3 de junio de 2006

Más sobre el salinismo de AMLO

Yuriria Sierra
Excélsior - Nudo Gordiano
03-06-06


El miércoles pasado, en este mismo espacio, escribí acerca de la propuesta que horas antes habían presentado Andrés Manuel López Obrador (durante 54 segundos en cadena nacional) y Rogelio Ramírez de la O (en conferencia de prensa previa, con el fin de "explicarnos" los detalles técnicos) de lo que constituiría el plan económico del Peje para los próximos seis años.

"Salinista, chafa e… ¡imposible!". Ese título le di a la columna del miércoles, donde analicé de botepronto por qué la propuesta del candidato de la Coalición por el Bien de Todos constituía una copia chafa (región 4, decíamos) del modelo económico salinista. Está mal que uno se cite a uno mismo, pero considero que retomar lo escrito hace tres días resulta muy necesario para seguir con el análisis, más aún cuando entrevistado por El Semanario (dossier semanal de economía, política y finanzas), el principal asesor de López Obrador en la materia, declara que, efectivamente, la propuesta está inspirada en el proyecto de Carlos Salinas de Gortari (el famosisisisímo "innombrable", archienemigo del Pejemán): un modelo económico de libre mercado, con equilibrios sociales, que en su momento, Salinas denominó "liberalismo social". De botepronto decíamos que las coincidencias iban por el lado del ajuste vía reasignación presupuestal, adelgazamiento del aparato estatal, así como del fomento a la competitividad vía reducción de costos de producción.

Sin embargo, hacíamos la acotación de que las cuentas alegres de AMLO y su equipo, esas sí no tenían nada de salinistas: el recorte de 100 mil millones de pesos del presupuesto asignado a la administración pública es punto menos que imposible. En fin, lo cierto es que las recientes declaraciones de Rogelio Ramírez de la O a El Semanario nos permiten entrarle a varios detalles adicionales:

Corresponsabilidad contra populismo. Rogelio Ramírez de la O tiene una formación académica sólida: cree que para las economías emergentes mantener los equilibrios macroeconómicos, disminuir la línea de la pobreza e incentivar la productividad son asuntos prioritarios. A todas letras dice que Salinas de Gortari iba por el rumbo correcto, pero que se equivocó al permitir la corrupción: asunto que, en realidad –y Ramírez de la O lo sabe, aunque no lo diga–, no tuvo impactos reales en toda la reforma estructural del salinismo.

El problema –y Ramírez de la O lo sabe, aunque no lo diga– es que el programa estrella en materia de política social de Carlos Salinas, el famoso Programa Nacional de Solidaridad, constituía un plan de gasto social respaldado por un esquema participativo denominado como "corresponsable", en el cual la sociedad y el gobierno participaban por partes iguales para la generación de bienes sociales. El Pronasol nunca fundamentó su operación en una filosofía de "regalarle" nada a nadie.

Y no por hacer del gobierno uno mezquino, pero sí para terminar con la cultura del Estado paternalista. Pero, además de eso, porque muy al principio del sexenio salinista, tras la firma de uno de los famosos "Pactos Económicos" (tan de moda en esos tiempos), se intentó aplicar el denominado "negative income tax", que es precisamente lo que anunció AMLO en cadena nacional: un aumento salarial, vía la disminución del impuesto al salario. ¿Y qué pasó? Que valió gorro: las presiones inflacionarias amenazaban el otro gran proyecto salinista en materia económica: controlar la inflación para alcanzar los equilibrios macro que le permitieran cumplir con los requisitos para amarrar la firma del TLC con EU y Canadá.

¿Son totalmente Salinas? Rogelio Ramírez de la O, asistido por el conocido René Villarreal (otro de los asesores económicos que se consiguió El Peje) fueron ambos parte de los tanques pensantes del salinismo y del zedillismo. De hecho, René Villarreal, junto con Manuel Camacho Solís, fue el autor intelectual de toda la política social del salinismo. Incluso se rumora que el verdadero cerebro de todo este asunto conocido como "proyecto alternativo" de Andrés Manuel López Obrador sería, en realidad, Alejandro Reynoso, actual director general de Estrategia y Desarrollo de la BMV y ex coordinador de asesores de Pedro Aspe en la Secretaría de Hacienda. Cosa que muchos sectores verán con buenos ojos, sin duda. Pero que el elector seducido por el discurso antineoliberal de López Obrador vería con los peores ojos del mundo: los ojos del engaño, los ojos que ven la mentira de frente.

Lo que no deja de ser absolutamente esquizofrénico es que un equipo profesional, con formación académica sólida y experiencia probada en el gobierno federal, termine presentándole al elector y al mundo un rostro tan deformado de sus propias propuestas del pasado. Es difícil entender que René Villarreal, por ejemplo, crea hoy por hoy que el "libre mercado con responsabilidad social" se haya convertido en una mera cuestión de "appeasement" o lo que es lo mismo "apaciguamiento" de las clases más lastimadas, vía subsidios peligrosos y dádivas económicas que de ninguna manera fomentarán el crecimiento de mediano y largo plazo. ¿Acaso la mano invisible, pero de Andrés Manuel López Obrador?

¿Mensaje, spot o adivinanza?

Germán Dehesa
Reforma
2 de Junio del 2006

No sé qué habrá sido, pero lo que haya intentando ser resultó espantoso. Tengo la impresión de que el anunciado y publicitado “mensaje a la nación que gana poco” de López Obrador lo produjeron los mismos que hicieron el malhadado spot de Elena Poniatowska. La misma iluminación blanca, cruda, intensa tipo morgue o interior de refri; el mismo exceso de maquillaje que logró darle a AMLO un cierto aire de polvoroneada vampiresa del cine mudo. De la persistente toma de abajo hacia arriba ya se han ocupado otros autores; solamente añado que le daba al candidato del Sol Azteca un aspecto amenazante como de vampiro a punto de caer sobre su presa, o de recia escultura realizada en cantera del tipo de la que inmortaliza al caudillo Conín que se enfrentó a los españoles y que ahora dirige el tránsito en la carretera México-Querétaro. Una horrible corbata redondeó una torpísima y tartamuda gramática visual.

Todo comenzó, lo habrán visto, con un anuncio de entrada con un ondeante listón tricolor (el uso de los colores de la bandera ¿no fue una de las grandes molestias de la oposición en contra del PRI?) y el aviso -que luego se probaría pretencioso- de que estábamos a punto de ver el “mensaje” de AMLO a los macehuales. Esta portada me recordó vagamente a aquellas que nuestra desbordada y barroca creatividad infantil concebía con harto engrudo, tinta china y variados colores para nuestros trabajos escolares acerca de “El Petróleo”, o “¿Qué hice en mis Vacaciones?”.

Todo esto lo he dicho con respecto a la forma y al mensaje que comporta. Con respecto al contenido, al mensaje en sí, creo que todos esperábamos más. Yo suponía que estando ya tan cercano ese debate que será crucial, AMLO que carga con la desventaja de su inasistencia al primero, haría declaraciones que, por así decirlo, abrieran el debate con ventaja para él. Si esto fue lo que se propuso, creo que estuvo lejos de lograrlo.

Quizá lo más grave de este “mensaje” es que ni los que ganan menos de nueve mil pesos, ni los que ganan más entendimos muy bien de qué se trataba y cómo iba a lograrlo. “Lo voy a explicar con pelotitas” habrá pensado Andrés Manuel. La verdad es que con la explicación todavía nos empelotamos más. Finalmente de lo que se trata es que ganen un poquito más los que menos perciben. Todo el día Madrazo prometió lo mismo (Camacho es muy chismoso) y ni pelotitas necesitó para explicarlo. Le voy a pedir permiso al Congreso para que no paguen el ISR y ya estuvo. AMLO llegó tarde y mal: jamás mencionó al Congreso, tomó decisiones como si ya fuera Presidente (o monarca) en pleno ejercicio y luego empezaron las pelotitas casi del estilo de “réstale el número que pensaste” y se le acabó el minuto (¿no que iban a ser tres?) a un AMLO apagadón, desairadito y que ha tenido momentos mucho mejores.

De cualquier manera, sea vía impuestos o vía pelotitas la propuesta es demagógica, clientelista y si llegara a aplicarse, sería desastrosa para la economía del país. No olvides, lectora lector querido, que todas estas promesas y maromas, pelotitas y machincuepas las hacen los candidatos distribuyéndose de antemano nuestro dinero. ¿A cargo de cuál de los tres lo dejaremos? Se me ocurre que tendríamos que pensar quién es el más sensato y responsable; pero para decidir esto tendríamos que saber con quiénes conformaría cada uno de los tres su gabinete económico. De manera puntual, ninguno lo ha dicho. Esperemos a ver cómo viene el debate. Por lo pronto, percibo dos cosas: cualquiera de los tres por distintas razones (uno por perverso, otro por mocho y otro por mesiánico) puede ser peligroso para México. La otra cosa que percibo es que HOY TOCA.

2 de junio de 2006

Así van las encuestas...

Razona tu voto

Hace un mes publicamos un artículo llamado
Encuestas: Leyendo "entre líneas" donde se mencionó que más que como "ejercicios de precisión" las encuestas deben verse como tendencias.

Dado que el debate y los contrastes entre encuestas ha continuado, volvimos a realizar el mismo ejercicio con los datos de las encuestas independientes publicados a la fecha por la AMAI en
www.opinamexico.org.

Estos son los resultados al 2 de junio.


A nuestro modo de ver, la gráfica anterior muestra que:

  • López Obrador detiene su caída, pero prácticamente no crece.
  • Calderón tiene una baja ligera respecto a los niveles que alcanzó en los primeros días de mayo.
  • Madrazo tiene oscilaciones y las encuestas más recientes le hacen mostrar un pequeño repunte.

Esto nos lleva a concluir lo siguiente:

  • El cambio de estrategia y la intensa campaña mediática del PRD si pudieron haber afectado ligeramente a Calderón, pero ni con mucho sirvieron para regresar a López Obrador a los niveles que tenía hace 2 meses. En el mejor de los casos, sólo le ayudaron a detener su caída y a mantenerse en los niveles que tenía a finales de abril.
  • A pesar del “repunte” del que pudiera presumir Madrazo, a un mes de la elección se mantiene en un claro y muy distante tercer lugar.
  • Más que cerrarse dramáticamente, lo que vemos es una competencia en la que las tendencias cada vez son más estables.

A unos cuantos días del segundo debate, y aunque muchos consideran que será definitorio en el resultado final de la elección, nuestro modo de ver las cosas es un poco diferente.

Sin negar su enorme importancia, a menos que ocurra algún hecho realmente significativo durante el debate o en los días posteriores, la estabilización de las tendencias electorales es un indicio de que, si éste transcurre sin mayores sorpresas, ya no tendrá un efecto tan dramático en las preferencias de los electores como si lo tuvo el primero.

Veremos que es lo que pasa.

razona2voto@yahoo.com

Por el bien de todos…

Francisco Martín Moreno
Excélsior
02-06-06

No debemos votar por AMLO porque no tiene un diagnóstico acertado para lanzar al país a un crecimiento económico por arriba de siete por ciento.

Por el bien de todos, que no llegue López Obrador a la Presidencia porque, como lo ha confesado públicamente, no tiene una política establecida en torno a la educación superior ni ha explicado cómo va a amortizar la deuda histórica contraída con los millones de indígenas ni ha aclarado cómo va aumentar 20% el ingreso de los sectores de bajos recursos cuando ni siquiera ha entendido la importancia de incrementar la productividad de las empresas ni se ha querido reunir con los empresarios para crear fuentes de riqueza, las imprescindibles con el fin de rescatar de la miseria a los marginados por quienes tanto dice estar preocupado. Basta decir que llegaría al poder un Presidente de la República que llama "parásitos" a los intermediarios financieros, a los banqueros, en lugar de convocarlos a la mesa de negociaciones para construir un México nuevo en el cual se eleve a los mexicanos a la altura exigida por la dignidad humana.


Por el bien de todos, que nunca llegue LO a Los Pinos porque ha prometido ejecutar los acuerdos de San Andrés Larrainzar que crearían en México diferentes Estados dentro de un mismo Estado para atomizar temerariamente a la nación. Tampoco debemos votar por él porque no ha explicado cómo va a pagar las pensiones alimentarias que ha prometido para los adultos mayores de 70 años, si el Presupuesto de Egresos federal está severamente comprometido con partidas de muy difícil reducción. No debemos tomarlo en serio porque habla de dar medicamentos gratuitos y otorgar becas a los discapacitados, sin mencionar cómo va a financiar semejante gasto multimillonario, si el país tiene limitaciones propias de una nación pobre.

Por el bien de todos, no debemos votar por AMLO porque no tiene un diagnóstico acertado para lanzar al país a un crecimiento económico por arriba de 7% y piensa que, atacando el cáncer de la corrupción, se van a resolver todos los problemas, cuando lo requerido, y él está en contra, es realizar una reforma petrolera, una reforma eléctrica, en la que participen los capitales extranjeros, porque con el ahorro interno es imposible financiar la expansión energética de México. No debemos sufragar a favor de LO, cuando está en contra de la reforma tributaria, la que mediante impuestos al consumo podría abatir sensiblemente la defraudación fiscal dotando al gobierno de más capacidad de gasto en beneficio de los desposeídos. No, no debemos tampoco tachar su nombre en las boletas electorales, cuando ha manifestado su oposición a una reforma de Estado que extendería garantías y seguridades fundamentales a los mexicanos.

Por el bien de todos, no debemos votar por LO porque piensa que reduciendo las pensiones a los ex presidentes y disminuyendo el ingreso de los funcionarios públicos para adecuarlos a una justa medianía económica de corte juarista, que él ignora tanto como su chofer, va a poder ajustar los desequilibrios presupuestales y disminuir la corrupción, misma que se disparará al infinito a partir de que los burócratas privilegiados vean disminuidos sus ingresos. No, no votemos por él, porque piensa en obsequiar a los ancianos, a los estudiantes, a los trabajadores, sin ponerse a pensar que quien hace un regalo, alguien lo paga y, en este caso, la estafa puede consistir en que los beneficiarios paguen los citados regalos a tres o cuatro veces su valor por mediante un disparo de la inflación. Andrés Manuel López Obrador insiste en impedir los exámenes de admisión a los centros de enseñanza, muy a pesar de que ya integramos un país de reprobados y el pase automático no sería sino un pase, pero al infierno, para incubar mucha más mediocridad de la que tanto trabajo nos ha costado deshacernos.

Por el bien de todos, no votemos por un sujeto que está en contra de los tecnócratas que se han quemado las pestañas y desgastado los pantalones estudiando en universidades extranjeras para encontrar las mejores fórmulas de satisfacción social.

No, no, un jefe de Gobierno que ha ocultado la realidad de las finanzas del Distrito Federal, ha impedido la gestión del Consejo de la Transparencia para poder auscultar su comportamiento financiero, un déspota que se niega a dar explicaciones de sus manejos internos, no merece nuestra confianza para elevarlo al rango de jefe de la nación, más aún cuando sus políticas populistas, con las que pretende gobernar, las ha sacado, por caducas, del bote de la basura, situación que desconocen, por falta de memoria histórica, aquellos a quienes trata de convencer con ideas que sabe falsas.

Por el bien de todos, no votemos por un candidato que ni siquiera pudo concluir su carrera universitaria, un semianalfabeto funcional que se mueve por impulsos viscerales, no así por conocimientos, y no es otra cosa más que otro paternalista suicida de los que ya tantas veces han hundido a este país que ya sólo desea promesas…

¿Fantasiosa o ruinosa?, propuesta de AMLO

Marco A. Mares
Crónica - Ricos y poderosos
2 de Junio de 2006

El programa de apoyo al ingreso familiar de Andrés Manuel López Obrador con el que ofrece beneficiar a 18 millones de familias con 100 mil millones de pesos, es fantasioso en el mejor de los casos y ruinoso en el peor.


Por supuesto que en términos políticos es sumamente atractiva y muy seguramente le redituará una buena cantidad de votos. ¿A quién no le gusta que le prometan que le van a regalar dinero? Porque eso es lo que ofreció López Obrador: regalar el dinero de los contribuyentes.

El candidato perredista a la Presidencia está utilizando el dinero de los contribuyentes —porque los recursos para las campañas políticas que usan él y el resto de los contendientes salen de nuestros bolsillos—, para ofrecer propuestas fantasiosas, en el menos malo de los casos, o ruinosas, en el peor de ellos. Nos miente porque ofrece en cadena nacional una propuesta fantasiosa. Algunos expertos consultados por éste reportero coincidieron en que la propuesta que Andrés Manuel López Obrador presentó en un spot en cadena nacional —y que previamente explicó su asesor económico, Rogelio Ramírez de la O—, no resiste el menor análisis.

Es más, para algunos de ellos, si esa propuesta hubiera sido el trabajo de un estudiante de Economía I, lo hubiera reprobado.

La oferta de Andrés Manuel se funda en la premisa de que durante el sexenio de Vicente Fox el gasto corriente ha crecido de 67 mil millones de dólares a 109 mil millones de dólares. Es decir, ha tenido un incremento de 42 mil millones de dólares. Esta expansión del gasto corriente —advierte— se ha dirigido a fines que no se reflejan en una mejoría tangible de los niveles de vida de la gente. Y en consecuencia propone reducir precios del gas, electricidad y gasolina, para aumentar en 20 por ciento en promedio el ingreso disponible de 18 millones de familias.

Temerariamente, Ramírez de la O afirma que la reducción de los precios de la energía traerá consigo la reducción de otros precios en un efecto cascada, en un clima de competencia entre oferentes de bienes y servicios, los cuales registrarían menores costos de insumos, especialmente de electricidad.

En el spot López Obrador utilizó unos cuadros para afirmar que con más dinero en las familias habría más consumo, y el mayor consumo permitiría una mayor producción y un mayor crecimiento económico. A muchos podría parecerles muy bien la propuesta de López Obrador, pero lo cierto es que se trata de una propuesta populista e inflacionaria. La contraparte a los cuadros que mostró López Obrador es muy sencilla: a mayor consumo —no respaldado en el crecimiento de la producción y la inversión— habrá mayor inflación y a mayor inflación menor consumo y menor crecimiento y por supuesto menos empleos. La propuesta lopezobradorista se basa fundamentalmente en la reducción del gasto corriente del gobierno federal, que ciertamente ha crecido mucho en este sexenio.

Pero lo que no cuadra es cómo le va a hacer para reducir el creciente gasto corriente.

Para empezar parece que el equipo económico perredista no tiene claros los conceptos que se utilizan en el Presupuesto de Egresos Federal. El gasto corriente y el gasto de capital o de inversión son los dos principales componentes del gasto total. Y el gasto corriente está integrado, en su mayor parte, por sueldos y salarios que representan alrededor del 70% y el 20% corresponde a insumos, materiales y servicios. Bueno, este último renglón simple y sencillamente no puede ser recortado porque los insumos, materiales y servicios son las medicinas, los pizarrones y todos los materiales que se utilizan en la educación y servicios de salud en general.

Del 70 por ciento que corresponde a sueldos y salarios, la mayor parte es para el pago de los maestros, los burócratas y los empleados del IMSS, Pemex y CFE.

Del presupuesto de Educación Básica, alrededor del 96% se destina al pago de salarios. Tampoco es muy factible que puedan ser recortados; se trata de personal de base. Y entre el 9 y el 10% restante del gasto corriente corresponde a los salarios del personal no sindicalizado, es decir a los servidores públicos o funcionarios del gobierno federal con mayores sueldos. Bueno, pues de esta mínima parte, aun realizando los mayores recortes posibles a sus salarios, jamás podrían obtenerse 100 mil millones de pesos.

Según el CEESP, si se redujeran en 50% los salarios de los altos funcionarios apenas representaría un ahorro de 5 mil millones de pesos. Y con la eliminación total de los bonos se ahorrarían alrededor de 14 mil millones de pesos. Ambas cantidades sumarían casi 20 mil millones de pesos ¿De dónde saldrían los 80 mil millones de pesos restantes que necesita López Obrador para regalarlos a los pobres?

Por otra parte, asegura López Obrador que la reducción en los precios de la energía derivará en una reducción de precios en efecto cascada. Lo que no explica es ¿en qué va a beneficiar a los industriales el que nuestros recibos de luz salgan más baratos?

¿Cómo se van a traducir en crecimiento económico nacional los supuestos beneficios que tendrán los 18 millones de familias mexicanas que mejoren sus ingresos? ¿Qué no ha pensado el equipo económico lopezobradorista que el gasto corriente seguirá creciendo año con año como lo ha hecho hasta hoy porque no se ha desactivado la bomba de tiempo de los sistemas de pensiones, que exigen anualmente cantidades millonarias para pagar a quienes se jubilan? ¿O de plano ya no les va a pagar los jubilados?¿O si no alcanza, pues aumentamos el déficit y/o nos endeudamos?. ¿No han escuchado que gobernantes que regalan dinero convierten a sus pueblos en limosneros? Al tiempo.

Correo electrónico. marcomares@prodigy.net.mx

Universidad para todos, trabajo para unos pocos

Jorge Fernández Menéndez
Excélsior - Razones

02-06-06

La mexicana es la economía 12 del mundo, sin embargo, nuestra competitividad está evaluada debajo del lugar 50 a nivel internacional. Uno de los capítulos decisivos para establecer la competitividad de un país pasa por la calidad de su educación. Según un reciente estudio de la OCDE, para que México alcance la calidad educativa de las naciones industrializadas, siguiendo la ruta actual, se requerirían 50 años: si se quiere alcanzar el nivel de nuestro más importante socio comercial, Estados Unidos, necesitaríamos 70 años. La calidad de nuestra educación se ha convertido en una traba para el desarrollo.

En muchas oportunidades hemos sostenido en este espacio que la posibilidad de que López Obrador alcance la Presidencia implicaría un regreso al pasado que en muchos sentidos resulta preocupante. Pero pocas cosas he visto con mayor preocupación como el mensaje que presentó ante los rectores de las universidades públicas, en el encuentro de la ANUIES, en Veracruz. No sé quién asesora en estos temas a López Obrador, pero lo dicho es, lisa y llanamente, una barbaridad: el candidato sostuvo que, de llegar a la Presidencia, pondrá fin a los rechazados en la universidad y el presupuesto de las universidades públicas ya no se condicionará a la calidad de la enseñanza, sino a la cobertura de su matrícula. Dijo más López Obrador: que él quisiera "que hubiera calidad en la enseñanza, pero en un país como el nuestro eso, aunque es importante, no es lo más urgente, lo más urgente es la cobertura". Fue más allá: que el principal punto que trató con los rectores fue eliminar la existencia de jóvenes rechazados porque la calidad se utiliza "como pretexto" para que no ingresen quienes reprueban el examen de admisión.

La intención puede ser buena: otorgarle mayor oportunidad a los jóvenes e incluso algunos dirían que serviría para sacarlos de la calle. Pero la propuesta de López Obrador provocaría daños irreversibles a nuestro sistema educativo y productivo, sería un golpe fatal a la competitividad del país y al futuro de esos jóvenes. Primero, ¿quién le dijo a López Obrador que todos ellos, sin excepción, deben y pueden ir a la universidad? En ningún país las cosas funcionan así: de la misma manera que no todos los jóvenes están capacitados para estudiar una carrera universitaria, no todos lo están para ser buenos técnicos u obreros. De nada sirve abrir las universidades públicas a todo el que lo desee: para estudiar una carrera universitaria se requiere un nivel de conocimientos y de capacidad determinados. Adicionalmente, si partimos de la base de que no debe haber rechazados y si López Obrador considera que el no aprobar los exámenes de ingreso es sólo un "pretexto", se debería concluir que lo mismo ocurriría con las evaluaciones a lo largo de su carrera. En otras palabras, con sólo ir a la universidad, cualquier joven estaría en condiciones de obtener por lo menos su licenciatura.

El problema no es la cobertura universitaria, sino la calidad. Las universidades públicas necesitan más presupuesto, pero con el fin de mejorar su calidad, competir en condiciones de equidad con las universidades privadas y poder darle a sus egresados mayores oportunidades en el mercado de trabajo. ¿Qué sentido tendría que todos los jóvenes pudieran ingresar a la universidad si, cuando concluyan sus estudios, el mercado de trabajo estaría cerrado para ellos?, ¿cree López Obrador que algún empresario va a contratar a un egresado de una universidad donde se pregona que la calidad de la enseñanza no importa?

Además, según López Obrador, construirá 30 nuevas universidades y 200 preparatorias, con un costo de 123 mil millones de pesos. ¿Con base en qué dice el candidato que las necesitamos? Hoy, casi 50% de los jóvenes de 15 años están fuera del sistema educativo y no por falta de espacios: abandonan sus estudios porque buscan un empleo y, como no existen las suficientes oportunidades en educación técnica y en oficios, terminan realizando las peores labores o emigrando a Estados Unidos. No necesitamos 30 universidades públicas más, como tampoco algunos cientos de miles de licenciados, en derecho, comunicación o sociología, adicionales: el país requiere una enorme cantidad de trabajadores calificados, de mejores técnicos en todos los oficios, para ellos sí hay mercado laboral. Si hubiera menos demagogia y mayor sentido común, esos recursos se deberían destinar a desarrollar, como en todos los países que han logrado su industrialización, universidades de alto nivel junto a una extensa, amplia, red de tecnológicos y escuelas que permitan aprovisionar el mercado con trabajadores que posean los conocimientos suficientes para desarrollar su labor en el mundo laboral actual. Hoy no requerimos más médicos de los que ya tenemos: necesitamos más enfermeras, más técnicos en el área médica, más personal que no estudie una carrera universitaria y pueda insertarse en el mercado de trabajo.

La propuesta de López Obrador, además, termina siendo profundamente elitista: solamente lograría deteriorar la calidad de las universidades públicas hasta hacerles imposible competir con las privadas, que por supuesto continuarán apostando a la calidad y a seleccionar a sus estudiantes y aprovisionando al mercado laboral de alto nivel. No es, finalmente, nada nuevo: un esquema similar utilizó Luis Echeverría después del 68, al masificar las universidades y decir que lo importante era la cobertura y no la calidad.

Los resultados fueron desastrosos y las universidades públicas terminaron perdiendo preeminencia ante las particulares. Es profundamente injusto para nuestras universidades públicas y para los jóvenes que no recibirán la educación que están buscando y una vez egresados no podrán trabajar en su carrera. La clave de la educación superior está en la calidad y, para darle oportunidades a los jóvenes, lo urgente es implementar un sistema educativo integrado al mercado laboral. Lo otro es demagogia pura.

Democracia ´pirata´

Jorge Chabat
El Universal
02 de junio de 2006

Un producto ´pirata´ es similar a un producto original. De hecho, tiene todas las características aparentes de un producto original, salvo la calidad. Una camisa de marca pirata parece original: tiene el cocodrilito y de lejos es difícil distinguirla de una original. Sin embargo, después de tres o cuatro lavadas se deforma, se deshila, se decolora. Obviamente no dura el mismo tiempo que una prenda auténtica y, al final, resulta un producto caro, a pesar de que su precio de venta es barato, porque no da el servicio que daría una marca original.

Así es nuestra democracia. Es pirata. Parece una democracia original. Tiene las instituciones de una democracia, tiene los funcionarios que tiene una democracia y tiene los ciudadanos, pero son de baja calidad. Las instituciones funcionan a medias. No tienen la legitimidad y la eficiencia que poseen las instituciones en una democracia real. Los políticos parecen políticos profesionales pero no lo son: no hacen bien su chamba, son irresponsables y los mecanismos de rendición de cuentas no funcionan.

Asimismo, los ciudadanos no lo son de a de veras: no creen en las instituciones, no respetan la ley y son intolerantes. Estas características si bien están ahí de manera permanente, se vuelven críticas en épocas de elecciones, cuando las instituciones crujen y aparecen en todo su esplendor las deficiencias de los actores políticos. Y lo que estamos viendo en las campañas a la Presidencia y a otros puestos de elección popular es precisamente eso: una democracia hechiza, una democracia pirata.

La mala calidad de la democracia mexicana se puede apreciar en los discursos de los candidatos, particularmente en aquellos que ofrecen el oro y el moro para captar votos. Estamos en una competencia desaforada de dádivas: becas, exenciones de impuestos. En fin, no importa la viabilidad sino captar el voto. Los candidatos explican poco cómo van a llevar a cabo sus propuestas. Y la verdad parece que al votante eso tampoco le importa demasiado.

La preferencia partidista se define como la preferencia por los equipos de futbol: a nivel emocional, no con base en un razonamiento ordenado. Así, apoyan irracionalmente a su partido o candidato como se apoya al equipo de los amores: no importa que pierdan, no importa que sean unos baquetones en la cancha y que la camiseta les valga gorro. Los colores del equipo están tatuados en el alma, no son producto de un análisis racional.

Eso se percibe de manera muy clara en las discusiones cotidianas sobre los candidatos presidenciales. Están llevadas por pasiones muy simples: el miedo, la ira, la desesperación. Quienes apoyan a Calderón viven en el terror permanente de que llegue López Obrador a la Presidencia: es peor que la llegada del anticristo. Quienes apoyan al Peje se la pasan corroídos por la ira hacia aquellos que no son partidarios de su candidato. Ven complots pagados por la ultraderecha en cualquier opinión disidente y sienten que la ola de la historia está de su lado: ahí están Lula, Chávez, Bachelet, Evo Morales (aunque ellos sean tan diferentes entre sí como el agua y el aceite).

Por su parte, quienes apoyan a Madrazo están desesperados. Se preguntan si esto de contar los votos es democracia y a pesar de su discurso triunfalista, la angustia los domina. Aunque niegan la derrota, a la hora de hablar con la almohada saben que el panorama es oscuro. Ninguno de los partidarios de los tres candidatos hace un análisis sereno de las propuestas y su viabilidad. Su conducta es la de hinchas de un equipo, no la de un analista de deportes que sopesa con frialdad los alcances y limitaciones de un equipo.

Los únicos que ven la vida de manera sonriente son los partidarios de Patricia Mercado. Llegan sin nada a la competencia electoral y muy probablemente obtendrán el registro de su partido. En otras palabras, son como los seguidores de un equipo de Primera A que está a punto de ascender a la Primera División. El futuro para ellos es brillante. Por eso no están interesados en liarse a golpes con los de otros partidos y no pierden el tiempo en descalificar al contrario.

Las elecciones del 2 de julio serán sin duda una prueba dura para la democracia mexicana. Será como meter la prenda pirata en la lavadora, con un detergente poderosísimo y con cloro. Todos deseamos que resista pero tenemos dudas al respecto pues sabemos que su calidad no es buena. ¿Resistirán las instituciones el tironeo de los partidos políticos y las pasiones que mueven a los electores? ¿Cómo quedará el IFE después de este proceso electoral? La respuesta no es clara y probablemente los deseos tampoco.

Nadie quiere una crisis de grandes magnitudes pero, al mismo tiempo, como que ya estuvo bien de tener una democracia pirata. Lo ideal es que la camisa chafa que tenemos no se rompa para no quedarnos desnudos, pero también ya va siendo hora de que nos compremos una prenda de buena calidad. La que tenemos ya no aguanta. De veras.


jorge.chabat@cide.edu

Analista político, investigador del CIDE

1 de junio de 2006

El mesías tropical

Enrique Krauze
Letras Libres
Junio de 2006

López Obrador ha proclamado que sus modelos son Cárdenas y Juárez.
A través de una puntual interpretación biográfica, Enrique Krauze descubre en él inspiraciones mucho más profundas y perturbadoras, experiencias teológico-políticas y psicológicas que tuvieron lugar en su natal Tabasco.


Hay en el sureste
Un hombre de acción
Que a todas las huestes
Trajo redención
Corrido tabasqueño

Desayuno con “el Peje”

Conocí a Andrés Manuel López Obrador, el famoso y controvertido jefe de gobierno del Distrito Federal, una mañana (casi una madrugada) de agosto de 2003. Tempranero como un gallo, rijoso símbolo con el que le gusta compararse, elusivo como el pejelagarto, típico pez de las aguas de Tabasco, del que proviene su sobrenombre, López Obrador convocaba diariamente a los medios a una conferencia a las seis de la mañana para informarles sobre la marcha de su gestión, pero también para sortear ingeniosamente las preguntas comprometedoras y lanzar certeros picotazos sobre el presidente Vicente Fox. El desayuno tendría lugar en sus oficinas, situadas en los altos del antiguo ayuntamiento. En el pequeño anexo a su despacho, mientras observaba sus objetos de culto personal (una imagen de Juárez, una foto de Salvador Allende, otra de Rosario Ibarra de Piedra, una más del propio López Obrador conversando con el “subcomandante Marcos”, la escultura en madera de un indígena), pensaba que su presencia cotidiana en aquel espacio casi teocrático de México revelaba su sagacidad política: entendía la gravitación histórica del lugar y por eso no salía de él. En cambio Fox despachaba exclusivamente en la residencia oficial de Los Pinos y sólo llegaba al Zócalo de vez en cuando.

Jovial, directo y sencillo, con una sonrisa maliciosa pegada al rostro, era difícil no simpatizar con López Obrador. Nos acompañaba un hombre de sus confianzas, José Agustín Ortiz Pinchetti, veterano luchador democrático. López Obrador comenzó a hablar de historia. En los años ochenta, en un receso involuntario de su agitada vida política, había escrito dos libros sobre Tabasco en el siglo XIX. “Están muy basados en don Daniel”, reconoció, y la alusión al mayor historiador liberal del siglo XX me llevó a recordar la opinión que alguna vez me confió el propio Cosío Villegas sobre el general Lázaro Cárdenas: “Yo siempre lo admiré por su instinto popular.” Le dije que advertía en él la misma cualidad, y que bien usada podría enfilarlo a la Presidencia. López Obrador lo tomó como la constatación de algo evidente: “El pueblo no se equivoca.” Yo tenía curiosidad de saber si era cierto que no tenía pasaporte. “Es extraño –me dijo– que me reclamen eso. El presidente Venustiano Carranza nunca cruzó la frontera.” “Es verdad –le expliqué–, pero Carranza fue presidente entre 1916 y 1920, los tiempos han cambiado mucho.” Traje a cuento el caso de Plutarco Elías Calles, que antes de ocupar la Presidencia, y para preparar la serie de reformas económicas que llevó a cabo (entre ellas la fundación del Banco de México), había viajado por Europa. ¿Por qué no seguir sus pasos y luego entrevistarse con la prensa liberal en Nueva York? No fui convincente. Años atrás había pasado unos días en Estados Unidos, y con su esposa (Rocío Beltrán, fallecida en 2003) solía visitar Cuba. Eso era todo: “Hay que concentrarse en México –me dijo–. Para mí la mejor política exterior es la buena política interior.”

Era obvio que el mundo lo tenía sin cuidado. Su mundo era México. Y el mundo de su mundo era Tabasco. Nacido el 13 de noviembre de 1953 en el pequeño pueblo de Tepetitán, en el seno de una esforzada familia de clase media dedicada a diversos ramos del comercio, nieto de campesinos veracruzanos y tabasqueños, y de un inmigrante santanderino que había llegado a “hacer las Américas”, López Obrador vivió una niñez tropical, libre y feliz. Sus biografías oficiosas contendrían datos interesantes sobre su carácter temprano. “Fue un niño muy vivaracho –recordaba su padre– pero tenía una enfermedad: no se le podía decir nada ni regañarlo, porque se trababa.” Según parece, le decían “piedra”, porque pegaba duro: “Se peleaba con alguien, le ganaba, y salía con esa sonrisita burlona de ‘te gané’.” Era malo para las matemáticas y muy bueno para el beisbol, aunque “cuando perdía su equipo, terminaba enfurecido”. Tepetitán tenía unas cuantas calles, pero los López Obrador vivían a sus anchas: “No teníamos barreras –recuerda uno de sus hermanos–, teníamos el pueblo entero, era nuestro.” Si la familia salía, era para viajar en automóvil a las playas de Veracruz y Tampico. En los años sesenta se mudaron a Villahermosa, capital del estado; en los setenta, Andrés Manuel estudió ciencias políticas en la UNAM y se hospedó en la Casa del Estudiante Tabasqueño. A partir de 1977, hasta 1996, pasaría la mayor parte del tiempo en su patria chica.

Había dos maneras de animar la conversación con López Obrador: hablar de beisbol o hablar de Tabasco. Opté por la segunda. El desayuno tabasqueño (pescado frito, plátano con arroz), el prehistórico pejelagarto disecado sobre un estante, el manoteo enfático y hasta la pronunciación del personaje (que, como es común en aquella zona del Golfo de México, convierte las “eses” en “jotas”), todo conspiraba para llevar la plática a Tabasco: cuna de la cultura madre de Mesoamérica, la olmeca; puerta de la Conquista (allí desembarcó Cortés y conoció a “la Malinche”). La historia de Tabasco lo apasionaba tanto o más que la historia de México. Con evidente gusto me refirió su buena impresión de los dos grandes jefes del siglo XX en Tabasco (Tomás Garrido Canabal y Carlos Madrazo). Y con mayor placer aún recordó su amistad con el poeta Carlos Pellicer (“el tabasqueño más grande del siglo XX”) y reconoció la obra de Andrés Iduarte (“nuestro mejor escritor”).

Yo recordaba que Tabasco –caso no único pero sí excepcional entre los 32 estados de México– no había dado un solo presidente a México y quise plantearle la cuestión, pero López Obrador abrió sin querer una posible pista: “a los tabasqueños se nos dificulta mucho acostumbrarnos al Altiplano –me dijo–, es otra cultura; también a mí me ha costado trabajo adaptarme.” Para explicarse mejor, me leyó en voz alta un párrafo extraído de uno de los libros que escribió sobre su estado:

En Tabasco la naturaleza tiene un papel relevante en el ejercicio del poder público. En consonancia con nuestro medio, los tabasqueños no sabemos disimular. Aquí todo aflora y se sale de cauce. En esta porción del territorio nacional, la más tropical de México, los ríos se desbordan, el cielo es proclive a la tempestad, los verdes se amotinan y el calor de la primavera o la ardiente canícula enciende las pasiones y brota con facilidad la ruda franqueza.

“De aquí parte –dijo–mi teoría sobre el ‘poder tropical’: el tabasqueño debe controlar sus pasiones.” Me había dado una clave biográfica que yo tardaría en descifrar. “Quizá en el futuro –le dije, al despedirme– tenga usted que hacer una adaptación aún mayor: pasar del Altiplano a la aldea global.”

Lejos de Cárdenas

Era difícil que un hombre sin mundo entendiera el mundo y el lugar de su país en el mundo. Era difícil que un hombre encerrado en su mundo viera la necesidad de reformarlo en un sentido a la vez realista y moderno. En el concepto de López Obrador, todo lo que México requería para su futuro estaba en su pasado. “La cosa es simple –me dijo meses más tarde, en una segunda y última conversación formal: hay que ser como Lázaro Cárdenas en lo social y como Benito Juárez en lo político.” Me propuse observar desde entonces los actos de su gobierno (anteriores y posteriores), para ver si confirmaban o desmentían su declarada fidelidad a aquellos dos modelos históricos.

Lázaro Cárdenas fue un presidente popular pero no populista. De temple suave, pacífico y moderado, tan silencioso y ajeno a la retórica que lo apodaban “La esfinge”, en los años treinta repartió dieciocho millones de hectáreas entre un millón de campesinos. Cárdenas fue un constructor interesado en los detalles prácticos, quiso que los campesinos llegaran a ser autónomos y prósperos mediante la organización ejidal colectiva o a través de la pequeña propiedad, ambas apoyadas por la banca oficial.

López Obrador se manifestaba cada vez más como un gobernante popular y populista. De temple rudo, combativo y apasionado, orador incendiario, su vía para emular a Cárdenas consistió en ofrecer un abanico de provisiones gratuitas, entre ellas el reparto de vales intercambiables por alimentos, equivalentes a setecientos pesos mensuales, a todas las personas mayores de setenta años. Estos programas, sobre todo el de apoyo a los “adultos mayores” (del cual no existe padrón), le granjeaban una gran simpatía pero no atacaban de fondo los problemas. “Andrés y su equipo no conocían la complejidad de la problemática social de la ciudad”, me dijo Clara Jusidman, su amiga de muchos años y su jefa en los años ochenta, en el Instituto Federal del Consumidor. En el gobierno perredista de Cuauhtémoc Cárdenas (1997-1999), Jusidman y su equipo habían establecido las bases de una amplia y laboriosa red de “facilitadores” que procuraba atender diversas necesidades relacionadas con la ruptura del tejido social en el DF. “Todo eso se desmanteló –lamentaba Jusidman–, se privilegiaron medidas sociales de relativa simplicidad pero con efectos masivos, como fue la entrega de ayudas económicas a los adultos mayores, a las madres solteras y a las familias con personas discapacitadas; o el montaje de dieciséis escuelas preparatorias y de una universidad sin requisitos de ingreso y con muy poco tiempo de planeación.” Claramente, el criterio que las sustentaba era más político e ideológico que práctico y técnico. Lo mismo ocurrió en otros ámbitos. A un costo que nunca se aclaró, en tiempos de López Obrador se construyeron los segundos pisos del Anillo Periférico, pero se relegaron necesidades mucho más urgentes que la fluidez vial para los automovilistas: el transporte público, el abasto de agua, la inseguridad, el empleo. Entre 2000 y 2004, el crecimiento del PIB en el DF fue inferior al crecimiento promedio acumulado en el resto de las entidades. Y el empleo formal entre 2000 y 2005 creció menos que en el resto del país.

La gestión de Lázaro Cárdenas coincidió con el ascenso del nazismo europeo. Se enmarcó en una época en que, para amplios sectores intelectuales y políticos de Occidente, el socialismo soviético constituía una alternativa al capitalismo occidental. Por eso, en tiempos de Cárdenas la educación oficial en México era “socialista”. Con todo, Cárdenas no atizó el odio de clases ni era proclive a las ideologías que lo propugnaban. De hecho, tras la expropiación petrolera, Cárdenas fue el precursor de la industrialización en México y para ello fundó el Instituto Politécnico Nacional.

En sus dichos y sus hechos, López Obrador ha seguido pautas muy distintas. A partir de las ruidosas querellas legales en las que se vio involucrado en 2004 y 2005, el jefe de gobierno recurrió a una retórica de polarización social que Cárdenas no habría avalado. Su vocabulario político se impregnó del conflicto entre las clases. Sus enemigos eran los enemigos del pueblo: “los de arriba”, los ricos, los “camajanes”, los “machucones”, los “finolis”, los “exquisitos”, los “picudos”. La palabra “dinero” era necesariamente sinónimo de abuso, de inmoralidad, de ausencia de decoro, de impureza. “Vamos a establecer –profetizó– una nueva convivencia social, más humana, más igualitaria, tenemos que frenar [...] a esa corriente según la cual el dinero siempre triunfa sobre la moral y la dignidad de nuestro pueblo.” Su argumento central era el tema del Fobaproa, operación de rescate bancario que evitó el colapso del sistema financiero (y la consiguiente pérdida para los cuentahabientes) pero que, sin lugar a dudas, tuvo irregularidades y abusos en verdad flagrantes. Si bien el peso de la operación sobre las finanzas públicas era y es muy oneroso, López Obrador lo utilizaba para concentrar el odio en la figura de los empresarios.

Con López Obrador, la teoría de la conspiración se volvió política de Estado: toda crítica era parte de un “complot” para desbancarlo. El 27 de junio de 2004, cerca de setecientas mil personas de diversas clases sociales, alarmadas por la ola de secuestros y asaltos en la ciudad, marcharon a lo largo del Paseo de la Reforma. Horas más tarde, en vez de considerar la pertinencia objetiva de los reclamos, López Obrador se lanzó al palenque y declaró: “Sigo pensando que metieron la mano [...] para manipular este asunto, y señalo tres cosas: una, la politiquería de ‘las derechas’; dos, el oportunismo del gobierno federal [...] las declaraciones del ciudadano presidente [...] Y también el amarillismo en algunos medios de comunicación” Para remachar, agregó que seguramente los propios secuestradores habían desfilado ese día. Al poco tiempo, aparecieron unas historietas que representaban a los manifestantes como jóvenes de clase alta y pelo rubio, encantados de acudir a la manifestación para “estrenar” ropa nueva y tomarse una foto con sus amigos. “Eran unos pirrurris”, dijo el “Peje”, refiriéndose con desdén a los marchistas. Que la referencia a la piel de los manifestantes fuera racista, y las víctimas de la delincuencia fueran mayoritariamente pobres, no lo inmutaba. Para él, la delincuencia es una función de la desigualdad y la pobreza.

El proyecto nacional de Lázaro Cárdenas se enmarcó siempre en los paradigmas de la Revolución Mexicana: por eso marginó a los comunistas prosoviéticos de la CTM, asiló a Trotsky, y dejó el poder en manos del moderado Ávila Camacho, no del radical Múgica. López Obrador repetiría incansablemente que su proyecto era “de izquierda”. Nunca sentiría la necesidad de explicar el significado de esa palabra en el mundo posterior a la caída del imperio soviético, un mundo en el que China es la estrella ascendente de la economía de mercado. Pero es natural: el mundo no es interesante para López Obrador.

Ajeno a Juárez

López Obrador había afirmado, en innumerables ocasiones, que admiraba a Benito Juárez sobre todos los seres en la tierra. Pero su identificación política con Juárez era, sencillamente, insostenible. Fuera de una apelación formal a la “austeridad republicana” de aquel legendario presidente, o la repetición escolar de algunas de sus frases, López Obrador tenía poco en común con su héroe.

La “austeridad republicana” de los gobiernos juaristas (1858-1872) debía hallar su contraparte en un manejo impecable de las finanzas públicas. No fue el caso. La opacidad en las cuentas públicas del gobierno del DF era ya entonces (y sigue siendo, hasta la fecha) la zona más turbia en su desempeño. Fox había sacado adelante una Ley de Transparencia que abría a cualquier ciudadano las cuentas públicas del gobierno federal. Muchos gobiernos estatales hicieron lo mismo, pero el del DF frenó y limitó la idea, aduciendo que era muy onerosa, y, cuando no tuvo más remedio que aceptarla, durante mucho tiempo se negó a dar oficinas al nuevo organismo. Finalmente, inconforme con el consejo nombrado, modificó la ley para disolverlo y nombrar otro.

López Obrador decía admirar a Juárez por haber integrado su gabinete con los mejores mexicanos, pero de su propio gabinete no podía predicar lo mismo. Un video que se trasmitió en 2004 por la televisión abierta mostraba a su secretario de Finanzas del gobierno del DF apostando cuantiosas sumas en una habitación reservada a clientes VIP en Las Vegas. A los pocos días, un nuevo video mostraba a su principal operador político tomando fajos de dinero de manos de un empresario consentido por los anteriores gobiernos del PRD. Aunque ambos funcionarios fueron separados de sus cargos y sometidos a juicio, la estrategia política de López Obrador no consistió en honrar su lema de gobierno (la “honestidad valiente”) sino en relativizar los hechos, desmarcarse de toda responsabilidad, y por primera vez declararse víctima de un “complot” orquestado por “las fuerzas oscuras”, por “los de arriba”.

La generación de Juárez produjo en 1857 una admirable constitución de corte liberal clásico que limitó el poder presidencial, instituyó la división de poderes y consignó las más amplias libertades y garantías individuales. Aquellos legisladores y juristas creyeron en el imperio de la ley y lo respetaron escrupulosamente. El presidente Juárez tenía adversarios de peso en la Suprema Corte y el Congreso, pero jamás utilizó contra ellos las más mínimas triquiñuelas, ni afectó o anuló su esfera autónoma. En cambio López Obrador, aunque rindiera homenaje retórico a Juárez, mostró muy pronto que no comulgaba con los preceptos esenciales de la democracia liberal.

Al despuntar su sexenio, había ocurrido un linchamiento en el pueblo indígena de Magdalena Petlacalco. López Obrador dio a entender que había normas tradicionales más altas que la ley: “el caso hay que verlo en lo que es la historia de México, es un asunto que viene de lejos, es la cultura, son las creencias, es la manera comunitaria en que actúan los pueblos originarios... No nos metamos con las creencias de la gente.” En un problema similar (una sublevación indígena en Chiapas en 1869), Juárez no dudó en enviar a la fuerza pública y aplicar la ley.

En octubre de 2003, una sentencia judicial dictada por un tribunal de circuito obligaba al gobierno del Distrito Federal a pagar una suma (en verdad absurda) por la expropiación de unos terrenos. López Obrador declaró, con tonos extrañamente evangélicos: “Ley que no es justa no sirve. La ley es para el hombre, no el hombre para la ley. Una ley que no imparte justicia no tiene sentido”, y agregó:

La Corte no puede estar por encima de la soberanía del pueblo. La jurisprudencia tiene que ver, precisamente, con el sentimiento popular. O sea que si una ley no recoge el sentir de la gente, no puede tener una función eficaz [...] La Corte no es una junta de notables ni un poder casi divino.

Si la ley era injusta, había caminos institucionales para cambiarla. Si el juez, como era el caso, había dado una sentencia excesiva, existían instancias jurídicas para combatirla. Los abogados del gobierno del Distrito Federal (los había, excelentes) hicieron uso de esas instancias y, al cabo del tiempo, lograron reducir sustancialmente la cantidad que se reclamaba. Pero el tema no era legal sino político. Al litigar el asunto en los medios y negar la autoridad de la Suprema Corte de Justicia, el “Peje” había dado una primera muestra de su idea de la justicia, y su imagen condicionada de la división de poderes. Un paisano suyo explicó el fundamento de su actitud: “Tiene un concepto marxista del derecho, para él es un arma de la burguesía para dominar al proletariado.”

En mayo de 2004, otro proceso judicial comenzaría a ocupar las planas de los diarios y el espacio de los noticieros. El gobierno del DF se había negado a respetar una orden de suspensión dictada por un juez dentro de un juicio de amparo. El juez turnó el asunto a la Procuraduría para su consignación. Ante la posibilidad real de verse privado del fuero por la Cámara de diputados y ser sometido a juicio (proyecto que tanto el PAN como el PRI alentaban con la peregrina idea de inhabilitarlo como candidato a la Presidencia), López Obrador pasó de nuevo a la ofensiva, dobló las apuestas, declaró que no emplearía abogados ni se defendería y que –como admirador de Gandhi y Mandela– prefería ir a la cárcel en vez de acatar una orden que consideraba injusta. La responsabilidad directa recaía sobre un subordinado que había firmado la documentación, pero López Obrador se negó a involucrarlo y así liberarse legítimamente del problema. En términos legales, el caso era discutible. Para los defensores de López Obrador era inexistente o nimio; para sus críticos tenía un valor de principio, no debía permitirse el desacato a una sentencia judicial. López Obrador declaró que el poder judicial actuaba en connivencia con las “fuerzas oscuras” y dijo que lo reformaría al llegar a la Presidencia. Su “ruda franqueza” tabasqueña necesitaba de enemigos, y los encontró en la Suprema Corte.

Años atrás, al tomar posesión, el “Peje” había delineado su concepto de la verdadera democracia, no la democracia liberal sino la “democracia popular”: “El gobierno es el pueblo organizado o, para decirlo de otra manera, el mejor gobierno es cuando el pueblo se organiza. La democracia es cuando el pueblo se organiza y se gobierna a sí mismo.” Pero esa democracia requería la presencia cotidiana de un líder social que midiera “el pulso a la gente”, que “metiéndose abajo” escuchara y canalizara –sin intermediaciones burocráticas o institucionales– las demandas de “la gente”. Ésa era, a su juicio, la función del jefe de gobierno.

¿A qué tradición correspondían estas ideas? “La nación –había escrito hacia 1837 el pensador conservador Lucas Alamán al carismático dictador Antonio López de Santa Anna– le ha confiado a usted un poder tal como el que se constituyó en la primera formación de las sociedades, superior al que pueden dar las formas de elección des-pués de convenidas, porque procede de la manifestación directa de la voluntad popular, que es el origen presunto de toda autoridad pública.” Precisamente contra esa concepción “directa” del poder –de raíz medieval y monárquica–, la generación de Juárez concibió una constitución liberal en la que la “voluntad popular” se expresaba en votos individuales y el poder presidencial permanecía acotado por los otros poderes.

Curiosamente, a fines de 2004 López Obrador se hizo fotografiar con un ejemplar de la biografía de santo Tomás de Aquino, en cuya Summa teologica la división de poderes no es siquiera imaginable. En esa visión orgánica del poder público (muy arraigada en la cultura política de los países hispánicos), la soberanía popular emana de Dios hacia el pueblo, y quien debe interpretarla correctamente es la autoridad elegida por Dios. (Por eso “no había que meterse con las creencias de la gente”). ¿Y quién interpreta el divino poder de la “soberanía popular”? El líder social que se autodesignaba “el rayo de esperanza”: López Obrador.

En ningún momento quedó más clara esta inspiración divina que sentía encarnar el jefe de gobierno como en la fervorosa concentración del Zócalo, el día del desafuero. Ni en los tiempos dorados del PRI se había visto algo similar, porque en el viejo sistema político mexicano la gente acudía al Zócalo para apoyar al detentador temporal de la investidura presidencial. Ahora no, ahora acudía a mostrar su apego solidario al “hombre providencial”. Un grupo de ancianas portaban un letrero que decía “Que Dios te cuide, rayito de esperanza”.

“La doble valla metálica que corta por la mitad a la multitud y dentro de la cual camina solitario el Jefe hacia la gran tribuna de la plaza”. ¿Qué recordaba la escena? Adolfo Gilly, historiador respetado y viejo militante de izquierda, señalaría tiempo después que la inspiración de aquella “coreografía y escenografía”, de aquel “método de centralización personal de la organización en la figura del Jefe”, provenía “de los años treinta, en la figura y las ideas del tabasqueño Tomás Garrido Canabal”.

Tenía razón. La clave para comprender mejor la formación, la imaginería, el estilo y sobre todo la actitud política de Andrés Manuel López Obrador no estaba en la historia de México, en Cárdenas o Juárez. La clave –como él mismo me había dado a entrever en aquel desayuno de agosto de 2003– estaba en la historia de Tabasco, la tierra del “poder tropical”.

Un “ferviente deseo de gobernar”

“Ese estado pantanoso y aislado, puritano e impío”, escribió Graham Greene en Caminos sin ley (1939), libro de viaje complementario a El poder y la gloria (1940). A Graham Greene, que recorrió Tabasco en 1938, tres años después de terminada la era de Garrido, lo intrigaba la “oscura neurosis personal” de aquel “dictador incorruptible”. Su sombra seguía rondando. Ahí estaban las “escuelas racionalistas”, instituciones de disciplina casi militar donde los niños era adoctrinados “científicamente”, aprendían las virtudes de la razón, la técnica agrícola y los ejercicios físicos. Greene se impresionó con los carteles que vio en las escuelas: una mujer crucificada a la que un fraile le besa los pies, un cura borracho bebiendo vino en la Eucaristía, otro tomando dinero de manos indigentes. Su confesor en Orizaba se lo había advertido: “A very evil land”, y Greene, converso al catolicismo, creyó constatarlo a cada paso: “Supongo que siempre ha existido odio en México –apuntó–, pero ahora el odio es la enseñanza oficial: ha superado al amor en el plan de estudios [...] Uno se niega a creer que logrará algo bueno: y es que ese odio envenena los pozos de humanidad.”

Ahí estaba también la huella de una existencia puritana (las luces se apagaban todavía a las 21:30, la venta y consumo de alcohol estaban prohibidos) y el recuerdo de una sociedad regimentada: cooperativas de distribución agrícola controladas por el gobierno, “ligas de resistencia” obligatorias para cada gremio de trabajadores o empleados, y, sobresaliendo entre todas, los llamados “camisas rojas”, contingentes estudiantiles de ambos sexos uniformados con colores rojinegros, recorriendo las calles con disciplina fascista y sirviendo como tropas de adoctrinamiento y choque para la intensa campaña “contra Dios y la religión”.

En escenas filmadas por el gobierno de Garrido para fines de propaganda se veía cómo los “camisas rojas” (precursores de los “guardias rojos” chinos) empuñaban la piqueta para destruir, piedra por piedra, la Catedral de Villahermosa; arrojaban a las llamas imágenes piadosas de los templos destruidos y los objetos de culto que la gente guardaba en sus casas, y escenificaban tumultuosos “autos de fe” donde los niños, maestros, jóvenes y viejos se turnaban para destruir con la piqueta grandes esculturas de Cristo crucificado.

A juicio de López Obrador, el mérito de Garrido fue convertir a Tabasco “en la Meca política del país”. El uso de la metáfora religiosa no era casual. Tabasco, en efecto, creció a través de los siglos con una población alimentada por la madre naturaleza, pero literalmente dejada de la mano de Dios: sin la presencia de los misioneros que evangelizaron a la mayor parte del país, casi sin templos ni parroquias (el Obispado, muy tardío, es de 1880), y con una cuota de sacerdotes pequeñísima frente al promedio nacional. Tampoco las instituciones de enseñanza –colegios o seminarios, comunes también en el resto de la República– se arraigaron en el lugar (el Instituto Juárez, único plantel de enseñanza superior, no se fundó hasta 1879). Además de su aislamiento geográfico, Tabasco resentía su marginalidad espiritual, y esperaba su oportunidad para afirmarse en la historia nacional, para convertirse en su Meca. Esa oportunidad arribó con la Revolución Mexicana.

Había llegado de fuera, traída por los generales del norte y del Altiplano. El primero que puso su sello en Tabasco fue el general Francisco J. Múgica, antiguo seminarista de la seráfica ciudad de Zamora que, en un movimiento muy típico de los revolucionarios de la época, se había rebelado contra su formación católica llevando el jacobinismo a extremos de profanación sólo vistos en la Revolución Francesa o antes, en la Inglaterra isabelina. Al llegar a Tabasco en 1916, Múgica ocupó con sus tropas la catedral, cambió el nombre de la capital de San Juan Bautista a Villahermosa, y dio inicio a un reparto agrario. Múgica estaba orgulloso de la naturalidad con que los tabasqueños parecían adoptar su radicalismo antirreligioso: “Hay que tabasqueñizar a México”, llegó a decir. Según Andrés Manuel López Obrador, Múgica –tutor de Garrido– fue “el más idealista de los revolucionarios”.

En su libro Entre la historia y la esperanza (1995), López Obrador describe este proceso como un historiador oficial, sin mayor distancia crítica. Gracias a Garrido –recuerda–, Álvaro Obregón había dicho: “Tabasco es el baluarte de la Revolución.” Debido a su falta de tradición religiosa –escribió–, Tabasco tenía “condiciones ideales” para la política anticlerical. Aunque entrecomilló la “obsesión” de Garrido por destruir de raíz “el virus religioso”, su recuento de aquella gestión era neutro o francamente positivo, como cuando refería la “extraordinaria” labor educativa, la organización de las Ligas de Resistencia obreras y campesinas, las ferias y los conciertos. Si bien le objetaba que, “en sentido estricto, no fuera socialista” y que “sin ser un dictador, fuese un caudillo autoritario”, lo consideraba “un visionario de gran sensibilidad que supo combinar armónicamente economía y política”. Para López Obrador, su verdadero error fue táctico y posterior a su gubernatura: “Querer trasladar la política anticlerical del trópico al altiplano [...] Eran otras las condiciones.” (En 1935, siendo ya ministro de Agricultura en el gobierno de Cárdenas, Garrido ordenó una matanza de católicos en la ciudad de México, hecho que le valió su dimisión y exilio a Costa Rica.) “Don Tomás”, en definitiva, era objeto de su admiración: “Era muy hábil, muy eficaz, muy sensible [...] Tenía un instinto certero [...] tenía otra cosa que también es fundamental [...] era un hombre con aplomo.”

López Obrador admiraba al político en Garrido, pero no veía que el político era inseparable del teólogo. El celo antirreligioso de Garrido Canabal era en sí mismo “religioso”, un reverso torcido y cruel del celo que furiosamente combatía. Esa dialéctica está en el centro de la novela de Greene. Al describir al teniente garridista, puritano y ateo, Greene percibe “algo sacerdotal en su andar decidido y vigilante, parecía un teólogo que volvía sobre los errores de su pasado para destruirlos nuevamente [...] Hay místicos que dicen haber conocido directamente a Dios. Él también era un místico y lo que había conocido es el vacío”. El espacio de ese vacío, el espacio de la fe, no se llenó en Tabasco con un humanismo laico. Se llenó, sobre todo, con una fe agresiva y militante. En la Meca tabasqueña no se enseñaba la ciencia: se la predicaba. En términos históricos y culturales, en el Tabasco de entonces no había Ilustración: había una religiosidad invertida, y había iconoclasia.

Esa paradójica inserción de Garrido en la sociología religiosa es un dato crucial: se daría también –aunque con un perfil distinto– en Andrés Manuel López Obrador. Según algunas versiones, su religión, como la de más de un veinte por ciento de tabasqueños, era evangélica. Según su propio testimonio, es católico, aunque no practicante. Una biografía oficiosa consigna que, siendo adolescente en Macuspana, fue monaguillo y recorría los pueblos pobres con los curas. La familia creyó que tenía vocación sacerdotal. Su amistad posterior con el poeta Carlos Pellicer (hermano espiritual de Neruda, hombre de izquierda, cantor de la naturaleza, de la América hispana y de la religiosidad cristiana) fue, seguramente, otro momento de inspiración. ¿Frecuentó en algún período posterior a los jesuitas postconciliares? En todo caso, su religiosidad fue buscando cauces propios, políticos, pero habría de tener una inspiración garridista: puritana, dogmática, autoritaria, proclive al odio y, sobre todas las cosas, redentorista.

Gilly tenía razón, pero no sólo la coreografía, la escenografía, el culto a la personalidad que rodeaban a López Obrador provenían del Tabasco de Garrido Canabal. También la propensión al liderazgo religioso en la política. En la era de Garrido (que duró catorce años: un salvador, como se sabe, necesita tiempo), el diario oficial se llamaba Redención, se publicaban poemas religiosamente ateos, se escribían nuevos “credos” y loas al salvador: “Ese hombre es Garrido / el hombre de acción / que al pueblo oprimido / trajo redención.”

Hacia mediados de 2004, el tema del liderazgo religioso comenzó a aparecer explícitamente en las entrevistas de López Obrador. Él no buscaba el poder, sino la oportunidad de servir al prójimo. Su desapego de los bienes terrenales, su pureza, no eran sólo virtudes personales sino argumentos de autoridad política indisputable, pruebas de que él tenía la razón, que sus adversarios estaban equivocados o actuaban de mala fe. Para entonces ya se refería a su persona en términos inconfundiblemente mesiánicos:

yo estoy convocando a un movimiento de conciencia, un movimiento espiritual, mucha gente que me ve, gente humilde, lo que me dice es que está orando [...] Yo soy muy demócrata y muy místico, estoy en manos de la gente.

El otro gran líder de Tabasco (mitad cacique, mitad caudillo) había sido Carlos Madrazo. López Obrador se refirió a él también en Entre la historia y la esperanza y en entrevistas posteriores. Becado desde joven por Garrido –fundador de los “camisas rojas”, impulsor de la “educación socialista”–, se incorporó en los años treinta a las filas del PRI (entonces el Partido Nacional Revolucionario). En 1958 alcanzó su sueño, llegó a Tabasco con “el ferviente deseo de gobernar”:

Tengo recuerdos de él cuando llegaba a mi pueblo –rememoraba López Obrador–. Había cierta veneración por los hombres del poder. Cuando Madrazo visitaba Tepetitán se ponían arcos de triunfo con palmas, las calles se adornaban [...] lo recibían las mujeres más bellas del pueblo.

Madrazo presidió una nueva etapa de crecimiento económico, obra pública y concentración de poder. A los ojos de López Obrador, Madrazo era admirable pero imperfecto: “no era un idealista, no actuaba motivado por las necesidades de la gente [...] del pueblo raso, de los de abajo.” Sin embargo, en los años sesenta, siendo presidente nacional del PRI, había intentado una audaz reforma democrática, la celebración de elecciones internas en el partido. El sistema no lo toleró y Madrazo dimitió. Durante el movimiento estudiantil del 68, pudo haber fundado una corriente política de oposición. López Obrador recuerda cuánto se reprochaba a sí mismo su indefinición. En junio de 1969, meses antes del período preelectoral, el avión comercial en que viajaban Madrazo y su esposa se estrelló en la sierra de Monterrey. Dejaban huérfanos a sus hijos, entre ellos a Roberto, que desde 1994 se volvería el principal enemigo político de López Obrador. “Yo tengo razones suficientes para sostener que fue un asesinato político, iba a lanzarse como candidato independiente”, sostenía López Obrador.

Carlos Madrazo era su modelo político. Los adjetivos que le dedicaba en su libro eran caudalosos como el Usumacinta: avispado, ejecutivo, eficiente, de mucho carácter, todo él era nervio y acción, apasionado, abierto, desbordante, caliente, auténtico. Al hablar de Madrazo estaba hablando de sí mismo.


Finalmente, junto a Garrido y Madrazo, en el libro Entre la historia y la esperanza aparecía un tercer personaje. Era el sucesor natural de ambos. Como ellos, gustaba de sentir “la veneración por los hombres del poder”, y compartía con ellos “el ferviente deseo de gobernar”. Heredaría sus virtudes y corregiría sus defectos; él era un idealista de izquierda; nunca se reprocharía su indefinición porque se había atrevido a salir del espacio institucional; no se identificaba con “los de arriba”, él sólo quería el poder para servir a “los de abajo”. Él sí sabría cómo purificar a la Revolución. En él terminaba la historia y comenzaba la esperanza. Era, naturalmente, Andrés Manuel López Obrador.

El “rayo de esperanza”

Su trayectoria de líder social y activista político, recogida en ese libro y en varias biografías subsiguientes, es notable por su tenacidad y eficacia. Su carrera había comenzado en 1976, como director de campaña de Carlos Pellicer, cuando el viejo poeta lanzó su candidatura como senador del PRI (y de los indígenas chontales, decía él) por Tabasco. Quizá fue suya la idea de no gastarse en publicidad todo el dinero que el PRI les dio para la campaña, sino comprar máquinas de coser y regalarlas a las comunidades pobres, como se hizo. Pellicer moriría en 1977, pero recomendaría a su discípulo con el gobernador Leandro Rovirosa, que al advertir de inmediato la “emoción social” de aquel joven impetuoso, le encomienda la dirección del centro que atendía a los indígenas de Tabasco, los “chontales”. “Andrés lo tomó como si se hubiera tratado de una misión –recordaba su esposa–. Muchas veces, en lugar de ir al cine o a un parque conmigo, yo lo acompañaba a reuniones o a asambleas para aprovechar el poco tiempo que teníamos para vernos.” Gracias al súbito y fugaz boom petrolero de esos años, el gobierno pudo apoyarlo para financiar la construcción de obras sanitarias, pisos de concreto, letrinas y viviendas para los indígenas. Los “camellones chontales” creados por López Obrador (islotes de tierra firme ganados al agua, inspirados en técnicas de los aztecas) serían sus primeras “obras públicas”, visibles y útiles.

En 1982 tomó posesión un nuevo gobernador, Enrique González Pedrero. Brillante maestro de la UNAM, hombre de izquierda y teórico de la política, González Pedrero y su esposa, la escritora Julieta Campos, reconocieron la vocación social del fogoso líder, y el gobernador le encomendó la dirección del PRI estatal. López Obrador puso en marcha una reforma democrática interna no muy distinta de la que Carlos Madrazo había intentado en su momento. Se dice que, al advertir en el proyecto ecos de la organización territorial del Partido Comunista Cubano, González Pedrero le advirtió “esto no es Cuba”, pero el líder persistió en su plan. Igual que con Madrazo, los jefes políticos locales se rebelaron y, de manera intempestiva, el gobernador le exigió la renuncia, ofreciéndole la Oficialía mayor. López Obrador declinó, y emigró con su familia a México. Del exilio lo sacó la siguiente elección estatal. Todavía dentro del PRI, buscó la candidatura a la Presidencia municipal de Macuspana y, al serle denegada, la fraguó con una coalición de partidos de izquierda.

Su trayectoria correría en paralelo a la de Cuauhtémoc Cárdenas que, sintiéndose verosímilmente despojado del triunfo legítimo en las elecciones presidenciales de 1988, optaría por fundar el PRD. Su hombre en Tabasco fue López Obrador. Recorriendo los pueblos, pernoctando en las comunidades, editando un periódico combativo –Corre la voz–, López Obrador edificó exitosamente al PRD tabasqueño. Su primera gran campanada fueron las elecciones intermedias de 1991. El PRI reclamó, como siempre, el triunfo completo, pero López Obrador había construido una poderosa base social y, para protestar por el fraude, encabezó un “éxodo por la democracia” (de obvias resonancias bíblicas) a la ciudad de México. Una multitud de campesinos recorrió el país, del Trópico al Altiplano, y acampó en el Zócalo (la zona teocrática). El gobierno de Salinas de Gortari no tuvo más remedio que ceder a la presión. López Obrador regresó a Tabasco con una buena cosecha: tres municipios reconocidos para el PRD y la inminente renuncia del gobernador. De aquel movimiento, López Obrador extrajo una experiencia clave, que le confió a un amigo: “Diálogo verdaderamente sustantivo para el avance de la democracia es el que se acompaña de la movilización ciudadana.”

En 1992, López Obrador amplía su radio de acción: organiza exitosas movilizaciones y marchas en defensa de trabajadores transitorios despedidos por Pemex. “La empresa –recuerda en su libro– tuvo que acceder a pagar las prestaciones básicas de miles de transitorios, no sólo en Tabasco sino en todas las zonas petroleras del país.” Dos años más tarde, va tras la huella de Garrido y Madrazo: se lanza a la gubernatura de Tabasco. Su contrincante es nada menos que Roberto Madrazo que, a diferencia de su padre, ha seguido una trayectoria de ortodoxia partidista y ha operado de manera turbia en no pocos procesos electorales. En su campaña, López Obrador ofrece 32 compromisos muy similares a los que aplicará en el gobierno del DF. Visita todos los municipios, conoce a cientos de miles de ciudadanos. “La gente estaba prendida”, recuerda. Las elecciones son disputadas, y por una diferencia de apenas veinte mil votos se declara el triunfo de Madrazo. López Obrador busca deliberadamente una proyección nacional y organiza una “caravana por la democracia” hacia la ciudad de México. En Tabasco, la protesta incluye nuevas tomas de las instalaciones petroleras. Sus simpatizantes se posesionan de la plaza de armas en Villahermosa, se declaran en desobediencia civil e instalan un gobierno paralelo.

A principios de 1995, decidido a abrir de verdad el sistema político, el presidente Zedillo pacta con todas las fuerzas –incluido el PRD– una reforma que consolidaría la autonomía del Instituto Federal Electoral y echaría a andar la transición democrática. Zedillo no acude a la toma de protesta de Madrazo, que habita un “búnker” en Villahermosa. Ante el peligro inminente de una represión, López Obrador disuelve el plantón en Villahermosa, pero al poco tiempo convierte su derrota en victoria al exhibir, en un segundo “éxodo” de campesinos tabasqueños al Zócalo de México, las cajas con documentos que contenían pruebas del fraude electoral en Tabasco.

En el horizonte se dibuja la oportunidad de incidir, no ya en la política de Tabasco, sino en la nacional. En 1996 moviliza a las organizaciones indígenas de La Chontalpa para tomar cincuenta pozos petroleros. Protestan por el daño ecológico causado por la empresa y apoyan a productores con carteras vencidas. La fuerza pública encarcela a doscientos seguidores. López Obrador cumple ya veinte años como líder social, siempre en ascenso: “Este país no avanza con procesos electorales –le confía entonces a su paisano, Arturo Núñez–, avanza con movilizaciones sociales.” Había arribado a su teoría de la movilización permanente. El problema, claro, era que la movilización y algunas formas de resistencia (como la negativa a pagar la luz) podían entrar en conflicto con el estado de derecho. Pero el derecho para López Obrador –apunta el propio Núñez– no era (ni es) más que una “superestructura” creada por los burgueses para oprimir al trabajador. El 10 de noviembre escribió la última línea de su libro, con una profecía:

Hemos aprendido que se puede gobernar desde abajo y con la gente; desde las comunidades y las colonias; desde las carreteras y las plazas públicas; que no hace falta tener asesores ni secretarías ni guaruras; que lo indispensable es poseer autoridad moral y autoridad política; y tenemos la convicción de que mientras no haya ambiciones de dinero y no estemos pensando nada más en los puestos públicos, seremos políticamente indestructibles.

Gobernar es una palabra que le gusta a López Obrador. La usa como sinónimo de mando. Gobernaba sin ser gobernador. Y seguiría su incontenible ascenso hasta volverse “el rayo de esperanza”: la Presidencia nacional del PRD en 1996 (muy exitosa en lo electoral pero no en el avance de la democracia interna del partido), la Jefatura al gobierno del DF en el 2000 y, a fines de 2005, la candidatura a la Presidencia de la República por el PRD.

“Tabasco en sangre madura”

En términos sociológicos, su misión “providencial” proviene del redentorismo garridista. Pero ¿cuál es el resorte psicológico de su actitud? Sus hagiografías refieren el episodio de una excursión con el poeta Pellicer y unos amigos, en el que la traicionera corriente de un río en Tabasco puso al joven Andrés Manuel en trance de muerte. Según esa versión, López Obrador habría interpretado su salvación como un llamado a cumplir con una misión trascendental. Pero otras publicaciones consignan un hecho anterior, íntimo, que tuvo lugar en Tabasco.

Graham Greene había escrito que Tabasco “era como África viéndose a sí misma en un espejo a través del Atlántico”. Extrañamente, Andrés Iduarte –“el mejor escritor de Tabasco” según López Obrador– tenía una línea similar: “Tabasco es un país de nombres griegos y alma africana.” En su obra Un niño en la Revolución Mexicana, uno de los textos clásicos del género, Iduarte se refiere con insistencia a los rostros de la violencia en Tabasco: “El desprecio a la muerte, presente en todo mexicano, adquiere en Tabasco un diapasón subido [...] El tabasqueño peleaba y mataba sin saber que hacía algo malo [...] Lo malo no es que maten [en Tabasco], lo malo es que crean que matar es algo natural.”

“Estábamos envenenados de una hombría bárbara” –apuntaba Iduarte–, recordando cómo los muchachos “usaban una pistola encajada en el pantalón, bajo la blusa” y se liaban “con brutalidad”, en “verdaderas batallas [...] con rifles de salón bajo los platanares”. ¿Cómo explicarlo? Era el “ambiente de Tabasco, cargado de pasiones tempestuosas”, era el “individualismo tropicalmente vital, impetuoso, desorbitado”, era la voz de la selva a cuya escucha los hombres se “agujereaban a tiros por la más leve ofensa”. Iduarte hablaba por experiencia propia. Hombre culto y gentil, escribía su memoria en 1937, fuera del país. Autor de una obra literaria e histórica vastísima, Iduarte llegaría a ser Profesor Emérito de la Universidad de Columbia en Nueva York, pero viviría casi todo el resto de su vida en destierro voluntario. Presa de la “pasión tropical”, el caballeroso Iduarte había matado a un hombre.

Andrés Manuel López Obrador vivió también una dolorosa experiencia con la muerte. En su edición del 9 de julio de 1969, los periódicos Rumbo nuevo, Diario de Tabasco y Diario Presente consignaban la muerte de su hermano, José Ramón López Obrador. Los hechos habían ocurrido a las dieciséis horas del día anterior, en el interior del almacén de telas “Novedades Andrés”, propiedad de la familia en Villahermosa. De la declaración que rindió Andrés Manuel López Obrador ante el agente del ministerio público (recogida parcialmente en la prensa), se desprendía que los dos hermanos habían tenido una discusión. Tomando un arma, José Ramón había querido convencer a su hermano de “espantar” a un empleado de una zapatería cercana. Andrés Manuel habría intentado disuadirlo, pero José Ramón lo tildaba de miedoso. De pronto, al darle la espalda a su hermano, Andrés Manuel escuchó un disparo. Trató de auxiliarlo y quiso llevarlo rápidamente con un médico, pero al poco tiempo José Ramón dejó de existir. Versiones distintas consignaban que a Andrés Manuel, accidentalmente, se le había escapado un tiro. La declaración ministerial desapareció de los archivos.

Cabe conjeturar que la muerte de su hermano no pudo menos que pesar profundamente en la vida de Andrés Manuel. Tal vez de allí proviene su conciencia de los peligros de la “pasión tropical”, de esa “ruda franqueza”, tempestuosa, desbordante, que sin embargo aflora en él saliéndose de cauce con mucha frecuencia. Y quizá también de allí provenga su actitud mesiánica. Él no había sido culpable de los hechos, pero tal vez pensaría que podía haberlos evitado. En un cuadro así parece difícil liberarse de la culpa. Y la culpa, a su vez, busca liberarse a través de una agresividad vehemente, tan temeraria como para tomar pozos petroleros. O mediante vastas mutaciones espirituales. López Obrador pudo haber encontrado su forma de expiación llenando su existencia con una misión redentora. Dedicaría la vida al servicio de los chontales, de los tabasqueños, de los mexicanos, del “pueblo”. “Tabasco en sangre madura”, había escrito Carlos Pellicer. Andrés Iduarte y Andrés Manuel López Obrador sabían con cuánta verdad.

Personalidad “maná”

Ése es “el hombre de acción que a todas sus huestes trae redención”. La versión actual de Garrido Canabal que desde el poder purificará y organizará a la sociedad, mostrándole el camino de la verdadera convivencia, liberándola de sus opresores. En sus ratos de ocio lee cuentos sobre Pancho Villa, y –dato curioso– recomienda la lectura de El poder y la gloria. Lo inquietante no es su ideología: la opinión liberal en México podría ver con naturalidad y con buenos ojos la llegada al poder de una izquierda democrática, responsable y moderna, como ocurrió en Brasil y Chile. Tampoco preocupa demasiado su programa: da la espalda a las ineludibles realidades del mundo globalizado e incluye planes extravagantes e irrealizables, pero contiene también ideas innovadoras, socialmente necesarias. Lo que preocupa de López Obrador es López Obrador. No representa a la izquierda moderna que, a mi juicio, sería la alternativa ideal frente a un PAN ultramontano, sin autoridad política, y un PRI anquilosado, sin autoridad moral. Representa a la izquierda autoritaria. “No es un pragmático –comenta Gustavo Rosario Torres, perspicaz tabasqueño, psicólogo de tabasqueños–, el altiplano no lo atempera, le gana la ‘pasión tropical’.” Pero la suya no es una simple pasión política, sino una pasión nimbada por una misión providencial que no podrá dejar de ser esencialmente disruptiva, intolerante.

En una entrevista de televisión, al preguntársele por su religión, contestó que era “católico, fundamentalmente cristiano, porque me apasiona la vida y la obra de Jesús; fue perseguido en su tiempo, espiado por los poderosos de su época, y lo crucificaron”. López Obrador no era cristiano porque admirara la doctrina de amor de los Evangelios, porque creyera en el perdón, la misericordia, la “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Él era “fundamentalmente cristiano” porque admiraba a Jesús en la justa medida en que la vida de Jesús se parecía a la suya propia: comprometida con los pobres hasta ser perseguido por los poderosos. La doble referencia a “su época” y “su tiempo” implicaba necesariamente la referencia tácita a nuestra época y a nuestro tiempo, donde otro rebelde, oriundo no de Belén sino de Tepetitán, había sido perseguido y espiado por los poderosos, y estuvo a punto de ser crucificado en el calvario del desafuero. No había sombra de cinismo en esta declaración: había candor, el candor de un líder mesiánico que, para serlo cabalmente, y para convocar la fe, tiene que ser el primero en creer en su propio llamado. No se cree Jesús, pero sí algo parecido.

Hay diversos escenarios para la mañana del 3 de julio, pero son tres los que, en mi opinión, tienen mayor posibilidad. El menos probable es la derrota de López Obrador por un margen amplio, digamos más de un siete por ciento: en ese caso, el tabasqueño esperaría una nueva oportunidad en el 2012. Si el margen fuera menor que un siete por ciento, López Obrador repetirá su experiencia en Tabasco: desconocerá los resultados, aducirá fraude, hablará de complot, fustigará a los ricos, redoblará sus apuestas, invocará la resistencia civil, llamará a movilizaciones en todo el país para convocar a nuevos comicios y hasta intentará formar un gobierno paralelo. Si Madrazo se suma a las protestas, la situación sería caótica: aunque, en teoría, ese endurecimiento le daría una posición más fuerte para negociar un pacto de gobernabilidad, las fuerzas desatadas en el proceso podrían resultar incontenibles. En caso de darse la convergencia, ésta tendería a desacreditar la movilización del PRD, aunque no necesariamente a detenerla, porque para ello haría falta también negociar con López Obrador y el PRD. La tercera posibilidad –que es alta en este momento–, es el triunfo de López Obrador en las elecciones. En ese caso, la democracia en México también enfrentará una prueba histórica, aunque en otros términos.

Hace treinta años, en su ensayo “El 18 Brumario de Luis Echeverría” (Vuelta, diciembre de 1976), Gabriel Zaid recordaba los estudios de Jung sobre la “personalidad maná”: “El inconsciente colectivo puede arrastrar a un hombre al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas”. Para compensar su responsabilidad en el crimen del 68, Echeverría asumió una personalidad mesiánica. Pero para acotarlo –además del límite infranqueable de los seis años–, el sistema político mexicano tenía sus propios valladares internos, como la fuerza de los sindicatos.

Ahora, mucho más que en la época de Echeverría, la dialéctica descrita por Jung está operando. El “inconsciente colectivo” de muchos mexicanos está arrastrando a López Obrador al desequilibrio, exigiéndole cumplir expectativas mesiánicas: “Acá Andrés Manuel es como una creencia, nosotros pedimos en la iglesia para él” –dijo una mujer de la comunidad Pentecostés, durante la gira por Tabasco–. “Yo que soy católica también pido que gane”, dijo otra. “México necesitaba un Mesías y ya llegó López Obrador”, decía una pancarta en el pueblo natal de Juárez. Pero él ha sido el primero en alentar esas expectativas y en creer que puede cumplirlas. “Ungido”, más que electo, por el pueblo, podría tener la tentación revolucionaria y autocrática de disolver de un golpe o poco a poco las instituciones democráticas, incluyendo la no reelección. Ésta parece ser, por cierto, la preocupación de Cuauhtémoc Cárdenas, líder histórico de la izquierda mexicana, hombre tan ajeno a la explotación de la religiosidad popular para fines políticos como lo fue su padre, que por ese motivo rompió con Garrido Canabal. En una charla, Cárdenas me dio a entender que no descarta la perpetuación de su antiguo discípulo en el poder. Quizá tenga razón. Un proyecto mesiánico aborrece los límites y necesita tiempo: no cabe en el breve período de un sexenio.

Pero México no es Venezuela. Si bien ya no existen los antiguos valladares del sistema que autolimitaban un poco los excesos del poder absoluto, ahora contamos con otros, nuevos pero más sólidos: la división de poderes, la independencia del poder judicial, la libertad de opinión en la prensa y los medios, el Banco de México, el IFE. México es, además, un país sumamente descentralizado en términos políticos y diversificado en su economía. El federalismo es una realidad tangible: los gobernadores y los estados tienen un margen notable de autonomía y fuerza propia frente al centro. Adicionalmente, dos protagonistas históricos, la Iglesia y el Ejército, representarán un límite a las pretensiones de poder absoluto, o a un intento de desestabilización revolucionaria: la Iglesia se ha pronunciado ya por el respecto irrestricto al voto, y el Ejército es institucional. Por sobre todas las cosas, México cuenta con una ciudadanía moderna y alerta. Los instintos dominantes del mexicano son pacíficos y conservadores: teme a la violencia porque en su historia la ha padecido en demasía.

Costó casi un siglo transitar pacíficamente a la democracia. El mexicano lo sabe y lo valora. De optar por la movilización interminable, potencialmente revolucionaria, López Obrador jugará con un fuego que acabará por devorarlo. Y de llegar al poder, el “hombre maná”, que se ha propuesto purificar, de una vez por todas, la existencia de México, descubrirá tarde o temprano que los países no se purifican: en todo caso se mejoran. Descubrirá que el mundo existe fuera de Tabasco y que México es parte del mundo. Descubrirá que, para gobernar democráticamente a México, no sólo tendrá que pasar del trópico al Altiplano sino del Altiplano a la aldea global. En uno u otro caso, la desilusión de las expectativas mesiánicas sobrevendrá inevitablemente. En cambio la democracia y la fe sobrevivirán, cada una en su esfera propia. Pero en el trance, México habrá perdido años irrecuperables.

Entre Poseidón y La Profecía

David Páramo
Excélsior - Personajes de Renombre

01-06-06

A principios de este mes se estrenarán dos versiones de películas de la década de los 70. Poseidón (que originalmente se llamó La tragedia del Poseidón) y La Profecía. Andrés López Obrador plantea otro reestreno: La Inflación.


A pesar de lo muy confuso del anuncio del candidato del PRD la noche del martes, quedó claro que este hombre y sus asesores económicos creen en el expansionismo económico y la inflación.

Cuando se estrenaron las versiones originales de las películas había una corriente económica según la cual se decía que para crecer era necesaria la inflación. Muy rápidamente el mundo se dio cuenta de que se podría tener inflación sin crecimiento. Hoy los perredistas dicen que es preciso probar este modelo como si fuera nuevo, cuando ya demostró haber sido un churro para la mayoría de los mexicanos.

Si se analiza la correlación entre inflación, crecimiento económico y disminución de la pobreza, queda claro que, a mayor crecimiento en los precios, la economía se frena y aumenta el número de pobres. Sólo vea cómo creció el número de personas en la miseria durante 1988 o 1995 y cómo han disminuido en tanto que el Banco de México, gobernado por Guillermo Ortiz, ha logrado controlar la inflación.

AMLO prácticamente basa toda su propuesta económica en que logrará ahorros por 100 mil millones de pesos. Ningún economista ha podido cuadrar sus cifras. En un documento secreto que guardan junto con las encuestas en las cuales van ganando por diez puntos y a ver si logran explicar cómo le harían.

Según los perredistas, bajando sueldos de altos funcionarios (aun cuando eso sólo serían tres mil millones de pesos) y acabando con otros despilfarros, sin especificar cuáles, van a ahorrar 80 mil millones. Dicen que no se han hecho esfuerzos de ahorro durante esta administración, pero ello es una mentira y ahí están los números de la Secretaría de Hacienda.

En la simplificación hasta el absurdo de los perredistas, afirman que, sí pudieron disminuir 11 mil millones de pesos el Presupuesto del DF, cuyo monto es de 80 mil millones de pesos, ¿por qué no 100 mil millones del federal? Una de las primeras razones es porque los gobiernos perredistas de la capital, en el poder desde 1997, no hicieron ningún esfuerzo para disminuir el gasto corriente.

Los seguidores de AMLO consideran necesario disminuir el gasto corriente, pero la única pregunta es si le bajarán primero el sueldo a maestros o burócratas, quienes reciben la mayoría del gasto corriente de la Federación. Vamos, ni siquiera entran al centro del problema: la urgente necesidad de reformar el sistema de pensiones de la burocracia.

Los trenes bala, convertir a las Islas Marías en parque de diversiones y otras obras prometidas por los perredistas costarían más de los 100 mil millones de pesos… Entonces, es válido suponer que estas obras o no se harán o se van a financiar con deuda o a base de déficit fiscal.

En sus cuentas apuntan que podrían aumentar 20% el bienestar de quienes ganan menos de nueve mil pesos mensuales al reducir el costo de energéticos, electricidad y gasolina, así como ampliar apoyos monetarios para adultos mayores y la distribución gratuita de útiles escolares.

Vale la pena destacar que los economistas de la campaña de Felipe Calderón opinan que un programa como el anunciado por AMLO tendría un costo fiscal de 300 mil millones de pesos.
Bajar los energéticos en esta época de altísimos precios internacionales sólo haría más delicada la situación financiera de Pemex, la CFE y Luz y Fuerza del Centro, que viven momentos de gravísimo apremio financiero.

Según las cuentas perredistas, cuatro quintas partes serían un costo fiscal, pero, evidentemente, ni AMLO ni Rogelio Ramírez de la O explicaron de qué partidas saldrían estos fondos y, los 20 mil millones de pesos restantes, por la disminución de precios provocados por la baja de los energéticos. Es un hecho que los precios no disminuyen por mayores subsidios, según se vio en los años de mayores subsidios del populismo de José López Portillo y Luis Echeverría.

Al tratarse de subsidios generalizados se beneficia más a quienes más tienen y no a los que ganan menos de nueve mil pesos. Si bajan las tarifas de los energéticos, quien se queda con mayor proporción del subsidio es el que consume más.

La cartelera de estrenos setenteros se puede evitar. Ya sea no yendo al cine o no votando por un churro populista.


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