos la posibilidad de su candidatura a la Presidencia.
Fue eso, por la hipotética calidad de héroe -o en términos menos cinematográficos: por ser una víctima profesional, que logró parar las consecuencias del desafuero que ya se había dictado en su contra. No era un delincuente que estuviera violando la ley: era un salvador que merecía respeto y espacio. El desafuero aprobado por el Congreso quedó en la nada para que pudiera lanzarse a la carrera presidencial.
Y lo tenemos seis, ocho, nueve meses transfigurándose en el defensor de los pobres. De héroe de traspatio, pasó a héroe histórico y trascendental. No buscaba el poder por ambiciones personales, sino para corregir los defectos todos de nuestra historia. Él pondría bien lo que estaba mal. Corregiría injusticias y alentaría equidades. Era el salvador; el guía esperado; el indestructible; el rayo de esperanza; el líder de una nueva revolución; el único que podía quitarle algo a los ricos para que los pobres fueran menos pobres. ¿Cómo podía perder en una elección democrática, libre, limpia?
Entiéndaselo: hay fraude, y un fraude enorme e inconcebible, porque un héroe tan limpio, tan comprometido, tan honesto, no puede perder ante las fuerzas del mal. Si los votos emitidos dicen otra cosa, los votos están mal y, dicho sea de paso, todas las instituciones que participaron o puedan participar en el enredo están embarradas en lo mismo, como el IFE y el Tribunal Electoral de la Federación. Ahora ya sabemos que contar voto por voto tampoco es la solución. La elección será admisible sólo si se inclina, subyugada, ante el héroe redentor.
Por desgracia el cuento cae en contradicciones y absurdos que lo hacen inaceptable. Vaya una observación totalmente elemental: ¿cómo sabemos en un match de lucha libre quiénes son los buenos y quiénes los malos? Fácil: los buenos, los héroes, quieren ganar sin hacer porquerías. Confían en su destreza y su atletismo. Su apuesta al triunfo está en que son mejores luchadores. La de López Obrador está en el rodillazo en la ingle; en el chile piquín frotado en los ojos del contrario; en bloquear Reforma; en mandar a sus terroristas menores -por supuesto fingiendo que no sabe nada-, a tomar casetas carreteras e instituciones financieras y electorales. Sus técnicas no son las del héroe impoluto que pretende fingirse víctima crucificable, sino las del bárbaro desesperado que quiere ganar a toda costa, aun en contra de la opinión del público.
López Obrador no es un héroe, sino un pobre demagogo desquiciado y ambicioso. En la lucha que le ha declarado a la población capitalina, él es el victimario. Las víctimas hay que buscarlas en los trabajadores que serán despedidos a causa del bloqueo; en los millones de horas perdidas por transeúntes y conductores; en quienes saben que es impredecible llegar a cualquier lado; en quienes vivimos en esta ciudad y no podemos habitarla; en quienes entienden que la ciudad está de rehén no de una solución, sino de las ambiciones tropicales más elementales.
Camacho y compañía, presidentes
Carlos Puig
Milenio - Historias del más allá
12/08/06
Richard Nixon presentó su renuncia a la presidencia de Estados Unidos el 8 de agosto de 1974. Tal vez porque la versión del escándalo que lo llevó a esa decisión que más se conoce es la película de Redford y Pacino, se ha esparcido la confusión de que fue consecuencia inmediata del descubrimiento de espionaje que se hacía en las oficinas del partido demócrata en el edifico Watergate en Washington.
En realidad pasaron dos años y meses entre ambos hechos.
En medio hubo cientos de artículos, acciones del Congreso, un fiscal especial, la revelación de cientos de horas de grabaciones en la oficina Oval, renuncias de otros personajes y sobre todo, la obstinación de Nixon de que él no había hecho nada malo.
Sólo cuando miembros de su propio partido en la Cámara de representantes y el Senado, aliados de Nixon durante esos dos años, le anunciaron al presidente que los había perdido para su causa, fue que Nixon decidió ceder y renunciar.
Margaret Thatcher, La dama de hierro, llegó al poder en 1979. En once años transformó a la Gran Bretaña desde una perspectiva conservadora. En mancuerna con Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos, revitalizo a los partidos de derecha en el mundo.
Para 1990, cuando decidió no presentarse a la reelección, la economía británica ya llevaba años en problemas. Las diferencias sociales se habían agravado mucho tiempo atrás y las calles inglesas estaban llenas de protestas antithatcherianas. Pero la Thatcher no concedió su lugar hasta que su propio partido le dijo adiós. Simbólicamente, Sir Geoffrey Howe, uno de sus más fervorosos aliados y en esos momentos Viceprimer Ministro renunció al gabinete en protesta por la política de Thatcher hacia Europa. Sólo así, La dama de hierro entendió que era hora de irse.
Estos dos son sólo ejemplos famosos de cómo en la lógica de la política y el poder, los adversarios importan menos de lo que a veces pensamos, y son los aliados a los que hay que estar atentos.
Los amigos de López Obrador se pueden ahorrar los correos. No trato de comparar a AMLO con Nixon o Thatcher sino con la lógica de cómo ha funcionado el fin de los líderes de movimientos políticos aferrados a su causa, sólo para tratar de adivinar cómo podría terminar el impasse que hoy se vive en México.
Todo indica que el resultado del recuento será el mismo que el del IFE. Que las variaciones para uno y otro candidato estarán dentro de la estadística de errores posibles cuando miles de manos cuentan millones de votos contra reloj.
Es claro también que el recuento no solventará las demandas de López Obrador ni levantará los bloqueos, ni detendrá las “acciones de resistencia civil”.
También parece cierto que el Tribunal no anulará la elección, ni se meterá a analizar los argumentos de una “elección de Estado” con base en las intervenciones de Fox o de los empresarios; y declarará Presidente electo a Calderón. Lo cual sólo calentará más el ambiente.
Y como también parece claro que el gobierno federal no quiere meter mucho las manos y menos intervenir con la fuerza policíaca (aunque todo tiene un límite), la situación tenderá a empeorar. Será un primero de septiembre de locura.
El rumbo que propondrá López Obrador es predecible. Como le dijo a Elena Poniatowska esta semana, es ahora cuando se siente mejor, cuando dice lo que en verdad cree y siente. No tiene que guardarse cosas como cuando era candidato. Y lo que AMLO quiere no pasa por los tribunales, ni por las minucias electorales, ni por esas formalidades. Hay que tirar el país a la basura y construir otro. Se siente robado por los poderosos y eso no le permitirá. En otras palabras, AMLO apuesta a los trancazos. Al triunfo absoluto o la represión jurídica o violenta de su movimiento. No hay matices. Sería muy estúpido dudar que el líder perredista va a estirar y tensar la situación hasta que gane o reviente, siendo más probable la segunda que la primera.
Sus “adversarios” pueden hacer poco para frenar este impulso como no sea la capitulación. No está en sus manos. No hay negociación posible frente a la revolución. Calderón podría cambiar de partido, implementar completo el programa de AMLO, volverse tabasqueño, ateo, escupir públicamente a Roberto Hernández, meter a la cárcel a Elba; y AMLO seguiría en las calles.
El futuro del conflicto está en manos de los más cercanos a AMLO. Sólo cuando ellos lo abandonen, o duden, el líder perderá fuerza. Camacho, Monreal, Ebrard, Arreola y compañía son los únicos que pueden afectar el destino de la crisis.
Ni siquiera el PRD tiene mucho que decir, marginado de cualquier debate o decisión. Tampoco los intelectuales que le son afines; silenciados y algunos insultados cuando se atrevieron a cuestionar la decisión de los bloqueos.
Esa es la paradoja del dos de julio: el destino del país está en manos de ese grupo. De cómo se comporten frente a su caudillo en las próximas semanas dependerá el México del futuro. Como si hubieran ganado las elecciones.
Milenio - Historias del más allá
12/08/06
Richard Nixon presentó su renuncia a la presidencia de Estados Unidos el 8 de agosto de 1974. Tal vez porque la versión del escándalo que lo llevó a esa decisión que más se conoce es la película de Redford y Pacino, se ha esparcido la confusión de que fue consecuencia inmediata del descubrimiento de espionaje que se hacía en las oficinas del partido demócrata en el edifico Watergate en Washington.
En realidad pasaron dos años y meses entre ambos hechos.
En medio hubo cientos de artículos, acciones del Congreso, un fiscal especial, la revelación de cientos de horas de grabaciones en la oficina Oval, renuncias de otros personajes y sobre todo, la obstinación de Nixon de que él no había hecho nada malo.
Sólo cuando miembros de su propio partido en la Cámara de representantes y el Senado, aliados de Nixon durante esos dos años, le anunciaron al presidente que los había perdido para su causa, fue que Nixon decidió ceder y renunciar.
Margaret Thatcher, La dama de hierro, llegó al poder en 1979. En once años transformó a la Gran Bretaña desde una perspectiva conservadora. En mancuerna con Ronald Reagan, presidente de Estados Unidos, revitalizo a los partidos de derecha en el mundo.
Para 1990, cuando decidió no presentarse a la reelección, la economía británica ya llevaba años en problemas. Las diferencias sociales se habían agravado mucho tiempo atrás y las calles inglesas estaban llenas de protestas antithatcherianas. Pero la Thatcher no concedió su lugar hasta que su propio partido le dijo adiós. Simbólicamente, Sir Geoffrey Howe, uno de sus más fervorosos aliados y en esos momentos Viceprimer Ministro renunció al gabinete en protesta por la política de Thatcher hacia Europa. Sólo así, La dama de hierro entendió que era hora de irse.
Estos dos son sólo ejemplos famosos de cómo en la lógica de la política y el poder, los adversarios importan menos de lo que a veces pensamos, y son los aliados a los que hay que estar atentos.
Los amigos de López Obrador se pueden ahorrar los correos. No trato de comparar a AMLO con Nixon o Thatcher sino con la lógica de cómo ha funcionado el fin de los líderes de movimientos políticos aferrados a su causa, sólo para tratar de adivinar cómo podría terminar el impasse que hoy se vive en México.
Todo indica que el resultado del recuento será el mismo que el del IFE. Que las variaciones para uno y otro candidato estarán dentro de la estadística de errores posibles cuando miles de manos cuentan millones de votos contra reloj.
Es claro también que el recuento no solventará las demandas de López Obrador ni levantará los bloqueos, ni detendrá las “acciones de resistencia civil”.
También parece cierto que el Tribunal no anulará la elección, ni se meterá a analizar los argumentos de una “elección de Estado” con base en las intervenciones de Fox o de los empresarios; y declarará Presidente electo a Calderón. Lo cual sólo calentará más el ambiente.
Y como también parece claro que el gobierno federal no quiere meter mucho las manos y menos intervenir con la fuerza policíaca (aunque todo tiene un límite), la situación tenderá a empeorar. Será un primero de septiembre de locura.
El rumbo que propondrá López Obrador es predecible. Como le dijo a Elena Poniatowska esta semana, es ahora cuando se siente mejor, cuando dice lo que en verdad cree y siente. No tiene que guardarse cosas como cuando era candidato. Y lo que AMLO quiere no pasa por los tribunales, ni por las minucias electorales, ni por esas formalidades. Hay que tirar el país a la basura y construir otro. Se siente robado por los poderosos y eso no le permitirá. En otras palabras, AMLO apuesta a los trancazos. Al triunfo absoluto o la represión jurídica o violenta de su movimiento. No hay matices. Sería muy estúpido dudar que el líder perredista va a estirar y tensar la situación hasta que gane o reviente, siendo más probable la segunda que la primera.
Sus “adversarios” pueden hacer poco para frenar este impulso como no sea la capitulación. No está en sus manos. No hay negociación posible frente a la revolución. Calderón podría cambiar de partido, implementar completo el programa de AMLO, volverse tabasqueño, ateo, escupir públicamente a Roberto Hernández, meter a la cárcel a Elba; y AMLO seguiría en las calles.
El futuro del conflicto está en manos de los más cercanos a AMLO. Sólo cuando ellos lo abandonen, o duden, el líder perderá fuerza. Camacho, Monreal, Ebrard, Arreola y compañía son los únicos que pueden afectar el destino de la crisis.
Ni siquiera el PRD tiene mucho que decir, marginado de cualquier debate o decisión. Tampoco los intelectuales que le son afines; silenciados y algunos insultados cuando se atrevieron a cuestionar la decisión de los bloqueos.
Esa es la paradoja del dos de julio: el destino del país está en manos de ese grupo. De cómo se comporten frente a su caudillo en las próximas semanas dependerá el México del futuro. Como si hubieran ganado las elecciones.
Manifiesto
Jaime Sánchez Susarrey
Reforma
12 de Agosto del 2006
No, no es una broma ni un sainete mal organizado. López Obrador es mucho más que un muchacho malcriado y berrinchudo. Su estrategia está bien trazada. Los campamentos, los plantones, las manifestaciones y los bloqueos tienen un objetivo preciso: presionar al Tribunal Electoral y crear tensiones y conflictos. El escenario de la ingobernabilidad es el último peldaño que pretende alcanzar. Pero él sabe que para llegar ahí hay que ir escalón por escalón.
La demanda de contar voto por voto es sólo una consigna que le sirve para atacar a Felipe Calderón y para movilizar a sus huestes. Porque él y sus asesores saben que los 240 mil votos a favor de Calderón no podrán ser revertidos.
No debe sorprender, en consecuencia, que el Peje haya descalificado el recuento y se niegue desde ahora a reconocer su validez. Pero lo que vale para este conteo parcial también se aplica al recuento que él exigía de las más de 130 mil casillas. A pregunta expresa: ¿reconocerá usted la victoria de Calderón si el recuento global confirma su triunfo? Respondió categórico: la elección está viciada de origen, Felipe Calderón jamás será un Presidente legítimo.
No hay, pues, ningún misterio. López Obrador acatará el fallo del Trife sólo si: a) modifica los resultados generales y le otorga a él la victoria, cosa que es materialmente imposible; b) anula las elecciones por considerar que hubo iniquidad en la contienda (la famosa causal de nulidad abstracta). De no ser éste el caso, desconocerá la legalidad de todo el proceso y denunciará a los siete magistrados por someterse a los dictados de “los de arriba”. El Tribunal pasará así a formar parte del complot en contra suya.
Conforme pasa el tiempo parece cada vez más improbable que el fallo del Trife se ajuste a las expectativas de AMLO. Por eso su discurso está girando a posiciones más radicales. En los 10 puntos que publicó el martes 8 de agosto hay varias tesis que merecen ser subrayadas: 1) un grupo muy poderoso de privilegiados manda en México; 2) hicieron todo para impedir el triunfo de la coalición; 3) el 2 de julio recurrieron a la falsificación de actas y a la alteración de los resultados, es decir, cometieron un gran fraude.
Y finalmente, el corolario: “En el fondo, quieren que aceptemos sin chistar la desigualdad, la pobreza, el desempleo, la migración, los salarios de hambre, el cierre de espacios en las universidades públicas, la aprobación del IVA en medicinas y alimentos, la privatización de la seguridad social, de la industria eléctrica y del petróleo; y permitir que den el golpe definitivo a millones de productores con la libre importación de maíz y frijol del extranjero”.
Desde su perspectiva no hay vuelta de hoja. La elección le fue arrebatada a la mala. La imposición de Calderón atenta contra los intereses de la mayoría y de la nación misma. Por eso, en el momento en que el Tribunal falle y la vía legal quede definitivamente cancelada, habrá que optar por vías alternas para “defender la democracia y todo lo que ello implica”.
La lógica del planteamiento es perfectamente clara: es un llamado a la insurrección contra el orden existente para emprender una “renovación de las instituciones y una purificación de la vida pública”. Semejante tesis, aquí y en China, es de naturaleza revolucionaria. Porque su punto de partida es muy simple: el orden institucional ha sido violentado y la vía legal ha quedado cancelada; sólo mediante las movilizaciones y la acción directa se puede defender a la patria y al pueblo de los grupos de poder.
La temperatura va a subir en los días y semanas que vienen. AMLO no miente cuando dice que no se va a quedar con los brazos cruzados. Las movilizaciones, los plantones y los bloqueos se van a multiplicar. Hoy la consigna es el conteo voto por voto; mañana, una vez que el Trife concluya sus labores, el objetivo será impedir que Calderón tome posesión como Presidente de la República y obstruir al nuevo gobierno.
Lo que hemos visto hasta ahora: la toma de Reforma, Juárez y el Zócalo, además de los bloqueos a empresas, bancos y carreteras, es apenas una probadita de lo que vendrá. Hay quienes insisten en que el PRD se está debilitando y se debilitará aun más con esas acciones, ya que muchos ciudadanos las condenan. Sin embargo, eso tampoco es relevante. La apuesta del Peje ya no es por las mayorías ni por el voto de los ciudadanos. En ese campo ya perdió.
Su apuesta es a las corrientes más duras y radicales del PRD; los que le son incondicionales y están dispuestos a movilizarse e infringir la ley. De ahí la reaparición de Dolores Padierna en las tareas del recuento de votos. Porque para sitiar al Distrito Federal y otras ciudades no se necesitan millones de ciudadanos, bastan pequeñas organizaciones bien disciplinadas y dirigidas con inteligencia. Ésa es la lógica de todos los movimientos revolucionarios. Lo experimentó Lenin con los bolcheviques en 1917 y lo reeditó, en otro contexto, Fidel Castro en 1959.
Por otra parte, el gobierno de la Ciudad de México se ha puesto ya al servicio incondicional de AMLO. A Encinas no le importa la ley ni la afectación de los ciudadanos. Y por si fuera poco, existen otros elementos que complicarán aun más las cosas. La posibilidad de que los grupos armados clandestinos se sumen a la protesta es real. Basta recordar que en 1994 irrumpieron violentamente en el contexto del levantamiento del EZLN. Amén de que el crimen organizado, particularmente los cárteles del narcotráfico, verían con muy buenos ojos el debilitamiento del gobierno y del Estado mexicano.
El enfrentamiento es ya inevitable. Más vale verlo y prevenirlo, a que nos tome a todos por sorpresa.
Reforma
12 de Agosto del 2006
No, no es una broma ni un sainete mal organizado. López Obrador es mucho más que un muchacho malcriado y berrinchudo. Su estrategia está bien trazada. Los campamentos, los plantones, las manifestaciones y los bloqueos tienen un objetivo preciso: presionar al Tribunal Electoral y crear tensiones y conflictos. El escenario de la ingobernabilidad es el último peldaño que pretende alcanzar. Pero él sabe que para llegar ahí hay que ir escalón por escalón.
La demanda de contar voto por voto es sólo una consigna que le sirve para atacar a Felipe Calderón y para movilizar a sus huestes. Porque él y sus asesores saben que los 240 mil votos a favor de Calderón no podrán ser revertidos.
No debe sorprender, en consecuencia, que el Peje haya descalificado el recuento y se niegue desde ahora a reconocer su validez. Pero lo que vale para este conteo parcial también se aplica al recuento que él exigía de las más de 130 mil casillas. A pregunta expresa: ¿reconocerá usted la victoria de Calderón si el recuento global confirma su triunfo? Respondió categórico: la elección está viciada de origen, Felipe Calderón jamás será un Presidente legítimo.
No hay, pues, ningún misterio. López Obrador acatará el fallo del Trife sólo si: a) modifica los resultados generales y le otorga a él la victoria, cosa que es materialmente imposible; b) anula las elecciones por considerar que hubo iniquidad en la contienda (la famosa causal de nulidad abstracta). De no ser éste el caso, desconocerá la legalidad de todo el proceso y denunciará a los siete magistrados por someterse a los dictados de “los de arriba”. El Tribunal pasará así a formar parte del complot en contra suya.
Conforme pasa el tiempo parece cada vez más improbable que el fallo del Trife se ajuste a las expectativas de AMLO. Por eso su discurso está girando a posiciones más radicales. En los 10 puntos que publicó el martes 8 de agosto hay varias tesis que merecen ser subrayadas: 1) un grupo muy poderoso de privilegiados manda en México; 2) hicieron todo para impedir el triunfo de la coalición; 3) el 2 de julio recurrieron a la falsificación de actas y a la alteración de los resultados, es decir, cometieron un gran fraude.
Y finalmente, el corolario: “En el fondo, quieren que aceptemos sin chistar la desigualdad, la pobreza, el desempleo, la migración, los salarios de hambre, el cierre de espacios en las universidades públicas, la aprobación del IVA en medicinas y alimentos, la privatización de la seguridad social, de la industria eléctrica y del petróleo; y permitir que den el golpe definitivo a millones de productores con la libre importación de maíz y frijol del extranjero”.
Desde su perspectiva no hay vuelta de hoja. La elección le fue arrebatada a la mala. La imposición de Calderón atenta contra los intereses de la mayoría y de la nación misma. Por eso, en el momento en que el Tribunal falle y la vía legal quede definitivamente cancelada, habrá que optar por vías alternas para “defender la democracia y todo lo que ello implica”.
La lógica del planteamiento es perfectamente clara: es un llamado a la insurrección contra el orden existente para emprender una “renovación de las instituciones y una purificación de la vida pública”. Semejante tesis, aquí y en China, es de naturaleza revolucionaria. Porque su punto de partida es muy simple: el orden institucional ha sido violentado y la vía legal ha quedado cancelada; sólo mediante las movilizaciones y la acción directa se puede defender a la patria y al pueblo de los grupos de poder.
La temperatura va a subir en los días y semanas que vienen. AMLO no miente cuando dice que no se va a quedar con los brazos cruzados. Las movilizaciones, los plantones y los bloqueos se van a multiplicar. Hoy la consigna es el conteo voto por voto; mañana, una vez que el Trife concluya sus labores, el objetivo será impedir que Calderón tome posesión como Presidente de la República y obstruir al nuevo gobierno.
Lo que hemos visto hasta ahora: la toma de Reforma, Juárez y el Zócalo, además de los bloqueos a empresas, bancos y carreteras, es apenas una probadita de lo que vendrá. Hay quienes insisten en que el PRD se está debilitando y se debilitará aun más con esas acciones, ya que muchos ciudadanos las condenan. Sin embargo, eso tampoco es relevante. La apuesta del Peje ya no es por las mayorías ni por el voto de los ciudadanos. En ese campo ya perdió.
Su apuesta es a las corrientes más duras y radicales del PRD; los que le son incondicionales y están dispuestos a movilizarse e infringir la ley. De ahí la reaparición de Dolores Padierna en las tareas del recuento de votos. Porque para sitiar al Distrito Federal y otras ciudades no se necesitan millones de ciudadanos, bastan pequeñas organizaciones bien disciplinadas y dirigidas con inteligencia. Ésa es la lógica de todos los movimientos revolucionarios. Lo experimentó Lenin con los bolcheviques en 1917 y lo reeditó, en otro contexto, Fidel Castro en 1959.
Por otra parte, el gobierno de la Ciudad de México se ha puesto ya al servicio incondicional de AMLO. A Encinas no le importa la ley ni la afectación de los ciudadanos. Y por si fuera poco, existen otros elementos que complicarán aun más las cosas. La posibilidad de que los grupos armados clandestinos se sumen a la protesta es real. Basta recordar que en 1994 irrumpieron violentamente en el contexto del levantamiento del EZLN. Amén de que el crimen organizado, particularmente los cárteles del narcotráfico, verían con muy buenos ojos el debilitamiento del gobierno y del Estado mexicano.
El enfrentamiento es ya inevitable. Más vale verlo y prevenirlo, a que nos tome a todos por sorpresa.
11 de agosto de 2006
¿Qué ocurrió el 2 de julio?
Tal y como lo publicó Sociedad en Movimiento en su desplegado del 27 de julio, lo primero que debemos decir respecto a lo que ocurrió el 2 de julio es que "La Jornada Electoral fue Ejemplar" y felicitarnos todos por ello.
Y los elementos para sustentarlo, así como los detalles de lo que ocurrió el 2 de julio están presentados en una cápusla de 8 minutos que nos explica por qué es prácticamente imposible el fraude electoral y cómo ya fueron contados los sufragios, voto X voto, casilla X casilla.
Y los elementos para sustentarlo, así como los detalles de lo que ocurrió el 2 de julio están presentados en una cápusla de 8 minutos que nos explica por qué es prácticamente imposible el fraude electoral y cómo ya fueron contados los sufragios, voto X voto, casilla X casilla.
Basta
Ezra Shabot
Reforma
11 de Agosto del 2006
La Ciudad de México fue tomada como rehén por su propio jefe de Gobierno, al estilo de las mafias que amenazaban y brindaban protección a sus clientes
La vida democrática institucional se caracteriza por poseer instrumentos de negociación lo suficientemente poderosos como para soportar conflictos agudos y largos y encontrar soluciones viables. El problema postelectoral, derivado de comicios cerrados y una campaña agresiva previa, llegó a su clímax en el momento en que el candidato de la coalición Por el Bien de Todos asumió el resultado como un desafío personal y se apropió no sólo de las instancias propias de su partido, sino del movimiento en su totalidad. Habiendo considerado a todo el sistema político-electoral como producto de la conspiración, una sola pieza quedaba con posibilidades de ser reconocida en su integridad ética, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
La resolución emitida el sábado pasado por esa instancia jurídica, según la cual el proceso electoral se desarrolló de acuerdo a los procedimientos reconocidos legalmente, y por lo tanto sí existió certeza sobre el resultado emitido, canceló la posibilidad de un conteo total de los votos. En ese momento el Tribunal dejó de ser la tabla de salvación de la coalición, para incorporarse al grupo de corruptos y conspiradores conformado prácticamente por todos aquellos no dispuestos a reconocer la victoria ficticia de López Obrador. Con cada evento que reafirma la validez del proceso electoral, la mente del líder mesiánico crea nuevos episodios de la leyenda de la conspiración.
Desde los imaginarios diálogos de Salinas con Calderón y Fox, hasta los correos electrónicos de César Nava con Juan Molinar en donde se reproducen los criterios del Tribunal Electoral, la mentalidad persecutoria de López Obrador se asemeja a la de los fiscales de la Gestapo y la KGB, en donde cualquier acontecimiento común y corriente se convertía en una prueba irrefutable de la culpabilidad de los conspiradores. No en vano, la figura de Stalin está presente en el Zócalo como símbolo de una parte del movimiento encabezado por el tabasqueño.
El bloqueo de Reforma como demostración de fuerza no es producto de un acto de resistencia civil en contra de un régimen autoritario y antidemocrático, como aquellos encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Clouthier entre otros. Es, por el contrario, una agresión inclemente en contra de las instituciones de una democracia notablemente imperfecta, por parte de aquellos que, desde el autoritarismo mismo, se alzan como redentores de la sociedad. No es fortuito que el mismo Cuauhtémoc Cárdenas, su hijo Lázaro y algunos otros rechacen las medidas de fuerza por considerarlas contrarias al interés de su propio partido.
El PRD construyó a través de López Obrador su opción para llegar al poder, pero terminó por perder el partido mismo en manos de un Frankenstein que sin contrapeso alguno toma decisiones, paraliza la ciudad y amenaza con incendiar al país en nombre de la democracia. El ejercicio permanente de preguntarle a la masa aquello que él ha decidido previamente, es un indicador claro de que las instancias del partido han desaparecido y que nada ni nadie detienen al desilusionado déspota. Sin embargo, ha llegado la hora de que esta democracia imperfecta ponga un alto a la desmedida voracidad del caudillo.
La Ciudad de México ha sido semiparalizada por su propio gobierno, en un acto de vergonzosa concentración excesiva del poder que, entre otras cosas, demuestra la pequeñez de un político como Alejandro Encinas, cuya actuación es similar a la de un jefe de la mafia que negocia la protección para sus clientes cautivos. Una vez que dentro de unos días el Tribunal Electoral emita su dictamen definitivo, llegará el momento de aplicar la ley, y actuar en consecuencia sin temer las acusaciones de represión. La memoria histórica de los ciudadanos es corta, pero dentro de tres años, al acercarse el próximo proceso electoral habrá que recordar los abusos de aquellos que intentaron sabotear la democracia mexicana. Basta.
Reforma
11 de Agosto del 2006
La Ciudad de México fue tomada como rehén por su propio jefe de Gobierno, al estilo de las mafias que amenazaban y brindaban protección a sus clientes
La vida democrática institucional se caracteriza por poseer instrumentos de negociación lo suficientemente poderosos como para soportar conflictos agudos y largos y encontrar soluciones viables. El problema postelectoral, derivado de comicios cerrados y una campaña agresiva previa, llegó a su clímax en el momento en que el candidato de la coalición Por el Bien de Todos asumió el resultado como un desafío personal y se apropió no sólo de las instancias propias de su partido, sino del movimiento en su totalidad. Habiendo considerado a todo el sistema político-electoral como producto de la conspiración, una sola pieza quedaba con posibilidades de ser reconocida en su integridad ética, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
La resolución emitida el sábado pasado por esa instancia jurídica, según la cual el proceso electoral se desarrolló de acuerdo a los procedimientos reconocidos legalmente, y por lo tanto sí existió certeza sobre el resultado emitido, canceló la posibilidad de un conteo total de los votos. En ese momento el Tribunal dejó de ser la tabla de salvación de la coalición, para incorporarse al grupo de corruptos y conspiradores conformado prácticamente por todos aquellos no dispuestos a reconocer la victoria ficticia de López Obrador. Con cada evento que reafirma la validez del proceso electoral, la mente del líder mesiánico crea nuevos episodios de la leyenda de la conspiración.
Desde los imaginarios diálogos de Salinas con Calderón y Fox, hasta los correos electrónicos de César Nava con Juan Molinar en donde se reproducen los criterios del Tribunal Electoral, la mentalidad persecutoria de López Obrador se asemeja a la de los fiscales de la Gestapo y la KGB, en donde cualquier acontecimiento común y corriente se convertía en una prueba irrefutable de la culpabilidad de los conspiradores. No en vano, la figura de Stalin está presente en el Zócalo como símbolo de una parte del movimiento encabezado por el tabasqueño.
El bloqueo de Reforma como demostración de fuerza no es producto de un acto de resistencia civil en contra de un régimen autoritario y antidemocrático, como aquellos encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas y Manuel Clouthier entre otros. Es, por el contrario, una agresión inclemente en contra de las instituciones de una democracia notablemente imperfecta, por parte de aquellos que, desde el autoritarismo mismo, se alzan como redentores de la sociedad. No es fortuito que el mismo Cuauhtémoc Cárdenas, su hijo Lázaro y algunos otros rechacen las medidas de fuerza por considerarlas contrarias al interés de su propio partido.
El PRD construyó a través de López Obrador su opción para llegar al poder, pero terminó por perder el partido mismo en manos de un Frankenstein que sin contrapeso alguno toma decisiones, paraliza la ciudad y amenaza con incendiar al país en nombre de la democracia. El ejercicio permanente de preguntarle a la masa aquello que él ha decidido previamente, es un indicador claro de que las instancias del partido han desaparecido y que nada ni nadie detienen al desilusionado déspota. Sin embargo, ha llegado la hora de que esta democracia imperfecta ponga un alto a la desmedida voracidad del caudillo.
La Ciudad de México ha sido semiparalizada por su propio gobierno, en un acto de vergonzosa concentración excesiva del poder que, entre otras cosas, demuestra la pequeñez de un político como Alejandro Encinas, cuya actuación es similar a la de un jefe de la mafia que negocia la protección para sus clientes cautivos. Una vez que dentro de unos días el Tribunal Electoral emita su dictamen definitivo, llegará el momento de aplicar la ley, y actuar en consecuencia sin temer las acusaciones de represión. La memoria histórica de los ciudadanos es corta, pero dentro de tres años, al acercarse el próximo proceso electoral habrá que recordar los abusos de aquellos que intentaron sabotear la democracia mexicana. Basta.
El nuevo muro
Sergio Sarmiento
Reforma
11 de Agosto del 2006
Reforma
11 de Agosto del 2006
"No son quienes emiten los votos los que deciden una elección, sino los que los cuentan".
Stalin
Oídme compañeros. Hemos hecho un gran esfuerzo por ocupar estas calles flanqueadas por los edificios en que conspiran los capitalistas. Por eso es importante que no olvidemos las lecciones del pasado. No queremos caer en los errores de quienes nos han precedido.
En 1961 los gobernantes de la antigua República Democrática Alemana, deseosos de combatir el foco de contaminación capitalista que Berlín occidental representaba en su propio territorio, decidieron construir un muro de 144 kilómetros de extensión alrededor de ese enclave de perdición. Hubo quienes se rieron, pero al final el muro se concluyó y cumplió con su función.
Ya no era posible que los capitalistas lanzaran anzuelos con sueldos generosos a los inocentes habitantes de Alemania oriental. El muro impedía que se marcharan. Y si alguien quería ceder de cualquier manera, la heroica guardia fronteriza se encargaba de acabar a balazos con la tentación.
Ese muro permaneció en pie durante 28 años. Y pudo haberse quedado de manera indefinida de no ser por una traición.
Hoy, quienes peleamos por Andrés Manuel, debemos entender que nuestra obra no puede durar solamente 28 años. Es verdad que el muro del Paseo de la Reforma se aproxima apenas a su segunda semana de vida, pero tenemos que darnos cuenta de que hemos sido demasiado suaves con los burgueses. Todavía hoy se puede cruzar el Paseo de la Reforma a pie en cualquier punto. Y aún hoy hay algunos pasos para atravesarlo en automóvil o transporte público.
Esto debe terminar. Si realmente queremos ser serios en nuestra lucha por la democracia, ¿por qué detenernos en este bloqueo lleno de agujeros? ¿Por qué no cerrar el Periférico y el paso a desnivel de Arquímedes. ¿Por qué no bloquear el cruce de Insurgentes? ¿Por qué no prohibir también el paso peatonal por Reforma?
Yo sé que son medidas drásticas, pero el fin justifica los medios. Con estas acciones castigaríamos a los burgueses que por millones se unieron al complot que buscaba cerrarle el paso a la Presidencia de la República a nuestro Gran Líder.
Si queremos realmente expresar nuestra furia por el despojo a Andrés Manuel, ¿por qué no ampliar el bloqueo? Podríamos, de hecho, ir más allá de la ciudad. Con el tiempo construiríamos un gran muro desde el Pacífico hasta el Golfo. La experiencia técnica ya la obtuvimos con el segundo piso del Periférico. Con este muro lograríamos que los habitantes de los estados seducidos por la ultraderecha, estados burgueses como Baja California, Nuevo León, Coahuila, Jalisco o Tamaulipas, quedaran separados para siempre de los estados del sur que sí han visto el rayito de esperanza de la honestidad valiente.
Por supuesto que habrá gente que se moleste si levantamos ese muro. Pero no debéis preocuparos. La molestia se desvanecerá tarde o temprano. Sólo tenemos que pedir disculpas por las molestias ocasionadas por la construcción de la democracia. La gente de buena fe las aceptará; y por el rechazo podremos identificar a los miembros del Yunque y de la ultraderecha, contra los cuales ya tomaremos las medidas adecuadas.
No debemos preocuparnos por lo que pueda hacer el Presidente. Él tiene un helicóptero para moverse. Y Alejandro Encinas, ése que dice estar en desacuerdo con el bloqueo del centro del Distrito Federal por la peregrina idea de que la responsabilidad del gobernante es defender los intereses de los gobernados, no nos importunará demasiado. Tendrá que seguir obedeciendo las órdenes de nuestro Gran Líder y dará dinero para financiar la construcción del muro. Él sabe que se quedará sin empleo el próximo 6 de diciembre.
Imaginaos el muro magnífico que podremos construir. Será una valiente barrera para mantener el control del territorio que ya hemos conquistado y que impedirá que esos bárbaros del norte, que comen carne asada y admiran a los gringos, nos contaminen.
De nuestro lado tendremos a todos los próceres de la democracia: a Manuel Bartlett, a Manuel Camacho, a Arturo Núñez, a Ricardo Monreal, a Marcelo Ebrard. No pasará mucho tiempo para que Carlos Salinas de Gortari se una a nuestro esfuerzo.
No os dejéis convencer por los emisarios del pasado que afirman que el muro de Berlín fue un fracaso. Ese muro sólo cayó porque un gobernante débil, Mijaíl Górbachev, llegó al poder en la Unión Soviética. Si Stalin no hubiera muerto, el muro se mantendría de pie. Por eso hoy recordamos su memoria en nuestros campamentos del Paseo de la Reforma. Y por eso hoy le deseamos al comandante Fidel Castro una pronta recuperación de su enfermedad.
Nosotros no fallaremos. Hemos tomado la iniciativa. El nuevo muro será el símbolo de nuestra resolución. ¿Quién vota por construirlo?
Chiapas
Francisco Rojas del PAN y Emilio Zebadúa de Nueva Alianza renunciaron ayer a sus candidaturas al gobierno de Chiapas para apoyar al priista José Antonio Aguilar Bodegas. Habrá sin duda un costo importante para los dos primeros partidos, que verán su presencia legislativa reducida a un mínimo en la elección del 20 de agosto por no tener candidatos al Ejecutivo. No es claro, sin embargo, si esta alianza de último momento será suficiente para derrotar a Juan Sabines, el ex priista que hoy es candidato de la alianza Por el Bien de Todos. Sabines cuenta con el apoyo abierto del gobernador Pablo Salazar, el cual, paradójicamente, está peleado con Andrés Manuel López Obrador.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
Justicia electoral
Carlos Elizondo Mayer-Serra
Reforma
11 de Agosto del 2006
Terminado el conteo ordenado por el Tribunal, cuando éste integre los datos y determine qué corresponde hacer, conoceremos el grado de limpieza de la jornada electoral. Si bien se trata de sólo el 9 por ciento de las casillas, están concentradas en los estados donde el PRD presentó pruebas más creíbles de posibles irregularidades. Dentro de este grupo se encuentran muchas en los estados gobernados por el PAN, donde López Obrador perdió por mayor margen.
El PRD y sus aliados deberían haber celebrado la decisión de recuento parcial. Dicen querer contar nuevamente todo porque sus adversarios recurrieron, como escribió recientemente López Obrador, a la "falsificación de actas y alterar burdamente los resultados". Si así fue se verá en el conteo de estas casillas, y no como unos cuantos errores, sino con contundencia. En un escenario de fraude como el imaginado por el PRD, este conteo parcial podría revertir el resultado y darle el triunfo a su candidato.
Era la oportunidad para esperar que las pruebas hablaran por sí solas. Esa estrategia, sin embargo, comporta un riesgo: que las irregularidades sean menores y aisladas, que nuevamente la acusación del fraude no resista el peso de la realidad, y entonces tener que conceder la derrota. Por ello, en lugar de esperar a que las instituciones hagan su trabajo han decidido aumentar la presión.
Para el PAN, quien ha dicho que aceptará cualquier decisión del Tribunal, es un escenario donde corre el riesgo de ganar poco con cualquier desenlace. Si la elección tuvo problemas, se revelarán sobre todo en las casillas donde gobierna y tuvo representantes. No en aquellas en las que no lo hace y tampoco tuvo representantes. El conteo voto por voto les daría mayor certidumbre al también tomar en cuenta donde López Obrador arrasó.
Sin embargo, si el conteo parcial muestra que no hubo problemas serios, no parece que vaya a ser suficiente para la mayoría de quienes ya hicieron de su grito de lucha el voto por voto. Ya dejamos atrás una discusión racional basada en los hechos. Incluso, si el nuevo conteo fuera similar al primero, muy pronto esa "extraña" similitud podría convertirse en la nueva "prueba" del fraude.
Al PRD no parece interesarle procesar las diferencias dentro de las instituciones, ni con un Tribunal en cuya definición y selección de sus magistrados participó. Por ello, ya fueron más allá de lo prometido por López Obrador en su primera "asamblea informativa", cuando dijo con toda claridad que buscaría no hacer daño a terceros. Una disculpa por las molestias causadas intencionalmente, como es el caso de acampar en Reforma, no subsana la violación de los derechos de terceros.
En México tenemos, por decir lo menos, una relación ambigua con el Estado de derecho. Es usual la sospecha de que impera la máxima atribuida a Porfirio Díaz de que "para mis amigos, justicia y gracia; para mis enemigos justicia a secas". Sólo así se puede tratar de entender, aunque no justificar, el que un actor político importante de un partido que ha aceptado en sus estatutos respetar la Constitución, y que por eso tiene registro y cobra prerrogativas, pueda criticar al presidente de la Suprema Corte por haber dicho que el derecho y las reglas "deben estar por encima de los caprichos individuales".
Así debería ser. Desgraciadamente, sin embargo, no sólo nuestras leyes permiten a ciertos individuos que han cometido crímenes evidentes evitar pisar la cárcel si cuentan con buenos abogados, algo que tendría que estar en la agenda de reformas inmediatas; sino que nuestro frágil Estado no tiene instrumentos adecuados para evitar que grupos organizados violen sistemáticamente la ley.
La situación es similar a la de la toma de la UNAM por parte del CGH. El gobierno de entonces permitió innumerables ilegalidades ante la protesta de muchos actores contrarios al movimiento. Sólo actuó cuando la imagen del movimiento estaba desgastada, por su necedad y por sus propios actos violentos. Pero cuando la PFP desalojó al CGH de la UNAM lo hizo con pulcritud. Un muerto habría bastado para poner en riesgo las elecciones del 2000.
El conteo parcial dirá mucho sobre el control del proceso. Si hay irregularidades mayores, tendremos que pensar en aún más candados y controles. No es fácil imaginarse cuáles. Pero si no hay diferencias importantes, el problema en el que estamos no será una cuestión de nuevas leyes electorales, aunque sin duda hay mucho que mejorar en materia de financiamiento y representación, por citar sólo dos temas, sino de actores que las respeten.
Se ha mencionado, por ejemplo, que con una segunda vuelta no enfrentaríamos la actual incertidumbre. Dependería de cómo votaran los mexicanos. Con un margen cerrado habría también un problema serio si el perdedor no acepta serlo por una diferencia pequeña. Salvo que estemos pensando en reformas surrealistas, como repetir en automático las elecciones cuando la diferencia no sea mayor a un millón de votos, algo que simplemente llevaría el problema a los casos en los que la distancia del milagroso millón de votos sea estrecho, o de plano evitar las molestas votaciones y preguntarle directamente al pueblo en magna asamblea nacional sus sabias preferencias.
elizondoms@yahoo.com.mx
Reforma
11 de Agosto del 2006
Terminado el conteo ordenado por el Tribunal, cuando éste integre los datos y determine qué corresponde hacer, conoceremos el grado de limpieza de la jornada electoral. Si bien se trata de sólo el 9 por ciento de las casillas, están concentradas en los estados donde el PRD presentó pruebas más creíbles de posibles irregularidades. Dentro de este grupo se encuentran muchas en los estados gobernados por el PAN, donde López Obrador perdió por mayor margen.
El PRD y sus aliados deberían haber celebrado la decisión de recuento parcial. Dicen querer contar nuevamente todo porque sus adversarios recurrieron, como escribió recientemente López Obrador, a la "falsificación de actas y alterar burdamente los resultados". Si así fue se verá en el conteo de estas casillas, y no como unos cuantos errores, sino con contundencia. En un escenario de fraude como el imaginado por el PRD, este conteo parcial podría revertir el resultado y darle el triunfo a su candidato.
Era la oportunidad para esperar que las pruebas hablaran por sí solas. Esa estrategia, sin embargo, comporta un riesgo: que las irregularidades sean menores y aisladas, que nuevamente la acusación del fraude no resista el peso de la realidad, y entonces tener que conceder la derrota. Por ello, en lugar de esperar a que las instituciones hagan su trabajo han decidido aumentar la presión.
Para el PAN, quien ha dicho que aceptará cualquier decisión del Tribunal, es un escenario donde corre el riesgo de ganar poco con cualquier desenlace. Si la elección tuvo problemas, se revelarán sobre todo en las casillas donde gobierna y tuvo representantes. No en aquellas en las que no lo hace y tampoco tuvo representantes. El conteo voto por voto les daría mayor certidumbre al también tomar en cuenta donde López Obrador arrasó.
Sin embargo, si el conteo parcial muestra que no hubo problemas serios, no parece que vaya a ser suficiente para la mayoría de quienes ya hicieron de su grito de lucha el voto por voto. Ya dejamos atrás una discusión racional basada en los hechos. Incluso, si el nuevo conteo fuera similar al primero, muy pronto esa "extraña" similitud podría convertirse en la nueva "prueba" del fraude.
Al PRD no parece interesarle procesar las diferencias dentro de las instituciones, ni con un Tribunal en cuya definición y selección de sus magistrados participó. Por ello, ya fueron más allá de lo prometido por López Obrador en su primera "asamblea informativa", cuando dijo con toda claridad que buscaría no hacer daño a terceros. Una disculpa por las molestias causadas intencionalmente, como es el caso de acampar en Reforma, no subsana la violación de los derechos de terceros.
En México tenemos, por decir lo menos, una relación ambigua con el Estado de derecho. Es usual la sospecha de que impera la máxima atribuida a Porfirio Díaz de que "para mis amigos, justicia y gracia; para mis enemigos justicia a secas". Sólo así se puede tratar de entender, aunque no justificar, el que un actor político importante de un partido que ha aceptado en sus estatutos respetar la Constitución, y que por eso tiene registro y cobra prerrogativas, pueda criticar al presidente de la Suprema Corte por haber dicho que el derecho y las reglas "deben estar por encima de los caprichos individuales".
Así debería ser. Desgraciadamente, sin embargo, no sólo nuestras leyes permiten a ciertos individuos que han cometido crímenes evidentes evitar pisar la cárcel si cuentan con buenos abogados, algo que tendría que estar en la agenda de reformas inmediatas; sino que nuestro frágil Estado no tiene instrumentos adecuados para evitar que grupos organizados violen sistemáticamente la ley.
La situación es similar a la de la toma de la UNAM por parte del CGH. El gobierno de entonces permitió innumerables ilegalidades ante la protesta de muchos actores contrarios al movimiento. Sólo actuó cuando la imagen del movimiento estaba desgastada, por su necedad y por sus propios actos violentos. Pero cuando la PFP desalojó al CGH de la UNAM lo hizo con pulcritud. Un muerto habría bastado para poner en riesgo las elecciones del 2000.
El conteo parcial dirá mucho sobre el control del proceso. Si hay irregularidades mayores, tendremos que pensar en aún más candados y controles. No es fácil imaginarse cuáles. Pero si no hay diferencias importantes, el problema en el que estamos no será una cuestión de nuevas leyes electorales, aunque sin duda hay mucho que mejorar en materia de financiamiento y representación, por citar sólo dos temas, sino de actores que las respeten.
Se ha mencionado, por ejemplo, que con una segunda vuelta no enfrentaríamos la actual incertidumbre. Dependería de cómo votaran los mexicanos. Con un margen cerrado habría también un problema serio si el perdedor no acepta serlo por una diferencia pequeña. Salvo que estemos pensando en reformas surrealistas, como repetir en automático las elecciones cuando la diferencia no sea mayor a un millón de votos, algo que simplemente llevaría el problema a los casos en los que la distancia del milagroso millón de votos sea estrecho, o de plano evitar las molestas votaciones y preguntarle directamente al pueblo en magna asamblea nacional sus sabias preferencias.
elizondoms@yahoo.com.mx
Luz a luz III
Germán Dehesa
Reforma
11 de Agosto del 2006
Como ya sabrán mis lectores de ayer, esta voz informativa tuvo que hacer el tristísimo, el lamentabilísimo, el ridiculísimo papel de Manuel Bartlett y salir a los medios a decir con voz babeante: se me cayó el sistema. Ese amarguísimo trago ya pasó. En esta media tarde del jueves les puedo informar que, con todo y el largo periodo de ausencia, ya hemos logrado liberar 8 recuerdos y medio y la cantidad de ciudadanos participantes es de 94,396. ¡Aleluya!, créanme que el éxito de este ejercicio de insistencia ciudadana pacífica que a todos nos pertenece me tiene feliz como hace mucho no lo estaba. Por favor, sigan participando, corran la voz y recuerden que, en cuanto liberemos estas 16 imágenes, subiremos otras 16 y así, de 200 mil en 200 mil, creo que lograremos reunir un millón de voces y de voluntades ciudadanas.
Desde el principio anunciamos que se trataba de un juego, pero de un juego muy serio. De lo que se trata es de echar a andar la bola ciudadana y sin tomar partido (que en este caso no es nuestro asunto) recuperar el papel protagónico que en este tortuosísimo proceso nos ha tocado, o nos tocaría ocupar; porque, a ver díganme, ¿para qué los ciudadanos citamos a elecciones?. Respondo: para escoger al grupo de empleados nuestros más presentable posible con el fin de que este grupo se ocupe del bien común (¿oíste, Encinas?) y nos sirva con eficiencia y lealtad a nosotros los ciudadanos. Así las cosas, ahora resulta que los candidatos y todos sus achichincles hablan sin parar; los partidos, los decrépitos, los disfuncionales, los monopólicos partidos no dejan tampoco de argüendear y de asumir poses heroicas y de emitir discursos donde el nombre de Benito Juárez y la palabra democracia comparecen cada tres renglones. Todos hablan menos nosotros que somos los que pagamos íntegra la fiesta y vamos a ser los directamente afectados si este borlote no termina de manera pacífica como tendría que terminar.
Este ejercicio virtual, este plantón cibernético es un primer modo de tomar la palabra y manifestar rotundamente nuestro desacuerdo ante el secuestro de esa Avenida y ese Zócalo que son de todos. Para eso, para despejar la ancha avenida de la democracia, es que hemos encendido nuestra luz.
Creo que es en el libro titulado "Vuelo de Noche" (y si no, algún lector caritativo me corregirá) que Antoine de Saint-Exupery narra hermosamente cómo, a ras de tierra, la luz que se enciende en cada hogar cuando llega la noche, no es más que eso: la luz de determinada casa. Aborda Saint-Exupery su avión, toma altura y mira hacia abajo esas luces aparentemente individuales y dispersas. Ya no lo son; son ahora el dibujo, el río de luz, producido por toda la comunidad de los hombres. En eso estamos, precisamente en eso estamos. Nos hemos dado a la tarea de diseñar un mapa posible de la Ciudad que queremos.
Seguramente estarán entrando ciudadanos de toda la República. Bienvenidos. Esta Ciudad es hospitalaria y generosa. Bueno, digamos que solía serlo y que quiere recuperar esta condición. Pásenle a su Ciudad y dispensen el tiradero. Le estamos dando una alzadita.
Alguno de ustedes preguntará: a ver, díganme ¿este jueguito de los pixeles, del luz a luz, para qué sirve?. Tengo una firme respuesta: el primer requisito para que algo sea, es imaginarlo. Y si somos miles los que nos concentramos en este juego de la imaginación, a la realidad no le quedará más salida que admitirnos.
Entonces, queridos, queridas, no hay que aflojarle; sigamos luz a luz y vayamos mentalizándonos para la megapachanga que hemos de organizar cuando literalmente nos salgamos con la nuestra.
Por lo pronto: HOY TOCA.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCLVl (856)
¿Qué tal durmieron MONTIEL y Jimmy Neutrón con sus notarios?.
Cualquier correspondencia con esta columna foqueadísima, favor de dirigirla a
german@plazadelangel.com.mx (D.R)
Reforma
11 de Agosto del 2006
Como ya sabrán mis lectores de ayer, esta voz informativa tuvo que hacer el tristísimo, el lamentabilísimo, el ridiculísimo papel de Manuel Bartlett y salir a los medios a decir con voz babeante: se me cayó el sistema. Ese amarguísimo trago ya pasó. En esta media tarde del jueves les puedo informar que, con todo y el largo periodo de ausencia, ya hemos logrado liberar 8 recuerdos y medio y la cantidad de ciudadanos participantes es de 94,396. ¡Aleluya!, créanme que el éxito de este ejercicio de insistencia ciudadana pacífica que a todos nos pertenece me tiene feliz como hace mucho no lo estaba. Por favor, sigan participando, corran la voz y recuerden que, en cuanto liberemos estas 16 imágenes, subiremos otras 16 y así, de 200 mil en 200 mil, creo que lograremos reunir un millón de voces y de voluntades ciudadanas.
Desde el principio anunciamos que se trataba de un juego, pero de un juego muy serio. De lo que se trata es de echar a andar la bola ciudadana y sin tomar partido (que en este caso no es nuestro asunto) recuperar el papel protagónico que en este tortuosísimo proceso nos ha tocado, o nos tocaría ocupar; porque, a ver díganme, ¿para qué los ciudadanos citamos a elecciones?. Respondo: para escoger al grupo de empleados nuestros más presentable posible con el fin de que este grupo se ocupe del bien común (¿oíste, Encinas?) y nos sirva con eficiencia y lealtad a nosotros los ciudadanos. Así las cosas, ahora resulta que los candidatos y todos sus achichincles hablan sin parar; los partidos, los decrépitos, los disfuncionales, los monopólicos partidos no dejan tampoco de argüendear y de asumir poses heroicas y de emitir discursos donde el nombre de Benito Juárez y la palabra democracia comparecen cada tres renglones. Todos hablan menos nosotros que somos los que pagamos íntegra la fiesta y vamos a ser los directamente afectados si este borlote no termina de manera pacífica como tendría que terminar.
Este ejercicio virtual, este plantón cibernético es un primer modo de tomar la palabra y manifestar rotundamente nuestro desacuerdo ante el secuestro de esa Avenida y ese Zócalo que son de todos. Para eso, para despejar la ancha avenida de la democracia, es que hemos encendido nuestra luz.
Creo que es en el libro titulado "Vuelo de Noche" (y si no, algún lector caritativo me corregirá) que Antoine de Saint-Exupery narra hermosamente cómo, a ras de tierra, la luz que se enciende en cada hogar cuando llega la noche, no es más que eso: la luz de determinada casa. Aborda Saint-Exupery su avión, toma altura y mira hacia abajo esas luces aparentemente individuales y dispersas. Ya no lo son; son ahora el dibujo, el río de luz, producido por toda la comunidad de los hombres. En eso estamos, precisamente en eso estamos. Nos hemos dado a la tarea de diseñar un mapa posible de la Ciudad que queremos.
Seguramente estarán entrando ciudadanos de toda la República. Bienvenidos. Esta Ciudad es hospitalaria y generosa. Bueno, digamos que solía serlo y que quiere recuperar esta condición. Pásenle a su Ciudad y dispensen el tiradero. Le estamos dando una alzadita.
Alguno de ustedes preguntará: a ver, díganme ¿este jueguito de los pixeles, del luz a luz, para qué sirve?. Tengo una firme respuesta: el primer requisito para que algo sea, es imaginarlo. Y si somos miles los que nos concentramos en este juego de la imaginación, a la realidad no le quedará más salida que admitirnos.
Entonces, queridos, queridas, no hay que aflojarle; sigamos luz a luz y vayamos mentalizándonos para la megapachanga que hemos de organizar cuando literalmente nos salgamos con la nuestra.
Por lo pronto: HOY TOCA.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCLVl (856)
¿Qué tal durmieron MONTIEL y Jimmy Neutrón con sus notarios?.
Cualquier correspondencia con esta columna foqueadísima, favor de dirigirla a
german@plazadelangel.com.mx (D.R)
Prudencia
Catón
Reforma
11 de Agosto del 2006
Es triste ver el esfuerzo de los funcionarios y ciudadanos que participan en el recuento de votos solicitado por López Obrador. Es triste verlo porque de nada servirá ese esfuerzo. AMLO ha descalificado ya el recuento que él mismo demandó, igual que antes descalificó el cómputo hecho en las casillas. A estas alturas ya solamente los ingenuos o los empecinados dejan de advertir que López Obrador ha renunciado a la vía electoral, es decir, al camino democrático e institucional. No le importa ya la elección: ahora trabaja por la insurrección. Participó en el juego de la democracia cuando creyó que esa vía le daría el triunfo. Se lo negó, y ahora AMLO niega -se niega- a la democracia. Sabe muy bien que es prácticamente imposible que el recuento que se hace altere en forma sustancial los datos que desde el principio aparecieron. Sabe también que con su conducta autoritaria y agresiva se ha ganado un repudio tan generalizado que muchos que le dieron su voto se arrepienten ahora de ello, de modo tal que aun en el remoto caso de que se declarara nula esta elección y se hiciera otra, de nuevo saldría perdidoso. Por eso ya no se ve a sí mismo como candidato en una contienda electoral, sino como caudillo o cabecilla de un movimiento que ya no es de carácter político, sino insurreccional. No es difícil prever que su escalada de violencia crecerá en los días próximos. La mayor fortuna de AMLO consistiría en que el Gobierno respondiera a sus provocaciones, y que en el enfrentamiento entre sus fuerzas y las del Estado hubiera algún muertito -de preferencia varios- para poder así encender la mecha de un movimiento que lo llevara al poder. Sólo que no hay condiciones para esa utópica revolución. El mismo López Obrador ha visto cómo sus llamados a la resistencia tienen cada día menos eco, según lo muestran las tiendas de campaña vacías, el tedio creciente de sus seguidores y la desbandada que se empieza a ver entre sus coaligados. ¿Qué debe hacer entonces el Gobierno? Lo mismo que hasta ahora ha hecho: nada. En la misma proporción que crezcan las provocaciones de AMLO debe crecer la prudencia de la autoridad. Los provocadores quieren otro 68, pero su movimiento no tiene el soporte social que entonces hubo, ni hay ahora en el País las condiciones objetivas y subjetivas que harían posible un golpe de Estado como el que quisieran dar López Obrador y sus adláteres. A los enemigos de la democracia se les debe responder con más democracia. A diferencia de lo que ha pasado en otras naciones de América Latina, las instituciones mexicanas son fuertes, y pueden resistir el embate de hombres violentos como AMLO y sus incondicionales. Que hable la ley; que hablen los ciudadanos, que hablen las instituciones. Lo demás, al tiempo… Los últimos descubrimientos antropológicos han demostrado que el hombre de Neanderthal jamás anduvo erecto. Al parecer la mujer de Neanderthal era bastante fea… Dice un turista en Buenos Aires: “-¡Qué día tan hermoso!”. Responde su amigo argentino: “-Se hace lo que se puede, che”… La noche era de las más gélidas del invierno. Un joven fue a visitar a sus abuelos, y se quedó estupefacto al ver que su abuelito estaba afuera de la casa, en el jardín, sentado en una silla y sin nada de ropa de la cintura para abajo. “-¡Abuelo! -le dice estupefacto-. ¡Hace un frío de 5 grados bajo cero! ¿Qué estás haciendo aquí, desnudo en esa forma?”. Responde el viejecito: “-Antier salí al jardín sin bufanda, y el cuello se me puso rígido. Esto es idea de tu abuela”… FIN.
afacaton@prodigy.net.mx
Reforma
11 de Agosto del 2006
Es triste ver el esfuerzo de los funcionarios y ciudadanos que participan en el recuento de votos solicitado por López Obrador. Es triste verlo porque de nada servirá ese esfuerzo. AMLO ha descalificado ya el recuento que él mismo demandó, igual que antes descalificó el cómputo hecho en las casillas. A estas alturas ya solamente los ingenuos o los empecinados dejan de advertir que López Obrador ha renunciado a la vía electoral, es decir, al camino democrático e institucional. No le importa ya la elección: ahora trabaja por la insurrección. Participó en el juego de la democracia cuando creyó que esa vía le daría el triunfo. Se lo negó, y ahora AMLO niega -se niega- a la democracia. Sabe muy bien que es prácticamente imposible que el recuento que se hace altere en forma sustancial los datos que desde el principio aparecieron. Sabe también que con su conducta autoritaria y agresiva se ha ganado un repudio tan generalizado que muchos que le dieron su voto se arrepienten ahora de ello, de modo tal que aun en el remoto caso de que se declarara nula esta elección y se hiciera otra, de nuevo saldría perdidoso. Por eso ya no se ve a sí mismo como candidato en una contienda electoral, sino como caudillo o cabecilla de un movimiento que ya no es de carácter político, sino insurreccional. No es difícil prever que su escalada de violencia crecerá en los días próximos. La mayor fortuna de AMLO consistiría en que el Gobierno respondiera a sus provocaciones, y que en el enfrentamiento entre sus fuerzas y las del Estado hubiera algún muertito -de preferencia varios- para poder así encender la mecha de un movimiento que lo llevara al poder. Sólo que no hay condiciones para esa utópica revolución. El mismo López Obrador ha visto cómo sus llamados a la resistencia tienen cada día menos eco, según lo muestran las tiendas de campaña vacías, el tedio creciente de sus seguidores y la desbandada que se empieza a ver entre sus coaligados. ¿Qué debe hacer entonces el Gobierno? Lo mismo que hasta ahora ha hecho: nada. En la misma proporción que crezcan las provocaciones de AMLO debe crecer la prudencia de la autoridad. Los provocadores quieren otro 68, pero su movimiento no tiene el soporte social que entonces hubo, ni hay ahora en el País las condiciones objetivas y subjetivas que harían posible un golpe de Estado como el que quisieran dar López Obrador y sus adláteres. A los enemigos de la democracia se les debe responder con más democracia. A diferencia de lo que ha pasado en otras naciones de América Latina, las instituciones mexicanas son fuertes, y pueden resistir el embate de hombres violentos como AMLO y sus incondicionales. Que hable la ley; que hablen los ciudadanos, que hablen las instituciones. Lo demás, al tiempo… Los últimos descubrimientos antropológicos han demostrado que el hombre de Neanderthal jamás anduvo erecto. Al parecer la mujer de Neanderthal era bastante fea… Dice un turista en Buenos Aires: “-¡Qué día tan hermoso!”. Responde su amigo argentino: “-Se hace lo que se puede, che”… La noche era de las más gélidas del invierno. Un joven fue a visitar a sus abuelos, y se quedó estupefacto al ver que su abuelito estaba afuera de la casa, en el jardín, sentado en una silla y sin nada de ropa de la cintura para abajo. “-¡Abuelo! -le dice estupefacto-. ¡Hace un frío de 5 grados bajo cero! ¿Qué estás haciendo aquí, desnudo en esa forma?”. Responde el viejecito: “-Antier salí al jardín sin bufanda, y el cuello se me puso rígido. Esto es idea de tu abuela”… FIN.
afacaton@prodigy.net.mx
La madurez de la nación
Francisco Martín Moreno
Excélsior
11-08-06
México seguirá buscando las soluciones más convenientes para su destino con un criterio racional, no emotivo, académico, mediante el cual se recogerá la experiencia internacional pasada y presente...
Pareciera ser que la inmensa mayoría de la nación, muy especialmente la integrada por los doloridos capitalinos que vivimos en este valle de lágrimas llamado, con indigerible sadismo, la Ciudad de la Esperanza, pareciera ser que hemos entendido aquella sentencia singular pronunciada por Napoleón Bonaparte, el gran emperador de los franceses, cuando decía: "¡Nunca debéis interrumpir a un enemigo cuando esté cometiendo un error..!"
El tiempo ha venido demostrando el inmenso peligro que corría México de haber resultado elegido el señor López Obrador, nada de MALO ni juegos de palabras, nos estábamos jugando la patria en un paso dramático del que, sin duda, los primeros afectados hubieran sido los pobres, aquellos con los que el perredismo, un detritus priísta, trató de tomar como bandera para someter sentimentalmente a la nación mediante las urnas.
Hoy por hoy, López Obrador se inmola cada día enfrente de la Catedral, como en aquellos años en que la Santa Inquisición incineraba a los herejes. Si hoy hubiera elecciones para Presidente de la República, López Obrador saldría abrumadoramente derrotado. Él ha insistido en gritar a los cuatro vientos: "Pueblo de México, querido pueblo de México, estoy loco, absolutamente loco, ¿por qué no me creen..?" Si algunas características tienen que concurrir en el jefe de una nación, son la sensatez, la estabilidad en el análisis de los difíciles asuntos de Estado, el control de los impulsos viscerales, estomacales y sanguíneos, de tal manera que la cabeza gobierne invariablemente sobre el hígado y sobre el corazón. No se requieren hormonas para gobernar, sino neuronas… No son convenientes los prontos ni los ímpetus ni los arranques, sino el reposo, la segmentación crítica de los problemas y la estructura metódica de la solución. Nos hemos salvado. México seguirá buscando las soluciones más convenientes para su destino, con un criterio racional, no emotivo, académico, a través del cual se recogerá la experiencia internacional pasada y presente en aras de construir un mejor país para todos nosotros.
Debo subrayar, sin embargo, algunos aspectos de la madurez nacional que, a mi juicio, no han sido recogidos por los más conspicuos analistas políticos de nuestros días. En otros tiempos, cuando algunos bancos estadunidenses deseaban llenar sus arcas con mexdólares, ¡ah, mexicanos!, bastaba con esparcir un rumor catastrófico en los medios financieros y sociales de nuestro país para que hasta las personas de escasos recursos llegaran a las ventanillas de los bancos a comprar un dólar, un quarter o un nickel, lo que fuera con tal de hacerse de alguna moneda estadunidense, para salvar su patrimonio de una debacle anunciada. Las devaluaciones monetarias no tardaban entonces en producirse, mientras la ciudadanía repetía: te lo dije, te lo dije, te lo dije…
Hoy en día, hay un candidato que por el mal de todos insiste en no reconocer al IFE ni al TEPJF ni a las leyes ni a la Constitución ni al Poder Judicial en su conjunto. No a las instituciones y no a las normas legales emitidas por los mexicanos para garantizar nuestra convivencia civilizada.
El señor López Obrador amenaza con estallar un nuevo movimiento social si no se reconoce su triunfo y, sin embargo, las tasas de interés no sólo no se disparan, sino descienden. El candidato perdedor de los perderistas anuncia las marchas y la resistencia civil y a nadie se le ocurre ir a comprar un dólar en las ventanillas bancarias. El precio del dólar no sólo no se ha encarecido, sino ha disminuido su valor. El tabasqueño, envuelto en llamas, bloquea el Paseo de la Reforma y otras avenidas sin producir pánico en la sociedad que, con el tiempo, ha dejado de contemplarlo como un loco fanático para empezar a verlo como un simple payaso pueblerino.
López Obrador no ha logrado asustar a la opinión pública con sus arbitrariedades, lo cual es una señal inequívoca de madurez política de la nación, ni ha provocado una fuga de capitales ni propiciado un violento disparo de las tasas de interés, ni siquiera, salvo en algunos aspectos muy puntuales, ha producido una disminución en los importes de inversión extranjera destinados a llegar a nuestro país. Por el contrario, los autores de estos caprichos perredistas, de claro origen anal-retentivo, digno de un sesudo estudio de psiquiatría, cada día consumen su imagen ante el electorado, de tal manera que muy pronto podrían perder una contienda electoral organizada para nombrar a un jefe de manzana. Su prestigio, después de haber arruinado su porvenir político, ya no les permitirá acceder ni siquiera a cargos de la mínima significancia en ese ámbito.
Me pongo entonces de pie, me descubro la cabeza para honrar a la ciudadanía y mandarle, desde esta humilde tribuna, mi reconocimiento por la madurez demostrada en estos momentos en que se ha puesto a prueba, nunca en jaque, a las instituciones de la República.
Yo antes pensaba que México era un país medianamente fuerte, hoy, debido al comportamiento de la sociedad, me percato de los enormes poderes de nuestra unión.
fmartinmoreno@yahoo.com
Excélsior
11-08-06
México seguirá buscando las soluciones más convenientes para su destino con un criterio racional, no emotivo, académico, mediante el cual se recogerá la experiencia internacional pasada y presente...
Pareciera ser que la inmensa mayoría de la nación, muy especialmente la integrada por los doloridos capitalinos que vivimos en este valle de lágrimas llamado, con indigerible sadismo, la Ciudad de la Esperanza, pareciera ser que hemos entendido aquella sentencia singular pronunciada por Napoleón Bonaparte, el gran emperador de los franceses, cuando decía: "¡Nunca debéis interrumpir a un enemigo cuando esté cometiendo un error..!"
El tiempo ha venido demostrando el inmenso peligro que corría México de haber resultado elegido el señor López Obrador, nada de MALO ni juegos de palabras, nos estábamos jugando la patria en un paso dramático del que, sin duda, los primeros afectados hubieran sido los pobres, aquellos con los que el perredismo, un detritus priísta, trató de tomar como bandera para someter sentimentalmente a la nación mediante las urnas.
Hoy por hoy, López Obrador se inmola cada día enfrente de la Catedral, como en aquellos años en que la Santa Inquisición incineraba a los herejes. Si hoy hubiera elecciones para Presidente de la República, López Obrador saldría abrumadoramente derrotado. Él ha insistido en gritar a los cuatro vientos: "Pueblo de México, querido pueblo de México, estoy loco, absolutamente loco, ¿por qué no me creen..?" Si algunas características tienen que concurrir en el jefe de una nación, son la sensatez, la estabilidad en el análisis de los difíciles asuntos de Estado, el control de los impulsos viscerales, estomacales y sanguíneos, de tal manera que la cabeza gobierne invariablemente sobre el hígado y sobre el corazón. No se requieren hormonas para gobernar, sino neuronas… No son convenientes los prontos ni los ímpetus ni los arranques, sino el reposo, la segmentación crítica de los problemas y la estructura metódica de la solución. Nos hemos salvado. México seguirá buscando las soluciones más convenientes para su destino, con un criterio racional, no emotivo, académico, a través del cual se recogerá la experiencia internacional pasada y presente en aras de construir un mejor país para todos nosotros.
Debo subrayar, sin embargo, algunos aspectos de la madurez nacional que, a mi juicio, no han sido recogidos por los más conspicuos analistas políticos de nuestros días. En otros tiempos, cuando algunos bancos estadunidenses deseaban llenar sus arcas con mexdólares, ¡ah, mexicanos!, bastaba con esparcir un rumor catastrófico en los medios financieros y sociales de nuestro país para que hasta las personas de escasos recursos llegaran a las ventanillas de los bancos a comprar un dólar, un quarter o un nickel, lo que fuera con tal de hacerse de alguna moneda estadunidense, para salvar su patrimonio de una debacle anunciada. Las devaluaciones monetarias no tardaban entonces en producirse, mientras la ciudadanía repetía: te lo dije, te lo dije, te lo dije…
Hoy en día, hay un candidato que por el mal de todos insiste en no reconocer al IFE ni al TEPJF ni a las leyes ni a la Constitución ni al Poder Judicial en su conjunto. No a las instituciones y no a las normas legales emitidas por los mexicanos para garantizar nuestra convivencia civilizada.
El señor López Obrador amenaza con estallar un nuevo movimiento social si no se reconoce su triunfo y, sin embargo, las tasas de interés no sólo no se disparan, sino descienden. El candidato perdedor de los perderistas anuncia las marchas y la resistencia civil y a nadie se le ocurre ir a comprar un dólar en las ventanillas bancarias. El precio del dólar no sólo no se ha encarecido, sino ha disminuido su valor. El tabasqueño, envuelto en llamas, bloquea el Paseo de la Reforma y otras avenidas sin producir pánico en la sociedad que, con el tiempo, ha dejado de contemplarlo como un loco fanático para empezar a verlo como un simple payaso pueblerino.
López Obrador no ha logrado asustar a la opinión pública con sus arbitrariedades, lo cual es una señal inequívoca de madurez política de la nación, ni ha provocado una fuga de capitales ni propiciado un violento disparo de las tasas de interés, ni siquiera, salvo en algunos aspectos muy puntuales, ha producido una disminución en los importes de inversión extranjera destinados a llegar a nuestro país. Por el contrario, los autores de estos caprichos perredistas, de claro origen anal-retentivo, digno de un sesudo estudio de psiquiatría, cada día consumen su imagen ante el electorado, de tal manera que muy pronto podrían perder una contienda electoral organizada para nombrar a un jefe de manzana. Su prestigio, después de haber arruinado su porvenir político, ya no les permitirá acceder ni siquiera a cargos de la mínima significancia en ese ámbito.
Me pongo entonces de pie, me descubro la cabeza para honrar a la ciudadanía y mandarle, desde esta humilde tribuna, mi reconocimiento por la madurez demostrada en estos momentos en que se ha puesto a prueba, nunca en jaque, a las instituciones de la República.
Yo antes pensaba que México era un país medianamente fuerte, hoy, debido al comportamiento de la sociedad, me percato de los enormes poderes de nuestra unión.
fmartinmoreno@yahoo.com
El plantón de los sueños rotos
Jorge Fernández Menéndez
Excélsior - Razones
11-08-06
En su Por el bulevar de los sueños rotos (un tema dedicado a Chavela Vargas), Joaquín Sabina dice que por allí "pasan de largo los terremotos y hay un tequila por cada duda". Pero en el "plantón de los sueños rotos", ese que paraliza el Centro Histórico de la Ciudad de México y el Paseo de la Reforma, nada (ni el tequila) parece consolar a los dirigentes del lopezobradorismo y al propio ex candidato. En la locura maximalista en la cual se han encerrado, no hay salida posible: el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación concedió, en una decisión insólita, porque se realiza como una acción judicial, la apertura de casi 12 mil casillas, que son casi dos tercios de las impugnadas por la coalición Por el Bien de Todos. Para cualquiera sería un enorme triunfo, pero no en el caso de López Obrador, quien se lanzó contra el Tribunal y las instituciones a las que ahora, "de la manera que sea", piensa nada más y nada menos que "purgar" y "refundar".
Peor aún: llevamos ya dos días de conteos y no pasó nada, los números apenas si se movieron, lo que se descubrió fueron errores matemáticos o de procedimiento menores, que no han alterado en nada el resultado electoral. En el distrito 15 del DF, donde se había centrado el llamado recurso madre que demostraría, según López Obrador y acólitos que lo acompañan, el "fraude electoral", no sólo no se demostró éste en absoluto sino que terminó aumentando la cuenta de Felipe Calderón en un par de votos. Y lo mismo está sucediendo en todas las casillas revisadas.
Como el argumento del "fraude cibernético" y el "fraude a la antigüita" ya no sirve, ahora los lopezobradoristas han vuelto a mostrar sus cartas. Durante el conteo distrital pidieron que se abrieran distintos paquetes electorales, a lo que accedieron las autoridades del IFE. Cuando comenzaron a pedir que se abrieran prácticamente todos, las autoridades electorales no accedieron a ello porque en la solicitud estaba la trampa: en 2000, en la elección estatal en Tabasco, pidieron abrir casi 60% de los paquetes y, luego, con el argumento de que estaban abiertos, pidieron anular la elección, lo que el Tribunal Electoral aceptó invocando la famosa "nulidad abstracta", una decisión que el propio TEPJF tuvo que revisar y reglamentar después, porque había sido, muy probablemente, un exceso jurídico. Ahora se intentó hacer lo mismo y se argumenta que, para justificar la nulidad del proceso, hay paquetes electorales abiertos. Y sí, los hay en las casillas que los mismos perredistas solicitaron abrir en el conteo distrital del miércoles 5 de julio. En todo caso, lo importante no es eso, sino que los datos del acta firmada por los representantes de casilla y de los partidos en la noche del 2 de julio, de la cual tienen copias las autoridades electorales y partidarias, coincida con la de la casilla y con los votos allí localizados. Y esa coincidencia es la que está confirmando este nuevo recuento. Lo otro es un intento más de confusión deliberado, un argumento insostenible.
El hecho es que, en la medida en que concluye este conteo en las casillas impugnadas por la coalición Por el Bien de Todos, las cifras no se modifican, López Obrador se ha quedado sin argumentos. Su popularidad cae día con día, el apoyo escasea, el plantón en la Ciudad de México es un gran campamento donde hay muchas carpas y más policías que manifestantes y su equipo ya no sabe qué hacer para no caer en contradicciones y mantener viva una causa que ya murió.
Así, además de quejarse por los paquetes abiertos que ellos mismos solicitaron abrir en su momento, Jesús Ortega, por ejemplo, asegura que ni Dolores Padierna ni Carlos Ímaz son representantes del lopezobradorismo en el recuento ordenado por el TEPJF, pero resulta que ahí están las fotos de ambos, la primera en la delegación Cuauhtémoc y el segundo en Monterrey, representando a la coalición. Así, Alejandro Encinas (posiblemente quien, junto con López Obrador, mayor capital político ha perdido con todo esto) dice que está "en contra" del plantón porque sería "esquizofrénico" si estuviera en favor del mismo. Pues que Encinas se busque rápido un psiquiatra, porque su diagnóstico es acertado: si no está en favor del plantón, lo disimula perfectamente bien, porque todas y cada una de las medidas adoptadas por el Gobierno capitalino han tenido como objetivo beneficiar a los manifestantes. Incluso, en los primeros días del mismo, Encinas dijo públicamente, no sólo que lo apoyaba, sino también que, si tenía que pagar un costo político por ello, estaba dispuesto a asumirlo. El problema es que ahora, como ha comenzado a pagarlo y a un precio altísimo, ya quiere bajar los costos. Pero ha quedado atrapado entre su responsabilidad y el chantaje de los duros que sólo están esperando a ver quién es el primero que se deslinda del ex candidato, para denunciar al "traidor"... y luego seguir el mismo camino sin cargo de conciencia.
Lo que está en el fondo del asunto y ha sido un tema recurrente en la práctica política de López Obrador es que existe entre un desconocimiento y un desprecio por la legalidad básica del Estado, que permea todas sus acciones. Ello viene desde aquellas tomas y marchas de López Obrador en Tabasco, su designación como candidato al GDF, cuando no llenaba los requisitos legales para ello, hasta sus controversias y rechazos a cumplir con la ley durante su gestión en el DF y ahora su negativa a aceptar que perdió la elección y no puede hacer nada para evitarlo. Claro, ante ello sólo queda el argumento de "purgar" y "refundar" las instituciones. O "sorprenderse" porque la Suprema Corte amparó a Óscar Espinosa después de años de procesos inútiles, porque el Gobierno capitalino simplemente ignoró la ley al procesarlo, ya que no tenía atribuciones para ello.
www.nuevoexcelsior.com.mx/jfernandez
www.mexicoconfidencial.com
Excélsior - Razones
11-08-06
En su Por el bulevar de los sueños rotos (un tema dedicado a Chavela Vargas), Joaquín Sabina dice que por allí "pasan de largo los terremotos y hay un tequila por cada duda". Pero en el "plantón de los sueños rotos", ese que paraliza el Centro Histórico de la Ciudad de México y el Paseo de la Reforma, nada (ni el tequila) parece consolar a los dirigentes del lopezobradorismo y al propio ex candidato. En la locura maximalista en la cual se han encerrado, no hay salida posible: el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación concedió, en una decisión insólita, porque se realiza como una acción judicial, la apertura de casi 12 mil casillas, que son casi dos tercios de las impugnadas por la coalición Por el Bien de Todos. Para cualquiera sería un enorme triunfo, pero no en el caso de López Obrador, quien se lanzó contra el Tribunal y las instituciones a las que ahora, "de la manera que sea", piensa nada más y nada menos que "purgar" y "refundar".
Peor aún: llevamos ya dos días de conteos y no pasó nada, los números apenas si se movieron, lo que se descubrió fueron errores matemáticos o de procedimiento menores, que no han alterado en nada el resultado electoral. En el distrito 15 del DF, donde se había centrado el llamado recurso madre que demostraría, según López Obrador y acólitos que lo acompañan, el "fraude electoral", no sólo no se demostró éste en absoluto sino que terminó aumentando la cuenta de Felipe Calderón en un par de votos. Y lo mismo está sucediendo en todas las casillas revisadas.
Como el argumento del "fraude cibernético" y el "fraude a la antigüita" ya no sirve, ahora los lopezobradoristas han vuelto a mostrar sus cartas. Durante el conteo distrital pidieron que se abrieran distintos paquetes electorales, a lo que accedieron las autoridades del IFE. Cuando comenzaron a pedir que se abrieran prácticamente todos, las autoridades electorales no accedieron a ello porque en la solicitud estaba la trampa: en 2000, en la elección estatal en Tabasco, pidieron abrir casi 60% de los paquetes y, luego, con el argumento de que estaban abiertos, pidieron anular la elección, lo que el Tribunal Electoral aceptó invocando la famosa "nulidad abstracta", una decisión que el propio TEPJF tuvo que revisar y reglamentar después, porque había sido, muy probablemente, un exceso jurídico. Ahora se intentó hacer lo mismo y se argumenta que, para justificar la nulidad del proceso, hay paquetes electorales abiertos. Y sí, los hay en las casillas que los mismos perredistas solicitaron abrir en el conteo distrital del miércoles 5 de julio. En todo caso, lo importante no es eso, sino que los datos del acta firmada por los representantes de casilla y de los partidos en la noche del 2 de julio, de la cual tienen copias las autoridades electorales y partidarias, coincida con la de la casilla y con los votos allí localizados. Y esa coincidencia es la que está confirmando este nuevo recuento. Lo otro es un intento más de confusión deliberado, un argumento insostenible.
El hecho es que, en la medida en que concluye este conteo en las casillas impugnadas por la coalición Por el Bien de Todos, las cifras no se modifican, López Obrador se ha quedado sin argumentos. Su popularidad cae día con día, el apoyo escasea, el plantón en la Ciudad de México es un gran campamento donde hay muchas carpas y más policías que manifestantes y su equipo ya no sabe qué hacer para no caer en contradicciones y mantener viva una causa que ya murió.
Así, además de quejarse por los paquetes abiertos que ellos mismos solicitaron abrir en su momento, Jesús Ortega, por ejemplo, asegura que ni Dolores Padierna ni Carlos Ímaz son representantes del lopezobradorismo en el recuento ordenado por el TEPJF, pero resulta que ahí están las fotos de ambos, la primera en la delegación Cuauhtémoc y el segundo en Monterrey, representando a la coalición. Así, Alejandro Encinas (posiblemente quien, junto con López Obrador, mayor capital político ha perdido con todo esto) dice que está "en contra" del plantón porque sería "esquizofrénico" si estuviera en favor del mismo. Pues que Encinas se busque rápido un psiquiatra, porque su diagnóstico es acertado: si no está en favor del plantón, lo disimula perfectamente bien, porque todas y cada una de las medidas adoptadas por el Gobierno capitalino han tenido como objetivo beneficiar a los manifestantes. Incluso, en los primeros días del mismo, Encinas dijo públicamente, no sólo que lo apoyaba, sino también que, si tenía que pagar un costo político por ello, estaba dispuesto a asumirlo. El problema es que ahora, como ha comenzado a pagarlo y a un precio altísimo, ya quiere bajar los costos. Pero ha quedado atrapado entre su responsabilidad y el chantaje de los duros que sólo están esperando a ver quién es el primero que se deslinda del ex candidato, para denunciar al "traidor"... y luego seguir el mismo camino sin cargo de conciencia.
Lo que está en el fondo del asunto y ha sido un tema recurrente en la práctica política de López Obrador es que existe entre un desconocimiento y un desprecio por la legalidad básica del Estado, que permea todas sus acciones. Ello viene desde aquellas tomas y marchas de López Obrador en Tabasco, su designación como candidato al GDF, cuando no llenaba los requisitos legales para ello, hasta sus controversias y rechazos a cumplir con la ley durante su gestión en el DF y ahora su negativa a aceptar que perdió la elección y no puede hacer nada para evitarlo. Claro, ante ello sólo queda el argumento de "purgar" y "refundar" las instituciones. O "sorprenderse" porque la Suprema Corte amparó a Óscar Espinosa después de años de procesos inútiles, porque el Gobierno capitalino simplemente ignoró la ley al procesarlo, ya que no tenía atribuciones para ello.
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