26 de junio de 2006

El pais que queremos

Isabel Turrent
Reforma
25 de junio de 2006

Los últimos días de campaña han seguido el triste guión que ha dominado por meses el desempeño de los principales candidatos a la Presidencia. El campo de visión se ha cerrado y el intercambio entre los candidatos se ha reducido a acusaciones y respuestas alrededor de asuntos tan menores que resultan patéticos. No sorprende que a una semana de la votación, un buen porcentaje de electores siga ocupando el cajón de los "indecisos".

Es difícil encontrar una buena razón para votar y aún más complicado hacer a un lado la maraña de descalificaciones entre los candidatos, para decidir por qué votar. El dilema del electorado se ha enmascarado en la cuestión del "quién", porque AMLO ha convertido estas elecciones en un asunto personal donde lo que cuenta son el atractivo y el carisma y no los proyectos o las ideas.

Pero son precisamente los programas y los idearios los que deberían decidir esta elección: cada votante debería preocuparse por el "qué" y no por el "quién". Lo importante es qué tipo de país queremos para el futuro y para responder esa cuestión, es indispensable romper el patrón de miras cortas e idearios vacíos que se ha impuesto en la campaña y abarcar al mundo entero para decidir, antes que nada, el lugar y el desempeño que queremos para México.

Estas elecciones son fundamentales, antes que nada, porque el País no tiene tiempo. La historia del mundo en el que vivimos se ha acelerado a tal punto, que deja automáticamente a los indecisos al margen del progreso. El Planeta se ha dividido en dos: entre los países que han decidido crecer a paso de tortuga y refugiarse en el aislamiento y en formas anacrónicas y disfuncionales de gobierno; y aquellos que han optado por aprovechar el mercado globalizado, por la integración y, con pocas excepciones, por consolidar sistemas democráticos y abiertos.

En sus extremos políticos, la vuelta al pasado que muchas naciones han emprendido como respuesta a la modernidad, ha sido un retorno al peor de los pasados: a los fundamentalismos religiosos y étnicos, a culturas políticas medievales o ideologías decimonónicas, a la violencia terrorista y a la fragmentación y a la lealtad nacionalista centrada en entidades políticas crecientemente locales y provincianas. Es lo que ha sucedido en parte de los Balcanes, en el mundo islámico, en África, y en países latinoamericanos como Venezuela y Bolivia.

En los márgenes económicos, esos países siguen alimentando lo que Amartya Sen, el economista hindú, ha llamado una mentalidad "colonizada". Una "obsesión con Occidente que sobrepasa cualquier otro valor o prioridad". Quienes la padecen rechazan las reformas que sustentan el crecimiento de los países más exitosos de las últimas décadas como "tomadura de pelo" (AMLO dixit), prometen transitar por caminos propios, a espaldas de la modernidad económica, y fortalecer al Estado a costa del capital privado. Basta ver el catastrófico desempeño económico de Cuba o de la Venezuela de Chávez para comprobar que ese tipo de proyectos no funcionan ni siquiera con cantidades casi ilimitadas del petróleo.

Es obligación del Estado promover y asegurar una distribución justa de los bienes públicos, entre ellos, la educación y la salud. Para lograrlo necesita generar riqueza y, en el mundo globalizado de hoy, la forma más eficaz de promover el desarrollo económico e incrementar los recursos del Estado es crear un clima propicio para que florezca la iniciativa privada, atraer a la inversión extranjera y consolidar un sector exportador competitivo.

La iniciativa privada no espera a que el gobierno en turno le indique si puede o no invertir -como supone AMLO. Cuando un país erige trabas a la inversión, mantiene altos costos de los servicios, una infraestructura deficiente y cierra sectores enteros como el energético en aras de tabús económicamente ineficaces, la iniciativa privada doméstica emigra, y la extranjera busca terrenos más propicios.

Las corporaciones multinacionales se han transformado en unos años en empresas integradas globalmente que deciden no sólo dónde producir, sino quiénes producen sus bienes, y que han pasado de dirigir su producción a mercados nacionales a servir al mercado global. Pensar como López Obrador que se puede encauzar este capital a placer y en los sectores donde el gobierno decida, es vivir de espaldas a la realidad. Ver a estas entidades nada más como entes "explotadores" muestra, asimismo, una inmensa miopía.

Para mencionar sólo dos ejemplos, estas empresas han sido la base del milagro económico chino e hindú. Tan sólo entre 2000 y 2003 construyeron 60 mil plantas manufactureras en China y su demanda de "servicios externos" ha transformado a la India. La suma del progreso chino e hindú es aplastante. Ambos países han sacado de la pobreza, en un cuarto de siglo, a cuatro méxicos: a más de 400 millones de seres humanos.

Un voto por López Obrador es un voto a favor del pasado. Con AMLO, México no se convertirá ni en Venezuela, ni en Cuba. El País emprenderá un nuevo echeverriato. Sin reformas y en un clima de polarización clasista, el Gobierno no tendrá otra salida más que elevar el gasto público. Ello derivará en el crecimiento de la deuda pública y en una crisis inflacionaria, que afectará a los sectores pobres antes que a ningún otro. Un voto por Madrazo es un salto al vacío: es imposible discernir el proyecto de país que tiene en mente. Votar por Felipe Calderón significa, al menos, darle a México la oportunidad de sumarse a la modernización y al progreso. Nosotros decidimos.

iturrent@yahoo.com

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