11 de agosto de 2006

¿Hasta dónde irá el PRD?

Demetrio Sodi de la Tijera
El Universal
11 de agosto de 2006

No hay duda de que los perredistas deben estar indignados con el resultado de la elección; durante más de cuatro años estuvieron al frente en cualquier encuesta, y no fue sino hasta unas semanas antes del 2 de julio cuando la preferencia electoral se les vino abajo. Estoy convencido de que todavía no saben lo que pasó, y la única explicación que tienen es que se llevó a cabo un gran fraude electoral en su contra. Por otro lado, la diferencia de sólo 0.5% abre un espacio legítimo para la duda y, como consecuencia, para la exigencia de contar nuevamente voto por voto.

Desde mi punto de vista, el PRD y AMLO deberían hacer un análisis profundo de por qué perdieron la elección y no sólo darle vueltas a la posibilidad de un fraude electoral que no existió. AMLO es el principal responsable de que el PRD se haya convertido en la segunda fuerza electoral del país, pero al mismo tiempo es también el principal responsable de haber perdido la elección presidencial.

Fueron muchos los errores que cometió por su exagerada ambición y protagonismo. Su afán de controlar todos los espacios del PRD lo llevó a confrontarse y marginar al ingeniero Cárdenas y a los cardenistas, bloquear la llegada de Nueva Izquierda a la presidencia del partido, dar la espalda a los bejaranistas, que habían sido clave para consolidar su poder en la ciudad, imponer en forma autoritaria a su candidato al Gobierno del DF, marginar al PRD, a las corrientes y a las figuras principales del partido y aliarse con gente mal vista por los perredistas (Camacho, Ebrard, Núñez, Guadarrama, entre otros).

Por otro lado, se confrontó sin necesidad con los medios de comunicación, sobre todo con directivos de Televisa y Reforma, con liderazgos importantes de los empresarios y con el presidente Fox.

Como resultado de todo lo anterior, perdió apoyos importantes, tanto dentro del PRD como de votantes que le tenían simpatía y lo veían como una opción de cambio. Este alejamiento de muchos grupos perredistas se reflejó en la votación del 2 de julio, principalmente en estados como Michoacán, Zacatecas, Baja California y el mismo Distrito Federal. Su política de confrontación fue aprovechada por el equipo de Felipe Calderón, y mucha gente, que unos meses antes tenía intención de votar por AMLO, le tuvo miedo y le retiró su voto.

La campaña del miedo funcionó, pero el principal responsable no fue el PAN, sino el mismo Andrés Manuel López Obrador, que equivocó la estrategia. Algo que deberían aprender los perredistas es que la gran mayoría de la gente no quiere ni grandes cambios ni grandes riesgos, y le apuesta a la opción más segura, que en este caso era Felipe Calderón, en lugar de un candidato que significaba un riesgo para su futuro.

Con los bloqueos y manifestaciones de las últimas semanas, el PRD y AMLO se están volviendo a equivocar; mucha gente que votó por ellos está arrepentida, y aun cuando apoyan el conteo voto por voto no apoyan la estrategia de estrangular la ciudad de México. Seguramente AMLO ya decidió seguir con la misma estrategia de movilizaciones y confrontación los próximos seis años, lo que no sería razonable es que el PRD desperdiciara la fuerza política que va a tener en el Congreso y en el país y le apueste a una estrategia que lo margine del debate y los acuerdos nacionales.

El PRD y la izquierda tienen, como nunca en su historia, la fuerza política para influir en serio en el rumbo futuro del país, pero para impulsar un cambio nacional profundo tienen que dejar de lado la confrontación y descalificación permanentes que impulsará, durante los próximos seis años, López Obrador. El PRD tiene que decidir entre el proyecto de una persona o el futuro de un partido y una ideología.

demetriosodi@hotmail.com
Senador de la República

AMLO y su propia derrota

Ricardo Raphael
El Universal
11 de agosto de 2006

Rebasar es cosa buena para un maratonista o para un piloto corredor de autos Fórmula Uno. En cualquier tipo de competencia, ir más allá de los otros suele otorgarle a uno la victoria. Ocurre también en la natación, en los 100 metros planos, en las carreras de bicicletas, en fin, en todo un largo etcétera de actividades humanas solitarias que tienen por objeto dejar atrás a los demás.


Sin embargo, porque se trata de un asunto colectivo, cuando el liderazgo de un movimiento social se adelanta a sus seguidores, termina pagando costos muy elevados.

La paradoja radica en que mientras el líder ha de anticiparse para señalar el rumbo, también ha de detenerse para procurar que sus fieles permanezcan juntos. Por ello no puede actuar como si fuese un cazador o un ermitaño insociable. Como recomendara el viejo organizador social, Saúl Alinski, el líder no puede actuar en contra de la experiencia de su propia gente.

Toda estrategia de organización colectiva ha de generar simpatías entre los seguidores. Ellos han de sentirse cómodos, adecuados, confortables dentro de las acciones comunes. Si las iniciativas son chocantes, agresivas o amenazantes, el movimiento terminará por deshilvanarse. La faena concluirá en la desconfianza de los fieles hacia su líder.

¿En qué medida López Obrador está yendo más allá de la experiencia de su propia gente? Es indisputable que este líder ha reunido varias veces, en la plaza capitalina del zócalo, a más de un millón de mexicanos. Pero tal hecho puede ser engañoso. Por este candidato a la Presidencia votaron muchos más de los que ahí se han reunido. Según los resultados oficiales con los que hoy se cuenta, arriba de 15 millones de mexicanos cruzaron las boletas en favor de su nombre. Un éxito (se ha dicho), muy importante para la historia de la izquierda partidaria mexicana.

¿Se refleja el resto, los no asistentes a las marchas, en la resistencia civil que AMLO ha propuesto? ¿Se sienten cómodos con la toma de carreteras o con las manifestaciones frente a la Bolsa Mexicana y el TEPJF? ¿Se reconocen en el discurso radicalizante que utiliza palabras como "fraude", "purificación", "traidores", "cargada", o "vendidos"? Tengo para mí que los no marchantes velozmente están dejando de ser lopezobradoristas. Está sucediendo así en todos los rincones del país, incluido el Distrito Federal.

En Chiapas, por ejemplo, la radicalización de López Obrador trae muy malos recuerdos. En esa entidad, no hace tanto tiempo, sufrieron los resultados de la diletante soberbia y la siempre insatisfecha conducción política del subcomandante Marcos. Y la memoria pesa en estos días de elecciones locales: mientras Juan Sabines, candidato del PRD a gobernar esa entidad, a principios de julio pasado contaba con una ventaja de más de 15 puntos, hoy se encuentra en franco empate con su más cercano competidor. Que nadie se llame a sorpresa: la caída de Sabines está directamente relacionada con la radicalización de AMLO en la capital de la República.

En Campeche, por su parte, recuerdan con rechazo la resistencia emprendida por Layda Sansores en contra de su primera derrota electoral. Tanto fue el repudio acumulado entre los campechanos hacia esta mujer que, para la siguiente vez que se presentó como candidata al gobierno del estado, ella obtuvo un pálido tercer lugar. En Tabasco la experiencia está siendo similar. Es hora en que los residentes de estas tierras se han puesto a evocar el ambiente de malestar e incertidumbre que, durante las primeras revueltas de López Obrador, se produjo en su estado. Por estos días una buena parte de sus coterráneos concluyen, muy a su pesar, que no obstante los años transcurridos, la esencia política del hombre sigue siendo la misma.

Un buen recorrido por el sureste mexicano permite saber que López Obrador ha sumado más detractores en estas últimas semanas comparado con todos aquellos que, gracias a sus obras o a las de sus enemigos, hubiera podido acumular en su larga trayectoria. Lo peor para él es que se trata de detractores que, hasta hace muy poco, eran sus partidarios. El final de la resistencia civil convocada por López Obrador no será causado por sus opositores: por el gobierno, por los panistas, por los ricos o por los empresarios. Su verdadera derrota tendrá como origen la ceguera que le llevó a ir más allá de lo que su gente consideraba como aceptable.

Profesor del ITESM

Intolerancia

Jorge Chabat
El Universal
11 de agosto de 2006

En varias ocasiones, el candidato de la coalición Por el Bien de Todos, Andrés Manuel López Obrador, ha insistido que la campaña del PAN de considerarlo "un peligro para México" era fascista, puesto que lo descalificaba en términos absolutos. Y la verdad es que ese es un discurso inaceptable en una democracia, pues manda un mensaje de aniquilación del adversario y no lo ve como un contendiente legítimo. Sin embargo, no es sólo el PAN quien ha dado estas muestras de intolerancia.


El propio López Obrador ha mostrado un discurso similar frente a sus adversarios. De hecho, desde hace varios años, AMLO ha desarrollado un discurso polarizante en el cual ridiculiza y agrede a "los ricos", como lo hizo a raíz de la marcha de protesta por la inseguridad en 2004. Pero también AMLO ha descalificado a sus adversarios, sobre todo al PAN, a quien constantemente se refiere como "la derecha". En este sentido, la semana pasada, AMLO señaló que "el triunfo de la derecha es moralmente imposible, no pasarán". Esta afirmación es sorprendente y francamente inaceptable en una democracia.

En un sistema democrático, el triunfo de cualquier fuerza política que contiende dentro de las reglas es posible y legítimo. No se puede descalificar al adversario por razones ideológicas.

Finalmente, todos los partidos y todas las ideologías que compiten en elecciones democráticas son válidos y tienen derecho a ganar si obtienen los votos suficientes.

La lógica de descalificar a la ideología contraria es una característica de regímenes autoritarios o francamente totalitarios. Es la lógica de la Revolución Mexicana. Es el discurso de Plutarco Elías Calles frente a la oposición que se comenzaba a articular frente a los gobiernos surgidos de la gesta revolucionaria de 1910: frente al gobierno de la Revolución no hay oposición legítima. Es la lógica que usaba Fidel Velázquez cuando declaraba, en los años 80, que "a balazos llegamos al poder y a balazos nos van a sacar".

Finalmente, detrás de estas afirmaciones hay una visión del poder: éste deriva de la historia, de los movimientos sociales, de las revoluciones, no de las urnas. Y esta es una visión del poder que le es muy afín a la izquierda. En los años 60 y 70, cuando la única izquierda permitida en México era la de los partidos satélites, como el PPS, la izquierda opositora al PRI simplemente no existía de forma institucional y no participaba en elecciones.

Y esa situación no era sólo resultado de la prohibición de dichas organizaciones por parte del gobierno, sino también de una decisión propia: no participar en las elecciones "burguesas".

Finalmente la visión marxista era esa: la historia la hacen las masas con la revolución que va a destruir al capitalismo. Para el marxismo clásico la política era un asunto de bayonetas y no de urnas. Finalmente, la violencia y no las elecciones, es la partera de la historia. Y la historia camina en una dirección: la del proletariado, no en la dirección que elijan los electores.

Por eso parte del discurso del PRD en las pasadas elecciones era que había una ola de gobiernos de izquierda en América Latina que se iba a reflejar en México. Era la historia y no la decisión de los electores la que marcaba el rumbo de los acontecimientos. Por ello la "derecha" no puede ganar, porque la historia no va en esa dirección. Por ello, si dicen que ganó el PAN es porque hubo trampa. No hay de otra: la "derecha" no puede ganar ni moral ni históricamente.

Es sin duda muy preocupante que subsistan discursos intolerantes entre la clase política. No obstante, el problema mayor estriba en que esta visión está permeando en la sociedad. Lo veo yo a diario en los correos que recibo en los que abundan los argumentos ad-hominem. No importan los argumentos sino quién los dice. Y aquí aparece una vez más la visión marxista: cada quien habla de acuerdo con su clase social.

Por lo tanto, la discusión es imposible. No hay respeto por quien piensa diferente.

Peor aún, no se puede discutir. Con el enemigo no se discute. Con el enemigo, lo único que hay que hacer es destruirlo, como se veía en un dibujo hecho por un niño perredista, publicado hace un par de días en un diario capitalino, en el cual aparecía López Obrador sobre el cadáver destrozado de Calderón. Esa es la visión de los intolerantes.

Esa es la visión de quien no cree en la democracia ni en el voto. Y lamentablemente, esa es la visión de una parte de la clase política y de la población. Lo peor de todo es que quienes ven así a la política no parecen tener ningún pudor en mostrarla. No la ven como "políticamente incorrecta", sino que se enorgullecen de la misma.

Y ahí está el principal reto de la democracia mexicana: desarrollar la tolerancia y no ver a la intolerancia como una virtud sino como un defecto grave. El más grave de todos.

jorge.chabat@cide.edu
Analista político e investigador del CIDE

Sore loser

The Economist (Inglaterra)
Leaders - Mexico's contested presidential election
Aug 10th 2006

People power and its abuses

SHOW me a good loser, goes an old quip, and I’ll show you a loser. Andrés Manuel López Obrador seems to have taken this saying too much to heart. After his apparent defeat in Mexico’s presidential election on July 2nd, he is refusing to give up. He has instead called thousands of his supporters into the Zócalo, Mexico City’s main square, and Reforma, one of its principal avenues. The (peaceful) protests will continue, he vows, until the electoral authorities agree to a full recount. A fair count, he says, will reverse the result.

Is this another example, like Ukraine’s “orange revolution”, of a brave democrat mobilising “people power” in order to restore a stolen election? Hardly. Mr López Obrador may have been cheated of victory before. In 1994 he lost the governorship of Tabasco state in an election rigged by the Institutional Revolutionary Party, the ever-ruling party of the time. But Mexico has changed. Its democracy is now full-blooded but still new enough that it cannot be taken for granted. Far from strengthening Mexico’s young democracy, Mr López Obrador’s protest now threatens to undermine it.

July’s vote was close. The margin that gave Felipe Calderón of the centre-right National Action Party his apparent victory was a mere 244,000 of the 42m votes cast. But Mr López Obrador’s accusations of large-scale fraud are not supported by evidence. Observers from America and the European Union judged the vote fair. In many areas the tally was certified by his own centre-left Party of the Democratic Revolution, which scored its best-ever result in the vote for Congress.

The integrity of Mexican elections is the responsibility of two institutions, which have operated transparently and independently of the government since they were reformed in 1996. The Federal Electoral Institute runs elections and counts the votes. The results are certified by the Federal Electoral Tribunal (Trife), a seven-judge panel that has proved its impartiality in scores of local elections. Mr López Obrador had been happy to accept their authority until he learned of his likely defeat. On August 5th in a unanimous ruling the Trife judged that there were grounds for a recount at 11,839 polling stations, about 9% of the total. That is unlikely to overturn Mr Calderón’s victory, although the Trife could broaden the recount if it finds more irregularities than expected.

That ought to be the last word. The Trife is the final arbiter on electoral matters and must declare a winner (or annul the election) by September 6th. But Mr López Obrador responded to its ruling by inciting more civil disobedience. “What is going to happen if they force this result on us?” he asked his supporters. “Revolution,” they roared in answer.

No longer a friend of democracy

By mobilising people power this way Mr López Obrador is not defending democracy but attacking the institutions that underwrite it. Many Mexicans fear that he is building a mass movement to make it impossible for anyone else to govern. But it is far from clear that a majority backs him. Mr López Obrador’s fiery five-year tenure as mayor of their capital left Mexicans unsure whether he would govern as a moderniser or as a reconditioned populist. His performance since the election, especially his willingness to let Mexican democracy erode, suggests the latter. The longer he camps out in the Zócalo, the more apparent it will be that he does not deserve to be president, after this or any future election.

Orwell y AMLO

Isabel Turrent
Reforma
6 de Agosto del 2006

Pedirle a un político la verdad, es pedirle peras al olmo. Aun en una democracia, el político en campaña se empeñará en transmitir al electorado una batería de promesas que no podrá cumplir -al menos en su totalidad-, y el político en el poder intentará presentar "su" verdad como la verdad objetiva. Pero el acceso a información imparcial y a análisis ponderados y racionales, el respeto al marco legal y al voto imponen límites a la capacidad de manipulación del político. López Obrador se cuece aparte. Distorsiona la verdad de manera sistemática, hace caso omiso de la ley y acusa a sus oponentes de lo que él hace o planea hacer. Para entender su discurso, el mejor camino parece ser el recurso a la ciencia ficción (1984 de George Orwell le viene como anillo al dedo), y la consulta de textos que explican el funcionamiento de sistemas no democráticos, o de libros que analizan los riesgos que los demagogos presentan a la democracia.

Sus lemas parecen copiados de los eslogans de Big Brother, el líder infalible de Orwell: "La guerra es la paz", "La libertad es la esclavitud" y "La ignorancia es la fuerza". López Obrador ha acuñado varios que no desmerecen frente a los del Hermano Mayor orwelliano: "La minoría es la mayoría", "La derrota es la victoria" y "La 'gente' soy yo".

Si en 1984, la lengua de la manipulación era el Newspeak, AMLO ha inventado su propio neospañol. En este nuevo idioma los fraudes existen sin pruebas y pueden mudar de casaca: pasar de ser cibernéticos, a ser a "la antigüita", y de regreso. Los insultos, las agresiones y las pancartas que salpican su movimiento e incitan a la violencia, son "medios pacíficos", y puede autoproclamarse Presidente a pesar del voto de la mayoría y de lo que dicten las instituciones electorales. "Pacífico", afirma, es también su "movimiento de resistencia civil". El problema, para empezar, está en la contradicción en los términos del neospañol de López. "Resistencia", según el diccionario es, en su primera acepción, "la acción de usar la fuerza para oponerse a algo". Resistencia que estaría justificada, si acaso, tan sólo si el Trife ya hubiera dado un veredicto y éste violara la ley. El movimiento convocado por el PRD no tiene qué resistir y no es pacífico -las "sonrisas se pueden volver puños"-. Su objetivo es presionar a las instituciones establecidas para lograr un veredicto a su favor.

Las explicaciones de la adhesión de muchos a López, a pesar de sus mentiras y contradicciones, no pueden encontrarse dentro de un modelo democrático. AMLO es producto y resultado de la política de masas que se inauguró con la expansión del sufragio universal en el siglo XX. Se mueve en el territorio donde incubaron, hace décadas, sistemas autoritarios, totalitarios y fascistas. López Obrador tiene todavía millones de seguidores porque no apela a la razón. Se dirige, como todos los Mussolinis en todas las latitudes, a las emociones. Como ellos, AMLO ha alimentado los resentimientos sociales de los más ignorantes apelando a la pertenencia a una comunidad "superior", escenificando reuniones y ritos teatrales, jugando con los sentimientos populares, y haciendo un llamado al "legítimo" predominio de quienes los apoyan -la "gente"- sobre el resto de la sociedad. Quienes lo siguen han abdicado de la razón y han convertido su lucha en un asunto de fe ciega.

Stalin, que ha aparecido en más de una pancarta en las movilizaciones perredistas, no lo hubiera hecho mejor. También él inventó enemigos internos inexistentes, sobre los cuales derramar las pasiones de sus seguidores: los ricos y los trotskistas, entre otros. La retórica clasista de López, tampoco lo aleja de los líderes fascistas que parece imitar: hasta Hitler repitió lemas anticapitalistas y ataques a los grandes empresarios que le fueron muy útiles durante su ascenso al poder -para luego pactar con los grandes industriales.

Otro elemento común entre AMLO y movimientos autoritarios de tintes fascistas, es la ausencia de otro programa que no sea la lealtad al líder. Mussolini se preciaba de no tener un ideario: él mismo era la definición del fascismo. Sin embargo, como advierte el analista británico Geoff Mulgan en su libro más reciente, "las formas más malignas de gobierno son las que hacen las mayores demandas de lealtad... Cuando, en ausencia de una guerra, los Estados (o líderes) empiezan a imponer demandas de lealtad absoluta, esa es una buena señal de que algo no cuadra". En el movimiento que encabeza López Obrador, lo que no cuadra son sus repetidas profesiones democráticas. El choque entre sus declaraciones y sus actos es abierto y frontal.

Los totalitarismos y fascismos florecen en medio de crisis políticas y económicas. Para desgracia de López, la economía mexicana ha resistido hasta ahora los embates de sus marchas y plantones y una mayoría del electorado confía en las instituciones democráticas del país. Para la nuestra, AMLO ha decidido fabricar la crisis que necesita: está empeñado en vulnerar el marco institucional que enmarca el sistema democrático del país y en sembrar el caos en la capital, dislocando la economía de la Ciudad de México a imagen y semejanza de lo sucedido en Oaxaca en las últimas semanas.

Su éxito depende de una última variable. Ningún líder autoritario ha podido tomar jamás el poder sin la pasividad de la mayoría de la población y sin la parálisis de los poderes establecidos. En el momento en que el Trife dé a conocer su decisión, los ciudadanos estarán obligados a apoyar abiertamente el veredicto y las autoridades, a restablecer el imperio de la ley.

iturrent@yahoo.com

La voz del Tribunal

Jose Woldenberg
Reforma
10 de Agosto del 2006

El TEPJF ha desahogado un muy relevante "incidente": la solicitud de la Coalición Por el Bien de Todos para realizar un nuevo escrutinio y cómputo de la votación total de la elección presidencial. Y su resolución -impecable y pedagógica- ha querido ser leída según la conveniencia de los actores. Por ello intentaré reconstruir su lógica. Se trata de un "incidente de previo y especial pronunciamiento", un capítulo de un proceso más amplio y complejo.

El Tribunal recuerda las normas que regulan la organización de las elecciones, la función del IFE, pero se detiene en un eslabón fundamental: las mesas directivas de casilla, de las cuales subraya que "son órganos transitorios, integrados por ciudadanos residentes en la sección electoral correspondiente a la casilla donde actúan, a los cuales se les encomienda la realización de una función fundamental... la de recibir la votación, así como la de realizar y autentificar el escrutinio y cómputo el mismo día de la jornada...". Se trata de "ciudadanos que no forman parte de la estructura orgánica ordinaria del IFE y desvinculados de los partidos... (para) garantizar la imparcialidad... pues en la medida que las mesas... se integran con ciudadanos insaculados al azar, que no son servidores públicos de confianza ni dirigentes partidistas, es más remota la existencia de una posible inclinación o preferencia...". Recuerda el procedimiento para la integración de las mesas directivas y su conclusión es que esa fórmula "genera una gran certeza sobre su imparcialidad".

El Tribunal pondera un segundo candado de seguridad: "el derecho de los partidos de nombrar representantes de casilla y representantes generales", lo que "contribuye de modo importante a hacer realidad la garantía de actuación imparcial de esa autoridad genuinamente popular que es la mesa directiva de casilla".

Se detiene de manera pormenorizada en el procedimiento de escrutinio y cómputo y realza el papel estratégico que juegan las actas (tanto la original como las "autógrafas al carbón"), "en las cuales quedan asentadas... los resultados de la votación". Dice: "Las copias...merecen pleno valor probatorio" y son un instrumento invaluable para los partidos.

Concluye: "Cuando los documentos... cumplen a plenitud los requisitos y formalidades esenciales legalmente exigidos, adquieren definitividad, y con esto queda cerrada toda posibilidad ordinaria de un nuevo escrutinio y cómputo, por personas diferentes a los ciudadanos receptores de la votación".

No obstante: "en la medida que el acta no contenga alguna de las formalidades apuntadas, especialmente cuando presenten inconsistencias entre los datos numéricos relativos a boletas recibidas, boletas sobrantes e inutilizadas, número de votantes... el documento disminuye ese grado óptimo de certeza...". Sin embargo, "el sistema legal ofrece todavía un nuevo mecanismo para que recobre esa plenitud": la sesión de los consejos distritales. Asienta: "El cómputo distrital está concebido para que simplemente se sumen las cifras obtenidas de cada acta", pero cuando aparezcan inconsistencias, el Consejo tiene una función de "depuración". Cuando los resultados de las actas no coinciden, cuando se detectan alteraciones evidentes, cuando no existe acta ni en el expediente ni la tiene el presidente del Consejo o cuando existan errores evidentes, el Consejo debe recontar los votos. El Tribunal considera como "errores evidentes" "cualquier diferencia o inconsistencia en las cifras" de las actas.

Señala: "la pretensión de la Coalición... consiste en que se ordene realizar un nuevo escrutinio... (para) dar certeza al resultado". Y contesta el Tribunal: "El método establecido para garantizar el principio de certeza en los resultados electorales... es el que precisamente está desarrollado en el COFIPE... (pues) en la legislación está concebido todo un mecanismo o procedimiento de control, casi absoluto, para que cada voto manifestado en las urnas se cuente...".

Y apunta algo más: "La circunstancia de que se justificara que en algunas o varias mesas de votación se cometieron irregularidades, o que éstas aparezcan en las respectivas actas... no constituiría base para sostener la procedencia de la realización de nuevo escrutinio y cómputo en el universo de casillas electorales, bajo el argumento de que es factible que en todas se encuentre la misma irregularidad o inconsistencia... (porque) como cada centro de votación es único, integrado por sujetos distintos, ubicado en lugar distinto y rodeado de un entorno diferente, los sucesos o acontecimientos ocurridos en uno, no guardan interconexión con los otros, más si las irregularidades se atribuyen a los ciudadanos que integraron las mesas...".

Por otro lado, el Tribunal recuerda la singularidad de los juicios de inconformidad contra los resultados asentados en las actas y la obligación de hacerlo en cada uno de los distritos, "porque la inconformidad que se promueva contra cómputos distritales, por nulidad de votación... o por error aritmético... no podrán traspolarse o extenderse a cómputos de dos o más distritos, ni a la votación recibida en casillas no cuestionadas". En buena lógica dice: "No es válido pretender que los hechos u omisiones ocurridos en una sirvan como base para lograr la nulidad de otra diferente".

Y dado que la Coalición sólo impugnó casillas en 230 distritos, "esa circunstancia, por sí sola revela la inadmisibilidad de la pretensión del recuento general...". Por ello no procede ni el recuento total ni el de una muestra aleatoria sino el de cerca de 12 mil casillas en las que se detectaron errores en las actas.

Luego el Tribunal atiende una serie de acusaciones realizadas por la CBT que a su juicio no impactaron el cómputo de los votos y que seguramente valorará en el momento de la declaración de validez (o no) de la elección. Pero ésa es harina de otro costal.

Luz a luz II

Germán Dehesa
Reforma - Gaceta del Angel
10 de Agosto del 2006

Muchas gracias. La respuesta fue fulminante. Uno de los últimos visitantes me informa de que ya eran 48 mil las luces encendidas y cerca de tres imágenes, tres recuerdos, liberados. Cuando entré por última vez ya eran totalmente visibles la Fuente de Petróleos y el Auditorio Nacional. Según calculé, en mi feliz ignorancia, entre hoy miércoles y mañana jueves conseguiríamos los 200 mil píxeles necesarios para liberar las 16 imágenes.

Yo no contaba con los caprichos de la tecnología. A la altura del píxel 48 mil, "el servidor" dejó de servir. Esto no lo digo yo, porque de esto su Charro Negro lo ignora detalladamente todo. Lo que este ciudadano hizo fue empezar a dar de alaridos, a solicitar la inmediata presencia de David, el Rey de la Cibernética, quien funge como mi asesor personal en el uso de cualquier cosa que se enchufa (menos una). Me lancé también a hacer telefonemas desesperados a todos los chicos y chicas que conforman mi "soporte técnico". Todos concordaron en un diagnóstico: fuimos víctimas de nuestro éxito, el servidor tronó (¿qué pasó, Telmex?) y la página desmamonose. Me consta que todo mundo, menos yo que nomás estorbo, está trabajando a marchas forzadas para resolver este drama cibernético y mi mejor deseo es que, a la hora en que leas estos renglones, lectora lector querido, puedas ingresar a www.despejalaciudad.org.mx y te incorpores al juego y al fuego. Si lo piensan bien, lo que estamos organizando es un ciberplantón, un ejercicio -tan necesario en México- de "¡Vámonos respetando!".

Y hablando de esto y conectando con una plática que tuve recientemente con mi muy querido Gilberto Rincón Gallardo acerca de la brutal discriminación (dícese de la automática falta de respeto) que en este país, de manera abierta o embozada, se practica; en torno a este asunto, quiero decir algo acerca de la estúpida discriminación que ha aflorado como herramienta política en esta campaña. Para los amarillos, los azules y sus simpatizantes son una gran masa de burgueses pirrurris que lo único que buscan es proteger sus injustos beneficios e impedir cualquier cambio que se haga a favor de una justicia social, por lo demás, tan urgente. A su vez, los azules no se quedan atrás ¡qué va! y afirman de modo injurioso y rabioso que no pueden permitir que triunfen los nacos, los muertos de hambre, los prietos, los ignorantes, los que no son como ellos. Estos modos de expresarse, este suponer que se está adoptando una posición política a base de injurias, me producen una infinita vergüenza. Las cosas no son, no pueden ser, así. Nada hay más contrario a la verdadera democracia que la discriminación y el automático desprecio por el otro que, según nuestros arcaicos criterios, ha cometido el imperdonable delito de ser distinto y de pensar distinto.

Éste, lo juro por todo lo que amo, no es el espíritu que anima el juego que ayer les propuse y al que muchos de ustedes entraron y entrarán tan alegremente. Respeto es la palabra clave de nuestra propuesta. Lo decía ayer, pero lo repetiré hoy: todos cabemos en esta generosa y hospitalaria Ciudad que también puede ser infernal para muchos. Estoy hablando (y al hacerlo recuerdo a Felipe González) de que la democracia es una avenida ancha y espaciosa; por ella podemos ¡ojo! circular todos. Unos irán a la derecha, otros por el centro y otros por la izquierda. Todo se vale y es respetable. Lo único que no se vale es cerrar la avenida a nombre de no sé qué, no sé cuál, gesta ciudadana que nuestros nietos venerarán como un triunfo histórico. A. Camus se pregunta: ¿a nombre de qué felicidad futura me piden que abofeteé a mi prójimo del presente? No le entro. Prefiero encender mi luz y despejar la avenida.



¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCLV (855)

ARTURO MONTIEL ROJAS.

Cualquier correspondencia con esta columna con foco parpadeante, favor de dirigirla a
german@plazadelangel.com.mx (D.R)

Luz a luz I

Germán Dehesa
Reforma - Gaceta del Angel
9 de Agosto del 2006

Los voy a invitar a un juego, pero habrá que jugarlo con esa seriedad que los niños asumen cuando están jugando. ¿De qué se trata? Se trata, para decirlo llanamente, de hacer un magno esfuerzo ciudadano para poner a cada quien en su lugar.

Les explico: con la ayuda de varios amigos he construido un "lugar" en Internet (yo he supervisado toda la parte técnica; es decir, la he visto por encimita -"supervisar"- y no he entendido nada). No me pregunten cómo, pero el lugar ya está y se llama www.despejalaciudad.org.mx. El tablero de este juego que aspira a dejar de ser juego es una enorme pantalla de 200 mil píxeles (si me preguntan lo que es un píxel, muy empíricamente les responderé que es una pequeñísima luz). En la pantalla hay 16 recuadros opacos que, con la ayuda de ustedes se irán tornando en imágenes de 16 lugares entrañables del eje Reforma-Juárez-Zócalo.

Comienza el juego, tú, lectora lector querido, entras al sitio cuya dirección ya está enunciada. Ahí verás que te solicitamos unos cuantos datos (nombre, apellidos y dirección electrónica); hecho esto, buscas un visible recuadro que dice "área de despeje", ahí, si estás de acuerdo con recuperar estas imágenes de la que solía ser la avenida más bella de México, haces clic y en ese mismo momento, enciendes una ínfima luz, prendes un píxel. Cuando se junten 12,500 píxeles recuperaremos la imagen entera de uno de estos lugares que ahora están a la merced de la fetidez, la holgazanería política y que, sobre todo, se han vuelto propiedad de unos cuantos y no territorio común de peatones, automovilistas, turistas, paseantes y/o habitantes de esta Ciudad que supuestamente está resguardada por un derecho constitucional que no es negociable: el derecho al libre tránsito. En verdad no entiendo cómo alguien que pretendía gobernar un país que tiene una Constitución, parchadona ella, pero que consagra nuestros deberes y derechos fundamentales, se permita atropellar ese documento que supuestamente tendría que jurar proteger y resguardar en la ya muy próxima fecha del primero de diciembre. Esto es una insensatez. Precisamente por esto, el ciudadano no puede ni suplir a ese gobierno ausente de la Capital y a ese otro igualmente ausente que tendría que ocuparse del país entero. Hasta ahí no podemos llegar. Tampoco es lo nuestro organizar marchas, asambleas informativas y algaradas similares. No ha lugar a la confrontación. La causa de Andrés Manuel es respetabilísima. Los modos son una facha. Hay quienes se disponen a seguirlo. Allá ellos. Hay quienes ya están urgidos de perseguirlo. También allá ellos.

Creo que a mí ciudadano lo único que me corresponde es hacer todos mis esfuerzos (éste es apenas uno) para que los amarillos y sus seguidores y simpatizantes se salgan de los espacios que no tienen ningún derecho a ocupar. Se trata también de que los de color azul rabioso se apacigüen y entiendan que todos cabemos; por lo menos, esto es lo que yo opino a sabiendas de que no doy más color que el que me va imponiendo mi condición de ciudadano que carece de partido, pero que no quiere carecer de ciudad o de patria.

Cuando juntemos 200 mil luces habremos recuperado los 16 espacios más significativos de nuestra Avenida. Mi tarea será llevar el resultado de este ejercicio a manos de AMLO, de Encinas que declara que duerme con la conciencia muy tranquila porque es coherente (lo es con su ideología, pero no con el cargo que libremente aceptó) y de Vicente Fox.

Te invito con toda mi alma. Al terminar este tablero, iniciaremos otros hasta llegar al de los 16 baches más notorios de Reforma-Juárez-Madero. No habrá que descansar hasta que nos pelen. Créanme, es un juego, pero es muy serio. Por vidita tuya, éntrale.



¿QUÉ TAL DURMIÓ? DCCCLIV (854)

ARTURO MONTIEL ROJAS, notable notariólogo.

Cualquier correspondencia con esta columna con foco, favor de dirigirla a

german@plazadelangel.com.mx (D.R)

La novísima izquierda

Fernando Escalante G.
Crónica
9 de Agosto de 2006

De todo el agitado escándalo de la semana pasada me quedo con una declaración de Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno electo de la Ciudad de México. Dijo: “Hay una carta firmada por 100 personas quienes andan diciendo que ya se contaron los votos; a ellos les decimos que abran los ojos y cierren las carteras porque las evidencias del fraude sobran”. No parece una buena idea empezar a gobernar insultando a quienes no piensan como él, pero tengo la impresión de que ése va a ser el tono permanente, el estilo de Ebrard y el del resto del PRD de López Obrador. Hay buenas razones para ello.


Es un estilo que se ha ido elaborando hasta el detalle en los últimos años. Hemos visto el proceso de su cristalización cotidianamente, en las ruedas de prensa y en los mítines. Acaso sea espontáneo en López Obrador o lo haya sido en un principio: hoy define no sólo una forma de comunicación sino una postura política, casi una orientación estratégica. Se caracteriza sobre todo por recurrir al insulto directo, explícito, sin adornos, más o menos vulgar, agresivo o hiriente, pero siempre en lenguaje popular, con adjetivos y frases hechas y símiles que entiende cualquiera y que casi siempre tienen un acento clasista. El estilo dice muchas cosas. En primer lugar dice que ha habido una degradación general de la vida pública: es un reflejo de la vulgaridad del lenguaje habitual del presidente Fox y casi todo su gabinete. También dice que el PRD se siente muy seguro en su feudo del Distrito Federal, sabe que puede permitirse casi cualquier cosa —corrijo: puede permitirse cualquier cosa— sin que eso afecte a sus resultados electorales. Sobre todo es un modo de decir que el PRD es de izquierda. Puede recurrir a las formas más arcaicas y humillantes del clientelismo, puede mover dinero negro y arreglarse con empresarios amigos, puede desviar recursos públicos, puede hacer un uso abusivo y partidista del sistema de procuración de justicia: es de izquierda porque insulta a los ricos, a los de mero arriba. No hace falta más. Si alguien responde a las injurias, tanto mejor.

Ahora bien: la eficacia del nuevo estilo depende no sólo de su agresividad, sino de la facilidad con que puede asimilarse al sentido común. Se trata de decir lo que todos sabemos, lo que no necesita ni pruebas ni argumentos.

Vuelvo a la declaración de Ebrard porque es ejemplar. Supongo que sabe perfectamente que su insinuación, aparte de injuriosa, es mentirosa. No puedo descartar enteramente la idea de que él piense que así suceden las cosas, que los académicos e intelectuales alquilan su firma para desplegados; no puedo descartar que su experiencia le diga que de ese modo se hace, tampoco puedo estar seguro de que no tenga él una lista de firmantes de alquiler para cualquier desplegado que necesite publicar: sólo supongo que no es así. Supongo que los que firman contra el legalismo lo hacen con la misma convicción con que firmamos quienes pensamos que puede haber habido irregularidades, pero no fraude, y que debe resolver el tribunal puntualmente. Tengo que suponer que miente a sabiendas porque su público le va a festejar la frase, porque confirma a quienes le escuchan en la idea de que todos “allá arriba” son corruptos y los que no siguen al jefe son unos vendidos, traidores. Es decir: sabe que con sobrada razón se le podría llamar mentiroso, hipócrita, demagogo y sinvergüenza. Nada le iría mejor para sentar plaza de izquierdista probado, militante, víctima de la derecha, sin necesidad de mover un dedo ni proponer nada.

Es el nivel intelectual en que siente más cómoda la novísima izquierda obradorista de la que forma parte Ebrard: la de Manuel Camacho, José Guadarrama, Arturo Núñez, Martí Batres, Fernández Noroña, Dante Delgado, Ricardo Monreal, Porfirio Muñoz Ledo, Leonel Cota. No hace falta ni programa ni argumento de nada, sino que basta con señalar a los rateros, traidores, ladrones, delincuentes de cuello blanco, chachalacas, corruptos, dejando en claro que son ellos, los otros: para que nadie se confunda (porque sí, es fácil confundirse).

Pero insisto en un punto que me parece de la mayor importancia: esa retórica es eficaz porque tiene una resonancia inmediata en el sentido común de la gente. Es lo que ha hecho López Obrador desde hace años. Se ahorra las pruebas y las razones porque cuenta con la complicidad del sentido común, porque sus diatribas se apoyan en los estereotipos denigratorios más extendidos. ¿Quién necesita una explicación, si todos sabemos de lo que habla y sabemos que es así? En lo que sea: ora resulta que los jueces son independientes (y viene la carcajada); ora nos dicen que hicieron bien las cuentas (otra carcajada); ora ya el IFE funciona y cuenta los votos (carcajada como para partirse); ora resulta que a los empresarios les preocupa el país (de risa); ora dicen los pirrurris que no hubo fraude (risas, mentadas, aplausos); ora nos dicen que el estado de derecho y la legalidad (carcajadas, silbidos, gritos). Sólo lo simplifico un poco: ése es el diálogo habitual de López Obrador con sus seguidores. Y funciona.

Lo malo es que en ese estereotipo denigratorio entramos todos. Es una reiteración de los tópicos del “ser del mexicano”. Aquí no hay nada honorable, nada que funcione, nada que sea digno de respeto; todo son chanchullos, transas, arreglos en lo oscurito, hoy por ti y mañana por mí. Sirve para insultar a unos, para justificar a otros, para rebajarnos a todos.

No faltan experiencias en la historia de cualquiera que confirmen lo que dice el estereotipo: en particular, el sesgo de clase del Estado de Derecho. Lo expone en un magnífico artículo de este lunes pasado Claudio Lomnitz, en el Excélsior. Nadie necesita que se le explique dos veces que la invocación de la legalidad es con frecuencia una astucia legalista o legaloide, es decir, una injusticia. Por otra parte, como lo ha mostrado Roger Bartra, el estereotipo del “mexicano” forma parte de un sistema de dominación: es la elaboración simbólica, perfectamente funcional, de la arbitrariedad, el autoritarismo y la corrupción. Porque así somos.

En algún momento, en alguna medida, ese sentido común escéptico pudo ser una formación defensiva o un recurso de desacralización. Hace tiempo que sirve para fines mucho menos presentables. Enunciarlo como si tal cosa desde posiciones de gobierno tiene otras implicaciones, graves. Lo que dice Ebrard, y sus compañeros de la novísima izquierda, es que aquí no hay sino ellos o nosotros y que se trata de repartirse el botín, que no hace falta andarse con cuentos. Lo que dice Ebrard es que todo se vale porque todo está en venta, desde la firma de Ignacio Almada, Roger Bartra, Adolfo Castañón, Christopher Domínguez, Luis González de Alba, Jacqueline Peschard, Alejandro Rossi, José Sarukhán o José Woldenberg (cito al azar), hasta las ponencias de los magistrados del Tribunal Electoral: ¿por qué no las concesiones de obras públicas? ¿Por qué no las licencias de taxis? ¿Qué se puede decir contra el acarreo? ¿Habrá quién se extrañe? En breve, en el insulto de Ebrard está prácticamente un programa de gobierno que de antemano anuncia que no va a dejar que le estorbe el legalismo. Porque somos mexicanos, ¿a poco no? ¿Y para qué nos hacemos, si ya somos?

Sólo en apariencia es un lenguaje maniqueo, porque nadie se cree la virtud de los buenos ni falta que hace: a estas alturas no es necesario disimular prácticamente nada de lo que se hace en el Gobierno del Distrito Federal. Importa lograr el descrédito completo no ya de las instituciones tal como existen, sino de la idea misma de que en México pudiera haber instituciones; después hay la retórica de los buenos y los malos, pero es sólo un adorno, una coartada para la arbitrariedad: la misma combinación de cinismo y demagogia que pudieron usar Echeverría o López Mateos (que después de todo eran representantes de la Revolución). Tampoco es tan extraño. Aparte de la vulgaridad, en la novísima izquierda de Marcelo Ebrard —Muñoz Ledo, Camacho, Delgado, Monreal, Núñez, Fernández Noroña— no hay casi nada nuevo salvo el estilo, que es directamente reaccionario.

escalante.fernando@gmail.com

El "putsch" del Peje

José de la Colina
Milenio
09/08/2006

El texto publicado en la revista Proceso en el que Denise Dresser se despega de López Obrador es de una intelectual de buena fe que no tiene ideología ni partido (ni falta que le hacen), pero que si alguna vez mostró simpatía política hacia el líder del PRD ahora entiende hasta qué clase de guerra más incivil que civil quiere éste llevar al país con su manejo de una muy gritada y muy gesticulada fraseología de izquierda, con su retórica que ya no sólo es populista sino además pobrista, con su absoluto odio a leyes e instituciones sin las cuales es imposible un mínimo equilibrio de la sociedad.

AMLO, como otros líderes carismáticos, es un dictador en ciernes que para tomar el poder práctica una política violenta que su double talk rebautiza “resistencia pacífica”. Por ejemplo: es violencia la ocupación del Paseo de la Reforma y de otras zonas de la ciudad, y esto lo confirma el todavía leal Monsiváis, que ha llamado agravio a tal operación de “resistencia civil”. Y los cada vez más delirantes y energuménicos mítines (dizque asambleas, aunque sólo haya diktat y vítores), los ilegales cierres de las vías urbanas, la utilización de fervorosos artistas e intelectuales de la izquierda romántica como “tontos necesarios” (según recomendaban los marxistas leninistas históricos), las constantes injurias y amenazas vociferadas “con todo respeto”, etcétera, están conformando una especie de lento (pero poco a poco acelerado) “putsch” en episodios. Ya hasta en los gestos iracundos y soberbios, en la chillona voz agresiva y el lenguaje de matón (“¡Se van a amolar!”), el reyecito Ubu sobradamente financiado con nuestra tributación al Fisco va tomando un carismático estilo de Führer tropical.

Sí, es verdad: además de la “gauche divine” hay buenas y respetables firmas de intelectuales avalando al amo del PRD, pero también Heidegger sirvió a Hitler y Louis Ferdinand Céline estuvo del lado de los nazis y Ezra Pound enloqueció de entusiasmo por Mussolini y Dalí adoró a Franco y Picasso amó a Stalin y García Márquez idolatra a Castro. Y ahora el nuevo reyecito Ubu, con su furiosa, führeriana gesticulación y su fascismo “de izquierda”, ya no sólo exige el recuento voto por voto. Ahora promete amolar a todo el que rechace la luz del tierno rayito de sol azteca.

Heil Pëjen!

Yuriria Sierra
Excélsior - Nudo Gordiano
09-08-06


Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Esta es la máxima más famosa de Joseph Goebbels, precursor de la propaganda política moderna y ministro (ministro imperial para el Esclarecimiento del Pueblo y Propaganda era su título oficial) durante el régimen nazi, presidido por Adolfo Hitler. El indudable genio de Goebbels fue, desafortunadamente, puesto al servicio de una causa y un líder nefastos que con propaganda lograron que un pueblo lo siguiera en su locura antisemita.

Purificados y morenitos. Esto lo traigo a colación porque, si bien los principios goebbelianos se aplican en toda propaganda política, resulta que, en los últimos dos días, López Obrador ha hecho dos declaraciones que remiten a dos deplorables ejes discursivos que utilizó Hitler en su metadiscurso:


  • el eje de la "purificación" de la política y la sociedad para "salvar" a Alemania y,
  • el eje del discurso racial como confrontador y movilizador de las masas (arios contra judíos)
Ambos ejes ahora son utilizados por El Peje. El domingo usó el de la etnicidad, al acusar a sus adversarios de "racistas y discriminadores". Y el del "saneamiento" público lo utilizó en el TEPJF cuando se refirió a la necesidad de "purificar la vida pública" del país. Pero esas no son las únicas coincidencias con el método de proselitismo utilizado por los nazis. Ahí le van once principios de Goebbels, resumidos (a ver si le suenan):

1.- Principio del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo (ejemplo, primero los pobres); individualizar al adversario en un único enemigo (ejemplo, los de arriba).

2.- Principio del contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría (ejemplo, la derecha) o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada (ejemplo, Fox, El Innombrable, Azuela, el PRIAN, los medios, el IFE, etcétera).

3.- Principio de transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. "Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan" (ejemplo, mala noticia: perdieron el 2 de julio; invento: fraude electoral).

4.- Principio de exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave (ejemplo, los representantes del PRD en las casillas se vendieron a nuestros adversarios).

5.- Principio de la vulgarización. Toda propaganda debe ser popular y elemental. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar (ejemplo, yo les pregunto, ¿nos quedamos aquí, sí o no? ¡Síiiiiiii!!!). La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión, escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar. (ejemplo, voy a respetar el resultado del IFE, así sea por un voto).

6.- Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez sobre el mismo concepto. De aquí la famosa frase: "Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad" (ejemplos: es un compló; vamos 10 puntos arriba; ganamos el 2 de julio).

7.- Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones. (ejemplo, fraude cibernético contra fraude a la antigüita, contra fraude aritmético...).

8.- Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, mediante los llamados globos sonda o de informaciones fragmentarias (ejemplo, las cajas vacías, Hildebrando, el "algoritmo" y el PREP, etcétera).

9.- Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines (ejemplo, AMLO "no sabía" de Bejarano; falta de transparencia, etcétera).

10.- Principio de la transfusión. La propaganda opera a partir de un sustrato preexistente, una mitología o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas (ejemplo, arriba los de abajo; nos quieren destruir; no nos vamos a dejar…).

11.- Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que se piensa "como todo el mundo", creando una falsa impresión de unanimidad (ejemplo, ¡voto por voto, casilla por casilla!, ¡voto por voto, casilla por casilla..!).


yuriria_sierra@yahoo.com

Tontos utiles

Jorge G. Castañeda
Reforma
9 de Agosto del 2006

Cuentan que hace unos años, al término de una larga conversación que sacó muy a flote los desacuerdos que los separan, López Obrador le espetó a Felipe González: "el problema contigo es que eres un social-demócrata, un reformista". A lo que el ex presidente de España dijo: "pues sí, pero no creo que sea un problema, y además al término de mis 13 años de gobierno en España, es bastante evidente". Palabras más o menos, el diálogo ilustra el problema de fondo que vive México hoy. La izquierda mexicana, representada principal más no sólo por el PRD y LO, sigue presa de la vieja división entre reformistas y revolucionarios: reforma o revolución.

En otros países, desde Europa hasta Chile, desde la India hasta El Salvador, la izquierda parece haber superado las divergencias y cicatrizado las heridas que empezaron a finales del siglo XIX con los debates entre Marx, Lasalle, Kautsky y Bernstein, que prosiguieron con la fundación de la Tercera Internacional por Lenin y Trotsky y las escisiones de los partidos socialistas (Congresos de Tours y Livorno, entre otros) esas divergencias tuvieron su más nítida expresión en AL mucho más tarde con la irrupción en la escena de la Revolución Cubana y la pugna feroz entre castristas y comunistas, ilustrada por el magistral pero desacertado texto de Debray ¿Revolución en la revolución? y que desembocó en la muerte del Che.

Es cierto que en algunos países subsisten resabios del pasado: a Lula se le ha abierto una escisión del PT hacia su izquierda, y los Sin Tierra se considera el ala revolucionaria del PT, aunque sean minoritarios. Es cierto que aun sobrevive un pequeño PC en Chile y en España, pero de revolucionarios ya tienen muy poco, si alguna vez fueron. Pero en términos generales, la izquierda en el mundo ha ido abandonando la idea de revolución, por muchas razones, pero sobre todo por una: han fracasado y así no se ganan elecciones.

Sólo que en México, una corriente del PRD no ha podido enterrar para siempre su nostalgia revolucionaria. En dicha corriente figuran algunos ex miembros del PCM, ex integrantes de ACNR, de las guerrillas y movimientos estudiantiles (CEU, CGH, etcétera) de los setenta, ochenta y noventa. A ellos se suma ahora uno que otro intelectual trasnochado y ex priístas desbrujulados, y a su cabeza se ha colocado LO. Él obviamente no cree en la revolución -sólo cree en sí mismo- pero usa a los tontos útiles que sí creen.

Una consigna y dos proclamas ejemplifican de maravilla la vigencia de la revolución: "si no hay solución habrá revolución"; "la democracia es una vía, la más importante para hacer realidad la justicia social"; "ya no sólo va a ser el reclamo por el recuento de los votos, vamos a iniciar el movimiento para transformar a las instituciones de nuestro país". Entre el proyecto alternativo de nación, los plantones y cierres de carreteras hay una conexión, esa sí, indestructible, para esos fines (la revolución): todos los medios son válidos, unos sirven mejor que otros; y sin esos medios los fines son inalcanzables. La corriente revolucionaria del PRD asomó su cabeza en 94, con el alzamiento zapatista: más allá del entusiasmo por la aparición de una "guerrilla heroica" en México, la frase clave fue "compartimos su causa mas no sus medios". Pero la verdadera causa de la Primera Declaración de la Selva Lacandona entonces, y de una parte de los seguidores de LO hoy es la misma: la revolución. La vertiente revolucionaria del PRD no busca ni el recuento de votos, ni siquiera la anulación y el interinato, menos construir la democracia. Ese sector busca "la trasformación revolucionaria de México" (lo que esto quiera decir). Y tiene chantajeado al sector reformista del PRD, que también existe, pero que no se atreve a dar la cara porque será tildado inmediatamente de traidor, cobarde, vendido, social-demócrata y reformista, como Felipe González.

Durante los años de plomo de la Internacional Comunista, la prueba de ácido para distinguir entre reformistas y revolucionarios era el apoyo incondicional a la URSS y a Stalin. En México hoy, una de las piedras de toque de la convicción revolucionaria es, inevitablemente, la fidelidad a Fidel, "más que un hermano mayor, es el papá de todos nosotros, los revolucionarios de este continente" como le dijo ayer Chávez. La gran hazaña de Fidel en AL, para bien o para mal, fue haber inventado la revolución en un subcontinente donde ya no existía, destruida por la burocracia comunista y los demagogos populistas. Su paso a la historia seguramente significará el fin de la idea de revolución tal y como ha existido desde hace más de medio siglo en AL. En muchos países la izquierda rompió con Fidel y enterró la revolución. México no rompió con Cuba y no enterró la revolución; no renunció a ella y por tanto no cortó con Castro. Va junto con pegado. Pero las cuentas que no se saldan vuelven por sus fueros; si la revolución no desaparece, reaparece. Es "le retour du refoulé" (el regreso de lo reprimido no resuelto). La interminable ira de La Habana y la ultra contra el que escribe proviene de una frase clave pronunciada como secretario de Relaciones Exteriores en febrero de 2002: "ha terminado la era de las relaciones entre el gobierno de México y la Revolución Cubana; empieza la era de las relaciones entre el gobierno de México y el gobierno de Cuba".

Mientras la totalidad de la izquierda mexicana no abdique de la revolución y se vuelva reformista, no ganará elecciones; mientras no se deshaga de la idea mítica del paraíso terrenal ("soberano, educado y saludable") representado por la Revolución Cubana, no se volverá reformista. Son decisiones desgarradoras, sobre todo cuando no se entienden.

Entre el conteo y la ira

Federico Reyes Heroles
Reforma
8 de Agosto del 2006

Hay experiencias que nunca serán deseables por sí mismas -una dolencia- y que, sin embargo, son formativas. No era deseable que la contienda electoral fuese tan cerrada, una victoria holgada siempre será más fácil de administrar. Tampoco era deseable que hubiera un número tan abultado de impugnaciones, pero las hubo. La prueba ha sido muy intensa. Todo es inédito. Cinco semanas -en un país presidencialista- sin tener certidumbre sobre el nombre del futuro Presidente; cinco semanas de un auténtico bombardeo de especulaciones que van del "gran fraude" a la necesidad de una Presidencia interina. Se ha comparado a Fox con Saddam Hussein, se ha dicho que el proceso fue una "elección de Estado", se ha calificado de "traidores" al presidente Fox, a los consejeros del IFE y también a los magistrados del Tribunal. Los excesos verbales, las exageraciones y francas calumnias han sido la faceta más vergonzosa del proceso.

Pero hay un saldo positivo, no es consecuencia de la acción de los principales actores sino de un diseño institucional hasta ahora adormecido y que está demostrando su solidez. La reñidísima elección se encuentra en manos del Tribunal. Los magistrados tomaron el sábado una decisión de avanzada y por lo tanto arriesgada, que atiende al reclamo de la coalición Por el Bien de Todos y busca desenmascarar en definitiva si de verdad hubo una o varias alteraciones maquinadas que pudieran cambiar el frágil margen de Calderón. Se abre paso a un nuevo conteo parcial, el cual, en la visión de los magistrados, debió de haberse realizado en los consejos distritales. En la lectura fácil se trata de una enmienda a la postura del IFE, un "jalón de orejas" en tanto que los "errores evidentes" debieron haber aflorado en la primera revisión. Es cierto, como también lo es que nunca sabremos cuál es la regularidad de los "errores evidentes" en tanto que en las elecciones pasadas no hubo un número tan extendido de impugnaciones. ¿Son muchos o pocos los casos? No lo sabemos, no tenemos las fotografías previas.

Además esos errores están esparcidos por toda la República que es gobernada en los distintos órdenes de gobierno por diversos partidos. Es difícil imaginar una lógica subyacente a acciones tan dispersas, en fin, veremos. Además el ejercicio se concentrará en entidades con predominio panista o priísta, o sea que está dirigido a encontrar las irregularidades donde se afirma las hubo. Pero de nuevo, los "errores" podrían también ser el resultado de una elección que auténticamente está en manos de los ciudadanos en un país que tiene menos de 8 años de escolaridad promedio. No adelantemos vísperas, veamos de qué se trata y si hay realmente alguna responsabilidad que fincar, que se proceda. La medida adoptada por el Tribunal es también una sólida respuesta política a la Coalición pues reconoce una deficiencia, abre la posibilidad de revertir la tendencia y desnudar, si fuese el caso, la tan cacareada maniobra de fraude maquinado. Se revisará casi el 10 por ciento de las casillas que es equivalente al 30 por ciento de las señaladas por la Coalición, siendo además que están localizadas en la mitad de los distritos y 26 entidades. Para todo fin práctico, se trata de una "supermuestra" capaz de identificar si de verdad existió la intención diabólica.

Pero el Tribunal no accedió a la petición de generalizar el nuevo conteo pues, como lo explicó el magistrado Jesús Orozco, se trata de un proceso ideado para ir construyendo certezas, "no pueden revisarse los resultados que no fueron cuestionados". El Tribunal debe ser respetuoso de la congruencia del proceso. ¿Queda la llamada "impugnación madre", la referente a causales abstractas, descartada? No en principio. Si la investigación del Tribunal arrojara información novedosa, el criterio podría recuperarse. Pero también es cierto que lentamente se van asentando certezas jurídicas que pueden llevar a la calificación final. El territorio para la impugnación madre se estrecha. Por lo pronto si el 9.07 por ciento de las casillas no desnuda el gran engaño, estaremos cada vez más cerca del día de la calificación.

En unas cuantas semanas, y después de un proceso particularmente complejo, el país estará en condiciones de arribar a una verdad jurídica que dé legitimidad al próximo Presidente y su gobierno. El problema no radica allí. Sea quien sea el ganador, sabremos que hay un entramado institucional capaz deshacer un enjambre como éste. La experiencia no deseada servirá. Si López Obrador gana, tendrá que hacer marometas para reivindicar a las instituciones que él y sus seguidores denostaron. ¡El recuento es un triunfo del PRD y sin embargo siguen dinamitando la estructura institucional! No se entiende. Pero, ¿y si pierden?, ¿cómo piensa López Obrador encauzar la furia, el odio, el resentimiento que ha atizado? "Han hecho del color de la piel y del desprecio por los pobres y los de abajo su causa mayor" es una de las últimas perlas de la intolerancia lanzadas por el candidato. Ahora el color de la piel es argumento político. Pareciera que AMLO ha dado un golpe de Estado ideológico al interior del PRD. El territorio de centro conquistado por ese partido en los últimos años puede estar en peligro por un discurso de amargura y resentimiento que llama a destruir las instituciones que tenemos, incluido el Tribunal: "no aceptamos este recuento parcial". El "lopezobradorismo" va más allá del PRD, de la izquierda. Es, hoy queda claro, un movimiento inorgánico en tanto que sólo encuentra origen y destino en una persona, en sus fobias. Por eso para él sólo hay una solución: su victoria. La ira nunca hallará cauces institucionales.

¿No sería mejor que hubiera dos presidentes del país al mismo tiempo?

Roberto Blancarte
Milenio
08/08/2006

Me pregunta mi hijo: ¿No sería mejor que hubiera dos presidentes del país al mismo tiempo? No —le digo— no se puede y no estoy seguro que sería buena idea. ¿Y por qué no? Si ambos tienen muchos seguidores, ¿no sería una buena solución? Me veo entonces obligado a hablar no solamente de democracia, a secas, sino de gobernabilidad. Imagínate —le digo— que hubiera dos presidentes de la República. Contrariamente a lo que te imaginas, es decir que los dos cooperarían para gobernar, cada uno de ellos podría tratar de llevar adelante un proyecto de país distinto y habría muchos enfrentamientos y desgaste. Un Presidente querría por ejemplo a lo mejor nacionalizar los bancos, mientras que el otro quiere que sigan siendo privados, un Presidente quisiera privatizar Pemex, mientras que el otro quisiera que siga siendo una empresa paraestatal. Así que no es viable. Bueno, —me dice mi hijo— pero si alguien gana por un sólo voto de diferencia (como me dices que es la democracia), ¿no te parece que hasta cierto punto es injusto que una mitad de la población le imponga un proyecto a la otra, sólo por un voto de diferencia? Bueno —le contesto— en realidad la Constitución prevé que los cambios importantes no los pueda hacer una persona, sino que los tenga que hacer el Congreso y por una mayoría de dos terceras partes. Así que no hay riesgo de abusos, por la mayoría de 50 por ciento más uno. Tienes que recordar que un Presidente —cualquiera que éste sea— tiene que gobernar para todos, no sólo para los que votaron por él y además hay algo que se llama derechos humanos y derechos de las minorías, que ninguna mayoría puede violar. Lo que tú sugieres con tu pregunta inicial es que, idealmente, se tenga un gobierno de coalición, es decir que haya un gobierno donde estén representados todos los intereses de los ciudadanos. Pero definitivamente, según nuestra Constitución, no puede haber dos presidentes al mismo tiempo. Para eso se inventaron las elecciones, para saber quién es el que cuenta con la voluntad de la mayoría, así sea mínima. Lo ideal, por supuesto, sería que todas las fuerzas políticas colaboraran de alguna manera con quien ganó. Pero eso depende de la credibilidad con que se gane, de la voluntad de colaboración de los participantes en la contienda y de la responsabilidad social de los políticos.

Esta breve pero sustanciosa conversación me hizo pensar que el asunto de las elecciones presidenciales en México gira por supuesto alrededor de quien obtenga la mayoría, pero tiene que ver con otras cuestiones que van más allá del conteo o recuento de votos; se relaciona con la credibilidad del proceso electoral (lo cual a su vez tiene que ver con la transparencia del mismo) y con la eventual mayor o menor legitimidad de los gobernantes. Eso es realmente lo que está en juego y lo que se está dirimiendo alrededor de las estrategias de cada partido contendiente, incluyendo las de aquellos que obtuvieron menos votos.

A estas alturas, me queda claro que Andrés Manuel López Obrador y el PRD no están apuntando al recuento voto por voto, casilla por casilla. Saben sus principales dirigentes (que no son tontos ni están locos, como algunos podrían creer) que esa no es una opción, ni la más viable legalmente, ni la que necesariamente les garantizará la victoria. Lo que buscan a estas alturas es cuestionar la credibilidad del proceso (lo cual ya lograron en buena medida, por lo menos entre un porcentaje de la población) y de alguna manera minar la legitimidad del próximo Presidente para debilitarlo y obligarlo a negociar políticamente. En otras palabras, lo que los perredistas quieren es una especie de gobierno de coalición, pero a la brava o a la mala. No hay la intención de reconocer, ni con un eventual recuento total de votos ni con algún fallo del Tribunal Electoral acerca de la legalidad de la elección, el triunfo del oponente. Como en sus épocas de mayor combatividad, en un sistema donde el IFE no existía y tanto el PRD como el PAN acudían a las concertacesiones, el perredismo y sus aliados quieren ahora forzar en las calles una salida política aunque sea extralegal. Lo que cuenta para ellos es la relación de fuerzas, no los argumentos jurídicos ni racionales. Por eso aparecen como actores políticos incongruentes y cínicos; se contradicen, dicen abiertamente mentiras y, aquellos con historial más cuestionable, tienen el descaro de acusar de corruptos a los intelectuales que se atreven a oponerse.

El problema para ellos es que 2006 no es 1988. Que en estos 18 años, a pesar de todas sus deficiencias, sí tenemos un sistema electoral suficientemente transparente y confiable. Que los contrapesos a la Presidencia existen constitucionalmente, como lo prueba la experiencia de este accidentado sexenio, y que no se requiere una política de masas para modificarlo sino, por el contrario, un fortalecimiento de las instituciones. El PRD y sus aliados, de la misma manera que el subcomandante Marcos, prefirieron apostar a la radicalidad política, usando las instituciones, aunque actuando en contra de ellas. El castigo a esta arcaica más que absurda estrategia no se dará con el resultado del Tribunal Electoral, o en el conteo de votos, cualquiera que sea el desenlace, sino en las elecciones del 2009.

¿Y ahora?

Macario Schettino
El Universal
08 de agosto de 2006

El Tribunal ya habló. Confirmó lo que ya sabíamos, aunque haya muchos que no lo quieran ver. La demanda de la coalición de López Obrador no estaba bien hecha, y por lo mismo no se pueden contar todos los votos. Claro que el caudillo culpa a los jueces, aunque hayan sido sus abogados los que erraron el camino. Sin embargo, el mismo Tribunal decidió que se vuelvan a contar cerca de 11 mil casillas, que deben significar 3.5 millones de votos. La mayoría de ellos, en los estados en que no ganó López. Esto es importante, porque si es cierto que hubo alteraciones significativas, este recuento puede cambiar el resultado temporal y poner arriba a AMLO. Ya después vendrán las anulaciones en otras casillas, porque ese es otro paso en el proceso, y al final de todo habrá un presidente electo. Hoy, todavía no lo hay.


Dicho de otra manera, el Tribunal ha fallado con base en lo que tenía, y aunque López Obrador y sus seguidores hayan pedido recuento total en las plazas y en los medios, no se lo pidieron a la corte. Se trata, una vez más, de un engaño. Como todas las "pruebas" de fraude que nunca se materializaron, como los análisis "estadísticos" que buscaban probar un fraude cibernético partiendo de errores elementales, como pensar que la elección es un proceso aleatorio (¿decidió usted su voto echando un volado en la casilla?).

El Tribunal, hasta el momento, no ha encontrado fraude en las elecciones, pero sí errores que le llevan a volver a contar un número importante de casillas. En esto creo que no hay duda: la elección es tan cerrada que los errores aritméticos pueden ser determinantes. Pero eso no es lo que ha argumentado López Obrador en las calles. Para él hay un fraude, porque le parece imposible haber perdido.

Y como es costumbre en él, va radicalizando a sus seguidores. No parece importarle que las encuestas muestren una caída muy importante en el número de sus seguidores. Para desestabilizar a la ciudad de México le basta con los que tiene, que además han llegado ya a un nivel de devoción que les nubla el pensamiento. Incluyendo, claro, a las autoridades de la ciudad.

En pocos días, el recuento habrá terminado, se procederá a anular casillas en donde las irregularidades lo obliguen y, si procede, se declarará un presidente electo. ¿Qué va a hacer López Obrador con sus seguidores? Porque si gana, le exigirán de inmediato traducir la radicalización en venganza. Y si pierde, ¿a dónde los llevará el desengaño?

Este es el problema del camino, absurdo, que eligió López Obrador. Porque él, y sólo él, creó este viciado ambiente postelectoral. Las impugnaciones, como es evidente, están siguiendo su curso legal, y la coalición de AMLO no está perdiendo. Obtiene lo que pidió al Tribunal, ni más ni menos.

Para lograr esto no necesitó nunca inventar un fraude, ni insultar a autoridades, adversarios e incluso seguidores. No necesitaba dilapidar capital político como lo ha hecho. No necesitaba castigar a la ciudad de México, ni poner en ridículo al actual jefe de Gobierno y al recién electo. No necesitaba colocar a diputados y senadores del Partido de la Revolución Democrática en la triste situación en que hoy quedan. Le bastaba con promover adecuadamente sus recursos de impugnación.

Pero el problema es su lógica mental. Para él, la ley no tiene importancia. La movilización lo es todo. Lo que nos confirma, para quien lo haya dudado, que no respetará la decisión final del Tribunal, a menos que sea él el presidente electo.

Vendrá entonces un momento de definición de la mayor importancia. Los diputados y senadores de la coalición, que fueron elegidos, ellos sí, en una elección inmaculada, ¿qué van a hacer? El jefe de Gobierno electo, ¿se mantendrá en plantón en contra de sí mismo? Y esos seguidores que ya no piensan, sino que sólo siguen los mandatos de su caudillo, ¿qué harán?

Y los demás, los más de 100 millones de mexicanos restantes, ¿qué vamos a hacer?

Ahora sería el momento de tender puentes, y empezar a construir el día después. Pero Andrés Manuel López Obrador no parece querer nada que no sea la Presidencia. Para él, o para nadie. Aunque paguemos todos.

macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM

Abran los ojos y cierren la cartera

Xavier Velasco
Milenio
07/08/2006

“Abran los ojos y cierren la cartera”, respondió el sr. lic. (Ebrard) a nuestra carta, y sin imaginarlo me regaló la prueba que ahora esgrimo ante los lectores, que son quienes se encargan del alimento providencial de mi cartera. Una vez que atendí, no sin sorpresa, al atento mensaje del sr. lic., revisé una vez más la invitación, luego mi cuenta de cheques, al final mi cartera y nada: tengo plena certeza de que nadie me ha dado ni prometido un centavo por firmar nada. Es decir que al fin cuento con pruebas fehacientes: me consta que estoy siendo calumniado, como seguramente es el caso de los otros 134 que firmaron el documento. Ello me abre los ojos, y de paso me integra honrosamente al club de los millones de ciudadanos insultados y calumniados “con todo respeto” por quienes se han propuesto gobernarnos a cualquier precio.

Al sr. lic. no le consta que mi cartera haya engordado recientemente, y a cambio a mí me consta su ligereza. ¿Cómo puedo creer en las dudas sembradas por su moralenführer, si ya veo lo fácil que le resulta inventarle delitos al primero que osa opinar diferente? Gracias a los empeños del sr. lic., estoy al fin del lado del lado de los agraviados, y como ya lo dije somos millones los facultados para abrir los ojos a la frivolidad de los acusadores. ¿En el nombre de qué debemos aceptar que un partido incapaz de organizar sus elecciones internas sin profusión de trampas y fraudes, dé a las autoridades electorales lecciones teóricas de democracia? Nada de esto podría mirarlo tan claro sin la oportuna intervención del sr. lic., de quien ahora me consta que no siempre dice la verdad, pues lo he visto soltar una mentira con los ojos que el me ha pedido abrir. ¿Peco de rigorista si sospecho que en sus demás acusaciones el sr. lic. tampoco es demasiado escrupuloso? ¿Me excedo si deduzco que el sr. lic. sobrestima el poder del dinero y subestima el de la libertad? ¿Pido mucho si espero que comparta la razonable y respetuosa dignidad de la carta que otros —más de uno amigo mío— firmaron en apoyo de las demandas perredista? En todo caso, le ofrezco al sr. lic. las gracias por la luz, y pongo a su disposición el 50 % de mis ganancias por el presente escrito. Lo traeré en la cartera, para cuando se ofrezca.

La batalla apocalíptica de López Obrador

Ciro Gómez Leyva
Milenio
07/08/2006

La estrategia de Andrés Manuel López Obrador sólo concebía un desenlace: ganar el 2 de julio. Ya vendrán los estudiosos que expliquen con la distancia debida por qué con tanto dinero en la chequera, los medios informativos abiertos de par en par y una sustanciosa ventaja de arranque en las encuestas, él y su equipo fueron incapaces de triunfar. Más que por la irresponsabilidad del presidente Fox y las campañas de odio, llegamos a esta circunstancia por la falta de talento de López Obrador, las redes ciudadanas y el PRD para imponerse en las urnas.

Al fracasar en la tarea de romper los platos de la vieja vajilla por la vía electoral, López Obrador se ha colocado fuera de la lógica del 2 de julio, fuera de la racionalidad democrática, por más que maniobre con el señuelo del voto por voto. El movimiento que hoy encabeza es una insurrección que se escribe en otro alfabeto, con otros signos de admiración e interrogación.

Una pista para tratar de comprender lo que está ocurriendo se encuentra en un ensayo de Paul Berman, publicado en el número de julio de Letras Libres, pues México parece estar comenzando a vivir lo que el autor define en abstracto como la batalla apocalíptica del líder y su “pueblo bueno” contra la “siniestra conspiración de las fuerzas corruptoras”.

No importa que la mitología se asiente sobre una cama de mentiras, que el “pueblo bueno” esté plagado de maleantes, ni que muchas de las “fuerzas corruptoras” hayan sido honestas aliadas de la “causa justa”. La batalla apocalíptica, excitada por un odio inmenso contra (y aquí cito al López Obrador de ayer en el Zócalo) “nuestros adversarios que han querido destruirnos y no nos han dejado otra opción”, se ha iniciado. Su único desenlace aceptable es el de una purificación de la sociedad que elimine los privilegios y (López Obrador, de nuevo) le dé “patria al humillado”.

Hay mucho de traicionero en este giro estratégico. Pero como en otras revueltas, en la de López Obrador hay también un factor brutalmente seductor. Alguien, por fin, le está haciendo sentir a los poderosos de México que el destino manifiesto del país no es el de sus monopolios, utilidades, ebitas, jueces a modo.

La toma de Reforma puede ser, acaso, un primer botón de muestra. No se trata ya de convencer electores, sino de poner en su lugar a las “siniestras fuerzas corruptoras”.

Movimiento contra partido

Jesus Silva-Herzog Marquez
Reforma
7 de Agosto del 2006

Se ha interpretado la "toma" de la Ciudad de México como una provocación a los antagonistas de Andrés Manuel López Obrador. Una embestida contra el PAN, un aviso al Tribunal. Es lo contrario: un durísimo golpe a sus aliados. A diferencia de las concentraciones anteriores, el bloqueo de las arterias vitales de la capital no es una demostración de respaldo popular. Los campamentos no muestran rebosantes legiones de simpatizantes, sino pabellones despoblados. Unos cuantos partidarios dispuestos a desquiciar el día de miles. Evidentemente, ésta no es una intimidación eficaz contra los miembros de la corte electoral. No es tampoco un desafío serio a los panistas. Se trata de una puñalada en la espalda del gobierno perredista del Distrito Federal, una agresión del movimiento lopezobradorista contra el partido que lo postuló.

Ante el terror del micrófono ausente, López Obrador volvió a dar un gran salto hacia delante. Audazmente, saltó el cerco que podía conducirlo a la irrelevancia mediática y decidió establecerse, por vía de la agresión a la ciudad que lo respaldó enfáticamente, en el centro de la atención pública. En un brillante artículo reciente, Soledad Loaeza describió la naturaleza del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador ("De líderes a seguidores", La Jornada, 27 de julio de 2006). Su estilo no se parece al de ningún otro político mexicano. Es un dirigente de masas que pretende encarnar toda la rabia de la historia de México. El político provoca reverencias inexplicables y odios furibundos. De movilización en movilización, navega en aguas que describe siempre como excepcionalmente dramáticas para construir un poder personal que escapa de los retenes institucionales y se blinda con pueblo.

Tal vez la novedad histórica de López Obrador radica en la sede de su actuar político, más que su estilo y su lenguaje. Se trata del primer dirigente exitoso de un movimiento social de alcance nacional. Su espacio natural nunca ha sido la plancha de las instituciones. Desde que dirigió al PRD afirmaba la necesidad de inyectar la savia del movimiento social a la seca maquinaria del partido. Lo ha repetido muchas veces: la historia mexicana camina a zancadas de movilización, no conforme a la cadencia indolente de las instituciones elitistas. No es difícil percibir en su entendimiento del mundo legal una perspectiva marxista: está convencido de que las reglas y los órganos institucionales no son basamentos de la neutralidad sino instrumentos al servicio de los privilegiados. Por eso su compromiso institucional ha sido siempre tan ambiguo, tan frágil, tan superficial. Su participación en el orden institucional se levanta sobre un fermento de desconfianza en las normas que sólo compensa una fe en sí mismo verbalizada como devoción popular.

El revés electoral de julio arraiga en una convicción antigua que se ha solidificado con experiencia. Si las instituciones lo han combatido, las movilizaciones han venido a su rescate. Entre instituciones se siente a la intemperie, en su campamento permanente se abriga. No es extraño que encuentre refugio hoy, nuevamente, en el espacio que le otorga plena confianza: el movimiento social que convoca y dirige, esa asamblea multitudinaria que responde dócilmente a sus preguntas, esa concentración que le otorga indefectiblemente la razón. Ante la multitud, el caudillo no necesita seguir rituales fastidiosos. Su método convocar la aclamación: el dirigente pregunta y la masa, por fortuna, responde lo correcto.

Pero la lógica del movimiento no embona necesariamente con la lógica del partido. Habrá momentos en que un movimiento político puede nutrir a un partido. En estos momentos, sin embargo, los apetitos y las estrategias del movimiento tienden a lastimar al partido y pueden hacerlo de manera grave. En la medida en que López Obrador se siga viendo como dirigente de un movimiento social y no asuma las consecuencias de ser la cabeza de una organización partidista con extensas responsabilidades de gobierno y una amplia representación parlamentaria, el PRD sufrirá consecuencias nefastas. El partido se ha beneficiado enormemente de López Obrador. No puede explicarse el extraordinario salto en las preferencias electorales de ese partido sin el arrastre político del tabasqueño. Pero el partido ha sido rebasado ya por el lopezobradorismo. A la usanza del más viejo cesarismo, el líder (tras una consulta simulada) decide frente a las masas y marca el camino que deben seguir los hombres del partido. El partido, carente de cualquier liderazgo propio, sigue las órdenes puntualmente.

El movimiento social apuesta al instante. Su visión es apocalíptica: si hoy no ganamos, habremos perdido por siempre la oportunidad de gobernar. Por eso sus caminos de acción son ásperos, aparentemente irreflexivos, confrontacionales. No encuentra sitio en el futuro y por eso arriesga la pérdida de apoyos, la polarización, el distanciamiento de algunos fieles. Al movimiento no le sirve la frialdad de los moderados. Se vale sólo de los radicales. El partido, por el contrario, puede levantar la vista y llevar la mirada al futuro. Sabe que tiene responsabilidades que cumplir muy pronto, que el calendario le ordena una temprana moderación para volver a atraer a los independientes. Su operación natural lo llama a ordenar las expectativas populares y administrar en el tiempo la confianza que recibe.

López Obrador ha arrinconado a los moderados dentro de su partido. Hoy no pueden levantar la voz. Tendrán que hacerlo tarde o temprano. La gran construcción institucional del centro izquierda mexicano no puede quemarse en la pila de sacrificios.

¿Se puede salvar Humpty Dumpty?

Raymundo Riva Palacio
El Universal - Estrictamente personal
07 de agosto de 2006

López Obrador está renegando de tantas cosas que poco falta para que, sin darse cuenta, reniegue de sí mismo

E l Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación avanzó el sábado un paso más hacia la calificación definitiva de la elección presidencial, con el revés a Andrés Manuel López Obrador para realizar un recuento total de votos. El argumento fue sólido: el PRD, ni presentó las impugnaciones en los términos de ley en los 300 distritos, ni demostró las contradicciones en forma evidente, ni se apegó a la doctrina y a la jurisprudencia. En síntesis, fue un desastre jurídico lo que presentó el equipo de López Obrador para el Tribunal Electoral, aunque hasta que no concluya el proceso, tampoco Felipe Calderón podría sentarse en la silla presidencial. De hecho, lo que sucedió fue que entramos en una nueva fase incierta y llena de misterio por obra y gracia del candidato, hasta hoy, perdedor el 2 de julio.

López Obrador, que no es abogado sino economista, aseguró que los argumentos de los magistrados eran "endebles", que habían actuado con un criterio "estrecho y limitado", que no iba a aceptar ese fallo y los conminó a que lo rectificaran porque de otra forma, adelantó, no aceptará resultado alguno de la elección. ¿Alguien se siente sorprendido? Quizás sólo los más ingenuos. Si alguien ha sido congruente y consecuente de principio a fin ha sido López Obrador. Nunca se comprometió a aceptar su derrota, y jamás ofreció acatar a las reglas de la democracia. No denunció nada durante la campaña, dijo en una de sus múltiples entrevistas radiales, porque estaba convencido de que ganaría.

Como no fue así, hoy está convertido en una especie de Humpty Dumpty, esa figura en forma de huevo que ha ocupado miles de palabras no sólo en la literatura, como personaje de Lewis Carroll en Alicia en el país de las maravillas, sino en los conceptos del lenguaje y, más cercano a lo que nos ocupa, en la ciencia política.

Humpty Dumpty es un símbolo de insensatez en el pertinente libro para la actualidad mexicana La marcha de la locura de Bárbara Tuchman, que menciona el caso de Luis XIV como uno de los paradigmáticos cuando se actúa en contra el interés propio, olvidando que la política debe ser política de un grupo y no de un individuo.

Luis XIV provocó el desplome de Francia al agotar sus recursos humanos y económicos, en una serie de medidas que su corte, lejos de cuestionar, le aplaudieron. Tan ciegos estaban que Madame de Pompadeur, la amante de su sucesor, haría una declaración tan famosa como soberbia: "Después de nosotros, el diluvio". Eso vino, en efecto, en forma de locura al persistir la insensatez.

El Humpty Dumpty que tiene López Obrador en su corazón lo está llevando por ese camino. Autodesignado como el hombre que tiene una misión sobre la tierra mexicana ve, al enfrentarse a los obstáculos, una gran conspiración en todo, desde el millón de mexicanos que contribuyeron al fraude electoral el 2 de julio, al fraudulento consejo general del IFE, a todos los medios de comunicación -menos su vocero y sus fieles, pero incluidos algunos con credenciales democráticas bien ganadas- que se sumaron a la cargada para consolidar la victoria "ilegal e ilegítima" de Felipe Calderón, a los gobiernos extranjeros que felicitaron al panista -como el conservador en Washington y el socialista en Madrid-, a los observadores internacionales que "no vieron nada", a más de un centenar de intelectuales que descartaron por completo la posibilidad de un fraude y al propio TEPJF cuyos magistrados, sugirieron algunos de los suyos, recibieron millonarios pagos por su voto.

Su discurso es, regresando a los conceptos de lenguaje, como el Humpty Dumpty de Alicia en el país de las maravillas, cuando le dice a Alicia con un tono de ironía: "Cuando uso una palabra significa exactamente lo que he elegido que signifique; ni más, ni menos", a lo que Alicia le responde: "La pregunta es si puedes hacer que las palabras signifiquen muchas cosas". Humpty Dumpty replica: "La pregunta es cuál es la que será la mejor; eso es todo". López Obrador se maneja en esos terrenos.

Su palabra significa muchas palabras para muchos públicos, como el diputado federal Emilio Serrano, quien en reacción al fallo del Tribunal Electoral reiteró que "estamos listos para morir en la lucha", o como algunos que en correos electrónicos procedentes de varias partes del país aseguran que están dispuestos a tomar las armas y pelear porque les sobran "cojones".

Metafórica o literalmente, López Obrador enfrenta un problema y, a la vez, un desafío. Si el Tribunal Electoral va prefigurando lo que podría ser su resolución final sobre la elección presidencial, ¿cómo va a impedir que, no los farsantes como el diputado, sino algunos partidarios fieles que piensan que sin el perredista se les canceló su posibilidad de dejar de ser pobres y convertirse en ricos, efectivamente no empuñen un arma y procuren hacer la justicia prometida por su candidato? ¿Cómo va a empezar a recular en su inflamatorio discurso tan divisionista después del zape tan contundente que le dio el Tribunal? ¿Cómo pegar lo que hoy ha roto?

Él mismo se ha venido cerrando los espacios de maniobra y sacrificando en el camino a los propios perredistas, aquellos que ya ocupan cargos de elección popular o administrativos, como el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Alejandro Encinas, que sigue acumulando faltas punibles por permitir los plantones -argumenta que no violan la ley, pese a que impiden el libre tránsito y afectan la libertad de terceros, consagrados por la Constitución-, o Marcelo Ebrard, quien como decenas de perredistas ganó el cargo en la misma elección que cuestiona López Obrador, y que ha endurecido su discurso para congraciarse con su líder, que le reclamó que no hiciera campaña y, en el exceso de la insensatez de la que habla Tuchman, hasta que no hubiera cancelado su boda.

Guardando la proporción con otras figuras de la historia, López Obrador está gastando capital humano y económico al obligar al PRD a que lo sigan en su marcha de la locura. O, por mencionar un solo botón de muestra, ¿cómo explicar de otra forma su resistencia a ceñirse a la ley y seguir elevando las expectativas de los más radicales, los más esperanzados, o los más ingenuos a dar todo por él solo? Humpty Dumpty es un personaje que los historiadores siempre han relacionado con violencia y tragedias, y los politólogos lo vinculan con aquellos líderes que destruyen todo a su alrededor.

No vaya a ser, por la dinámica que está imponiendo a los acontecimientos, que a López Obrador, parafraseando a Carroll y evocando al Ricardo III de Shakespeare -a quien identifican detrás de los acertijos de Humpty Dumpty-, al final de todo no le basten todos los hombres y los caballos del Rey para volverlo a poner en lo alto del muro en que estaba, tras haber destruido todo lo que había logrado.

rriva@eluniversal.com.mx
r_rivapalacio@yahoo.com

López Obrador no sabe perder

El Mundo (España)
Editorial - Opinión
07-08-2006

Treinta y siete días después de las elecciones que dieron la victoria a su rival, el candidato izquierdista a la Presidencia de México, Andrés Manuel López Obrador, sigue empeñado en una peligrosa huida hacia adelante que amenaza con desestabilizar el país y desatar una crisis sin precedentes. Ni la presión de la comunidad internacional ni el fallo inapelable de la Justicia han convencido a este demagogo de lo que a estas alturas es ya el desenlace de un proceso democrático con garantías plenas: que es el liberal Felipe Calderón y no él quien debe regir los destinos del país durante los próximos seis años.

Lejos de apaciguar a sus seguidores -que han acampado en el centro de la capital mexicana provocando graves problemas de tráfico y de orden público-, López Obrador volvió a llamar a la rebelión contra el nuevo presidente después de que los siete jueces del Tribunal Electoral decidieran por unanimidad un nuevo recuento en sólo 11.839 de las 130.477 mesas que había reclamado. Conviene recordar que todas las actas llevan la firma de los interventores de la coalición izquierdista, pese a que ésta quiera ahora impugnarlas.

Antes de que sea demasiado tarde, el candidato del PRD debería recapacitar sobre la patética imagen que viene ofreciendo desde los comicios, que recuerda a la del lastimero Silvio Berlusconi, que se negó durante semanas a aceptar la victoria de sus rivales. Con un agravante: il Cavaliere en ningún momento sacó, como él, a sus partidarios a la calle, poniendo en solfa la legitimidad de las urnas y tratando de colocar al país en un estado prerrevolucionario que amenaza con dinamitar la imagen de seriedad y moderación que con tanto celo ha ido construyendo durante estos años el presidente saliente, Vicente Fox.

López Obrador debe desmovilizar inmediatamente a sus partidarios y reintegrarse a la dinámica del juego democrático, donde podrá presentar sus propuestas y criticar las de sus oponentes desde el lugar en la oposición al que -aunque sea por un estrecho margen- le han relegado los electores. Cualquier otra vía le convertiría de inmediato en un político fuera del sistema y conduciría a México por una pendiente que sólo sería beneficiosa para su propio ego.

Sensatez para México

El País (España)
Editorial
- Opinión
07-08-2006

Apenas unas horas después de que el Tribunal Electoral de México desestimara su demanda de un nuevo recuento de todos los votos de las pasadas elecciones presidenciales mexicanas, el derrotado candidato izquierdista, Andrés Manuel López Obrador, ha rechazado el fallo, conminando a los miembros del tribunal a que "rectifiquen" y proclamando la continuación de la llamada "campaña civil" por la que sus partidarios bloquean la Ciudad de México.

López Obrador parece empeñado en seguir la peligrosa senda del populismo, la desestabilización del país y la deslegitimación de las instituciones que él mismo aspira a gobernar. Con su insistencia en no acatar el resultado electoral y sus "recomendaciones" a los jueces, ha perdido otra oportunidad de demostrar la categoría exigible a un presidente de un país como México.

El Tribunal Electoral es una institución independiente y respetada. Sus miembros han examinado las denuncias de la coalición encabezada por López Obrador y no han hallado razones que avalen la denuncia de un presunto fraude. Por tanto, sólo volverán a ser escrutadas 11.839 mesas del total de 130.477, algo menos del 10%. Es una decisión acertada que debe ser respetada por todos. El hecho de que el recuento oficial de las elecciones del pasado 2 de julio diera al candidato conservador Felipe Calderón el triunfo por sólo el 0,58% de los votos (234.934 sufragios), da idea de la profunda división de la ciudadanía y de la necesidad de apoyos políticos para gobernar que necesitará el futuro presidente. Pero en ningún caso justifica la tensión a que se están viendo sometidas las instituciones. Con su decisión, el Tribunal Electoral ha demostrado que los organismos democráticos mexicanos funcionan, incluso en situaciones de máxima tensión política. Es algo de lo que todos, sobre todo los mexicanos, deben congratularse.

López Obrador debe rectificar y aceptar el resultado de las urnas. No tiene sentido mantener movilizados a sus seguidores en protestas y manifestaciones que conllevan un potencial peligro de enfrentamiento civil. La ocupación permanente de parte de la capital mexicana es una coacción a la ciudadanía y una pésima imagen para el resto del mundo.

Lo que México necesita es sentido común por parte de todos los actores políticos. Y, por supuesto, un líder fuerte y legitimado capaz de emprender las reformas políticas, económicas y sociales que el país necesita para salvar tantas desigualdades. Ése, y no otro, debería ser el objetivo de López Obrador, aunque el elegido para tal tarea no sea él.