11 de agosto de 2006
La novísima izquierda
Crónica
9 de Agosto de 2006
De todo el agitado escándalo de la semana pasada me quedo con una declaración de Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno electo de la Ciudad de México. Dijo: “Hay una carta firmada por 100 personas quienes andan diciendo que ya se contaron los votos; a ellos les decimos que abran los ojos y cierren las carteras porque las evidencias del fraude sobran”. No parece una buena idea empezar a gobernar insultando a quienes no piensan como él, pero tengo la impresión de que ése va a ser el tono permanente, el estilo de Ebrard y el del resto del PRD de López Obrador. Hay buenas razones para ello.
Es un estilo que se ha ido elaborando hasta el detalle en los últimos años. Hemos visto el proceso de su cristalización cotidianamente, en las ruedas de prensa y en los mítines. Acaso sea espontáneo en López Obrador o lo haya sido en un principio: hoy define no sólo una forma de comunicación sino una postura política, casi una orientación estratégica. Se caracteriza sobre todo por recurrir al insulto directo, explícito, sin adornos, más o menos vulgar, agresivo o hiriente, pero siempre en lenguaje popular, con adjetivos y frases hechas y símiles que entiende cualquiera y que casi siempre tienen un acento clasista. El estilo dice muchas cosas. En primer lugar dice que ha habido una degradación general de la vida pública: es un reflejo de la vulgaridad del lenguaje habitual del presidente Fox y casi todo su gabinete. También dice que el PRD se siente muy seguro en su feudo del Distrito Federal, sabe que puede permitirse casi cualquier cosa —corrijo: puede permitirse cualquier cosa— sin que eso afecte a sus resultados electorales. Sobre todo es un modo de decir que el PRD es de izquierda. Puede recurrir a las formas más arcaicas y humillantes del clientelismo, puede mover dinero negro y arreglarse con empresarios amigos, puede desviar recursos públicos, puede hacer un uso abusivo y partidista del sistema de procuración de justicia: es de izquierda porque insulta a los ricos, a los de mero arriba. No hace falta más. Si alguien responde a las injurias, tanto mejor.
Ahora bien: la eficacia del nuevo estilo depende no sólo de su agresividad, sino de la facilidad con que puede asimilarse al sentido común. Se trata de decir lo que todos sabemos, lo que no necesita ni pruebas ni argumentos.
Vuelvo a la declaración de Ebrard porque es ejemplar. Supongo que sabe perfectamente que su insinuación, aparte de injuriosa, es mentirosa. No puedo descartar enteramente la idea de que él piense que así suceden las cosas, que los académicos e intelectuales alquilan su firma para desplegados; no puedo descartar que su experiencia le diga que de ese modo se hace, tampoco puedo estar seguro de que no tenga él una lista de firmantes de alquiler para cualquier desplegado que necesite publicar: sólo supongo que no es así. Supongo que los que firman contra el legalismo lo hacen con la misma convicción con que firmamos quienes pensamos que puede haber habido irregularidades, pero no fraude, y que debe resolver el tribunal puntualmente. Tengo que suponer que miente a sabiendas porque su público le va a festejar la frase, porque confirma a quienes le escuchan en la idea de que todos “allá arriba” son corruptos y los que no siguen al jefe son unos vendidos, traidores. Es decir: sabe que con sobrada razón se le podría llamar mentiroso, hipócrita, demagogo y sinvergüenza. Nada le iría mejor para sentar plaza de izquierdista probado, militante, víctima de la derecha, sin necesidad de mover un dedo ni proponer nada.
Es el nivel intelectual en que siente más cómoda la novísima izquierda obradorista de la que forma parte Ebrard: la de Manuel Camacho, José Guadarrama, Arturo Núñez, Martí Batres, Fernández Noroña, Dante Delgado, Ricardo Monreal, Porfirio Muñoz Ledo, Leonel Cota. No hace falta ni programa ni argumento de nada, sino que basta con señalar a los rateros, traidores, ladrones, delincuentes de cuello blanco, chachalacas, corruptos, dejando en claro que son ellos, los otros: para que nadie se confunda (porque sí, es fácil confundirse).
Pero insisto en un punto que me parece de la mayor importancia: esa retórica es eficaz porque tiene una resonancia inmediata en el sentido común de la gente. Es lo que ha hecho López Obrador desde hace años. Se ahorra las pruebas y las razones porque cuenta con la complicidad del sentido común, porque sus diatribas se apoyan en los estereotipos denigratorios más extendidos. ¿Quién necesita una explicación, si todos sabemos de lo que habla y sabemos que es así? En lo que sea: ora resulta que los jueces son independientes (y viene la carcajada); ora nos dicen que hicieron bien las cuentas (otra carcajada); ora ya el IFE funciona y cuenta los votos (carcajada como para partirse); ora resulta que a los empresarios les preocupa el país (de risa); ora dicen los pirrurris que no hubo fraude (risas, mentadas, aplausos); ora nos dicen que el estado de derecho y la legalidad (carcajadas, silbidos, gritos). Sólo lo simplifico un poco: ése es el diálogo habitual de López Obrador con sus seguidores. Y funciona.
Lo malo es que en ese estereotipo denigratorio entramos todos. Es una reiteración de los tópicos del “ser del mexicano”. Aquí no hay nada honorable, nada que funcione, nada que sea digno de respeto; todo son chanchullos, transas, arreglos en lo oscurito, hoy por ti y mañana por mí. Sirve para insultar a unos, para justificar a otros, para rebajarnos a todos.
No faltan experiencias en la historia de cualquiera que confirmen lo que dice el estereotipo: en particular, el sesgo de clase del Estado de Derecho. Lo expone en un magnífico artículo de este lunes pasado Claudio Lomnitz, en el Excélsior. Nadie necesita que se le explique dos veces que la invocación de la legalidad es con frecuencia una astucia legalista o legaloide, es decir, una injusticia. Por otra parte, como lo ha mostrado Roger Bartra, el estereotipo del “mexicano” forma parte de un sistema de dominación: es la elaboración simbólica, perfectamente funcional, de la arbitrariedad, el autoritarismo y la corrupción. Porque así somos.
En algún momento, en alguna medida, ese sentido común escéptico pudo ser una formación defensiva o un recurso de desacralización. Hace tiempo que sirve para fines mucho menos presentables. Enunciarlo como si tal cosa desde posiciones de gobierno tiene otras implicaciones, graves. Lo que dice Ebrard, y sus compañeros de la novísima izquierda, es que aquí no hay sino ellos o nosotros y que se trata de repartirse el botín, que no hace falta andarse con cuentos. Lo que dice Ebrard es que todo se vale porque todo está en venta, desde la firma de Ignacio Almada, Roger Bartra, Adolfo Castañón, Christopher Domínguez, Luis González de Alba, Jacqueline Peschard, Alejandro Rossi, José Sarukhán o José Woldenberg (cito al azar), hasta las ponencias de los magistrados del Tribunal Electoral: ¿por qué no las concesiones de obras públicas? ¿Por qué no las licencias de taxis? ¿Qué se puede decir contra el acarreo? ¿Habrá quién se extrañe? En breve, en el insulto de Ebrard está prácticamente un programa de gobierno que de antemano anuncia que no va a dejar que le estorbe el legalismo. Porque somos mexicanos, ¿a poco no? ¿Y para qué nos hacemos, si ya somos?
Sólo en apariencia es un lenguaje maniqueo, porque nadie se cree la virtud de los buenos ni falta que hace: a estas alturas no es necesario disimular prácticamente nada de lo que se hace en el Gobierno del Distrito Federal. Importa lograr el descrédito completo no ya de las instituciones tal como existen, sino de la idea misma de que en México pudiera haber instituciones; después hay la retórica de los buenos y los malos, pero es sólo un adorno, una coartada para la arbitrariedad: la misma combinación de cinismo y demagogia que pudieron usar Echeverría o López Mateos (que después de todo eran representantes de la Revolución). Tampoco es tan extraño. Aparte de la vulgaridad, en la novísima izquierda de Marcelo Ebrard —Muñoz Ledo, Camacho, Delgado, Monreal, Núñez, Fernández Noroña— no hay casi nada nuevo salvo el estilo, que es directamente reaccionario.
escalante.fernando@gmail.com
El "putsch" del Peje
Milenio
09/08/2006
El texto publicado en la revista Proceso en el que Denise Dresser se despega de López Obrador es de una intelectual de buena fe que no tiene ideología ni partido (ni falta que le hacen), pero que si alguna vez mostró simpatía política hacia el líder del PRD ahora entiende hasta qué clase de guerra más incivil que civil quiere éste llevar al país con su manejo de una muy gritada y muy gesticulada fraseología de izquierda, con su retórica que ya no sólo es populista sino además pobrista, con su absoluto odio a leyes e instituciones sin las cuales es imposible un mínimo equilibrio de la sociedad.
AMLO, como otros líderes carismáticos, es un dictador en ciernes que para tomar el poder práctica una política violenta que su double talk rebautiza “resistencia pacífica”. Por ejemplo: es violencia la ocupación del Paseo de la Reforma y de otras zonas de la ciudad, y esto lo confirma el todavía leal Monsiváis, que ha llamado agravio a tal operación de “resistencia civil”. Y los cada vez más delirantes y energuménicos mítines (dizque asambleas, aunque sólo haya diktat y vítores), los ilegales cierres de las vías urbanas, la utilización de fervorosos artistas e intelectuales de la izquierda romántica como “tontos necesarios” (según recomendaban los marxistas leninistas históricos), las constantes injurias y amenazas vociferadas “con todo respeto”, etcétera, están conformando una especie de lento (pero poco a poco acelerado) “putsch” en episodios. Ya hasta en los gestos iracundos y soberbios, en la chillona voz agresiva y el lenguaje de matón (“¡Se van a amolar!”), el reyecito Ubu sobradamente financiado con nuestra tributación al Fisco va tomando un carismático estilo de Führer tropical.
Sí, es verdad: además de la “gauche divine” hay buenas y respetables firmas de intelectuales avalando al amo del PRD, pero también Heidegger sirvió a Hitler y Louis Ferdinand Céline estuvo del lado de los nazis y Ezra Pound enloqueció de entusiasmo por Mussolini y Dalí adoró a Franco y Picasso amó a Stalin y García Márquez idolatra a Castro. Y ahora el nuevo reyecito Ubu, con su furiosa, führeriana gesticulación y su fascismo “de izquierda”, ya no sólo exige el recuento voto por voto. Ahora promete amolar a todo el que rechace la luz del tierno rayito de sol azteca.
Heil Pëjen!
Excélsior - Nudo Gordiano
09-08-06
Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Esta es la máxima más famosa de Joseph Goebbels, precursor de la propaganda política moderna y ministro (ministro imperial para el Esclarecimiento del Pueblo y Propaganda era su título oficial) durante el régimen nazi, presidido por Adolfo Hitler. El indudable genio de Goebbels fue, desafortunadamente, puesto al servicio de una causa y un líder nefastos que con propaganda lograron que un pueblo lo siguiera en su locura antisemita.
Purificados y morenitos. Esto lo traigo a colación porque, si bien los principios goebbelianos se aplican en toda propaganda política, resulta que, en los últimos dos días, López Obrador ha hecho dos declaraciones que remiten a dos deplorables ejes discursivos que utilizó Hitler en su metadiscurso:
- el eje de la "purificación" de la política y la sociedad para "salvar" a Alemania y,
- el eje del discurso racial como confrontador y movilizador de las masas (arios contra judíos)
1.- Principio del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo (ejemplo, primero los pobres); individualizar al adversario en un único enemigo (ejemplo, los de arriba).
2.- Principio del contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría (ejemplo, la derecha) o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada (ejemplo, Fox, El Innombrable, Azuela, el PRIAN, los medios, el IFE, etcétera).
3.- Principio de transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. "Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan" (ejemplo, mala noticia: perdieron el 2 de julio; invento: fraude electoral).
4.- Principio de exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave (ejemplo, los representantes del PRD en las casillas se vendieron a nuestros adversarios).
5.- Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular y elemental. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar (ejemplo, yo les pregunto, ¿nos quedamos aquí, sí o no? ¡Síiiiiiii!!!). La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión, escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar. (ejemplo, voy a respetar el resultado del IFE, así sea por un voto).
6.- Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez sobre el mismo concepto. De aquí la famosa frase: "Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad" (ejemplos: es un compló; vamos 10 puntos arriba; ganamos el 2 de julio).
7.- Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones. (ejemplo, fraude cibernético contra fraude a la antigüita, contra fraude aritmético...).
8.- Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, mediante los llamados globos sonda o de informaciones fragmentarias (ejemplo, las cajas vacías, Hildebrando, el "algoritmo" y el PREP, etcétera).
9.- Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines (ejemplo, AMLO "no sabía" de Bejarano; falta de transparencia, etcétera).
10.- Principio de la transfusión. La propaganda opera a partir de un sustrato preexistente, una mitología o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas (ejemplo, arriba los de abajo; nos quieren destruir; no nos vamos a dejar…).
11.- Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que se piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad (ejemplo, ¡voto por voto, casilla por casilla!, ¡voto por voto, casilla por casilla..!).
yuriria_sierra@yahoo.com
Tontos utiles
Reforma
9 de Agosto del 2006
Cuentan que hace unos años, al término de una larga conversación que sacó muy a flote los desacuerdos que los separan, López Obrador le espetó a Felipe González: "el problema contigo es que eres un social-demócrata, un reformista". A lo que el ex presidente de España dijo: "pues sí, pero no creo que sea un problema, y además al término de mis 13 años de gobierno en España, es bastante evidente". Palabras más o menos, el diálogo ilustra el problema de fondo que vive México hoy. La izquierda mexicana, representada principal más no sólo por el PRD y LO, sigue presa de la vieja división entre reformistas y revolucionarios: reforma o revolución.
En otros países, desde Europa hasta Chile, desde la India hasta El Salvador, la izquierda parece haber superado las divergencias y cicatrizado las heridas que empezaron a finales del siglo XIX con los debates entre Marx, Lasalle, Kautsky y Bernstein, que prosiguieron con la fundación de la Tercera Internacional por Lenin y Trotsky y las escisiones de los partidos socialistas (Congresos de Tours y Livorno, entre otros) esas divergencias tuvieron su más nítida expresión en AL mucho más tarde con la irrupción en la escena de la Revolución Cubana y la pugna feroz entre castristas y comunistas, ilustrada por el magistral pero desacertado texto de Debray ¿Revolución en la revolución? y que desembocó en la muerte del Che.
Es cierto que en algunos países subsisten resabios del pasado: a Lula se le ha abierto una escisión del PT hacia su izquierda, y los Sin Tierra se considera el ala revolucionaria del PT, aunque sean minoritarios. Es cierto que aun sobrevive un pequeño PC en Chile y en España, pero de revolucionarios ya tienen muy poco, si alguna vez fueron. Pero en términos generales, la izquierda en el mundo ha ido abandonando la idea de revolución, por muchas razones, pero sobre todo por una: han fracasado y así no se ganan elecciones.
Sólo que en México, una corriente del PRD no ha podido enterrar para siempre su nostalgia revolucionaria. En dicha corriente figuran algunos ex miembros del PCM, ex integrantes de ACNR, de las guerrillas y movimientos estudiantiles (CEU, CGH, etcétera) de los setenta, ochenta y noventa. A ellos se suma ahora uno que otro intelectual trasnochado y ex priístas desbrujulados, y a su cabeza se ha colocado LO. Él obviamente no cree en la revolución -sólo cree en sí mismo- pero usa a los tontos útiles que sí creen.
Una consigna y dos proclamas ejemplifican de maravilla la vigencia de la revolución: "si no hay solución habrá revolución"; "la democracia es una vía, la más importante para hacer realidad la justicia social"; "ya no sólo va a ser el reclamo por el recuento de los votos, vamos a iniciar el movimiento para transformar a las instituciones de nuestro país". Entre el proyecto alternativo de nación, los plantones y cierres de carreteras hay una conexión, esa sí, indestructible, para esos fines (la revolución): todos los medios son válidos, unos sirven mejor que otros; y sin esos medios los fines son inalcanzables. La corriente revolucionaria del PRD asomó su cabeza en 94, con el alzamiento zapatista: más allá del entusiasmo por la aparición de una "guerrilla heroica" en México, la frase clave fue "compartimos su causa mas no sus medios". Pero la verdadera causa de la Primera Declaración de la Selva Lacandona entonces, y de una parte de los seguidores de LO hoy es la misma: la revolución. La vertiente revolucionaria del PRD no busca ni el recuento de votos, ni siquiera la anulación y el interinato, menos construir la democracia. Ese sector busca "la trasformación revolucionaria de México" (lo que esto quiera decir). Y tiene chantajeado al sector reformista del PRD, que también existe, pero que no se atreve a dar la cara porque será tildado inmediatamente de traidor, cobarde, vendido, social-demócrata y reformista, como Felipe González.
Durante los años de plomo de la Internacional Comunista, la prueba de ácido para distinguir entre reformistas y revolucionarios era el apoyo incondicional a la URSS y a Stalin. En México hoy, una de las piedras de toque de la convicción revolucionaria es, inevitablemente, la fidelidad a Fidel, "más que un hermano mayor, es el papá de todos nosotros, los revolucionarios de este continente" como le dijo ayer Chávez. La gran hazaña de Fidel en AL, para bien o para mal, fue haber inventado la revolución en un subcontinente donde ya no existía, destruida por la burocracia comunista y los demagogos populistas. Su paso a la historia seguramente significará el fin de la idea de revolución tal y como ha existido desde hace más de medio siglo en AL. En muchos países la izquierda rompió con Fidel y enterró la revolución. México no rompió con Cuba y no enterró la revolución; no renunció a ella y por tanto no cortó con Castro. Va junto con pegado. Pero las cuentas que no se saldan vuelven por sus fueros; si la revolución no desaparece, reaparece. Es "le retour du refoulé" (el regreso de lo reprimido no resuelto). La interminable ira de La Habana y la ultra contra el que escribe proviene de una frase clave pronunciada como secretario de Relaciones Exteriores en febrero de 2002: "ha terminado la era de las relaciones entre el gobierno de México y la Revolución Cubana; empieza la era de las relaciones entre el gobierno de México y el gobierno de Cuba".
Mientras la totalidad de la izquierda mexicana no abdique de la revolución y se vuelva reformista, no ganará elecciones; mientras no se deshaga de la idea mítica del paraíso terrenal ("soberano, educado y saludable") representado por la Revolución Cubana, no se volverá reformista. Son decisiones desgarradoras, sobre todo cuando no se entienden.
Entre el conteo y la ira
Reforma
8 de Agosto del 2006
Hay experiencias que nunca serán deseables por sí mismas -una dolencia- y que, sin embargo, son formativas. No era deseable que la contienda electoral fuese tan cerrada, una victoria holgada siempre será más fácil de administrar. Tampoco era deseable que hubiera un número tan abultado de impugnaciones, pero las hubo. La prueba ha sido muy intensa. Todo es inédito. Cinco semanas -en un país presidencialista- sin tener certidumbre sobre el nombre del futuro Presidente; cinco semanas de un auténtico bombardeo de especulaciones que van del "gran fraude" a la necesidad de una Presidencia interina. Se ha comparado a Fox con Saddam Hussein, se ha dicho que el proceso fue una "elección de Estado", se ha calificado de "traidores" al presidente Fox, a los consejeros del IFE y también a los magistrados del Tribunal. Los excesos verbales, las exageraciones y francas calumnias han sido la faceta más vergonzosa del proceso.
Pero hay un saldo positivo, no es consecuencia de la acción de los principales actores sino de un diseño institucional hasta ahora adormecido y que está demostrando su solidez. La reñidísima elección se encuentra en manos del Tribunal. Los magistrados tomaron el sábado una decisión de avanzada y por lo tanto arriesgada, que atiende al reclamo de la coalición Por el Bien de Todos y busca desenmascarar en definitiva si de verdad hubo una o varias alteraciones maquinadas que pudieran cambiar el frágil margen de Calderón. Se abre paso a un nuevo conteo parcial, el cual, en la visión de los magistrados, debió de haberse realizado en los consejos distritales. En la lectura fácil se trata de una enmienda a la postura del IFE, un "jalón de orejas" en tanto que los "errores evidentes" debieron haber aflorado en la primera revisión. Es cierto, como también lo es que nunca sabremos cuál es la regularidad de los "errores evidentes" en tanto que en las elecciones pasadas no hubo un número tan extendido de impugnaciones. ¿Son muchos o pocos los casos? No lo sabemos, no tenemos las fotografías previas.
Además esos errores están esparcidos por toda la República que es gobernada en los distintos órdenes de gobierno por diversos partidos. Es difícil imaginar una lógica subyacente a acciones tan dispersas, en fin, veremos. Además el ejercicio se concentrará en entidades con predominio panista o priísta, o sea que está dirigido a encontrar las irregularidades donde se afirma las hubo. Pero de nuevo, los "errores" podrían también ser el resultado de una elección que auténticamente está en manos de los ciudadanos en un país que tiene menos de 8 años de escolaridad promedio. No adelantemos vísperas, veamos de qué se trata y si hay realmente alguna responsabilidad que fincar, que se proceda. La medida adoptada por el Tribunal es también una sólida respuesta política a la Coalición pues reconoce una deficiencia, abre la posibilidad de revertir la tendencia y desnudar, si fuese el caso, la tan cacareada maniobra de fraude maquinado. Se revisará casi el 10 por ciento de las casillas que es equivalente al 30 por ciento de las señaladas por la Coalición, siendo además que están localizadas en la mitad de los distritos y 26 entidades. Para todo fin práctico, se trata de una "supermuestra" capaz de identificar si de verdad existió la intención diabólica.
Pero el Tribunal no accedió a la petición de generalizar el nuevo conteo pues, como lo explicó el magistrado Jesús Orozco, se trata de un proceso ideado para ir construyendo certezas, "no pueden revisarse los resultados que no fueron cuestionados". El Tribunal debe ser respetuoso de la congruencia del proceso. ¿Queda la llamada "impugnación madre", la referente a causales abstractas, descartada? No en principio. Si la investigación del Tribunal arrojara información novedosa, el criterio podría recuperarse. Pero también es cierto que lentamente se van asentando certezas jurídicas que pueden llevar a la calificación final. El territorio para la impugnación madre se estrecha. Por lo pronto si el 9.07 por ciento de las casillas no desnuda el gran engaño, estaremos cada vez más cerca del día de la calificación.
En unas cuantas semanas, y después de un proceso particularmente complejo, el país estará en condiciones de arribar a una verdad jurídica que dé legitimidad al próximo Presidente y su gobierno. El problema no radica allí. Sea quien sea el ganador, sabremos que hay un entramado institucional capaz deshacer un enjambre como éste. La experiencia no deseada servirá. Si López Obrador gana, tendrá que hacer marometas para reivindicar a las instituciones que él y sus seguidores denostaron. ¡El recuento es un triunfo del PRD y sin embargo siguen dinamitando la estructura institucional! No se entiende. Pero, ¿y si pierden?, ¿cómo piensa López Obrador encauzar la furia, el odio, el resentimiento que ha atizado? "Han hecho del color de la piel y del desprecio por los pobres y los de abajo su causa mayor" es una de las últimas perlas de la intolerancia lanzadas por el candidato. Ahora el color de la piel es argumento político. Pareciera que AMLO ha dado un golpe de Estado ideológico al interior del PRD. El territorio de centro conquistado por ese partido en los últimos años puede estar en peligro por un discurso de amargura y resentimiento que llama a destruir las instituciones que tenemos, incluido el Tribunal: "no aceptamos este recuento parcial". El "lopezobradorismo" va más allá del PRD, de la izquierda. Es, hoy queda claro, un movimiento inorgánico en tanto que sólo encuentra origen y destino en una persona, en sus fobias. Por eso para él sólo hay una solución: su victoria. La ira nunca hallará cauces institucionales.
¿No sería mejor que hubiera dos presidentes del país al mismo tiempo?
Milenio
08/08/2006
Me pregunta mi hijo: ¿No sería mejor que hubiera dos presidentes del país al mismo tiempo? No —le digo— no se puede y no estoy seguro que sería buena idea. ¿Y por qué no? Si ambos tienen muchos seguidores, ¿no sería una buena solución? Me veo entonces obligado a hablar no solamente de democracia, a secas, sino de gobernabilidad. Imagínate —le digo— que hubiera dos presidentes de la República. Contrariamente a lo que te imaginas, es decir que los dos cooperarían para gobernar, cada uno de ellos podría tratar de llevar adelante un proyecto de país distinto y habría muchos enfrentamientos y desgaste. Un Presidente querría por ejemplo a lo mejor nacionalizar los bancos, mientras que el otro quiere que sigan siendo privados, un Presidente quisiera privatizar Pemex, mientras que el otro quisiera que siga siendo una empresa paraestatal. Así que no es viable. Bueno, —me dice mi hijo— pero si alguien gana por un sólo voto de diferencia (como me dices que es la democracia), ¿no te parece que hasta cierto punto es injusto que una mitad de la población le imponga un proyecto a la otra, sólo por un voto de diferencia? Bueno —le contesto— en realidad la Constitución prevé que los cambios importantes no los pueda hacer una persona, sino que los tenga que hacer el Congreso y por una mayoría de dos terceras partes. Así que no hay riesgo de abusos, por la mayoría de 50 por ciento más uno. Tienes que recordar que un Presidente —cualquiera que éste sea— tiene que gobernar para todos, no sólo para los que votaron por él y además hay algo que se llama derechos humanos y derechos de las minorías, que ninguna mayoría puede violar. Lo que tú sugieres con tu pregunta inicial es que, idealmente, se tenga un gobierno de coalición, es decir que haya un gobierno donde estén representados todos los intereses de los ciudadanos. Pero definitivamente, según nuestra Constitución, no puede haber dos presidentes al mismo tiempo. Para eso se inventaron las elecciones, para saber quién es el que cuenta con la voluntad de la mayoría, así sea mínima. Lo ideal, por supuesto, sería que todas las fuerzas políticas colaboraran de alguna manera con quien ganó. Pero eso depende de la credibilidad con que se gane, de la voluntad de colaboración de los participantes en la contienda y de la responsabilidad social de los políticos.
Esta breve pero sustanciosa conversación me hizo pensar que el asunto de las elecciones presidenciales en México gira por supuesto alrededor de quien obtenga la mayoría, pero tiene que ver con otras cuestiones que van más allá del conteo o recuento de votos; se relaciona con la credibilidad del proceso electoral (lo cual a su vez tiene que ver con la transparencia del mismo) y con la eventual mayor o menor legitimidad de los gobernantes. Eso es realmente lo que está en juego y lo que se está dirimiendo alrededor de las estrategias de cada partido contendiente, incluyendo las de aquellos que obtuvieron menos votos.
A estas alturas, me queda claro que Andrés Manuel López Obrador y el PRD no están apuntando al recuento voto por voto, casilla por casilla. Saben sus principales dirigentes (que no son tontos ni están locos, como algunos podrían creer) que esa no es una opción, ni la más viable legalmente, ni la que necesariamente les garantizará la victoria. Lo que buscan a estas alturas es cuestionar la credibilidad del proceso (lo cual ya lograron en buena medida, por lo menos entre un porcentaje de la población) y de alguna manera minar la legitimidad del próximo Presidente para debilitarlo y obligarlo a negociar políticamente. En otras palabras, lo que los perredistas quieren es una especie de gobierno de coalición, pero a la brava o a la mala. No hay la intención de reconocer, ni con un eventual recuento total de votos ni con algún fallo del Tribunal Electoral acerca de la legalidad de la elección, el triunfo del oponente. Como en sus épocas de mayor combatividad, en un sistema donde el IFE no existía y tanto el PRD como el PAN acudían a las concertacesiones, el perredismo y sus aliados quieren ahora forzar en las calles una salida política aunque sea extralegal. Lo que cuenta para ellos es la relación de fuerzas, no los argumentos jurídicos ni racionales. Por eso aparecen como actores políticos incongruentes y cínicos; se contradicen, dicen abiertamente mentiras y, aquellos con historial más cuestionable, tienen el descaro de acusar de corruptos a los intelectuales que se atreven a oponerse.
El problema para ellos es que 2006 no es 1988. Que en estos 18 años, a pesar de todas sus deficiencias, sí tenemos un sistema electoral suficientemente transparente y confiable. Que los contrapesos a la Presidencia existen constitucionalmente, como lo prueba la experiencia de este accidentado sexenio, y que no se requiere una política de masas para modificarlo sino, por el contrario, un fortalecimiento de las instituciones. El PRD y sus aliados, de la misma manera que el subcomandante Marcos, prefirieron apostar a la radicalidad política, usando las instituciones, aunque actuando en contra de ellas. El castigo a esta arcaica más que absurda estrategia no se dará con el resultado del Tribunal Electoral, o en el conteo de votos, cualquiera que sea el desenlace, sino en las elecciones del 2009.
¿Y ahora?
El Universal
08 de agosto de 2006
El Tribunal ya habló. Confirmó lo que ya sabíamos, aunque haya muchos que no lo quieran ver. La demanda de la coalición de López Obrador no estaba bien hecha, y por lo mismo no se pueden contar todos los votos. Claro que el caudillo culpa a los jueces, aunque hayan sido sus abogados los que erraron el camino. Sin embargo, el mismo Tribunal decidió que se vuelvan a contar cerca de 11 mil casillas, que deben significar 3.5 millones de votos. La mayoría de ellos, en los estados en que no ganó López. Esto es importante, porque si es cierto que hubo alteraciones significativas, este recuento puede cambiar el resultado temporal y poner arriba a AMLO. Ya después vendrán las anulaciones en otras casillas, porque ese es otro paso en el proceso, y al final de todo habrá un presidente electo. Hoy, todavía no lo hay.
Dicho de otra manera, el Tribunal ha fallado con base en lo que tenía, y aunque López Obrador y sus seguidores hayan pedido recuento total en las plazas y en los medios, no se lo pidieron a la corte. Se trata, una vez más, de un engaño. Como todas las "pruebas" de fraude que nunca se materializaron, como los análisis "estadísticos" que buscaban probar un fraude cibernético partiendo de errores elementales, como pensar que la elección es un proceso aleatorio (¿decidió usted su voto echando un volado en la casilla?).
El Tribunal, hasta el momento, no ha encontrado fraude en las elecciones, pero sí errores que le llevan a volver a contar un número importante de casillas. En esto creo que no hay duda: la elección es tan cerrada que los errores aritméticos pueden ser determinantes. Pero eso no es lo que ha argumentado López Obrador en las calles. Para él hay un fraude, porque le parece imposible haber perdido.
Y como es costumbre en él, va radicalizando a sus seguidores. No parece importarle que las encuestas muestren una caída muy importante en el número de sus seguidores. Para desestabilizar a la ciudad de México le basta con los que tiene, que además han llegado ya a un nivel de devoción que les nubla el pensamiento. Incluyendo, claro, a las autoridades de la ciudad.
En pocos días, el recuento habrá terminado, se procederá a anular casillas en donde las irregularidades lo obliguen y, si procede, se declarará un presidente electo. ¿Qué va a hacer López Obrador con sus seguidores? Porque si gana, le exigirán de inmediato traducir la radicalización en venganza. Y si pierde, ¿a dónde los llevará el desengaño?
Este es el problema del camino, absurdo, que eligió López Obrador. Porque él, y sólo él, creó este viciado ambiente postelectoral. Las impugnaciones, como es evidente, están siguiendo su curso legal, y la coalición de AMLO no está perdiendo. Obtiene lo que pidió al Tribunal, ni más ni menos.
Para lograr esto no necesitó nunca inventar un fraude, ni insultar a autoridades, adversarios e incluso seguidores. No necesitaba dilapidar capital político como lo ha hecho. No necesitaba castigar a la ciudad de México, ni poner en ridículo al actual jefe de Gobierno y al recién electo. No necesitaba colocar a diputados y senadores del Partido de la Revolución Democrática en la triste situación en que hoy quedan. Le bastaba con promover adecuadamente sus recursos de impugnación.
Pero el problema es su lógica mental. Para él, la ley no tiene importancia. La movilización lo es todo. Lo que nos confirma, para quien lo haya dudado, que no respetará la decisión final del Tribunal, a menos que sea él el presidente electo.
Vendrá entonces un momento de definición de la mayor importancia. Los diputados y senadores de la coalición, que fueron elegidos, ellos sí, en una elección inmaculada, ¿qué van a hacer? El jefe de Gobierno electo, ¿se mantendrá en plantón en contra de sí mismo? Y esos seguidores que ya no piensan, sino que sólo siguen los mandatos de su caudillo, ¿qué harán?
Y los demás, los más de 100 millones de mexicanos restantes, ¿qué vamos a hacer?
Ahora sería el momento de tender puentes, y empezar a construir el día después. Pero Andrés Manuel López Obrador no parece querer nada que no sea la Presidencia. Para él, o para nadie. Aunque paguemos todos.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
Abran los ojos y cierren la cartera
Xavier Velasco
Milenio
07/08/2006
“Abran los ojos y cierren la cartera”, respondió el sr. lic. (Ebrard) a nuestra carta, y sin imaginarlo me regaló la prueba que ahora esgrimo ante los lectores, que son quienes se encargan del alimento providencial de mi cartera. Una vez que atendí, no sin sorpresa, al atento mensaje del sr. lic., revisé una vez más la invitación, luego mi cuenta de cheques, al final mi cartera y nada: tengo plena certeza de que nadie me ha dado ni prometido un centavo por firmar nada. Es decir que al fin cuento con pruebas fehacientes: me consta que estoy siendo calumniado, como seguramente es el caso de los otros 134 que firmaron el documento. Ello me abre los ojos, y de paso me integra honrosamente al club de los millones de ciudadanos insultados y calumniados “con todo respeto” por quienes se han propuesto gobernarnos a cualquier precio.
Al sr. lic. no le consta que mi cartera haya engordado recientemente, y a cambio a mí me consta su ligereza. ¿Cómo puedo creer en las dudas sembradas por su moralenführer, si ya veo lo fácil que le resulta inventarle delitos al primero que osa opinar diferente? Gracias a los empeños del sr. lic., estoy al fin del lado del lado de los agraviados, y como ya lo dije somos millones los facultados para abrir los ojos a la frivolidad de los acusadores. ¿En el nombre de qué debemos aceptar que un partido incapaz de organizar sus elecciones internas sin profusión de trampas y fraudes, dé a las autoridades electorales lecciones teóricas de democracia? Nada de esto podría mirarlo tan claro sin la oportuna intervención del sr. lic., de quien ahora me consta que no siempre dice la verdad, pues lo he visto soltar una mentira con los ojos que el me ha pedido abrir. ¿Peco de rigorista si sospecho que en sus demás acusaciones el sr. lic. tampoco es demasiado escrupuloso? ¿Me excedo si deduzco que el sr. lic. sobrestima el poder del dinero y subestima el de la libertad? ¿Pido mucho si espero que comparta la razonable y respetuosa dignidad de la carta que otros —más de uno amigo mío— firmaron en apoyo de las demandas perredista? En todo caso, le ofrezco al sr. lic. las gracias por la luz, y pongo a su disposición el 50 % de mis ganancias por el presente escrito. Lo traeré en la cartera, para cuando se ofrezca.
La batalla apocalíptica de López Obrador
Milenio
07/08/2006
La estrategia de Andrés Manuel López Obrador sólo concebía un desenlace: ganar el 2 de julio. Ya vendrán los estudiosos que expliquen con la distancia debida por qué con tanto dinero en la chequera, los medios informativos abiertos de par en par y una sustanciosa ventaja de arranque en las encuestas, él y su equipo fueron incapaces de triunfar. Más que por la irresponsabilidad del presidente Fox y las campañas de odio, llegamos a esta circunstancia por la falta de talento de López Obrador, las redes ciudadanas y el PRD para imponerse en las urnas.
Al fracasar en la tarea de romper los platos de la vieja vajilla por la vía electoral, López Obrador se ha colocado fuera de la lógica del 2 de julio, fuera de la racionalidad democrática, por más que maniobre con el señuelo del voto por voto. El movimiento que hoy encabeza es una insurrección que se escribe en otro alfabeto, con otros signos de admiración e interrogación.
Una pista para tratar de comprender lo que está ocurriendo se encuentra en un ensayo de Paul Berman, publicado en el número de julio de Letras Libres, pues México parece estar comenzando a vivir lo que el autor define en abstracto como la batalla apocalíptica del líder y su “pueblo bueno” contra la “siniestra conspiración de las fuerzas corruptoras”.
No importa que la mitología se asiente sobre una cama de mentiras, que el “pueblo bueno” esté plagado de maleantes, ni que muchas de las “fuerzas corruptoras” hayan sido honestas aliadas de la “causa justa”. La batalla apocalíptica, excitada por un odio inmenso contra (y aquí cito al López Obrador de ayer en el Zócalo) “nuestros adversarios que han querido destruirnos y no nos han dejado otra opción”, se ha iniciado. Su único desenlace aceptable es el de una purificación de la sociedad que elimine los privilegios y (López Obrador, de nuevo) le dé “patria al humillado”.
Hay mucho de traicionero en este giro estratégico. Pero como en otras revueltas, en la de López Obrador hay también un factor brutalmente seductor. Alguien, por fin, le está haciendo sentir a los poderosos de México que el destino manifiesto del país no es el de sus monopolios, utilidades, ebitas, jueces a modo.
La toma de Reforma puede ser, acaso, un primer botón de muestra. No se trata ya de convencer electores, sino de poner en su lugar a las “siniestras fuerzas corruptoras”.
Movimiento contra partido
Reforma
7 de Agosto del 2006
Se ha interpretado la "toma" de la Ciudad de México como una provocación a los antagonistas de Andrés Manuel López Obrador. Una embestida contra el PAN, un aviso al Tribunal. Es lo contrario: un durísimo golpe a sus aliados. A diferencia de las concentraciones anteriores, el bloqueo de las arterias vitales de la capital no es una demostración de respaldo popular. Los campamentos no muestran rebosantes legiones de simpatizantes, sino pabellones despoblados. Unos cuantos partidarios dispuestos a desquiciar el día de miles. Evidentemente, ésta no es una intimidación eficaz contra los miembros de la corte electoral. No es tampoco un desafío serio a los panistas. Se trata de una puñalada en la espalda del gobierno perredista del Distrito Federal, una agresión del movimiento lopezobradorista contra el partido que lo postuló.
Ante el terror del micrófono ausente, López Obrador volvió a dar un gran salto hacia delante. Audazmente, saltó el cerco que podía conducirlo a la irrelevancia mediática y decidió establecerse, por vía de la agresión a la ciudad que lo respaldó enfáticamente, en el centro de la atención pública. En un brillante artículo reciente, Soledad Loaeza describió la naturaleza del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador ("De líderes a seguidores", La Jornada, 27 de julio de 2006). Su estilo no se parece al de ningún otro político mexicano. Es un dirigente de masas que pretende encarnar toda la rabia de la historia de México. El político provoca reverencias inexplicables y odios furibundos. De movilización en movilización, navega en aguas que describe siempre como excepcionalmente dramáticas para construir un poder personal que escapa de los retenes institucionales y se blinda con pueblo.
Tal vez la novedad histórica de López Obrador radica en la sede de su actuar político, más que su estilo y su lenguaje. Se trata del primer dirigente exitoso de un movimiento social de alcance nacional. Su espacio natural nunca ha sido la plancha de las instituciones. Desde que dirigió al PRD afirmaba la necesidad de inyectar la savia del movimiento social a la seca maquinaria del partido. Lo ha repetido muchas veces: la historia mexicana camina a zancadas de movilización, no conforme a la cadencia indolente de las instituciones elitistas. No es difícil percibir en su entendimiento del mundo legal una perspectiva marxista: está convencido de que las reglas y los órganos institucionales no son basamentos de la neutralidad sino instrumentos al servicio de los privilegiados. Por eso su compromiso institucional ha sido siempre tan ambiguo, tan frágil, tan superficial. Su participación en el orden institucional se levanta sobre un fermento de desconfianza en las normas que sólo compensa una fe en sí mismo verbalizada como devoción popular.
El revés electoral de julio arraiga en una convicción antigua que se ha solidificado con experiencia. Si las instituciones lo han combatido, las movilizaciones han venido a su rescate. Entre instituciones se siente a la intemperie, en su campamento permanente se abriga. No es extraño que encuentre refugio hoy, nuevamente, en el espacio que le otorga plena confianza: el movimiento social que convoca y dirige, esa asamblea multitudinaria que responde dócilmente a sus preguntas, esa concentración que le otorga indefectiblemente la razón. Ante la multitud, el caudillo no necesita seguir rituales fastidiosos. Su método convocar la aclamación: el dirigente pregunta y la masa, por fortuna, responde lo correcto.
Pero la lógica del movimiento no embona necesariamente con la lógica del partido. Habrá momentos en que un movimiento político puede nutrir a un partido. En estos momentos, sin embargo, los apetitos y las estrategias del movimiento tienden a lastimar al partido y pueden hacerlo de manera grave. En la medida en que López Obrador se siga viendo como dirigente de un movimiento social y no asuma las consecuencias de ser la cabeza de una organización partidista con extensas responsabilidades de gobierno y una amplia representación parlamentaria, el PRD sufrirá consecuencias nefastas. El partido se ha beneficiado enormemente de López Obrador. No puede explicarse el extraordinario salto en las preferencias electorales de ese partido sin el arrastre político del tabasqueño. Pero el partido ha sido rebasado ya por el lopezobradorismo. A la usanza del más viejo cesarismo, el líder (tras una consulta simulada) decide frente a las masas y marca el camino que deben seguir los hombres del partido. El partido, carente de cualquier liderazgo propio, sigue las órdenes puntualmente.
El movimiento social apuesta al instante. Su visión es apocalíptica: si hoy no ganamos, habremos perdido por siempre la oportunidad de gobernar. Por eso sus caminos de acción son ásperos, aparentemente irreflexivos, confrontacionales. No encuentra sitio en el futuro y por eso arriesga la pérdida de apoyos, la polarización, el distanciamiento de algunos fieles. Al movimiento no le sirve la frialdad de los moderados. Se vale sólo de los radicales. El partido, por el contrario, puede levantar la vista y llevar la mirada al futuro. Sabe que tiene responsabilidades que cumplir muy pronto, que el calendario le ordena una temprana moderación para volver a atraer a los independientes. Su operación natural lo llama a ordenar las expectativas populares y administrar en el tiempo la confianza que recibe.
López Obrador ha arrinconado a los moderados dentro de su partido. Hoy no pueden levantar la voz. Tendrán que hacerlo tarde o temprano. La gran construcción institucional del centro izquierda mexicano no puede quemarse en la pila de sacrificios.
¿Se puede salvar Humpty Dumpty?
El Universal - Estrictamente personal
07 de agosto de 2006
López Obrador está renegando de tantas cosas que poco falta para que, sin darse cuenta, reniegue de sí mismo
E l Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación avanzó el sábado un paso más hacia la calificación definitiva de la elección presidencial, con el revés a Andrés Manuel López Obrador para realizar un recuento total de votos. El argumento fue sólido: el PRD, ni presentó las impugnaciones en los términos de ley en los 300 distritos, ni demostró las contradicciones en forma evidente, ni se apegó a la doctrina y a la jurisprudencia. En síntesis, fue un desastre jurídico lo que presentó el equipo de López Obrador para el Tribunal Electoral, aunque hasta que no concluya el proceso, tampoco Felipe Calderón podría sentarse en la silla presidencial. De hecho, lo que sucedió fue que entramos en una nueva fase incierta y llena de misterio por obra y gracia del candidato, hasta hoy, perdedor el 2 de julio.
López Obrador, que no es abogado sino economista, aseguró que los argumentos de los magistrados eran "endebles", que habían actuado con un criterio "estrecho y limitado", que no iba a aceptar ese fallo y los conminó a que lo rectificaran porque de otra forma, adelantó, no aceptará resultado alguno de la elección. ¿Alguien se siente sorprendido? Quizás sólo los más ingenuos. Si alguien ha sido congruente y consecuente de principio a fin ha sido López Obrador. Nunca se comprometió a aceptar su derrota, y jamás ofreció acatar a las reglas de la democracia. No denunció nada durante la campaña, dijo en una de sus múltiples entrevistas radiales, porque estaba convencido de que ganaría.
Como no fue así, hoy está convertido en una especie de Humpty Dumpty, esa figura en forma de huevo que ha ocupado miles de palabras no sólo en la literatura, como personaje de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas, sino en los conceptos del lenguaje y, más cercano a lo que nos ocupa, en la ciencia política.
Humpty Dumpty es un símbolo de insensatez en el pertinente libro para la actualidad mexicana La marcha de la locura de Bárbara Tuchman, que menciona el caso de Luis XIV como uno de los paradigmáticos cuando se actúa en contra el interés propio, olvidando que la política debe ser política de un grupo y no de un individuo.
Luis XIV provocó el desplome de Francia al agotar sus recursos humanos y económicos, en una serie de medidas que su corte, lejos de cuestionar, le aplaudieron. Tan ciegos estaban que Madame de Pompadeur, la amante de su sucesor, haría una declaración tan famosa como soberbia: "Después de nosotros, el diluvio". Eso vino, en efecto, en forma de locura al persistir la insensatez.
El Humpty Dumpty que tiene López Obrador en su corazón lo está llevando por ese camino. Autodesignado como el hombre que tiene una misión sobre la tierra mexicana ve, al enfrentarse a los obstáculos, una gran conspiración en todo, desde el millón de mexicanos que contribuyeron al fraude electoral el 2 de julio, al fraudulento consejo general del IFE, a todos los medios de comunicación -menos su vocero y sus fieles, pero incluidos algunos con credenciales democráticas bien ganadas- que se sumaron a la cargada para consolidar la victoria "ilegal e ilegítima" de Felipe Calderón, a los gobiernos extranjeros que felicitaron al panista -como el conservador en Washington y el socialista en Madrid-, a los observadores internacionales que "no vieron nada", a más de un centenar de intelectuales que descartaron por completo la posibilidad de un fraude y al propio TEPJF cuyos magistrados, sugirieron algunos de los suyos, recibieron millonarios pagos por su voto.
Su discurso es, regresando a los conceptos de lenguaje, como el Humpty Dumpty de Alicia en el país de las maravillas, cuando le dice a Alicia con un tono de ironía: "Cuando uso una palabra significa exactamente lo que he elegido que signifique; ni más, ni menos", a lo que Alicia le responde: "La pregunta es si puedes hacer que las palabras signifiquen muchas cosas". Humpty Dumpty replica: "La pregunta es cuál es la que será la mejor; eso es todo". López Obrador se maneja en esos terrenos.
Su palabra significa muchas palabras para muchos públicos, como el diputado federal Emilio Serrano, quien en reacción al fallo del Tribunal Electoral reiteró que "estamos listos para morir en la lucha", o como algunos que en correos electrónicos procedentes de varias partes del país aseguran que están dispuestos a tomar las armas y pelear porque les sobran "cojones".
Metafórica o literalmente, López Obrador enfrenta un problema y, a la vez, un desafío. Si el Tribunal Electoral va prefigurando lo que podría ser su resolución final sobre la elección presidencial, ¿cómo va a impedir que, no los farsantes como el diputado, sino algunos partidarios fieles que piensan que sin el perredista se les canceló su posibilidad de dejar de ser pobres y convertirse en ricos, efectivamente no empuñen un arma y procuren hacer la justicia prometida por su candidato? ¿Cómo va a empezar a recular en su inflamatorio discurso tan divisionista después del zape tan contundente que le dio el Tribunal? ¿Cómo pegar lo que hoy ha roto?
Él mismo se ha venido cerrando los espacios de maniobra y sacrificando en el camino a los propios perredistas, aquellos que ya ocupan cargos de elección popular o administrativos, como el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Alejandro Encinas, que sigue acumulando faltas punibles por permitir los plantones -argumenta que no violan la ley, pese a que impiden el libre tránsito y afectan la libertad de terceros, consagrados por la Constitución-, o Marcelo Ebrard, quien como decenas de perredistas ganó el cargo en la misma elección que cuestiona López Obrador, y que ha endurecido su discurso para congraciarse con su líder, que le reclamó que no hiciera campaña y, en el exceso de la insensatez de la que habla Tuchman, hasta que no hubiera cancelado su boda.
Guardando la proporción con otras figuras de la historia, López Obrador está gastando capital humano y económico al obligar al PRD a que lo sigan en su marcha de la locura. O, por mencionar un solo botón de muestra, ¿cómo explicar de otra forma su resistencia a ceñirse a la ley y seguir elevando las expectativas de los más radicales, los más esperanzados, o los más ingenuos a dar todo por él solo? Humpty Dumpty es un personaje que los historiadores siempre han relacionado con violencia y tragedias, y los politólogos lo vinculan con aquellos líderes que destruyen todo a su alrededor.
No vaya a ser, por la dinámica que está imponiendo a los acontecimientos, que a López Obrador, parafraseando a Carroll y evocando al Ricardo III de Shakespeare -a quien identifican detrás de los acertijos de Humpty Dumpty-, al final de todo no le basten todos los hombres y los caballos del Rey para volverlo a poner en lo alto del muro en que estaba, tras haber destruido todo lo que había logrado.
rriva@eluniversal.com.mx
r_rivapalacio@yahoo.com
López Obrador no sabe perder
Editorial - Opinión
07-08-2006
Treinta y siete días después de las elecciones que dieron la victoria a su rival, el candidato izquierdista a la Presidencia de México, Andrés Manuel López Obrador, sigue empeñado en una peligrosa huida hacia adelante que amenaza con desestabilizar el país y desatar una crisis sin precedentes. Ni la presión de la comunidad internacional ni el fallo inapelable de la Justicia han convencido a este demagogo de lo que a estas alturas es ya el desenlace de un proceso democrático con garantías plenas: que es el liberal Felipe Calderón y no él quien debe regir los destinos del país durante los próximos seis años.
Lejos de apaciguar a sus seguidores -que han acampado en el centro de la capital mexicana provocando graves problemas de tráfico y de orden público-, López Obrador volvió a llamar a la rebelión contra el nuevo presidente después de que los siete jueces del Tribunal Electoral decidieran por unanimidad un nuevo recuento en sólo 11.839 de las 130.477 mesas que había reclamado. Conviene recordar que todas las actas llevan la firma de los interventores de la coalición izquierdista, pese a que ésta quiera ahora impugnarlas.
Antes de que sea demasiado tarde, el candidato del PRD debería recapacitar sobre la patética imagen que viene ofreciendo desde los comicios, que recuerda a la del lastimero Silvio Berlusconi, que se negó durante semanas a aceptar la victoria de sus rivales. Con un agravante: il Cavaliere en ningún momento sacó, como él, a sus partidarios a la calle, poniendo en solfa la legitimidad de las urnas y tratando de colocar al país en un estado prerrevolucionario que amenaza con dinamitar la imagen de seriedad y moderación que con tanto celo ha ido construyendo durante estos años el presidente saliente, Vicente Fox.
López Obrador debe desmovilizar inmediatamente a sus partidarios y reintegrarse a la dinámica del juego democrático, donde podrá presentar sus propuestas y criticar las de sus oponentes desde el lugar en la oposición al que -aunque sea por un estrecho margen- le han relegado los electores. Cualquier otra vía le convertiría de inmediato en un político fuera del sistema y conduciría a México por una pendiente que sólo sería beneficiosa para su propio ego.
Sensatez para México
Editorial - Opinión
07-08-2006
Apenas unas horas después de que el Tribunal Electoral de México desestimara su demanda de un nuevo recuento de todos los votos de las pasadas elecciones presidenciales mexicanas, el derrotado candidato izquierdista, Andrés Manuel López Obrador, ha rechazado el fallo, conminando a los miembros del tribunal a que "rectifiquen" y proclamando la continuación de la llamada "campaña civil" por la que sus partidarios bloquean la Ciudad de México.
López Obrador parece empeñado en seguir la peligrosa senda del populismo, la desestabilización del país y la deslegitimación de las instituciones que él mismo aspira a gobernar. Con su insistencia en no acatar el resultado electoral y sus "recomendaciones" a los jueces, ha perdido otra oportunidad de demostrar la categoría exigible a un presidente de un país como México.
El Tribunal Electoral es una institución independiente y respetada. Sus miembros han examinado las denuncias de la coalición encabezada por López Obrador y no han hallado razones que avalen la denuncia de un presunto fraude. Por tanto, sólo volverán a ser escrutadas 11.839 mesas del total de 130.477, algo menos del 10%. Es una decisión acertada que debe ser respetada por todos. El hecho de que el recuento oficial de las elecciones del pasado 2 de julio diera al candidato conservador Felipe Calderón el triunfo por sólo el 0,58% de los votos (234.934 sufragios), da idea de la profunda división de la ciudadanía y de la necesidad de apoyos políticos para gobernar que necesitará el futuro presidente. Pero en ningún caso justifica la tensión a que se están viendo sometidas las instituciones. Con su decisión, el Tribunal Electoral ha demostrado que los organismos democráticos mexicanos funcionan, incluso en situaciones de máxima tensión política. Es algo de lo que todos, sobre todo los mexicanos, deben congratularse.
López Obrador debe rectificar y aceptar el resultado de las urnas. No tiene sentido mantener movilizados a sus seguidores en protestas y manifestaciones que conllevan un potencial peligro de enfrentamiento civil. La ocupación permanente de parte de la capital mexicana es una coacción a la ciudadanía y una pésima imagen para el resto del mundo.
Lo que México necesita es sentido común por parte de todos los actores políticos. Y, por supuesto, un líder fuerte y legitimado capaz de emprender las reformas políticas, económicas y sociales que el país necesita para salvar tantas desigualdades. Ése, y no otro, debería ser el objetivo de López Obrador, aunque el elegido para tal tarea no sea él.
5 de agosto de 2006
La increíble y triste historia del cándido Mesías
La Crisis - Diario de Campaña
05-08-2006
Como se esperaba, el Tribunal Electoral rechazó la propuesta de Andrés Manuel López Obrador de revisar voto por voto y casilla por casilla. No era posible. Las leyes no lo permitían. Pero también el PRD presentó mal los expedientes. Queda, pues, la duda: ¿realmente López Obrador estaba esperanzado a la revisión del voto por voto o por saberlo imposible se lanzó a una batalla urbana que perdió desde la primera manifestación? No se sabe. López Obrador es desconcertante, a pesar de que lo conozco bien.
Al tabasqueño lo traté poco pero lo he venido siguiendo a fondo. Allá por la primera mitad de los noventa coincidimos en una mesa redonda en Acapulco, invitados por Zeferino Torreblanca, entonces dirigente empresarial. Mis críticas a Salinas le llamaron la atención a López Obrador. Por eso en su libro Entre la historia y la esperanza dijo que yo era un “valiente periodista”. Creo que por enfrentarme al poder establecido. Hoy sigo siendo el mismo: critico a López Obrador por sus errores y cuando todos lo idolatran. Se necesita, me digo un poco en broma, ser valiente para enfrentar a la turba que lo ha endiosado. Luego platiqué con él a principios del 2000 cuando andaba tras del registro como candidato capitalino. Yo había escrito que no cumplía los requisitos legales. Graco Ramírez me pidió que desayunáramos. Vi a otro Andrés Manuel: no levantaba el rostro, no fijaba la vista, parco, necio. Le dije, recuerdo, que eran los propios perredistas quienes decían que no cumplía los requisitos. Le salían las palabras con muchos esfuerzos. Me dijo que sí y que tenía pruebas. Le dije que me las diera. Quedó de enviármelas. Nunca me llegaron. Y yo lo seguí criticando porque quería el registro como candidato a través de las movilizaciones callejeras. Nunca más nos vimos. (Ni falta que hacía.)
La batalla contra el Trife estaba perdida. Pero López Obrador la usó como estrategia. Y perdió. Ya no le queda nada. Los plantones eran una medida de presión. Pero el repudio generalizado le quitó efectividad. Mañana la maquinaria política comenzará a triturar a López Obrador. Y poco quedará de él. Si acaso, terminará como el subcomandante Marcos: en busca de conflictos que liderear pero todos al margen de la ley y del consenso social. Marcos salió de Chiapas, llegó al DF a encabezar a los atencos y poco quedó de él. Sus marchas han sido desangeladas y muchas de ellas han debido de cancelarse por falta de manifestantes. Qué diferencia de aquella visita de Marcos en el 2001: la aglomeración rompió expectativas. Hoy lo ven en las calles y anda sin pena ni gloria.
Así terminará López Obrador porque creo que no ganará ni una kermés familiar. Cómo competir si ya se sabe que si no gana hará su berrinche. Y así terminarán como él sus principales asesores: Manuel Camacho, Ricardo Monreal, Federico Arreola. Los perredistas tienen escaños legislativos y ahí llevarán sus escándalos. Pero de ahí no pasarán. López Obrador seguirá buscando conflictos. Y algunos se le van a encimar: su lucha contra el Trife en el DF tendrá que ser un poco larga, pero en Tabasco lo requieren para las elecciones locales de noviembre. Y los datos indican que el PRD pagará en Tabasco la factura del DF.
En fin, que las cosas se tendrán que ir acomodando. López Obrador anunció para hoy a las siete de la noche su estrategia contra el Trife. La recogeremos en el Diario de mañana. No creo que valga la pena esperar. A menos que convoque a una revolución o a un golpe de Estado. La sensatez política aconseja institucionalidad, pero López Obrador va a tratar de impedir el sexto informe de Fox y la toma de posesión de Felipe Calderón, además de perseguir a Fox y a Calderón en actos públicos y de sitiar Los Pinos.
Pero ni modo. El peso de las instituciones será una lápida. López Obrador habrá de pagar muy caro su error: no se puede competir bajo las reglas de la institucionalidad y luego combatirlas si no se gana. Y lo que viene será un deslindamiento necesario del PRD y más por el efecto negativo del plantón en la ciudad de México. López Obrador se quedará sólo porque legisladores federales y capitalinos tendrán que tomar posesión. Y ahí la lucha paralela del tabasqueño tendrá que darse en el vacío.
López Obrador pudo haber hecho mucho por la democracia. Pero le ganó la ambición de poder. Se sintió presidente de la república antes de ganar las urnas, ejerció y agotó el poder antes de tenerlo. Y ahora ya no sabe cómo decirle a los millones de ciudadanos que creyeron en él que siempre no, que las instituciones electorales dijeron que ganó Calderón. A lo mejor la lucha de López Obrador no es por la democracia ni por la ética sino para no quedarle mal a sus seguidores, aunque meta al país en una zona peligrosa de incertidumbre.
La decisión del Trife obliga al país a regresar a la política, a alejarse de las confrontaciones y a sentarse a discutir las reformas para pactar la transición a la democracia. Ahí tendría un papel clave López Obrador, pero carece de la grandeza de la política. El tabasqueño es una carga negativa de egoísmo y rencor. Y ahí terminará de perder porque el país tendrá que seguir su marcha. Eso sí, habrá que agradecerle a López Obrador que su obstinación hizo que millones de mexicanos valoraran la importancia de la política y de los acuerdos y se alejaran de la confrontación y la lucha callejera. Ahí quedó una base política fundamental para sentarse a discutir la gran reforma política necesaria.
Lo que viene, por tanto, es el ejercicio de la política, no la rebelión social.
Solicita Lupa Ciudadana al PRD copia de las 72,000 actas con supuestas inconsistencias
Reflexión
4-ago-06
Horacio Duarte, representante de la Coalición por el Bien de Todos ante el IFE, declaró ayer (3-ago-06), en respuesta a la carta que 135 intelectuales firmamos en defensa de las instituciones democráticas, que “ponía a disposición de este grupo de intelectuales” las 72,000 actas con supuestas inconsistencias “para que cuenten con información, y entonces den una opinión sobre si existe o no el fraude electoral”.
Lupa Ciudadana, organización cuyo fin es acotar la impunidad declarativa de nuestra clase política, solicitó formalmente el día de hoy al Partido de la Revolución Democrática copia de las actas, para realizar un conteo independiente de las mismas. Este conteo se realizará con asesoría de especialistas en el tema electoral sin importar cuál sea la resolución que decida emitir el Tribunal Federal Electoral del Poder Judicial.
Determina TEPJF recuento en 9.07% de casillas
El Universal
05 de agosto de 2006
Por unanimidad, los siete magistrados del tribunal electoral estimaron procedente efectuar un nuevo escrutinio y computo en sólo 11 mil 839 casillas de 149 distritos, ubicados en 26 entidades del país
Ciudad de México (12:32) Por unanimidad los siete magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) desestimaron la pretensión de la coalición Por el Bien de Todos para un recuento total de votos de la elección presidencial, y determinaron efectuar un nuevo escrutinio y computo en sólo 11 mil 839 casillas (9.07 por ciento) de 149 distritos, ubicados en 26 entidades del país.
Lo anterior, fue resuelto tras dos horas de discusión, en la que se dieron a conocer los argumentos por los cuales fue rechazada la solicitud de la coalición para proceder al recuento total de los sufragios presidenciales.
El magistrado presidente, Leonel Castillo González, informó que tras el análisis y evaluación de 174 incidentes de previo y especial pronunciamiento, de ellos, 25 se consideraron infundados, seis debidamente fundados y 143 parcialmente fundados.
De esta revisión, finalmente se determinó un nuevo escrutinio y cómputo de 11 mil 839 casillas, cuyo proceso estará a cargo de jueces y magistrados del distrito, que serán designados por el Consejo de la Judicatura Federal.
Cabe mencionar que para la jornada electoral del 2 de julio fueron instaladas 130 mil 437 casillas, ante lo cual las 11 mil 839, sólo representan el 9.07 por ciento.
Rechaza TEPJF recuento total
El tribunal electoral dio a conocer los obstáculos jurídico-electorales que no superó la coalición Por el Bien de Todos para pretender el recuento de todos los sufragios presidenciales
Ciudad de México (11:00) El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) desestimó esta mañana la pretensión de la coalición Por el Bien de Todos para que se efectúe un recuento de los votos de toda las casillas instaladas para la elección presidencial del pasado 2 de julio.
A la espera de que se someta a votación este aspecto, el secretario de estudio y cuenta, Flavio Galván, dio a conocer los obstáculos jurídico-electorales que no superó la coalición para pretender el recuento total:
1.- No impugnó, como lo marca la ley, los 300 distritos electorales en que se dividió el país para la elección del 2 de julio, sólo lo hizo en 230, por lo que quedan excluidos los restantes.
2.- No procedió la acumulación de todas las impugnaciones, como lo solicitó la coalición, al no existir un respaldo en doctrina y jurisprudencia.
3.- No se evidenciaron las supuestas irregularidades, por las cuales habría una intervención indebida de funcionarios gubernamentales federales.
En este apartado se determinó que algunas de las irregularidades graves señaladas por el actor o denunciante, es decir la coalición Por el Bien de Todos, correspondían a la etapa de precampaña o a la campaña, sin que ello alcanzará o tuviera impacto en el proceso de escrutinio y cómputo. Se refirieron así a las aparentes campañas difamatorias contra del abanderado de la coalición, provenientes de sectores gubernamentales, religiosos o empresas extranjeras.
4.- La coalición tampoco justificó debidamente su pretensión en el sentido de que el número de votos nulos era atípico, con relación, incluso, con los sufragios obtenidos por los candidatos no registrados.
5.- Respecto a la pretensión de una injerencia del partido Nueva Alianza en favor del candidato del PAN en diversas casillas electorales, la coalición no especificó las casillas en las que pudo haberse dado esta situación.
6.- De igual manera, no se explicó en la demanda, la supuesta parcialidad de las autoridades del IFE para la atención y solución de aparentes quejas relacionadas con partidos y coaliciones.
7.- También se desestimó la queja por la cual se advertía una supuesta negligencia por parte de la Fiscalía Especializada Para la Atención de Delitos Electorales.
8.- Además, fue rechazada la pretensión para que los magistrados tomaran en cuenta la experiencia de recuento de votos en naciones como Costa Rica e Italia, porque no supieron sustentar estos precedentes de otros países en favor del demandante.
AMLO: una serie de eventos desafortunados
La Crisis - Diario de Campaña
04-08-2006
La disputa real de la política y del poder se ha salido ya de los cauces institucionales. La previsión del resultado en el Tribunal Electoral será un mero pretexto: si califica a Felipe Calderón como presidente electo, entonces la movilización de López Obrador escalará la resistencia a la toma de espacios; si el Trife ordena el recuento de votos, se habrá dado al traste con la legalidad electoral; y su se busca una opción intermedia, salomónica, las cosas seguirán en la misma crisis.
El país se encuentra estancado en el debate poselectoral. No se trata aún de una crisis política porque las leyes funcionan y las instituciones electorales siguen su paso. Pero el PRD y López Obrador pueden estallar la crisis política si desobedecen las leyes. Y entonces el país habrá de entrar ya en la lógica de una rebelión social contra las instituciones.
Lo que queda en la libreta de apuntes es la búsqueda del origen de los problemas. Y ahí no hay más que uno: López Obrador decidió en el 2000 entrar en la lucha política legal y seis años después salió con que siempre no. Que por la vía legal no, porque las leyes las hicieron los adversarios. Aunque habría que aclarar el papel del PRD de 1989 a la fecha en la aprobación, diseño y aval a las leyes.
La rebeldía de López Obrador ha estado siempre presente: que si no le daban el registro como candidato al DF porque no cumplía con los requisitos de ley, pues a sacar a la gente a la calle; que lo quisieron desaforar por no respetar un amparo, pues a sacar a la gente a la calle; que no le gustó el saldo de las elecciones presidenciales, pues a sacar a la gente a la calle. Esta conducta es propia del que no sabe perder, del que siempre quiere ganar.
Ahora queda en el ánimo ciudadano la certeza de que López Obrador se acaba de jugar su última carta. Y como va perdiendo el juego, entonces no hay más que una conclusión: una serie de eventos desafortunados ha llevado a López Obrador a la quema de su vía legal. Ya nadie va a votar por él en algunas elecciones futuras porque no sabe perder, porque arrebata, porque hunde a la ciudad de México en un caos histórico, porque no está preparado para la lucha legal, porque las leyes las quiere siempre a su favor, porque compite sólo para ganar.
De ahí la percepción de que López Obrador se juega su resto. O gana todo o pierde todo. Si gana, el país entrará en un conflicto social con visos de guerra civil; si pierde, entonces meterá al país en una situación de violencia social que sólo va a poner orden la policía y sus toletes porque López Obrador ya no entiende de razones políticas.
Entre esa serie de eventos desafortunados se apareció la figura de Fidel Castro. La historia, en efecto, lo juzgará. Quede sólo como reflexión en hecho de que Cuba vivía en torno a un solo hombre cuyos ideales no fueron lo suficientemente fuertes. Y que el caso del hombre providencial siempre llega a su ocaso. La virtud de los hombres en verdad grandes fue haberse sabido retirar a tiempo. Cuba se hundirá con Castro. Y México, que sobrepasó hace tiempo a los hombres providenciales, es empujado en el camino de regreso hacia los caudillos. Los ideales viven por sí mismo; los caudillos necesitan el poder para sobrevivir. El evento desafortunado de Castro y Cuba le recordó a los mexicanos que la democracia no es un ideal sino un conjunto de instituciones y reglas. Que el ideal encarnado en una persona es caudillismo y siempre, pero siempre, derivan en dictaduras.
López Obrador quedó atrapado en su laberinto. Lo saben sus colaboradores. Algunos quieren salir pero no saben cómo. López Obrador no quiere salir sino quedarse ahí, atrapado en ese libertino. La mayoría de la república ya reconoció la victoria de Calderón y la derrota de López Obrador. Y si el Trife dictamina lo contrario, entonces sí que entraremos en una zona de inestabilidad que nadie, ni siquiera López Obrador, va a poder manejar. Ahí es donde se medirá la grandeza de los hombres públicos; ahí se verá la pequeñez de los ambiciosos de poder.
Ya no falta mucho para saberlo. El tiempo es implacable. Los plazos constitucionales son inflexibles. Y llegará pronto, quizá este mismo fin de semana, la hora decisiva. Y veremos si nuestros políticos son tales o sólo egoísmos caminando por las calles.
4 de agosto de 2006
Fines y medios
Reforma
4 de Agosto del 2006
François de La Rochefoucauld
Lo que nos están diciendo los más fieles seguidores de Andrés Manuel López Obrador -hace ya tiempo que quedó claro que no son toda la izquierda o siquiera todos los perredistas- es que el fin justifica los medios.
Esta posición no es nueva. La han utilizado los tiranos a todo lo largo de la historia. Pero con la experiencia que hemos tenido en el mundo con quienes han mantenido este principio, no deja de ser atemorizante que hoy se retome esta doctrina con tanta vehemencia en México.
Sí, es cierto, estos fieles seguidores de López Obrador reconocen que la ley prohíbe el bloqueo de vías de comunicación. El propio líder de su movimiento, tan afecto a las manifestaciones y plantones como arma de presión política, entendió cuando jefe de gobierno del Distrito Federal que no podía permitir todas las manifestaciones o todos los plantones. Por eso ideó el bando 13, que prohíbe el bloqueo de vías primarias, como Insurgentes, el Periférico y, por supuesto, Reforma. De esta manera, cuando menos dejaba exento a su preciado segundo piso del Periférico de bloqueos de la Oposición.
Pero reconocer lo que dice la ley o el bando 13 no ha sido obstáculo para el bloqueo de Reforma. Ninguna regla es válida, dicen los obradoristas, cuando se busca un bien mayor. En otras palabras, el fin justifica los medios.
Para los adictos a López Obrador el bien mayor es la defensa del triunfo electoral que su jefe presumiblemente obtuvo en las elecciones del 2 de julio. Con el fin de preservar esa victoria, cualquier táctica es buena. No es necesario mantenerse dentro de los cauces de la ley. Pueden violarse incluso los derechos de los ciudadanos que no tienen nada que ver en el tema. No olvidemos nunca que el fin justifica los medios.
Cada día estoy más convencido de que las afirmaciones de fraude de la coalición Por el Bien de Todos son falsas. Una prueba tras otra se ha caído al examinarse en detalle. El propio López Obrador y sus seguidores aún siguen peleándose por saber si el fraude fue cibernético o a la antigüita. La convicción de los obradoristas de que la repetición constante hará verdaderas las acusaciones no surte efecto en quienes no comparten sus dogmas. Pero aun suponiendo que los cargos fuesen ciertos, el ámbito donde deben ventilarse es el Tribunal Electoral. Violar los derechos de terceros para presionar a los magistrados rompe no sólo la ley sino la ética.
Casi todos los dictadores de la historia han recurrido al principio del utilitarismo que establece que el fin justifica los medios. Muy pocos han estado dispuestos a reconocer que sus actos se basan en la ignorancia o en la perversidad. Adolfo Hitler argumentó que el genocidio de judíos, gitanos y otros grupos étnicos era necesario para crear un reino de paz y prosperidad bajo la tutela del pueblo más avanzado del mundo, el alemán. Stalin sostuvo que la matanza de granjeros y disidentes era indispensable para construir el reino del comunismo en el que todos vivirían en paz, igualdad y prosperidad.
Una vez que empieza a aplicarse el principio de que el fin justifica los medios, empero, no hay dónde detenerse. Si a cambio de impulsar un bien mayor se pueden violar impunemente la ley y los derechos individuales, no hay obstáculo para ningún abuso. ¿Por qué no despojar a alguien de su propiedad si, al repartirla entre mis simpatizantes, hago felices a éstos y violo sólo los derechos de uno? ¿Por qué no puedo bloquear las vías de salida de una sola casa, por ejemplo la de Alejandro Encinas, si con ello genero el júbilo de millones? ¿Por qué no puedo matar al negro, al judío o al indocumentado si con ello logro un mayor bienestar o una mayor aceptación política de los electores en mi comunidad?
Mucho se ha escrito en los medios académicos sobre los horrores a los que lleva una ética utilitaria. De hecho, ninguna sociedad civilizada puede sostener que el fin justifica los medios. Los derechos individuales deben ser inviolables. A final de cuentas, todos podemos ser minoría: todos podemos ser esa persona cuyos derechos se violan para promover un bien ulterior.
Los peores tiranos de la historia han aplicado la filosofía de que el fin justifica los medios. Las sociedades libres y democráticas, por el contrario, sostienen que los individuos tienen derechos inalienables que la autoridad no puede violar y que las leyes deben aplicarse a todos sin exentar a los amigos o aliados de los poderosos.
La estrategia de bloquear la columna vertebral del Distrito Federal es un ejemplo claro de la filosofía de que el fin justifica los medios. Pero una vez que se empieza por este camino, termina por prevalecer únicamente la ley del más fuerte.
Intelectuales
Muy importante el desplegado que firman José Woldenberg, Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze, Federico Reyes Heroles, Roger Bartra, Germán Dehesa, Denise Dresser, Soledad Loaeza, Alejandro Rossi y una impresionante lista de intelectuales. Señalan que pudo haber errores en la elección del 2 de julio, pero que no hay indicios de un fraude maquinado; que todos los partidos tienen derecho a acudir al Tribunal Electoral, pero que no se debe alimentar una situación de crispación y alarma; y que debemos, finalmente, tener confianza en el fallo del Tribunal.
sarmiento.jaquemate@gmail.com
La escalada de Obrador
Editorial
03-08-2006
Manuel López Obrador, el líder centroizquierdista mexicano derrotado por estrechísimo margen en las presidenciales de julio, porfía en un camino peligroso para presionar a los jueces y denunciar el supuesto fraude electoral que le ha arrebatado la jefatura del Estado. La última fase de su protesta para exigir el recuento manual de todos los votos consiste en hacer acampar a sus huestes en el centro de la capital mexicana, paralizado y caótico desde hace tres días. No hay peligro de intervención policial para restituir la normalidad: el gobierno de la ciudad está en manos de su partido, el de la Revolución Democrática (PRD).
El Tribunal Federal Electoral, ante el que López Obrador ha recurrido, tiene hasta el 6 de septiembre para pronunciarse sobre las elecciones, ordenar un recuento total o parcial de los votos o dar por bueno el resultado que otorgó la victoria al conservador Felipe Calderón, del oficialista Partido de Acción Nacional (PAN). Es una institución respetada, integrada por siete jueces sin compromisos políticos conocidos.
Pero un mes es probablemente demasiado tiempo en el clima de creciente tensión política alimentada por López Obrador. El aspirante derrotado, cultivador de un populismo fácil, se prodiga en inquietantes mensajes que van desde considerarse el indiscutible presidente de México hasta el desprestigio del Tribunal Electoral, pasando por anunciar que acatará el resultado del recuento que exige "incluso si pierdo". Parece como si el objetivo final del ex alcalde de México fuese anular los comicios ganados aparentemente por Calderón, que mantiene un perfil deliberadamente bajo.
Con las movilizaciones populares que viene abanderando desde hace un mes, Obrador ha escogido el peor método democrático para defender la democracia. México se ha dotado en los últimos años de instituciones electorales creíbles, de funcionamiento democrático y maduro. Y no hay de momento evidencia alguna que avale el fraude denunciado por el líder centroizquierdista. Echarse al monte antes de que los órganos de arbitraje hayan cumplido su función, significa, entre otras cosas, que López Obrador carece de respeto por el sistema legal del país que aspira a presidir. La acampada en curso -pomposamente llamada resistencia pacífica- es un grave error más para ganar en la calle lo que le han negado las urnas. Un peligro menor es que acabe perdiendo el apoyo de quienes no le votaron, pero están a favor del recuento. Otro, de mucho mayor alcance, que la confrontación que el ex alcalde de México DF está fomentando, acabe yéndosele de las manos.

